Hoy he estado en Celje, en la región de Estiria. Su casco histórico es justo la ciudad de cuento que se espera encontrar por estos parajes, con un parque junto al río (el Savinja), un puñado de iglesias con espigados campanarios, calles encantadoras con edificios de color pastel, plazas renacentistas, una columna de la peste, torres de la antigua muralla, un castillo en lo alto de un promontorio, elegantes establecimientos finiseculares, muchas bicicletas, ambiente tranquilo y reposado... y un pasado sangriento.
Celje, como cualquier lugar del mundo, tuvo sus invasiones y sus cambios de régimen hasta que el siglo XV los condes que lo regentaban murieron sin descendencia, y la villa la heredaron los Habsburgo. Desde entonces hubo aquí una comunidad de habla alemana que, por avatares de la historia, a veces gobernaba y a veces no, porque era desbancada del poder. Tras las guerras napoleónicas Celje formó parte del Imperio Austrohúngaro.
Y llegamos a principios del siglo XX, cuando algo más de la mitad de ciudadanos eran germano hablantes y se consideraban más austríacos que eslovenos. El fuerte sentimiento nacionalista germano en Celje sufrió un duro golpe cuando, tras la derrota del eje en la Primera Guerra Mundial, el Imperio Austrohúngaro desapareció de un plumazo. La ciudad quedó integrada en lo que luego se llamaría Yugoslavia, y los germanos perdieron buena parte de sus privilegios. Con la invasión nazi los recuperaron por un tiempo, pero la posterior derrota alemana les convirtió en proscritos en su propia ciudad, y los que no consiguieron huir con las tropas de Hitler cuando estas estaban en retirada, fueron expulsados poco más tarde. Los que se quedaron tuvieron que resignarse a vivir una vida apartada en pleno campo, sin hacerse notar demasiado.
No tengo ni idea de cómo sobrellevan este tema las generaciones posteriores, sobre todo las que han crecido bajo el paraguas de la UE. He leído que hay algunas asociaciones culturales en lengua alemana que buscan, con mucha cautela, preservar sus tradiciones. Y tanto en el folklore como en la gastronomía como en el arte, es evidente la influencia germánica en este pequeño y joven país treintañero. Pero el grueso de la población la componen los eslavos del sur, que son los eslovenos, enfrentados a su vez a otros eslavos del sur vecinos suyos en las repúblicas próximas, que Tito consiguió unificar durante unas pocas décadas, pero con mano de hierro. Al morir él y y al desintegrarse el bloque comunista, la bomba yugoslava terminó estallando. En este territorio marcado por una convivencia siempre inestable, todos los bandos de todas las contiendas, de cualquier etnia y religión, han terminado sufriendo deportaciones, encarcelaciones, fusilamientos, hostigamiento, limpieza étnica, censura, falta de libertades, denegación de derechos fundamentales. La gente joven quiere mirar al futuro, pero los políticos remueven los fantasmas del pasado. Algunos lugares son cruce de caminos y también de sentimientos encontrados.
Notas:
- Nada más bajarte del tren en Celje ya se puede percibir la huella de la antigua rivalidad entre germanos y eslovenos. Justo frente a la estación está el antiguo centro cultural germano, una espectacular fantasía modernista que recuerda a un castillo de princesa de Walt Disney, sólo que con buen gusto. El arquitecto era vienés. Esta enorme mole es toda una declaración de intenciones, porque se construyó como Deutsches Haus para hacerle la competencia a otra enorme mole muy elegante unas plazas más allá, que unas décadas antes se habían construido los eslovenos para que les sirviera como Narodni Don o Consistorio Nacional. Estos dos edificios tuvieron una función similar en la misma ciudad, pero para dos comunidades distintas que terminaron enfrentadas.
- Camino sin apartar los ojos del centro germano, y casi choco con una estatua que hay al lado. De espaldas parece Mary Poppins, una mujer con sombrero y abrigo que sujeta una maleta. Pero veo en la inscripción que se trata de Alma Karlin. Como sucede a veces en Eslovenia no hay más explicaciones, y en vez de pasar de largo la curiosidad me lleva a buscar información. Cómo me alegro de haberlo hecho, porque he descubierto una personalidad fascinante: nació en Celje, y fue la primera (segunda, según algunos) mujer que dió la vuelta al mundo viajando sola, en 1919 !!
Alma Karlin formaba parte de la comunidad germana de Celje, y nació con una parálisis que le cerraba un ojo, por lo que sufrió muchas burlas desde la infancia. Pero debía de tener una inteligencia y una fortaleza de carácter excepcionales porque se marchó sola a Londres, donde estudió una lista larguísima de idiomas mientras trabajaba. De Inglaterra tuvo que marcharse a los países escandinavos al estallar la Primera Guerra Mundial, porque por ser germana era persona non grata para los ingleses. Se preparó a conciencia en diversos campos como la historia, las ciencias naturales, la zoología y la botánica. Con este bagaje y con lo que había ganado montando una academia de idiomas al volver a Celje, se lanzó a viajar durante nueve años, en los que recorrió América del Norte y del Sur, el Lejano Oriente, las islas del Pacífico, Australia, Nueva Zelanda y el Sudeste Asiático. Se fue financiando durante el viaje publicando reportajes sobre sus andanzas para diversas publicaciones de la prensa alemana, que luego convirtió en libros. En sus recorridos reunió una colección de objetos que iba enviando por correo a casa y que están en un museo etnográfico.
Volvió para cuidar de su madre enferma, y ya no viajó nunca más por iniciativa propia, sino porque la deportaron brevemente durante la Segunda Guerra Mundial. Pero una amiga/alma gemela/amor platónico, una pintora alemana llamada Thea Schreiber consiguió salvarla, y ambas vivieron el resto de sus vidas desterradas de Celje, en una humilde casita en una aldea de Estiria hasta la muerte de Alma, desgastada por tantos avatares. Hay fotos de las dos, con caras largas y unos peinados feísimos que les sientan fatal, pero en amor y buena compañía. Qué bonita historia de coraje y superación.
- También hay en Celje un antiguo taller fotográfico que ocupa una especie de invernadero enorme de cristal en el interior de una manzana. El taller se llama Pelikan, apellido del fotógrafo titular que retrató todos los aspectos de la ciudad, tanto las calles como a sus habitantes, durante sesenta años. Sus fotografías se exhiben en el Museo de Historia Reciente, que no pude visitar porque tenía que coger el tren de vuelta, pero algunas de ellas están expuestas en la calle y son curiosísimas. Este señor era el auténtico cronista de la villa, sin duda.
- Subo a la colina donde, en la orilla opuesta del río, se asienta la abadía de los capuchinos. Los nobles de Celje se convirtieron al protestantismo con Lutero, pero volvieron a ser católicos con la Contrarreforma, y hay muchas iglesias preciosas de esa época. Esta ofrece una vista de la ciudad desde lo alto, y se accede por una larga escalera protegida de las inclemencias por un tejado a dos aguas. Mientras estoy arriba dan las doce y todos los campanarios de la ciudad tocan el Ángelus a mis pies. Parece que he viajado en el tiempo, y no me extrañaría encontrarme en el prado próximo a los campesinos que retrató Van Gogh, interrumpiendo su labor para orar con las cabezas bajas.
Anecdotario:
- Como en un dejà vu, me subo al mismo tren que el día anterior porque Celje está a medio camino entre Ljubjana y Maribor. Y a la misma hora, ocurre lo mismo que ayer: mi vagón se llena con un grupo, esta vez integrado sólo por mujeres algo mayores que yo. Y nada más instalarse en los asientos, una de ellas saca a pasear una botella de la bebida que huele tan bien y que ahora ya sé a lo que sabe y los efectos que tiene. Todas se toman su primer chupito del día, y no han dado las nueve todavía. Pero aunque me miran con disimulada curiosidad, esta vez nadie me ofrece nada, y yo se lo agradezco. La impresión que me dan los eslovenos en general es que son retraídos, pero si te diriges a ellos son muy amables, y siempre te devuelven la sonrisa. Este grupo de señoras deben ser excursionistas, por la ropa, el calzado y las mochilas que llevan. Algunas se quedan dormidas, o quizá anestesiadas, y otras charlan sin cesar. Ambientillo de carajillo, variante eslava.
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