ROUEN
La ciudad vieja de Rouen, capital de Normandía, está en la margen derecha del río Sena. La parte más moderna se encuentra en la orilla de enfrente. Son dos encarnaciones del mismo lugar que se miran frente a frente en las aguas, como en un espejo que devuelve una imagen a través del tiempo. Mi estudio de alquiler está en la margen derecha, a pocos minutos de la catedral. En todas las calles que me rodean hay casas con entramado de madera y poco dinamismo, pero sí mucha autenticidad. Y la oportunidad de viajar varios siglos atrás recorriendo unos pocos metros, sin tener que introducirse en ninguna complicada máquina del tiempo.
El principal foco de atracción de Rouen es su catedral gótica-renacentista de Notre-Dame de la Asunción, la más alta de toda Francia. Y una de las más famosas, porque Monet la pintó muchas veces, para captar cómo la fachada reflejaba la luz en distintos momentos del día y con diferentes condiciones meteorológicas. Instaló un taller de pintura dentro de una tienda cercana donde podía ver la fachada completa, y allí realizó unos 30 cuadros con su imagen.
La fachada principal, que es pura filigrana en piedra, no es simétrica. Tiene dos torres, una con un elevado tejado de pizarra con buhardillas, y la otra sin remate. A una de las fachadas laterales se entra por un pasillo formado por arcos góticos. La construcción de esta catedral comenzó en el s. XI pero los últimos retoques tomaron algo más, y se terminó a finales del XIX. Tras tanta dedicación les quedó preciosa, y de todas las que he visitado yo diría que es mi preferida. Tras el abigarramiento de su fachada central y sus dos puertas laterales, el interior sorprende por su sencillez, y la nave central sobrecoge con su altura. En un lateral del altar mayor está la tumba de Ricardo Corazón de León, o mejor dicho el catafalco donde se guarda su corazón, porque sus restos están repartidos entre varios otros lugares (qué manía la de hacer cachitos a las personas ilustres).Ricardo Corazón de León acuñó el lema «Dieu et mon droit», que se situe utilizando en el escudo de Inglaterra.
Una de las capillas laterales también alberga las reliquias de San Olav, traídas desde Oslo cuando se cumplieron los 1000 años desde que le bautizaron en esta catedral. Una maqueta de un barco vikingo pone la nota de color al altar. Las velas llevan todas la efigie de Santa Bernadette de Soubirous, la campesina que experimentó las visiones marianas en la gruta de Lourdes, a 900 kms de distancia. También hay una bonita escalera en piedra que lleva hasta la Biblioteca del Capítulo.
Desgraciadamente la catedral está en obras, y la aguja-linterna, que tras un incendio fue reconstruida en hierro forjado en el s. XIX, está pintada en verde (?) y tiene colocada a lo largo de su estructura una especie de gigantesca tirita, allà en lo alto. En la parte central del tejado a dos aguas, una serie de figuras de oro recrean la leyenda de S Jorge, representada por un caballero a caballo que cabalga sobre las tejas, justo por encima del coro, seguido de una corte de amorcillos. Literalmente en un patio trasero está el Palacio del Arzobispado, que tampoco es manco.
Frente a la catedral, el Bureau de Finances es un palacio renacentista, pero se debieron quedar sin fondos a la mitad, así que tiene media fachada adornada con molduras, ménsulas y esculturas, y la otra media desnuda de adornos.
Las calles que rodean a la catedral son muy atmosféricas. El Hotel de la Catedral es un hotel de tres estrellas, monumento histórico con patio. La Rue Saint-Romain da a la calle de Los Libreros. Hay muchas casas de entramado de madera de personalidad normanda, distintas a las del País Vasco-francés o de Alsacia. Son de los ss. XVI y XVII.
La Place St Barthélémy es mi preferida de Rouen. Creo que no le falta ni le sobra nada. La iglesia de S Maclou (s. XV) es de estilo gótico flamígero y también es la perfección. No muy lejos, el Claustro de San Maclou es un antiguo cementerio medieval. Este claustro fue utilizado como osario porque a raíz de la alta mortalidad por la Peste Negra, el camposanto de la cercana iglesia se habÍa quedado pequeño. Con el tiempo, se cerraron las galerías y se convirtió en claustro de un convento de frailes. Y más tarde, se usó como escuela. En las galerías hay unas figuras que bailan en fila una danza macabra (son personajes de la nobleza, del clero y campesinos que danzan juntos porque la muerte los iguala a todos). Aquí se celebran en octubre las llamadas Fiestas Macabras, con la famosa danza bailada en las calles. Me las he perdido por los pelos. Me las imagino como la danza de las calaveras del Jueves Santo en Verges, Gerona. Qué alegría de vivir la del milenarismo, oyes.
Alrededor de la Place Saint Barthélémy y la Place San Marc, hay muchas tiendas de brocanteurs o anticuarios. Más adelante, se deja atrás la zona más antigua de Rouen y comienza una ampliación de la ciudad, con edificios burgueses en ladrillo del s.XIX, que llevan hasta el Parque del Côté Sainte Catherine.
La Rue du Gros Horloge, que lleva de la catedral la Gran Relojndel s.XVI, en su campanario gótico. Esta torre tenía un guardián. Se puede subir a contemplar las vistas sobre la ciudad vieja, pero por una vez, me contento con admirar este monumento desde abajo.
En la plaza del Mercado viejo el edificio más importante es la iglesia de Santa Juana de Arco. Esta iglesia es un homenaje moderno (años 1970s) a la Santa patrona de Francia, que sufrió martirio justo aquí. Fue en esta plaza donde los ingleses plantaron la hoguera que acabó con su vida de forma tan cruel en 1431. La iglesia tiene forma de barca, y lo siento, pero es uno de los edificios más feos que recuerdo. No sé qué pretendían hacer con esa especie de sombrero de tres picos deforme que es el tejado, pero en mi opinión sea lo que sea, no lo han logrado. Menos mal que las vidrieras sí que le aportan interés, porque son de otras iglesias que quedaron destruidas en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
En el Puente de Boieldieu, sobre el Sena a su paso por Roeun, hay una lápida que dice: en 1431, tras Elder quemada viva en la Plaza del Viejo Mercado, las cenizas de Santa Juana de Arco fueron arrojadas al río en este punto, desde el antiguo Pont Mathilde. El puente actual, del s. XX, está totalmente cubierto de margaritas amarillas en plena floración.
Aparte de las iglesias, hay tres palacios que destacan en Rouen; el maravilloso Palacio de Justicia, de estilo gótico flamígero, el Hôtel de Burgtheroulde, precioso edificio renacentista, y el Palacio Episcopal, que vale mucho por sí mismo pero que al estar literalmente en el patio trasero de la catedral, pasa más desapercibido.
Entre las calles que más me han gustado están la rue Martainville, rue de la Vicomte, rue Saint Romain, rue des Chanoines.
El Museo de Bellas Artes tiene un Velázquez ente otras valiosas obras, pero no entro. En la plaza que le da entrada hay uno de los famosos móviles decorativos colgantes de Alexandre Calder, que aunque era estadounidense los franceses se lo han apropiado, porque realizó su obra en el Paris de los locos años 1920s. El Museo Le Seq de Tournelles, tiene su sede en la iglesia desacralizada de Saint Laurent, apellido de un padre y un hijo que donaron su colección de objetos de hierro. El Antiguo Ayuntamiento fue reformado en época barroca, en el s. XVII.
En los alrededores de Rouen hay varias abadías cuya visita se recomienda, pero no es fácil llegar en transporte público y hace bastante mal tiempo, con chaparrones frecuentes que dejan muchos arco iris pero también muchos charcos. No me apetece seguir la ruta y chapotear en un barrizal por caminos rurales, sinceramente. Soy así de descastada.
En el capítulo de curiosidades:
El símbolo de Rouen es el cordero, porque la villa debe su riqueza al comercio de la lana proveniente de este animal.
En Rouen fue donde los invasores ingleses quemaron en la hoguera a Juana de Arco. Esta pobre doncella heroica ha sido doblemente vejada, por el duque de Borgoña que la vendió al enemigo para que la ejecutara en el s. XV… y por los arquitectos que en el s. XX construyeron, en la plaza donde sufrió martirio, esa iglesia tan fea que lleva su nombre.
Durante el Gobierno títere de Vichy, en la Francia ocupada por el régimen nazi, se utilizó a Juana de Arco como catalizador para fomentar el odio a los ingleses entre la población local. Como si hiciera falta: nunca se han caído bien, y la animadversión mutua de estas dos naciones ha sido legendaria, no por nada el término “Pérfida Albión” se acuñó en Francia para referirse a su rival en el dominio de los mares. A mí me encantaría que España tuviera sólo la mitad de amor propio que estos dos países, tan enamorados de sí mismos que son un caso de narcisismo institucional. Creo que aprenderíamos a valorarnos más.
Al final de la calle donde está mi apartamento hay una torre medieval cilíndrica, el Donjon mazmorra, único vestigio de la fortaleza defensiva que había en este punto.
La Cour d'appel o Tribunal de Apelación sirvió de prisión durante la ocupaciôn nazi. En una de sus fachadas aún se pueden ver los impactos que causaron los bombardeos aliados. Una placa recuerda que se han dejado sin reparar a propósito, como recuerdo del precio que Rouen tuvo que pagar por su liberación.
Traduzco y copio la explicación que una cartela da sobre el Gros Horloge o Gran Reloj: con su aspecto actual es una obra renacentista de 1529. El reloj se sostiene sobre un pabellón renacentista que forma un arco elevado, bajo el que se pasa para acceder a la ciudad medieval. La figura que está en la base de este arco representa al Buen Pastor rodeado de sus corderos. Esta figura está literalmente pegada al techo del arco al más puro estilo Spiderman, y cuando paso por debajo, tengo la impresión de que la estatua, de tamaño natural, se va a despegar y se me va a caer encima en cualquier momento. Soy muy neurótica y muy aprensiva, ya lo sé.
El exchequer o tribunal medieval fue transformado por el rey de Francia Francisco I en Parlamento de Normandía. El edificio es gótico flamígero, una preciosidad hecha puro encaje de piedra. Fue bombardeado en la guerra, y lo fueron reconstruyendo por fases poco a poco. En las obras de 1976 encontraron por casualidad otro edificio oculto en su base: la Maison Sublime, de época romana.
Una vez dentro de la catedral, empiezo a buscar la tumba donde está enterrado el corazón de Ricardo ídem de León. Y en el pasillo del presbiterio me topo con unas estatuas puestas en fila, que en la penumbra parecen fantasmas. Están restaurando la estatuaria de la fachada occidental y las han bajado hasta aquí, donde estos santos y ángeles pétreos se encargan de darle un susto de muerte a gente neurótica a la que le dan miedo las estatuas, como yo.
A unos 150 kms de Rouen está el punto donde se produjo el desembarco de las tropas aliadas el día D. Esta es una zona batalladora y como tal ha sido escenario de batallas toda la vida, más recientemente en las dos Guerra Mundiales. No pienso ir.
De aquí provienen los reyes normandos de Inglaterra, descendientes de Guillermo el Conquistador. Guillermo debía de ser todo un carácter: era aspirante al trono inglés un poco de rebote, por ser familiar lejano de Eduardo el Confesor, que murió sin descendencia y le nombró sucesor en su testamento. Pero entretanto Inglaterra ya tenía otro rey, el sajón descendiente de vikingos Harold de Wessex. Guillermo y Harold parece que tenían una cierta simpatía mutua, pero claro, no caben dos en el mismo trono, y la amistad se rompió por un quítame allá esa corona. Guillermo llegó a las costas inglesas en 1066, y en la famosa batalla de Hastings se quitó de enmedio a Harold, al que cuenta la leyenda que se le clavó una flecha en el ojo, mira tú (pun intended). El nuevo rey normando Guillermo conquistó todo el reino y cambió para siempre sus costumbres y su lengua. La batalla y sus consecuencias están narradas en un fabuloso tapiz bordado larguísimo que se exhibe en Bayeux, pero este museo está cerrado por obras y no puedo verlo. Lástima.
Leo que las casas se construían con entramado de madera porque era muy barato proveerse de ese material en los bosques cercanos. Y que lo que hace peculiares a estas casas de Rouen es que tienen un voladizo en el primer piso, sobre la entrada principal, para ganar espacio en la primera planta y también para proteger la puerta de la lluvia. Pero en el siglo XVI se prohibió construir así por motivos de salubridad: se creía que los voladizos abultaban demasiado en callejones estrechos, obstaculizaban la circulación del aire y eso favorecía la aparición de enfermedades. La estrechísima Rue des Chanoines, a la que se accede por un pasadizo, es un buen ejemplo. se conservan una 1500 casas de entramado de madera en Rouen. Una de ellas, en la Place de San Barthélémy, está tan inclinada que se diría que amenaza con caerse. De una de las buhardillas cuelga un salvavidas de barco, que como es bien sabido es muy útil en casos de emergencia en tierra firme.
En la Rue de l’ Hospital hay una preciosa fuente gótica que con los años ha quedado adosada a la fachada de una casa de vecinos.
Algunos supermercados de srouen ofrecen muchos productos provenientes de UK. Supongo que por la cercanía al puerto del Havre, aunque desde que se abrió al tráfico el Eurotúnel supongo que este puerto ya recibe menos turistas.
En el capítulo sueños imposibles (de momento):
La casa y los jardines de Monet en Givenchy están cerrados a partir del 1 de noviembre. Me los he perdido por los pelos.
El museo donde se exhibe el Tapiz de Bayeaux, que en toda coherencia se halla en Bayeux, está cerrado por reformas. Y el año que viene se llevan el tapiz en préstamo al Museo Británico de Londres. Mi gozo en un pozo.
Tampoco me da tiempo a acercarme al pueblo costero normando donde se rodó “Pauline à la Plage”, lanoelículande Éric Rohmer. Se trata de Granville, y recuerdo que cada vez que pasaban la oelícula por la TVE de los primeros años 1980s, yo la veía entera, pese a que me terminaba aburriendo, sólo para llenarme los ojos de aquella casa y aquella playa tan bonitas, y tan diferentes a los veraneos barceloneses en El Maresme a los que estaba acostumbrada. con los años, le he podido encontrar a Rohmer el punto, y ahora en mis años de madurez disfruto de su cine, aunque creo que en parte se debe a que sus películas, las que me gustan y las que no, forman parte del paisaje de mi infancia, y por tanto están teñidas de buenos recuerdos.
En los alrededores de Rouen, a lo largo del Valle del Sena:
Hay unas cuantas abadías benedictinas. La más visitada es Saint-Georges-de-Boscherville. Una de ellas está en ruinas, lo que no le resta belleza: la abadía de Jumièges. Miss Google, que es tan pesante como yo o más, me sopla que Víctor Hugo dijo de ella que eran las ruinas más bellas de Francia. Me voy a quedar sin comprobarlo por mí misma.
AMIENS
A Amiens lo debería clasificar en el capítulo de “excursiones en tren desde Rouen”, pero… en cambio va a parar al capítulo de “despistes neblinosos cognitivamente hablando”. Escojo visitar Amiens porque el viaje es directo y dura sólo una hora y media, el trayecto perfecto para una excursión de ida y vuelta en el día. Es un lugar con un patrimonio de gran interés, según leo. Subo al tren. Ya dentro, y en marcha hacia Amiens, me da por pedirle ayuda a Miss Google para ir trazando una ruta por las atracciones turísticas que hay allí para visitar. Y en cuanto veo fotos de la casa-museo de Jules Verne, caigo en la cuenta de que ya estuve allí en la primera parte de este viaje. Yo y mi manía de improvisar. Me bajo en la primera estación, que afortunadamente está a sólo 17 minutos de Rouen, y tomo el tren de vuelta. Sin comentarios.
LE HAVRE, ETRETAT
Me doy el madrugón, y me subo a uno de los primeros trenes que salen de Rouen hacia Le Havre. Desde la ventanilla del tren veo un precioso amanecer, azul y rosa. A Monet le hubiera encantado, seguro. Los campos no pueden ser más verdes, pero tampoco es de extrañar teniendo en cuenta que aquí caen chaparrones varias veces al día, con sus correspondientes arco iris.
Tras una hora larga en un tren regional, llego a la estación de autobuses de Le Havre. Pensaba ir a Deauville-Tourquet, pero lo dejo para mañana porque hoy ha salido el sol, y es el día perfecto para ir a la playa, de modo que escojo acercarme a los famosos acantilados de Étretat. Me quedo helada esperando el autobús, estoy frente al puerto de Le Havre y la brisa marina de las 8:00 me congela las ideas. Pero me reconforta ver, entre toda la gente que pasa y cruza, a una émula de mi admirada Amélie Nothomb. Es una chica vestida de negro de arriba a abajo con un abrigo de corte decimonónico, que porta orgullosa una chistera altísima sobre su larga melena. Como la propia Amélie, que tiene la colección de sombreros más extravagantes del universo. Con un par de ovarios, sí señora.
El autobús es local, y va parando en cada barrio de cada villorrio de una carretera rural que no bordea la costa, sino que caracolea por el interior. No me importa, porque me da la oportunidad de ver de más de cerca estos pueblecitos de tradición anglo-normanda (la conquista normanda de Inglaterra influyó a ambos lados del estrecho, y aquí eso se hace bien palpable). Disfruto contemplando a placer esos dulces paisajes con lomas, cottages y vacas pastando que son dignos de un cuadro de Constable, de los que luego se ven reproducidos en tinta azul en esos platos de loza inglesa tan tradicionales. Hay algunas casas con tejado de paja a la inglesa, thatched houses à la British. Los pueblos se dan un aire a los villages ingleses.
Todo esto me pone una sonrisa en la cara. Yo critico mucho a los hijos de la Gran Bretaña, tongue in cheek, pero tengo excelentes recuerdos de mis veranos ingleses de adolescente. Y he dedicado muchos años a estudiar su lengua y demás añadidos. A la vez, el francés fue mi primera lengua extranjera, y dejó en mí la huella de un primer idilio con las palabras. De modo que los lugares donde de algún modo se aúnan estas dos tradiciones me atraen muchísimo. Me encantaría tener tiempo y dinero para ir a las Islas del Canal de La Mancha, pero tendré que dejarlo para quién sabe si algún día.
Me bajo en la localidad costera de Étretat, y lo primero que me encuentro es Le Clos Lupin, la preciosa villa de la Belle Époque donde vivía Maurice Leblanc, el autor del célebre personaje Arsène Lupin, ese elegantísimo ladrón de guante blanco que fue tan popular para los lectores de principios del s. XX, y cuyas novelas de aventuras fueron llevadas al teatro y al cine. La villa sólo se abre al público los fines de semana, y me quedo con las ganas de curiosear en su interior, si soy sincera no por admiración a Monsieur Leblanc y su obra, que no he leído, sino por el gusto de entrar en una de esas preciosas casas que tanto admiro desde fuera. Cotilla que es una.
El centro urbano de Etretat, localidad de vacaciones playeras, está dominado por pequeños hoteles encantadores, conserveras locales, y mucho negocio familiar tradicional heredado. Las casas de madera son especialmente bellas, en la mejor tradición normanda. Algunas de ellas juegan con el mito de los corsarios que refugiaban sus barcos por estas costas, aunque su puerto de preferencia estaba más bien en Saint-Malo.
Muy llamativo resulta también el curioso mercado cubierto de madera, con un bonito entramado de vigas y gradas en su interior, que data de 1924. Sobre la puerta, una placa explica que la quinta división de Highlanders comandados por Eisenhower llegó aquí el 2 de septiembre de 1945. Instalaron en Etretat el Pall Mall Camp americano, desde donde realizaron las operaciones militares correspondientes a la liberación de estas tierras de los nazis.
Llego al paseo marítimo. La vista es impresionante: aquí en Etretat están los más conocidos de entre todos los acantilados calcáreos, blanquísimos, de la llamada Côte d’Albâtre, que se extiende desde Le Havre en adelante. La ferocidad del Atlántico rompiendo contra estas paredes verticales ha terminando horadándolas, con resultados de una belleza espectacular. A mi derecha tengo la Falaise d'Amont, y a mí izquierda la Falaise d’Aval, probablemente la roca horadada más famosa de esta costa, porque los lugareños la han bautizado como “el elefante que bebe”, y yo, que soy lenta de reflejos, tardo un rato en darme cuenta de que desde algunos ángulos sí que parece que una trompa de paquidermo se hunde en el mar.
Hay dos paneles que reproducen dos cuadros que Monet pintó de esta playa. También hay varias cartelas que informan sobre los dos búnkers que aún quedan de la Segunda Guerra Mundial. Dos cuadros, dos bunkers. Dos realidades, el antes y el después. Menos mal que nos ha tocado nacer en el después del después. Pero nada ejemplifica mejor el paso del tiempo que el movimiento implacable del mar. La playa es de guijarros y las olas hacen un ruido espectacular al estrellarse en la orilla.
Leo en las cartelas que en 1944 el Mariscal Rommel dio orden de cañonear las casas en primera linea de playa, porque estorbaban al ángulo de tiro. Dos villas y un hotel llamado Les Roches Blanches fueron destruidos. Para dificultar que los alemanes reconquistaran la playa, los aliados enterraron más de 1500 minas en la arena y llenaron su superficie de obstáculos de todo tipo. 19 bunkers de hormigón se distribuyeron por las playas de los alrededores. A todo eso se le llamó el Muro Atlántico.
El entorno no está vigilado, y los carteles enfatizan la prohibición de adentrarse en las cuevas o intentar acercarse a la falla horadada a través de la propia playa. Sí que está permitido subir por el sendero que hay habilitado para contemplar toda esta maravilla desde arriba, y pese a mi vértigo trepo por escalones y cuestas con pavimento de mortero que claramente necesitan unas obras de reforma. No me explico cómo un lugar potencialmente peligroso como este está falto de mantenimiento, por lo que se ve, desde hace décadas. El ayuntamiento cree que ha cumplido colocando unos carteles diminutos que advierten que no debemos acercarnos al filo del acantilado, porque hay desprendimientos de rocas. El vallado está muy deteriorado, en largos tramos es inexistente, y desde luego no resulta para nada disuasorio. El día que lo visito, todos los que pasean por allí son adultos y mantienen el sentido común, pero ya se sabe que la juventud, divino tesoro, es muy temeraria… En fin.
Una vez arriba, los calificativos faltan y sobran a la vez. Todo lo que está al alcance de la vista es apabullante en grado superlativo. La Madre Naturaleza hoy se ha encargado de callarme la boca, para que a partir de ahora procure tratarla con menos desdén y más respeto. Haré lo posible, aunque no prometo nada.
De entre los lugareños que me cruzo, porque pasean por estas alturas, una mujer madurita va de la mano de su novio, mostrándole cada detalle. En uno de los oradores, una gaviota se para ante nosotros, detenida por la corriente de aire. Ella capta una foto del momento, pero yo no lo consigo porque nunca he sido rápida de reflejos. La felicito y mantenemos una pequeña charla. Me guiña el ojo y me dice que ella no termina de ver lo del elefante, porque a ningún animal, por mucha sed que tuviera, se le ocurriría beber agua salada en grandes cantidades… El pensamiento cartesiano aplicado al paisaje.
También arriba me topo con un hecho inexplicable, al menos para mí que no entiendo nada de ninguna disciplina deportiva. Hay un hermoso campo de golf en todo lo alto de estos acantilados, en uno de los lugares más ventosos de toda Francia. No impedirán estas ráfagas de viento, que han podido con la dureza de las rocas, que una simple pelotita entre en el hoyo al golpearla con un humilde palito? Misterios sin resolver.
Sigo el recorrido que marca el sendero, hasta que llegó a una bajada (y subida, a la vuelta) con la que no me agrevo. Hay algo de barro de las lluvias de la noche anterior, y la pendiente es demasiado acusada como para que mi vértigo no haga acto de presencia, en plan ordeno y mando. Me detengo pues ante otra falaise de la que no he podido averiguar el nombre, pero que tiene una abertura de menor tamaño en la roca. Saco una bolsa del supermercado, que siempre llevo encima, para sentarme sobre la hierba húmeda sin más consecuencias. Saco un bocadillo que he comprado en una boulangerie del pueblo, un “mouillé”, similar a nuestro pà amb tomàquet, que está bueno pero que no le llega a la altura al catalán.
Tres amigos que pasean su perro, muy simpáticos, se detienen a desearme ‘bon appètit’, y mantenemos una pequeña charla. Una de ellos habla un español bastante mejor que mi francés. Tiene una tía en Casablanca. Y cada vez que vuelve de visitarla aprovecha para atravesar España. Habla de nuestro país con mucho cariño, me cuenta que ha aprendido nuestro idioma hablando con la gente a lo largo de muchos años, aunque no sabe casi nada de gramática ni se ve capaz de escribirlo. Le alabo el método de aprendizaje tan intuitivo y que tan buenos resultados le ha dado, porque seguramente sin saberlo ha optado por la llamada adquisición del lenguaje para una lengua extranjera. Se empezó a poner en práctica en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando algunos cuerpos especiales que se infiltraban en territorio enemigo debían aprender lo más rápida y convincentemente posible el idioma alemán, sin tiempo para entretenerse en reglas gramaticales. Pero vuelvo a estos tres amigos. Me dan buenos consejos para que haga visitas por Normandía y por la vecina Bretaña. Nos despedimos, y me quedo un rato más contemplando el increíble panorama, hasta que el sol, que había salido un rato, se esconde y las ráfagas de viento arrecian.
Decido marcharme. Por el camino de bajada me adelanta, caminando con muchas prisas, la misma mujer madura que encontré en el camino de subida, cogida de la mano de su novio. Vuelve completamente sola. Se me ocurren dos posibles explicaciones: o bien se le ha escurrido el novio acantilado abajo al hacerse un selfie, y ella huye porque teme que la acusen de homicidio, total ya se ha quedado sin novio y ahora debe dedicar su tiempo a buscar otro, de ahí las prisas… o se han peleado y cada uno ha tirado por su lado, en sentidos opuestos, más cabreados que una mona, de ahí las prisas. Por la salud de él y la vida en libertad y fuera de prisión de ella, espero que se trate de lo segundo.
TROUVILLE-DEAUVILLE y HONFLEUR.
Otro madrugón para coger un tren tempranero a Le Havre, y desde allí el autobús regional a Trouville-Deauville. Cruzamos el Sena por un doble puente llamado de Normandía, que es de los más altos del mundo, en el que por cierto hay peaje, pero es gratuito. Desde lo alto de esta impresionante obra de ingeniería, me sorprendo porque, ignorante de mí, no sabía que Le Havre está junto a la desembocadura del Sena. La Reserva Natural del Estuario del Sena comprende el estuario, el río, un canal, otro brazo de agua del que no he conseguido averiguar nada, y como parece que aún les sobraba un poquito de agüita tras regar las plantas, hay una laguna artificial que adorna la glorieta del cambio de sentido de la autopista. Todo esto en conjunto resulta gigantesco, y también lo parecen las instalaciones portuarias, en la lejanía. Bajo el sol tenue de este amanecer entre nubes, el caudal de agua del río se confunde con el mar en tonos color gris asalmonado. Sé que suena muy cursi, pero es que eso es lo que he visto y me atengo a mi versión de los hechos, Señoría.
El autobús presta servicio no sólo a las localidades intermedias de la ruta, sino también a muchos polígonos, resorts y urbanizaciones. Tengo la ocasión, como en el día anterior, de atravesar varios pueblos y de ver de cerca las casas, que resultan casi todas muy pintorescas. También hay bastantes manoirs, un tipo de casas antiguas que no son campesinas, sino que se asemejan más a una mansión, sin llegar a la categoría de palacete. Todos son preciosos, y les rodean unos parques de ensueño. Por la cercanía de unos pueblos a otros, me da tiempo a visitar tres, aunque en el caso de los dos primeros hago trampa, porque los cascos urbanos son un continuo, y solamente el río Touques los separa.
DEAUVILLE: Hasta hoy, lo conocía solamente a través de los reportajes televisivos sobre festivales de cine. El Festival de Cine Americano de Deauville se celebra aquí desde los años 1970s y en este momento es competitivo, por lo que sus premios tienen peso en el circuito internacional, aunque bien lejos de otros festivales más prestigiosos. Los actores quedan muy guapetes en las sesiones de fotos con el Canal de la Mancha de fondo. Y con esto termina todo lo que sé sobre esta ciudad. Tampoco es que mis conocimientos hayan aumentado mucho tras visitarla esta mañana. A simple vista me parece un lugar bastante artificial, como un decorado (de cine?).
Es un lugar muy bonito, muy limpio y muy bien cuidado, donde me he cruzado con señoras muy elegantes, una de las cuales llevaba un carrito de la compra de marca de lujo (lo juro, es de una marca que se llama Andersen Royal). Hay edificios enormes de fachada de entramado de madera, como el Hôtel Normandy. Hay un pequeño casino al estilo de la Costa Azul. Hay grandes villas que por su tamaño parecen más bien manoirs. Hay muchísimas tiendas que ofrecen a la venta cosas carísimas. Una de ellas exhibe un retrato de Coco Chanel, que abrió una tienda aquí en 1913 a instancias de su amante, Boy Capet, que tenía dinero, y también mano, con los ricos a los que Coco pronto convirtió en su clientela. Cuando paso por delante de esta histórica boutique, hay una chica imitando poses de modelo bajo el cartel con el rostro de esta costurera-modista-diseñadora-visionaria.
Deauville tiene de todo, pero echo algo a faltar: mayor espontaneidad. Y un paseo marítimo, porque al menos por la zona que va del casino al puerto deportivo, la orilla del mar está tan alejada que no alcanzo a verlo, ni oírlo, ni olerlo siquiera. Estoy segura de que en otras zonas no es así, pero no me ha dado tiempo de explorarlas. Algunas traineras se hacen a la mar a toda máquina a las once de la mañana. Con todos los restaurantes que hay, supongo que se pasarán faenando toda la noche.
Desde la zona del club de yates de Deauville se pasa al pueblo de enfrente, Trouville, cruzando el puente sobre el río Touques.
TROUVILLE: Me gusta bastante más que su vecino. Para empezar, hay vida en sus calles y un aire de mayor naturalidad, un ambiente familiar. Aunque todo es muy elegante también, parece algo más humilde, y quizá por eso se sienta más auténtico. Hay un mercadillo en el puerto, y en las terrazas la gente almuerza al sol. Subo la cuesta por detrás del ayuntamiento, y me encuentro la iglesia más fotogénica del pueblo en obras (como no), con los andamios totalmente ocultos por lonas, por lo que parece empaquetada. Si le añadieran un lacito, quedaría muy decorativa envuelta para regalo en estas próximas Navidades. Me doy un paseo por la parte alta, y al rato bajo para coger el autobús que me llevará mi siguiente etapa, Honfleur.
HONFLEUR: Nada más bajarme del autobús, compruebo que este pueblo hace palidecer a los dos anteriores. En especial, su puerto es totalmente atmosférico, parece salido de una novela de hace dos o tres siglos. Las fachadas de la mayoría de casas en primera línea están totalmente cubiertas de tejas de pizarra, para combatir en lo posible la humedad. Todo está más o menos tal cual debió de aparecer a cualquier viajero de siglos pasados que se bajara de la diligencia en la posada, actual Hotel du Cheval Blanc. En esa esquina del puerto se podían tomar los barcos a vela, y más tarde a vapor, que desde aquí transportaban pasajeros entre las dos orillas del Sena. También comerciaban con los productos que los campesinos elaboraban en las granjas cercanas. Honfleur dejó gradualmente de ser un pueblo de pescadores cuando, en 1863, se inauguró una línea férrea desde París a Trouville y Deauville. Toda esta costa se fue llenando de veraneantes más o menos afluentes, y el turismo estacional se fue convirtiendo en la actividad principal. Los intelectuales y artistas eran los que se quedaban todo el año, y por eso hay museos y lápidas en casas de pintores y músicos como Eugene Boudin y Erik Satie entre muchos otros que, en mi ignorancia, es la primera vez que leo sus nombres. Los pintores en especial parece que eran muy numerosos, y no me extraña que se mudaran aquí, porque si yo supiera pintar no podría encontrar mejor lugar para inspirarme. Que mejor para todos que ni lo intente, también he de decir.
Pero el pueblo de Honfleur intenta que no se pierda el recuerdo de sus orígenes, y hay un bello monumento a las mujeres mariscadoras en la principal glorieta, junto al puerto.
Los lugares que más me han gustado del vellísimo Honfleur son, aparte del puerto o avieux Bassin: el Museo de la Marina, antigua iglesia desacralizada, de donde oartió una expedición al Canadá en el s. XVI.
Los antiguos Graneros de Sal, edificios del s. XVII en piedra.
La Iglesia de Sainte Catherine, construidas en madera ya muy ennegrecida y ajada. Es uno de los templos más curiosos que he visto, y además la plaza que tiene delante es muy pintoresca, llena de edificios singulares. Uno de ellos, en piedra, está parcialmente cubierto de una hiedra rojiza bellísima. Es una posada, y dan ganas de registrarse allí, pero la realidad y los horarios de vuelta del autobús se imponen.
Hay un bello monumento a Albert Sorel, ilustre maestro. Mi madre era maestra. Enough said.
Las pintorescas Rue de l' Homme de Bois, Rue Haute, donde nació y vivió Erik Satie y están las Maisons Satie, de entramado de madera. Y todas las casitas de esta villa, entre marinera y vacacional. Tanto me ha gustado que estoy planeando volver mañana desde mi nuevo alojamiento en Caen.
Algunas curiosidades:
Mi propósito al visitar Trouville y Honfleur es ver de cerca las localidades de veraneo de la clase alta parisina en tiempos de la Belle Époque, tal como las retrató Marcel Proust en sus novelas. Él frecuentaba estos lugares, más la localidad de Cabourg, que queda más cerca de Caen y a donde intentaré llegar desde allí. Todo lo que se puede ver aún hoy día en estos pueblos, que antaño eran marineros y ahora son meramente turísticos, evoca aquel microcosmos elegante y decadente a partes iguales de la aristocracia y la alta burguesía, que Proust conocía de primera mano porque formaba parte de él. Pero no era el único: al ser la costa más cercana a París, es lógico que sus habitantes de toda condición se acercaran hasta aquí. Hasta Normandía llegaron otros muchos intelectuales y artistas, pero también gente corriente, sobre todo a partir del verano de 1936, cuando comenzó en Francia el sistema social de vacaciones pagadas por ley para todos los trabajadores, toda una novedad en aquel momento, que llenó de obreros los campos y las playas más cercanas a la capital.
Pero es a los visitantes ilustres, o simplemente famosos, a quien más se recuerda en las cartelas que me voy encontrando. En Deauville por ejemplo, hay grandes paneles con imágenes y un texto que resume las peripecias de cinco mujeres que pasaron por aquí en momentos cruciales de sus vidas. Me los leo enteritos porque me encantan los cotilleos históricos. Un resumen con algún añadido de mi cosecha. Estas mujeres son:
La emperatriz Eugenia de Montijo. Esta española, casada con Luis Napoleón III, tuvo que marchar al exilio por corruptelas y errores políticos y militares de su marido, (ella se inmiscuyó también en el gobierno, pero desconozco si estaba salpicada por los escándalos… imagino que también, pero no tengo tiempo de informarme mejor). Eugenia tuvo que huir del Palacio de las Tullerías de París el 4 de septiembre de 1870, con la intención de llegar a Inglaterra. Pero su seguridad dependía casi por entero de favores personales, porque las instituciones y las amistades le dieron de lado. Necesitó la ayuda de su dentista norteamericano para llegar hasta Deauville tres días después, con su dama de compañía. En este puerto se embarcó en un pequeño yate particular perteneciente a un militar inglés. Tras una tormenta marina espantosa, consiguió llegar sana y salva a Hastings, donde se reunió con su hijo, y mucho más tarde se les uniría el ex emperador en Londres.
La escritora Françoise Sagan. No sé por qué motivos se alejó de su querido Saint Tropez, donde vivía la vida loca, y cambió el Mediterráneo por el Canal de La Mancha. Alquiló un manoir que estaba entre Deauville y Honfleur, y se dedicó a seguir festejando la vida y a jugar en el Casino. Una noche de 1959 ganó 8 millones de francos, con los que compró la casa, que se convirtió en su única propiedad. Su novela “Bonjour, tristesse” es una especie de puesta al día del retrato de la decadencia en las clases acomodadas que Proust había acometido en el siglo anterior. Sagan la escribió con sólo 18 años, todo un hito.
La bella princesa Sophia Troubetskaia, que pertenecía a la nobleza rusa y que conoció en San Petersburgo a un diplomático francés en las festividades por la coronación del zar Alejandro II. Era Charles de Morny, medio hermano del emperador Luis Napoleón. Se casaron en 1857 y vivieron en París. Este Morny, que había venido a Deauville de visita, se dio cuenta de que la costa tenía un gran potencial inmobiliario, y compró unos terrenos para crear en ellos unas instalaciones termales de lujo adonde acudió el todo París. La bella Sophia era mucho más joven que su marido,y a la muerte de este, ya viuda y millonaria, conoció aquí en Deaville al español Duque de Alburquerque y de Sesto, con quien se casó en segundas nupcias. Él tenía posesiones en la Costa Azul, pero se establecieron en Madrid, y allí está princesa rusa tan cosmopolita introdujo, cuando llegaron las Navidades, la moda de poner un abeto decorado con velas y todo tipo de adornos. Pronto la alta sociedad española copió está costumbre extranjera que hasta el momento le era ajena, y luego la adoptaron las clases populares. Y hasta hoy.
Gabrielle Chanel, la célebre diseñadora Coco. En el verano de 1913 vino a Deauville con su amante y mentor Boy Capet. Él la introdujo en la buena sociedad, y a través de esos contactos ella consiguió financiación para elaborar una línea de perfumes, y a la vez pudo abrir una tienda donde vendía sus innovadoras creaciones, inspiradas según leo por el entorno. Parece que el color de la arena mojada lo copió para su tono “beige Chanel”, y que la vestimenta de los marineros le inspiró sus pantalones anchos, sus pecheras planas y sus modelos andróginos. También recreó la tela que usaban los jockeys para cubrir el lomo de sus caballos antes de ensillarlos, y de ahí surgió el estampado tipo manta de sus bolsos. Luego el texto de la cartela se extiende cantando las alabanzas de Karl Lagerfeld, pero un señor millonario que le llega su fortuna a su gato no me interesa absolutamente nada.
Joséphine Baker, cantante, bailarina y actriz, además de benefactora, y espía para la Resistencia y el contraespionaje militar al servicio de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Esta estadounidense negra nacionalizada francesa es una de mis mujeres favoritas de todos los tiempos. Una persona admirable que llegó a Francia contratada como artista de cabaret y aquí se quedó para siempre, porque en su Saint Louis natal existía una durísima segregación racial. Triunfó a lo grande en lo suyo con la Revue Negre durante los locos años 1920s, pero cuando una década después llegó la invasión nazi se puso a disposición de las fuerzas armadas clandestinas del general De Gaulle. En Paris, al contrario que otras estrellas, se negó a actuar para los nazis. En sus giras contrató a miembros de la Resistencia, porque su espectáculo podía cruzar al territorio del gobierno colaboracionista de Vichy y también a otros países neutrales, que como tales estaban llenos de espías de ambos bandos, como España y Portugal. En Argelia, entonces territorio francés, ingresó en el cuerpo de aviación. En los 1960s acudió a su país natal para luchar por los derechos civiles, encabezando marchas públicas con Martín Luther King. Ya retirada en Francia, compró un castillo y lo llenó de huéfanos de varias razas y países, a los que adoptó. Les llamaba su “tribu arcoiris”, aunque estos 12 niños no pudieron heredar nada porque nuestra Joséphine se arruinó, y en sus últimos años era Grace de Mónaco la que la ayudaba a salir adelante. No se me ocurre mejor persona para otorgarle todos los honores posibles, cosa que se hizo hace pocos años, trasladando sus restos al Panteón de París con un gran ceremonial.
Pues bien , Joséphine llego a Deauville en 1931, en plena gloria artística, cuando la llamaban “la diosa de ébano” y era la musa de los artistas de vanguardia del momento. Vino para un acto promocional de una de sus revistas, y llegó a acompañada de Chiquita, una hembra de leopardo que salía con ella a escena en un número del espectáculo, y que en la foto parece de todo menos chiquita. Joséphine la sostiene con una correa como si fuera un perrito y sonríe con su habitual simpatía a la cámara. A lo largo de los años actuó muchas veces en el Casino de Deauville.
En Honfleur también hay un panel que ocupa una fachada con los personajes ilustres que dejaron huella en esta localidad. Le hice una foto para acordarme de sus nombres, pero la he debido de borrar sin querer, cosa que en el fondo agradezco, porque como se ve tengo tendencia a enrollarme y así evito aumentar más el tedio con datos que se pueden encontrar fácilmente en otra parte sin tener que leerlos aquí, seguro que documentados con más rigor y por supuesto mucho mejor redactados.
Última curiosidad: En el edificio donde está mi apartamento en Rouen, a sólo tres minutos de la estación, casi todos los vecinos están de alquiler a largo plazo, según la agencia que he utilizado. Me han recalcado mucho cuáles son las normas de convivencia. Entre ellas, no sacar los paraguas y los zapatos mojados a los pasillos comunes ni a los vestíbulos para que se sequen. Aquí llueve mucho, pero… a quién se le pasa por la cabeza hacer eso? La humanidad no deja de sorprenderme.
Me dirijo a continuación a Caen, porque algunos pueblos que quiero visitar entre Normandía y Bretaña están mejor comunicados desde allí. Finalizaré mi viaje en Renne, ya en Bretaña, por el mismo motivo
Desde CAEN: BAYEUX, CHERBOURG
Desde RENNES: MONT SAINT-MICHEL
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