28.7.25

Como de costumbre, aprovecho el tiempo muerto a la espera de que salga mi tren para hacer los deberes, que se me acumulan  (siempre he tendido a procastinar, y hay temporadas en que estoy peor de lo mío). En esta ocasión me dirijo desde Sundsvall a Estocolmo, siguiente etapa de mi viaje, donde en principio pasaré cinco noches en un hostal. Está muy céntrico y sale económico para el estándar escandinavo, por lo que lógicamente tiene un inconveniente, siguiendo el axioma de que nadie da duros a cuatro pesetas: el establecimiento está situado en los bajos de un edificio antiguo (por la fotos, parece una leñera, pero amueblada con IKEA) y la única habitación con ventana y TV es la cocina comunitaria. De modo que en Estocolmo me espera una celda monacal sin ventilación natural, ideal para mortificarme, meditar y sustraerme del mundanal ruido. Ni que decir tiene que no pienso hacer ninguna de estas cosas. 

Pero me adelanto a los acontecimientos. El tren que me ha traído desde Trondheim, en la costa noruega, hasta Sundsvall, en la costa sueca, ha atravesado durante seis horas y media la península escandinava de oeste a este, con inicio en el río Nidelva que desemboca en el Mar del Norte y final de trayecto en el Golfo de Bothnia, en la orilla diametralmente opuesta (datos cortesía de Miss Google, porque yo me pierdo con la geografía). 

Durante el viaje, atravesamos muchos valles y vamos subiendo por montes cada vez más escarpados hasta la estación de Storlien, a casi 600 metros de altitud y a pocos kilómetros de la frontera, donde los pasajeros debemos bajarnos del tren noruego, y esperar durante cinco minutos al tren sueco, que nos incorpora a la línea ferroviaria de Estocolmo. Cuando llega el tren sueco, de él descienden los pasajeros al mismo andén en que nos acumulamos nosotros, porque viajan en sentido contrario y toman el tren noruego. Toda la operación la dirigen con presteza los controladores uniformados de ambas ferroviarias. La escena ya la he vivido varias veces en diferentes paises, y siempre me parece un intercambio de prisioneros durante una tregua humanitaria. Está claro que he visto demasiadas películas. 

Desde Storlien, estación de esquí en época invernal, vamos descendiendo lentamente al nivel del mar. Al principio cruzamos localidades de alta montaña célebres por su paisaje, que desgraciadamente no puedo apreciar porque hay niebla cerrada. Aunque debo decir que los riscos, entre brumas, tienen un encanto a lo Cumbre Borrascosas que a mí me parece muy poético. Una vez hemos dejado atrás la neblina, pierdo la cuenta de cuántos lagos pasamos, a cual más grande y hermoso. Los bosques de pinos son tan espesos y tupidos como una selva. No sé si fue la mano del hombre la que plantó los pinos tan cerca unos de otros, o más bien la madre naturaleza la que decidió por sí misma aprovechar al máximo cada centímetro cuadrado. Sea como sea, cuando se hace un claro en los bosques para dar cabida a un lago, el efecto es espectacular. El paisaje sueco tiende a la grandiosidad.   

En Sundsvall me alojo en un céntrico hotelito sin estrella siquiera, pero no está estrellado ni mucho menos porque, aunque en España sería un hostal, resulta que todas las habitaciones tienen baño completo y el desayuno, muy sano y abundante por cierto, está incluído. Nada mas entrar allí, descarga una tormenta de verano que se venía gestando desde Sotrlien, y que dura el rato suficiente como para dejarlo todo empapado. Yo respiro aliviada, porque la verdad es que el bochorno en estos países norteños me resulta tan opresivo como en el mío, a más de 3000 kilómetros hacia el sur. 

Sundsvall es una ciudad que, como tantas otras, sufrió varios incendios que casi la borraron del mapa, porque todos sus edificios eran de madera. El último ocurrió a finales del s. XVIII y fue provocado por las tropas rusas en un enfrentamiento del que lo desconozco todo y que no aclaro aquí por falta de tiempo, de espacio y principalmente de ganas. He intentado ilustrame estos días sobre la historia escandinava, pero las guerras territoriales que se han mantenido aqui desde siempre me resultan tan complicadas que me pierdo. Mi cerebro no procesa tanta información sobre reyezuelos vikingos que se invadían unos a otros, tanto en Escandinavia como en los territorios que iban conquistando allende los mares. Soĺo sé que tras las guerras napoleónicas, los tratados de paz establecieron unas fronteras que no dejaron del todo satisfechos a los escandinavos, y en cuanto pudieron se reorganizaron a su modo y manera. Y que, por ejemplo, la independencia de Noruega respecto a Suecia ocurrió de manera gradual, tras muchos intentos fallidos de la monarquía y la diplomacia suecas por mantener el status quo en su favor. Al final, la separación fue votada en referéndum en ambos territorios, a principios del s. XX. Muy civilizado todo, ya podemos tomar nota más al sur...

But I digress. El incendio de esta ciudad se pasó a localidades vecinas, y tras el desastre la única que decidió ser reconstruida en piedra y no en madera fue precisamente Sundsvall, que por lo visto en sueco tiene el sobrenombre de Stenstan, "la ciudad de piedra". Yo iba a escribir aquí lo de los dos dedos de frente, pero me corto un pelo porque no conozco el motivo por el que los nórdicos persisten aun hoy en día en construir en madera. Sostenibilidad, apego a las tradiciones, aislamiento climático contra el frío, pervivencia de la potente industria maderera local? No tengo ni idea. 

Esta ciudad de piedra tiene en su centro historico una mayoría de edificios del finales del s. XIX y principios del XX que son muy hermosos y están construidos a lo grande, lo quebindica que su puerto, que daba salida al comercio de la madera, han aportado una gran riqueza a esta población . Es además un centro de veraneo, que cuenta con muchos grandes hoteles y restaurantes. El fin de semana que llego yo, hay un Sommerfest o festival de verano, con conciertos vespertinos en la monumental plaza principal. La gente se pasea por las inmediaciones con lo que yo calificaría de total indiferencia por la celebración, y por ninguna otra cosa que no sea el helado que se están tomando, o los niños que están paseando. En general, y esta es una opinión personalísima y probablemente equivocada, los suecos me parece que no expresan sus estados de ánimo.

Esta es ya la tercera ciudad sueca donde me paso el dia entero en la calle, observando el paisaje y el pasianaje. No son estas gentes que anden por ahí despreocupadamente. La inmensa mayoria de personas con las que me cruzo o que encuentro en parques, tiendas y medios de transporte están muy serias, salvo algunos que van en grupo y comentan entre ellos, pero sin alzar la voz. Los demás, si se divierten o estan a gusto, lo llevan en secreto. Si están en desacuerdo o se sienten incómodos, no lo extereorizan. Sólo te miran fijamente para que te apartes del carril bici, pero sin mover una ceja o despegar los labios. La remota posibilidad de que te respondan al saludo o te den las gracias se esfuma porque eres una desconocida. Salvo en las tiendas, claro, donde prima la etiqueta, pero tampoco pierden su tiempo en charlas insustanciales. Me da la impresión de que aquí no es fácil mantener una vida social, aunque sea superficial, si no tienes un círculo de conocidos de toda la vida. 

Por supuesto, soy consciente de que esto es una generalización, dictada por la premura de una breve etapa durante un viaje en el que siempre estoy de paso hacia otro lugar, y pocas veces me quedo una semana entera en el mismo sitio. Pero en las mismas condiciones, estando de paso, he observado más vitalidad en la gente de países vecinos como Dinamarca y Noruega, que aunque discreta y comedida, me ha parecido más abierta y relajada. No estoy diciendo que los suecos en comparación resulten antipáticos, ni mucho menos, sólo los percibo como tremendamente distantes. Seguramente estoy en un error, y me encantaría poder comprobarlo quedándome aquí durante meses enteros, pero el saldo decreciente de mi cuenta me lo desaconseja. 

Sundsvall me sirve de base para explorar un poco los lagos a los que puedo acercarme en tren desde aquí. El que se lleva toda la fama es el que está a orillas de la ciudad de Ostersund  Es el quinto lago más grande de Suecia, se llama Storsjon, y tiene enfrente la isla de Froson, a la que se accede por un puente. Este lago está en la región de Jamtland, que según leo siempre ha sido muy próspera gracias a lanoesca y a su industria maderera (desde luego yo nunca había visto tantos troncos cortados amontonados en mi vida). Parece que los habitantes de esta región exportaban su madera a traves del puerto de Sundsvall, precisamente. Y que se hicieron tan autosuficientes, que incluso se han planteado solicitar formalmente la independencia de Suecia (son suecos desde el s. XVII, antes eran noruegos). Jamtland es algo así como una California nórdica, pero como aquí prima el sentido común y la prudencia, nunca han dado el paso porque no les conviene del todo. Again, podíamos tomar nota. 

Ostersund, a orillas del lago, es una ciudad de veraneo desde bien antiguo, como acreditan las estupendas villas (en madera) de la belle époque que se reparten por orillas y laderas. Tambien aquí encuentro un festival, pero gastronómico (Ostersund tiene fama en ese sentido), y también observo en los asistentes que se sientan en las mesas y bancos de madera una extraña ausencia de ánimo celebratorio, al parecer se toman muy en serio su papel como comensales. Solamente veo alegría en la zona de los niños, donde hay algunas atracciones de feria, tómbolas y puestos de algodón de azúcar. He notado que aquí se cuida y protege mucho a los niños pequeños de cualquier raza (hay muchos subsaharianos y árabes, menos orientales). Sé que hay muchos servicios y ayudas estatales para cubrir sus necesidades. Pero ignoro si, una vez pasada la etapa infantil, los hijos de los migrantes se encuentran con mayores dificultades a la hora de integrarse en la sociedad sueca. Supongo que sí, como ocurre en todas partes. De hecho, he leído que algunas etnias tienen muy mala prensa y provocan un rechazo creciente en algunos sectores de la población sueca, otrora tan abierta a acoger a refugiados y a emigrantes extranjeros. Again, como en todas partes, por desgracia.

En Ostersund hay hermosas villas de veraneo a la orilla del lago que son auténticas mansiones de madera. Me pregunto si desde sus elegantes ventanas habrá habido avistamientos del monstruo del lago, que haberlo haylo según los lugareños. Lo han bautizado como Storsjöodjuret o algo así, que significa el gran monstruo del lago o algo así. Esta criatura lo que sí tiene de extraordinario es que lleva 400 años vivita y buceando, porque según leo ha habido avistamientos de un sólo monstruo, por tanto no ha podido tener coyunda para continuar la saga... También leo que el rey Óscar II en el s. XIX se interesó por capturarlo (se ve que el hombre se aburría) y montó todo un dispositivo a tal efecto, parte del cual consistía en ponerle como cebo a esta criatura extraordinaria... un cerdo muerto. No consiguieron atraerlo a la superficie, quizá porque su dieta no era carnívora? Según parece los utensilios utilizados en aquella expedición monstruosa, excuse the pun, se exhiben en el museo de la ciudad, en cuyo precioso jardín me siento a hacer un picnic, pero que está cerrado los domingos. En fin, leyendas de ayer y de hoy. 

La isla de Froson es muy bonita y cuenta con un  parque con un embarcadero para hacer surf y una zona con trampolín de madera para nadar. Hay muchos caminos para pasear, a pie o en bici, pero empieza a llover y los senderos se embarran, por lo que decido volver a la estación para poder llegar a Sundsvall antes de la cena. Ha hecho mal tiempo todo el día, y el sol se decide a aparecer justo cuando me subo al tren de vuelta. No hablo sueco, pero entiendo sin necesidad de traducción las expresiones de desencanto de mis compañeros de viaje, jóvenes que regresan como yo de pasar una jornada nublada y lluviosa a orillas del lago, para que encima el sol les haga la jugarreta de asomarse cuando ya se marchan. En España y otros países sureños la conversación hubiera durado largo rato, demasiado quizá. Aquí se limita a unas breves frases momentáneas, y en seguida se restablece el silencio. 

- Anecdotario:

- El viaje a Estocolmo lo hago en mi primer Intercity sueco, un tren estupendo en cuanto a comodidades, higiene, diseño y efectividad, hasta que.... esto último falla, porque en la bella ciudad de Gavle, a una hora y algo de Estocolmo, la megafonía recita una larga parrafada incomprensible para mí (en Suecia no todo es bilingüe). Le pregunto a mi compañera de asiento, una sueca de rasgos asiáticos que ha sido muy amable ayudándome a acomodar a Doña Resilia junto a su propia maleta. Me dice que el tren no puede continuar por un fallo técnico, y que debemos bajar y cambiar de andén a otro tren, que a su vez esta siendo desalojado y realojado. El intercambio de pasajeros y maletas por las escalera de los andenes no es que parezca un intercambio de prisioneros, ni siquiera de refugiados... es que es como cientos de mudanzas a la vez. No hay tiempo para hacer cola frente a los ascensores, por lo que incluso las personas mayores deben cargar con sus equipajes escaleras arriba. Aquí la mayoría de viejos estan en muy buena forma física gracias a las caminatas, la natación y el bicicleteo, así que todos se las apañan bastante bien, a pesar de las prisas. Los asientos son nominativos, de modo que nos sentamos en el mismo orden que en el tren anterior. Y como estas cosas sirven para romper el hielo, incluso la gruesa capa de hielo sueca, mantengo una breve conversación con mi compañera de asiento y con la madre y abuela de dos niños pequeños al otro lado del pasillo. Me informan de que en esta estación de Gavle son frecuentes los problemas técnicos. Ahora comprendo que la calma resignada de los pasajeros no se debía solamente a la falta de expresividad, sino también a la costumbre. Con toda la peripecia, acumulamos casi una hora de retraso. En todos lados... 






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