Tras dos días aquí, creo que por fin he aprendido con penas y trabajos a pronunciar Ljubljana más o menos decentemente y sin ofender a nadie. Lo mismo con hvala (gracias) y prosim (por favor). Pero soy incapaz de memorizar el saludo zivijo (hola), así que voy deseando dober dan (buenos días) aunque ya casi sea de noche. En cambio, despedirse está chupado, porque se dice adijo. No saben cómo se lo agradezco.
Que por qué me esfuerzo, teniendo el inglés como lengua franca universal. Pues porque no todo el mundo entiende el inglés aquí si son un poco mayores, y les tengo que ir enseñando la pantallita que, cortesía de Miss Google, me traduce frases enteras al esloveno, pero para que la lean me los gano previamente con una o dos palabritas mágicas de mi cosecha. Ejemplo: me he enfriado un poco entre el bora y las temperaturas bajo cero, y si no llega a ser por Miss Google nunca hubiera podido comprar nada en la farmacia, a menos que les enseñara el pañuelo lleno de mocos, y no es cuestión...
Por las noches caigo rendida, de modo que escribo por las mañanas lo que me da tiempo mientras espero el tren. Luego completaré lo que mi memoria de pez consiga recordar del día anterior.
Ljubljana, en su centro histórico, me parece una ciudad bombonera. Preciosos edificios de carácter centroeuropeo tradicional, y modernistas al gusto de la secession. Numerosos edificios y monumentos contemporáneos que me gustan muchísimo. Algunas grandes plazas monumentales con enormes árboles. Un estrecho río de aguas verdes que cruzan unos cuantos puentes, un par de ellos con mucho estilo. Un terreno llano, donde todo es asequible a pie en las numerosas vías peatonales, y las distancias son siempre cortas. Un par de montículos, uno de ellos coronado por un castillo muy particular. Todo ello rodeado de maravillosos bosques que, si lucen así de bonitos en invierno, supongo que en primavera deben de ser gloriosos. Poca densidad de población, pero hay un cierto ambiente por unas calles por las que cruzan muchas bicicletas a todas horas, y se pasea mucha juventud por las tardes. Todo está limpio, todo está cuidado, todo está ordenado, casi todo está en silencio. La gente en general evita el contacto visual con los extraños, pero veo muchos grupos de conocidos que se paran a charlar en plena calle.
Me pregunto qué margen de espontaneidad es socialmente aceptable en un lugar como este, y si tras la última guerra de los Balcanes, hace ya más de treinta años, existe aquí mayor o menor tolerancia. La batalla eslovena para independizarse de la antigua Yugoslavia sólo duró diez días, por lo que las cicatrices sufridas aquí imagino que son mucho más leves que en el resto de territorios balcánicos desgajados de la matriz. Pero quién puede llegar a entender, desde fuera, un conflicto y unas vivencias que ya desde dentro se antojan muy densas y enraizadas en una miríada de conflictos anteriores. El complejo universo eslavo me resulta una galaxia muy, muy lejana porque soy hija del final de la guerra fría. Por tanto, mis opiniones son más fruto de la ignorancia y los prejuicios adquiridos que de una información imparcial. Me gustaría llegar aquí en plan tabula rasa, y observarlo todo con ojos nuevos.
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