26.8.25

 POLONIA.CRACOVIA. SOCHACZEW.ZELAZOWA WOLA.GDANSK.


CRACOVIA


Viajo hasta Cracovia, la segunda ciudad en número de habitantes y una de las más antiguas de Polonia. El paisaje es llano y muy verde, pero cuando nos vamos acercando a la región de Polonia Menor, se añade la particularidad de que tiene suaves lomas sobre las que los cultivos trazan líneas que suben y bajan, como olas en tierra firme. La arboleda ya luce los colores del otoño. Las aldeas no son muy grandes, meras agrupaciones de casitas con tejado oscuro a dos aguas, que raramente tienen un aspecto uniforme. 


Nada más bajar del tren empiezo a cruzarme con monjas de multitud de congregaciones y muchos peregrinos con pañuelos distintivos al cuello. Sé que en tierra polaca hay muchas peregrinaciones, pero en este caso me parece que la afluencia de fieles también se debe a que Wadovice, la ciudad natal de Juan Pablo II, está sólo a unos 40 kms de distancia. Miss Google me sopla que también se venera a Santa Faustina Kowalska. Es un dos por uno, una ruta peregrina bien aprovechada por numerosos grupos de personas mayores, que por lo que veo están disfrutando una barbaridad. 


No es para menos. Hace un día muy soleado y la bellísima Cracovia luce en todo su esplendor. Al llegar al casco histórico veo en los escaparates de las agencias propuestas de itinerarios menos piadosos y enfocados a otros temas, como los campos de exterminio de Auschwitz (que eran tres), y las minas de sal de Wielicza. Nunca he tenido intención de visitar ningún campo nazi, ni siquiera Mauthaussen con el que desgraciadamente me una una historia familiar. Pero sí que quería haber ido a la mina de sal, y tontamente la he olvidado por completo al preparar la excursión de hoy. Consulto en la oficina de turismo, pero no hay plazas disponibles para hoy, y aunque volviera mañana, sigue sin haber plazas a partir de la hora de llegada del primer tren que me trae desde Varsovia. Reflexiono. No merece la pena pasar una noche en Cracovia solamente para visitar la mina, de modo que dejo aparcado el plan para una futura excursión combinada desde el parque natural de Tatra, cerca de la ciudad de Zakopane. Quizá si doy una segunda vuelta a Polonia al volver de Alemania me acerque por allí, camino de la República Checa. También incluiría Breslavia, demasiado lejana de Varsovia para ir y venir en el dia. Planes abiertos.


Cracovia ha sido reconstruida varias veces a lo largo de su historia, pero irónicamente se mantuvo intacta en la Segunda Guerra Mundial, por haberse establecido allí el gobierno general de las fuerzas de ocupación del Tercer Reich. No se libró de tener un gueto, desde donde fueron deportados sus pobladores judíos al vecino Auschwitz. Un gran número de ellos pudo evitarlo gracias al industrial pronazi y más tarde heroico Óskar Schlinder, que todos conocemos a través de la película, la lista etc. Su fábrica de esmaltes y munición está en las afueras y se puede visitar, pero no voy. Hace tiempo decidí evitar los lugares donde el nazismo provocó un sufrimiento extremo, que no puedo remediar y en cambio me afecta mucho emocionalmente. De adolescente pude ver en televisión un documental filmado por militares aliados en el campo alemán de Bergen-Belsen, en los días en que fue liberado por el ejército británico en 1945. Estas imágenes llegaron a Londres y fueron montadas por el mismísimo Alfred Hitchcock, quien colaboraba en labores de retaguardia como montador y que quedó completamente horrorizado por lo que tuvo que visionar en la sala de montaje. Los americanos emitieron esta película en la Alemania vencida y ocupada por los aliados, para concienciar a la población local sobre su responsabilidad en lo ocurrido durante el nazismo, y estimular su culpabilidad, mostrándoles las atrocidades de los campos de exterminio en toda su crudeza. El visionado era obligatorio, y negarse a verlo suponía pena de cárcel. Toda una contraprogramación ante el lavado de cerebro colectivo que el Tercer Reich había ejercido sobre los alemanes. Por tanto, las imágenes no están censuradas y son durísimas, de lo peor que yo recuerdo. Hay cosas que, una vez vistas, no puedes dejar de ver nunca y te acompañan siempre. Por eso no quiero revivirlas, creo que con una vez basta. 



Al casco antiguo se entra por la preciosa torre barbacana, junto a un pequeño parque con una estatua de un señor llamado Jan Matejkic que debía ser pintor, porque su estatua incluye un marco que, valga la redundancia, enmarca los árboles. La puerta de San Florian da a acceso a las calles de la vieja Cracovia, donde los turistas damos la nota (de color, siendo amables) heladerías, souvenirs, WCs, terrazas y bancos para sentarse, cajeros automáticos y todas esas necesidades vitales que forman parte de la forma de viajar moderna. Las colas más largas son las que se forman en los lugares señeros a los que obligatoriamente hay que fotografiar. Yo confieso que me uno a alguna de esas. Todos queremos llevarnos a casa un cachito de este bellezón de ciudad, para recordarlo y también para mostrarlo.


Recorro los lugares más señalados de Cracovia. En todos hay manadas de turistas, estamos en temporada alta y Polonia ha despegado como destino alternativo a los habituales y más que conocidos. En la plaza principal, la torre del ayuntamiento y la de la Iglesia de Sta María se quitan mutuamente el protagonismo. Entre las dos está la Lonja de los Paños, donde ya no comercian los mercaderes como antaño, sino que allí se venden souvenirs de todo tipo. No hay suficientes reservas de ámbar en el Báltico para todo lo que se ofrece, los collares se desparraman literalmente en los puestos formando una cascada amarilla. También se venden paños con estampados de flores, artesanía en vidrio, y figuras en maderas, de las que me llaman la atención las que representan músicos judíos ortodoxos. Se celebra una muestra de folklore local, y hay un mercadillo muy animado relacionado con ella. En un puesto compro queso de las montañas con salsa de frambuesas. Bromeo con la vendedora y le pregunto si eso de las frambuesas lo han añadido para adecuarse al gusto americano, pero me asegura que es un plato tradicional. He olvidado el nombre del invento, pero es un bocado exquisito. 


En la plaza posterior a la Iglesia de Santa María, justo frente a la girola del templo, me sorprende encontrar rincones platerescos en forma de capilla externa techada, toda de piedra. Allí mismo veo una cola larguísima frente a una puerta para presenciar la ceremonia de la apertura del altar, donde un letrero advierte “sólo 5 personas cada vez”. Renuncio a hacer la cola, y por tanto me quedo sin verlo, pero por lo visto la ceremonia consiste en que una monja abre las puertas, pintadas al óleo por Veit Stoss, que están encima del altar mayor. Estás pinturas renacentistas representan escenas de la Historia Sagrada. Otra vez será, pero si soy sincera me apetece mucho más callejear en las pocas horas que tengo disponibles. 


Mi paseo me lleva hasta el Collegium Maius, la universidad del s. XIV donde estudió, entre otros, Copérnico. Su patio es impresionante. Y justo al lado hay un jardín llamado De los Profesores, donde aparte de encontrarme unos novios posando para las fotos de su boda, veo unos paneles que explican con detalle la persecución del invasor nazi contra los profesores de esta universidad. Los convocaron a todos a una reunión, y una vez agrupados les detuvieron y, sin juicio y sin cargos, se los llevaron deportados a los campos. Sólo unos pocos sobrevivieron. Los totalitarismos del tipo que sean no sólo persiguen a las personas y lo que representan, sino a los estados de opinión que sostienen esas personas. Lo ocurrido en esta universidad de Cracovia formaba parte de la Intelligenzaktion, una operación de los nazis contra la élite intelectual de la Polonia ocupada. Tiempos durísimos que espero que no se repitan, aunque hay muchos síntomas de que en nuestro tiempo vamos por el mismo camino.  


Le hago una foto a la estatua en piedra de un santo muy raro. Llega la hora del almuerzo, y busco como siempre un banco a la sombra donde montar mi picnic. Hay un parque muy agradable junto a la sede de la universidad. Cuando me instalo en el banco me doy cuenta de que el santo raro en realidad es una Virgen, que he fotografiado de espaldas. Estoy fatal. 


En la calle Grodzka hay muchas librerías de viejo, y un mercadillo de libros de segunda mano. En una cervecería reconozco la caricatura del Buen soldado Svejk, el protagonista de la sátira contra el ejército escrita por el checo Jaroslav Hasek. Muchas tabernas en Praga tienen esta misma ambientación temática, y yo conozco la novela no porque la haya leído, sino porque vi la historia en una serie de televisión, y me gustó mucho su tono de humor agridulce. El pobre Svejk quiere ser un buen soldado, pero la ineptitud de sus mandos se lo impide porque las órdenes que recibe son contradictorias y rozan el absurdo. Real como la vida misma.


Camino del castillo, paso por el Consulado Honorario de España, en un precioso edificio estilo barroco. Me pregunto si el señor cónsul será el dueño del restaurante que hay en los bajos. En Sevilla estudié inglés en una academia cuyo dueño era el cónsul honorario de Nueva Zelanda, y en la ventana ondeaba la bandera. 


Desde el castillo veo los barrios más allá del casco histórico, y me propongo callejear sin rumbo por allí para darme siquiera una ligera idea de cómo es Cracovia en realidad. Tras dejar atrás la sinagoga, cruzo el río Vístula por un puente moderno que tiene unas esculturas colgantes. Son figuras de acróbatas circenses, y se balancean con el viento que sopla en el cauce del río. El ingenio resulta muy original, pero algo inquietante. 


En esta orilla estaba el gueto. Ya no existe, sino que ha sido sustituido por una gran plaza con un monumento conmemorativo en bronce, que consiste en unas sillas vacías con los asientos desvencijados que se reparten por toda la extensión. He visto en las indicaciones que la fábrica de Sclinder está por allí, y al principio la confundo con una que tiene chimenea y todo, pero se trata de la cineteca. La fábrica del heroico alemán está por detrás, y la evito por los motivos antes expuestos. 


Cracovia me ha encantado, pero es hora de regresar. Haciendo tiempo en la estación, intento sacar plaza dentro de 48 horas para el tren de Gdansk. Pero la funcionaria del mostrador no habla inglés, y en cuanto abro la boca se niega a atenderme, y me despide con gestos despectivos muy desagradables, como quien espanta una mosca. Pruebo con otra ventanilla, y al menos no me tratan como a un insecto, pero tampoco me atienden. Al final, en la oficina de atención al cliente, una mujer que chapurrea lo suficiente para entendernos me reserva la dichosa plaza. Se trata de mujeres ya rozando la edad de la jubilación, y supongo que llevan a cuestas toda una vida laboral de atención al público, que por experiencia sé que es una labor muy ingrata. Pero yo ¿qué culpa tengo de todo eso? 

 

Al menos el Intercity que me lleva de vuelta a Varsovia es muy cómodo, y nos regalan un botellín de agua. Sólo que tengo que esperar mucho para poder subir al vagón, porque hay un equipo de al menos cinco personas, coordinadas por una supervisora de uniforme, que está limpiando cada rincón a conciencia. También se trata de hombres y mujeres en una edad en la que deberían estar ya jubilados. 



SOCHACZEW. ZELAZOWA WOLA


Al día siguiente cojo un tren hasta Sochaczew, pueblo cercano a la finca campestre donde se encuentra la casa natal de Chopin. Paso los 20 minutos de trayecto en pie por no tener asiento reservado. Llueve bastante, y una vez llegada me encuentro con que la frecuencia de los autobuses locales tiene un intervalo de varias horas. Cojo taxi, y cuando ya estamos a mitad de camino se me ocurre preguntarle si tiene datáfono. Esto es un pueblo pequeño, y no tiene. Yo ya he gastado los zlotis que llevaba encima, y menos mal que el taxista acepta euros en anotado de la vida, porque el cajero más próximo está a varios kilómetros. 


Zelazowa Wola es una finca con gran encanto. Ha pasado por varios dueños, pero a principios del s. XIX los dueños eran unos aristócratas. De su mansión no ha quedado nada, pero la casa donde vivía la servidumbre ha sido reconstruida y convertida en museo, porque allí se conocieron, se casaron y tuvieron su primer hijo (el futuro compositor) la pareja formada por el ama de llaves y el tutor, un emigrado francés que daba clases al hijo de los condes. Los Chopin se terminaron mudando a Varsovia, donde montaron una pensión para estudiantes. Pero conservaron la estrecha amistad con sus antiguos empleadores toda la vida, y Chopin recordaba con cariño sus visitas de niño a esta finca. Lo que se exhibe en el interior de esta casita es muy escueto, pero los jardines que la rodean, ambientados con música del compositor, son una preciosidad. 


Ya de vuelta en Varsovia, me propongo remediar la falta que supone no

haber tenido tiempo hasta el momento de recorrer el parque Parque Lazienki, el más grande y bello de la ciudad, que formaba parte de la ruta real entre palacios. La avenida que conduce hasta allí es muy ancha y hermosa, con edificios señoriales que albergan sedes de instituciones y embajadas. Por el camino me encuentro una estatua de Ronald Reagan, en actitud de hablar en un estrado. Consulto a Miss Google, y averiguo que le representa en el momento en que, en pleno discurso en la Puerta de Brandeburgo en el Berlín de 1987, le pidió a Gorbachov que derribara el muro. Cosa que ocurrió dos años después. Fue un momento esperanzador de los que pocas veces se dan, y tuve la suerte de vivir en ese tiempo en que nos hacíamos tantas ilusiones. Qué distintas se ven las cosas en el malsano clima actual. 


A esta estatua le rodea un extraño habitáculo cubierto con plásticos que está decorado con banderas palestinas y carteles con proclamas que no puedo comprender, y en cuyo interior hay una especie de despacho iluminado por una bombilla con una mesa, dos sillas, y una estantería con libros. Hay dos viejos activistas fumando junto a la puerta. 


LoDisfruto mucho del parque Lazienki, en especial del botánico y de la estampa romántica que supone ver un palacio en la isla del pequeño lago, rodeada de arboledas. El otoño da un pasito lento pero seguro cada día que pasa.


GDANSK


Gdansk es mi última excursión fuera de Varsovia. En los andenes me encuentro con algunos viajeros preparados para pasar unos días en la playa: vestidos de otoño, pero cargando con las palas y las neveras portátiles. 


Gdansk me sorprende gratamente. Yo lo asociaba con la lucha sindical en los astilleros y con el Solidarnosc de Lech Walesa de los años de mi infancia, y me imaginaba una ciudad industrial de color ladrillo oscurecido por la humedad y el hollín. Pero no tenía ni idea de que, aparte de ser una ciudad portuaria, su casco histórico es una maravilla. Son casas renacentistas de cinco alturas al estilo neerlandés, con porches en piedra que tiene bajorrelieves tallados. La torre del ayuntamiento tiene un carrillón, como en Flandes. Los edificios que dan al puerto son muy curiosos porque ahí conviven varias épocas, desde la medieval (la torre de la grúa) hasta la actual (los hoteles que han adaptado el estilo de las casas tradicionales a la arquitectura moderna). Una reproducción de un galeón barroco se pasea, o más bien se apresura porque va a motor, arriba y abajo del canal para pasear a los turistas. Pero lo que más me atrae de la bella Gdansk es su ambiente alegre y sus tranquilas plazas alejadas de las calles más concurridas. Es domingo, y muchas familias locales almuerzan en las terrazas de los restaurantes, mientras grupos de jóvenes se pasean. Hay muchos españoles, como también encontré en Cracovia. 


Gdansk, en Pomerania, estuvo bajo dominio de la Orden Teutónica en la Edad Medía, luego de Prusia durante el renacimiento, y mantuvo una mayoría de población de origen alemana hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando logró independizarse brevemente. Porque en seguida llegó la Segunda Guerra Mundial, y durante el nazismo Alemania quiso recuperar este importante puerto. Esa fue una de las causas que justificaron a ojos del Tercer Reich la invasión de Polonia por parte de Alemania, y precipitaron el comienzo de la guerra. Tras ella, Gdansk quedó destrozada y en manos del Ejército Rojo. Una vez reconstruida en los años 1950s durante el estalinismo, pasó décadas en la URSS hasta que Polonia se independizó nuevamente al caer el muro. Me entró por las cartelas que hay en toda la ciudad de que, antes de que comenzara la lucha sindical contra el comunismo en sus astilleros, ya había protestas ciudadanas de la oposición al régimen, orquestadas por el Joven Movimiento Polaco (RMP) desde una revista Polytika Polska. Esta lucha, sus causas y sus implicaciones se explican con detalle en el Centro Europeo de Solidaridad, al que no tengo tiempo de ir porque prefiero invertir mis pocas horas en tan bella ciudad disfrutándola a pie de calle. 


En la calle se aprenden muchas cosas también, como por ejemplo interesándose por los personajes retratados en las estatuas de las plazas. Así averiguo que el señor feudal de Gdansk en el s. XIII fue Swanktopol II el Grande, quien empezó a llamarse a sí mismo “duque” e inauguró la dinastía de los Sobieslaw (Samborides en alemán). Yo no sé cómo he vivido estos últimos 56 años ignorando este hecho fundamental que, a los que vivimos lejos de Pomerania, básicamente no nos concierne. 


También me cruzo con otro señor de bronce, en un jardincillo encantador junto a un canal con casas renacentistas de entramado de madera. En esta ocasión el homenajeado es Johannes Hevelius, a quien mi ignorancia impide identificar como el célebre astrónomo fundador de la topografía lunar. Sea usted un genio de la astronomía, para que 400 años después llegue una señora madurita como yo, se plante delante del monumento, y pregunte: Y este quién es? 


Después de haber callejeando a placer, me dirijo a la estación para coger el tren del vuelta a Varsovia y en ese momento empieza una pesadilla kafkiana que no finaliza hasta muchas horas después. La aplicación móvil de Interrail no funciona, y yo necesito mostrar mi billete a la controladora. Pero la pantalla de mi móvil no muestra nada, y no he tenido la precaución de hacer una captura de pantalla con el código QR que contiene el billete. Pido ayuda al servicio técnico de Interrail, y la trama de complica porque todas las sugerencias que me hacen están fuera de lugar hasta que realmente les hago comprender el alcance del problema. Afortunadamente la controladora es una chica comprensiva, pero me pide que vaya a buscarla cuando haya solucionado el problema. Y así es, la busco cuando ya por fin consigo traspasar mi pase de Interrail de un móvil a otro, la única manera de salir del embrollo. Pero yo estoy en el vagón 22 de un larguísimo convoy, y debo atravesar todo tipo de obstáculos en forma de equipaje tirado por los corredores, personas sentadas en el suelo, puertas correderas con el mecanismo medio averiado, y un vagón restaurante repleto, donde la gente hace cola literalmente rozando los platos de los comensales que están el sentados a las mesas. Al final consigo desfacer el entuerto. Pero llego a Varsovia enfadada, hay días en que no tengo paciencia con los pequeños o grandes inconvenientes, y este es uno de ellos. 

Polonia la mártir, Polonia la sufrida, valiente Polonia: aunque luzcas en cada esquina una lápida que recuerda pasados santos, héroes y mártires, que aún lloras, he podido ver que estás subida al carro del futuro y vives un presente esplendoroso. Con el tiempo, las generaciones crecen y los traumas se remontan. Aplaudo tu voluntad y admiro tu espíritu de superación y sobre todo tu enorme belleza. Cuídate mucho y bien. 


Remato estas líneas desde Berlín, adonde he llegado hace una hora. He tenido una conversación muy interesante con un germano-griego en el tren, pero la dejo para la siguiente entrada. Al llegar, me he encontrado con la agradable sorpresa de que mi alojamiento, una habitación en un piso antiguo de la antigua zona oriental, está en un gran edificio del s. XIX, con gran vestíbulo de escalera señorial y techo con artesonado. Mi ventana a la francesa da al patio de entrada común, totalmente cubierto de hiedra. La casa y las calles que la rodean tienen un sabor retro a las cosas de antaño, que son las que más me gustan. Mi calle se llama Oranienstrasse y está en Mitte, el barrio más céntrico, muy cerca del río Spree. Miss Google me cuenta que hay muchos alojamientos turísticos en estas calles porque este es uno de los centros de la vida nocturna de Berlín. Y que antiguamente era el barrio judío, la Nueva Sinagoga (s. XIX) está por aquí. Los judíos de clase media que vivían en este barrio fueron deportados a campos de exterminio en la Polonia ocupada, y estas casas quedaron vacías. Tras la guerra se llenaron de artistas alternativos, anarquistas y prostitutas. Sospecho que aún están por aquí, porque el dueño de esta pensión no ha venido personalmente, sino que me ha dejado las llaves dentro de una bolsita de plástico escondida tras en cartel anunciador del restaurante del portal de al lado. Y su mensaje con las instrucciones para entrar acaba con un inquietante “Buena suerte”. Espero tenerla. Hoy hace sol y a partir de mañana llueve tengo que aprovechar la tarde. Berlín, allá voy.  


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