2.8.25

En la terminal de ferries del puerto de Estocolmo, esperando que abran, porque es tan temprano que a estas horas les ha dado tiempo a poner el mar, pero el barco encima todavía no. Yo estoy acostumbrada a viajar en medios de transporte terrestres y aéreos, pero en los marítimos tengo muy poca experiencia, y las instalaciones de un puerto son enormes, lo que deja amplio margen a la desorientación y el error. De modo que siempre acudo con demasiada antelación a la terminal, para asegurarme de que sé cual es el punto exacto de embarque de la naviera en cuestión. O incluso ensayo el trayecto el dia anterior, para que no me vuelva a ocurrir lo que me pasó en Villa San Giovanni embarcando hacia Messina, que terminé abordando el ferry a la carrera, literalmente, cuando ya empezaban a subir la pasarela.  

Me embarco hacia Turku, Finlandia. En Suecia no para de llover y, aunque con pena, por los motivos de costumbre debo cambiar de país una vez más. Esto suena a trama de espías en la guerra fría, pero la realidad es más prosaica: es que he gastado ya mucho y debo repartir mejor lo que queda de mi presupuesto. Hasta las costas finlandesas serán once horas de travesía, biodramina mediante. Mis piernas no aguantan tanto tiempo seguido sentada en una butaca, ni tampoco me veo visitando el WC mientras custodio dos bultos de equipaje, por lo que he reservado un camarote, en la octava planta del Baltic Princess. En el interior de esta mole sobre el agua, lo encuentro todo muy Vacaciones en el Mar televisivas, al menos para mí, que soy una pardilla y nunca he hecho un crucero en la vida real, sólo en la pantalla analógica de mi infancia. 

Desde la ventana veo las nubes (negras) y las casas (blancas) que me acompañan en mi despedida de esta maravillosa ciudad, que tanto me ha gustado. Si hubiera acompañado también el buen tiempo habría sido mucho mejor aún, pero ya se sabe que la perfección no existe. A juzgar por cómo llovía ayer, sin remisión ni compasión, he podido hacerme una idea de cómo debe de ser este lugar cuando acaba el verano. Si mentalmente le añado el frío intenso y las pocas horas diarias de luz natural, ya me hago una idea de por qué la vida de los suecos transcurre mayormente intramuros. Los inviernos aquí deben de ser durísimos, pero supongo que es el precio a pagar para tener estos lagos, ríos y praderas tan hermosos. Según un dicho, el césped del vecino siempre es más verde que el nuestro, y acierta no sólo en el sentido proverbial, porque no crece donde casi no llueve. Pero lo de aquí es el otro extremo,  estos días las briznas de hierba húmedas se me han pegado a las sandalias hasta tal punto que yo parecía un poema andante de Walt Whitman. 

Zarpamos a las 7:10, son las 11:20 y aún seguimos navegando entre las innumerables islas del archipiélago de Estocolmo, mientras el sol se impone a codazos entre las nubes. El otro día hice este mismo trayecto en un barco turístico de los llamados "Cinderella" hasta la isla de Sandham, pero con cielo plomizo, nubes de tormenta y un vendaval. Qué distinto se ve todo ahora, parece enteramente otro lugar. No hay sitio más agradecido a la luz solar que el que no cuenta con ella. 

Yo no aguanto el sol, pero estos días no me habría venido mal. En Estocolmo me he alojado en un hostal semisótano sin ventanas a la calle, donde en las cinco noches que he pernoctado allí, con sus correspondientes mañanas, no he conseguido que nadie me devolviera el saludo ni me mirara siquiera. En estas ocasiones me suelo crecer, y lanzo los buenos días y las buenas noches cual grito de guerra. Y como esta gente no esta acostumbrada al volumen hispánico, al menos en una ocasión he tenido la satisfacción de ver cómo el chico que estaba sentado en la recepción daba un respingo, porque el pobre no se lo esperaba. Se conoce que voy provocando.  

En el supermercado que hay cruzando la calle sí que he logrado una mayor interacción, incluida una muy curiosa con un viejo. Lo mío con la tercera edad suele ser un encuentro que no pasa de fortuito para mí, y en cambio es toda una historia de dependencia tipo rapport fusionnel para ellos, es decir, que como les preste algo de atención luego no me los despego fácilmente. Los mayores están muy solos y la suya es una soledad no deseada, por lo que si se es un poco amable, ellos se vuelcan por completo, lo que los hace muy vulnerables. Están muy necesitados de cariño y compañía y me da mucha lástima, pero llega un momento en que tengo que seguir con mi vida y debo despedirme del papel de nieta postiza (o algo más) que me han adjudicado en cuestión de poco rato. Por tanto, soy cauta dosificando los pequeños gestos respecto a ellos, pero en ocasiones les veo tan solos y tan débiles ... Era el caso de este señor del supermercado, prácticamente derramado sobre su carrito de la compra, con dificultades evidentes de movilidad. En la cola de la caja, le digo que si quiere, pase delante de mí mientras le hago un hueco. Lo único que consigo es que el hombre me indique, con gesto autoritario, que vuelva a mí sitio. En cambio, la familia sueca que hace cola detrás de mí le ofrece el mismo favor, y acepta encantado colocarse delante de ellos. Interesante cuanto menos. 

En cambio con otros suecos, o ciudadanos naturalizados, he tenido conversaciones muy agradables en Estocolmo y alrededores. En las inmediaciones de la catedral y el palacio real hay curiosidades de todo tipo, chamarileros, tiendas de artesanía y de ropa de segunda mano. Veo un local que aúna objetos antiguos de poco valor con ropa usada, y que tiene sobre la puerta un cartel que dice: Stockholms Stadmission, Misión ciudadana de Estocolmo. Mantengo una larga conversación con la dependienta, una voluntaria, que me informa sobre la situación de los más desfavorecidos en Estocolmo. Estos días he visto alguna persona pidiendo en el metro, mendigos de etnia gitana y drogodependientes que dormían al raso, y ancianos que rebuscan en los contenedores de basura. Pero lo que más me ha llamado la atención es la cantidad de personas que recogen latas y botes, reunidas en enormes bolsas transparentes de plástico que van arrastrando por el suelo. En muchos supermercados hay unas máquinas que reciclan estos envases, aplastándolos con algo de ruido, y a cambio sacan unas monedas. En Bucarest vi muchos niños que se dedicaban a esta mísera recaudación, pero me asombra encontrarme con lo mismo en esta sociedad sueca que en teoría nada en la abundancia. Mi interlocutora me dice que la cara oculta de los pobres vergonzantes en Suecia puede sorprender, pero es una realidad que está delante de nuestros ojos y no queremos mirarla de frente. Nuestra charla es muy agradable, pero debe interrumpirla para atender a los demás clientes. 

Otra charla curiosa que he mantenido estos días ha sido con los revisores de un tren entre Uppsala y Vasteras. Están sentados a la mesa porque el viaje aún no ha comenzado, y como les veo uniformados me acerco a confirmar si estoy en el tren correcto. Sigue a esto una conversación que dura todo el viaje y en la que me dan de merendar, porque me ofrecen barritas de cereales y un batido, que sacan de un cuartito bajo llave. Uno de ellos es iraní y el otro peruano, pero los dos son ciudadanos suecos. 

El iraní me cuenta que emigró de joven, que intentó volver a su país para que su hija no perdiera sus raíces y porque la familia de su mujer sigue allí, pero tuvo que abandonarlo definitivamente hace 18 años. Le divierte enterarse de que en mi bautizo, en la Palma de hace 56 años, estuvo invitada una familia persa que eran amigos de mis padres.  El patriarca de hecho era su casero, y en aquel apartamento de alquiler pasé los dos primeros años de mi vida, hasta que nos fuimos a Barcelona. Aquella familia tuvo que abandonar Irán porque practicaban la fe Bahai, prohibida como tantas otras cosas por el Sha Reza Pahlevi. Tras su destierro llegó la revolución islámica y con ella una sucesión de imanes, empezando por Jomeini, que prohibieron el resto de cosas que el Sha se había dejado en el tintero. El revisor de tren sueco suspira por volver a su patria, y tiene puestas sus esperanzas en el gobierno de EE UU, porque piensa que es el único que puede derrocar al régimen islámico, actualmente debilitado. Yo no creo que esto ocurra, y mucho menos con la administración Trump, pero me guardo mucho de decírselo y desanimarle. La charla toma otros derroteros cuando me enseña un vídeo en su móvil de una cantante "española" de la que es seguidor, una chica guapísima de la que jamás he oído hablar y que claramente es lationamericana, no sólo por su acento sino porque en su vídeo baila bachata en las calles de lo que parece algún lugar de Centroamérica. Pero él se empeña en que el vídeo ocurre en España, y quién soy yo para contradecirle cuando me estoy merendando su barrita de cereales con chocolate. El peruano asiste impasible a la conversación, pero aún así consigo averiguar que llegó a Suecia de muy niño y que está plenamente asimilado, aunque habla español perfectamente. El iraní me despide con mucha calidez cuando el tren llega a Vasteras, mientras el peruano baja a controlar a los viajeros que suben y bajan antes de dar el toque para proseguir la marcha. Curioso encuentro. 

Esto en cuanto al pasianaje. En cuanto al paisaje y a lo que he podido visitar y admirar en Estocolmo, Sandham, Uppsala y Vasteras, intentaré resumirlo en unas cuantas notas desordenadas:

- Situada en el punto donde el lago Malaren se funde con el Mar Baltico, Estocolmo es un pedazo de ciudad, una aglomeración de edificios y de gentes que impresiona por su rotundidad, su clase y su poderío. Sus calles comerciales tienen mucha vitalidad, incluso hasta tarde, pero en el resto no es extraño caminar durante largo rato sin cruzarse con nadie ni oír ningún ruido. Me llama mucho la atención que en una gran capital como esta no haya más movimiento en los barrios, pero supongo que en el modo de vida escandinavo aún prevalecen las costumbres ancestrales, de cuando incluso los veranos eran más fríos antes del cambio climático y tocaba encerrarse por las tardes. 

De todos modos, Estocolmo es inmenso, una ciudad que se ha expandido a lo largo de 14 islas, aunque su archipiélago tiene unas 30.000, una cifra casi inconcebible aunque la inmensa mayoría no sean más que un pequeño islote pétreo con algo de vegetación. En esta urbe inabarcable, me da tiempo a conocer superficialmente las islas principales de su centro urbano. 

- Desde mi alojamiento cercano al Observatorio, para llegar al centro debo bajar por la agradable calle peatonal de Drottninggatan, que atraviesa la zona llamada Norrmalm. Se trata de la típica zona comercial construida en los años 1960s, que cuenta con una de las plazas más feas que yo he visto. Era el estilo de la época del desarrollismo, qué le vamos a hacer. Afortunadamente, por el camino hay preciosos edificios art Nouveau, como la casa museo donde vivió el dramaturgo Henrik Ibsen, o un precioso balneario con su patio ajardinado.  

- En línea recta se llega al Kungstradgarden, el antiguo huerto de donde se proveía la monarquía que habitaba el palacio real, sito en la isla aledaña. Este palacio barroco sustituye a otro más antiguo, es marronáceo y a mí no me dice gran cosa, pero aún así como el ser humano es contradictorio, a pesar de ser republicana aguanto allí en pie los veinte minutos que faltan hasta el cambio de la guardia, una ceremonia que no he presenciado nunca y por la que siento curiosidad. De ella debo decir que lo mejor es sin duda el pequeño concierto que da la banda, que toca fenomenal unas piezas nada convencionales. Del relevo de la guardia en sí, opino que su paso ligero es mejorable, porque parece una parodia a cámara lenta y provoca risitas ahogadas entre un público demasiado educado como para carcajearse abiertamente. 

Junto al palacio está la catedral, de estilo barroco, que me parece de poca entidad para un gran capital como esta, pero es una opinión personal y seguro que fruto de la ignorancia. Pero las calles que la rodean me encantan, con sus altos edificios del s. XVII y XVIII de fachadas color ocre, y sus cuestas empedradas. 

- Frente a esta zona, en la isla vecina está la zona de Slussen, con un moderno ascensor que permite obtener una panorámica circular de todo el centro urbano. Unas calles por detrás está Södermalm, el barrio hipster de Estocolmo, donde abundan las librerías, los cafés y todo tipo de establecimientos con inclinaciones asociativas y contraculturales, con una fuerte presencia LGTBI+. Es una de mis zonas preferidas para pasear, y en sus calles me da la impresión de que es como si Malasaña y Chueca estuvieran en Chamberí, porque a pesar de que leo que este fue un antiguo distrito proletario, la verdad es que sus edificios no son para nada sencillos, sino de mucha categoría.

- Otro barrio por el que me gusta perderme es el de Ostermalm, que siguiendo con la analogía sería el equivalente al barrio de Salamanca madrileño. Maravillosos edificios también aquí, y los restaurantes y comercios más elegantes en la calle Birger Jarlsgatan. En su primer tramo, esta calle puede presumir de las construcciones Art Nouveau (variante fantasía medieval) más impresionantes que yo he visto, en tamaño y en espectacularidad. Me recuerdan un poco a las del ensanche de Barcelona, pero a gran, grandísima escala. De un parque en esta zona sale un bulevar arbolado muy agradable que se llama Karlavagen, donde extrañamente me encuentro como en casa, porque salvando las distancias (geográficas y culturales) es como todos los barrios con solera donde te sientas en un banco a ver pasar la vida con toda su parsimonia, sin los agobios del centro. 

- Y como dejar sin mencionar el precioso jardín de la isla de Djurgarden, con su maravilloso Museo de la Ciudad, donde entro no a ilustrarme sino a ejem, ejem, orinar. Recorro la parte ajardinada, con centros de flores inspirados por Gustavo Adolfo VI, el abuelo del rey actual, que parece que me conocía porque los arreglos combinan mis colores preferidos, entre ellos toda la gama de morados, violetas, malvas, fucsias y rosas. Hay algunos antiguos pabellones de una exposición del s. XIX reconvertidos en restaurantes. Y entre árboles y parterres se encuentran las estatuas de la bella cantante de ópera Jenny Lind y del guapísimo poeta Gunnar Wennerberg. No conocía a ninguno de los dos, pero Miss Google Lens me informa sobre su vida y obra. El apuesto Gunnar efectivamente sale muy bien parecido en los daguerrotipos, pero desgraciadamente el peinado le resta puntos, es que en su época los señores llevaban unas melenitas poco favorecedoras. Yo no debería criticar ningún estilismo, que tengo mucho por lo que callar: estos días atravieso una crisis capilar autoinflingida, resultado de mi último encuentro con la maquinilla eléctrica, del que mi nuca y una ceja han salido más rasuradas de la cuenta. Menos mal que el pelo crece, pero por desgracia muy-len-ta-men-te. 

Frente a este parque está, en la orilla contraria, la colonia de las sedes diplomáticas, en lindas villas entre las que destaca la fea mole brutalista de la embajada de los EE UU, que parece una copia de la de Madrid. A lo peor es que los americanos tenían un molde hecho con miles de cajas de color gris, y fueron sembrando la Europa de posguerra con estas horribles construcciones de hormigón, que eran lo más moderno del momento. Se les perdona porque al mismo tiempo nos trajeron el Plan Marshall, del que se benefició incluso España, que no había combatido pero también andaba necesitada de ayuda. 

En Djurgarden también están, entre otros, el parque de atracciones y el museo Vasa, que dejo para el último día de mi estancia porque la previsión anuncia tormentas, y efectivamente llueve tanto que es imposible estar en la calle sin ducharse. El Vasa era un galeón gigantesco del s. XVII cuyo pecio se encontró prácticamente intacto en el puerto de Estocolmo 300 años después de que se hundiera en su viaje inaugural. El motivo de la catástrofe radica en que era una mole demasiado grande y descompensada, porque en su construcción influyó el capricho de rey del momento, Gustavo Adolfo II, quien pretendía convertirlo en símbolo de su poderío naval. Pero al barco le colocaron tantos pirindolos que, al contemplarlo sin conocimiento alguno ni de naútica ni de física, parece evidente que no podía flotar. De los 400 hombres a bordo, perecieron abogados unos 30. La historia de este buque y de su recuperación constituyen una gran aventura a la altura de toda una epopeya, son muy emocionantes y merecen por sí mismas una visita a Estocolmo. 

- Desde el interior de este museo, al que he accedido tras una hora de cola bajo la lluvia, reservo entradas para otro museo que está a sólo unos minutos de distancia, para no tener que hacer una nueva cola sobre el firme encharcado. Pero no me libro, porque se trata de una exhibición que atrae público del mundo entero, y a pesar de tener un tramo horario acotado en mi entrada, la cola es tan larga que vuelvo a empaparme los pies bajo la lluvia que no ceja, la puñetera. Se trata del museo ABBA, donde se rinde culto no sólo a este cuarteto legendario de los años 1970s sino también al látex, al maquillaje glam y a las melodías poperas trufadas de lugares comunes sobre el amor y el desamor, que me encantan y que fueron las primeras canciones que yo memoricé en inglés, cuando no sabía inglés ni falta que me hacía. Yo creo que todos los que acudimos a reverenciar a Agneta, Bjorn, Ani-Frida y Benny en realidad le estamos haciendo un homenaje a nuestra infancia y juventud, adornadas con el polvillo dorado del recuerdo, como diría mi madre. El museo narra sus inicios como artistas antes de conocerse, y chirría ver lo empalagoso que cantaban de jovenzuelos, cosas de la época. Los platos fuertes de la exhibición son una colección de modelos imposibles a lo Liberace con capa y todo, todos sus discos de oro, y reproducciones de su estudio de grabación, de la cabaña a orillas del lago donde componían, de sus camerinos y de los coches en los que viajaron en sus giras. Además hay un escenario con karaoke donde te puedes convertir en el quinto miembro de ABBA, una discoteca silenciosa (con auriculares), un cine donde me siento a ver uno de sus conciertos (los fieles estamos allí guardando el fuego sagrado hasta la última canción) y hasta un hotel, por si quieres seguir soñando con ellos (aunque un sueño húmedo protagonizado por Bjorn y Benny me parece más bien una pesadilla anti-lujuria... ay, esos peinaditos setenteros... me callo, que me miro al espejo y lo mío es peor). Entre los visitantes hay familias con miembros de varias generaciones, y hasta los niños pequeños corean los estribillos más pegadizos. ABBA forever and ever. 

- Para terminar, recuerdo aquí el recorrido en autobús turístico por Estocolmo que hago la misma tarde de mi llegada. En mis paseos iniciales me va pareciendo una ciudad difícil de abarcar por la confusión que me provocan todas esas islas, con sus nombres imposibles de memorizar. Sé que las previsiones meteorológicas para los cinco días de mi estancia son pésimas (se cumplen) y en ese momento aún no llueve, por lo que me decido a subirme al autobús para al menos tener una idea introductoria de Estocolmo, todavía bien iluminado por el sol del atardecer. 

El autobús es de color gris y tiene unos enormes dientes de tiburón pintados en el morro, porque es un vehículo anfibio que tras un recorrido por las calles se introduce en el agua y navega durante un buen rato. Ya he visto este mismo modelo en Gotemburgo, de la misma compañía, pero allí no me subí porque la idea me pareció una tontería infantil. Aquí en Estocolmo cambio de opinión, porque mis hormonas menopáusicas así me lo dictan: hoy tengo apetito de tonterías, y si son infantiles mucho mejor. El conductor va uniformado de capitán de barco con galones y gorra de visera, y sobre cada asiento hay un chaleco salvavidas. El recorrido por la ciudad no es muy ortodoxo ni las explicaciones se ajustan al canon, pero me paso todo el trayecto muerta de risa, porque el guía es todo un showman. Caigo en la cuenta de cuánta falta me hacía reírme. 

El guía, que claramente es un actor histriónico émulo de Jim Carrey, nos advierte nada más empezar que padece TDAH, trastorno por déficit de atención e hiperactividad , por lo que sus niveles de energía le rebosan... motivo por el cual da saltos como las ranas y se cuelga boca abajo de la escalera de emergencia como un murciélago. Nos explica algo de lo que vamos viendo, y entre medias nos canta canciones de Pippi Calzaslargas, ABBA, Roxette, todo ello salpimentado con detalles sobre su vida (de él). Pondré solo tres ejemplos:

• Mientras atravesamos Ostermalm, el barrio más acomodado del centro, nos describe como es la clase de personas que pueden permitirse vivir allí. Enumera con detalle todas las características de un cayetano, anteriormente conocido como pijo (es un biotipo universal, que puede encontrarse en las familias bien de cualquier lugar). Critica con humor sardónico a estos cayetanos, y luego nos suelta: Pensaréis que estoy siendo malvado y que no tengo derecho a burlarme de estas personas... pero resulta que tengo todo el derecho, sabéis por qué? Porque yo vivo en esa esquina y soy uno de ellos!! 

• A continuación llegamos a una amplia plaza con una fuente con surtidor. Nos cuenta que hay unos días al año en que el ayuntamiento apaga el surtidor, porque los estudiantes recién licenciados celebran el final de sus estudios bañándose allí. Y que él, naturalmente, lo hizo cuando aún no estaba prohibido. Que guarda un vago recuerdo etílico de que la experiencia mereció la pena. 

• Pasamos ante las preciosas villas modernistas de la colonia diplomática. Nos va señalando las embajadas de los distintos países, a cual más elegante. Y luego nos dice: Pero no hemos visto la embajada de Noruega! Dónde han puesto los vecinos su legación? Allí enfrente, señoras y señores, porque ellos rechazan el lujo y las comodidades urbanas y prefieren la sencillez y el contacto con la naturaleza! Nos indica, en la orilla de enfrente, una pequeña cabaña rústica de listones de madera gastados, en malas condiciones de mantenimiento, en lo alto de una colina. Picamos todos, y hasta le hacemos fotos. Luego nos dice que es una broma cariñosa, y que los suecos y los noruegos suelen tomarse el pelo mutuamente. 

Y así todo el recorrido. Al bajarme le digo que debería dedicarse al teatro musical, y me responde que está en ello, de momento es el batería de una banda. Creo que, pese a la escasez de datos históricos y culturales, he aprendido más sobre Estocolmo con este simpatico chaval, que está como una cabra, que con las decenas de solemnes cartelas con citas literarias que hay frente a los monumentos, y que Miss Google ha tenido que traducirme del sueco porque pocas veces son bilingües.  

- Desde Estocolmo he hecho un par de escapadas a ciudades cercanas, la isla de Sandham, Uppsala y Vasteras. No he podido explorar más porque algunos días ha llovido tanto que no se podía estar en la calle. 

- Hago un trayecto en ferry turístico, de los que llaman Cinderellas, a la isla de Sandham. Para llegar allí se invierten dos horas y media en atravesar otras muchas islas, islotes y rocallas que están desperdigados sobre el agua, como las migas de un mantel que sacudimos para que caigan al suelo. La belleza de esta costa es apabullante, y para no perderme ni una sola miga me empeño en hacer el viaje comoleto de ida en cubierta. Según avanzamos y comienza a hacer frío, los demás pasajeros se van retirando poco a poco para ponerse a cubierto, pero yo sigo en mi puesto cual mascarón de proa, papel para el que estoy bien dotada porque siempre he sido muy tetona. En la última media hora el viento tormentoso arrecia, y me mantengo fuera de la cabina más por cabezonería que otra cosa. En el viaje de vuelta me resguardo de la lluvia en el interior del barco, y en mi misma mesa se sienta un grupo de francesas. Están invitadas por una señora sueca que vivió la mitad de su vida en París y parece tener bastante nostalgia de aquella época. Estas amigas intercambian batallitas muy curiosas de escuchar. Ellas toman champán (la classe!) mientras yo pido un chocolate bien caliente, porque esto de ser mascarón de proa te deja helada. Confieso que el viaje de vuelta se me hace bastante pesado. Este mantel del archipiélago de Estocolmo tiene más migas que una panadería entera. 

- Voy a Uppsala, la cuarta ciudad más grande de Suecia y un importante centro universitario desde el Renacimiento. También es de aquellos tiempos su castillo, que no es que sea muy bonito en mi humilde y desinformada opinión, pero fue sede real desde que el monarca Gustavo Vasa lo escogió como palacio provisional de la monarquía en sus viajes, por lo que cuando residía allí, Uppsala se convertía en capital de hecho del reino. Un siglo más tarde, sería en este castillo donde firmaría en 1654 la reina Cristina su abdicación, por razones nunca suficientemente explicadas (se cansó, nomás?). 

Pero lo que otorga a Uppsala su renombre es su catedral gótica, la más grande de los países nórdicos. Se construyó en ladrillo en el siglo XII, y es la sede del Arzobispo de la iglesia luterana sueca. Entro en este grandioso templo, donde se han coronado muchos monarcas, y donde el principal enterramiento corresponde a uno de ellos, el rey Gustavo de la dinastía Vasa. La suya es una tumba monumental renacentista en mármol, con toda la prosopopeya correspondiente. 

Justo al salir de la capilla, me topo con una señora mayor con un abrigo de paño y la cabeza cubierta por un pañuelo, que dirige su mirada hacia la tumba real. Su expresión me resulta inquietante, y tardo unos segundos en darme cuenta de que sus ojos están muertos porque ella no está viva. Vaya susto que me llevo con esta figura hiperrealista de fibra de vidrio, su apariencia es 100% humana! Busco en la placa del suelo, pero como es habitual en la Europa norteña, allí sólo pone el nombre del escultor y el título de la obra, sin más explicación. Afortunadamente Miss Google está enterada de todo, y me cuenta el cotilleo: El artista Anders Widoff esculpió está obra, titulada "María, el retorno", en 2005. La figura de esta anciana mira con nostalgia hacia la capilla del rey Gustavo Vasa porque este, tras la Reforma Protestante, mandó vaciar aquella capilla, que había estado dedicada a la Virgen cuando la catedral aún era católica. El rey había escogido aquel lugar preferente para su enterramiento, así que fue un asunto de "Quítate tú, p'a ponerme yo". Colocando la figura de María justo frente a la capilla, el artista Widoff pretende hacer una crítica a los derroteros que ha tomado la fe luterana, donde poco a poco se va haciendo un hueco la figura de la madre del Cristo, no como virgen (dogma católico), pero sí con los demás atributos que le otorga la fe cristiana. 

A mí como no creyente, lo que me ha llamado mucho la atención es que los propios responsables luteranos han colocado esta estatua que en cierto modo les interpela en un lugar destacado de su propio templo, el más importante de Suecia. Estos países nórdicos, en estos pequeños detalles, demuestran lo que una verdadera democracia significa, al menos eso creo yo. No es que la socialdemocracia sueca sea la panacea, más bien está denostada en estos tiempos de crisis, pero sí que aún se conservan aquí algunos vestigios de la altura de miras que permitió tantos avances sociales en sus tiempos de gloria. Aquellos valores se van perdiendo, y esta María del abrigo y el pañuelo pronto va a tener que mirar con nostalgia a todo un mundo en vías de desaparición, el mundo que yo me encontré al nacer y que ya casi no reconozco. El mundo del ayer, que diría Stefan Zweig hace casi un siglo. Qué intensa me pongo por cualquier cosa. Estoy mayor. 

Al salir de la catedral soy presa de dos necesidades fisiológicas contradictorias, porque me urge tanto beber como desbeber. Me meto enfrente, en el edificio de la sede eclesiástica, que en estas iglesias protestantes suele incluir un café donde se puede comer (ignoro si hay también una hostería, como en algunos conventos católicos). Aprovecho para practicar el arte del fika sueco tomando café con un delicioso kanelbullar, o bollo de canela. Cuando llego con mi bandeja a las cafeteras, por mucho que maniobro soy incapaz de abrir la boquilla por donde sale el café. Menos mal que la joven que está detrás de mí en la cola me echa una mano. Cuando me giro para darle las gracias, veo que se trata de una pastora luterana, porque lleva una sotana negra hasta los pies. Es pelirroja, y el colorido de su piel y su cabello contrasta con la sobriedad de su vestimenta. Por el pasillo, buscando el WC, veo muchos retratos de los arzobispos de tiempos anteriores, con sus sotanas negras. De la pared de enfrente de todos ellos cuelga el de la Arzobispa Antje Jackelen, ya jubilada, cuyo cuadro por cierto es mucho más grande en tamaño, y por si esto fuera poco, en él aparece vestida de color azul eléctrico. Vivan las mujeres, dicho sin ninguna ironía. 

De Uppsala me gustan su barrio antiguo, su ambiente y sus parques, entre ellos el jardín botánico que fundó el naturalista Linneo en el s. XVIII. Quién me iba a decir a mí que la calle donde renuevo el pasaporte y el DNI en Madrid se llama Linneo por este señor... se aprende mucho viajando. 

Pero el parque más evocador y romántico es el Stadstradgarden, junto a algunas facultades de la universidad,  en cuya puerta me salen al paso unos voluntarios de Cruz Roja, que hacen campaña de mentalización sobre las necesidades de la población de Gaza. En concreto, la chica que me interpela tiene unos ojos grandes color de miel que no me parecen nórdicos sino más bien de Oriente Medio, pero como supongo que ya ha nacido aquí y es sueca, no le pregunto por su origen. En todo lo que llevo viajado por Europa, no importa en qué ciudad me encuentre, siempre veo manifestaciones de protesta por el genocidio de Gaza cuando llega el fin de semana. Y aunque no me uno a ellos, yo también opino que se trata de un genocidio, otras consideraciones aparte. Mantenemos una larga conversación sobre el tema, y ella se posiciona abiertamente (es demasiado joven, y en su apasionamiento seguramente ha olvidado que Cruz Roja por definición es una organización apolítica y neutral, por lo que no toma partido en conflictos armados, sino que se limita a prestar ayuda humanitaria y a proporcionar oportunidades a quien lo necesite). Divino tesoro, aunque entiendo perfectamente su frustración. 

- Desde Uppsala tomo un tren a Vasteras, con transbordo en Salas. En la preciosa Vasteras paso un rato muy agradable recorriendo su barrio de casitas coloridas de madera, llamado Kyrkbacken, por detrás de su iglesia principal. Son unas calles encantadoras, con jardines de cuento y rincones pintorescos. Pero son ya las seis de la tarde, y aunque luce un sol espléndido tras una mañana lluviosa, todo el mundo está metido en casa. No oigo en las cocinas el ruido propio de los preparativos de la cena, ni el rumor de los televisores, ni de ninguna conversación. Sólo puedo comprobar que las casas están habitadas por lo que vislumbro a través de las ventanas sin visillos. Si no, pensaría que me hallaba en un decorado de cine, abandonado tras el rodaje. Es la impresión que me llevo de Suecia: exceptuando Estocolmo, donde sí he visto vida en las calles fuera de los horarios convencionales, en el resto de lugares me he encontrado con gentes muy caseras. Como decía aquella vieja del chiste: Si es que como en la casita de una... no se está en ninguna parte.  











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