11.11.25

RENNES

 RENNES


Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de negro con alzacuellos, que anda cojeando de un extremo al otro del vestíbulo, totalmente despistado. Me hago tremendo lío con las ramas del protestantismo, y las películas tampoco han contribuido a aclararme la diferencia entre el alzacuellos de un vicario de la Iglesia Anglicana, o el de un pastor de otras iglesias protestantes, y hay muchas donde escoger. Vete a saber si este hombre pertenece a la Church of England, desde luego su acento es totalmente British, creo que más bien del sur. El caso es que luce unas cuantas condecoraciones en la chaqueta, ese tipo de medallitas que cuelgan de un lazo, y dependiendo del color de las franjas del lazo eres cruz esto o lo otro, eso sí me lo han enseñado las películas. Por edad no es posible que sea un veterano de la Segunda Guerra Mundial, pero sí que puede tratarse de un vicario castrense de otras contiendas (la Malvinas?). Supongo que este vicario espera un tren con destino a cualquiera de los muchos cementerios de soldados aliados que hay por toda Normandía. Por lo visto tiene calor, se quita la chaqueta y la arroja sobre un asiento, luego hace una visita al WC y otra a la tienda de snacks y prensa. Tras esto, se deja caer pesadamente con un gran gemido en un asiento que está bastante lejos de aquel donde dejó su chaqueta. Y allí quedan las condecoraciones, abandonadas y quién sabe si… “Del asiento en la sala de espera / de su dueño tal vez olvidada / silenciosa y cubierta de polvo / veíase la castrense medalla” (perdón por el intrusismo, Gustavo Adolfo, lo anoto en la larga lista de mis crímenes impunes).  Más tarde veo al mismo vicario cojeando arriba y abajo del pasillo del tren, imagino que porque a su edad la próstata no perdona. Va en manga corta y la chaqueta no la lleva puesta. Vete a saber si sus condecoraciones terminan en el Rastro de Madrid, a mayor gloria de un coleccionista o de alguien que busca un disfraz para el cotillón. 


Hay bancos de niebla, lo que le aporta a este paisaje verde una dimensión casi mítica. Desde mi ventanilla veo dos edificaciones impresionantes, dos grandes iglesias, en la localidad de Coutances. Este tren atraviesa Normandía en dirección a la costa (de hecho, nos aproximamos al pueblo donde se cogen los autobuses al Monte Saint Michel). Pero desde Granville, el tren cambia de sentido para dejar atrás Normandía y adentrarse en Bretaña. 


La niebla no sabe de territorios, y se cuela entre las casas de las aldeas bretonas con la misma desfachatez que por las normandas. Los paisajes son llanos. Las casas de piedra de Bretaña me recuerdan un poco a las de los Cotswolds ingleses, no sé por qué.  


Llego a la estación de Rennes, una bonita construcción ultra moderna que aprovecha un desnivel en el terreno para formar una especie de pradera de metal y hormigón. Por megafonía avisan de que alguien se ha dejado olvidada una bolsa marca Quechua color azul dentro de mi tren. Advierten que el dueño lo recupere INMEDIATAMENTE, recalcando mucho la palabra. Otra vez, mecachis en la mar. Antes te dejabas los donuts, o la cartera, y eras un despistado. Ahora el mismo despiste te convierte en una potencial amenaza terrorista. No me gusta el siglo XXI. 


Llego a mi apartamento de alquiler, el último de mi viaje, y me alegra comprobar que se trata de una casa antigua con mucho sabor, de fachada de piedra blanqueada y un patio interior con traviesas de madera antiquísimas. La escalera en especial parece haber salido de un museo. Soy la inquilina de un estudio con chimenea (clausurada) y dos luminosas ventanas que dan a los tejados abuhardillados de pizarra y a los patios ajardinados de las casas antiquísimas que rodean al Museo de Bellas Artes. Qué placer desayunar frente a esta vista todas las mañanas! Un digno final a todos estos meses de nomadismo bajo techo, de casa en casa y de hotelito en hotelito.  


Doy mi primer paseo por Rennes, capital de la Bretaña francesa. Estoy a dos pasos del casco histórico, al lado de la iglesia de Saint Germain, en cuya plaza, al ser domingo, hay un rastro de encanto pueblerino. Reconozco en los precarios puestos algunas piezas de ajuar doméstico y objetos de adorno de mi infancia. Creo que con medio siglo ya se consideran antigüedades, lo que me coloca un incómodo sello de caducidad en la frente. Tempus fugit.


Cruzo el (por una vez) estrecho río Vilaine, y voy a dar al habitual edificio haussmaniano epatante que posee toda ciudad francesa, en la también habitual Plaza de la República. Otras plazas contiguas son: la Place de la Mairie, que contiene la Ópera y el Ayuntamiento, y la del Parlèment, que hace honor a la coherencia albergando … pues eso. La bandera bretona de franjas negras y blancas ondea allí, pero empequeñecida ante esos manojos de bandejas tricolores tan propios de los edificios oficiales franceses. Es como si dijeran: échate a un lado. 


En estas calles céntricas veo los únicos carteles bilingües que he encontrado hasta el momento. Tengo mucha curiosidad por saber cosas del nacionalismo bretón, que junto con el corso son los más combativos del muy centralizado estado francés. Yo he mamado el sentimiento nacionalista desde pequeña, y a mí modo de ver no es más que una estrategia reduccionista de los poderes fácticos para movilizar a la gente a su conveniencia (como toda ideología, por otra parte). Jugar con los sentimientos de la gente está entre lo más bajuno que puede hacerse en esta vida, pero nos manipulan con tanta destreza que al final todos picamos. 


But I digress, me enrollo, como siempre: mi blog, mis rollos. Así que remato la digresión a mi gusto y manera. Le pregunto a Miss Google, y me informa de que el territorio de Bretaña, tras la dominación romana, fue colonizado por tribus provenientes del actual País de Gales, una de las Cinco Naciones celtas, aunque esté en territorio del Reino Unido. De esta colonización provendría el hecho de que Bretaña tenga tan enraizados sus rasgos culturales celtas, y que de hecho forme parte de esas llamadas Cinco Naciones. (Creo que ya he mencionado que el único motivo por el que la Liga Celta no aceptó a Galicia como integrante de ese grupo es porque el gallego no es una lengua celta, sino románica. Quisquillosos ellos). Bretaña fue un reino independiente hasta el s. XVI, cuando Ana de Bretaña se rindió ante el rey de Francia y llegó la incorporación. Mucho más tarde empezaron las reivindicaciones nacionalistas y hasta separatistas, derivadas sobre todo del hecho de que el sistema educativo francés, fuertemente centralizado, marginó la lengua bretona. Esa reivindicación, junto con la de una mayor autonomía, ha sido una constante desde los tiempos de la Revolución, cuando los valores de la naciente República pretendieron contraponer usos y costumbres unificados para toda Francia. Ya en el s. XX el nacionalismo bretón, como muchos otros en Europa (el irlandés, por ejemplo) se arrimó al nazismo con la esperanza de que Hitler les echara una mano contra el enemigo común. Lo único que consiguieron fue arruinar su propia reputación, y poco más. He intentado recabar algo de información sobre cómo están las relaciones con el gobierno del Elíseo actualmente, pero todo lo que he encontrado habla de tiempos pasados y hasta remotos. Efectivamente, es muy propio de los movimientos nacionalistas eso de enrocarse en el pasado, porque de eso viven. En fin. 


Volviendo a la realidad, y pisando las calles de Rennes: toda la zona de la rue d’ Estrées es una sucesión de manzanas de fachadas neoclásicas. La ciudad se incendió y fue reconstruida en 1720, de ahí el estilo de muchos edificios y el trazado en cuadrícula propio de los tiempos de la Ilustración. Pero conserva unas 300 casas tradicionales de fachada de entramado de madera, que sobrevivieron a la quema del incendio y a todos los bombardeos de todas las guerras posteriores. Los busco, para pasear por esas callejuelas de hace 300 y 400 años. 


Sigo paseando, y llego por fin a la zona de las casas de entramado de madera. En la primera que encuentro, la Librairie Le Faillier tiene un escaparate dedicado por entero al cómic para adultos, esa especialidad gala. Veo que exhiben dos ejemplares de la serie “Paracuellos”, de Carlos Gimeno, una denuncia brutal de la peor cara de la represión. Justo enfrente en la misma calle, el histórico Hotel de la Moussaye, del s. XVII, con figuras talladas en la madera del entramado del piso principal.  Sigo adelante y veo tres casas con el entramado pintado en rojo que me parecen muy llamativas, me paro a fotografiarlas y descubro con enorme placer que están en la esquina del apartamento que he alquilado. Mejor tino imposible (por pura casualidad). Esta calle St Georges tiene las terrazas más pintorescas que he visto en el centro de Rennes hasta el momento, y como esas son las cositas que más nos gustan a los turistas, espero escuchar bastante ruido por las noches. Pero eso a una insomne como yo la verdad es que le importa bien poco. En días sucesivos, tengo la oportunidad de comprobar que el ruido no me llega de la calle, sino de los apartamentos vecinos. Rennes es una ciudad universitaria y hay muchos estudiantes que montan fiestas en las casas. Una noche llaman a mi puerta dos chicas monísimas que son mis vecinas de abajo. Me piden con mucha simpatía que les preste un sacacorchos para el apéro. El aperitivo aquí es vespertino, y muchas veces no se disfruta en las terrazas, sino en los domicilios, y hasta se invita a los vecinos. A mí no me invitan porque a sus ojos soy una abuela, pero a otros amiguetes sí que les invitan, y gracias en parte a mi inestimable colaboración, el apéro se convierte en soirée, y esta en fête à la maison, y esta en un concurso de risotadas que dura hasta altas horas. Divino tesoro. 


Siguiendo con Rennes, visito la Cathédrale de Saint Pierre, que también es neoclásica por fuera, y que era donde se coronaba a los Duques de Bretaña. También veo las Portes Mordelaises, resto de la antigua muralla, me doy una vuelta por la Place des Lices y llego hasta la Rive La Vielille, el paseo ribereño. Llueve y llueve, así que resuelvo volver a casa. Pero ya cerca, me paro frente a una tienda que pone  Breizh en grandes letras negras. Allí le consulto a Miss Google sobre lo que se exhibe en el escaparate. Las palabras en lengua bretona Breizh (“Bretaña”), Gwen ha du (“blanco y negro”) y Emsav (“movimiento”) son nuevas para mí. Están en las tiendas de souvenirs donde se venden chapas con la bandera de franjas blanquinegras, y otros símbolos identitarios como el triskel celta y l’hermine o armiño, el animal heráldico que los Duques de Bretaña ostentaban en su enseña. También en el escaparate hay un mapa de las provincias bretonas, que están separadas en distintas divisiones administrativas y claman por su reunificación. De qué me suena. Hay también en el escaparate un mapa del bosque de Brocéliande, poblado de personajes míticos de las leyendas artúricas, donde se supone que está la tumba de Merlín y la Fuente de la Juventud. Este lugar se considera poco menos que sagrado en toda la mitología pancéltica. Yo tengo muy buen recuerdo de una lectura de infancia: “Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros”, afaptación por el americano Steinbeck de la “Morte d’Artur” clásica.  Le hago una foto al dichoso mapa. Y ahí me pierdo. 


Se me acerca un caballero maduro de ojos azules, con gafas de diseño y paraguas de los caros. Me aborda y me pregunta si estoy interesada en los mapas, porque me ha visto hacer la foto. Al principio me alegro del encuentro, porque pienso que le voy a poder hacer algunas preguntas. Pero este hombre tan alto, tan educado y tan interesante se embarca en un largo monólogo en el que me explica su parecer sobre varios cuestiones de interés de esas que llenan los titulares de los noticiarios, y que a mí en este momento y bajo la lluvia me interesan muy poco.  A la tercera vez que intento hablar y no me deja, empiezo a planear una retirada a tiempo. Hace muchos meses que no saco a pasear a Miguel, mi novio imaginario que me resulta muy útil en estos casos, y al que tenía semi-olvidado. Cuando llega el momento que yo ya suponía y el hombre me pregunta si puede acompañarme, le digo que Miguel se ha quedado en nuestro apartamento editando unas fotos, y yo mientras he salido a explorar la ciudad, pero que me vuelvo a casa porque llueve mucho y vamos a cenar chez nous. He de decir a su favor que mi caballero andante, al que no he engañado en absoluto, acepta la negativa y con un “C’est dommage” y me deja en paz a la primera. Pero el encuentro me resulta muy útil porque me informa de dos cosas que no sabía: que el martes es festivo en Francia porque se conmemora el Armisticio, por lo que que habrá actos militares y tiendas cerradas. Y que los bretones en general son muy reservados y poco dados a hablar con desconocidos, (él debe de ser la excepción). Me viene muy bien, la verdad. Eso de aliviar soledades ajenas me gusta escogerlo yo si es que me apetece, a mí que me encuentro bastante a gusto con las propias. 


Sigue un resumen de las excursiones que he hecho desde Rennes:


SAINT-MALO


Desayuno en una épicerie frente a la estación, y entre todas las delicias que ofrecen escojo un Kouion Aman, que es uno de los dulces típicos. De todos los pecados que se pueden cometer, eso de saltarse la dieta creo que es el que me da más morbo. Así de casta soy. 


El día amanece muy lluvioso y totalmente encapotado, me da la impresión de que hoy se me empapucha mi flor cular. Tomo un tren a Saint-Malo, ese lugar mítico de las novelas de corsarios. En la ficción, Bretaña entera aparece retratada como ese lugar algo siniestro lleno de verdor pero de cielos y casas grises, con sus costumbres inveteradas, su música celta, su lengua desaciante y sus mujeres de tocados que desafían la ley de la gravedad. Los personajes bretones siempre son gentes reservadas y como ensimismadas, poco comunicativas con los forasteros. Sus bosques encierran leyendas míticas y la vida cotidiana está gobernada por el pensamiento mágico, variante celta. Todo esto es el arquetipo floklórico, y no veo el momento de compararlo con la realidad. Sí he observado que está gemte es más silenciosa que en otros lugares, y que en lugares públicos muchos se hablan en susurros, como si tuvieran delante al padre confesor. 


Los anuncios por megafonía del tren son trilingües: en francés, en bretón (lengua celta) y en gallo (el dialecto local del francés). Pero la verdad es que desde que llegué sólo he escuchado hablar francés. Supongo que el bretón es la típica lengua minoritaria que hablan los mayores en el entorno rural. Desde la ventanilla veo enormes llanadas con praderas ultra verdes, bosques, ríos, las famosas vacas (la mantequilla bretona tiene fama de ser la mejor del mundo), campos de amarillo y de violeta, y algunas casas tradicionales en pizarra negra y piedra, aunque las más modernas tienen fachadas blanqueadas. Esta zona es muy ventosa, y muchos árboles ya están pelones. 


En la Guesnière nos cae una auténtica manta de agua, la visibilidad se reduce tanto que parece que ha anochecido, y hasta el tren reduce su marcha. Pienso que como no levante, voy a tener que quedarme en la estación, porque ya en Cherburgo me cayó toda el agua posible la semana pasada, y temo enfriarme, sin poder quitarme la ropa empapada hasta horas después. Cómo será hacerse a la mar sin visibilidad y en medio de un temporal, no me lo puedo imaginar. Según la previsión, sale el sol a partir de la una del mediodía. Escampa mucho antes, pero espero en la estación a que se abran más claros en el cielo para asegurarme de que no se repetirá el diluvio mientras paseo. Un calabobos no me molesta, pero una ducha sin tregua sí. Este clima es cambiante y también poco predecible, según me informó ayer mi caballero andante (porque me lo encontré andando). Por suerte, mi flor se las apaña para florecer en condiciones adversas, y me saca el sol de entre las nubes una hora antes de lo previsto. 


Entro a la ciudad intramuros por el muelle llamado Quai Route du Rhum (nombre de una competición naútica que se celebra entre St Malo y la isla de Guadalupe en el Caribe, desde 1978). Las huellas de los ganadores están inscritas en placas de bronce incrustadas en el suelo.


Penetro en el recinto amurallado. Los lienzos de la muralla fueron lo único que se salvó de los bombardeos de la última guerra, y leo que el 80%de los edificios del interior están reconstruidos y no todos con exactitud, sino que han sido recreados con una arquitectura historisicta más bien aproximativa.  


Subo a la muralla por la Porte St Vincent. Ofrece espectaculares vistas tanto del mar y las rocallas y los islotes cercanos, como de la propia ciudad intramuros, que es una península, como una especie de Cádiz a la francesa. Arriba, en uno de los bastiones de la muralla, hay un monumento a Duguay Trouin, comandante naval que participó entre otras campaña en la Guerra de Sucesión española (a favor del candidato borbónico a la corona, bien entendu). Abajo hay otro monumento a un caballero con la misma pelucona de quien ignoro quién seria, pero imagino que alguien relacionado con la construcción de este muro defensivo, que en su tiempo fue considerado inexpugnable. Más adelante, una tercera estatua en un bastión ajardinado de la muralla: el político Charles Jouanjean. 


Desde ahí se tiene enfrente la isla de Grand Bé, donde está enterrado el escritor romántico y gloria local Chateaubriand (lo pidió así porque decía querer escuchar el mar y el viento… en la orilla no le valía por lo visto). A esta isla se puede acceder cuando baja la marea y una lengua de arena sale a la superficie, entre las 14:30 y las 18:00 horas. En la oficina de turismo, donde he ido a informarme, le pregunto a la chica si algunos turistas se despistan con las mareas y se quedan atrapados en la isla sin poder volver a tierra firme. Me responde que ocurre todos los días, y que hay que rescatarlos en lanchas. Hay otro islote más pequeño llamado Petit Bé, con un pequeño fuerte del s XVII que fue utilizado por los años y dañado en los bombardeos aliados. A la hora señalada del inicio de la marea baja, salgo a la playa a la puerta de la muralla más cercana a Grand Bé, con la intención de visitar la tumba. Pero… hélas, resulta que yo esperaba llegar cómodamente pisando una pasarela, o una alfombra de tablones de madera, y me encuentro con bastantes rocallas y la arena aún empapada. No he traído toalla y no me apetece nada mojarme los pies, así que dejo a Chateaubriand tranquilo, para que escuche el mar y el viento por toda la eternidad sin que yo tenga que presenciarlo. Además, confieso que para mí vergüenza no he leído nada suyo, y si no eres fan del ilustre difunto, pues no es lo mismo. 


Y aún en otro bastión de la muralla, frente a la isla de Grand Bé, hay un monumento a Robert Surcouf, el corsario más famoso de Saint Malo, que acatando las órdenes del gobierno francés atacaba los barcos del enemigo inglés (los corsarios ingleses hacían lo propio pero al revés, claro). La estatua señala hacia Inglaterra y mira hacia atrás como animando a que le sigan. Este bastión de la muralla se llama la Maison du Québec. Muchas expediciones al Canadá partieron justamente de Saint Malo, de hecho fue el marino Jacques Cartier quien se hizo a la mar desde este puerto en 1534, cruzó el Atlántico y conquistó el territorio de Canadá para el rey de Francia Fransico I. De modo que la Casa de Canadá justo en este punto pretende estrechar los lazos del Quebec con esta parte de Francia. 


Me bajo de los ramparts o lienzos de la muralla, y callejeo. Me encuentro con la Escuela de Mareantes. Con una calle que lleva el nombre del santo patrón de la ciudad: Maclow o Maclovius. Con la Cour La Houssaye, que contiene la casa con torreón más antigua que se conserva aquí (s XV), donde se dice que Ana de Bretaña se hospedaba cuando venía a supervisar la construcción de la muralla. 


Veo la Iglesia de St Sauveur. Y la Catedral. En una tienda de dulces típicos y souvenirs bajo la catedral veo un simpático dibujo de dos bretonas vestidas con sus trajes regionales, paraguas en mano bajo una lluvia torrencial. “Parece que este verano la lluvia no cae tan fría”, le comenta esperanzada una a la otra. Enough said. 


En el interior de la Catedral, la mayor parte de vidrieras son modernas, con unos tonos  muy llamativos. A la hora que entro está dando el sol y todo el espacio está salpicado de colorines. Hay una bonita Virgen de mármol. Y un recordatorio en el suelo de las expediciones marítimas que recibieron aquí la bendición antes de  partir al Canadá. También veo carteles con las habituales instrucciones de evacuación en caso de ataque terrorista (suspiro). 


Me salgo de la ciudad intramuros y paseo por las amplias playas. El día sigue soleado, pero hay grandes cúmulos que pasan veloces porque hace mucho viento. Clavados en la arena, veo dobles filas de troncos que hacen de parapeto para el rompeolas. Es famosa la ferocidad con la que las olas rompen contra esta ciudad, y mucha gente se arriesga a ver este espectáculo prodigioso de cerca, pero ya me han advertido en la oficina de turismo que hoy no se dan las condiciones. 


Es lunes 10 y no es laborable, ya que mañana 11 de noviembre es un festivo que conmemora la firma del armisticio de la Primera Guerra Mundial. Así que los franceses disfrutan de un puente de cuatro días. No es de extrañar pues que haya tanto turismo interior y que muchos ciudadanos de otras regiones se hayan desplazado hasta aquí para aprovechar estos días de descanso, antes del siempre estresante período navideño. Hay bastante gente paseando por las playas de Saint Malo, que son muchas: de L’Eventail, du Sillon, de la Hoguette, de Rochebonne… algunos marchan por la arena mojada, otros incluso se bañan, pero la mayoría vamos por el paseo marítimo. Los cielos despejados y los cúmulos se reflejan en los grandes charcos que la marea baja ha dejado sobre la arena. Veo todos los islotes más próximos, y me imagino las Islas del Canal, mar adentro. Hay ferries que parten de St-Malo y van hasta Jersey y Guernesey. Me encantaría ir, pero temo que por malas condiciones de la mar tenga que pernoctar allí, y mi presupuesto está más que sobrepasado. Algún día, pero ahora no es el momento. 


COMBOURG


Esta localidad está dominada por un maravilloso castillo, una propiedad particular donde aún habitan los descendientes de Fraçois-René de Chateaubriand. Se dice que fue en este castillo y este pueblo donde en realidad nació el romanticismo, porque uno de sus autores pioneros, este Chateaubriand, dejó escrito que todo lo que él llegó a ser y a crear se lo debía a estos contornos. Yo creía que el romanticismo más bien había nacido en Alemania a finales del s XVIII con Goethe, el Sturm und Drang y todo eso. Pero quién soy yo para contradecir a los franceses, y en el fondo, qué más nos da a los españoles, que lo recibimos con retraso además. Ah, la grandeur… 


El castillo desde luego es toda una belleza, y una visión romántica. Se terminó de construir en el s XV, y no fue hasta el XIX que lo adquirió la familia de Chateaubriand para que le sirviera de inspiración al niño, es un decir. Está al lado de un lago precioso al que Chateaubriand llamó el Lago Tranquilo. Contaba antiguamente con varios molinos de agua.


Por lo demás, el pueblo es encantador, aunque algo retocado según los preceptos del cuquismo. Se nota que recibe muchos turistas versados en literatura. No importa, aún así tiene mucha personalidad y es todo muy bonito. A mí me gustan mucho las casas de piedra con las ventanas cuarteadas pintadas del mismo color que la puerta, y adornadas con flores. El lago al atardecer es una visión preciosa, y desde luego hace honor a su nombre. El sol cae a partir de las 17:30 y tardo media hora en llegar al apeadero del tren,  apretando el paso ya en penumbra y con las calles desiertas, porque los lugareños están en sus casas cenando, aunque en realidad a esta hora en España los niños se toman la merienda.


Nota al pie: al volver leo en titulares que, tras sólo tres semanas en la cárcel, ha salido en libertad vigilada Sarkozy. Sin comentarios. 


VITRÉ


Por suerte, el día amanece soleado. Todo brilla, y cómo luce toda esta yerba tan verde! Me acerco a Vitré en un tren que tarda sólo media hora en llegar, es una localidad en buena parte medieval. La rue de La Potérie ha conservado intactas sus casas con soportales de pilares de madera, que forman en la calle paralela una galería porticada. Las fachadas en muchos casos están cubiertas por completo de tejas de pizarra, o de pequeñas placas de madera superpuestas, para combatir la humedad. 


En algunos escaparates hay fotos de primeros planos de armiños, esos animales heráldicos de pelo blanco que son símbolo de Bretaña. 


En el precioso castillo (ss. XI al XVI) tan grande y tan bien conservado, hay una ceremonia militar en el patio de armas, al que se entra por un puente levadizo de los de verdad. Oigo una banda de música y me meto dentro. Están allí congregadas las fuerzas del orden y las fuerzas vivas, encabezadas por el alcalde con su banda tricolor. Hay algunos veteranos ya ancianos, con sus uniformes y sus condecoraciones. Y medio pueblo, con las abuelas y los niños. En el exterior, tanques de exhibición. Ya me había advertido el hombre del escaparate que en tal día como hoy hay actos de homenaje. A los discursos no me quedo.  


Me ocurre un pequeño incidente. Rodeo el castillo, y le hago una foto desde abajo porque la perspectiva es realmente bella,  digna de un cuadro. En un banco de un parque que está justo bajo los torreones, hay un chico y una chica que comen un bocadillo sentados en un banco. Él me ve en disposición de hacer la foto, se levanta y me echa una bronca a gritos porque según él le estoy fotografíando y no debo. Más quisiera poder borrarte, pero es que estás en medio, pienso yo para mis adentros. Para mis afueras, como el tipo sigue y sigue abroncándome, le digo en castellano que si es que se cree tan importante, y que yo lo que estoy fotografiando es un monumento en la vía pública. Como este ciudadano iracundo lo que pretende es que yo entre al trapo y pasar así un rato entretenido (debe de ser que la conversación con la chica le aburre), me bato en retirada. No sin antes dedicarle una peineta, una imprudencia de la que me arrepiento inmediatamente por cuestiones de seguridad, que no de cortesía... pero ya para entonces he sacado mi dedito a medir la velocidad del viento. Ay, estas hormonas menopáusicas que a veces me traicionan, con lo modosita que era yo de pequeña. 


Veo en una cartela que un marino local realizó en el s XVII un periplo por mar que le llevó desde Saint-Malo a Ciudad del Cabo, Madagascar y Sumatra. 


En mis paseos por el pueblo, visito las puertas de la Briole, la d’Embas y la de St Pierre. Las iglesias de Nôtre Dame y de St Martín. El barrio de Rachapt.  El Hôtel du Bol s’Or, con su peculiar torre (algunas casas tienen su propio torreón medieval). Calles muy pintorescas como Pasteur y Braudrairie. Al Pré des Lavandières junto al río no puedo pasar porque (cómo no) está en obras. Pero sí puedo caminar un rato por el paseo en alto junto a las murallas, desde donde se divisa todo el panorama de los prados y los pueblos circundantes. Este Vitré no tiene desperdicio.


Frente a la estación está el antiguo ayuntamiento, que jugó un papel importante en los días de la liberación. Tras el desembarco en Normandía, las tropas aliadas fueron reconquistando el territorio poco a poco. Parece que el primer soldado americano que llegó a este pueblo de Vitré fue Robert Burns, que se metió en el ayuntamiento, abandonado por los nazis. Y allí permaneció ocho días esperando la llegada del alcalde legítimo, que había sido encarcelado en Rennes. Pocos días después el general De Gaulle, que había desembarcado en Rennes y se dirigía a París, hizo una parada aquí en Vitré, donde fue ovacionado por una multitud, ante los que dio un discurso célebre desde el ayuntamiento: “París ultrajado, París herido, París martirizado, pero París liberado!”. Este De Gaulle, tras el entusiasmo de la liberación y pasados muchos años, dejó de contar con el apoyo unánime de los franceses por un quítame allá esa Argelia y otras cosillas. Pero en estos primeros momentos volvía como el dirigente de la Resistencia en la clandestinidad, iba a presidir el gobierno provisional. Se le consideraba un héroe, y como tal le recibieron en un París donde, por cierto, entró de los primeros una brigada de republicanos españoles llamada La Nueve, integrada en una división blindada del general Leclerc. Hecho que el gobierno francés ha tardado 75 años en homenajear públicamente en el desfile del 4 de julio. Ya les vale. Ah, la grandeur…


El tren de vuelta toma otra ruta distinta, y compruebo que todos y cada uno de estos pueblos es monumental.


NANTES


Esta ciudad, la sexta en importancia de Francia, es capital del departamento de Loira, aunque pertenece a la Bretaña histórica, de hecho era donde los Duques de Bretaña tenían su sede en un castillo que quita el hipo, y que se considera uno de los más esplendorosos de la ruta de los castillos del Loira. Me bajo del tren y lo primero que me encuentro, aparte de un supermercado bien surtido donde compro mi cena, es precisamente este castillo del s. XV, que ha sido restaurado con muy buen gusto y que alberga varios museos en su amplio patio de armas. Está rodeado de un foso de agua y se puede subir a la muralla, desde donde se obtiene una vista despejada de los alrededores, porque Nantes no tiene edificios de muchas alturas por esta zona. En el patio de armas hay una lápida que recuerda que fue en este castillo donde se firmó la adhesión de Bretaña al reino de Francia, en 1532. Al morir Ana de Bretaña, que había sido reina de Francia al casarse con nada menos que dos reyes franceses, este castillo del Loira lo heredó su hija Claudia, casada a su vez con otro rey francés, Francisco I. Este rey fue quien se quedó con esta preciosidad y la completó metiéndole un palacio dentro, pero no debió bastarle porque terminó construyéndose su propio castillo del Loira, más al gusto renacentista del momento. Y más grande. Y con más torreones. Y con más ventanales. Y con un mayor jardín. Y con más obras de arte. Y con más de todo, mire usted. Está en Chambord. Lo visité hace meses, y me pareció... demasié.

 

Más o menos enfrente del castillo está la fábrica de galletas de la marca Lu, de estilo Art Nouveau, con una torre muy original. Actualmente es un centro de arte. 


No lejos de este punto, la catedral gótica de Saint-Pierre-et-Saint-Paul tiene unas torres cuadradas con unos remates en punta de diamante como las iglesias inglesas. Está en obras, como no. 


Callejeando, veo una galería comercial decimonónica llamada Le Passage Pommeraye. Está la Place Royale, y la enorme Placer Louis XVI. Está el Teatro Graslin. Hay un Museo de Julio Verne, porque nació aquí. Las calles de la judería tiene un gran ambiente de terraceo vespertino. Por esta zona, la Iglesia de la Cruz Santa tiene un curioso remate en su campanario: unos ángeles trompeteros de esos que anuncian el Apocalipsis, pero se les perdona que sean tan agoreros porque son muy bonitos. 


Sigo paseando, y me cruzo con muchas familias que aprovechan el inusual día soleado en pleno noviembre, con la indolencia correspondiente a un dia festivo además. El ambiente es muy agradable, y me demoro demasiado por el centro, por lo que no me da tiempo a intentar acercarme a la zona más moderna de Nantes, donde está una de sus principales atracciones: la Isla de las Máquinas. Al parecer, en este recinto hay una serie de grandes animales mecánicos, unos enormes autómatas delos que he podido ver unas fotos impresionantes. Su irse a lomos de un elefante robótico que se mueve debe de ser toda una experiencia, pero no puedo disfrutarla porque pierdo mi tren de vuelta a Rennes. Otra vez será, o no. 



FOUGÈRES


Escojo ir al pueblo de Fougères porque veo una foto de un castillo maravilloso, que me trae lejanos recuerdos de infancia (hay que remontarse medio siglo, se dice pronto). Algunos niños de los 1970s jugaban con Exin Castillos, y esas réplicas plasticosas de las fortalezas medievales que se podían montar en casa se han quedado grabadas en mi memoria para siempre, aunque yo nunca tuve una. Pues bien, este castillo de Fougères se parece al modelo Exin más grande, con las cubiertas de las torres en pizarra negra. Así que hoy he venido hasta aquí para jugar un rato a las princesitas. La lástima es que me he dejado la tiara en casa. 


Fougères se divide entre la villa alta que está en un cerro y la baja o medieval que está en un valle, separadas ambas partes por un desnivel considerable del terreno. La línea férrea está en obras y el autobús de sustitución me deja en la villa alta. Lo primero que me encuentro en la plaza principal del pueblo es un monumento a los caídos de ambas guerras mundiales. 


Y muy cerca, una estatua de Armand Tuffin de la Rouërie, hijo de este pueblo y héroe bretón de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, porque ayudó a ganarla. Fue amigo de George Washington, rival del General Lafayette y promotor de la llamada Conspiración Bretona, una facción revolucionaria con minúscula que plantó cara a los mandamases de la Revolución con mayúscula. Este Armand Tuffin murió demasiado joven, de enfermedad, y fue enterrado. Pero la Revolución no toleraba a los insurgentes, y se tomó la molestia de desenterrarlo para poder darse el gusto de decapitarlo. Estos detalles gore son los que han dado al Terror su justo nombre. 



Hubo un incendio en Fougères en 1710 y eso permitió comenzar a construir espacios urbanísticos más acordes con la Ilustración en la ciudad medieval. La Plaza del Teatro fue toda una novedad como espacio amplio de uso público. Más tarde, el Teatro Víctor Hugo, de estilo Art Nouveau, se construyó de color claro, todo un contraste en medio de las casas de granito gris que predominan en esta región.


Fougères tiene una ruta literaria, jalonada de carteles con citas de autores que han escrito sobre la belleza de esta villa. En la Place Jean Guéhenno, miembro de l'Académie Française, hay una cita de una de sus obras: “Nous rêvons une vie. Nous en vivons une autre, mais celle que nous rêvons c'est la vraie.” (“Soñamos con una vida. Vivimos otra, pero aquella con la que soñamos es la verdadera”). Ojalá fuera así, sería de justicia poética. En esta plaza está Le Beffroi, una espadaña o torre cívica (una especie de campanario que, en la tradición Centroeuropea, no pertenece a ninguna iglesia, sino al municipio). El estilo de este beffroi imita los de Flandes, porque los comerciantes de telas de este pueblo comerciaban con los Países Bajos. La torre tiene una inscripción: “ Los burgueses de Fougères me hicieron en 1397, y me llamaron Roland Chapelle”. Mientras estoy allí suenan sus campanas. En el Benelux y en Alemania suena también un carrillón, pero no aquí en Fougères. La mairie o ayuntamiento data del s XVII. 



En el pueblo sólo queda una casa porticada, la de un pintor impresionista nacido aquí y llamado Emmanuel de la Villeon. En los incendios de siglos pasados se fueron perdiendo todas las demás casas porticadas, que eran testimonio del comercio que se llevaba a cabo bajo sus soportales, mientras que la planta baja era la tienda, y la familia del comerciante vivía en el primer piso.  


La Iglesia de S Leonardo cuenta con bonitas vidrieras, pese a ser de los años 1960s. Tiene un muy curioso campanario de remate achatado con cubierta de pizarra. Desde su jardín hay una vista panorámica impresionante de la ciudad baja medieval, con su castillo, que tiene todos los lienzos de muralla y todas las torres restauradas. Enfrente del pueblo hay una peña y más allá, un valle que el atardecer llena de verdor. El sol hace brillar la hierba, se oye balar a las ovejas. No hay más turistas que yo y dos parejas más en todo el pueblo, lo sé porque nos vamos cruzando por todos lados. Los nativos son bastante silenciosos y la paz es absoluta. Qué más se puede pedir. 


Bajo por unas rampas hasta el pie del castillo, que data del s XII. Traspasada una puerta de la muralla se penetra en su foso, que tiene una cascada y cuatro ruedas de molinos de agua cubiertas de verdín, dos de las cuales aún giran. El agua está limpísima. En la Place Raoul II, donde en tiempos antiguos había un lago, está la portada por donde se entra al castillo. Este Raoul era el señor de Fougères, y su castillo de madera fue destruido por las tropas del rey inglés Enrique II Plantagenet. Fue reconstruido en piedra, y lo que vemos hoy es una posterior restauración. Es un castillo magnífico que transporta a otras épocas, y yo lo miro con ojos de Princesita de la dinastía Exin, de los Exines de toda la vida, en cuyo escudo nobiliario pone “Exclusivas Industriales, S.A.” , y su divisa heráldica es “El juguete que hace historia”. La fábrica, perdón, la casa solariega de este noble linaje, estaba en Molins de Rei y se fundó en el Año del Señor de 1951. Gloria por siempre a los juguetes que alentaban la imaginación. 


La villa medieval tiene rincones de mucho encanto. La Maison de Savigny luce una larga balconada de madera. La Place du Marchix, donde se comerciaba con (lo pone así) bestias. Aún las hay por el casco urbano: aparte de las mascotas y las palomas, en el parque veo pastando a tres hay cabras de pelo largo y cuernas también largas, demasiado para mi gusto. También veo un caballo sin ensillas en la plaza principal, y otro con jinete entre el tráfico. 



El Jardin du Val Nancon es un bonito parque que aprovecha el desnivel entre el valle y el cerro para crear un espacio totalmente paisajístico, con arroyo incorporado. Me cruzo con dos hombres, a los que saludo, porque tengo comprobado que en los pueblos y ciudades de provincias de este país, las personas de mediana edad en adelante te miran a los ojos y o bien te saludan o bien te sonríen, y esperan reciprocidad. Así que me adelanto yo la mayor parte de las veces. Mi bonjour sonriente en este caso parece que les anima la tarde, porque uno de ellos me hace un gesto y me dice que sonrío muy bien… los gestos aquí en el noroeste son más moderados que en el sur, y quieras que no yo vengo de mucho más al sur, allende los Pirineos. 


Veo la puesta de sol sobre los campos verdes desde la ventanilla del autobús de vuelta. Ha sido un día redondo. 



VANNES 


El día está entre nublado, neblinoso y lluvioso. Se cumplen diez años de los atentados de la sala Bataclán en París, hoy Francia llora a las víctimas y el tiempo también está de luto, porque durante todo el día parece que está a punto de anochecer. Esto me da la oportunidad de contemplar estos paisajes celtas en los tonos grises que son su estado natural, porque los dos últimos días soleados sólo han sido una gozosa anomalía. 


Desde el autobús de sustitución (continúan las obras en la línea) veo muchos bosques, con jirones de niebla que dan la impresión de esconder a los duendes y las hadas de la vista de los simples mortales. No sé si habrá algún Lepprechaun suelto con su pote lleno de oro. Desde luego el tipo físico del conductor del autobús es totalmente celta: he visto muchas caras como la suya en Irlanda. Cara que, por cierto, era la de mi abuelo montañés. 


En Redon, cruzamos el canal de Nantes a Brest. Pasamos de la aurovía a una carretera local que cruza muchos pueblos de granito grisáceo. Pienso que el invierno debe de ser duro para los habitantes de esta región, rodeados de humedad grisácea. 


Llegamos a Vannes, que recibe el bonito nombre bretón de Gwened y está en el departamento de Morbihan (nombre de un golfo que la proteje del mar abierto). Primero fue una aldea gala (quien sabe si Astérix y Obelix estaban entre los vecinos), pero cuando Julio César llegó por aquí cambiaron toda la decoración, y pasó a ser una ciudad romana llamada Darioritum. Precisamente en el castro galo-romano fue donde, a finales del s. XIV, se construyó la muralla que tanto hermosea a esta ciudad. Entre el golfo y la muralla, Vannes pudo resistir varias invasiones vikingas, aunque con graves daños y pérdidas. Esta muralla tiene justa fama, y a pesar de que en el s. XIX pretendieron echarla abajo para dar paso a la expansión urbanística, Vannes ha conservado las tres cuartas partes. El motivo radica en que la mayor parte de lienzos de muralla se habían vendido a particulares, que habían aprovechado esos muros como paredes de sus propias casas. Esta titularidad privada salvó la muralla de su total destrucción y la ha conservado hasta hoy. La muralla, vista con la amplia perspectiva que le regala el parque que la rodea, es toda una belleza. Por encima sobresalen las construcciones y las torres de la catedral y demás iglesias. Al pie de la puerta que se llama Poterne están los antiguos lavaderos, una curiosa construcción techada y muy alargada, que sigue el cauce del arroyo. Tenían chimeneas porque allí se hervía el agua para blanquear mejor la ropa. Leo que es la villa bretona que mejor ha conservado su muralla, a pesar de los bombardeos y la especulación. 


Vannes fue una de las principales ciudades bretonas en la Edad Medía, y aquí está enterrado San Vicente Ferrer, a quien hicieron patrón de la ciudad. Parece que predicaba por la zona y se puso gravemente enfermo. Intentó volver a su Valencia natal, pero una gran tormenta impidió su salida del puerto de Vannes, por lo que interpretó que la voluntad divina era que muriera aquí, cosa que ocurrió en 1419. En el s. XVII la capitalidad de Bretaña se trasladó desde Rennes a Vannes, lo que impulsó el crecimiento de la ciudad. Aquí se mezclan las casas tradicionales de entramado de madera con construcciones barrocas. 


Paseo por la muralla y me voy encontrando con sus torres (la del Condestable es la más famosa) y con sus puertas monumentales, algunas de las cuales tienen casas particulares adosadas. El Quartier de Saint Patern, alrededor de la catedral górica dedicada a este santo, es el más típico y es muy evocador, con sus calzadas empedradas y sus fachadas medievales. Hay en estas callejuelas muchas tiendas de artesanía y también caves à vins, con una clientela treintañera que, a la hora que paso, se deleita librado vinos acompañados de un picoteo. 


Entre todas las casas de entramado de madera, hay una en concreto que tiene el sobrenombre de “Vannes y su esposa”, porque hay dos bustos tallados en madera que representan a una pareja. Se cree que era una antigua posada, y este era su cartel anunciador. 


La Catedral de Saint Pierre es muy bonita, pero confieso que a estas alturas del viaje estoy casi totalmente saturada por las iglesias de todo tipo y condición, y mis sentidos están anestesiados. Así que lo que más me llama la atención de esta catedral en concreto no está en ella, sino en la esquina, donde hay dos casas de entramado de madera en una placita contigua. Una de ellas debe de estar muy enamorada de la otra, porque está deseando darle un besito y para lograrlo, ha inclinado la parte superior de su fachada de modo que el pico de su tejado de pizarra casi roce el de su amada. Le faltan sólo unos pocos centímetros para demostrar la profundidad de sus sentimientos y también el aguante de sus cimientos. Qué bonito es el amor, y qué miedo me daría tener que vivir ahí, pero ambas casas no sólo están habitadas, sino que tienen comercios y además están al paso de ciudadanos y turistas. 


Frente al lienzo más bonito de la muralla está el no menos bonito Jardin de la Préfecture, al pie de un gran edificio del s. XVIII que sustituye a una residencia que tenían allí los Duques de Bretaña, llamado Château de l’Hermine o Castillo del Armiño. El Hotel de Ville es el típico palacio haussmaniano semejante a una tarta de merengue. Encuentro una casa tradicional donde fue detenido en el s. XVIII Pierre René Rogue, al que en la lápida se califica de mártir. Le pregunto a Miss Google qué le pasó, y me contesta que fue uno de los sacerdotes que, cuando estalló la Revolución, se negó a jurarle fidelidad, lo que durante el Terror constituía un crimen. Los religiosos juraban fidelidad a la Iglesia, y por tanto hacerlo a la Revolución, que promovía la no existencia de Dios, les colocaba en un grave conflicto. Este pobre hombre fue ajusticiado, no sin antes proporcionar ayuda espiritual a sus compañeros de celda. 


Hay en Vannes un simpático puerto deportivo, que imagino que por estar tan céntrico debió de ser el primitivo puerto con el que se enriquecieron los comerciantes locales, que se especializaron en la navegación a vela. Cuando llegó la navegación a vapor comenzó una época de decadencia económica, pero se simultaneó con la llegada del ferrocarril, que compensó la salida de mercancías desde este puerto. Actualmente está es una ciudad que en buena parte se ha dedicado al turismo. 



QUIMPER


Desde el tren veo un bonito panorama de Hennebont, a ambas orillas del río. En Rosporden, pasamos un bonito lago. En Lorient veo el río Scorff que, junto con el Blaber, desembocan un poco más adelante. Llego a Quimper desde Vannes con la intención de dar una vuelta por esta ciudad cercana ya a Brest y al Finisterre francés, pero ha estado amenazando tormenta todo el día y los cielos escogen este preciso momento para descargar el diluvio sobre mí. En otra reencarnación anterior, he debido dejar algún karma pendiente en este preciso lugar. Decido que no tengo por qué purgar mis pecados con la ropa empapada, y me vuelvo a Rennes en el primer tren. Así que Quimper sigue siendo una incógnita para mí. Mantengo la teoría de que siempre hay que dejarse cosas por ver, porque el haberse quedado con las ganas casi garantiza una futura visita. 


DINAN


Amanece lluvioso en Rennes, pero según avanza la mañana el día se va recomponiendo un poco hasta asomar unos rayos de sol ensimismados sobre cielos blancurrios. Cada vez hace más viento, ese molesto compañero de viaje que ha sido un asiduo de mis correrías y callejeos desde que me puse en marcha, hace un año ya. Anoche cené sidra bretona con gallettes bretonas. Las gallettes me gustan más que las crêpes, porque básicamente son lo mismo, pero aquí en Bretaña las elaboran con trigo sarraceno, lo que les da más consistencia y sabor. La sidra la escogí dulce, y me bebí la botella entera con la excusa de que era de baja graduación. Esa botella me ha traído algún problemilla esta mañana, porque he invertido mucho tiempo buscando un contenedor de vidrio por mi barrio. Menos mal que un chico muy amable, que paseaba a su perro bajo la lluvia y que me ha visto deambular de un lado para otro con la botella en la mano, se ha acercado y me ha dicho en qué esquina tiene muy bien escondido el ayuntamiento el único contenedor de vidrio de los alrededores. “C'est compliqué”, me dice. Y tanto, porque si no llega a ser por él nunca lo habría encontrado, y se me hacía ya tarde para mi tren hacia Dinan, localidad que está en el departamento de Côtes d'Armor.


En el tren me toca delante el tipo más oloroso de toda Bretaña. Ay, esa camisa de leñador que no ha visto una lavadora desde que la colgó en el armario el invierno pasado… Es viernes y el tren va lleno, por lo que no puedo cambiar de sitio. Menos mal que tengo un estómago fuerte, y que al rato me bajo porque hago transbordo en la estación de Lamballe, rodeada de campos de labor y donde por cierto huele a estiércol que tira para atrás, pero mi pituitaria en cambio encuentra este aroma muy acogedor, comparado con el de la camisa del tren. El segundo trayecto dura poco. Atravesamos las habituales llanuras verdes y un gran bosque ya más invernal que otoñal, con sus árboles desnudos que sacan a relucir los numerosos nidos que hay sobre sus ramas. Al cabo de no mucho rato, llego a Dinan. 


Hoy he amanecido cansada, y le pido ayuda a Miss Google con los recorridos por Dinan. Le pregunto cómo se llaman los principales monumentos que se ven en las fotos desde lo alto de la muralla, y me saca una lista donde hay un teatro (el Teatro Jacobino), un par de iglesias (la iglesia gótica flamígera de Saint Malo, la basílica románica de Saint Sauveur), y dos torres (la del Reloj en la villa, y la de la Duquesa Ana en el castillo). Porque naturalmente no podía faltar un castillo (el Castillo de Dinan). Qué raro que no haya también dos, porque en este pueblo lo tienen todo repe. Me pongo en marcha para irme encontrando todo esto al paso. 


La villa medieval en lo alto de la colina es una preciosidad, incluso bajo la lluvia. Las casas dominan desde su elevación el río Rance. Muchos de sus edificios son del s. XIII. La ciudad conserva una gran sección de sus murallas, y más tarde recorro a pie una parte. Los carteles cuentan que estas son las murallas más importantes de la zona. No seré yo quien les diga a los lugareños que yo ayer leí en Vannes que las suyas sí que eran súper importantes, mire usted. Para qué meterme en un jardín que ni siquiera me queda cerca de casa. 



En la Iglesia de St Malo encuentro bonitas vidrieras, un relato de la vida de un matrimonio de la aristocracia local, los La Gayare, que en el s. XVII se consagró al servicio de los pobres, para lo cual vendió todos sus bienes y convirtió su palacio en hospital. Y también veo una imagen de STA Juana Jugan, fundadora de Las Hermanitas de los Pobres, que inauguró aquí en Dinan su tercer convento. Mi madre les tenía mucha simpatía a esta congregación, y cuando vivíanos en Barcelona les donaba con regularidad. Recuerdo a las monjitas en casa, cómo aquellas mujeres guardaban la regla estrictamente y no nos aceptaban una merienda, ni siquiera un vaso de agua en verano, y cómo le aguantaban alguna broma que otra a mi madre, que tenía mucho sentido del humor, porque esperaban recibir el ósculo, que era como antes los redichos llamaban a las limosnas. Mi madre y aquellas mujeres terminaron teniéndose un cariño mutuo a lo largo de los años.


La Torre del Reloj, una torre medieval cilíndrica con una cubierta puntiaguda en pizarra, junto con otros edificios, dan testimonio de que Dinan fue una villa importante en la Edad Medía. Su situación privilegiada junto al estuario del río Rance la coloca en una ruta comercial entre Inglaterra y Flandes, lo que permitió que se enriquecieran los comerciantes locales en los tiempos previos a la navegación a vapor. 


A la Torre del Reloj se puede subir para contemplar las vistas de toda la ciudad. Pero yo tengo un día perezoso, y me conformo con ver la panorámica desde un paseo elevado que lleva el nombre de la Duquesa Ana de Bretaña. Creo que en todos los meses que ha durado este viaje, he cumplido con creces mi cuota de escalinatas, escaleras de caracol, escaleras de la muerte y hasta escaleras de mano por las que subir. Mi vértigo me recomienda quedarme pisando tierra firme, y mi cansancio acumulado me aconseja escuchar este sabio consejo. Además, ahora peso diez kilos más, y ya se sabe que no pesan lo años, sino los kilos. 


La Torre del Reloj fue construida en el s. XIV por la burguesía enriquecida con el comercio fluvial. Servía para vigilar los incendios, pero también para celebrar reuniones de los concejales. 


La Iglesia de Saint Sauveur es preciosa por fuera, y el remate en pizarra de su torre muy original. No entro porque con una iglesia almdia me basta y ya he visto la otra . Sí, lo sé, soy muy bruta. Por detrás está el Jardín Inglés, un antiguo cementerio de la colonia británica local, reconvertido en parque público. Hay un gigantesco cedro delnLíbano y un ginkgo biloba enorme también. De este úmtimo pillo a una anciana arrancando nonsé si los gingkos o los bilobas, pero el caso es que se está llenando el bolso del pelotillas rojas. Menudo colocón de infusión que se va a pillar está noche en su casa. El jardín está en alto y domina la vista del valle inferior. Hauly un pequeño puerto en un canal bordeado de casitas, y alrededor un bosque. El cielo está entreverado, como el tocino, entre nubes y claros. La vista es hermosa. 


El Hotel de Baoumanoir, antigua residencia señorial renacentista, tiene una portada y un patio de entrada y una torre que son dignos de figurar en un cuadro, y estoy segura de que lo habrán pintado muchos artistas a lo largo de las épocas. 


También hay plazas que han conservado todo el sabor de siglos pasados, y dos de ellas se llaman Place des Merciers y Place des Cordeliers, haciendo referencia a los gremios de artesanos que tenían allí sus talleres, aunque más tarde me entero de que los cmCiedeliers eran los monjes franciscanos, así que vete a saber quiénes eran en realidad los Merciers. Hoy en día es el centro turístico de Dinan, y no es de extrañar, porque la verdad es que el entorno es, digamos, muy fotografiable. En las tiendas veo que se venden muchas faldas escocesas, para hombre y mujer. Las casas de entramado de madera son aquí incluso más pintorescas de lo habitual en Bretaña. Leo que los tejados de estas casas solían ser de paja para luchar contra la humedad, como en las thatched houses de las Islas Británicas. El problema es que la paja ardía con facilidad, de modo que algunas de estas casas se construyeron con cada piso en receso, es decir, que cada altura de la casa estaba construida sobresaliendo del piso anterior, y así sucesivamente, para intentar salvarlas de las llamas en caso de incendio. 


Las mercancías que se desembarcaban en el puerto entraban en Dinan por la Porte du Jerzual. La calle del mismo nombre era donde residían los burgueses más enriquecidos de la ciudad. Sus casas datan del s XV en adelante. En una cartela de la Place des Merciers leo que se han tomado el trabajo de averiguar la edad de algunas de estas casas, haciendo una prueba cientifica de “de dendrocronología” a la madera de la fachada. Según los resultados, la casa más antigua que han analizado data de 1457 y la más moderna de 1506. Hay en Dinan un total de 130 casas antiguas de entramado de madera.



La rue Jerzual es una cuesta que salva el desnivel entre la antigua villa y el puerto. La cuesta abajo es bastante empinada, y el pavimento empedrado no le pone fáciles las cosas a mis pies, castigados por meses de caminatas. Pienso que merece la pena es esfuerzo, porque salgo de la villa por la Porte de Jerzual, que antiguamente franqueada el acceso a las mercancías del puerto, previo pago del tributo, claro. Cuando llegó a ajo resulta que la puerta está en obras y no sólo está tapada sino que el paso a los peatones está cortado y me obligan a volver a subir. Story of my life: me he tragado todas las obras de Europa, así que no puedo decir que me sorprenda mucho encontrarme con esta.  


Voy por encima de la muralla hasta el castillo, y llego hasta la Porte de Lehan. Junto al propio castillo, la Porte de Guichet. Todo esto se fue construyendo desde el s. XIII al XVI, pero en aquella época nonhabía tráfico rodado y ahora en el s. XXI poco menos que tienes que arriesgar la vida para acercarte, porque la vía es estrecha y aunque los conductores frenan cuando te ven, hay peligrosos ángulos muertos.  



Me doy un paseo por el puerto y la ciudad baja. Desde allí se ve un acueducto que a mí me parece gigantesco. Estás grandes obras de ingeniería me dan una lección de humildad, y un ataque de aprehensión también. Mi mente neurótica se pregunta si este puente estará bien asentado en el terreno… y me entra algo de miedito del malo. El mismo que me entra cuando subo dos peldaños de la escalerilla para descolgar las cortinas. O cuando me asomo a mi ventana del primer piso. No tengo arreglo. 


Volviendo a la villa alta porque se acerca el horario de mi tren de vuelta, vuelvo a dar una vuelta por las calles más antiguas. Y doy con una casa que se me habia pasado antes, en la misma plaza que el Teatros Jacobino. Se trata de la Casa Keratry, de 1558, que se trajo desde otro pueblo (Lanvollon) en 1935,para preservarla porque iba a ser derribada. Es una preciosa casa de entramado de madera con pilares de piedra. En su fachada cuenta con algunas figuras policiemadas talladas en la madera. Hoy en día es la sede de la escuela de arpa celta, donde se enseña a tocar este bellísimo instrumento cuyo sonido me envuelve siempre en una serenidad que le agradezco a quien la inventó. Aún conservo una cinta de cassette de los 1980s que compré en Frankfurt a unos músicos callejeros irlandeses. Son composiciones de O’Karolan para arpa y flauta. Cuando estoy de los nervios lleno la bañera, enciendo velas y la pongo en el último reproductor de radio cassette que me queda vivo en casa. Es el cielo de los celtas, el Ávalon artúrico. También por los mismos años 1989s me dio por ahí y compré música celta bretona. Esa otra cinta de cassette es de un grupo bretón llamado Gwendal (les imagino ya jubilados y llevando a sus nietos al parque, porque empezaron en los primeros 1970s). Me encantaba un tema que se titula “Benoît”. Viva la música celta, la más potente de todas las músicas de raíz del mundo entero. (Lo sé, no soy objetiva). 


Entre los personajes célebres que están relacionados con la villa de Dinan, están tres que figuran en el paseo de la fama de cualquier enciclopedia: 


- Victor Hugo hizo una descripción muy halagadora de Dinan, comparando la villa medieval a un nido de golondrinas colgado de un precipicio. 

- Chateaubriand estudió en Dinan.

- John Everett Millais, pintor británico del movimiento pre-rafaelita, vivió en Dinan durante su infancia.


Dinan está en las listas de pueblos más bonitos de Francia. De Europa entera, añadiría yo. Lo único que tiene feo este pueblo es la estación de tren, que parece diseñada por Pedro Picapiedra un día que andaba despistado. Lo demás es de ensueño. 


En el tren de vuelta también debo hacer un transbordo, en Dol de Bretagne, antes de enlazar con el tren de vuelta a Rennes. En el primer tren hay un señor encantador que nos va haciendo una encuesta a todos los pasajeros, No lleva el uniforme de los ferroviarios, y me pregunto quién será. Al final se despide y se identifica como el presidente de la asociación de usuarios del ferrocarril. Por lo que he entendido de la conversación con otros pasajeros, debe de ser que estas líneas locales tienen poca demanda (lo he podido comprobar estos días, algunos trenes van prácticamente vacíos) y están intentando que mantengan los horarios al completo a pesar de ello. Les deseo suerte. Mi abuelo malagueño era ferroviario y yo llevo algo de eso en las venas. 











 




7.11.25

CAEN

 CAEN


En Caen, mi hotel está justo frente a la estación, y tardo meros segundos en llegar porque solo debo cruzar las vías de un tranvía. Es un hotel barato y funcional, pero está limpio, que no es poco. Y tiene ascensor. He decidido que para lo poco que queda de viaje ya no voy a subir más escaleras de la muerte cargando con Doña Resilia… porque, salvando las distancias que son siderales, confieso à la Flaubert que “Doña Resilia, c’est moi”. Y las dosis de resiliencia ya se me están agotando. 


La hora del check-in son las 12:00 y llego puntual, de modo que tengo muchas horas de luz por delante para explorar Caen hasta que se ponga el sol sobre las 17:30. Me dispongo a aprovecharlas, y al ser una ciudad no muy grande de la que previamente lo desconozco todo, escojo no informarme ni por internet ni en la oficina de turismo. No hay nada que me guste más que el placer de descubrir un lugar por mí misma, sin referencias de ningún tipo. Si algo me llama la atención, leo las cartelas o le pido información a Miss Google. La gente me mira porque me paro continuamente, cual jubilado observando los progresos de una obra. A continuación, los rincones de Caen por donde me he movido: 


En la Plaza del Mariscal Folch hay un monumento a los caídos de las dos Guerras Mundiales. Una cartela explica que una manifestación de estudiantes sediciosos quiso conmemorar el día de la victoria en la Primera Guerra Mundial en este monumento, el 11 de noviembre de 1940. Pero el cuartel general de las fuerzas de ocupación nazis estaba en la misma plaza, instalado en un hotel. Los centinelas dispersaron la manifestación. Y con el tiempo, averiguaron las identidades de algunos de los estudiantes y el profesor de inglés que encabezaba la marcha, y les enviaron a Auschwitz, de donde nunca regresaron. Digo yo que todo eso del patriotismo es muy bonito, pero qué necesidad había de provocar al enemigo en sus propias narices? Creo que yo hubiera sido una cobarde en tiempos de ocupación. La película “Esta tierra es mía”, que Jean Renoir rodó en Hollywood en 1943 para denunciar la ocupación nazi de Francia, narra con gran poesía la historia de un cobarde. Heroico por supuesto, esto es Hollywood! 


Justo enfrente del monumento hay un hipódromo y un parque llamado La Prairie. 


Paso por la Chocolatería Charlotte Corday, fundada en 1905, y leo que es de las más antiguas de Francia. Le pusieron el nombre de esta revolucionaria francesa, famosa por haber apuñalado a Marat dentro de una bañera, porque Charlotte Corday, se alojó en casa de su tía, justamente en donde está la chocolatería, en su camino a París para asesinar a quien ella juzgaba pernicioso para la Revolución, el jacobino radical Marat. Ella era simpatizante de los girondinos, una facción más moderada de los revolucionarios. Charlotte fue guillotinada como castigo a su crimen, y su acción no sirvió de nada porque el reinado del Terror continuó, sin Marat y sin ella presentes. 


Según avanzo, me voy dando cuenta de que parte de esta ciudad ha sido reconstruida en la posguerra. Al estar tan cerca de los territorios más disputados en la última guerra, supongo que quedaría en buena parte arrasada, y la reconstrucción les ha quedado toda bien igualadita, porque todos los edificios que alcanza mi vista son exactamente iguales. No sé si fue falta de imaginación o falta de recursos, pero todas son bloques de color claro de unas cinco o seis alturas, con tejados a dos aguas de pizarra negra. Si yo viviera aquí, con lo despistada que soy, a lo mejor me equivocaba de calle y hasta de casa. 


Caigo también en la cuenta de que esta ciudad ha debido de sufrir muchísimo. Por todas partes hay lápidas y monumentos conmemorando a los represaliados, los deportados y las víctimas de la guerra. Y muchas calles llevan nombres de héroes y mártires, o nombres de nobles causas relacionadas con la resistencia y la liberación. Frente a la iglesia gótica de San Juan hay una plaza que se llama de la Resistencia, con una estatua ecuestre de Juana de Arco, toda bañada en oro. 


Me dirijo a la catedral (gótica) cuya torre veo a lo lejos, y tras ella un castillo (medieval). Por el camino me encuentro con las típicas calles comerciales peatonales, y en una placita hay una cartela que explica que Caen era una ciudad con numerosos cursos de agua que formaban pequeñas islas, y que en tiempos se la llamó “la pequeña Venecia”, admite el texto que un poco pretenciosamente. Una vez desecados estos brazos de agua, las calles que los sustituyeron constituyen el centro y punto de encuentro favorito de los ciudadanos. 


En los altos del castillo se encuentra el barrio histórico de Vaugueux. Compruebo que las casas antiguas aquí eran todas de sillares de piedra caliza y tenían tejados abuhardillados de teja negra, lo que explica que la reconstrucción de las zonas bombardeadas haya querido preservar esa arquitectura tradicional. 


Subo al castillo. El Castillo de Caen lo construyó en 1060 Guillermo el Conquistador, Duque de Normandía y más adelante rey de Inglaterra. Según la cartela, fue su residencia favorita y la dotó de gran amplitud y de un recinto fortificado que en su momento fue de los más grandes de Europa. En el patio de armas, ajardinado a la moderna, hay varias esculturas actuales, entre ellas una en color negro de Jaume Plensa, uno de sus habituales rostros de mujer de volúmenes imposibles. El recinto interior del castillo es enorme, y teniendo en cuenta que se completó entre los ss. XI y XIII, ya resulta gigantesco. Alberga la iglesia gótica de San Jorge, con una placa en su fachada a la memoria de los hombres y mujeres de Ontario, Canadá, que contribuyeron a ganar la Batalla de Normandía. Como siempre en los monumentos franceses, hay preparadas unas actividades estupendas para el público infantil. Una simpática figura de la Reina Mathilde de Flandes, la esposa de Guillermo el Conquistador, es la que propone juegos didácticos para los más pequeños. 


Me paseo por este barrio alto tan tradicional. Veo restos del claustro de la Iglesia de Saint Gilles. Muy cerca está la preciosa Abbaye-aux-Dames, con sus torres cuadradas. Es un edificio magnífico, y me hubiera encantado poder verlo con calma, pero unos operarios de parques y jardines muy concienzudos, realizan su trabajo de retirar las hojas caídas con tanta ferocidad que roza los límites de la violencia medioambiental, y ante la tremenda nube de polvareda y polen que levantan, tengo que huir precipitadamente, porque soy asmática y no quiero pasarme la noche ahogándome. 



Hay letreros que indican la dirección al Port de Plaisance, pero estoy algo cansada y mido mis pasos, de modo que me quedo sin ver el puerto deportivo. Las gaviotas de Caen sí que las veo porque están por todas partes, y son las más chillonas, escandalosas y ordinarias que he oído en mucho tiempo. 



Me adentro en las calles más céntricas. Llego a la Place de la République, anteriormente Place Royal. Me hace gracia el letrero porque en el estrecho margen que hay en la placa entre un nombre y otro, le cabe toda una revolución. El ambiente en Caen es el propio de una pequeña ciudad de provincias, la gente camina sin prisas y algunos aparentemente sin un objetivo concreto, es decir, pasean por pasear, como se hacía antiguamente. Las conversaciones son reposadas y el ambiente muy agradable. Sale el sol de entre las nubes, y los edificios blancos se tornan color miel. 


La iglesia de San Salvador, en la Plaza Brouchard, está enteramente cubierta por una red gigantesca, parece un fantasma. Aquí no se andan con chiquitas a la hora de restaurar un monumento. 


En la rue Écuyère, veo entre otros comercios pintorescos una librería especializada en romances y “romantasía”. Los libreros son muy coherentes, porque en su tienda todo es rosa y hay mucho corazón-corazón decorativo. Diga usted que sí, qué coj … nari… corazones.


Algunas bocacalles de estas arterias peatonales son auténticos túneles del tiempo que me llevan, en pocos pasos, a siglos remotos. Está todo tal cual, como conservado en formol. Y, como no podía ser de otra manera, hay muchos anticuarios y casas de subastas de obras de arte antiguo. Cuántas películas de época se podrían rodar aquí sin cambiar casi nada. 


Llego a la Explanada de Jean-Marie Louvel, con el hermoso ayuntamiento neoclásico y la no menos hermosa abadía románica (y más). El sentido del humor galo, que existe y goza de buena salud, se manifiesta en la columnata del antiguo Palacio de Justicia, ahora Galería de arte. Su columnata, la típica y tópica de un templo del neoclasicismo, está pintada de color amarillo chillón, en forma de esfera solar. Me encanta cuando se juega con buen gusto y buen tino con los edificios antiguos. No es faltarles el respeto, es todo lo contrario: respetarlos para que sigan vigentes según la óptica actual. Justo en la esquina, otra muestra de humor. Un restaurante se llama “El último bistrot…. antes del fin del mundo”. No me importaría que me pillara ahí dentro, bebiendo unos calvados y muerta de risa. 


La majestuosa Abbaye-aux-hommes me parece grandiosa. La mandó construir también Guillermo el Conquistador, y es una de esas iglesias que no quiero perderme, pero acceder a su interior es como apuntarse a una ginkana. No puedo entrar en la abadía, por mucho que busco la puerta. El monumento está encajonado entre edificios, y tras mucho caminar, y cavilar, veo que en una calle paralela hay un túnel con un letrero indicador. Pero lleva al ábside, donde hay una pequeña puerta trasera pintada de rojo sin más indicaciones. Doy la vuelta por el jardín del ayuntamiento. Nada. Hasta que se me ocurre entrar en el consistorio, y allí me informan de que la puertecita roja tenía que haberla empujado. “Mujer de poca fe”, les falta añadir, y habrían acertado. 


Entro de incógnito por esta especie de puerta falsa y como disimulada, y ya dentro empiezo a buscar la tumba de Guillermo el Conquistador, que no sabía que estaba enterrado aquí, pero un cartel en la nave principal me informa de este hecho por medio de una flecha roja. Lo mío con el color rojo hoy es una historia imposible, porque malinterpreto las indicaciones y paso un buen rato vagando como alma en pena por la abadía, que la verdad sea dicha está tan en penumbra que roza aquello de “la noche oscura del alma”. Al fin doy con la dichosa tumba, y también con una lápida que pone que la ciudad inglesa de Hastings ayudó a reformar el coro en 1927, cuando se cumplía el noveno centenario del nacimiento de Guillermo, (fue el ganar la batalla de Hastings en 1066 lo que le permitió proclamarse rey de Inglaterra). 


Cerca está la preciosa iglesia de St Étienne-le-Vieux, que no puede lucir más bonita porque le da el sol del crepúsculo sobre un cielo ennegrecido que anuncia tormenta. Hay una gran bandada de palomas posadas en un tejado que, a intervalos, revolotea por la explanada. 


Me dirijo al cercano quartier Hastings, un barrio que lleva el nombre de la batalla ganada por Guillermo, que en algunos carteles tiene doble personalidad: Guillaume le Conquérant / William the Conqueror. Desde la abadía, hay una preciosa avenida llamada Fossés St Julien, que lleva directa hasta el Castillo de Caen. Todo el barrio es dieciochesco, elegantísimo. Una estatua ecuestre de un caballero medieval, vestido de armadura y galopando a toda velocidad mientras saca su espada de su empuñadura, cabalga sobre el intenso tráfico de la hora punta de la tarde. Un atardecer malva le presta sus colores. (Yo creía que el caballero era el omnipresente Guillermo, pero no, se trata de Bertrand du Gesclin, comandante del bando normando en la Guerra de los Cien Años). 


Callejeando, llego a la longuilínea Place St Sauveur, donde todas las fachadas de los edificios están iluminadas como con antorchas eléctricas movibles, que tililan y que van cambiando sutilmente de color. Con el añadido de las nubes rosa-gris del atardecer, es todo un espectáculo. Preside la escena Luis XIV, vestido de emperador romano, en una estatua de principios del s. XIX. Oh, la grandeur…. 


Desde esta plaza se llega a las calles más antiguas del viejo Caen. Paseando, vuelvo a la rue Écuyère. Son las seis y ya es la hora del apéro, el aperitivo, que aquí se toma un rato antes de cenar. Mucha juventud en las terrazas. Los conocidos que van andando se encuentran y se saludan, se paran a charlar. Nadie grita, nadie hace aspavientos, pero todos parecen estar a gusto. Me siento en mi salsa. Pero como no existe la felicidad completa en este mundo, las bicicletas atacan desde todos los frentes, y estoy cansada de esquivarlas. Busco refugio en un centro comercial, donde después de hacer un pipí me meto en la Fnac para buscar algo muy concreto. 


Sé por los medios que la biografía dictada por el Emérito a la periodista francesa Laurence Debray se ha puesto a la venta hoy (en España está ya traducida y publicada, pero no saldrá a la venta hasta diciembre). He tenido la curiosidad malsana de escuchar varios comentarios en la radio y la televisión francesas sobre este libro, y las opiniones que he oído son muy críticas con el ex-rey en ejercicio. Vienen a decir que no tenía necesidad de ponerle a su hijo Felipe las cosas aún más difíciles en su reinado, publicando un libro donde no se disculpa y en cambio sí ataca, y remueve de nuevo los ánimos cuando se empezaban a olvidar los escándalos que lo forzaron a abdicar, y que tanto perjudicaron la imagen de los Borbones. Vamos, lo mismo que leo en los periódicos españoles. El caso es que estoy muerta de curiosidad por saber si es verdad que el abuelo royal está gagá y ha dictado cosas que debería haber callado… y la Fnac es el lugar perfecto para hojear libros durante largo rato sin que te riñan por ello. El paraíso de los cotillas como yo.  


Busco el libro de marras por toda la tienda, pero no doy con él ni en la sección de novedades, ni en biografías (que aquí llaman “testimonios vitales”), ni en la de ensayos. Miro por todos lados: sección de historia, de ciencia-ficción, de fantasía, de romance… Mi parte más malévola ya me está poniendo una sonrisita republicana en la cara, creyendo que al Emérito y a su libro no le hacen mucho caso estos franceses…. Cuando veo de lejos al Juan Carlos uniformado y condecorado en la portada, en la sección de geopolítica y estrategia. Toma ya. Hojeo el libro, que se titula “Reconciliación”, que tiene 500 páginas y cuesta 26,99 euros. En él, el Emérito dice que no le gusta nada que le llamen así porque ese título es para profesores, y que deberíamos inventar un palabro especial para nombrarle a él y a otros reyes en su misma desairada situación. Situación que, por lo poco que he podido leer, interpreta como un exilio forzado, cuando él pensaba que era una estancia temporal con billete inmediato de vuelta. (Estancia en un país donde no existe la extradición y donde los jeques te regalan 100 millones por los que no tributas en el fisco español, añado yo, que soy muy mala persona). Habla con pena de su hermano Alfonsito. Habla con cariño de su caudillo Franco. A su esposa Sofía, que él llama Sofi, la pone en los cuernos (pun intended) de la luna, después de haberle puesto los cuernos en la Tierra. Ah, y se extraña de que aún no le haya visitado en Abu Dabi, con lo que él la echa de menos, (cuando antes la echaba de más). Cuenta que ha tenido unas discusiones tremendas con su hija Cristina, a la que ordenó desaparecer de la vida pública porque el escándalo Noos estaba perjudicando a la monarquía, pero no la considera culpable de nada, faltaría más. Para cuando decidió que él debía aplicarse el mismo cuento y apartarse, tampoco se considera culpable de nada, faltaría más (again), solamente de haberse juntado con amigos que le engañaron y de haberse enamorado de mujeres que le traicionaron. Se muestra muy decepcionado con su hijo Felipe porque considera que en el plano personal le trata con frialdad (por qué será). Me salto la parte del golpe del 23-F porque es muy larga y ya me duelen los pies. Sí que pillo al vuelo algunas anécdotas con políticos: que a Carrillo, la primera vez que le vio en persona, le dijo que estaba mejor sin peluca que con ella…. que a Pujol una vez le regaló una camiseta que ponía "Por qué no te callas” y el honorable se tronchaba… y otras juancarladas campechanas por el estilo. Y tras varias consideraciones sobre los españoles, que él dice con buen tino que no somos un pueblo especialmente monárquico y que por tanto nuestros royals tienen que currárselo más que en otros países… termina con un “Viva España! Por España, todo por España!” escrito en español. Pues vale, me queda la duda de con quién exactamente pretende reconciliarse este hombre. Como española, dejo el libro en su sitio, y sentencio en voz alta: “Chocheces!” Total, en este viaje le he disparado con dos dedos a un cuadro de Murat en Versalles, y le he llamado imbécil a Wagner en su tumba de Bayreuth… así que hago triplete de crímenes impunes llamándole chocho al Emérito en la portada de su libro, en la Fnac de Caen. Creo que las vejaciones a la Corona son delito, pero como ya no la lleva... Qué adolescente me estoy volviendo con la menopausia. 


Le Memorial de Caen no lo visito. Llevo, y no es un farol, casi seis horas andando y como Miss Google me informa vía fotos que se trata de un monumento moderno, modelo caja de zapatos, me ahorro el paseo hasta allí. Leo que lo inauguró François Mitterand en 1988 y es un museo dedicado a la Segunda Guerra Mundial, la Batalla de Caen, y la importancia de preservar la paz, por frágil que ésta parezca.

 Pues eso, reconciliación. 




BAYEUX


Museo de Tapicería en obras hasta 2027, de modo que no puedo ver el famoso tapiz.


Paso por el Hotel Cardiff, t me meto en su jardín a cotillear una cartela que veo desde la calle.


Hermosa catedral, belleza gótica con torre central de cúpula redondeada. No me cruzo con demasiada gente, el pueblo fuera de temporada parece semi desierto, aunque sé que no es así. Pero los autocares llenos de turistas que le aportan vidilla no paran aquí tan temprano. Cuando llego son las 9:00 y le está dando el sol de la mañana sobre cielo gris. Oigo el graznido de gaviotas y otras aves que no identifico. El aire sopla fresquito y huele a hierba mojada y a otoño, incluso me llega un lejano olor a leña quemada en el hogar. Hay mucha humedad ambiente, todo está chorreando de rocío. 


Bayeux tiene ese encanto medieval de los pueblos normandos, a lo que suma las villas señoriales en piedra de siglos posteriores, y chalés modernistas más recientes. Un lugar plácido donde estar, si no fuera porque también tiene su memorial de la guerra, que nos recuerda la tragedia de 80 años atrás. 


Un cartel anuncia un festival de degustaciones y música relacionadas con el Camino de Santiago. “Fiesta de la concha de Santiago y de los productos de la pesca/festival de la música y el rocío”, dice. 


Toques British: un edificio sede de los veteranos aliados, con las banderas de EE UU y UK. Un restaurante junto a la catedral que se llama “Le Domsday”. Un salón de té hace un juego de palabras entre el inglés y el francés: “ Le P’Tea Cosy”. Un hotel se llama “1066”, otro “Churchill”. En “Le Comptoir Irlandais”, cadena de tiendas francesa de aquí de Normandía que ofrece productos de las Islas Británicas, veo que venden mulled wine y Xmas crackers, nada más British que eso en esta época. Hay una cabina telefónica inglesa de las antiguas, con las características ventanas cuarteadas de color rojo. Muchos comercios de hostelería ostentan las banderas del bando aliado: Canadá, EE UU, Reino Unido. Imagino que muchos familiares de veteranos de la guerra de esos países vienen por aquí. 


Catedral. Hasta el s. XIX el complejo catedralicio no era visible desde la calle, porque estaba oculto por edificios anexos a su fachada, para distintos usos del clero y más tarde alquilados a pariruculares. Tras su demolición, el edificio y sus anexos quedaron obsoleto y lucen como los vemos hoy. Enfrente, le Conservatoire de la Dentelle, llamada casa de Adán y Eva por las figuras esculpidas e madera de su fachada data del s. XV. 


Museo de la Batalla de Normandía. Sólo entraría si estuvieran cayendo chuzos de punta fuera, y no es el caso porque luce el sol a ratos entre nubes que traen lluvia. Ya fui al Memorial de la Batalla de Waterloo y me dió mucha pena. Las cosas tristes me agobian. Estoy mayor. 


Aún quedan en Bayeux muchos lugares donde se teje y se borda con encaje de bolillos. De ahí que fuera aquí donde unas mujeres, que según leo no está claro si eran monjas o seglares, tejieran unos años después de ocurrida la contienda, el famoso tapiz que narra, como un storyboard pero medieval, la Batalla de Hastings en 1066.  


Me parece que estos lugareños son reservados y no muy partidarios del turismo. La mayoría responde entre dientes a mis “bonjours”. Uno de ellos, que me había puesto cara de pocos amigos al verme fotografiar su calle, deja caer con algo de teatralidad una bolsa de basura desde su ventana (de la planta baja) segundos antes de que pase yo de vuelta por la misma acera. Comprendo hasta cierto punto que le moleste, pero tampoco es para tomar medida extremas, digo yo que no habré sido la primera ni seré la última turista que le agravia con su móvil. Cuando veraneábamos en el Paseo Marítimo de Fuengirola mi padre siempre decía que salir a la terraza era colocarse en un escaparate.  


Hay junto a la catedral un palacio, el Hotel du Doyen, que es un centro cultural. Acide una exposición sobre los corresponsales de guerra que debe de ser muy interesante. Las nubes se han tornado algo más negras. Veremos si entro. 


Sí que entro en la catedral. Suena el carrillón fuera, y una relajante música renacentista dentro. Una monja barre el polvo de los sillares del suelo, y supongo que tiene para rato. Casi la veo terminar su tarea, porque mi visita a este templo se alarga más de lo que pensaba, ya que presenta muchos puntos de interés que captan mi atención. Su construcción comenzó en el s. XI, y se consagró en presencia de Guillaume le Conquereur / William the Conqueror himself. Por lo visto este hombre no paraba de poner primeras piedras. Si no llega a ser rey, se habría dedicado a las promociones inmobiliarias sin duda. Leo que el famoso tapiz de Bayeux estuvo expuesto aquí durante muchos años, antes de ser retirado a un museo para preservarlo del deterioro. La bella linterna de esta catedral se reconstruyó en el s. XVI. Una portada lateral cuenta, en el tímpano sobre la puerta, la vida de San Thomas Beckett, cuya familia leo que era de origen normando. Yo no soy capaz de interpretar nada, pero la cartela asegura que las figuras en piedra narran la disputa de Beckett con el Rey Enrique II Plantagenet, y el asesinato posterior del santo a manos de caballeros afectos al rey. Algunas vidrieras son contemporáneas y reflectantes, tanto dentro como fuera . 


Ya dentro, la cripta tiene, en cada capitel de su columnata, unos frescos con ángeles que tocan distintos instrumentos medievales. Hay una capilla dedicada a la paz. Y en ella se honra a un militar estadounidense muerto en la guerra. Su lápida está rodeada de coronas de amapolas, al estilo Remembrance Day británico. También hay muchas fotos, y una larga lista de hombres y mujeres religiosos que ofrecieron y perdieron su vida durante la contienda. Me llama la atención un retrato de una señorita muy guapa con un sombrero años 1920s, y así aprendo la historia de Edith Stein, alemana doctora en filosofía, nacida judía y convertida al catolicismo, que fue monja carmelita descalza y que murió asesinada en 1942 en Auschwitz. Fue proclamada santa por Juan Pablo II en 1988. 


Hay una sede de la Asociación Cantonal de Antiguos Combatientes, en la Place aux Pommes, una plaza junto al principal puente de piedra que cruza el canal, y desde donde se ve la catedral al fondo y un molino de agua en primer plano. En plano medio, el edificio en piedra del Mercado del Pescado, con un hórreo de madera en la segunda planta, sobre unos pilares de piedra que son los ojos de otro puente sobre el canal. Bayeux en este punto ofrece lo mejor de su mismo: encanto pintoresco pero sin perder su auténtica personalidad en pos de un turismo depredador, que solo busca un rincón cuqui donde hacerse un selfie. 


Le Moulin Crocquevielle está en funcionamiento, y presta servicio todavía para la Agencia del Agua de Bayeux y la Región Normanda. Este barrio se llama quartier du Pont Saint Jean, por el puente de piedra que le da nombre. En este canal hay un antiguo islote donde está la casa más pequeña de Francia, o eso dice la lápida al menos. Está sostenida encima del agua sobre un voladizo, sujeto con vigas de madera. Hay varias pasarelas con barandillas para permitir el paso entre las casas a ambas orillas del canal. 


La Halle aux Grains es otro antiguo mercado, pero del s. XVIII, al igual que el ayuntamiento, quw es neoclásico. 


Los carteles indicadores me llevan a un paseo ribereño, la Balade des Bordes de l’Aure, pero cada vez hace más frío, amenaza lluvia y temo terminar pisoteando barro, así que renunció.


Antes de coger el tren hacia Cherburgo, compro caramelos de beurre salé, onsea, de manteca salda. Son una auténtica delicia. Al salir de la tienda, veo que un chico que está almorzando con unos amigos abre la ventana del restaurante, y me llama a gritos porque se me ha. Caído los guantes al suelo. Se lo agradezco muchísimo, porque las manos se me quedan heladas con facilidad. 


CHERBOURG


He escogido Cherburgo para pasar la tarde porque es la estación término de la misma línea de ferrocarril me ha llevado desde Caen a Bayeux. Estoy a dos pasos (millas náuticas, más bien, y no sé cuántas) de las Islas del Canal. Y tengo enfrente aunque no lo vea, al otro lado del Canal de La Mancha, el puerto inglés de Bournemouth. 


En Cherburgo me acuerdo de la película musical “Les parapluies de Cherbourg”, donde una jovencísima Catherine Deneuve canta sus amores y sus desamores en lo que parece un cuento sin final feliz, lleno de colorines y de canciones, canciones y más canciones. En Cherburgo llueve a mares, y tengo ocasión de comprobarlo en mis carnes, mis ropas y mis zapatos. En el filme, la madre de Catherine tiene una tienda de paraguas, de ahí el título. Le consulto a Miss Google si realmente se fabrican paraguas aquí. Y me responde que, inspirado por la película que se estrenó en 1963, un lugareño abrió una, y ahora se ha convertido en una de las atracciones turísticas de esta ciudad. 


Pero Cherburgo es famoso sobre todo por su museo marítimo La Cité de la Mer, y por su puerto, uno de los más largos de Europa. Ya voy comprobando yo en este viaje que en muchas ciudades tienen algo, “lo que sea”, que es lo más “lo que sea” de Europa. En este caso no puedo comprobarlo porque me he dejado la cinta métrica en casa, así que me lo creo a pies juntillas. A mí desde luego se me hace largo porque me cae una manta de agua antes de poder tomar el camino de la estación. 


También compruebo que esta es otra de las ciudades normandas que se han convertido en un parque temático de las batallas de la guerra. Cherburgo recuerda, en su ayuntamiento, a los jóvenes soldados estadounidenses que lo liberaron, abriéndose paso hacia el centro urbano desde la playa y el puerto. Hay una lápida dedicada a William Finley, primer marine de EE UU que llegó como avanzadilla de los aliados, y que tenía sólo 20 años.


Junto al puerto y en la Plaza Napoleón, hay en toda coherencia una estatua de Napoleón, cuya pose ecuestre se completa con un tricornio y un brazo extendido, en actitud imperial de ordeno y mando. En la inscripción pone: “Yo había resuelto recrear en Cherburgo las maravillas de Egipto”. Se refiere a que el Emperador, durante su reinado, mandó emprender aquí varias obras importantes, con la intención de convertir a Cherburgo en un puerto clave de sus campañas contra Inglaterra, ya que como he dicho uno de sus principales puertos, Bournemouth, está justo enfrente. 


Junto a la estatua leo unas cartelas que narran una curiosa historia: la estatua se erigió a mediados del s. XIX, durante el reinado de Luis Felipe, sobrino de Napoleón. Para la inauguración se invitó a la reina Victoria de Inglaterra, que acudió y que quedó horrorizada, ella y todo su cuerpo diplomático, cuando comprobó, en una foto que le enseñó el escultor de la obra el día antes, que Napoleón extendía su brazo en dirección a Inglaterra, al otro lado del mar. Los ingleses interpretaron este gesto como una provocación, ya que según ellos suponía una posible repetición en un futuro de las intenciones francesas de invadir su isla. La reina asistió a los actos protocolarios previos, en los que los discursos versaron sobre la recién estrenada amistad que unía a los antiguos enemigos… pero se negó a estar presente físicamente delante de la dichosa estatua, así que la tal amistad no era tal en realidad. 


Tras este incidente diplomático con los ingleses, este Napoleón de cobre volvió a hacer de las suyas con los alemanes, cuando la invasión nazi. Los gerifaltes del Tercer Reich ordenaron, como se suele hacer en tiempos de guerra, que el bronce de todas las estatuas, campanas, etc, se fundiera para reutilizarlo con fines militares. Pero las autoridades de Cherburgo les convencieron de que Napoleón debía permanecer justo donde estaba, porque señalaba al enemigo inglés desde esta orilla, y hasta la misma reina Victoria se había asustado pensando que Inglaterra iba a ser invadida de nuevo desde el Continente. Esta argucia salvó la estatua, que ahí sigue, tan pancha. Ah, la grandeur… 


Detrás de la estatua y en la misma amplia plaza está la Basílica de la Santa Trinidad, gótica. Pero la lluvia arrecia y me obliga a pasar de largo, cortando camino por las calles comerciales peatonales, que están en obras y con la lluvia se han embarrado. Es inútil abrir el paraguas porque las ráfagas marinas soplan en todas direcciones y se me vuela. Claro, como. No es un paraguas normando fabricado en Cherburgo… Llego a la estación empapada, pero para cuando sale mi tren de vuelta a Caen ya me he secado. 



MONT SAINT MICHEL 


Desayuno en el hotel y como me suele ocurrir malinterpreto los horarios, por lo que me presento a las seis de la mañana, media hora antes de que abran el comedor. Mato el tiempo conversando con el recepcionista de noche, un chico muy simpático con un nivel de español bastante bueno. Me dice que estoy teniendo suerte, porque por estas fechas lo normal es que hubieran caído ya varias nevadas en Normandía. Me cuenta sus recorridos por mi país, y es el segundo francés en pocos días que me habla de España con mucho cariño y nostalgia. Me cuenta que aprendió el idioma en Sevilla, y que el acento le resultó muy útil para posteriormente poder comunicarse con todos los latinoamericanos que hay en Normandia. Me informa de en el año entrante se podrán avistar desde España tres eclipses, y que planea volver para presenciar al menos uno de estos fenómenos, en acampada con amigos. Le deseo buena suerte, y que no coincida con cielos nublados…


No hay conexión directa en tren con Le Mont Saint Michel porque carece de estación, por lo que hay que hacer carambolas entre la estación de un pueblo cercano y los horarios de la línea de autobús local. Y las opciones para llegar allí en transporte público se reducen aún más en temporada baja. Pero averiguo que un autobús de una empresa privada tiene parada justo en la esquina de mi hotel. Esa empresa la he utilizado mucho en Croacia y otros antiguos países socialistas del Este y sé que funciona muy bien. La ruta que cubre va de París a Saint Malo, y llega con retraso, pero según me cuenta una mujer que está esperando a su hija, que llega de París, los retrasos son habituales. Al menos el viaje es directo y no me retraso esperando una combinación.


Pero me pongo nerviosa, porque el único horario disponible en la ruta de vuelta me da un margen muy reducido para poder cumplir todo el programa: llegar desde tierra firme al islote de Mont Saint Michel, visitar la basílica, para la que tengo entrada reservada, y pasear por el pueblo antes de volver al parking, de nuevo en tierra firme, donde me recoge el autobús. He visto muchos vídeos en los que la gente cruza hasta el monte andando descalzos por los arenales en horas de marea baja, y aunque le pregunto a Miss Google, no sabe ampliarme la información al respecto. Por si acaso, incluyo en mi bolso una pequeña toalla y un par extra de calcetines. Pero una vez sobre el terreno, compruebo con alivio que lo del chapoteo es una elección que escogen los muy cafeteros, pero para los que prefieren mantener los pies secos hay una pasarela estupenda, y para los que queremos que nos lleven en la sillita de la reina… hay unos autobuses lanzadera gratuitos desde el parking hasta el monte. Estos vehículos se asemejan a las típicas jardineras de las pistas de los aeropuertos, sólo que como el espacio disponible para girar es estrecho, van y vienen por la pasarela sin dar la vuelta, porque tienen volante y pedales en ambos extremos, y el conductor sólo debe cambiarse de uno a otro. Debo decir que todo lo referente a acogida y transporte de visitantes y demás servicios turísticos funciona a la perfección, como el mecanismo de un reloj suizo. Se nota que este es uno de los puntos más visitados de toda Francia, y que han ido perfeccionando la enorme afluencia del turismo de masas hasta tenerla bastante controlada, en lo posible. Hoy es sábado y, aunque amaneció lluvioso y con bancos de niebla, mi flor ha florecido una vez más y el día está soleado. Temo que haya multitudes haciendo cola para todo en las estrechas calles de la aldea bajo la abadía, pero aunque hay bastante gente, ni mucho menos está masificado. Suspiro con alivio, porque he visto fotos terroríficas del verano pasado, en las que las colas me recordaban a las de Doña Manolita. Pero una de las ventajas de viajar en los meses fríos es que no hay tanta competencia, digo compañeros de viaje. 


Y dejo de lado la intendencia para hablar de las maravillas de este lugar verdaderamente mágico. La abadía debe su existencia, cuenta la leyenda, a un sueño que tuvo un obispo llamado Aubert en el s. IX, en el que el arcángel San Miguel le pedía que construyera un oratorio ahí, en todo lo alto de un monte que las mareas altas convierten en isla. Esta manía medieval de irse a los lugares más inexpugnables a construir los templos, para luego castigar a los fieles con largas caminatas y peligrosas escaladas, es algo que en mi opinión no está justificado por la excusa de que en esos altos riscos estaban más cerca del cielo… en mi opinión es pura crueldad mental. Pero la agradezco, porque gracias a esas extravagancias tenemos aún en el s. XXI estos lugares de belleza excepcional. Claro que a mí me ha transportado con todo confort un vehículo a motor por una calzada llana. Y sólo he tenido que subir una escalinata que, pese a las advertencias de los folletos, no es para tanto. No me imagino lo que habrán sufrido y penado los peregrinos que acudían aquí en tiempos remotos. Habrán hecho un viajecito que para ellos se queda. 


Pero en fin, siguiendo con la historia de la abadía, en el s. XI Ricardo I de Normandía permitió a los monjes benedictinos establecerse en lo que ya era abadía, y a partir de ahí la construcción empezó a completar el edificio, hasta que en siglos más recientes la torre cobró el aspecto que le conocemos hoy, que la asemeja más a un castillo. Hasta aquí peregrinaron gentes de todo tipo, incluyendo reyes de Francia y de Inglaterra. Durante la Guerra de los Cien Años y en pleno Ducado de Normandía, hizo las funciones de fortaleza para salvaguardar toda la bahía. Leo que este monte resistía cualquier ataque porque las mareas hacían muy difícil traspasar su muralla y llegar hasta los riscos. Con todo, un asedio inglés consiguió hacer retumbar tanto el monte, que el coro de la abadía se derrumbó. Ya en el s. XVII, la abadía se transformó en prisión, con el sobrenombre de “La Bastilla de los mares”. Más tarde. La Revolución la desacralizó y confiscó los bienes del clero, expulsando a los monjes. Parece ser que a finales del s. XIX empezaron los esfuerzos por preservar el edificio, que estaba en estado de ruina. Y poco a poco se fue restaurando, a la vez que se convertía en foco de atracción turística. Hoy en día la mayor parte de casitas de la aldea al pie de la abadía son tiendas, restaurantes y albergues, con sólo algunas casas de vecinos. Pero extrañamente se ha logrado conservar un ambiente de cierta autenticidad, sin mutar en parque temático como otros lugares, demasiado retocados y convertidos en mecas del cuquismo ilustrado. 


A mí personalmente esta visita me ha maravillado. Contrariamente a lo que me temía, gracias a la navette o bus lanzadera, he tenido tiempo de sobra de poder verlo todo a mis anchas. El espectáculo de la sombra de la abadía proyectada por el sol sobre las arenas, con el otro islote y los campos verdes al fondo, ha sido de los más evocadores que he visto nunca. Desde la muralla he podido ver a los grupos de personas que se adentran en el arenal, más bien un lodazal, andando despacio y con mucho tiento, porque por lo visto el terreno es resbaloso, y me he alegrado de haber mantenido los pies secos y la cabeza fría. Pero es cierto que, una vez en este monte, te entran ganas de chapotear, de escalar y de registrarte en alguno de los pequeños hotelitos de la aldea, y quedarte allí unos días contemplando cómo la marea te aísla durante unas horas del resto del mundo, porque esta isla a ratos, parece viajar flotando en el tiempo y en el espacio, en una dimensión propia, única. 


La realidad, esa diosa implacable y cruel, me devuelve al parking en tierra firme a tiempo para coger el autobús de vuelta a Caen. Mis compañeros de viaje son un par de encantadores matrimonios gallegos. Compruebo que el acento de los chistes de gallegos existe en la vida real. Realidad sonora. 


Al día siguiente dejó atrás Normandía, tierra de vikingos, de duques y reyes conquistadores, de cultura anglo-normanda, de veraneos burgueses y de las vacaciones playeras de tantos parisinos, y me adentro en Bretaña, el enclave celta de Francia. Mi siguiente etapa, y la última de este largo viaje: Rennes, desde donde planeo varias excursiones. Será desde Nantes donde cogeré un vuelo de vuelta a Madrid, dentro de una semana. 




RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...