25.7.25

Hoy he pasado mi último día en Noruega. Una lástima tener que marcharme sin subir aunque sea un poco más hacia Helgeland, o ya puestos, continuar hacia el Nord-Norge o ártico noruego. Pero los precios de este país son prohibitivos, y mi faux pas al equivocarme con la fecha de un billete que no me reembolsan me ha despilfarrado el presupuesto. Siempre digo lo mismo: si quiero continuar la ruta hacia otros países no puedo recrearme en ninguno, y debo dejarme cosas por ver en todos. Así que adiós Mo i Rana, Bodo, Tromso e Islas Feroe (danesas, pero frente a Noruega). Tomo las de Estocolmo, y me paso al enemigo (es un decir, porque los noruegos se independizaron de Suecia hace algo más de un siglo y desde que tienen su propio petróleo ya se hacen respetar, por lo que ahora los vecinos se llevan bien). 

Estos días los he pasado en Trondheim, capital de Trondelag, región todavía en el sur de Noruega pero que se considera la puerta de entrada al norte. He aprovechado para explorar los alrededores de la ciudad (Lian y su lago, el bosque de Bymarka) y también para recorrer la mitad de la ruta en el tren de Dovre, hasta las montañas de Dovrefjell. La verdad es que en Noruega en cualquier lugar donde te encuentres el paisaje va a ser incomparable y excepcional, y llega un momento de saturación en el que los sentidos ya no absorben más maravillas y quedan como en sordina, anestesiados. Es el síndrome de Stendhal aplicado al paisaje. 

Intentaré hacer un breve recuento de lo que he visto en esta etapa, que si bien no ha sido mucho en términos cuantitativos sí lo ha sido en cualitati.... vamos, que era todo tan precioso que me ha dejado anonadada. 

Notas:

- El intenso calor húmedo de estos días ha supuesto un obstáculo que he solventado a fuerza de voluntad, pero aunque he dado pocas culadas y he ido arrastrando el alma a pasito lento, al final mis fuerzas para afrontar recorridos largos han quedado muy mermadas. Andar por esos mundos a las horas de mayor radiación me resulta incomodísimo, pero debo aprovechar esas horas porque aquí todo cierra muy temprano. Seguro que con frío habría explorado una zona más amplia sin cansarme, pero ahora simplemente no me veo capaz. Hasta en los autobuses, tranvías y trenes caigo derrengada en el asiento. Yo creía que el verano nórdico era otra cosa, me imaginaba con jersey y calcetines y hasta echando mano de la bufanda por las noches. En su lugar, mi piel se ha tornado color cuero viejo, y me he tenido que comprar otra camiseta y otras sandalias (me jumean los pinreles cosa mala), porque transpiro tanto que necesito rotar la ropa y el calzado ligero para lavarlos casi a diario, y dejarlos secándose mientras sudo los del día siguiente. No aguanto el sol, lo que como habitante de nuestra querida sunny Spain supone todo un problema, y aquí en la midnight sun Norway es toda una desilusión. Estoy mayor. 

- Trondheim es la tercera urbe más poblada de Noruega, tras Oslo y Bergen. En algunas páginas que promocionan la ciudad, se apunta que Trondheim está en el segundo puesto en importancia, pero lo cuantifican de manera bastante subjetiva: como la antigua capital histórica (corazón del antiguo reino), como el lugar donde se coronaban los reyes noruegos (el último, en 1906 o sea que ha llovido, o más bien nevado), o como la reserva espiritual del país (su catedral de Nidaros es el destino de los peregrinos del Camino de San Olav). Me entero de que hay una sana rivalidad con otras capitales, como en todas partes. Pero puedo comprender lo orgullosos que se sienten aquí de su hermosa ciudad, porque realmente tiene algo especial, cuenta con un patrimonio muy valioso, ofrece actividades de todo tipo, es un centro cultural muy potente y está en la encrucijada de rutas paisajísticas y deportivas de primer orden.

- En Trondheim lo que más destacan las guías es la catedral de Nidaros (antiguo nombre de Trondheim). Se trata de la catedral gótica situada más al norte de toda Europa. Es el destino de los peregrinos que hacen el Camino de San Olav, y también el lugar sagrado donde se coronaba a los reyes de Noruega (actualmente no se les corona, sino que firman lealtad a la constitución, i prou). Alberga las joyas de la corona. A mí esta iglesia gótica me parece de reciente factura, a pesar de datar del siglo XIII. Leo que ha recibido muchas modificaciones y restauraciones, será por eso. Actualmente es la catedral luterana, y en ella reposan los restos del santo Olav, un rey que impuso el cristianismo en la Noruega medieval y que fue enterrado en la orilla del cercano río Nidelva, convirtiéndose en todo un símbolo del sentimiento de pertenencia nacional. Hay un Camino de San Olav, una ruta que desde la Edad Media siguen muchos peregrinos, desde Oslo hasta Trondheim, donde veo muchos albergues preparados para acogerles.

Me entero de que también tenemos en España nuestro pequeño camino de San Olav, consistente en una ruta de tres jornadas, desde Burgos a Covarrubias, para visitar la tumba de la princesa Cristina de Noruega. Me asombra que exista tal cosa en un lugar a priori tan poco noruego como el Valle de los Lobos burgalés. Pero Miss Google, que tiene mucha paciencia conmigo y nunca deja de iluminarme en las tinieblas de mi ignorancia, me informa de que esta princesa Cristina se casó en el s. XIII con un hermano de Alfonso X El Sabio. Y que a pesar de vivir en Sevilla, que ya sabemos todos que tiene un color especial, ella echaba de menos la luz noruega (que puedo dar fé de que también es muy especial). Murió haciendo prometer a su esposo que construiría un templo consagrado a San Olav, y este cumplió su promesa eligiendo Covarrubias, de donde había sido el abad. Allí está enterrada y hasta allí llega la peregrinación, para quien quiera realizarla, desde la Catedral de Burgos. Una bonita forma de fortalecer la amistad entre dos países tan lejanos. 

Muy cerca de esta catedral está el Puente de la Ciudad Vieja, o Gamle Bryboa. Le llaman el puente de la felicidad, y nunca sabré el motivo, porque yo ya estaba contenta de verme en un sitio tan bonito cuando lo crucé. Debía haber esperado a estar de un mal humor hormonal, para comprobar si los efectos benéficos son reales o sólo un mito. Desde este puente se tiene una vista privilegiada del panorama que ofrecen en su orilla las coloridas casas de madera sobre pilastras, imagen de la ciudad. Bajo estas pilastras se guardaban antiguamente las barcas y todos los útiles de pesca. 

- Al cruzar este puente se accede al pintoresco barrio de Bakllandet, de calles empedradas y casitas de listones de madera que ofrecen al paseante una visión de otra época, cuando la vida era más reposada y se vivía a escala humana, para bien y para mal. Son calles preciosas que ofrecen al visitante restaurantes, tiendas de artesanía y galerías de arte. 

Pero yo tengo la fortuna de alojarme en un barrio similar en cuanto a las casitas de madera, sin el aditivo del regusto a negocio turístico. Así que me quedo con mi barrio, que se llama Skansen o Ila, no lo tengo claro porque mi calle está entre las dos zonas. Estoy cerca de un hospital fundado en el s. XIII con su correspondiente capilla, todo en madera. Tengo cerca un puerto deportivo y un paseo marítimo donde la gente lo mismo se baña que pedalea, y donde hay un curioso puente ferroviario (el Skansen) sobre las aguas que fue diseñado por el mismo ingeniero que realizó el Golden Gate de San Fransisco. Desde allí se ve la pequeña isla rocosa de Munkholmen, donde leo que los vikingos llevaban a cabo sus ejecuciones (Para que los reos no tuvieran un entierro vikingo en condiciones, y así se perdieran en la oscuridad buscando el camino de Valhalla? Lo ignoro). 

- En la esquina de mi casa se coge un tranvía que sube hasta Lian, una zona recreativa en torno a un lago. Desde allí arriba hay una vista esplendorosa de Trondheim, su costa y las colinas que la circundan. Doy un paseo por el espeso bosque de Bymarka, pero me canso de tanta cuesta y tanta tierra (la naturaleza en estado puro me agota, y siempre que puedo escoger prefiero un parque urbano, qué le vamos a hacer si tengo un gusto atroz). Lo cambio por una caminata  de una hora hasta el Trondelag Folke Museum, algo así como un museo de artes y costumbres. Al principio voy por un camino rural, pero luego atravieso antiguas aldeas y modernas urbanizaciones con edificios imitando la antigua usanza, casi todos en madera.

-En el museo, disfruto mucho recorriendo las casas de siglos pasados, tanto urbanas como rurales, que han sido preservadas y trasladadas allí, para recrear como era la vida cotidiana en Noruega en tiempos pasados. Se puede entrar en las tiendas, y subir las escaleras de las casas particulares, y recorrer las estancias o meterse en los pajares de las granjas. Todo está decorado hasta el mínimo detalle con objetos de anticuario, como si los que allí vivieron hubiesen salido un momento y pensaran volver en seguida. Mi yo más voyeur lo pasa bomba cotilleando cómo eran la sombrerería, el estudio del fotógrafo, la farmacia, la pastelería, la escuela, la fonda, el banco, la oficina de correos, la casa del rico del pueblo, la cabaña del pescador más pobre y la del granjero más humilde. La mayor parte de estos edificios pertenecieron a personas de los alrededores que los habitaron durante generaciones, y por tanto se conocen sus historias reales, que se pueden leer en las cartelas. Hay actores vestidos de época que recrean las situaciones de la vida cotidiana de estos antepasados, y una granja escuela, con cultivos, cabras, gallinas y conejos, para niños pequeños. Quienes por cierto llenan algunas zonas de este museo al aire libre, donde hay muchas actividades adaptadas a su edad. Siento sana envidia por este tipo de iniciativas, que enseñan a las nuevas generaciones cómo vivieron y trabajaron sus antepasados y con cuanto esfuerzo se construyó en su país el nivel de vida que ahora ellos disfrutan. He visto muchos museos de este tipo en forma de poblado al aire libre en diferentes países, y desconozco si en España existe algo parecido. Si no lo hay, deberíamos copiarlo.

- Otros lugares de Trondheim que me han gustado han sido la isla Brattorkaia, donde está la estación, la zona del antiguo mercado del pescado en el puerto, y el agradable paseo del río. Es una ciudad muy relajada, ideal para disfrutar sin prisas y perderse por sus rincones.

- Hago una excursión en tren hasta Dombas, para realizar al menos la mitad de la famosa ruta del Dovre, pero no llego hasta el valle del Gudbrandsdal, ya que el trayecto sólo de ida me llevaría seis horas y media, y no me veo capaz de pasar trece horas en un tren, ni me interesa hacer noche en un albergue en medio del campo. Atravieso así bellísimos parajes de gran espectacularidad, pero me pierdo la parte donde la ruta penetra en los parque regionales más famosos, cuyos nombre imposibles de recordar no voy a copiar aquí. 

El tramo que veo es hermosísimo y justifica por sí mismo la excursión, en la que dispongo de unas tres horas para caminar un poco por los senderos que parten de Dombas. Pero no me adentro demasiado, por miedo a perderme y porque hace un calor húmedo que me priva de energía. Aunque estoy sola, no voy en solitario en este recorrido, porque en este punto se reúnen los senderistas que parten hacia diversas rutas en varias direcciones. Muchos se quedan en Dombas y lo convierten en su campamento base, y otros van a la busca de granjas donde pernoctar. En algunas de ellas hay granjeros que se han especializado en guiar a los excursionistas por lugares donde saben que avistarán ciervos, bueyes, cabras montesas, todo tipo de aves y no se cuántos bichos más. Los safaris para ver a los bueyes son al parecer muy demandados, porque estos animales se importaron desde otros países y con los años han arraigado en este terruño, pero los locales aún los consideran exóticos. Yo la verdad soy poco sensible al mundo animal, pero aún así me ilusiona haber visto desde la ventanilla del tren a un ciervo con una enorme cornamenta. Ese ha sido mi momento naturaleza salvaje del día, y con él me doy por más que satisfecha. 

- Apunto por último que mi admirada Liv Ullmann se crió en Trondheim. Sus padres eran noruegos, pero ella nació en Tokio porque su padre trabajaba en la industria aeronáutica. Luego la familia pasó unos años en EE UU, hasta que el padre murió, y por falta de solvencia económica tuvieron que volver a Trondheim, Noruega. Años después la bella Liv se convertiría en musa y pareja del sueco Ingmar Bergman, y el resto es historia del cine. Cuando yo era niña y pasaban sus películas por TV, yo no las entendía (menos mal, si no hubiera sido una niña monstruosa, vaya enjundia deprimente la de este señor genial), pero sí tenía claro que quería tener un moño como el de Liv porque estaba muy guapa con él. 

En "Sonata de Otoño" (donde lleva trenzas) está genial como la hija insegura y con baja autoestima del personaje de diva que hace Ingrid Bergman. Luego he visto que Liv intentó una carrera al margen de su novio, pero le ha costado salir de debajo de la sombra que proyecta la fama del maestro. Durante un tiempo se dedicó a rodar documentales, es una mujer inquieta. Recuerdo una película protagonizada por ella pero sin Ingmar Bergman, en la que hace de reina Cristina de Suecia, donde está espléndida y que no he vuelto a ver, aunque la he buscado durante años. Se titula "La abdicación", y en ella la reina sueca se autoexilia en los Estados Vaticanos huyendo de las responsabilidades del trono. Pero en Roma, si no recuerdo mal, se convierte en una presencia incómoda para el papado por motivos políticos. Y aunque ella ha acudido allí buscando algo de paz para su atormentada personalidad, no la encuentra al convertirse al catolicismo, porque a pesar de ser lesbiana se ha enamorado del cardenal encargado de entrevistarla. No recuerdo cómo acaba la cosa, supongo que mal. Aunque sigue llevando moño, mi amiga Liv tiene ahora 86 años, y yo ya no soy aquella niña, sino una señora. Increíbles ambas cosas.

- En el aeropuerto, mientras camino por el túnel de embarque paso por delante de muchas fotos que a ambos lados promocionan las bellezas de Noruega. Todos los paisajes retratados son maravillosos, pero destacan las panorámicas de los fiordos vistos desde las cumbres. Me arrepiento a medias de haber sido una cobarde y haber obedecido a mi vértigo, que me desaconsejó subir al funicular o apuntarme a una excursión de senderismo para bordear mos fiordos por alto. Las alturas me superan, pero viendo estas imágenes me entran remordimientos retrospectivos ... Hasta que, una vez más, la fortuna me sonríe, porque durante gran parte del vuelo puedo ver desde las ventanillas del avión una panorámica "nivel Dios" como dicen los modernillos ahora. Contemplar los fiordos desde el cielo es lo más. Noruega se despide de mí a lo grande. So long, beautiful. 

Anecdotario:

- Voy camino de la estación a una hora muy temprana, porque para hacer la ruta del Dovrebanen es mejor adelantarse al calor. Aquí no se puede decir que salgo "al amanecer", porque en verano el sol se pone pero no del todo, y pasado un tiempo vuelve a amanecer, a eso de las tres de la madrugada. 

El caso es que son las cinco y media de la mañana y hay una luz esplendorosa. No hay casi nadie por la calle. Salvo una señora que lleva unos auriculares (supongo que escucha la radio) y se me planta delante, diciendo enfáticamente "Trump!". Estoy medio dormida, y mis neuronas también. Intento continuar, pero ella quiere desahogarse, y tiene que ser conmigo porque tan temprano no hay nadie más. "Trump!" declama, indignada. Dice más cosas, pero naturalmente no la entiendo. Lo que sí comprendo es le va el teatro una barbaridad, y soy público cautivo de su representación, sin fácil escapatoria porque la estación está, como no, en obras y el paso es estrecho. Al final resulta ser buena actriz, y consigue captar mi interés. Cuando dice "Melaniaaa!"  acompaña el nombre con una danza sensual, en la que mueve las caderas y alza los brazos como una hawaiana. A continuación recita "Putin!", y alza la barbilla hacia arriba en un gesto de superioridad muy propio de un tirano de película. A estas alturas reconozco que ya me estoy divirtiendo, y espero el desenlace de la obra con mucha curiosidad mientras ella sigue con su discurso, incomprensible para mí porque supongo que habla en noruego. Hasta que el esperado final llega, como un Deus ex machina. Abre mucho los ojos, hincha los carrillos, extiende los brazos a los lados con las manos abiertas y luego grita "Global catastrophe!!". Telón. No voy a aplaudir ni a lanzarle una flor, pero sí le sonrío y mientras me alejo le digo, en castellano, "Pues no puedo estar más de acuerdo". Para mi sorpresa, oigo que me contesta, también en castellano: "Sí,sí!". Aprieto el paso, no vaya a ser que haya segunda función y yo pierda mi tren. 

- En mi primera noche en Trondheim y pese a haber dormido poquísimo, me acerco al muelle cercano a mi casa para contemplar el sol de medianoche. Trondheim está más de 400 kms por debajo del círculo polar ártico, por lo que el fenómeno no es tan espectacular como más al norte. Pero aún así es muy llamativo comprobar cómo dan las doce de la noche, y la una de la madrugada, y una línea de la puesta de sol persiste en el horizonte sin desaparecer por completo, lo que proporciona una luminosidad muy fuerte que permite, por ejemplo, leer un libro. Luego vuelve a amanecer a las tres de la madrugada, pero yo he estado tan agotada estos días que esa segunda parte no la he llegado a presenciar.  

Recorro el puerto deportivo, la pasarela sobre el agua y el paseo marítimo, y aparte de poder disfrutar de la belleza y la maravilla de lo que parece una puesta de sol sin fin, me encuentro con un ambiente de gentes variopintas que están aprovechando una no-anochecida cálida y sin nubes para celebrar la vida. La forma de celebración que escoge cada cual es variopinta también, y abarca desde una fiesta en la diminuta cala, con bebida y música chill-out, a un partidillo de voleibol, o un grupo de bañistas que se tiran al mar desde un trampolín de hormigón, o unos heavies que se quitan los cueros y se mojan los pies sentados entre las rocas (supongo que en cueros, de los otros), para terminar con un hombre que fuma en solitario una pipa de agua en la que ha introducido previamente alguna sustancia que tenía escondida en un hueco entre las rocas. 

Todo respira calma y, sin la ayuda de la oscuridad, el tiempo parece haberse detenido. Me vuelvo a casa, y me cruzo con un grupito de cinco chicos que ha dado por terminado su botellón, pero que se llevan los residuos en bolsas de plástico. Al pasar por el contenedor, veo que han intentado reciclar el vidrio, pero como es un depósito sólo para cartones (en el puerto?) no han podido, y han depositado los botellines de cerveza perfectamente alineados, ordenados por tamaños, formando una fila impecable al pie del contenedor. Seguro que un psicólogo sacaría conclusiones muy interesantes sobre este comportamiento ejemplar, pero yo carezco de los conocimientos necesarios. Sólo sé que me parece raro. Estas cosas son más propias de Japón que de Europa... pero a lo mejor es que vengo de una cultura donde un excesivo sentido del orden es motivo de sospecha?

- Una tarde, de camino a casa y casi llegando ya, enfilo la preciosa calle llamada de Hospitalsgata porque allí se encuentran las antiguas dependencias del hospital medieval, modernizado y todavía en uso. En las inmediaciones del hospital siempre encuentro personas de la tercera edad que imagino acuden a sus tratamientos o consultas. En esta ocasión, hay tres señoras mayores que salen de allí literalmente celebrando la vida (supongo que les han dado buenas noticias... o quizá no tan buenas, y quieren apurar cada minuto). El caso es que las tres van cantando una canción mientras caminan rítmicamente, y en el estribillo se paran y gritan una consigna que no entiendo, levantando los brazos. Luego se tronchan de risa (a volumen moderado, que al fin y al cabo son noruegas ) y retoman esa especie de danza.  Yo voy detrás, y al notarlo, una de ellas se para para darme explicaciones, pero le digo que soy extranjera y no la entiendo. Su inglés es muy limitado, pero me comprende perfectamente cuando la felicito por estar tan alegre y aprovechar el atardecer sin fin del sol de medianoche para su celebración. Me despiden las tres con muchos gestos y sonrisas, y estoy convencida de que hoy van a volver muy tarde a casa. Diga usted que sí, que los buenos momentos hay que exprimirlos al máximo. 

- En Trondheim me alojo en un apartamento que claramente ha servido a los propietarios como segunda residencia para el veraneo. Está situado en un bajo, y tiene un porche de madera con tumbonas de lo más acogedor. Como es corriente en estos alquileres a traves de plataformas online, las llaves estan depositadas en un cofrecito que se abre con una contraseña. Pero en esta ocasión, para acceder al cofrecito debo atravesar el jardín trasero comunitario de la propiedad. Tal como ya he observado en Holanda y los países nórdicos, este jardín tiene el habitual banco de madera rodeado de macetas donde los vecinos socializan al aire libre cuando hace bueno. Lo que hace especial a este jardín en concreto es que hay un televisor de gran tamaño plantado en el césped, justo frente al banco. Cine de verano? Nunca lo sabré. 

- El día de mi partida, a primerísima hora de la mañana espero el autobús a la estación junto a mis Resilias, y una vez llega me dispongo a pagar con mi tarjeta de crédito, como he hecho el día anterior en el tranvía. Pero el conductor, que es prácticamente un anciano, me dice que el sensor para pagar en el autobús es solamente para los abonados. No puedo pagar al contado porque no tengo coronas noruegas (los países escandinavos no asumieron el euro al incorporarse a la UE, y conservan sus monedas propias). Pagar como abonada supone descargarme la app municipal de internet, registrar allí mi tarjeta de crédito y pagar online. Me dispongo a acometer tamaño engorro, cuando el conductor pone cara de Papá Noel y me dice, No importa, pasa y siéntate. Es un gesto más de amabilidad de los muchos que me he ido encontrando en este país de gentes reservadas pero muy, muy agradables y atentas. 



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