Llevo varios días en Bruselas, pero la ola de calor me tiene tan aplatanada como si hubieran cogido el mapa de Europa y lo hubieran transportado al trópico. Parece mentira que viniendo de España me queje de estos calores, cuando allí tenemos las calores, así en femenino (el estigma!). Voy buscando la sombra, pero cuando llegamos a los 32°C con alta humedad ambiente, el dar un largo paseo me resulta más un sacrificio que otra cosa. Lástima, porque lo que en invierno no me supone un esfuerzo, sino un placer, ahora en verano resulta todo un desafío para mi fuerza de voluntad. Pero allá voy.
Yo recordaba Bruselas de mis dos anteriores visitas de adolescente como una ciudad muy animada una vez llegadas las vacaciones de verano, porque junto con Amsterdam es la capital donde converge la gente de los alrededores cuando busca diversiones. Pues bien, yo no sé si se debe al escapismo post-pandemia, pero el ambiente se ha multiplicado en todos estos años, y ahora, salvo a primera hora de la mañana, sus calles albergan multitudes dispuestas a divertirse a tiempo completo. Un recorrido al atardecer revela al paseante unas ganas de vivir colectivas que en principio no se le presuponen a una de las capitales más infravaloradas de Europa. Tiene fama de sosa, pero a mí el terraceo masivo, la música en vivo en bucle desde media tarde en adelante, y todos esos lugares alternativos en plena actividad creativa, me sugiere que aquí hay mucha vitalidad y bastante buen humor.
Esa ha sido una sorpresa para mí: descubrir que en Bruselas hay lo que mi madre llamaría "guasita". Me he tomado con muchos ejemplos estos días. Pero para muestra, una fuente: en el cogollito más céntrico, unos carteles escritos a mano que ponen Jeanneke Pis te van guiando hacia el callejón llamado el Impasse de la Fidélité. La fuente en cuestión representa a una niña con coletas agachada en cuclillas... sí, orinando. Algo así como la novia del Manneken Pis, pero con más tamaño y más cachondeo. Si le echas una moneda tu donativo te garantiza la fidelidad de tu pareja, y si no la tienes te queda el consuelo de haber contribuido a la investigación y prevención del SIDA. La tarde que estuve allí, los comentarios ante las nalgas al aire de la estatua eran que el dinero se gastaba en pañales. Este monumento se erigió por iniciativa del dueño de los bares de este callejón, de cuyos establecimientos cuelgan carteles que están a medio camino entre la promesa y la amenaza: se sirven cervezas con nombres como Delírium Tremens y Muerte Súbita. Los felices parroquianos arriesgan su vida allí, encantados de la ídem. Los turistas abstemios, o aún sobrios por lo temprano de la hora, simplemente nos empapamos de jovialidad borrachuza con sus efluvios correspondientes. Ah, y no puedo dejarme en el tintero una mención honoraria al Zinneke Pis, una escultura en metal de un perro callejero alzando la pata y orinando contra un bolardo de la acera. Parece ser que esto del pis desata la creatividad de los bruselenses.
Otra cosa que me ha sorprendido de Bruselas es lo sucias que están sus aceras. Esos chorretones de mugre no son recientes, mire usted. Las papeleras de las aceras rebosan, y cuesta mucho encontrar un hueco para depositar nada, de modo que los envases vacíos ruedan por el suelo. No toda la culpa es del ayuntamiento: la gente también es bastante incívica y contribuye a expandir y perpetuar la roña, dejando los restos de su diversión callejera tirados justo allí donde dieron por finalizado su botellón particular. Restos que me encuentro todas las mañanas, intactos, desde hace cuatro días. Veo camiones de basura y barrenderos, pero se conoce que deben trabajar por zonas con pocos recursos y no llegan a todo...
Teniendo en cuenta que esta es la capital administrativa de la UE, la imagen que ofrecen algunas zonas céntricas invita a hacer un pronóstico pesimista sobre el futuro incierto de la institución. Otro ejemplo: al llegar, el tren de dos pisos que me trajo aquí paró brevemente en la estación central de Bruselas, pero no me dió tiempo a bajar con Doña Resilia y Resilita los cinco escalones hasta la salida, y nunca me arriesgo cuando ya ha sonado el pitido del cierre de puertas. De modo que tuve que aperarme en la siguiente estación, la de Bruselas sur. Son sólo un par de minutos más allá, pero al salir a la calle te encuentras con unas condiciones lamentables de falta de mantenimiento si tomas una dirección, y de marginalidad pura y dura si tomas la otra. Este un barrio que te da entrada a esta ciudad por la puerta trasera. Lo cual es corriente en grandes ciudades de cualquier parte del mundo, incluida la mía... pero de la urbe que alberga la capitalidad de la UE yo me esperaba otra cosa, francamente. No sé qué me había figurado. Como rezaba aquella pintada en un muro de las Tres Mil Viviendas: EMOSIDO ENGAÑADO.
Pero Bruselas, aparte de la inventiva, las humoradas y la mala adminsitración de sus recursos, es ante todo una ciudad muy bonita con un patrimonio muy valioso, con brillantes joyas de la arquitectura que abarcan desde el renacimiento hasta nuestros días, pasando por el Art Nouveau (surgió aquí) y el Art Decó. Aquí se combinan algunos buenos y malos recuerdos.
La mala conciencia colectiva está representada por los abusos de Leopoldo II, cuyo reinado convirtió al Congo Belga en su fuente de ingresos personal, a costa de la inhumana explotación de los nativos. Algunas visitas guiadas al arco y la columnata del Parc du Cinquantannaire se centran en explicar las repercusiones esta herencia maldita. Por cierto que hay muchos africanos de la antigua colonia en Bélgica, y no sé cómo gestionarán este legado en su día a día.
Tampoco guardan los belgas un buen recuerdo de los tiempos en que estas tierras eran españolas. Hay referencias aisladas a nuestros Austrias (Carlos II) en algún edificio de la Grand Place. Hay una réplica exacta de las estatuas de Don Quijote y Sancho en Plaza de España de Madrid, en la plaza homónima de aquí. Hay un hotel Amigo (antigua prisión donde los presos llamaban a los carceleros españoles "amigo!" para pedirles clemencia). Hay un Café Roi d'Espagne. Y hay una ruta jacobea para iniciar el Camino desde aquí... Poquito más. Bien escasa herencia para un dominio que duró un siglo y medio, y cuyas huellas casi no perduran, salvo en unos pocos detalles. Entre ellos, que el Duque de Alba enviado aquí por Felipe II para pacificar los disturbios entre católicos y protestantes fue al parecer muy sanguinario al establecer el Tribunal de los Tumultos. Con esta institución pretendió por un lado recaudar tributos para la corona española y por otro ejecutar a los cabecillas de la rebelión. Ambas cosas las llevó a cabo con mano de hierro, y su celo implacable aún perdura en la memoria colectiva belga, de modo que según la leyenda su nombre evoca el coco para los niños locales. Dicho esto, a los españoles aquí nos tratan con toda cortesía y amabilidad, y puedo asegurarlo no sólo por mi propia experiencia sino porque he sido testigo muchas veces estos días.
Entre los buenos recuerdos para los bruselenses están todas sus épocas de esplendor, representadas por maravillosos edificios de múltiples estilos por toda la ciudad. Luego está el patrimonio cultural, con múltiples museos de todo tipo. El mestizaje, al que se suma una contracultura que te sale al paso en muchas calles, con locales de creatividad más o menos espontáneos y con centros de asociacionismo vecinal muy activos y muy implicados en las necesidades del barrio. Y por supuesto, la importancia crucial de Bruselas como capital de facto de la Unión Europea tras la Segunda Guerra Mundial en adelante.
Entre mis paseos preferidos por Bruselas, los de calles con mucho sabor como la rue Rollebeek, y todas esas callejuelas llenas de anticuarios entre la Place Poelaert y la Place du Petit Sablon. Me encanta todo el entramado del casco antiguo, pero acaba de empezar el verano y está tomado por las multitudes, para saborearlo en su esencia hay que madrugar. En cambio, para disfrutar de la zona de Albertina, junto al monte de los museos, hay que reservarse el atardecer, donde hay una aglomeración de jóvenes estudiantes disfrutando de la puesta de sol, de la música y de... sí, esa fragancia no es la de los jazmines precisamente. Se fuma hierba en abundancia, y si me quedo por allí un rato luego voy a avanzar en círculos. En torno al mercado o Halles de Saint Géry y asimismo alrededor de la plaza de Sainte Catherine hay un ambiente de terraceo/tardeo que emula el del mismísimo Madrid. También me paro delante de muchos edificios modernistas y art decó, que están diseminados un poco por todas partes. Yo ignoraba que el Art nouveau había nacido aquí, entre otros, de la mano de Víctor Horta, un genial arquitecto nacido en Gante. Qué maravilla.
En mi anterior viaje de adolescente, el colegio nos alojó en una residencia universitaria cercana al Atomium (al que llamábamos el Antoñito). Recuerdo haber subido a las bolas, y luego haber pasado por el pabellón chino y otros edificios de la Exposición Universal de Bruselas de 1958. Lo doy por visto esta vez, prefiero dedicarme a cosas que no he podido visitar antes.
En siglos pasados, Bruselas acogió a muchos refugiados de la Revolución Francesa y de las guerra napoleónicas. Como otros muchos intelectuales, las hermanas Brönte la escogieron, desde su pueblecito minero de Yorkshire, para hacer una incursión en el mundo exterior y abrirse a otra cultura con horizontes más amplios. Muchos exiliados y expatriados se han asentado aquí, entre ellos los de nuestra guerra civil (la acción del libro sobre los niños de la guerra titulado "El otro árbol de Guernica" ocurre aquí, en un internado llamado Le Fleury). La situación geográfica y cultural de Bruselas la convierte en uno de los ombligos de esa vieja Europa que se va desintegrando, pero que aún pervive. Aquí aún se respira, para bien y para mal, la esencia de este continente.
Notas:
- El ajedrez es un juego muy popular por aquí. Se juego en los parques y se venden muchos tableros con sus piezas en los anticuarios. En mi caso es un desafío para el que mi cerebro no está preparado. Mi padre, gran aficionado, intentó enseñarme a jugar sin ningún éxito.
- Hay muhísimos establecimientos dedicados al arte gráfico en todas sus manifestaciones. Y por supuesto hay referencias al cómic por toda Bruselas, siendo belgas tantísimos dibujantes célebres. En muchas paredes medianeras han aprovechado para pintar tiras de cómic en el muro, de modo que un paseo por el centro se convierte en un museo del noveno arte al aire libre.
Pero mi hallazgo preferido es el volumen que completa la colección sobre Tintín: "La vida sexual de Tintín". Me sorprende que tenga más de una página, porque es bien sabido que Tintín es totalmente asexual, dedicado como está el chaval en cuerpo y alma al periodismo. Y además se empeña en vestir jerseys de cuello vuelto y bombachos modelo anti-lujuria. Su único vínculo afectivo conocido lo tiene con su perrito Milú, y eso en un plano meramente casto y puro. Espero.
- Las tiendas de viejo son muy abundantes en Bruselas. En el escaparate de una de ellas veo un libro. Traduzco el título: "Fabiola, un peón en el ajedrez de Franco". Rebusco en internet, y Miss Google me ilustra sobre el contenido. La tesis del libro es que la familia de Mora y Aragón era afecta al régimen franquista (salvo la oveja negra, Don Jaime), y que Fabiola y por ende Balduino se mostraron demasiado cariñosos con el dictador, quien hasta les prestó una residencia para que vacacionaran en suelo español. Y que de esto se derivaron consecuencias políticas para Bélgica. Chi lo sá. Estos días he visto el busto de Balduino, frente a la catedral de Santa Gúdula, cubierto de pintura roja simulando sangre. Parece que el anterior monarca (dos reyes más p'atrás) no goza de las simpatías de las nuevas generaciones.
- De todas las manifestaciones pro Palestina que desde que empecé este viaje he visto cada sábado por Europa, las más multitudinarias y ruidosas son las de Bruselas. Que además se repiten entre semana, en torno al imponente edificio de la Bolsa. En todas abundan las banderas palestinas, y suelen estar presentes las libanesas. Pero ayer lunes ví por primera vez que se unían algunas banderas iraníes. Conforme se van ramificando los conflictos en curso, tanto en Oriente Medio como en Europa del Este, me va entrando más y más prisa por intentar abarcar mayores extensiones en mi recorrido, antes de que se extiendan las zonas vetadas al turismo. Al partir tenía la convicción de que iba a recorrer una Europa pre-bélica, y de momento no he visto nada que me lo confirme, pero tampoco nada que me lo desmienta. Es más, estoy a la expectativa porque, aunque las bombas caigan muy lejos de aquí, los atentados que las venguen sí nos alcanzarán de lleno. Claro que los pesimistas tenemos la ventaja de que, si los hechos no nos dan la razón y nuestros pronósticos no se cumplen, entonces nos alegramos el doble. Y lo celebramos el triple.
- Mi hotelito mono-estrella está a diez minutos de la Grand Palace y a unos veinte de la estación central. Me encanta mi barrio, porque se trata de unas calles entre bohemias y marginales, sin entrar de lleno en ninguna de las dos categorías. Me cruzo con tattoo artists que predican con el ejemplo y exhiben todo el muestrario en la dermis. Veo en muchas terrazas a jóvenes con pintas alternativas y sin prisas, instalados allí para arreglar el mundo poquita a poco y cerveza en mano. También me cruzo con muchísimos ciudadanos belgas de ancestros lejanos, y por tanto de varias razas y atuendos y costumbres diversas. Ignoro si estarán o no bien integrados en el tejido social. Como todo el mundo, he oído hablar del barrio de Molenbeek (en el extrarradio). Es ese distrito de Bruselas que hace años fue santuario de terroristas y donde la policía no conseguía ser eficaz allá por 2015, año de los atentados de París. Parece que diez años después ha habido algunas mejoras, y se nos ruega que no generalicemos, porque allí residen inmigrantes trabajadores que quieren llevar una vida pacífica. Pero el estigma sigue ahí. No sé si habrá impactos de pedradas en casi cada escaparate, como en el barrio de mi hotel.
El caso es que llego a este hotel, un edificio antiguo y venerable, y me encuentro con un tablón pegado con pegamento sobre la antigua y venerable puerta de la calle, seguramente ocultando un desperfecto por intento de robo. Está cerrado en pleno mediodía. Un letrero sugiere que llame al timbre, pero no dice cuál, y pulso los tres que tengo a la vista: nada. Llamo por teléfono, escribo un mensaje online: nada. Pasado un buen rato, me abre un individuo muy despeinado que se recompone la camiseta, de lo que deduzco que debía estar en posición horizontal hasta hace un momento. Esa es toda su contribución a la bienvenida, porque no despega los labios, ni mueve un músculo para ayudarme a subir mis dos Resilias por los estrechos escalones del vestíbulo. Teclea en silencio mis datos. Me indica con un gesto el ascensor, y allí veo que la barra de apoyo está sujeta con cinta aislante, la misma que suelda la tubería de mi lavabo y sostiene la alcachofa de mi ducha. Pese a todo, mi habitación está casi limpia y no le falta casi de nada. El mini frigo y el ventilador de aspas cumplen su función. La limpiadora me agradece que se la deje ordenada premiándome con toallas limpias a diario, en contra de la etiqueta ecológica del establecimiento. Ni se me ocurre pasar por el salón del desayuno, aunque desde el umbral no detecto nada sujeto con cinta aislante. El aspecto del microondas que no les cabe y han instalado junto a la puerta no invita a hacer más averiguaciones en el interior. Pero es un hotel muy céntrico, a un precio muy conveniente y bastante silencioso por las noches, salvo los crujidos del parqué y de los colchones. Cada mañana sé en cual de mis habitaciones vecinas ha habido sexo, y en cual síndrome de piernas inquietas.
- Visito el museo de la Franc-masonería de Bruselas. Por fin he podido saciar mi curiosidad sobre esta sociedad secreta. Hasta cierto punto claro, que para eso es secreta. El hombre encargado de franquearme la entrada y orientarme en la visita es, según confesión propia, un marxista-leninista que no es miembro de la logia, pero sí el conserje del inmueble. Se trata de un edificio del s. XVII que perteneció a un masón de postín. Durante toda nuestra charla este señor mantiene una saludable distancia irónica sobre el tema. Luego me dice que tiene que volver a su puesto por si entran cientos de visitantes, una prueba más de su sentido del humor, porque en el libro de visitas no llegan a una dedicatoria cada mes. El museo en sí consiste en un túnel oscuro, donde según vas avanzando te introducen en los fundamentos y creencias de la masonería como en un viaje desde la oscuridad hacia la luz. Luego hay un recorrido por la historia y evolución, para finalmente mostrar en salas aledañas todo un despliegue de la parafernalia utilizada en sus ceremoniales, mas algunos recuerdos de persecuciones en tiempos de guerra. Parte del recorrido está amenizado con ambientación de música misteriosa y de vez en cuando un murmullo de voces, supongo que de iluminados. Desde un punto de vista totalmente descreído, la masonería es para mí una curiosidad que en mi opinión a veces roza el infantilismo. Pero los francmasones ha sido muy importantes en la historia: muchos estadistas, artistas, filósofos, escritores... eran masones, entre ellos mi por siempre admirado Mozart. La verdad es que me lo paso muy bien allí dentro, desentrañando algunos detalles que, unidos a lo visto y leído por ahí, van componiendo pieza a pieza en mi imaginación el puzle de la sociedad a la que con toda probabilidad perteneció un miembro de mi familia, aunque él nunca lo quisiera confirmar. Pero ya se sabe que quien calla, otorga.
- He venido observando que se repiten por aquí dos tipos de personas cuya apariencia me parece digna de ser reseñada: los hombres atildados a la antigua, y las mujeres de pechos enormes. El primer tipo me llama la atención porque en el s. XXI ya casi nadie viste sombrero blanco de cinta plisada y chaqueta de lino a juego. Algunos hasta llevan bigote y gafas redondas de alambre. No sé si es que se sienten obligados a homenajear a Hercules Poirot, o si es simple casualidad, pero sin ánimo de generalizar puedo decir que he visto muchos de estos caballeros por estas calles.
El segundo tipo supongo que es consecuencia directa de la dieta local y sus platos estrella: cerveza, frites, gofres y chocolate. Los mejillones servidos en cazuela son mucho más ligeros, de modo que no se les pueden atribuir las barrigas protuberantes de muchos caballeros, y los bustos colosales de algunas mujeres. Yo puedo hablar en abundancia y con conocimiento de causa de esto último, porque lo sufro en mis mismísimas carnes pecadoras. Y debo decir como experta a la fuerza en el tema que pocas veces he visto senos de este tamaño, que escapan al tallaje más visionario y que deben constituir todo un desafío para la ingeniería textil. Ay, tanta patata frita regada con cervecita.
Por cierto, que no me he privado de probar todas estas delicias. Los mejillones en cazuela son todo un hallazgo, del chocolate y la cerveza qué decir. Pero en cuanto a los gofres y su versión americana, los waffles... no he podido con la masa. Menos mal que pedí fresas con chocolate como tope, y al menos disfruté de ellas. Lo malo es que es uno de esos platos imposibles de comer educadamente en público. Creo que desde pequeña no me pringaba tanto de manchurrones. Qué apuro.
- Gracias a mi recorrido en busca de los principales edificios Art Nouveau de Bruselas, descubro las preciosas zonas de Molière-Longchamps y de Louise. También un barrio que me deja enamorada, el que se extiende entre la Place de la Châtelaine y la Église de la Trinité. Qué elegancia y cuánta personalidad. Miss Google es la voz que clama en el desierto, porque no le hago ni caso y cambio de rumbo en cada esquina, persiguiendo un edificio u otro que veo a lo lejos y que se esconde tras los árboles. El modernismo centroeuropeo es sobrio, pero no por ello menos imaginativo. No me puede gustar más.
- En cambio entre la Place du Bethelem y el Boulevard du Midi tengo ocasión de observar la cara B del centro de esta ciudad. Son barrios mestizos de mayoría musulmana, y africana en general. Muchas tiendecitas de barrio y ni una sola franquicia. El terraceo aquí tiene otro carácter, con multitud de hombres desocupados discutiendo cuestiones trascendentales ante una tetera y una shisha. Mujeres que se afanan con el carrito de la compra, sin tiempo para cuestiones trascendentales. Niños jugando en la calle, algunos descalzos y en ropa interior. Muchas sillas a la puerta de las casas, preparadas para socializar y cotillear en las noches calurosas. Jóvenes que se reúnen con sus monopatines y motocicletas. Chicas guapas, pero cubiertas con distintas modalidades de velo desde bien jovencitas. Delicioso olor a guisote, casas desconchadas, suciedad, vitalidad a raudales.
- Una nota final sobre el curioso apartheid lingüístico vigente en este país, partido en tres regiones autónomas empeñadas en no entenderse. Leo que Bruselas fue tradicionalmente una zona de lengua neerlandesa flamenca, pero que en la actualidad predomina el francés. Y como capital bisagra que es, se muestra bilingüe ante el visitante. Pues bien, estos días he tomado muchos trenes con destino a ciudades flamencas y con vuelta a Bruselas. Tanto las pantallas y la megafonía pregrabada como las intervenciones en directo del revisor son únicamente en neerlandés .. hasta que penetramos en el área metropolitana de Bruselas, donde como por ensalmo de pronto hablan sólo en francés. Si la atravesamos y pasamos de largo, vuelve el neerlandés en exclusiva. No sería más sencillo para todos hablar las dos lenguas, y si no quieren herir sensibilidades, invertir el orden de prioridad según el territorio? Vamos, digo yo.
- Tres fenómenos callejeros algo desconcertantes que comparten Flandes, Valonia y Bruselas ( no todo iban a ser discrepancias):
1. Las obras. Todo está en obras, pases por donde pases. Y las cubren con tierra arenosa. De modo que, al ser el tiempo especialmente ventoso, me he pringado más las sandalias de arena caminando sobre el asfalto urbano belga, que en mi última visita a la playa en el paseo marítimo de Calais.
2. Los semáforos apagados en cruces concurridos y céntricos. Con un aspa de celo pegada a cada disco, para más inri. Los del cruce frente a la catedral de Santa Gúdula llevan sin funcionar los cinco días que ha durado mi estancia aquí. En ausencia de agentes de movilidad, coches y peatones cruzamos como podemos, sin atropellos ni nada. Debe de ser un milagro de Santa Gúdula.
3. La basura no se recoge todos los días. Se guarda en los domicilios, y se saca a la calle en los días concertados. Pero claro, ante la acumulación de bolsas, hay auténticas montañas encima de las aceras,acumuladas desde por la mañana. Y no abundan los contenedores. Me asombra que no haya plagas con estos calores.
Bruselas, pese a todo me has sorprendido para bien con tu amabilidad, tu belleza y tu vitalidad. Sólo falta que terminen tus obras, te den un buen fregoteo, pongan en funcionamiento todos tus semáforos y... ay, lo de la UE no sé si se podrá recomponer.
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