7.11.25

CAEN

 CAEN


En Caen, mi hotel está justo frente a la estación, y tardo meros segundos en llegar porque solo debo cruzar las vías de un tranvía. Es un hotel barato y funcional, pero está limpio, que no es poco. Y tiene ascensor. He decidido que para lo poco que queda de viaje ya no voy a subir más escaleras de la muerte cargando con Doña Resilia… porque, salvando las distancias que son siderales, confieso à la Flaubert que “Doña Resilia, c’est moi”. Y las dosis de resiliencia ya se me están agotando. 


La hora del check-in son las 12:00 y llego puntual, de modo que tengo muchas horas de luz por delante para explorar Caen hasta que se ponga el sol sobre las 17:30. Me dispongo a aprovecharlas, y al ser una ciudad no muy grande de la que previamente lo desconozco todo, escojo no informarme ni por internet ni en la oficina de turismo. No hay nada que me guste más que el placer de descubrir un lugar por mí misma, sin referencias de ningún tipo. Si algo me llama la atención, leo las cartelas o le pido información a Miss Google. La gente me mira porque me paro continuamente, cual jubilado observando los progresos de una obra. A continuación, los rincones de Caen por donde me he movido: 


En la Plaza del Mariscal Folch hay un monumento a los caídos de las dos Guerras Mundiales. Una cartela explica que una manifestación de estudiantes sediciosos quiso conmemorar el día de la victoria en la Primera Guerra Mundial en este monumento, el 11 de noviembre de 1940. Pero el cuartel general de las fuerzas de ocupación nazis estaba en la misma plaza, instalado en un hotel. Los centinelas dispersaron la manifestación. Y con el tiempo, averiguaron las identidades de algunos de los estudiantes y el profesor de inglés que encabezaba la marcha, y les enviaron a Auschwitz, de donde nunca regresaron. Digo yo que todo eso del patriotismo es muy bonito, pero qué necesidad había de provocar al enemigo en sus propias narices? Creo que yo hubiera sido una cobarde en tiempos de ocupación. La película “Esta tierra es mía”, que Jean Renoir rodó en Hollywood en 1943 para denunciar la ocupación nazi de Francia, narra con gran poesía la historia de un cobarde. Heroico por supuesto, esto es Hollywood! 


Justo enfrente del monumento hay un hipódromo y un parque llamado La Prairie. 


Paso por la Chocolatería Charlotte Corday, fundada en 1905, y leo que es de las más antiguas de Francia. Le pusieron el nombre de esta revolucionaria francesa, famosa por haber apuñalado a Marat dentro de una bañera, porque Charlotte Corday, se alojó en casa de su tía, justamente en donde está la chocolatería, en su camino a París para asesinar a quien ella juzgaba pernicioso para la Revolución, el jacobino radical Marat. Ella era simpatizante de los girondinos, una facción más moderada de los revolucionarios. Charlotte fue guillotinada como castigo a su crimen, y su acción no sirvió de nada porque el reinado del Terror continuó, sin Marat y sin ella presentes. 


Según avanzo, me voy dando cuenta de que parte de esta ciudad ha sido reconstruida en la posguerra. Al estar tan cerca de los territorios más disputados en la última guerra, supongo que quedaría en buena parte arrasada, y la reconstrucción les ha quedado toda bien igualadita, porque todos los edificios que alcanza mi vista son exactamente iguales. No sé si fue falta de imaginación o falta de recursos, pero todas son bloques de color claro de unas cinco o seis alturas, con tejados a dos aguas de pizarra negra. Si yo viviera aquí, con lo despistada que soy, a lo mejor me equivocaba de calle y hasta de casa. 


Caigo también en la cuenta de que esta ciudad ha debido de sufrir muchísimo. Por todas partes hay lápidas y monumentos conmemorando a los represaliados, los deportados y las víctimas de la guerra. Y muchas calles llevan nombres de héroes y mártires, o nombres de nobles causas relacionadas con la resistencia y la liberación. Frente a la iglesia gótica de San Juan hay una plaza que se llama de la Resistencia, con una estatua ecuestre de Juana de Arco, toda bañada en oro. 


Me dirijo a la catedral (gótica) cuya torre veo a lo lejos, y tras ella un castillo (medieval). Por el camino me encuentro con las típicas calles comerciales peatonales, y en una placita hay una cartela que explica que Caen era una ciudad con numerosos cursos de agua que formaban pequeñas islas, y que en tiempos se la llamó “la pequeña Venecia”, admite el texto que un poco pretenciosamente. Una vez desecados estos brazos de agua, las calles que los sustituyeron constituyen el centro y punto de encuentro favorito de los ciudadanos. 


En los altos del castillo se encuentra el barrio histórico de Vaugueux. Compruebo que las casas antiguas aquí eran todas de sillares de piedra caliza y tenían tejados abuhardillados de teja negra, lo que explica que la reconstrucción de las zonas bombardeadas haya querido preservar esa arquitectura tradicional. 


Subo al castillo. El Castillo de Caen lo construyó en 1060 Guillermo el Conquistador, Duque de Normandía y más adelante rey de Inglaterra. Según la cartela, fue su residencia favorita y la dotó de gran amplitud y de un recinto fortificado que en su momento fue de los más grandes de Europa. En el patio de armas, ajardinado a la moderna, hay varias esculturas actuales, entre ellas una en color negro de Jaume Plensa, uno de sus habituales rostros de mujer de volúmenes imposibles. El recinto interior del castillo es enorme, y teniendo en cuenta que se completó entre los ss. XI y XIII, ya resulta gigantesco. Alberga la iglesia gótica de San Jorge, con una placa en su fachada a la memoria de los hombres y mujeres de Ontario, Canadá, que contribuyeron a ganar la Batalla de Normandía. Como siempre en los monumentos franceses, hay preparadas unas actividades estupendas para el público infantil. Una simpática figura de la Reina Mathilde de Flandes, la esposa de Guillermo el Conquistador, es la que propone juegos didácticos para los más pequeños. 


Me paseo por este barrio alto tan tradicional. Veo restos del claustro de la Iglesia de Saint Gilles. Muy cerca está la preciosa Abbaye-aux-Dames, con sus torres cuadradas. Es un edificio magnífico, y me hubiera encantado poder verlo con calma, pero unos operarios de parques y jardines muy concienzudos, realizan su trabajo de retirar las hojas caídas con tanta ferocidad que roza los límites de la violencia medioambiental, y ante la tremenda nube de polvareda y polen que levantan, tengo que huir precipitadamente, porque soy asmática y no quiero pasarme la noche ahogándome. 



Hay letreros que indican la dirección al Port de Plaisance, pero estoy algo cansada y mido mis pasos, de modo que me quedo sin ver el puerto deportivo. Las gaviotas de Caen sí que las veo porque están por todas partes, y son las más chillonas, escandalosas y ordinarias que he oído en mucho tiempo. 



Me adentro en las calles más céntricas. Llego a la Place de la République, anteriormente Place Royal. Me hace gracia el letrero porque en el estrecho margen que hay en la placa entre un nombre y otro, le cabe toda una revolución. El ambiente en Caen es el propio de una pequeña ciudad de provincias, la gente camina sin prisas y algunos aparentemente sin un objetivo concreto, es decir, pasean por pasear, como se hacía antiguamente. Las conversaciones son reposadas y el ambiente muy agradable. Sale el sol de entre las nubes, y los edificios blancos se tornan color miel. 


La iglesia de San Salvador, en la Plaza Brouchard, está enteramente cubierta por una red gigantesca, parece un fantasma. Aquí no se andan con chiquitas a la hora de restaurar un monumento. 


En la rue Écuyère, veo entre otros comercios pintorescos una librería especializada en romances y “romantasía”. Los libreros son muy coherentes, porque en su tienda todo es rosa y hay mucho corazón-corazón decorativo. Diga usted que sí, qué coj … nari… corazones.


Algunas bocacalles de estas arterias peatonales son auténticos túneles del tiempo que me llevan, en pocos pasos, a siglos remotos. Está todo tal cual, como conservado en formol. Y, como no podía ser de otra manera, hay muchos anticuarios y casas de subastas de obras de arte antiguo. Cuántas películas de época se podrían rodar aquí sin cambiar casi nada. 


Llego a la Explanada de Jean-Marie Louvel, con el hermoso ayuntamiento neoclásico y la no menos hermosa abadía románica (y más). El sentido del humor galo, que existe y goza de buena salud, se manifiesta en la columnata del antiguo Palacio de Justicia, ahora Galería de arte. Su columnata, la típica y tópica de un templo del neoclasicismo, está pintada de color amarillo chillón, en forma de esfera solar. Me encanta cuando se juega con buen gusto y buen tino con los edificios antiguos. No es faltarles el respeto, es todo lo contrario: respetarlos para que sigan vigentes según la óptica actual. Justo en la esquina, otra muestra de humor. Un restaurante se llama “El último bistrot…. antes del fin del mundo”. No me importaría que me pillara ahí dentro, bebiendo unos calvados y muerta de risa. 


La majestuosa Abbaye-aux-hommes me parece grandiosa. La mandó construir también Guillermo el Conquistador, y es una de esas iglesias que no quiero perderme, pero acceder a su interior es como apuntarse a una ginkana. No puedo entrar en la abadía, por mucho que busco la puerta. El monumento está encajonado entre edificios, y tras mucho caminar, y cavilar, veo que en una calle paralela hay un túnel con un letrero indicador. Pero lleva al ábside, donde hay una pequeña puerta trasera pintada de rojo sin más indicaciones. Doy la vuelta por el jardín del ayuntamiento. Nada. Hasta que se me ocurre entrar en el consistorio, y allí me informan de que la puertecita roja tenía que haberla empujado. “Mujer de poca fe”, les falta añadir, y habrían acertado. 


Entro de incógnito por esta especie de puerta falsa y como disimulada, y ya dentro empiezo a buscar la tumba de Guillermo el Conquistador, que no sabía que estaba enterrado aquí, pero un cartel en la nave principal me informa de este hecho por medio de una flecha roja. Lo mío con el color rojo hoy es una historia imposible, porque malinterpreto las indicaciones y paso un buen rato vagando como alma en pena por la abadía, que la verdad sea dicha está tan en penumbra que roza aquello de “la noche oscura del alma”. Al fin doy con la dichosa tumba, y también con una lápida que pone que la ciudad inglesa de Hastings ayudó a reformar el coro en 1927, cuando se cumplía el noveno centenario del nacimiento de Guillermo, (fue el ganar la batalla de Hastings en 1066 lo que le permitió proclamarse rey de Inglaterra). 


Cerca está la preciosa iglesia de St Étienne-le-Vieux, que no puede lucir más bonita porque le da el sol del crepúsculo sobre un cielo ennegrecido que anuncia tormenta. Hay una gran bandada de palomas posadas en un tejado que, a intervalos, revolotea por la explanada. 


Me dirijo al cercano quartier Hastings, un barrio que lleva el nombre de la batalla ganada por Guillermo, que en algunos carteles tiene doble personalidad: Guillaume le Conquérant / William the Conqueror. Desde la abadía, hay una preciosa avenida llamada Fossés St Julien, que lleva directa hasta el Castillo de Caen. Todo el barrio es dieciochesco, elegantísimo. Una estatua ecuestre de un caballero medieval, vestido de armadura y galopando a toda velocidad mientras saca su espada de su empuñadura, cabalga sobre el intenso tráfico de la hora punta de la tarde. Un atardecer malva le presta sus colores. (Yo creía que el caballero era el omnipresente Guillermo, pero no, se trata de Bertrand du Gesclin, comandante del bando normando en la Guerra de los Cien Años). 


Callejeando, llego a la longuilínea Place St Sauveur, donde todas las fachadas de los edificios están iluminadas como con antorchas eléctricas movibles, que tililan y que van cambiando sutilmente de color. Con el añadido de las nubes rosa-gris del atardecer, es todo un espectáculo. Preside la escena Luis XIV, vestido de emperador romano, en una estatua de principios del s. XIX. Oh, la grandeur…. 


Desde esta plaza se llega a las calles más antiguas del viejo Caen. Paseando, vuelvo a la rue Écuyère. Son las seis y ya es la hora del apéro, el aperitivo, que aquí se toma un rato antes de cenar. Mucha juventud en las terrazas. Los conocidos que van andando se encuentran y se saludan, se paran a charlar. Nadie grita, nadie hace aspavientos, pero todos parecen estar a gusto. Me siento en mi salsa. Pero como no existe la felicidad completa en este mundo, las bicicletas atacan desde todos los frentes, y estoy cansada de esquivarlas. Busco refugio en un centro comercial, donde después de hacer un pipí me meto en la Fnac para buscar algo muy concreto. 


Sé por los medios que la biografía dictada por el Emérito a la periodista francesa Laurence Debray se ha puesto a la venta hoy (en España está ya traducida y publicada, pero no saldrá a la venta hasta diciembre). He tenido la curiosidad malsana de escuchar varios comentarios en la radio y la televisión francesas sobre este libro, y las opiniones que he oído son muy críticas con el ex-rey en ejercicio. Vienen a decir que no tenía necesidad de ponerle a su hijo Felipe las cosas aún más difíciles en su reinado, publicando un libro donde no se disculpa y en cambio sí ataca, y remueve de nuevo los ánimos cuando se empezaban a olvidar los escándalos que lo forzaron a abdicar, y que tanto perjudicaron la imagen de los Borbones. Vamos, lo mismo que leo en los periódicos españoles. El caso es que estoy muerta de curiosidad por saber si es verdad que el abuelo royal está gagá y ha dictado cosas que debería haber callado… y la Fnac es el lugar perfecto para hojear libros durante largo rato sin que te riñan por ello. El paraíso de los cotillas como yo.  


Busco el libro de marras por toda la tienda, pero no doy con él ni en la sección de novedades, ni en biografías (que aquí llaman “testimonios vitales”), ni en la de ensayos. Miro por todos lados: sección de historia, de ciencia-ficción, de fantasía, de romance… Mi parte más malévola ya me está poniendo una sonrisita republicana en la cara, creyendo que al Emérito y a su libro no le hacen mucho caso estos franceses…. Cuando veo de lejos al Juan Carlos uniformado y condecorado en la portada, en la sección de geopolítica y estrategia. Toma ya. Hojeo el libro, que se titula “Reconciliación”, que tiene 500 páginas y cuesta 26,99 euros. En él, el Emérito dice que no le gusta nada que le llamen así porque ese título es para profesores, y que deberíamos inventar un palabro especial para nombrarle a él y a otros reyes en su misma desairada situación. Situación que, por lo poco que he podido leer, interpreta como un exilio forzado, cuando él pensaba que era una estancia temporal con billete inmediato de vuelta. (Estancia en un país donde no existe la extradición y donde los jeques te regalan 100 millones por los que no tributas en el fisco español, añado yo, que soy muy mala persona). Habla con pena de su hermano Alfonsito. Habla con cariño de su caudillo Franco. A su esposa Sofía, que él llama Sofi, la pone en los cuernos (pun intended) de la luna, después de haberle puesto los cuernos en la Tierra. Ah, y se extraña de que aún no le haya visitado en Abu Dabi, con lo que él la echa de menos, (cuando antes la echaba de más). Cuenta que ha tenido unas discusiones tremendas con su hija Cristina, a la que ordenó desaparecer de la vida pública porque el escándalo Noos estaba perjudicando a la monarquía, pero no la considera culpable de nada, faltaría más. Para cuando decidió que él debía aplicarse el mismo cuento y apartarse, tampoco se considera culpable de nada, faltaría más (again), solamente de haberse juntado con amigos que le engañaron y de haberse enamorado de mujeres que le traicionaron. Se muestra muy decepcionado con su hijo Felipe porque considera que en el plano personal le trata con frialdad (por qué será). Me salto la parte del golpe del 23-F porque es muy larga y ya me duelen los pies. Sí que pillo al vuelo algunas anécdotas con políticos: que a Carrillo, la primera vez que le vio en persona, le dijo que estaba mejor sin peluca que con ella…. que a Pujol una vez le regaló una camiseta que ponía "Por qué no te callas” y el honorable se tronchaba… y otras juancarladas campechanas por el estilo. Y tras varias consideraciones sobre los españoles, que él dice con buen tino que no somos un pueblo especialmente monárquico y que por tanto nuestros royals tienen que currárselo más que en otros países… termina con un “Viva España! Por España, todo por España!” escrito en español. Pues vale, me queda la duda de con quién exactamente pretende reconciliarse este hombre. Como española, dejo el libro en su sitio, y sentencio en voz alta: “Chocheces!” Total, en este viaje le he disparado con dos dedos a un cuadro de Murat en Versalles, y le he llamado imbécil a Wagner en su tumba de Bayreuth… así que hago triplete de crímenes impunes llamándole chocho al Emérito en la portada de su libro, en la Fnac de Caen. Creo que las vejaciones a la Corona son delito, pero como ya no la lleva... Qué adolescente me estoy volviendo con la menopausia. 


Le Memorial de Caen no lo visito. Llevo, y no es un farol, casi seis horas andando y como Miss Google me informa vía fotos que se trata de un monumento moderno, modelo caja de zapatos, me ahorro el paseo hasta allí. Leo que lo inauguró François Mitterand en 1988 y es un museo dedicado a la Segunda Guerra Mundial, la Batalla de Caen, y la importancia de preservar la paz, por frágil que ésta parezca.

 Pues eso, reconciliación. 




BAYEUX


Museo de Tapicería en obras hasta 2027, de modo que no puedo ver el famoso tapiz.


Paso por el Hotel Cardiff, t me meto en su jardín a cotillear una cartela que veo desde la calle.


Hermosa catedral, belleza gótica con torre central de cúpula redondeada. No me cruzo con demasiada gente, el pueblo fuera de temporada parece semi desierto, aunque sé que no es así. Pero los autocares llenos de turistas que le aportan vidilla no paran aquí tan temprano. Cuando llego son las 9:00 y le está dando el sol de la mañana sobre cielo gris. Oigo el graznido de gaviotas y otras aves que no identifico. El aire sopla fresquito y huele a hierba mojada y a otoño, incluso me llega un lejano olor a leña quemada en el hogar. Hay mucha humedad ambiente, todo está chorreando de rocío. 


Bayeux tiene ese encanto medieval de los pueblos normandos, a lo que suma las villas señoriales en piedra de siglos posteriores, y chalés modernistas más recientes. Un lugar plácido donde estar, si no fuera porque también tiene su memorial de la guerra, que nos recuerda la tragedia de 80 años atrás. 


Un cartel anuncia un festival de degustaciones y música relacionadas con el Camino de Santiago. “Fiesta de la concha de Santiago y de los productos de la pesca/festival de la música y el rocío”, dice. 


Toques British: un edificio sede de los veteranos aliados, con las banderas de EE UU y UK. Un restaurante junto a la catedral que se llama “Le Domsday”. Un salón de té hace un juego de palabras entre el inglés y el francés: “ Le P’Tea Cosy”. Un hotel se llama “1066”, otro “Churchill”. En “Le Comptoir Irlandais”, cadena de tiendas francesa de aquí de Normandía que ofrece productos de las Islas Británicas, veo que venden mulled wine y Xmas crackers, nada más British que eso en esta época. Hay una cabina telefónica inglesa de las antiguas, con las características ventanas cuarteadas de color rojo. Muchos comercios de hostelería ostentan las banderas del bando aliado: Canadá, EE UU, Reino Unido. Imagino que muchos familiares de veteranos de la guerra de esos países vienen por aquí. 


Catedral. Hasta el s. XIX el complejo catedralicio no era visible desde la calle, porque estaba oculto por edificios anexos a su fachada, para distintos usos del clero y más tarde alquilados a pariruculares. Tras su demolición, el edificio y sus anexos quedaron obsoleto y lucen como los vemos hoy. Enfrente, le Conservatoire de la Dentelle, llamada casa de Adán y Eva por las figuras esculpidas e madera de su fachada data del s. XV. 


Museo de la Batalla de Normandía. Sólo entraría si estuvieran cayendo chuzos de punta fuera, y no es el caso porque luce el sol a ratos entre nubes que traen lluvia. Ya fui al Memorial de la Batalla de Waterloo y me dió mucha pena. Las cosas tristes me agobian. Estoy mayor. 


Aún quedan en Bayeux muchos lugares donde se teje y se borda con encaje de bolillos. De ahí que fuera aquí donde unas mujeres, que según leo no está claro si eran monjas o seglares, tejieran unos años después de ocurrida la contienda, el famoso tapiz que narra, como un storyboard pero medieval, la Batalla de Hastings en 1066.  


Me parece que estos lugareños son reservados y no muy partidarios del turismo. La mayoría responde entre dientes a mis “bonjours”. Uno de ellos, que me había puesto cara de pocos amigos al verme fotografiar su calle, deja caer con algo de teatralidad una bolsa de basura desde su ventana (de la planta baja) segundos antes de que pase yo de vuelta por la misma acera. Comprendo hasta cierto punto que le moleste, pero tampoco es para tomar medida extremas, digo yo que no habré sido la primera ni seré la última turista que le agravia con su móvil. Cuando veraneábamos en el Paseo Marítimo de Fuengirola mi padre siempre decía que salir a la terraza era colocarse en un escaparate.  


Hay junto a la catedral un palacio, el Hotel du Doyen, que es un centro cultural. Acide una exposición sobre los corresponsales de guerra que debe de ser muy interesante. Las nubes se han tornado algo más negras. Veremos si entro. 


Sí que entro en la catedral. Suena el carrillón fuera, y una relajante música renacentista dentro. Una monja barre el polvo de los sillares del suelo, y supongo que tiene para rato. Casi la veo terminar su tarea, porque mi visita a este templo se alarga más de lo que pensaba, ya que presenta muchos puntos de interés que captan mi atención. Su construcción comenzó en el s. XI, y se consagró en presencia de Guillaume le Conquereur / William the Conqueror himself. Por lo visto este hombre no paraba de poner primeras piedras. Si no llega a ser rey, se habría dedicado a las promociones inmobiliarias sin duda. Leo que el famoso tapiz de Bayeux estuvo expuesto aquí durante muchos años, antes de ser retirado a un museo para preservarlo del deterioro. La bella linterna de esta catedral se reconstruyó en el s. XVI. Una portada lateral cuenta, en el tímpano sobre la puerta, la vida de San Thomas Beckett, cuya familia leo que era de origen normando. Yo no soy capaz de interpretar nada, pero la cartela asegura que las figuras en piedra narran la disputa de Beckett con el Rey Enrique II Plantagenet, y el asesinato posterior del santo a manos de caballeros afectos al rey. Algunas vidrieras son contemporáneas y reflectantes, tanto dentro como fuera . 


Ya dentro, la cripta tiene, en cada capitel de su columnata, unos frescos con ángeles que tocan distintos instrumentos medievales. Hay una capilla dedicada a la paz. Y en ella se honra a un militar estadounidense muerto en la guerra. Su lápida está rodeada de coronas de amapolas, al estilo Remembrance Day británico. También hay muchas fotos, y una larga lista de hombres y mujeres religiosos que ofrecieron y perdieron su vida durante la contienda. Me llama la atención un retrato de una señorita muy guapa con un sombrero años 1920s, y así aprendo la historia de Edith Stein, alemana doctora en filosofía, nacida judía y convertida al catolicismo, que fue monja carmelita descalza y que murió asesinada en 1942 en Auschwitz. Fue proclamada santa por Juan Pablo II en 1988. 


Hay una sede de la Asociación Cantonal de Antiguos Combatientes, en la Place aux Pommes, una plaza junto al principal puente de piedra que cruza el canal, y desde donde se ve la catedral al fondo y un molino de agua en primer plano. En plano medio, el edificio en piedra del Mercado del Pescado, con un hórreo de madera en la segunda planta, sobre unos pilares de piedra que son los ojos de otro puente sobre el canal. Bayeux en este punto ofrece lo mejor de su mismo: encanto pintoresco pero sin perder su auténtica personalidad en pos de un turismo depredador, que solo busca un rincón cuqui donde hacerse un selfie. 


Le Moulin Crocquevielle está en funcionamiento, y presta servicio todavía para la Agencia del Agua de Bayeux y la Región Normanda. Este barrio se llama quartier du Pont Saint Jean, por el puente de piedra que le da nombre. En este canal hay un antiguo islote donde está la casa más pequeña de Francia, o eso dice la lápida al menos. Está sostenida encima del agua sobre un voladizo, sujeto con vigas de madera. Hay varias pasarelas con barandillas para permitir el paso entre las casas a ambas orillas del canal. 


La Halle aux Grains es otro antiguo mercado, pero del s. XVIII, al igual que el ayuntamiento, quw es neoclásico. 


Los carteles indicadores me llevan a un paseo ribereño, la Balade des Bordes de l’Aure, pero cada vez hace más frío, amenaza lluvia y temo terminar pisoteando barro, así que renunció.


Antes de coger el tren hacia Cherburgo, compro caramelos de beurre salé, onsea, de manteca salda. Son una auténtica delicia. Al salir de la tienda, veo que un chico que está almorzando con unos amigos abre la ventana del restaurante, y me llama a gritos porque se me ha. Caído los guantes al suelo. Se lo agradezco muchísimo, porque las manos se me quedan heladas con facilidad. 


CHERBOURG


He escogido Cherburgo para pasar la tarde porque es la estación término de la misma línea de ferrocarril me ha llevado desde Caen a Bayeux. Estoy a dos pasos (millas náuticas, más bien, y no sé cuántas) de las Islas del Canal. Y tengo enfrente aunque no lo vea, al otro lado del Canal de La Mancha, el puerto inglés de Bournemouth. 


En Cherburgo me acuerdo de la película musical “Les parapluies de Cherbourg”, donde una jovencísima Catherine Deneuve canta sus amores y sus desamores en lo que parece un cuento sin final feliz, lleno de colorines y de canciones, canciones y más canciones. En Cherburgo llueve a mares, y tengo ocasión de comprobarlo en mis carnes, mis ropas y mis zapatos. En el filme, la madre de Catherine tiene una tienda de paraguas, de ahí el título. Le consulto a Miss Google si realmente se fabrican paraguas aquí. Y me responde que, inspirado por la película que se estrenó en 1963, un lugareño abrió una, y ahora se ha convertido en una de las atracciones turísticas de esta ciudad. 


Pero Cherburgo es famoso sobre todo por su museo marítimo La Cité de la Mer, y por su puerto, uno de los más largos de Europa. Ya voy comprobando yo en este viaje que en muchas ciudades tienen algo, “lo que sea”, que es lo más “lo que sea” de Europa. En este caso no puedo comprobarlo porque me he dejado la cinta métrica en casa, así que me lo creo a pies juntillas. A mí desde luego se me hace largo porque me cae una manta de agua antes de poder tomar el camino de la estación. 


También compruebo que esta es otra de las ciudades normandas que se han convertido en un parque temático de las batallas de la guerra. Cherburgo recuerda, en su ayuntamiento, a los jóvenes soldados estadounidenses que lo liberaron, abriéndose paso hacia el centro urbano desde la playa y el puerto. Hay una lápida dedicada a William Finley, primer marine de EE UU que llegó como avanzadilla de los aliados, y que tenía sólo 20 años.


Junto al puerto y en la Plaza Napoleón, hay en toda coherencia una estatua de Napoleón, cuya pose ecuestre se completa con un tricornio y un brazo extendido, en actitud imperial de ordeno y mando. En la inscripción pone: “Yo había resuelto recrear en Cherburgo las maravillas de Egipto”. Se refiere a que el Emperador, durante su reinado, mandó emprender aquí varias obras importantes, con la intención de convertir a Cherburgo en un puerto clave de sus campañas contra Inglaterra, ya que como he dicho uno de sus principales puertos, Bournemouth, está justo enfrente. 


Junto a la estatua leo unas cartelas que narran una curiosa historia: la estatua se erigió a mediados del s. XIX, durante el reinado de Luis Felipe, sobrino de Napoleón. Para la inauguración se invitó a la reina Victoria de Inglaterra, que acudió y que quedó horrorizada, ella y todo su cuerpo diplomático, cuando comprobó, en una foto que le enseñó el escultor de la obra el día antes, que Napoleón extendía su brazo en dirección a Inglaterra, al otro lado del mar. Los ingleses interpretaron este gesto como una provocación, ya que según ellos suponía una posible repetición en un futuro de las intenciones francesas de invadir su isla. La reina asistió a los actos protocolarios previos, en los que los discursos versaron sobre la recién estrenada amistad que unía a los antiguos enemigos… pero se negó a estar presente físicamente delante de la dichosa estatua, así que la tal amistad no era tal en realidad. 


Tras este incidente diplomático con los ingleses, este Napoleón de cobre volvió a hacer de las suyas con los alemanes, cuando la invasión nazi. Los gerifaltes del Tercer Reich ordenaron, como se suele hacer en tiempos de guerra, que el bronce de todas las estatuas, campanas, etc, se fundiera para reutilizarlo con fines militares. Pero las autoridades de Cherburgo les convencieron de que Napoleón debía permanecer justo donde estaba, porque señalaba al enemigo inglés desde esta orilla, y hasta la misma reina Victoria se había asustado pensando que Inglaterra iba a ser invadida de nuevo desde el Continente. Esta argucia salvó la estatua, que ahí sigue, tan pancha. Ah, la grandeur… 


Detrás de la estatua y en la misma amplia plaza está la Basílica de la Santa Trinidad, gótica. Pero la lluvia arrecia y me obliga a pasar de largo, cortando camino por las calles comerciales peatonales, que están en obras y con la lluvia se han embarrado. Es inútil abrir el paraguas porque las ráfagas marinas soplan en todas direcciones y se me vuela. Claro, como. No es un paraguas normando fabricado en Cherburgo… Llego a la estación empapada, pero para cuando sale mi tren de vuelta a Caen ya me he secado. 



MONT SAINT MICHEL 


Desayuno en el hotel y como me suele ocurrir malinterpreto los horarios, por lo que me presento a las seis de la mañana, media hora antes de que abran el comedor. Mato el tiempo conversando con el recepcionista de noche, un chico muy simpático con un nivel de español bastante bueno. Me dice que estoy teniendo suerte, porque por estas fechas lo normal es que hubieran caído ya varias nevadas en Normandía. Me cuenta sus recorridos por mi país, y es el segundo francés en pocos días que me habla de España con mucho cariño y nostalgia. Me cuenta que aprendió el idioma en Sevilla, y que el acento le resultó muy útil para posteriormente poder comunicarse con todos los latinoamericanos que hay en Normandia. Me informa de en el año entrante se podrán avistar desde España tres eclipses, y que planea volver para presenciar al menos uno de estos fenómenos, en acampada con amigos. Le deseo buena suerte, y que no coincida con cielos nublados…


No hay conexión directa en tren con Le Mont Saint Michel porque carece de estación, por lo que hay que hacer carambolas entre la estación de un pueblo cercano y los horarios de la línea de autobús local. Y las opciones para llegar allí en transporte público se reducen aún más en temporada baja. Pero averiguo que un autobús de una empresa privada tiene parada justo en la esquina de mi hotel. Esa empresa la he utilizado mucho en Croacia y otros antiguos países socialistas del Este y sé que funciona muy bien. La ruta que cubre va de París a Saint Malo, y llega con retraso, pero según me cuenta una mujer que está esperando a su hija, que llega de París, los retrasos son habituales. Al menos el viaje es directo y no me retraso esperando una combinación.


Pero me pongo nerviosa, porque el único horario disponible en la ruta de vuelta me da un margen muy reducido para poder cumplir todo el programa: llegar desde tierra firme al islote de Mont Saint Michel, visitar la basílica, para la que tengo entrada reservada, y pasear por el pueblo antes de volver al parking, de nuevo en tierra firme, donde me recoge el autobús. He visto muchos vídeos en los que la gente cruza hasta el monte andando descalzos por los arenales en horas de marea baja, y aunque le pregunto a Miss Google, no sabe ampliarme la información al respecto. Por si acaso, incluyo en mi bolso una pequeña toalla y un par extra de calcetines. Pero una vez sobre el terreno, compruebo con alivio que lo del chapoteo es una elección que escogen los muy cafeteros, pero para los que prefieren mantener los pies secos hay una pasarela estupenda, y para los que queremos que nos lleven en la sillita de la reina… hay unos autobuses lanzadera gratuitos desde el parking hasta el monte. Estos vehículos se asemejan a las típicas jardineras de las pistas de los aeropuertos, sólo que como el espacio disponible para girar es estrecho, van y vienen por la pasarela sin dar la vuelta, porque tienen volante y pedales en ambos extremos, y el conductor sólo debe cambiarse de uno a otro. Debo decir que todo lo referente a acogida y transporte de visitantes y demás servicios turísticos funciona a la perfección, como el mecanismo de un reloj suizo. Se nota que este es uno de los puntos más visitados de toda Francia, y que han ido perfeccionando la enorme afluencia del turismo de masas hasta tenerla bastante controlada, en lo posible. Hoy es sábado y, aunque amaneció lluvioso y con bancos de niebla, mi flor ha florecido una vez más y el día está soleado. Temo que haya multitudes haciendo cola para todo en las estrechas calles de la aldea bajo la abadía, pero aunque hay bastante gente, ni mucho menos está masificado. Suspiro con alivio, porque he visto fotos terroríficas del verano pasado, en las que las colas me recordaban a las de Doña Manolita. Pero una de las ventajas de viajar en los meses fríos es que no hay tanta competencia, digo compañeros de viaje. 


Y dejo de lado la intendencia para hablar de las maravillas de este lugar verdaderamente mágico. La abadía debe su existencia, cuenta la leyenda, a un sueño que tuvo un obispo llamado Aubert en el s. IX, en el que el arcángel San Miguel le pedía que construyera un oratorio ahí, en todo lo alto de un monte que las mareas altas convierten en isla. Esta manía medieval de irse a los lugares más inexpugnables a construir los templos, para luego castigar a los fieles con largas caminatas y peligrosas escaladas, es algo que en mi opinión no está justificado por la excusa de que en esos altos riscos estaban más cerca del cielo… en mi opinión es pura crueldad mental. Pero la agradezco, porque gracias a esas extravagancias tenemos aún en el s. XXI estos lugares de belleza excepcional. Claro que a mí me ha transportado con todo confort un vehículo a motor por una calzada llana. Y sólo he tenido que subir una escalinata que, pese a las advertencias de los folletos, no es para tanto. No me imagino lo que habrán sufrido y penado los peregrinos que acudían aquí en tiempos remotos. Habrán hecho un viajecito que para ellos se queda. 


Pero en fin, siguiendo con la historia de la abadía, en el s. XI Ricardo I de Normandía permitió a los monjes benedictinos establecerse en lo que ya era abadía, y a partir de ahí la construcción empezó a completar el edificio, hasta que en siglos más recientes la torre cobró el aspecto que le conocemos hoy, que la asemeja más a un castillo. Hasta aquí peregrinaron gentes de todo tipo, incluyendo reyes de Francia y de Inglaterra. Durante la Guerra de los Cien Años y en pleno Ducado de Normandía, hizo las funciones de fortaleza para salvaguardar toda la bahía. Leo que este monte resistía cualquier ataque porque las mareas hacían muy difícil traspasar su muralla y llegar hasta los riscos. Con todo, un asedio inglés consiguió hacer retumbar tanto el monte, que el coro de la abadía se derrumbó. Ya en el s. XVII, la abadía se transformó en prisión, con el sobrenombre de “La Bastilla de los mares”. Más tarde. La Revolución la desacralizó y confiscó los bienes del clero, expulsando a los monjes. Parece ser que a finales del s. XIX empezaron los esfuerzos por preservar el edificio, que estaba en estado de ruina. Y poco a poco se fue restaurando, a la vez que se convertía en foco de atracción turística. Hoy en día la mayor parte de casitas de la aldea al pie de la abadía son tiendas, restaurantes y albergues, con sólo algunas casas de vecinos. Pero extrañamente se ha logrado conservar un ambiente de cierta autenticidad, sin mutar en parque temático como otros lugares, demasiado retocados y convertidos en mecas del cuquismo ilustrado. 


A mí personalmente esta visita me ha maravillado. Contrariamente a lo que me temía, gracias a la navette o bus lanzadera, he tenido tiempo de sobra de poder verlo todo a mis anchas. El espectáculo de la sombra de la abadía proyectada por el sol sobre las arenas, con el otro islote y los campos verdes al fondo, ha sido de los más evocadores que he visto nunca. Desde la muralla he podido ver a los grupos de personas que se adentran en el arenal, más bien un lodazal, andando despacio y con mucho tiento, porque por lo visto el terreno es resbaloso, y me he alegrado de haber mantenido los pies secos y la cabeza fría. Pero es cierto que, una vez en este monte, te entran ganas de chapotear, de escalar y de registrarte en alguno de los pequeños hotelitos de la aldea, y quedarte allí unos días contemplando cómo la marea te aísla durante unas horas del resto del mundo, porque esta isla a ratos, parece viajar flotando en el tiempo y en el espacio, en una dimensión propia, única. 


La realidad, esa diosa implacable y cruel, me devuelve al parking en tierra firme a tiempo para coger el autobús de vuelta a Caen. Mis compañeros de viaje son un par de encantadores matrimonios gallegos. Compruebo que el acento de los chistes de gallegos existe en la vida real. Realidad sonora. 


Al día siguiente dejó atrás Normandía, tierra de vikingos, de duques y reyes conquistadores, de cultura anglo-normanda, de veraneos burgueses y de las vacaciones playeras de tantos parisinos, y me adentro en Bretaña, el enclave celta de Francia. Mi siguiente etapa, y la última de este largo viaje: Rennes, desde donde planeo varias excursiones. Será desde Nantes donde cogeré un vuelo de vuelta a Madrid, dentro de una semana. 




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