COLONIA
Colonia me parece una ciudad engullida por su catedral, ese monstruo terrible y magnífico que se baña los pies en el Rhin y mete las narices en la estación, que le queda justo debajo. A lo largo de este viaje he estado esperando el tren en estaciones con mucho encanto y unas vistas maravillosas. Recuerdo andenes estrechitos horadados en la roca en Cinque Terre, con vistas maravillosas de los acantilados sobre el mar… pero no sé si se pueden comparar a tener toda una catedral gótica de 160 metros de altura velando por la llegada y partida de cada tren en los 12 andenes de la estación central de ferrocarril de Colonia. Un techo de cristal sobre las vías se ocupa de que no olvides esas torres, que te caen literalmente encima cuando miras al cielo. Adónde si no.
Cuando no está vigilando pasajeros y viandantes, la catedral está ocupada en lucirse ante cualquiera que pase por su lado, y se asegura de que todos alcemos la vista y nos quedemos con la boca abierta, en muda contemplación del monumento más visitado de Alemania y uno de los grandes templos de la cristiandad. Su perfil se vislumbra desde bien lejos, y su campaneo repiquetea también a distancia, a veces durante largo rato. Siento por esta gigantesca masa negruzca una mezcla de admiración y desasosiego a partes iguales. Me provoca verdadero espanto su altura, de hecho sus dimensiones al completo me dan vértigo ya desde fuera, y no digamos una vez en su interior. Paso muchas veces a su lado. Con sol, bajo la lluvia, al atardecer, de noche. En medio de la oscuridad, una iluminación muy tenue y sabiamente distribuida por la fachada disimula la pátina de hollín que, lejos de afearla, le proporciona una capa extra de respetabilidad a un edificio que está por encima del bien y del mal. La frase “temor de Dios” me viene a la mente frente a este templo hiperbólico. A mí me inspira lo primero, sin relación con lo segundo. (siempre he sido muy aprensiva con los tamaños descomunales). Supongo que en la Edad Medía esta catedral debía provocar ese efecto en los fieles que acudían a sus cultos: Temor. De Dios, por descontado. Y a lo mejor también algo de vértigo.
Ni me planteo subir a la torre norte porque mi desafío al vértigo tiene sus límites: más de 500 escalones a 97 metros de altura me dan demasiado respeto, y prefiero preservar mi salud física y mental. El domingo por la mañana coincido con una misa cantada por los celebrantes, con coral y órgano incluidos: en la penumbra, la sonoridad es tan rotunda y brutal que aumenta mis temores, siento que de un momento a otro se nos resquebraja la bóveda. Para mí Dios es una locución lingüística, un personaje mitológico y también un señor con barba muy retratado en la historia del arte. En cambio para los fieles que siguen la misa en los bancos y escuchan la coral es mucho más, para algunos incluso lo es todo. Salgo a la plaza, donde me reencuentro con la luz exterior, la música machacona de un acordeón callejero y la gente que pasea, dispuesta a disfrutar de este veranillo otoñal en un día festivo.
El otro monstruo sagrado de esta ciudad es el poderoso Rhin, que la atraviesa y la abraza como a tantas otras ciudades de su cuenca. Los habitantes de Colonia apuran estos días todavía templados de mediados de septiembre para gozar de su río. Yo también, porque para llegar a mi alojamiento, un apartamento bastante mugriento justo frente a la noria del Museo del Chocolate, debo recorrer el paseo ribereño, esquivando ciclistas que van a toda velocidad en una senda compartida. Tiene tanto riesgo como como caminar por Madrid Río, sólo que aquí el río es de verdad. Los cruceros fluviales Viking, largos y chatos, son junto con los puentes metálicos semicirculares lo que más me llama la atención. Pero lo que da más vida al río está en tierra firme, y son sus paseantes. Al verles relajarse día tras día, sentados en la hierba o en las terrazas, o caminando lentamente enfrascados en sus charlas, llego a la conclusión de que en Colonia la gente es disfrutona. En esta ciudad se convive en las calles peatonales, en las plazas y en los parques, al menos mientras se prolonga el buen tiempo. El tren que me trae de regreso de mis excursiones por los alrededores a veces se retrasa mucho por problemas técnicos (el sistema ferroviario alemán está atravesando un mal momento) y debo cruzar Colonia algo tarde, pero no camino sola porque al parecer aquí hay un gran ambiente nocturno en el centro, incluso entre semana. A pesar de contar con numerosos monumentos y bastantes estatuas ecuestres, son pocas las calles que conservan casas tradicionales y algo del sabor de antaño. Es motivo es el de siempre: los bombardeos destruyeron el caco antiguo, del que se reconstruyó una parte. Pero esta ausencia queda compensada por la catedral, que abulta lo suyo.
En su carácter agradable de ciudad animada, Colonia me recuerda a La Spezia, no sé por qué. Estuve aquí de adolescente, pero no recordaba casi nada, de modo que me ha encantado tener la oportunidad de conocerla mejor. Lástima que esta vez me haya tocado en suerte un cuarto de baño adornado con telarañas, pero esa es otra historia.
He aprovechado, como de costumbre, para visitar otras ciudades de los alrededores. Hago un breve listado de los que más me ha llamado la atención de cada una de ellas, que no es necesariamente lo que las ha hecho célebres. O sí, que yo tampoco soy muy original.
STUTTGART
Se me acumulan las entradas atrasadas del blog, y me cuesta poner en orden mis ideas. Para refrescar mi memoria, consulto a Miss Google imágenes de las ciudades que he visitado desde que estoy en Colonia. Por orden cronológico, miro la primera de ellas: Stuttgart. Llovía tanto ese día, me cayeron encima tantas tormentas una tras otra, que tuve que volverme antes de lo previsto, porque un manto blanco me oculta a las vistas, el fuerte viento me hacía imposible caminar, y pasaba más tiempo refugiada en las tiendas y bajo los puentes que en la calle. Pero aún así... no me suenan de nada las fotos que veo. Es posible que tras andar durante horas por el centro, me saltara todos y cada uno de los monumentos? Tan distraída soy? La respuesta es: no y sí. Porque nunca he estado en Stuttgart, y en cambio la ciudad adonde fui en esa fecha se llama Dūsseldorf. Qué lástima de niebla (cognitiva, y de la otra). Rectifico pues:
DÜSSELDORF
Ya me he desahogado sobre las condiciones adversas, pero a pesar de tener que luchar contra los elementos disfruté de la ciudad, en los raros momentos en que el sol se abría paso entre la negrura. Me gustó especialmente la avenida Königsallee, a la que cariñosamente llaman Kö. Es toda elegancia y esplendor al estilo del viejo mundo, ese que tanto me gusta y que ya sólo existe fosilizado en algunos rincones de esta Europa nuestra tan decadente. Este bulevar cuenta con elegantes edificios de los mejores estilos del s. XIX y el XX a ambos lados de un canal central, el Stadtgraben, bordeado de árboles muy frondosos y presidido por una espectacular fuente de un poderoso Tritón. Si la miras de perfil, parece que a) está cabreado y b) está orinando. Poderosamente.
Stuttgart, digo Düsseldorf, tiene otros muchos lugares de interés. Lo que ha quedado del casco antiguo cuenta con algunas iglesias y edificios tradicionales más o menos reconstruidos. Hay un monumento poblado de figuras angustiosas que conmemora la elevación de la villa a condición de ciudad en el s. XIII, tras una terrible batalla. Las plazas más antiguas son las habituales en Alemania: Burgsplatz y Marktplatz . Desde el paseo ribereño del Rhin, el manto de lluvia me medio oculta los famosos edificios de Frank Gehry. La lluvia me impide acercarme a los barrios del Pequeño Tokio y de Kaiserswerth, y visitar la casa de Goethe (esto último tampoco entraba en mis planes). Miss Google y yo tenemos un contencioso a la hora de volver a la estación, y a duras penas esquivo la siguiente tormenta. Y eso es todo.
FRANKFURT
Había estado aquí de adolescente en un viaje escolar, pero no recordaba casi nada. Al salir de la estación, sigo la Kaiserstrasse y observo el contraste entre las víctimas de las adicciones que pueblan sus aceras y las elegantes fachadas de sus edificios decimonónicos. Pienso que en Hamburgo el espectáculo es mucho más triste, y encima sin estas fachadas.
Desde el puente de hierro o Eisener Steg, contemplo el río Main y la bella torre defensiva de Eschenheimen. La plaza Römerberg y sus alrededores me entusiasman. Frente al bello ayuntamiento renacentista, veo a los invitados de varias bodas civiles que, una vez celebradas, se toman un refrigerio junto a la fuente. Como la plaza es tan amplia, hay espacio suficiente para que convivan varios enlaces al mismo tiempo. Están de pie en improvisadas mesas de camping bien decoradas, que han traído ellos mismos. Los novios están rodeados de pancartas con globos y también de amor. El ambiente es familiar, los trajes son baratos y el catering es casero, pero se les ve a todos muy felices y me da la impresión de que con esta sencillez tienen la oportunidad de disfrutar mucho más de su enlace que en la típica boda de postín.
De todas las iglesias históricas, la única que no está reconstruida es la de San Nicolás, que fue respetada por las bombas de la última guerra. Eso sí que es todo un milagro. Los edificios modernos de Frankfort también tienen algo de prodigioso, no en vano es esta una plaza importante entre las bolsas europeas y una sede de tantas instituciones financieras. La Main Tower tiene fama, pero no me subo porque no me considero obligada de contemplar las vistas desde lo alto en todas y cada una de las ciudades. De vez en cuando me doy un pequeño descanso de obligaciones turísticas, ya he explicado que no es esa mi intención al emprender este largo viaje.
Me encanta la placita dedicada a Friedrich Stoltze, un periodista fundador de un periódico partidario de la unificación alemana, cuyas citas son recordadas con cariño en la ciudad. Me las traduce Miss Google y efectivamente tienen mucha enjundia, pero carecen de sentido del humor. En Centroeuropa, a menudo echo de menos la retranca española, la ironía francesa, la jovialidad italiana o el sarcasmo inglés. La capacidad de sacarle punta a situaciones cotidianas y encontrarles de improviso el lado cómico brilla por su ausencia en estas tierras. Por lo que voy observando por la calles, los alemanes me parecen personas respetuosas, educadas y amabilísimas, también risueñas y divertidas si la ocasión se presta. Pero en su admirable patrimonio cultural pesa como una losa la herencia de tantos brillantes filósofos, ideólogos y literatos que, al parecer, se tomaron las cosas demasiado a pecho.
También aquí en Frankfort hay una casa donde vivió Goethe, y tampoco la visito. Este señor, precursor del romanticismo, no hacía más que viajar y me encuentro rastros de su paso y recuerdos de su presencia por toda Europa. Siempre me digo: la próxima vez me animo y me meto en su casa-museo, pero nunca lo cumplo. Tampoco conseguí acabar su Werther. Muchos jóvenes que sufrían de amores imposibles se suicidaron cuando se publicó, siguiendo el ejemplo del protagonista. No sé, quizá le pille el punto cuando ya esté recluida en una residencia de mayores, sin amores imposibles pero también sin nada mejor que hacer.
En Frankfort me ocurre un pequeño incidente desagradable. Me meto en un WC público que cuesta 50 céntimos. En la entrada, las barras de la canceladora están bajadas, y no hay personal a la vista a quien consultar. Introduzco la moneda de todos modos, esperando que salga un ticket, pero es una máquina muy primitiva y no recibo ningún justificante. Desde el interior de mi cabina oigo hablar en dialecto italiano a los empleados, que regresan a su puesto. Al salir, uno de ellos se empeña en afearme la conducta, porque no hay quien le convenza de que sí que he pagado religiosamente. Me coge del brazo para desalojarme. Por un momento, me veo teletransportada a ese otro mundo del que provengo, donde los hombres le dan lecciones de la vida a las mujeres porque a) piensan que somos tontas y hay que enseñarnos, o bien b) piensan que andamos por la mala senda y hay que enderezarnos. Pues bien, yo escojo la opción c) y la próxima vez me cuelo de verdad, para darle mayor autenticidad al rapapolvo y ahorrarme un dinerillo.
COBLENZA
Apunto en mi itinerario esta ciudad de oídas, sin mucha idea de lo que me voy a encontrar. Una vez allí, me maravillo de la gran espectacularidad del entorno y de la belleza de la ciudad en sí. Yo no sabía que aquí es donde se unen los ríos Rhin y Mosela, y que justo en ese punto hay un gran monumento ecuestre (reconstruido) al Kaiser Guillermo I, en cuyo reinado se unificó Alemania. El lugar donde está emplazado se llama Deutsches Eck, literalmente la esquina alemana. Está lleno de banderas y lógicamente guarda un gran valor simbólico para este país. Aunque no seas alemán, es imposible no emocionarse al contemplar la hermosura del entorno y lo que significa. Veo que hay un funicular que cruza el Rhin hasta lo alto de la fortaleza de Ehrenbreitstein, y allá que me subo, para poder deleitarme en la contemplación de esta maravilla desde las alturas. Me bajo algo arrepentida del arranque irreflexivo, pero los temblores creo que han merecido la pena, porque al sol de media tarde el panorama es espléndido.
Del resto de Coblenza me gustan su agradable ambiente de pequeña ciudad tradicional, su paseo ribereño y sus plazas, que muestran la atmósfera típica del paseo vespertino antes de que cierren las tiendas. No recuerdo el nombre de la plaza junto a la famosa fuente Schängel, pero me pareció un remanso de paz. Esta fuente representa a un niño llamado Jean (Schäng en pronunciación alemana), y leo que si te descuidas la criatura te pone perdida, porque de su boquita abierta sale un chorro de vez en cuando. Yo escapé bien seca.
Confieso que la basílica de San Cástor y el Palacio de los Príncipes Electores no me impresionaron como debieran. No tenía yo el día cultureta, por lo visto. En ocasiones experimento un ligero empacho de templos, palacios y museos, y prefiero perderme por las calles y los parques, y observar a la gente con la que me cruzo. Y también prefiero mirar el paisaje.
En este último aspecto, la verdadera sorpresa ha sido el viaje en tren desde Frankfurt a Coblenza. Resulta ser una ruta panorámica, equivalente a un crucero por el Rhin pero desde las vías. Pasamos por viñas tan empinadas como las de la Ribeira Sacra, y por pueblecitos ribereños encantadores con verdadero sabor local, siempre coronados por un castillo más o menos reconstruido y más o menos medieval (algunas veces se trata de una recreación de la época del Romanticismo o posterior). Todo es tan bonito que hay que pellizcarse. Tomo nota de los nombres de algunas localidades que he visto al pasar y que me han parecido especialmente hermosas en la línea ferroviaria a orillas del Rhin desde Frankfurt a Coblenza:
RÜDESHEIM, PALATINADO
ASSMANHAUSSEN
KAUB
ST GOARSHAUSEN
FILSEN
BRAUBACH
REMAGEN
BINGEN
BACHARACH
OBERVESSEL
BOPPARD
En el viaje de vuelta a Colonia, el tren pasa por Bonn. Pero estoy agotada y no me veo capaz de recorrerla, una ya va teniendo una edad. Si alguna vez tengo la oportunidad, visitaré las tumbas de Robert y Clara Schumann. Su amor fue inmortal y su música también, pero no será por ese motivo … sino por ofrecerle a Robert mis más sinceras disculpas por haber aporreado sin piedad sus “Escenas infantiles” durante años, sin haber mejorado en lo más mínimo mi interpretación. Robert, hijo: es que mis padres me compraron un piano y se empeñaron en que aprendiera a tocarlo, aunque claramente (pun unintended) no era lo mío. Menos mal que no podías oírme, que bastante tenías ya con lo tuyo en el sanatorio mental. De todos modos, te pido perdón tantas veces como mis deditos se equivocaron de tecla….
HEIDELBERG
Qué ciudad tan bonita, y tan barroca. Leo que los bombardeos aliados la respetaron por orden expresa de Churchill (a saber) por su importancia histórica como sede de una de las universidades mas antiguas de Europa.
El castillo- fortaleza del s. XV me conformo con mirarlo desde abajo porque prefiero dedicar las pocas horas que tengo a recorrer la ciudad. Es imposible enumerar las calles, plazas y edificios que me gustan, porque en el casco antiguo son prácticamente todos. Disfruto mucho contemplando las dos orillas del Neckar desde el Puente Viejo, con su monumental portada. Hay allí una estatua en piedra del Príncipe Elector, Karl Theodor, que se me antoja que guarda algún parecido a nuestro Emérito porque su pose es de gran orgullo y satisfacción. También es famosa la estatua de un mono que está ligada a una leyenda medieval, pero francamente me da un poco de pereza relatarla aquí. Además el reino animal, real o ficticio, lamento decir que no goza de mis simpatías en este momento. Estoy peleada con todas las abejas y gaviotas que me sabotean sistemáticamente la hora del picnic y me obligan a huir, sandwich en mano, de dondequiera que me había sentado un momento a comer.
Quizá la antigua universidad, tan celebrada, me decepciona un poco porque esperaba algo como lo que tenemos en Alcalá, Salamanca o similar, pero en vena germana. El gran edificio histórico que alberga la sede es un poco irrelevante comparado con otros que he visto en la propia Alemania y que no eran tan antiguos. Pero quizá no debería opinar a la ligera, porque no he podido visitar el interior.
En Heidelberg hay un gran ambiente. Todo el mundo está en la calle, propios y extraños (lo que incluye a los turistas y, sobre todo, a los estudiantes). Tres cosas que me llaman la atención:
Me encanta oír el bullicio y las risas de los estudiantes que almuerzan en un comedor universitario al aire libre, rodeados de edificios medievales en piedra. Con qué alegría y cariño se saludan tras reencontrarse, ahora que recomienzan las clases tras las vacaciones.
Presencio las celebraciones tras una boda civil a las puertas del ayuntamiento. Se casa un bombero, y sus compañeros uniformados le han preparado un túnel hecho con mangueras a la salida del precioso edificio renacentista. Los novios lo atraviesan, y a continuación se suben a la escala desplegable de un coche de bomberos. Suben y suben hasta colocarse muy por encima de los edificios del casco antiguo, que como mucho tienen cuatro alturas. Desde abajo observo que la novia no parece tener vértigo, y que curiosamente es el novio quien se agarra con ambas manos a la cesta de la autoescala. Por precaución, los bomberos cortan el paso a los peatones unos momentos. Durante un rato, todos los turistas que estamos abajo jaleando la operación pensamos que la novia va a arrojar el ramo a sus amigas desde lo alto, y especulamos sobre las consecuencias en varios idiomas. Pero no, y menos mal, porque sin duda las habría asesinado con el impacto, según las leyes de la física. La mayoría respiramos aliviados, pero alguno queda decepcionado.
En la plaza contigua a la de la Universidad, un grupo reducido prepara un stand desmontable y lo adorna con multitud de banderas a franjas horizontales verdes, blancas y rojas, con un león dorado sobre un sol. Consulto a Miss Google, y me confirma que se trata de la bandera de Irán, pero no la oficial del régimen de los ayatolás y su República Islámica, sino la de la oposición. Un vagón policial les vigila/protege discretamente desde una esquina. En mis paseos, oigo sus proclamas desde lejos. Pero cuando me asomo al cabo de mucho rato, reconozco a las mismas personas que montaron el stand y a nadie más. Hay más banderas que personas. La plaza está semi vacía, y unos metros más allá, la gente llena las arterias comerciales, ajena por completo a cualquier reivindicación. Es domingo y hace sol. La vida es bella.
MANNHEIM
Manheim se considera la segunda ciudad más fea de Alemania (la primera es Ludwigshaffen y está justo enfrente, en la otra orilla del Rhin). Yo desconocía este dato hasta que empecé a caminar por la cuadrícula de sus calles, llenas de edificios que no tienen nada de particular. Tiene una imponente iglesia jesuítica (los jesuitas nunca fueron partidarios de la sencillez en ninguna de sus formas), una Wasswerturm o torre para canalizar el agua, un monumento barroco en forma piramidal y un enorme palacio que data de cuando los Príncipes Electores del Palatinado mantenían aquí su corte, admirada en toda Europa.
En este palacio tocó Mozart, y visito su capilla, de la que aspiraba a ser Kapellmeister aunque nunca consiguió el puesto. Mi interés en visitar esta ciudad es puramente mozartiano. En la fase más cultureta de la adolescencia me enamoré de la música de Mozart y de la idea de que él fue uno de esos artistas que pretendían vivir de su arte al margen de la corte, sin el mecenazgo de un aristócrata que le trataba como a un simple sirviente (el Príncipe Arzobispo Colloredo, en su Salzburgo natal). Consiguió éxito como artista independiente durante una breve temporada en la que vivió lujosamente, pero cuando el público se cansó de la novedad de los conciertos por suscripción, Mozart se pasó el resto de su vida mendigando un puesto en varias cortes europeas y sableando a sus amigos, en medio de enormes penurias económicas. Aún así, nadie le quita la gloria de haber sido uno de los primeros, en la era moderna, en considerarse liberado del poder para dar rienda suelta a su creatividad sin ataduras. Aunque le durara poco.
Mozart, músico itinerante y gran viajero, estuvo en Manheim varias veces. Pero la principal fue en 1777, cuando de camino a París desde Salzburgo hizo un parón de varios meses en esta ciudad para buscar trabajo en la corte del Príncipe Elector, porque la orquesta que este mantenía en su palacio tenía fama de innovadora. De hecho fue la primera que utilizaba efectos sonoros de gran expresividad, como el “crescendo”, y se considera la precursora de la orquesta moderna, donde el viento tiene tanta importancia como la cuerda. El joven Mozart aprendió aquí mucho, y su música se sofisticó. De paso, se enamoró locamente de una soprano llamada Aloysisa Weber. Pero nunca consiguió ni el empleo en la corte palatina ni comprometerse con su amada, que lo rechazó. Terminó buscándose la vida y conformándose con la segunda mejor opción en el campo laboral y en el amoroso: un humilde puesto de maestro de capilla en la corte de Viena, y un matrimonio con la hermana menor de Aloysisa, Constanza. Afortunadamente para la música, nunca fue conformista en el campo de la composición.
La obra teatral “Amadeus” de Peter Schaffer, luego llevada al cine, es un estudio psicológico muy interesante sobre algunos aspectos de su personalidad, que ha sido malinterpretado y que ha dañado su reputación de cara al imaginario colectivo. Sigue la idea de una obra anterior del poeta ruso Ruskin y la desarrolla en clave contemporánea. Pero tras la popularidad de la película de Milos Forman, la gente está convencida de que Mozart era un genio tirando a gilipollas con una risita ridícula. Lejos de ello, era un genio-genio marcado por una infancia muy complicada, como explica el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera en su libro “Locos egregios”. El Mozart adulto arrastraba rasgos de infantilismo, como una tendencia al humorismo caca-culo-pedo-pis, y cierta ingenuidad en el trato con las personas. Pero era sincero, y su música también lo es. Yo le admiro muchísimo, y de joven he disfrutado de los lugares mozartianos en Viena y Salzburgo como un niño en una confitería. En casa tengo toda una colección de CDs y unos cuantos libros biográficos, uno de ellos es tan gordo que puede impedir un portazo los días ventosos. Entre eso y las horas de felicidad que me ha proporcionado, le estoy muy agradecida a mi amigo Wolfgang Amadeus.
AACHEN
Casi en la frontera con Los Países Bajos, Aquisgrán, o Aix-la-Chapelle, según preferencias por una época o la siguiente, es una maravilla medieval que visito, una vez más, guiada por su fama pero sin saber muy bien qué me voy a encontrar allí. Me sorprende lo precioso que es el casco antiguo, y también lo agradable que es su ambiente.
En este punto anoto aquí que me esfuerzo en buscar en un diccionario de sinónimos un sustitutivo para los términos “ambiente” y “atmósfera”, de los que por repetidos ya los tengo gastados. Pero ninguna alternativa me convence ni expresa lo que intento transmitir. Le doy más importancia al ambiente y la atmósfera que me encuentro en un lugar, que al lugar en sí. No me importa que sea una afamada ciudad boutique con monumentos célebres, o una ciudad pasada de moda donde la estética y el buen gusto brillan por su ausencia, pero si la primera me resulta meliflua y la segunda rebosa de dinamismo en sus calles y tiene una buena oferta cultural, está última se gana mis simpatías y mis preferencias. Hay ciudades carentes de vida y ciudades muy vividas.
Aquisgrán es de esos lugares afortunados que aúnan todo: la belleza, la importancia histórica y el gran ambiente. Tiene un aire provinciano y a la vez ese dinamismo propio de las ciudades universitarias. En sus calles se oyen muchos idiomas, y lo mismo te cruzas con estudiantes que con turistas o incluso con peregrinos, porque forma parte de una de las rutas jacobeas.
Al ser domingo, algunos monumentos están cerrados por la tarde. Pero consigo husmear en el precioso ayuntamiento renacentista, y sobre todo en la catedral. El busto de Carlomagno (conteniendo su cráneo) no puedo verlo porque según me informan sólo se muestra en visita guiada, y hoy el guía que se encarga está enfermo. Matizo la desilusión pensando que a mí los restos mortales en plan reliquia me dan bastante asquete, por históricos que sean, aunque ya estén más secos que la mojama y encerrados en un molde de oro con la supuesta cara del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Los horarios guiados restantes están completos, y la incidencia me priva también de ver el tesoro y el sarcófago de Proserpina, pero no así el sarcófago dorado-doradísimo que se exhibe detrás del altar. Ambos albergaron parte de los restos del emperador. Yo a estas alturas ya me he hecho tremendo lío, y me pregunto si donde está la parte de su momia que es la más grande en tamaño se puede considerar su tumba, o si habría que hacer un pack con las tres. Cuando me entero de que además hay un molde de una mano que también contiene un hueso de su brazo ya lo dejo correr definitivamente… Qué necesidad había de ser tan encarnizadamente antihigiénicos. Ay, de verdad.
Carlomagno se trajo muchos souvenirs de Roma, con el visto bueno del Papa León III, y qué menos, porque ambos se ayudaron mutuamente a entrar en la gloria y de paso en la historia también. Lo que hoy día se llama una win-win relationship.
Giro en torno a la Capilla Palatina, que me debería gustar mucho porque no sólo alberga tesoros relacionados con Carlomagno, sino porque parece que es la cumbre del arte carolingio en la catedral más antigua del norte de Europa. Pero lamento decir que, así como el exterior me atrae, el interior me provoca rechazo. En mi personalísima opinión, las columnas romanas de mármol que el Papa León III le regaló a Carlomagno casan mal con todas las teselas doradas que adornan los mosaicos de la bóveda. Pero a Carlomagno no hay quien le tosa, y con razón porque es el padre de la idea de la unidad de Europa como concepto, y como consecuencia Aquisgrán es el corazón del europeísmo, como atestiguan los premios que aquí se otorgan. Así que me meto mi opinión en el bolsillo y sigo andando por esta bellísima ciudad.
Busco los restos de la muralla de Bar arroja, y encuentro un par de portadas de entrada a cual más bonita, la Marschiertor y la Ponttor. Me acerco al manantial téemico tradicional que da nombre a esta ciudad “de las aguas”. El manantial de Elisa está albergado en un elegante y sobrio edificio neoclásico semicircular con columnata. Allí hay unas fuentes con grifos donde la gente “tomaba las aguas”, es decir, llenaban sus vasos. Vaya trago (pun intended) porque este agua mineral sale bien calentita y huele a huevos podridos. Todo sea por la salud. Salud! Clink!
En torno al manantial de Elisa hay un mercadillo callejero de antigüedades y artesanía. Me gusta cada tacita de té que veo, y es una suerte que no me quepan en la maleta. A lo que no puedo resistirme es a probar el dulce típico de Aquisgrán, el Printen, que compro en una pastelería tradicional llamada Van den Daele. Desgraciadamente para mi dieta, este bizcocho duro de jengibre está buenísimo y no lo venden por unidades, sino en bolsitas. La mía está vacía a la media hora. Jugueteo un poco con la fuente de las marionetas, un ingenio muy ídem que te permiten cambiar la postura de sus personajes de guiñol, porque son articulados aunque estén esculpidos en bronce. Luego contemplo la fuente de dinero, donde se muestran, a través de unos personajes en tamaño real, todas las formas de transacción económica posibles. La más impactante es la usura.
Será por fuentes. Será por puentes. Por catedrales, por plazas, por estatuas, por museos. Por ríos, por bosques, por verdes praderas. Alemania es una gran belleza rejuvenecida tras una vejez prematura, que sigue en permanente reconstrucción. Cuando la acaben, quedará muy bonita. A ver si esta vez dura.
Hasta ahora he picoteado en las regiones de Schleswig-Holstein, Baja Sajonia, Rhin-Westfalia, Brandeburgo, Sajonia y Renania-Palatinado. Ahora me marcho de Colonia, camino a Nüremberg y Bayreuth. Desde allí, el viaje en tren hasta Pilsen (Plzen) en la República Checa es mucho más corto. El mapa ferroviario manda, y hago ahora esta pequeña incursión en Baviera casi pasando de largo, pero volveré a esta región cuando regrese por estas tierras, girando por el mapa en el sentido de las agujas del reloj, desde Austria. No me puedo saltar Múnich bajo ningún concepto.
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