28.11.24

Leceri está planteada como una localidad vacacional, y eso le resta autenticidad, aunque ni mucho menos belleza. Por todos lados hay hoteles, restaurantes con vistas al mar y clubes a pie de arena. Casi todo cerrado, con su cartelito que pone: pausa stagionaria. Ahí debe residir el misterio del por qué en esta región me cruzo todo el día con personas que no parecen tener horarios laborales que cumplir. En la costa, los trabajadores de temporada no están activos en los meses fríos.

El caso es que Leceri ha tenido desde siempre una historia movidita, según explica una cartela en la explanada del castillo San Giorgio, desde los tiempos medievales en que se la disputaban Pisa y Génova. Pasando por cuando en el renacimiento encarcelaron al rey francés Francisco I en este castillo (este hombre parece que recorría Europa haciendo turismo de mazmorras). Y siguiendo con cuando el almirante Andrea Doria decidió ponerse al servicio de Carlos V y también quisieron apresarle en este mismo castillo (pero consiguió huir). 

Cuánta hospitalidad brinda este castillo tan hogareño, tan vertical y tan gris. En cambio a mí, que me he tomado la molestia de subir hasta allí arriba para disfrutar de las vistas pacíficamente, y que me las prometía muy felices mientras me instalaba con mi comida de picnic en un banco, sin molestar a nadie... pues me han echado sin miramientos. En cuanto he abierto la bolsa, han aparecido al acecho tres Juan Salvador Gaviota bastante agresivos que me han perseguido, a mí y a mi sándwich, calle abajo, hasta que me he metido el último bocado en la boca. Los peces no debían estar al dente hoy. O los han pescado todos. 

Tras dar un paseo por las cuestas y los escalones, a los que ya empiezo a estar habituada, decido caminar hasta la localidad de enfrente, Terenzo, de menor tamaño y que aún conserva un aire de pueblo de pescadores. Un paseo marítimo une las dos localidades. A un lado el mar, color turquesa a pesar del nuberío plomizo. Y del otro lado, los tupidos bosques que bajan por las laderas, hasta ser domesticados para convertirse en los jardines de las grandes villas históricas de veraneo. En muchas de ellas se hospedaron escritores ilustres, a los que pasa lista una cartela en pleno paseo. Henry James, D.H. Lawrence, Virginia Woolf, E.M. Foster, y los italianos Gabrielle D'Annunzio, Filippo Marinetti, el Premio Nobel Eugenio Montale, Paolo Bertolani, Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini... 

Pero a todos ellos les hará siempre sombra el célebre poeta Percy Shelley, por el hecho de haber naufragado con su barco en esta costa. Y también porque los ingleses están enamorados de ellos mismos, y saben hacer muy buenas películas de época para que todos podamos gozar de ese amor, compartido a nivel planetario. Busco la famosa casa que alquiló aquí junto a su esposa Mary Shelley, la autora de Frankenstein, y un matrimonio amigo, los Williams. Cuando la encuentro, me decepciona su aspecto remozado y bastante impersonal. Luego averiguo que la han convertido en un hotelito para turistas culturetas que quieran vivir su propia película de época. 

En la correspondiente cartela informativa, leo que los pescadores estaban escandalizados por la vida licenciosa y extravagante que llevaban allí aquellos extranjeros, en especial Percy, que era un genio pero que no andaba el pobre muy bien de la cabeza. Tenía alucinaciones y era muy aficionado a los rituales de ocultismo (mala combinación cuando el individuo en cuestión es tu vecino y necesitas dormir tras una noche entera pescando). El caso es que a los cuatro moradores de aquellos muros les ocurrieron allí todo tipo de desgracias, a cual más morbosa. Y cuando, pasados unos días tras el naufragio, el mar devolvió el cadáver del insigne poeta muchas millas más al oeste, sus amigos tuvieron la idea de incinerarlo en la playa. Pero cuenta la leyenda que su corazón no se quemó y quedó intacto, parece ser que por un proceso de calcificación. O por la rebeldía póstuma de querer llevar la contraria hasta el postrer momento, vaya usted a saber. Genio y figura. 

Justo cuando estoy leyendo esta historia, comienza una llovizna que cae mansamente. Nada que ver con la "Oda al viento del oeste", porque hoy la mar está en calma y sopla una suave brisa. Por algún claro asoma con fuerza el sol sobre la amplia bahía, cerrada en forma de concha. La niebla que cae desde los montes y los colores de las fachadas se iluminan por momentos. Una vez más comprendo que este lugar haya sido fuente constante de inspiración.

Notas:

- El castillo de Terenzo me parece mucho más bonito que el de Leceri, pero no subo porque no sé si habrá gaviotas hambrientas esperándome allá arriba, y ya no me queda comida. Se supone que no son carnívoras?

- De vuelta a La Spezia, la ruta del autobús pasa largo rato por los extensos tinglados del puerto. En una de las paradas se suben muchos trabajadores inmigrantes, la mayoría del subcontinente asiático y unos pocos subsaharianos. Entran en tromba, corriendo, empujándose atropelladamente, lanzándose literalmente sobre los asientos libres para llegar los primeros y poder sentarse tras una dura jornada.

Observando la magnitud de este puerto, caigo en la cuenta de que la riqueza y prosperidad que se perciben en La Spezia provienen de ahí. Las instalaciones de las compañías navieras, de los estibadores y los containers y las de la base naval son enormes. 

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