En Ragusa. Me voy apartando un poco de la costa porque la línea férrea está trazada así, y también porque las ciudades que me parecen más interesantes están por aquí. Llegué a mediodía, y aunque el cielo ha estado nublado y en los valles había algo de calima, por la tarde ha despejado bastante, permitiendo una visión panorámica desde el promontorio donde se sitúa esta ciudad partida en dos. Este paisaje es menos verde y más rocoso, parecido al de ciertas zonas de Andalucía.
Ragusa es, nuevamente, una reconstrucción tras el terremoto de 1693. Y nuevamente se reedificó la población llenándola de templos y palacios barrocos. Pero un poco más allá, lo que hizo que hubiera dos cascos urbanos separados desparramándose por las laderas (Ragusa Superiore y Ragusa Ibla), hasta que se trazaron varios puentes y finalmente se reunificó la ciudad como entidad administrativa única. La rodean dos valles con profundas hondonadas y las vistas son espectaculares. Hasta aquí la reseña más árida. Ahora entramos en detalles más particulares en las
Notas:
- Ragusa es bella, pero au naturel, sin maquillaje. Muestra su cara más auténtica sin complejos, pero con dignidad. No es una ciudad boutique retocada para deleite del visitante. Es una ciudad barroca que conserva intacta su atmósfera de otro tiempo, y en Ibla ese tiempo retrocede unos 300 años. Personalmente, agradezco que las aceras en el casco histórico sean practicables y estén bastante limpias.
-La catedral de San Giorgio es una preciosidad, aupada sobre una escalinata que le aporta un efecto de gran escenario operístico. En su interior me llama la atención la figura policromada de un San Jorge bigotudo, sobre un caballo rampante, que amenaza con su lanza un dragón verde tirando a horroroso, que en su época debió de ser el equivalente a esos monstruos generados con efectos digitales del cine actual. La imagen está sobre andarillas porque la sacan en procesión. Lamento decir que no me gusta nada.
- Hay otra iglesia con la misma fachada cóncava que la catedral, la de San Giuseppe, pero que no es tan aparatosa y me parece de gran delicadeza. No puedo entrar por encontrarse en obras.
- En la Piazza Duomo se encuentra el hermoso edificio del Circolo di Conversazione, que desde fuera me parece un híbrido entre un ateneo y un gentlemen's club. Por los ventanales se puede ver que el interior tiene magníficos salones con cortinajes y paredes forradas en rojo, lámparas de araña y mobiliario decimonónico. En un butacón, un señor con gafas de pinza lee el periódico. Levanta la vista y mira como yo le miro. Lo que no sabe es que mentalmente le estoy colocando una levita y un lazo al cuello para que no desentone.
- Me meto en todos los patios que se me antoja. La mayoría está sin retocar, pero limpios. Son encantadores sin pretenderlo.
- Desde el Giardino Ibleo me acodo en el barandal de piedra para ver el perfil de Ibla, coronado por la fenomenal cúpula de la catedral de San Giorgio. Es una visión de pasados esplendores. Más tarde inicio el ascenso por los interminables escalones para regresar a Ragusa Superiore, que es donde tengo el alojamiento.
- Desde mis ventanas veo los tejados de la Ragusa Superiore, y también parte de la pared rocosa del cerro más próximo, cubierta de matorrales y pinos mediterráneos. A los pies de esta casa comienza una escalera que lleva hasta la otra Ragusa, Ibla. El camino de ida es una bajada en zigzag, y ofrece un panorama bellísimo de las cúpulas, el caserío y los valles. El camino de vuelta es laborioso, porque los peatones debemos subir una interminable escalinata que se interrumpe en algunos tramos... para continuar implacable al otro lado de la calle pobremente iluminada, que además debemos atravesar sorteando unos coches que cuando nos ven aceleran en vez de reducir. Así que mis esperanzas de haber llegado por fin se ven continuamente truncadas hasta que hago cima... La única ventaja que tiene este ejercicio cardio es que me alivia la conciencia, porque digo yo que estaré quemando alguna caloría que me ayude a bajar los panettone, los pandoro, los torroncini y los helados de los últimos días...
Anecdotario:
- En mi último desayuno en Noto antes de partir, conozco a una chica con la que me esfuerzo en hablar italiano, hasta que descubrimos que tenemos una lengua materna común porque es venezolana. Lo que me permite mantener una conversación de adulta, ya que mi nivel de italiano, tras estudiarlo cuatro años pero sin practicarlo hasta ahora, es el de una niña de unos diez añitos. La chica del café es bilingüe, porque su abuela materna proviene de Italia y mantuvieron los lazos familiares. Lleva aquí pocos años y está siendo acogida por su familia siciliana. Echa de menos poder hablar en español con alguien. No hay aquí venezolanos? Me dice que solamente argentinos recién llegados, y no tiene mucho trato. Siente nostalgia, pero ya es consciente de que al regresar, cuando las circunstancias políticas lo permitan, también sentirá nostalgia de todo esto. El sino del emigrante es convertirse en un inadaptado vitalicio, con un tesoro de vivencias cuyo precio a pagar es la añoranza multiplicada por dos. Esta chica es joven y guapa, de modo que saco mi bola de cristal y vaticino que se casará y tendrá hijos en Sicilia, y se quedará aquí para siempre.
- Es cierto que estoy viendo muchos argentinos en Sicilia. Y también muchos jóvenes que hablan un perfecto italiano bebiendo mate por la calle. Supongo que son emigrantes de ida y vuelta, algunos con lazos familiares a ambos lados del océano. Odio como la política complica innecesariamente la vida de la gente.
- Me dirijo a la estación de Noto, en las afueras. Es una estación de aldea, indigna de una ciudad patrimonio de la UNESCO que recibe un gran número de turistas en temporada alta. No tiene jefe de estación ni hay personal a la vista, ni taquilla, ni pantallas. Los horarios se tienen que consultar en un cartel. La megafonía es defectuosa. No hay servicios, ni cantina. La sala de espera, si la hay, está cerrada con llave, como todo el edificio. No hay paso subterráneo y hay que atravesar las vías para cambiar de andén. Enfrente, el campo.
En este bendito lugar pegan la hebra con mi persona tres hombres muy distintos. Un joven egipcio que dice ser albañil y que se dirige a Siracusa, pero que vive en Messina. Y dos señores mayores que también van a Ragusa como yo: un siciliano con un parche en el ojo que va a una revisión médica, y otro que es un turista francés de Niza, al que el desodorante le abandonó no recientemente, sino hace ya bastante tiempo. Nosotros no podemos abandonarle a él porque, como ya he explicado, las instalaciones de la estación no dan más de sí, ni tampoco de no.
El egipcio me habla de su hijo de cuatro años, al que ha dejado en su país. Me enseña fotos de su reciente peregrinación a la Meca. Dice haber aprovechado para visitar Japón antes de regresar a Europa. Increíble, el poderío adquisitivo de este supuesto muratore.
El siciliano es nativo del Val di Noto. Fuma negro, pero afortunadamente hace viento y no acierta a encender del todo su cigarrillo. El francés y yo le preguntamos cosas de Noto. Queremos saber cómo se pudo acumular tanta riqueza en este lugar, ya que los palacios y los templos son de un esplendor desmesurado para una población tan pequeña, que se dedica a la agricultura. El siciliano pone los ojos en blanco y pronuncia la palabra tabú: la mafia. Pero antes de eso, le insiste el francés. Ah, eso no lo sé la verdad, había muchas familias aristocráticas por aquí... Quiero preguntarle precisamente qué se les había perdido por aquí, pero me autocensuro. El francés se queja, resoplando, de que ha tenido que quedarse cuatro días en Noto porque no había transporte ni el domingo ni el lunes de la Epifanía. El siciliano se encoge de hombros con las palmas hacia fuera. Además, se está empezando a agobiar y se aleja hacia el filo del andén. Es inútil, pienso, los efluvios llegan hasta ahí también.
Al fin llega el tren, y coloco mi maletón como parapeto para sentarme sola. Saliendo de la estación de Ragusa coincido con el francés, que comenta: Quelle catastrophe! Dónde, pregunto, porque no observo ningún desastre por allí. Me señala el cielo. Lo miro, y veo que sigue nublado. En invierno. Pienso en esas expresiones andaluzas que definen toda una situación mejor que un tratado de sociología, como por ejemplo: mala pedrá. Le respondo que en Sicilia siempre termina saliendo el sol. Usted cree? dice, incrédulo. A este caballero me lo encuentro varias veces en el reducido casco histórico de Ragusa Ibla, en una tarde a ratos soleada. El día siguiente promete ser casi primaveral, sin una nube en el horizonte. Tiens!
- El panorama es espectacular, pero en estos valles las laderas son tan empinadas que dan vértigo. Cómo pueden vivir, y sobre todo conciliar el sueño, en estas casas suspendidas sobre el abismo?
Me quedo en Ragusa una segunda noche. La siguiente etapa es Agrigento, pero no he encontrado buena combinación de tren ni de autobús. Para evitar viajes largos que duren entre cinco y siete horas (con dos transbordos) desde Ragusa hasta Agrigento, haré una parada técnica en Caltanissetta. Una vez visitado Agrigento seguiré hasta Palermo, donde me quedaré cuatro días, con una visita a la cercana Cefalú. Y tras esto me planteo abandonar Sicilia en un vuelo directo al continente, ya que los itinerarios de las líneas de ferry me devuelven a la costa del mar Tirreno, y yo quiero avanzar hacia la del Adriático. Debo continuar hacia otros países. No quiero gastar todo mi presupuesto en Italia, aunque lo merece.
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