HAMBURGO. BREMEN. STADE. LÜBECK. CELLE. HANNOVER. TIMMENDORFER STRAND. LÜNEBURG.
Ha sido un tiempo de amistad, de risas compartidas, de complicidad… (con algunos momentos de desorientación, también compartidos). Dos de mis queridas amigas se han desplazado desde Madrid para unirse a mi aventura durante diez días. Me hubiera gustado que vinieran todas, pero es difícil cuadrar las agendas… Espero que las que no han podido venir ahora lo hagan más adelante, porque la verdad es que todas ellas son mi7 familia de elección, y las echo mucho de menos.
Intentaré hacer un resumen de nuestros recorridos por lo alrededores de la ciudad-estado de Hamburgo (estados de Niedersachsen y Schleswig-Holstein), en los que hemos disfrutado de tiempo en general soleado, exceptuando un inoportuno chaparrón cuando nos habíamos sentado a comer en una terraza del puerto. Las incidencias del transporte ferroviario en cambio nos han dado algún quebradero de cabeza, pero siempre hemos conseguido llegar a donde nos proponíamos y regresar sin excesivos retrasos. Qué sería de un viaje sin sus pequeñas dosis de intriga y emoción: no habría anécdotas que relatar en los tiempos muertos de las cenas entre amigos.
Puesto que ya escribí mis impresiones sobre Hamburgo en una entrada anterior de este blog, y mi opinión no ha variado gran cosa en esta segunda visita, pasaré directamente a comentar las ciudades cercanas a donde nos hemos desplazado, siempre en tren. Todas me han parecido muy bonitas, cada una en su estilo. El norte de Alemania tiene muchas cosas que ofrecer a quien tenga la fortuna de andar por aquí con algo de tiempo libre para explorar estos contornos.
BREMEN.
Los hermanos Grimm la hicieron famosa, situando uno de sus cuentos en esta ciudad, el titulado “Los músicos de Bremen”. Yo nunca lo he leído, así que tengo una vaga idea del argumento en el que al parecer un burro, un perro, un gato y un gallo se suben unos a otros para ayudarse, durante su camino a Bremen, a espantar a los ladrones que les acechan, fingiendo así que son una criatura mucho más grande del tamaño real de cada uno por separado. O algo por el estilo. Para enterarme del motivo por el que desean convertirse en músicos en Bremen, tendría que leerme el cuento, y francamente me da mucha pereza. El caso es que la ciudad homenajea a estos músicos del reino animal con varios monumentos y con una curiosa tapa metálica en el suelo de su plaza principal o del mercado, que parece la de una alcantarilla pero que en cambio para deleite de los niños pequeños, si le echas una moneda emite ladridos, maullidos etc
Pero Bremen ofrece mucho más: para empezar, en un parque junto al río Wesser hay un precioso viejo molino muy bien conservado, con un restaurante en su interior. Cuando se llega a la Markplatz, es inevitable maravillarse ante los magníficos edificios renacentistas que alberga: dos iglesias, una de ellas la Catedral de San Pedro, la Cámara de Comercio y el Ayuntamiento. A cual más bello. La estatua en piedra de Roldán, el Cid centroeuropeo, en cambio no puedo decir que me guste, a pesar de ser patrimonio de la UNESCO y un símbolo del Sacro Imperio Romano Germánico. Es del s. XV, y Napoleón estuvo a punto de llevársela a París, pero cuenta la leyenda que, para evitarlo, le engañaron diciéndole que tenía poco valor artístico. Yo personalmente opino que no le engañaron. Pero no entiendo nada de arte, sino de gustos personales. Y para gustos, los colores.
Llegamos tarde a la visita guiada del ayuntamiento, pero en cambio tenemos la suerte de coincidir con el carrillón del Glockenspiel en la famosa calle Böttchestrasse. Se trata de un estrecho corredor entre edificios de ladrillo rojo que están del renacimiento, pero que a principios del s. XX fueron redecorados en parte, por lo que exhiben bellos detalles Art Déco. Me gusta sobre todo el gran relieve dorado a la entrada.
El paseo ajardinado en la ribera del Wesser es muy agradable, con antiguos veleros atracados y bonitas casas burguesas del s. XIX de regusto victoriano. Pero el barrio que más nos gusta de todo Bremen es el de los pescadores, llamado Schnoor. Sus casas tradicionales de colores y sus estrechas callejuelas adoquinadas tienen ese encanto pintoresco que los turistas nos llevamos en la retina para recordarlo mucho tiempo después.
STADE.
Entre los puertos hanseáticos que rodean Hamburgo, el de Stade es de los más bonitos sin duda. Hay una antigua grúa de madera que servía para descargar las mercancías en el Fischmarkt o puerto de los pescadores. El Hansenhafen o puerto viejo está situado a lo largo del canal principal de la Altstadt o Ciudad Vieja, y está bordeado de preciosas casas de mercaderes del s. XVII y de terrazas del s. XXI. Como nota curiosa, allí nos encontramos con una gran bandera española izada en un alto mástil, digna de toda una embajada pero que simplemente anuncia un restaurante típico. Viva España, oyes.
Almorzamos en una agradable plaza contigua, pero antes hemos recorrido durante largo rato las calles del centro, admirando en especial el edificio renacentista del ayuntamiento y la iglesia de San Cosme y San Damián. También hacemos algunas compras, y yo me llevo un peto acolchado para afrontar el otoño en ciernes. Lo he estrenado 15 días después, cuando finaliza este veranillo norteño.
Callejeamos a placer, porque el principal atractivo de esta población reside en su atmósfera reposada y en las filas de casas de ladrillo del s. XVI que nos vamos encontrando de vez en cuando.
LÜBECK.
En esta preciosa ciudad nos encontramos, en la taquilla de su catedral de Santa María, con un hombre amabilísimo que resulta ser un madrileño transplantado. Nos hace muchas recomendaciones y nos marca un itinerario que seguimos religiosamente (pun intended). Nos remarca que no nos perdamos los patios interiores que se sitúan en las bocacalles del casco antiguo, y gracias a ese consejo penetramos discretamente en varios de esos mundos interiores. Están adornados con bancos, sillas y mesas, rodeadas de macetas florecidas y otras decoraciones caseras muy imaginativas, y son pequeños paraísos que nos encantan por su aire de intimidad compartida.
Esta catedral tiene un reloj atronómico y una decoración floral en todas sus nervaduras interiores. Se trata de una reconstrucción, porque resultó casi completamente destruida en los bombardeos de la última guerra, pero también gracias a que la onda expansiva descascarilló las paredes, salieron a la luz unos valiosos frescos, ya olvidados bajo el encalado que llevaba siglos cubriéndolos. Otras maravillas de Lübeck son, por este orden, la monumental portada de entrada con dos torres circulares llamada Holstentor, y que está torcida como tantos edificios antiguos de la ciudad. Pasada esta antigua entrada de la muralla, vemos el canal ajardinado llamado Alte Salzstrasse. Por esta vía de agua se transportaba la sal, que era una mercancía valiosísima en la Edad Media y que hora consideramos puro veneno para las arterias. En la plaza del Antiguo Hospital del Espíritu Santo nos acomodamos en un imaginativo jardín construido con cajones de madera y que invita, por medio de carteles que dan la bienvenida, a sentarse en sus tumbonas para disfrutar de sus flores y su tranquilidad. No lejos de allí hay otra portada que daba entrada a la ciudad por este flanzo, junto a un monasterio que alberga el Museo Hanseático. La plaza más famosa de Lübeck es la del ayuntamiento o Rathaus, que ostenta edificios de muy distintas épocas, incluida la actual. A mí no puedo decir que me guste demasiado la mezcla, pero sí me entusiasman en cambio las calles Mengestrasse y Glöckencuersestrasse, con sus maravillosos edificios y su agradable ambiente de arteria comercial muy paseada y muy vivida. En la esquina de una confitería que vende los famosos mazapanes típicos hay un hombre que toca un órgano de agua para poner la imprescindible nota cuqui que faltaba. Qué más se puede pedir.
Lübeck es una ciudad muy cultureta, y como soy una pedante insoportable no me resisto a anotar aquí algunos datos. Es el lugar donde se fundó en el s. XII la Liga Hanseática, la federación germánica de comerciantes marítimos y fluviales que se creó para expandir sus intereses a lo largo de varios países en torno al mar Báltico. Dio autonomía a varias ciudades-estado y fue un poder fáctico precursor del posterior Mercado Común. Los dineros unen mucho más que el amor verdadero, y en este caso la Hansa (“agrupación”) no sucumbió al desamor, sino a la pérdida de importancia de su monopolio con las nuevas rutas del comercio con América.
Lübeck ciertamente conserva la impronta de su importancia histórica como principal sede hanseática, pero también como lugar aglutinador de talentos: nada menos que tres Premios Nobel como Thomas Mann, Willy Brandt y Günter Grass vivieron allí en diferentes épocas, y tienen sus museos respectivos. En Lübeck debe de haber algo disuelto en el agua que sale del grifo que te predispone, a poco que seas listo y aplicado, a obtener un Nobel.
La casa de Willy Brandt en particular impresiona por tratarse de una mansión barroca. Hay allí una exposición sobre su vida en la que no nos detenemos, pero de camino al jardín interior podemos leer algunas de las cartelas. Nos llama la atención una en particular, donde hay una foto suya de joven que le muestra bastante guapete, y que relata su presencia en nuestra Guerra Civil española como representante de un partido socialista alemán, el SAPD. Miss Google me cuenta más tarde que Brandt llegó a Barcelona justo cuando el bando republicano se escindió y empezó la persecución estalinista a varias de sus facciones, en especial al POUM y la FAI. O sea, que el amigo Brandt se encontró metido en el mismo berenjenal que el amigo Orwell, y que tantos otros brigadistas internacionales en la Cataluña de 1937. Los horrores de la guerra y el cinismo de la política son una combinación letal. Más tarde Brandt pasaría a la historia como el negociador de la paz definitiva entre la RDA y Polonia, titánica empresa que supuso la remodelación de las fronteras. Me cansa sólo pensarlo.
La casa de Günter Grass es mucho más humilde, y leo que mantuvo allí su oficina hasta su muerte. Aunque nació en Gdansk, ahora parte de Polonia, en su tiempo era territorio alemán. “El tambor de hojalata” es uno de los libros de la extensa biblioteca de mi padre que no me he animado a leer, así que este icono de la izquierda europea es uno de esos personajes sobre los que no puedo opinar, por puro desconocimiento. Es que sus temáticas macabras no me llaman, qué le vamos a hacer. Sí que recuerdo la que se armó cuando confesó, en “Las capas de la cebolla”, que de joven había participado en un cuerpo de élite de las SS y lo mucho que este hecho pesaba en su conciencia. Prefirió no llevarse el secreto a la tumba, consciente de que tarde o temprano se iba a saber… y de paso consiguió una enorme promoción para su libro. Pero qué costalazo al caerse del pedestal: como es lógico se le acusó de haber sido un mentiroso, un hipócrita y un cínico durante 60 años. Tremendo.
El otro premiado es Thomas Mann, el más célebre de los tres, nacido en Lübeck, donde se le homenajea con multitud de alusiones, pero la más llamativa es la casa-museo donde situó su novela “Los Buddenbrook”, y que en realidad es su elegante casa familiar. Tampoco puedo presumir de haber leído este libro, pero sí recuerdo haber visto una adaptacióm paraTV cuando era demasiado joven para apreciarla, aunque se me quedó grabado el personaje del tío tarambana, la oveja negra que hay en toda familia bien (y mal, ya puestos). Parece ser que el retrato de esta saga de la burguesía ligada al comercio fluvial es un roman à clef de la familia y conocidos de Mann, quienes se lo reprocharon al reconocerse en los personajes, aunque con nombres cambiados. Ah, se siente, les dijo él, pero se lo dijo en alemán lógicamente. Luego escribió La montaña mágica y Muerte en Venecia. La película de Visconti sobre esta última era una de las preferidas de mi madre, y le tengo un cariño especial. Oooh, ese joven Tadszio señalando el ocaso en la playa mojada por la lluvia, con música de Mahler… y ese Dirk Bogarde que nunca salió públicamente del armario pero que bordó a Aschenbach, el protagonista, desde el conocimiento de causa…
CELLE.
Una de mis amigas ha regresado ya a Madrid, y la echamos mucho de menos en todas nuestras excursiones restantes. Celle se me antoja la típica ciudad de cuento, con sus más de 400 casas tradicionales de fachada de entramado de madera, y algunas darán del s. XVI. Tanto las vigas como la parte encalada de las fachadas están decoradas con frescos que representan flores, frutas y motivos geométricos, y que son diferentes para cada vivienda, ignoro si porque cada familia tenía un dibujo distintivo de su clan, o simplemente por darle mayor variedad a las calles. El caso es que estás alegres casas coloridas son el mayor atractivo de Celle, pero no el más valioso, ya que allí pasaba la dinastía Hannover los veranos, en un bellísimo castillo renacentista situado junto a un estanque en un gran parque.
Los Hannover han dado mucho de sí como proveedores de cotilleos históricos. Entroncados con las dinastías reinantes tanto en la Alemania pre y post unificación, como en Gran Bretaña, en ambos países algunas de sus testas coronadas han dado un resultado sólo regulero, porque por desgracia en esta familia hay una vena de locura, o siendo más amable unas adicciones, excentricidades y rarezas de carácter poco compatibles con las responsabilidades de un jefe de estado. En el ilustre árbol genealógico colgado en la escalinata, buscamos a Ernesto de Hannover, cuyo comportamiento errático es bien conocido. Y allí está, sucedido por su primogénito, con el que no se habla y a quien ha desheredado. Nada más que añadir, señoría.
Este hermoso palacio ducal entre renacentista y barroco nos decepciona un poco, porque su interior ha sido modernizado salvo en algunas pocas estancias, y además no hay casi cartelas bilingües. Lo que sí recuerdo es que en la exposición de la planta baja se incide mucho en el escándalo que ocurrió con Carolina Matilde de Hesse, hermana del rey inglés Jorge III, pertenecientes ambos a la rama inglesa de los Hannover. Era aún adolescente cuando la casaron por poderes con el rey danés Christian VII, primo suyo y también aquejado de locura. Pasados los años esta reina se enamoró del médico de la corte, el plebeyo Johan Struensee, quien tenía ideas progresistas ligadas a la Ilustración. Estos amores adulterinos tuvieron un castigo ejemplar cuando dieron como fruto una hija en común. El médico fue ejecutado, y la reina fue desterrada desde la corte de Copenhague a este palacio de Celle, donde murió sin volver a ver a su familia nunca más. Hay dos películas sobre esta desgraciada historia, y en la más reciente, “Un asunto real”, el papel de Struensee lo interpreta el excelente y guapérrimo actor danés Mads Mikkelsen.
Nos impresionan la plaza principal o del mercadol, la iglesia de Sta María, el ayuntamiento renacentista y la Hoppener Haus, con sus coloridos relieves. Damos muchos paseos antes de resignarnos a marcharnos de Celle, que tanto nos ha gustado.
HANNOVER.
La capital de Baja Sajonia cuenta con un gran invento para hacer más fácil el recorrido por su casco antiguo: una larga línea pintada en el suelo, llamada el Hilo Rojo, que tiene 4 kms de longitud y que va enlazando los principales puntos más turísticos de la ciudad. Al principio seguimos este hilo, no como Dorothy en El Mago de Oz sino más bien como Emilio Aragón en el sketch televisivo que le hizo famoso de joven. Pero pronto tomamos iniciativas propias, porque la verdad es que en el centro de Hannover te salen al paso muchos lugares de interés que bien merecen recorrerlos a placer, un poco sin orden ni concierto. Así, subimos a la cúpula de su imponente ayuntamiento, un enorme edificio construido en la Belle Époque y que es una recreación fantasiosa de un castillo renacentista. En su interior hay varias maquetas que muestran las diferentes fases de la ciudad, desde la Edad Media hasta la última guerra y la reconstrucción posterior. Desde arriba se puede contemplar no sólo la totalidad de esta ciudad industrial tan próspera, sino el extenso parque Masch con su lago, y los suaves montículos que la rodean. El ascensor que lleva hasta el mirador tiene la particularidad de ser curvo, y al tener el techo de cristal puedes observar cómo se adapta a la forma curva de la cúpula en su trayectoria. Mis cervicales sufren un poco, pero la experiencia desde luego merece la pena.
Una vez en tierra firme, recorremos el casco antiguo y almorzamos en una terraza en la plaza contigua a la del mercado. El antiguo ayuntamiento es un edificio renacentista de ladrillo, y las altas casas que se alinean en las calles contiguas, en el Holzmarkt y la calle Burg, son de entramado de madera. En una de ellas vivió el filósofo Gottfried Leibniz, que fue bibliotecario en Hannover en el s. XVII. Pero el edificio que más me llama la atención es el que tiene una larga balconada en madera en la plaza Ballhof. Según explica una cartela, sirvió como salón de eventos desde el s. XVII, hasta que fue usurpado en el XX por las juventudes hitlerianas. El partido nazi, antes de aposentarse allí, ya se había ocupado previamente de desalojar a los judíos que vivían desde hacía generaciones en esta zona histórica de Hannover. Nada de esto se percibe en la actualidad en esta encantadora plaza, con sus fachadas cubiertas de hiedra y sus terrazas, donde la gente se relaja tumbada en unas hamacas que invitan a hacer una pausa, pero seguimos adelante porque la hora de vuelta del tren manda en nuestra agenda. También encontramos, un poco más allá, una zona de terrazas muy animada junto a un lienzo de la muralla, donde se congrega mucha gente para disfrutar del sol de la tarde y ver las evoluciones de los surferos que navegan en la llamada “ola del Leine”, un lugar de este río canalizado donde los jóvenes aprovechan una ola artificial para practicar sus habilidades haciendo equilibrios con la tabla. El ambiente es tan familiar que cuesta creer que estemos en una gran ciudad.
Regresamos a la estación a lo largo del río, admirando el palacio barroco que fue la antigua residencia de los Hannover y que hoy alberga el parlamento regional. Pasamos por delante de la elegante ópera neoclásica, pero el edificio que más nos llama la atención está en la zona moderna y es un ingenioso ensamblaje de planos contrapeados. Más tarde me entero de que hay en Hannover un edificio obra de Frank Ghery que es famoso por el retorcimiento de su fachada, pero no llegamos a verlo. La estación está muy concurrida porque en su explanada se celebra una exhibición de baloncesto a la que han acudido jugadores de ambos sexos desde otros lugares. Hannover nos despide con un gran ambiente.
TIMMENDORFER STRAND.
Nos acercamos hasta esta localidad costera porque nos apetece ver el Báltico y disfrutar de las arenas blancas típicas de las playas norteñas. Tenemos la suerte de escoger un día soleado, y la verdad es que la playa luce esplendorosamente y el mar no puede ser más azul. Una vez sobre la playa, un señor mayor que está almorzando dentro de una cabina de madera, nos cobra la entrada al filo mismo de la arena, y tenemos que ir enseñando el ticket si decidimos seguir paseando por la orilla y volver al pueblo desde otra playa contigua. Un poco como los salvoconductos de las películas sobre fugitivos de un país a otro, pero sin que te persigan los gendarmes, solamente las gaviotas, que por cierto en esta playa no son muy numerosas.
Teníamos ganas de ver de cerca esos curiosos asientos de mimbre con cajones y toldo que se llaman Strandkorb, y que se utilizan para pasar un día playero al resguardo del fuerte viento norte. No quedamos decepcionadas porque hay muchos sobre la arena, a la que aportan un encanto de otras épocas con sus alegres toldos y cojines de listas de colores, y todo el aparataje que contienen: los reposabrazos y reposapiés, la mesita plegable y el anclaje, todo ello en madera. La gente los va girando según avanza la trayectoria del sol, y cuando se marchan los dejan cerrados como si de un armario se tratara, solo que además les añaden una valla de tablones de madera para impedir que nadie se siente. Si yo tuviera un jardín, lo adornaría con uno de estos enormes muebles, solamente por el placer de verlo, porque dudo que sean demasiado cómodos. Donde se ponga una tumbona…
Nos adentramos en una pasarela en forma de enorme lazo sobre el agua, con bancos de madera donde la gente se tumba a tomar el sol. Disfrutamos de la relajación que sólo proporcionan el sonido, el olor y la brisa del mar. Una señora que ha venido sentada junto a nosotras en el tren nos reconoce, y nos pregunta si somos portuguesas. Nos dice que nuestra charla le había sonado a portugués, o a español, así que somos su segunda opción. Ella casi no habla inglés, de modo que la barrera del idioma nos impide avanzar en la conversación. Como muchas de las personas mayores que se pasean por este lugar, va elegantemente vestida y ha venido en solitario para aprovechar el buen tiempo junto al mar.
Almorzamos un plato de pescado rebozado en una simpática terraza del elegante paseo principal del pueblo. Es una cervecería con freiduría, y en esta última un puñado de hombres trabajan con disciplina militar. Si esto fuera un chiringuito familiar de la costa española se oirían gritos desde la cocina pregonando que ya están listas las comandas: “puntillitas”, “pijotas”, “chanquetes”, “cazón en adobo”, “choco con papas” y cosas por el estilo. Pero como esta localidad alemana es bastante pijotera, lo que se oye es el pitido de los dispositivos electrónicos que, desde tu mesa, te indican que ya puedes recoger en el mostrador tu plato combinado, al que se empeñan en añadirle esas salsas que, en mi opinión personal, anulan el sabor a mar del pescado. La salsa Spreewald, una especie de bechamel, es la más típica. Pero en la práctica triunfan la mayonesa y las salsas tipo americano. A mí me gustan las salsas, pero a mí colon no, y luego me reprocha amargamente haber cedido a la tentación, por eso me quejo. Las mesas de madera de esta terraza son compartidas, según la costumbre centroeuropea, y se nos sienta delante una señora muy agradable con ganas de comunicarse con nosotras. Es de la generación que habla muy poquito inglés, pero franqueamos la barrera del idioma gracias a Miss Google y su programa de traducción por voz. Nos cuenta que ha venido conduciendo desde su pueblo, que está a 17 kms y que también tiene playa, pero mucho más pequeña.
Timmendorf es una localidad de veraneo de buen nivel adquisitivo, con cuidados parques con surtidores, elegantes villas y todo tipo de boutiques que se ocupan de aliviar el aburrimiento de los residentes en los días en que el mal tiempo les impide ir a la playa. Hay unos pocos grandes hoteles junto a la orilla, pero ni mucho menos tapan los bosquecillos que hay junto a la arena. Algunas grandes villas con solera bajo los pinos añaden un discreto encanto al lugar, pero en general, la vista de esta larguísima franja playera se presenta ala vista como un todo ininterrumpido por las construcciones, y es de agradecer que aún queden playas donde se respeta el entorno.
En el viaje de vuelta conocemos en la estación a una ucraniana muy simpática con el pelo aún mojado que nos cuenta que se ha dado uno de los últimos baños del año, aunque el agua estaba más bien fría. De hecho, una vez dentro del tren empieza a estornudar. La conversación poco a poco se va reconduciendo hacia el tema de la invasión de su país, y nos cuenta que llama a su familia todos los días para asegurarse de que siguen vivos ella y su hijo llevan muchos años en Alemania, donde ella trabaja como enseñante de alemán (?), y le preguntamos si no ha intentado traerse al resto para ponerles a salvo. Los más jóvenes no quieren moverse, nos responde. Soy sincera cuando le digo que nunca he conocido a gente tan patriota como los ucranianos. La impresión que nos da esta chica tan extrovertida, a pesar de toda su simpatía contagiosa, es de una gran soledad. A petición de ella intercambiamos los teléfonos, aunque dudo que nos pongamos en contacto alguna vez.
LÜNEBURG.
Nuestra última excursión por la zona la hacemos a la ciudad hanseática de Lüneburg, lugar desde donde se extraía la sal que luego se transportaba por vía fluvial a Lübeck. El pintoresquismo de esta apacible localidad es similar al de otras que ya hemos visitado, por lo que no nos sorprende encontrarnos edificaciones renacentistas en una plaza del mercado, que aquí se llama Am Saande, un ayuntamiento monumental, bellas iglesias protestantes con torres de tejados puntiagudos, y un puerto antiguo o sobre los canales. Pero hay un rasgo original que sólo hemos encontrado en esta ciudad, y que la diferencia de todas las demás. La particularidad que hace a Lüneburg verdaderamente especial es que, puesto que su casco histórico está situado justo encima de un yacimiento de sal, el terreno subterráneo es freático, y ha cedido a lo largo de los siglos, lo que provoca que algunos de sus edificios más antiguos estén muy inclinados. A simple vista se advierte cómo algunas fachadas parecen a punto de caerse y se apoyan unas en otras como si estuvieran algo borrachas. Me recuerdan a las “dancing ladies” o casas inclinadas de Amsterdam.
La casa que resulta más original es una de color negro en la plaza Am Saande y que es la Cámara de Comercio local, pero hay otras muchas más pequeñas, de ladrillo rojo, en la calle Ohlingerstrasse y alrededores, que parecen salidas de un cuento. Precioso barrio donde abundan las flores y los detalles decorativos en las ventanas.
También hay en Lüneburg muchos edificios de ladrillo que tienen una planta baja abombada. Busco online el intrigante motivo por el que las fachadas de estas casas parecen hinchadas a la altura de la calle, pero retroceden en disminución en los pisos superiores. Y Miss Google me da la solución: se debe a que cuando se construyeron, en la Edad Media, se utilizaron materiales que se hinchaban en contacto la humedad, como la anhidrita, que no sé lo que es. Tampoco comprendo cómo, en un lugar rodeado de canales, se les ocurrió utilizar una materia prima que daba tan malos resultados, en vez del mortero de toda la vida, que resiste mucho mejor al agua. Resultaría más barato? Ay, los constructores nos engañan vilmente, y hablo desde la experiencia. Aunque en este caso tampoco lo hicieron tan mal, porque el hecho es que estas casas siguen en pie desde el s. XII, y la mía presenta un aspecto deteriorado tan sólo 30 años después de construida.
Otra particularidad de Lüneburg es su Torre del Agua, a la que no subimos por desconocimiento, pero que más tarde me entero de que tiene un mirador. La zona que da a los canales, llamada Wassweviertel, es muy bonita y tiene muchas terrazas directamente sobre el agua. Las calles de La plaza principal presenta un ambiente tan agradable que nos sentamos allí en un banco a almorzar. Las arterias comerciales que la rodean están plagadas de tiendas de un gusto exquisito, entre las que destaca una antigua farmacia con una fachada policromada muy llamativa. Nos metemos en una boutique de ropa y complementos muy cuqui que además sirve desayunos, y a mí se me antoja tomarme un café en su encantador patio interior, un estrecho remanso de paz rodeado de macetas florecidas y muebles de forja desparejos. Desde allí escuchamos el rumor de las campanas. Estos pequeños momentos de placeres sencillos disfrutados en buena compañía son los que hacen que la vida merezca la pena. Sin poder aportar una razón concreta, Lüneburg se convierte en mi ciudad preferida de todas las que hemos visitado estos días.
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