Más notas genovesas:
- Encuentro la Librería Bozzi, que dice ser la más antigua de Italia (1810). Parece que los grandes escritores, cuando el grand tour les traía por aquí, pasaban a visitarla: Dickens, Melville, Stendhal, Henry James. Hay muchas y muy buenas librerías en esta ciudad, y muchos kioskos bien surtidos venden exclusivamente libros.
La iglesia de la plaza contigua, San Siro, tiene una Anunciación de Gentileschi que me encanta.
- Las contraventanas son siempre verde oscuro, como seña de identidad (en el Midi eran casi siempre azul pálido).
- Aquí la mendicidad es más agresiva que al otro lado de la frontera, donde los clochards tenían un aire más resignado.
- Las cuatro rutas que te sugiere el plano turístico oficial pasan invariablemente por calles infestadas de prostitutas. Casi todas caribeñas, casi todas enfrascadas en la pantalla de su móvil. Seguro que ya había prostitutas por ahí en el Cinquecento.
- Aquí también hay estatuas de santos que adornan las esquinas subidos a sus peanas, pero estas han ascendido de categoría y aquí son auténticos templetes barrocos. Se utilizaban para alumbrar, con sus velas y faroles, las calles por la noche. Y las sufragaban los gremios que tenían sus talleres en cada calle, con una competitividad que explica que esas obras de arte sean tan elaboradas y en algunas zonas, según se avanza, vayan aumentando de tamaño. El "yo no voy a ser menos" como acicate.
- En toda la miríada de iglesias siempre hay dos o más personas frente a la puerta, que vigilan a los curiosos que entramos en ellas. En la Chiesa Della Madalena, una bombonera barroca forrada de frescos, una de estas señoras se me acerca muy solícita a contarme la historia del templo de forma altruista. Le agradezco su gesto y le pregunto si existen en Génova suficientes feligreses para tantas parroquias como hay. Me contesta que suelen estar vacías y sólo se llenan en determinadas misas del fin de semana.
- Junto a la Porta Soprana de la muralla medieval, se reconstruyó la supuesta casa de Cristóbal Colón, después de haberla echado abajo tres siglos antes. Pentimento. Podían haber conservado la auténtica, porque esta al menos a mí me resulta falsa. Otra gloria local es Paganini, auténtica estrella del rock avant la lettre. Su violín "cañón" se expone en uno de los palazzos.
- En los muros de Génova no sólo lucen frescos artísticos, sino que abundan también las pintadas antisistema, sobre todo las de los anarquistas, tan presentes siempre en Italia. El nombre de un estudiante muerto en enfrentamientos con la policía durante una protesta callejera asoma una y otra vez. En muchas calles del circuito turístico se reparte prensa libertaria.
- Las tiendas y bares del casco antiguo son establecimientos humildes y hasta precarios, pertenecientes a épocas pasadas y en condiciones ya superadas. Hay largas colas en los fornos, donde venden las deliciosas focaccias, y en las carnicerías. Hay que alejarse hasta los elegantes soportales de la larga Vía XX Setembre para encontrar comercios con las instalaciones puestas al día.
- Los poderosos mercaderes y banqueros genoveses no sólo engrandecieron su patria, sino que se expandieron por Europa. Recuerdo una calle de Sevilla con su nombre, en el lugar cercano a la catedral donde estaba la lonja en la que mercadeaban con sus préstamos, vitales para la corona y para el comercio marítimo.
- Génova se resistió a la sangrienta invasión del rey Vittorio Emmanuelle en el siglo XIX, y para que quedara claro, junto a la estatua ecuestre del monarca se encargaron de levantar una placa bien grande que manifestara su descontento. Viene a decir algo así como que que se rindieron, pero sin convicción.
Anecdotario:
- No había sitio en mi anterior pensión para el fin de semana, y me he cambiado de alojamiento. El nuevo está en la Vía Lomellini, paralela a la Strada Nuova, en un edificio de siglos de antigüedad con frescos deslucidos y ya medio borrados en su fachada. Desde mi ventana veo, justo enfrente, el palazzo donde habitó uno de los fundadores de la patria italiana, Mazzoni, que ahora es el Museo del Risorggimento.
Por dentro, la pensión es un piso con mil recovecos, y uno de ellos es mi baño "privado y externo", es decir, tengo las llaves pero está unas puertas más allá. Al menos la ducha es de cabina, no a la italiana como tuve hace años en Florencia, donde cada vez que me duchaba tenía luego que secar el inodoro y el suelo.
- La parejita feliz de la habitación de al lado me augura una noche de insomnio y muchas dosis de paciencia. Las risitas me indican que las prácticas son consentidas, pero el oírlas me duele hasta a mí. En fin, triunfa el amor sobre el merecido descanso. Eros jorobando a Morfeo.
- A las ocho en punto empieza el repicar de campanas y carillones en el casco histórico. Lo recibo como una licencia que me da carta blanca para empezar a hacer ruido. Casto y puro, eso sí.
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