El regaliz en estas tierras nórdicas se vende salado, y se llama salmiakk. En Escandinavia y el resto de países nórdicos es la golosina más popular. Antiguamente le empezaron a añadir sal al regaliz en las farmacias, donde lo vendían como sirope no sólo porque sube la tensión arterial, sino porque junto con la sal (de amonio) tiene propiedades expectorantes. Yo soy adicta al regaliz, y su variedad salada me chifla, pero nunca pensé que iba a pasar de comprarme un paquetito, como simple curiosidad gastronómica de bajo coste. Tampoco esperaba 32°C en Oslo con alta humedad y un sol implacable, con la consiguiente bajada de tensión que el fuerte calor húmedo siempre me provoca, especialmente en la orilla del mar. Como resultado, he tenido que caminar (más bien arrastrarme) por las calles mordisqueando salmiakk como si fuera el suero de la vida, porque ha habido muchos momentos en que me he sentido desfallecer, incluso sentada en un tranvía. Lástima, porque en invierno yo hubiera aprovechado para recorrer esta ciudad de tamaño mediano de cabo a rabo. Pero lo que he conseguido ver ahora me ha costado un verdadero esfuerzo de voluntad. Los veranos del cambio climático van siendo más y más complicados de sobrellevar. Estoy mayor.
Mi impresión tras haber recorrido lo que he podido, es que Oslo, a pesar de desplegar ante el visitante su cara más espectacular desde el mismo puerto o la contigua estación, no resulta a primera vista una ciudad boutique, sino que sabe esconder sus encantos a quien disponga de algo de tiempo para recorrer los rincones más alejados del centro. Su belleza no reside precisamente en los edificios construidos en los años 1960s, época en la que triunfaban las cajas de zapatos hechas de ladrillo o de hormigón a la vista. Su belleza se encuentra en sus diferentes barrios y en la idiosincrasia de cada uno de ellos, en sus parques, en sus hermosas avenidas y en las grandiosas construcciones contemporaneas que bordean sus paseos maritimos. Puede resultar la menos atractiva de las capitales escandinavas, pero yo creo que tiene una luminosidad muy especial y sobre todo un ambiente muy vitalista.
Tras sufrir varias plagas, un gran incendio y reconstruirse en los ss. XVIII y XIX, La ciudad anteriormente conocida como Cristiania se transformó en Oslo, la capital del joven estado de Noruega, país desgajado de Suecia hace solamente un siglo. Noruega cuenta con un territorio hermosísimo que sin embargo solamente es cultivable en un porcentaje mínimo, por lo que su economía rural estaba basada en la pesca y en la agricultura. El comercio maritimo sí le aportaba buenos ingresos, pero aún así fue durante mucho tiempo uno de los países más empobrecidos de Europa. Hasta que en los años 1960s los noruegos tuvieron un golpe de suerte, porque unas prospecciones encontraron gas y el mayor yacimiento de crudo de Europa en el Mar del Norte y el Mar de Barens, en sus aguas territoriales. Desde entonces son una de las economías más pujantes del mundo, y presumen de no tener problemas relacionados con la escasez de ningún tipo. A pesar de lo cual, yo en mis paseos detecto cosas que no he visto en la vecina Dinamarca: suciedad en las calles, edificios descuidados, muchos más mendigos sin techo dormitando en la calle, y pedigüeños profesionalizados. También veo más diversidad racial: muchos más musulmanes, sobre todo turcos, subsaharianos y asiáticos. Hay algunos latinoamericanos, pero los encuentro más bien como turistas que como residentes y trabajadores. Al menos esa es miprimera impresión, que por supuesto puede estar errada porque sólo estoy pasando aquí unos pocos días.
A mí me ha gustado especialemnte pasear por los barrios de Tjuvholmen y Bjorvika, dos zonas portuarias a ambos lados de la monumental Ópera. Estas áreas de antiguo uso industrial han sido transformadas en impresionantes viviendas para ese tipo de propietario que necesita tener su yate atracado justo debajo de su balcón. Pero tanto los espacios interbloques como los jardines como el paseo marítimo y las plataformas posadas sobre el año preparadas para el baño son de uso público.
Otros lugares que me atraen de Oslo, sin orden ni concierto:
La Ópera me parece todo un prodigio de elegancia. Y lo mejor es que se puede ascender por sus enormes rampas como por un zigurat. El esfuerzo merece la pena, porque la vista desde arriba al atardecer es muy especial.
Oatbanehallen, mercado gastro, y todas las calles comerciales que lo rodean, con sus galerías y su dinamismo.
La Biblioteca Nacional, que es aún más original que la de Copenhague. Tiene una sección infantil donde los niños se descalzan y se meten dentro de una casita de juguete para adquirir allí dentro el hábito de la lectura como un juego más.
Al final no visito el Viking Planet ni el Museo Munch, pero este último edificio me parece fascinante. Por fuera. No me apetece nada verlo por dentro. Así soy yo cuando no tengo el día cultureta.
Me conformo con ver de lejos el edificio Kistefos, llamado The Twist Building. La bajada de tensión que me provoca el intenso calor bochornoso me impide hacer el esfuerzo de llegar a aproximarme.
El parque Vigeland Park en realidad se llama Frogner. Según leo, los turistas tendemos a confundir el nombre por asociarlo al término inglés frog, y así hemos creado la leyenda urbana de que en el terreno había ranas. Pero se trata de un malentendido, parece que la palabra frogner deriva del antiguo danés y significa campo abonado, así que lo que había en el terreno era estiércol. Creo que prefería las ranas, la verdad.
Ya puestos a aclarar malentendidos, el motivo por el que le llamamos Parque Vigeland radica en que este parque contiene la monumental obra escultórica creada a principios del s. XX por el artista noruego Gustav Vigeland, con más de 200 esculturas de este artista diseminadas en torno a un puente, una fuente y varias glorietas ornamentales. Se trata de estatuas que, aunque son originales, en mi opinión no resultan en sí mismas espectaculares si las tomamos de una en una. Pero el conjunto de todas ellas sí resulta grandioso, especialmente en torno a la columna llamada del Monolito y la Rueda de la Vida. Esa mezcla de humanismo espiritual y de culto a la anatomía en todas las posturas imaginables le terminó trayendo problemas a su creador: leo que en los años 1940s, durante la invasión nazi de Noruega, Vigeland se mostró un poco demasiado hospitalario con los jerarcas del Tercer Reich que visitaron su parque y su taller, con la intención de aproximar estas esculturas a los ideales de superioridad de la raza elegida por Hitler para su ideario. Una vez terminada la contienda, se acusó a Vigeland de colaboracionista y eso causó su caída en desgracia. Pero su memoria parece que está rehabilitada, y desde luego la obra que se expone en este parque es digna de verse y en definitiva atrae hasta Oslo a muchos turistas, de modo que... pelillos a la mar.
Durante mi visita al parque tengo que tenderme un buen rato sobre la hierba y a la sombra de un árbol, para recuperarme de una bajada de tensión. Tras un par de helados (consecutivos) consigo refrescarme un poco y recuperar mis fuerzas a los sones de la lambada, melodía anticlímax donde las haya en este contexto. El típico acordeón aporreado a destiempo por el típico músico callejero suena igual de mal en este parque que en cualquier otro lugar del planeta. Y como no me encuentro bien del todo, me parece insoportable tener que escuchar cómo suenan en bucle machaconamente unos pocos, poquitos compases de este alegre baile brasileiro, que no me da tregua. Si la lambada queda malparada, las obras de Vigeland son directamente ultrajadas. Me imagino a los nazis escuchando la musiquilla y casi veo sus caras de espanto. Yo no soy nazi, pero sí experimento grandes deseos de enviar (deportar?) a este músico tan poco dotado a la otra punta del parque, para conseguir algo de paz (y de "espacio vital"?). Que es exactamente la estrategia que él sigue, supongo, y por eso toca tan alto, tan seguido y sobre todo tan mal. Cuantas veces no le habrán dado propina para que se calle de una vez. Termino preocupada: a que va a ser que sí soy un poquito nazi después de todo.
El barrio de Frogner que rodea a este parque tiene preciosos bulevares y villas muy bonitas. Es una zona señorial por la que resulta todo un placer pasearse.
En uno de los extremos de este distrito, camino del centro, está el Kongelige Slott, o palacio real. Este palacio es uno de los más sencillos que he visto nunca, y no creo que su falta de ornamentos se deba a que ya en el s. XIX se llevaba la decoración nórdica minimalista. Debe de tratarse de una falta de medios económicos y de fortuna personal del estado y de la familia real. Al lado de todas las residencias reales de Dinamarca, esta mansión regia resulta poco menos que la Cenicienta del cuento. Pero precisamente como en el cuento, el palacio cuenta con un pequeño jardín posterior que conserva todos los árboles allí plantados en los años1840s, y que rezuma muchísimo encanto. Los pobres guardias reales que están al sol en las garitas con su tupido uniforme de gala tienen la cara muy colorada, y yo temo que alguno de ellos se desvanezca o sufra un golpe de calor.
Otro de los lugares por cuyas calles juego a perderme es Grunerlokka, distrito alternativo donde reina la diversidad, y que está cercano al hostal donde me alojo. Mucha gente en las terrazas y tendida sobre la hierba de los parques hasta altas horas, muchos edificios del s. XIX de un estilo más centroeuropeo que nórdico, y muchos establecimientos de todo tipo con propuestas creativas más o menos bohemias, pero siempre muy originales. En muchos patios interiores de las manzanas veo bancos y mesas de madera, allí dispuestos para que los vecinos se encuentren y compartan un rato juntos, rodeados de plantas y de farolillos. La atmósfera de diversión combinada con conciencia de comunidad y denuncia social, me recuerda un poco al desaliñado Berlín Occidental de los últimos años 1980s que yo visité, justo antes de la caída del muro.
Una zona donde se junta mucha juventud es en el reconvertido cauce del río Akerselva, que tras un pasado como vertedero industrial se ha recuperado para Oslo, junto con un agradable parque ribereño. También me trae recuerdos, pero en este caso del parque Madrid Río a orillas del Manzanares. Aunque este Akerselva, sin ser caudaloso, le gana en volumen a nuestro humilde aprendiz de río, como lo llamó Quevedo (que, hablando en castizo, tenía muy mala leche y justo por eso lo clavaba).
También repito paseos por la noche, cuando baja el sol, por zonas como la calle Niels Jules gate, el barrio de Skillebek y el de Ka ringen Beygge, junto al paseo marítimo llamado Strandpromenaden y el de Tjuvholmen, que junto al estupendo edificio del Museo cuenta con una pequeña "playa" donde se apelotonan los ciudadanos de Oslo, a los que noto ávidos de aprovechar al máximo los meses de luz solar y de calor. Noruega, favorecida por los vientos atlánticos, disfruta de unas temperaturas algo más templadas que sus vecinos escandinavos, lo que propicia que muchos nórdicos de países vecinos la visiten en vacaciones para bañarse en sus aguas.
Una escultura cerca de esta playa, que no termino de enterarme de a qué personaje homenajea, tiene una placa en la peana que dice así: Si todo lo demás falla, prueba con el sentido común! Buen consejo nórdico, que quizá se desoye en las tierras menos prudentes y mesuradas del sur, de donde provengo.
Me acerco en tren hasta las poblaciones costeras de Fredrikstad y Moss. En la primera hay muchas embarcaciones deportivas atracadas en una ría o canal que la comunica con el mar unos kilómetros más adelante. Goza de un ambiente muy veraniego y cuenta entre sus atractivos con edificios muy notables del Jugendstil, o modernismo austriaco, que datan de los tiempos en que el veraneo era una cuestión regulada por la etiqueta, cuestión que solventaban las clases acomodadas con toda elegancia y esplendor. Hoy en día el veraneo afortunadamente se ha democratizado, pero también hay que reconocer que se ha vulgarizado bastante y hemos pasado de los chapines a las chancletas, lo que ha supuesto la transición hacia la igualdad en derechos, pero también un viaje sin retorno hacia la horterada pura y dura.
Moss conserva algunos edificios antiguos en su casco histórico. Uno de ellos es la estación a la que acudía a diario Munch cuando vivía en la localidad. Al parecer se acercaba por allí para desayunar, leer la prensa y reunirse con los amigos, marchantes o clientes que llegaban a Moss para verle. En la cartela se hace hincapié en que en esa etapa de su vida estaba sobrio, porque al parecer en la estación le habían dejado claro que allí sólo se servía alcohol a los viajeros con billete, no a los vecinos del pueblo. (Quizá alguna de sus visitas con billete le pasaba un sorbito de estrangis cuando nadie miraba?). Munch pasó la Primera Guerra Mundial en Moss, muy deprimido y con las lealtades divididas, porque según declaraba tenía muchos buenos amigos y clientes alemanes, pero su corazón estaba con París. A los pintores siempre les quedará París, por los siglos de los siglos.
En Moss me abordan dos jóvenes muy rubios para convencerme de que su ONG me necesita urgentemente. Les aviso de que sólo estoy de paso. Se entusiasman cuando les digo que vengo de España, los dos han pasado su Erasmus en Valencia y estan planeando volver en cuanto puedan. Se esfuerzan en hablarme en un español bastante aceptable. Les deseo buena suerte en su labor de captadores.
Anecdotario:
- Como tantos turistas antes y después que yo, no puedo resistirme a apuntarme a un crucero por el fiordo de Oslo, justo frente a la ciudad. Comparo precios y, puesto que todo es tan caro aquí y el desembolso es inevitable, decido darme un capricho. Desoyendo el consejo nórdico sobre el sentido común, en vez de escoger el barco que promete un "recorrido silencioso", me decanto por una opción menos espiritual y más jaranera: una travesía de tres horas a la caída del sol por las islas del archipiélago y el fiordo, en un velero de madera (construido en 1948), con una cena que consiste en gambas "a la noruega" (cocidas y servidas con rebanadas de pan blanco, mayonesa, mantequilla y eneldo) y amenizada por música (enlatada) de fondo.
La luz dorada de un atardecer de verano en Oslo es muy especial, y las altas temperaturas se supone que dan una tregua entre las siete de la tarde y las diez de la noche gracias a la brisa marina, aunque el sol me parece casi tan fuerte como el de una playa sureña. En la cola de entrada, justo detrás de mí detecto a una familia española. Están muy nerviosos porque calculan que somos demasiados pasajeros para ocupar las sillas y mesas corridas que están dispuestas en cubierta. Las gambas aún no se mascan, pero la tensión sí, porque hacen todo tipo de proyecciones a futuro sobre la distribución de los crustáceos entre tantos comensales, y no les salen las cuentas. Amenizan la espera escogiendo mesa de antemano (a la sombra bajo el toldo, pero que quepamos todos juntitos y no nos separen, que no hablamos inglés). Se llevan un gran chasco cada vez que alguien que ya ha ganado la cubierta se sienta en el lugar del que ellos habían ya tomado posesión en su imaginación. En definitiva, se quejan de todo, y aún estamos en tierra firme. Resuelvo no revelarles que soy una compatriota, y alejarme de ellos lo más posible.
Como soy un verso suelto, debo acoplarme en alguna mesa grupal, y todas son de seis comensales. Las alternativas que me depara el destino son escoger entre un grupo de matrimonios franceses y alemanes, un grupo de chicas muy rubias y muy maquilladas, y dos parejas de novios multiculturales. Me agrego a estos últimos, que además de pertenecer a nacionalidades y razas distintas, son de tribus urbanas diferentes. Viva la Europa de la diversidad! Los novios a mi derecha son una chica oriental muy agradable y charlatana, que habla por los dos, porque el chico alemán que la acompaña es tirando a monosilábico. Han venido desde Munich, donde viven, porque allí hace demasiado calor y decidieron buscar algo de fresquito en tierras noruegas, con la sorpresa climática de que en Oslo hay estos días casi diez grados más que en Baviera.
La pareja que tengo sentada enfrente en cambio es todo un enigma sin resolver, porque protegen su intimidad con carantoñas y susurros. Él, por el físico y el acento proviene de algún país sureño que no es España. Se desvive por su amada y le pregunta si está cómoda, si está contenta, si le parece bien, si las cosas están a su gusto. Ella, que es de este terruño y va ataviada de gótica nórdica, se encoge de hombros y contempla el mar sin despegar los labios, de los que cuelgan por cierto algunos piercings a juego con los que decoran otras partes de su rostro, blanqueado por un maquillaje cadaverino digno de una Katrina mexicana, aunque sin la flor. Esta chica no habla, hasta que llega el momento en que se abre el bar, cuando le específica a su acompañante que ella el vino lo quiere blanco y seco, pero no semi seco sino seco a secas, y que ni se le ocurra traerle vino tinto, en el peor de los casos admitiría un espumoso, pero por favor, no un prosecco, aunque no le importaría que fuera champán. Tan largo discurso nos impacta a todos, porque llevamos ya una hora de travesía y hasta el momento no habíamos escuchado el timbre de su voz.
Ambos caballeros se encargan de proveer a sus damas respectivas de bebida (no incluida), y como espero turno detrás de ellos en la cola del buffet, sé lo que le cuesta a sus bisoñas economías el convite. La gótica recibe la ofrenda de la cubitera con su botella con la indiferencia glacial de una diosa vikinga. Sólo se digna comprobar la etiqueta, y a continuación le deja muy clarito a su chico que este no era el vino que le había pedido, tras lo cual sólo vuelve a despegar los labios para ingerir el tan detestado líquido, que no es de su agrado pero del que se deja servir otra y otra copita. Me resulta fascinante esta representación de sumisión y dominación pasivo-agresiva, o más bien desganada-despectiva. Su chico la mira extasiado. Yo también la miro, pero más bien intrigada. Tengo curiosidad por comprobar cómo se las va a apañar para pelar las gambas con esas enormes uñas decorativas tipo pirámide en tres dimensiones. Mis dudas quedan resueltas cuando él le trae del buffet un plato rebosante de marisco, y ella no sólo se da muy buena maña sino que alcanza una velocidad para desembarazar a los crustáceos de su cáscara que supera la de todos los que nos sentamos en la mesa. Ole y ole por el Black Metal noruego, qué poderío.
Más tarde, en la lánguida sobremesa, cuando el sol ya roza la línea del horizonte y riela en el agua, todos contemplamos la orilla de las islas, las casitas de madera que las pueblan, las demás embarcaciones que navegan brevemente a la par con nosotros, y las gaviotas que nos acechan porque han olido el marisco. Por megafonía nos suplican que no les echemos comida porque se ponen agresivas. Los novios bávaros se suben al castillo de popa a hacerse fotos románticas al atardecer. La gótica escoge este momento mágico en que muere el día pero resurge el sol de media noche, para sacar una baraja de tarot y leerle las cartas a su chico, al que de vez en cuando le recalca que no se entera de nada, y en eso estoy de acuerdo. Dudo mucho que él saque algo en claro de este paseo por el amor y la muerte, o más bien por el espumoso y las gambas. Sospecho que cuando desembarquemos ella se perderá entre las sombras cual murciélago volandero. El parece un tío majo, espero que se busque otra noviamiga.
Nota al pie: Una vez le pregunté a mi psicóloga si yo tenía complejo de superioridad. Algo de eso hay, fue su respuesta. Supongo que en ese complejo está la clave de por qué me erijo en jueza de comportamientos ajenos. Como si yo no tuviera todo tipo de manías y rarezas myself.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.