Mañana cojo un tren mañanero hacia Zagreb, y doy por terminada mi aventura eslovena. De modo que hoy he querido aprovechar un día sin lluvias para dar un último paseo por la preciosa Ljubljana, y luego me he acercado hasta Novo Mesto, patria chica de la señora con más estómago del planeta.
(Un poco de comadreo. Cada vez que veo una foto suya pienso: Hay que tener estómago! Y Melanija Knavs, que vio la luz por primera vez en Novo Mesto en 1970, lo debe tener de PVC por lo menos. Porque luego vio no sólo la luz, sino también el cielo abierto, cuando ya era modelo internacional y conoció en Nueva York a quien le cambiaría solamente su apellido, que su destino ya se había encargado ella solita de cambiarlo. Pasará a la historia como Melania Trump, y no la envidio en absoluto).
But I digress, me voy por las ramas. Las anotaciones del día las escribo mientras espero el tren de vuelta en Novo Mesto.
Notas:
- Este sábado por la mañana Ljubljana ha estado muy animado porque es día de mercadillo, porque hay bastantes niños que no tienen clase y hay que pasearlos, y porque se ha renovado la población flotante de turistas de cara al fin de semana. He dado un largo paseo por los sitios que más me gustan de esta hermosa ciudad que las cortas distancias y el terreno llano hacen tan asequible.
- He descubierto algún nuevo rincón que hasta ahora me había pasado desapercibido, como un canal que conduce a un barrio residencial muy agradable donde hay muchos huertos urbanos. Y también, en la ciudad medieval, una callejuela que se llama del Herrero (su nombre original me resulta imposible de reproducir aquí). Es muy corta, comienza en la calle principal del barrio y desemboca en el río. Tiene en el suelo unas esculturas curiosísimas, muy intrigantes, del escultor surrealista local Jakov Brdar. Son cientos de pequeñas caras con todas las expresiones posibles, que parecen resbalar, llevadas por una corriente invisible, para desembocar en el río. Las esculturas de este artista también adornan toda la margen derecha del río, en la orilla de enfrente. Me parecen muy buenas y les encuentro mucho mérito, pero no puedo decir que me gusten para el lugar donde las han colocado, porque son bastante angustiosas, como de seres que se están derritiendo y se resisten inútilmente a desintegrarse. Creo que aportan un poco de desagrado a un paseo tan bello y tan grato. Pero para gustos...
- Novo Mesto está situada sobre un meandro del río Krka, que la abraza casi por completo, lo que le da un bello aspecto de ciudad medieval. Es la ciudad más importante de la región de Baja Carniola, y está equidistante entre Ljubljana y Zagreb. Todo el entorno es plenamente rural: desde el tren que me lleva hasta aquí he visto llanuras cultivadas alternándose con colinas muy verdes y bosques espesos. Hemos hecho muchas paradas en los apeaderos de aldeas encantadoras y que son dignas de figurar en la ilustración de portada de un libro de cuentos. He visto garzas, cervatillos, caballos, ovejas y vacas. El sol se digna salir a ratos y entonces parece como si hubieran encendido los focos de un teatro, para volverlos a apagar tras una nube al cambiar de escena.
El propio Novo Mesto también resulta, al menos en su casco histórico, más pueblo grande que ciudad, con una atmósfera agrícola de pasado campesino. De ese pasado queda la producción de vino, pero su presente incluye una gran fábrica de automóviles, filial de la Renault, que es la más grande del país y que también surte a otros países de la zona. Estos días he visto muchísimo trailers y trenes transportando coches. Hay un par iglesias muy bonitas, en especial la de los franciscanos, y una plaza donde resalta un ayuntamiento con pequeños torreones coronados por cúpulas de cebolla. Pero a pesar de ser fin de semana, las calles de la ciudad antigua están casi completamente vacías. No me extraña que la joven Melania se aburriera y quisiera salir de aquí si lo suyo no era pasear arriba y abajo por la ribera del río, como he visto hoy hacer a sus paisanos.
Anecdotario:
- Ya desde el tren: el centro de Novo Mesto no tiene más que un humilde apeadero muy básico, pobremente iluminado, en la ribera del río. De modo que prefiero esperar mi tren de vuelta en una estación de las afueras, que resulta algo apartada pero al menos tiene personal al cargo, un porche techado y unos pocos bancos. Y focos bastante más potentes.
Me toca esperar más de una hora, y me siento a escribir, cuando uno de los ferroviarios sale del despacho a fumar y me ve. Le pregunto cuál de los andenes es el del sentido a Ljubljana, porque no hay ninguna pantalla ni tampoco megafonía en inglés. Me lo indica, y charlamos. Está a punto de terminar su jornada y claramente ya se siente de fin de semana, porque lo primero que me dice es que se marcha al cine a Zagreb a ver una película, el biopic de Bob Dylan que estrenan hoy. Le señalo el multicines cuyo letrero luminoso se ve a lo lejos. No la ponen ahí? No. Y en Ljubljana? Sí, pero es que el cine de Zagreb es nuevo, con pantallas mucho más grandes. Me informa de que está a 63 kms de distancia y me deja asombrada. Debes de ser un gran fan de Dylan para ir tan lejos... No, responde, pero me gusta mucho el cine. Es de Novo Mesto, y me describe con orgullo los lugares más bellos de los alrededores que no debo perderme en futuras visitas. También me cuenta que este lugar tiene su importancia como nudo de comunicaciones, con nada menos de seis estaciones, cuatro de viajeros y dos de mercancías. Le digo que su país me parece muy bello. Cuando le alabo lo limpio que está todo aquí, incluidos los ríos, repone: Cuando mis hijos eran pequeños se les podía lavar con agua del río, tan sana era. Y estaría todo más limpio si no tuviéramos gitanos. Parece un hombre afable, pero la coletilla ha surgido de la nada.
En estas llega el tren y nos despedimos. Espero que le guste la película y que le compense tan largo viaje. Lamento decir que nunca he conseguido interesarme por la música de Bob Dylan. Otros cantantes folkies de su generación sí me gustan mucho, pero su voz y su pose me tiran para atrás, no lo puedo remediar. Además opino que es una de esas personas que son antipáticas porque sí, porque les da la gana, y todo el mundo se lo perdona porque se le considera un monstruo sagrado. En fin.
Apunto ahora alguna cosilla que se me ha quedado en el tintero estos días pasados:
- He renunciado a visitar la famosa cueva de Postojna por falta de tiempo, pero también porque no me apetecía nada verme metida dentro de una cueva. No pretendo completar los itinerarios turísticos, sino que me muevo por intereses y apetencias personales.
- En Ljubljana hay una gran iglesia ortodoxa cuyo interior es muy hermoso. Entré el domingo pasado sin saber que estaba abierta para el culto, y pude observar como los fieles hacían cola para besar los diferentes iconos, y como luego se metían en un cuartito contiguo a la entrada, donde encendían velas que colocaban en anchos estantes metalicos, y permanecían orando allí dentro unos instantes. Por cierto que me pareció una práctica bastante peligrosa, porque era un cuarto muy estrecho y había muchas personas allí metidas... a lo mejor no tienen otro espacio, pero quizá podrían hacer cola fuera y guardar su turno para no amontonarse dentro y evitar así prenderse la ropa.
- La estación de Ljubljana aúna los viajeros del tren y los de los autobuses interurbanos. Como sucede con las grandes estaciones, a su alrededor se mueve un desfile continuo de tipos humanos, pero algunos están fijos allí, y esos son los más interesantes de observar.
Hay un señor que ha montado una liguilla de ajedrez junto a una parada de taxis, poniendo el tablero sobre una mesa cubierta con una gran sombrilla. Cada vez que paso, le veo compitiendo contra alguien y rodeados por un coro de curiosos. No sé si se apuesta dinero, o solamente la honrilla.
Hay gitanos de ojos claros y cabello rubio que te piden una y otra vez aunque les hayas dejado claro que no les vas a dar. Aparte de ellos, en Ljubljana he visto poquísimos mendigos y personas sin hogar, solamente un hombre que dormitaba en el suelo de la estación y algunos músicos ambulantes con aspecto de estar pasando por un mal momento. Supongo que las autoridades les quitan de la vista de los turistas y no les tienen permitida la entrada al casco histórico, porque debe de haber bastantes personas en situación de calle y en riesgo de exclusión social, como en cualquier otro lugar del mundo.
Sin ir más lejos, en el hostal donde me alojo duerme, en las literas del piso bajo donde el baño es compartido, un músico ambulante al que he visto tocar la trompeta en una plaza. También he visto una familia con niños en esas literas, aunque ya se han marchado. Puede que se trate de un alojamiento que los servicios sociales les han procurado. Las habitaciones de arriba, entre ellas la mía, tienen todas baño propio y creo que la mayoría de los que pernoctamos somos viajeros de paso. Todo el mundo es muy educado y no se oye una voz más alta que otra. El hostal es algo básico, pero lo limpian a diario y está muy céntrico, yo no tengo queja.
Para finalizar: esta semana transcurrida en Eslovenia he cogido el tren todos los días para explorar el país. Cuando ha hecho mal tiempo y hemos atravesado paisajes medio escondidos tras la niebla, bajo la luz azulada del invierno, por momentos mi imaginación (a lo Walter Mitty) me ha hecho sentir como la protagonista de tantas películas de época en las que un tren cruza Centroeuropa en tiempos oscuros, o sea, durante la mayor parte del siglo XX. De tantas como existen, mi preferida es Julia, de Fred Zinnemann, que adapta una historia de Lillian Hellman. En ella Jane Fonda acude en tren a la Alemania nazi para auxiliar a su amiga Vanessa Redgrave, portando una funda de sombrero donde oculta una suma de dinero para financiar a la resistencia. Cuando la vi por primera vez yo debía de tener unos diez años, y recuerdo haber temblado de miedo más que la Fonda de la ficción ante la posibilidad de que la descubrieran y la llevaran detenida. Pero en el siglo XXI, con cincuenta y cinco años, más que miedo, en el tren lo que tengo es o bien sueño o bien ganas de orinar. Y lo que porto es una maleta y una bolsa de viaje que son un estorbo porque abultan, pero no son un riesgo porque no contienen nada que no se pueda declarar. Tampoco hay posibilidad de que me lleven detenida porque llevo mis billetes de Interrail al día. Qué prosaica es la realidad, y menos mal!
Eslovenia me ha parecido un país bellísimo que he tenido la suerte de poder explorar en su estado natural, porque aunque es un destino popular aún no está masificado, y menos en pleno invierno. Me deja un muy grato recuerdo y además me llevo la mejor impresión de sus gentes. Hasta más ver!
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