Tivoli, la antigua Tibur, está a las afueras de Roma, de hecho forma parte de su área metropolitana. Está en alto y tiene muchos manantiales y cascadas, lo que favoreció que muchos personajes poderosos de la capital se construyeran fastuosas villas de veraneo que les permitieran huir del terrible calor romano.
He ido a la Villa d' Este, y luego a la Villa Adriana. Lo que sigue es sólo mi opinión, y no está basada en otra cosa que no sean mis sensaciones en casa uno de estos dos lugares, sin más pretensión.
Villa d'Este, que está sólo a diez minutos andando desde mi alojamiento en Tivoli, es un magnífico palacio renacentista con unos jardines colgantes en cascada, que se hizo construir el cardenal Hipólito d'Este (hijo de Lucrecia Borgia y de Alfonso d' Este) cuando el papa, para pagarle sus favores, le concedió terrenos y prebendas por la zona.
Después de haber pasado varias horas recorriendo sus posesiones, yo he llegado a la conclusión de que este hombre, aparte de ser un mega-vanidoso (ninguna novedad, dado su rango y linaje), no andaba nada bien de la cabeza. Y encima era un depredador que se llevó muchas cosas de la Villa Adriana, queriendo emularla, porque los mitos de la antigüedad son, admitámoslo, mucho mas entretenidos que los de la Contrareforma. De modo que Don Hipólito colocó al mismísimo Hércules en toda la copa de su árbol genealógico, y quiso convertir el parque de su palacio en el jardín de las Hespérides, donde crecían las naranjas que daban la eterna juventud. Lo que no impidió que se muriera al poco tiempo de inaugurar su ambicioso proyecto de casoplón. A lo mejor le sentaban mal los cítricos, como a mí.
Las estancias que se visitan en su palacio son magníficas, y los frescos que las adornan han sido concebidos, diseñados y ejecutados con exquisito buen gusto por unos artistas en estado de gracia. La situación del edificio le procura unas vistas inmejorables sobre los montes circundantes y la llanura que conduce a Roma, pero es que lo que se puede contemplar desde las ventanas y balconadas tiene su réplica en los muros, cubiertos de trampantojos que evocan paisajes de ensueño y arquitecturas fantásticas. A mí el palacio me ha gustado muchísimo, y he salido al exterior dispuesta a disfrutar del jardín.
Pero... Me he encontrado con un espacio totalmente invadido por los deseos desmedidos de Su Eminencia Reverendísima de epatar a sus invitados. Con fuentes gigantescas, donde no caben más surtidores, ni más estatuas, ni más alegorías. Con escenografías que aprovechan la pendiente de la ladera para lograr un efecto aún más colosal. Con de todo. Y en demasía. Repito que es mi opinión, yo sé que estos jardines tienen un valor incalculable, que influyeron en la jardinería posterior, que estas fuentes son un prodigio de creatividad, y que son Patrimonio de la Humanidad. Pero a mí me han parecido agobiantes, mentiría si dijera otra cosa.
Hay muchos jardines históricos donde las fuentes son protagonistas, y yo he visitado algunos de ellos, en Aranjuez, en La Granja, en La Alhambra. Pero creo que están concebidos de forma más armónica y que dialogan con el paisaje. En la Vila d'Este, yo sólo he escuchado el bramido de unos surtidores que sacan agua con una potencia ensordecedora. Y las estatuas no me han parecido amables, sino inquietantes... En la película Ludwig, qué rodó Visconti sobre la vida del rey loco Luis II de Baviera, hay una escena que he recordado esta mañana. La emperatriz Sissi (una Romy Schneider ya madura que retomaba el personaje) le hace una visita a su sobrino el rey loco cuando uno de sus desmesurados palacios está a medio terminar. Entra por un largo, larguísimo corredor, cubierto por un espejo que va del suelo al techo, con multitud de candelabros de pie de enorme tamaño alineados, multiplicado su número por el espejo que tienen detrás... Sissi avanza boquiabierta por aquel pasillo, hasta que estalla en carcajadas incontenibles.
Por contraste, la Villa Adriana... qué serenidad, qué delicadeza, qué saber estar. Es la obra de un hombre culto, cosmopolita, refinado. Sevillano, por cierto, porque provenía de Itálica. Son más de cien hectáreas de campos de olivos, cipreses, plátanos y otros árboles maravillosos que no he sabido identificar (castaños?). En el suelo, aparte de hojas amarilleadas, había bellotas y madroños. El día ha estado nublado, lo que le ha aportado a la visita un toque melancólico, muy apropiado al tono que le dio Marguerite Yourcenar al personaje del emperador en sus Memorias de Adriano.
La villa en sí la componen decenas de edificios, todavía en pie, que formaban una ciudad dedicada al reposo y deleite del emperador, su familia y su entorno. Hay palacios, termas, bibliotecas, teatros, estanques, templos, y casas para alojar invitados, militares, esclavos y hasta bomberos. Una de estas edificaciones, según mi audioguía, la mandó construir Adriano al volver de su viaje a Egipto, viaje en el falleció su favorito, el bello Antinoo. De modo que el templo está dedicado al amante muerto, parece que por propia mano. Más tarde, fundó una ciudad con su nombre, Antinoopolis, en el lugar donde el joven se había ahogado en Egipto. Y le hizo dios. Faltaría más.
Este Antinoo fue el causante de que yo, en una visita de juventud a los Museos Vaticanos, arrastrara a dos amigas en los días del caluroso ferragosto por todos y cada uno de los pasillos, hasta encontrar su busto. Quería contemplar de cerca la belleza que había deslumbrado al emperador... (no sé cómo me aguantaban, la verdad). Luego descubrí que el Museo del Padro también exhibe un busto suyo.
La parte más hermosa y reconocible de la villa es sin duda el estanque y canopo. Qué evocador, con sus estatuas reflejadas en la superficie. He recordado la música que tanto me obsesionó de joven, la banda sonora que Wim Mertens compuso para El vientre del arquitecto, una película de Peter Greenaway que hoy encuentro insoportable, pero que me tragué encantada en mi etapa cultureta y pedantuela de los 18 años, cuando me entregué en cuerpo y alma a la música minimalista. Hay un corte que se llama The Villa Adriana/Close Cover, y la música prácticamente describe las sensaciones que se respiran en este lugar tan bello.
Notas:
- Tivoli tiene un puente sobre el río Aniene (cuyas aguas daban de beber a Roma, y fueron canalizadas por Don Hipólito para sus fuentecillas). Según Miss Google nos iba acercando a mi maleta y a mí, desde la estación, me entró un vértigo espantoso sólo de pensar que el alojamiento iba a estar justo encima del enorme tajo, con cascadas incluidas, sobre el río... Pero no, estoy en segunda línea de puente, y eso me ha permitido conciliar el sueño sin ponerme a pensar en que la casa va a rodar por el barranco o algo.
A un corto paseo están el templo circular de la Sibila y la Villa Gregoriana (del papa Gregorio XVI), ambos sobre el tajo, que sí podían haberse despeñado, pero que ahí siguen desafiando al precipicio.
- Tras el cardenal d' Este, su Villa fue pasando por varios propietarios, hasta que los austríacos Hohenllohe la habitaron y la restauraron. Entre sus buenas acciones también se cuenta el que dieran allí cobijo a Lizst, que como toda estrella de la música necesitaba un refugio donde huir de sus fans y donde poder componer en paz y armonía (excuse the pun). Vivió allí por temporadas durante veinte años.
- Leo que de las canteras de Tivoli provenía un tipo de mármol llamado travertino, con el que se embellecieron muchos monumentos eternos de la Ciudad Ídem.
- En mi primer día en Tivoli me he dedicado a explorar la antigua judería, en la orilla del río. Y me he encontrado con pintadas nazis: Juden raus! He visto sinagogas en este viaje custodiadas por el ejército, en Verona por ejemplo. Cómo se está repitiendo la historia un siglo después, paso a paso, con precisión de pesadilla. The writing on the wall, precipitado por una masacre terrorista y un genocidio impune, pero cuyas causas vienen de mucho más atrás. Qué tiempos bárbaros estos.
- El ambiente de Tivoli en las calles comerciales es el de un pueblo. La gente camina sin prisas, se paran a saludarse con toda parsimonia, los repartos se hacen tranquilamente. Y hay una farmacia donde parecen muy optimistas y seguro que lo curan todo, la del Doctor Pallante. Fuera de la zona comercial, es una población poco iluminada de fachadas sin enfoscar, por donde no camina casi nadie al caer la tarde. Las calles son tan sumamente estrechas y retorcidas, que los coches a veces se quedan trabados si no han calculado bien el hueco, y tienen que maniobrar hasta liberarse. He sido testigo en el casco histórico.
- A la salida de la Villa Adriana he esperado un rato el autobús de vuelta a Tivoli (dista unos seis kilómetros). Sentados conmigo estaban dos muchachos norteamericanos. Uno le preguntó al otro, Y qué te ha parecido esta villa romana? La contestación es muy característica: Me ha parecido carísima... calcula lo que costó en su día construirla, traer los materiales, pagar a los arquitectos, y lo que costará en dinero actual...
- En la Villa Adriana me he perdido varias veces, a pesar de que la audioguía, el mapa y las cartelas no podían explicar el recorrido con mayor claridad. Miss Google se sentirá vengada, supongo.
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