What a day. Todavía estoy sobrecogida por haber recorrido una de las líneas ferroviarias más espectaculares del mundo, el tren de Flåm en el este de Noruega. He hecho un itinerario por Hardangervidda, la meseta montañosa más alta de Europa. Y por el largo fiordo Aurlandsfjord, desde los montes que lo circundan (el Reinunga es el pico más alto, con 768 metros) hasta el nivel del mar. En mi caso, he sumado al tren de Flåm el trazado completo de la línea con destino a Bergen, porque el tren de Flåm recorre solamente 20 kilómetros, pero incluyendo en el trayecto la línea completa de Myrdal a Bergen son 110 kilómetros más, dura dos horas y media en total y añade encanto y esplendor a las ya de por sí gloriosas vistas, con un apabullante efecto multiplicador.
Desde Bergen, ciudad portuaria donde me mojo, me propongo llegar al norte de Noruega, a la ciudad de Trondheim, que aunque está por debajo del círculo polar ártico sí disfruta de los efectos plenos del sol de medianoche, ese que no se pone del todo sobre la línea del horizonte. Por una serie de circunstancias que explicaré más adelante (catastróficas desdichas, nivel parvulitos), no podré llevar a cabo mi proyectada estancia en Tromso, ciudad noruega que sí que está por encima de dicho círculo mágico. En su lugar, desde Trondheim tomaré un tren que cruzará la frontera sueca y, tras una etapa intermedia en Ostersund y Sundsvall, llegaré a Estocolmo. No puedo luchar contra mis despistes, contra el servicio post-venta de las plataformas online, contra el coste de la vida escandinava y contra la confabulación de los astros... Demasiados frentes abiertos, y yo debo seguir viaje a muchos otros países, con un presupuesto muy mermado por mi aventura en Noruega, el país más caro del universo nórdico, que le ha pegado un buen bocado a mi tarjeta de crédito.
Pero volviendo al inicio del día de ayer, antes de que se torcieran las cosas, mi única preocupación por la mañana ya era subsanar un despiste. Mis despistes merecen unas cuantas sesiones de psicoterapia (ya las tuve durante dos años, y me aconsejaron que me aceptara tal como soy porque básicamente mi déficit de atención crónico me acompaña toda la vida). Nada más sentarme en el tren a las siete de la mañana, caigo en la cuenta de que ni se me ha ocurrido reservar plaza en un ferry para ver los fiordos desde el agua. Este tren me lleva desde Bergen a Myrdal, estación de montaña donde se cambia a otro tren que desciende hacia la ciudad costera de Flåm, la llamada capital de los fiordos. Flåm es un pueblecito diminuto, y aparte de los encantos que pueda ofrecer, la razón principal de llegar hasta allí es coger un ferry en su puerto, para hacer un recorrido fluvial de dos horas hasta Gudvangen, durante el cual se puede contemplar a placer la altura de estos colosos desde abajo, tras haberlo hecho desde arriba por vía férrea. Tal como he planeado la excursión, digamos que me quedo a medias y que mi placer se verá interruptus (estéticamente hablando).
Cuando reparó en mi lapsus, sabedora de que en temporada alta casi no hay plazas en la atracción número uno de Noruega, doy un brinco en el asiento y me convierto en una fiera enajenada, clavando las zarpas en la pantalla del móvil mientras mascullo todos los mecagos y los joderes que caben dentro de mis malhabladas fauces. Los demás pasajeros me miran de reojo, y espero de todo corazón que no entiendan el castellano, no vayan a pensar que lo de gilipollas va por ellos… Milagrosamente encuentro plaza online en uno de los ferrys del día, pero el horario no coincide y mi tren llega al puerto cuando ya hace rato que ha zarpado. Compro los billetes de todos modos, y resuelvo colarme en el tren de Flåm del turno anterior al que yo he reservado (con una semana de antelación). Mi plan inicial una vez a bordo es hacerme la loca y responder a todo “no sé”. Soy consciente de que viene gente del mundo entero a subirse al tren de Flam, uno de los más paisajísticos del planeta, y lo más probable es que tenga que ir de pie. Pero también he observado estos días que muchos revisores noruegos no cuentan con un lector de código QR, y sólo echan una ojeada rápida a la fecha y el destino del billete. Mi mente neurótica sobreexcitada escapa a mi control, y prepara varios diálogos con la misma meticulosidad que una actriz se aprende el guión de una escena. Pero una vez que se me presenta la situación, la revisora me mira y me sonríe con complicidad. Una menos para el siguiente turno, debe de pensar…
En lo que sí se cumplen mis previsiones es en que paso los 60 minutos del recorrido hasta Flåm de pie. Pero resulta una ventaja, porque como suele ocurrir en los viajes de montaña, aunque se atraviese de un valle a otro, las ventanillas de un lado dan acceso a una panorámica más amplia que la del lado opuesto, que suele ir más pegado al terreno excavado. Yendo de pie, puedo ir cambiando de perspectiva según la vista que se me ofrezca a derecha o izquierda, y así no me pierdo nada. No me canso, porque en el metro de Madrid he hecho viajes mucho más largos en hora punta sin poderme sentar, y sin vistas.
Las vistas aquí son tan maravillosas que es imposible describirlas con palabras. Este tren de Flåm, en el sentido montaña-mar, comienza en Myrdal, pequeño conglomerado de casas que alojaron a los obreros que construyeron este prodigio de la ingeniería. Durante los veinte años que duraron las obras, terminadas en 1940, ellos y sus familias hicieron vida aquí, con una escuela, una enfermería, una tienda y un café. Las fotos son fascinantes. Estos héroes construyeron un trazado increíble por las escarpadas laderas, con 20 túneles, uno de ellos en espiral, y con un desnivel imposible que no sé cuantificar, pero que es toda una proeza.
El viaje ofrece las mejores vistas de los montes, lagos y cascadas, las casitas de madera de colores con tejado a dos aguas, los lagos y los ríos de aguas cristalinas, las vacas, las flores, los ciclistas, los senderistas y un cielo limpio de alta montaña. Los puntos fuertes que consigo recordar del recorrido por todos los pueblecitos de la zona son los siguientes:
Vatnahalsen, donde hay un precioso hotel de madera de los 1860s, y una tirolina para los muy cafeteros con la adrenalina a tope (mi vértigo me salva de correr el riesgo).
El imponente monte Reinunga 768 mts) junto al lago Reinungavatnet. Y la increíble cascada de Kjosfossen, donde hay una central eléctrica que mueve el tren, porque los noruegos viven de vender sus enormes reservas de petróleo al mundo, pero luego son muy ecológicos y en su propio territorio apuestan por energías limpias.
Hareina, donde hay otra tremenda cascada, la de Rjoandefossen, pero esta cae verticalmente,
El tren recorre todo esto y más muy despacio, para permitir el goce y disfrute del entorno, haciendo un par de paradas para dar paso por la vía única a los trenes que circulan en sentido contrario. A esto se añade la parada estrella del viaje, que consiste en 5 minutos sobre una plataforma que permite ver de cerca la majestuosa cascada de Kfosjossen. Allí nos bajamos todos, y tras esperar un poco a que dejemos de darnos codazos para conseguir el tan ansiado selfie, un par de druidas encaramados en la alturas hacen unos cuantos pases mágicos a los sones de una música ambient. Uno de ellos finge caerse danzando por la pendiente, y yo soy tan pardilla que durante un momento me lo creo y todo. En el viaje de vuelta tengo oportunidad de ver el mismo espectáculo de nuevo, y ya detecto el truco. Al poco rato, desde la ventanilla del tren veo un parapente descontrolado que se mueve violentamente a merced del viento, hasta que desaparece bajo las copas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que también se trate de un efecto óptico.
Si el viaje en tren resulta inolvidable, qué decir de la travesía bordeando los fiordos. La realizo dos veces, porque aunque se puede coger un autobús de vuelta desde Gudvangen al punto de partida, yo con la edad tiendo a marearme en las carreteras de montaña con curvas, y prefiero desandar el camino por los mismos medios por los que he llegado, que me ofrecen más estabilidad. De modo que transcurrida una hora en Gudvangen se me ofrece la posibilidad de repetir todo el maravilloso recorrido, y como las mujeres somos multiorgásmicas experimento las mismas sensaciones y me maravillo igual que a la ida, sólo que la luz (esa luz noruega inimitable) ha variado desde las horas transcurridas desde la media mañana a la media tarde, y eso le proporciona a la excursión una nueva dimensión con otros matices.
Tampoco sé expresar la emoción que me causa esta travesía, sólo diré que hay un momento en que se me caen dos lagrimones. De todos los panoramas que he tenido oportunidad de contemplar en lo que llevo viajado hasta ahora, probablemente este fiordo de Aurlandsfjord sea el más… no sé cómo calificarlo. El más.
Ya de vuelta en la habitación de la pensión donde me alojo en Bergen, intento hacer el check-in online del vuelo que al día siguiente me llevará a Trondheim. El viaje por tierra, en tren o autobús, supone demasiadas horas en ruta y varios transbordos, por lo que en contra de mi costumbre y mis convicciones me he decidido por el avión. El caso es que al querer obtener la tarjeta de embarque, caigo en la cuenta de que me he despistado (again), y que no he sacado los billetes para el mes en curso, sino para el siguiente. Es un error que he cometido muchas veces en mi vida privada y profesional, y que de nuevo cae sobre mí como un rayo justiciero, enviado por la ira de los dioses. Algún karma pendiente muy, pero que muy gordo debo de tener yo por ahí en mis reencarnaciones anteriores, y se conoce que aún no he saldado las cuentas con el destino.
Tengo el alojamiento en Trondheim ya pagado con las fechas cerradas, y no me van a a devolver el dinero si lo cancelo, de modo que intento modificar la fecha del vuelo, pero la línea aérea no atiende reservas hechas a través de agencias de viajes, y el servicio post venta de la plataforma online donde compré el billete me pone todo tipo de trabas. Al final consigo, a las dos de la madrugada, que me pasen al chat online. Me atiende alguien muy amable desde la India (con los nombres indios es muy complicado adivinar el género de la persona), pero el caso es que su amabilidad no se traduce en ninguna solución practica, y lo que me ofrece es más bien una conversación en bucle llena de fórmulas de cortesía que me hace perder el tiempo. Supuestamente yo he contratado al adquirir el billete la posibilidad de cambiar las fechas, pero a la hora de la verdad la línea aérea de bajo coste impone unas condiciones que no admiten ni cambios ni cancelaciones, y por supuesto no me va a reembolsar nada. La única solución es comprar otro billete y darme a los demonios. En fin, todo esto es un dejà vu que me agota, pero que por la fuerza de la costumbre tampoco me sorprende.
En la sala de embarque del aeropuerto, intento completar algunas notas sobre Bergen, la ciudad que me ha servido de base en estos últimos días.
Bergen, la antigua Bryggen, está en la costa oeste de Noruega y es la segunda ciudad del país tras Oslo. En tiempos formó parte de la liga hanseática para el comercio fluvial y marítimo, y hoy día retiene su importancia gracias a su puerto, su aeropuerto, las prospecciones petrolíferas y submarinas y el enorme impacto turístico de los fiordos que la rodean.
El casco antiguo es una verdadera preciosidad. Bergen ha sabido conservar muchas casas antiguas, pese a los incendios que asolan a toda ciudad a lo largo de su historia, y más a estas urbes nórdicas donde todas las casas eran de madera. Muchas casas actuales del centro datan del s. XVIII y provienen de la última reconstrucción tras el último gran incendio.
Especial interés ofrece el complejo del Museo Hanseático Schotstuene, un barrio entero de edificios de madera donde se reunían los mercaderes hanseaticos, que llegaron a Bryggen desde el norte de Alemania en el s. XIII y se establecieron aquí, estableciendo una próspera ruta comercial en la que se intercambiaban cereales germánicos por bacalao seco noruego. Pasear por estas estrechas calles patrimonio de la UNESCO es todo un viaje atrás en el tiempo. El control hanseático sobre este comercio fue sustituido debido a los vaivenes del poder, y pasó a manos noruegas a partir de mediados del s. XVIII, pero no por ello dejó de ser igual de lucrativo.
A mí lo que más me gusta de Bergen es perderme por sus calles empedradas más altas, donde casi todas las casas son deblistones de madera y tienen varios siglos. Se aúpan desordenadamente las unas sobre las otras en la falda de la colina, y para acceder a algunas de ellas hace falta escalar por unos irregulares peldaños de piedra. La puerta exterior suele estar decorada con un rosal, y las ventanas exhiben pequeños objetos decorativos tradicionales. En muchos rincones hay un banco rodeado de macetas con hortensias, y veo aparcados muchos vehículos eléctricos tipo papamóvil, pero de tamaño mínimo, para poder circular por estas cuestas tan empinadas y estrechas. En mis paseos por estos barrios altos, pocos rincones me devuelven a la actualidad, y casi casi tengo que alzarme el miriñaque para subir los peldaños de las escaleras.
La pensión donde me alojo forma parte de una de estas casas de madera, que sobre el dintel de la puerta tiene una fecha: Anno 1709. Por desgracia, tanto el mantenimiento como las condiciones higiénicas desmerecen del encanto de esta casita. Pero aún así, entro allí como en el túnel de tiempo, y mi imaginación suple las carencias de la realidad.
Anecdotario:
- El ferrocarril de Oslo a Bergen sigue un recorrido por parajes espectaculares de justa fama mundial. El trayecto dura siete horas, con un transbordo intermedio en Myrdal. Al principio, la mayor parte de los pasajeros duerme. Más adelante, empiezan las conversaciones entre los grupos de conocidos, la mayoría senderistas que han venido del mundo entero. También hay familias con niños pequeños (nórdicas la mayoría) o con hijos adolescentes (muchos indios) o parejas de novios de todas partes.
Charlo con mis compañeros de asiento, un matrimonio siciliano que está haciendo el circuito escandinavo en sentido contrario al mío, y comparamos impresiones. Yo provengo de un país donde tenemos tendencia a hablar en un tono demasiado alto. Los italianos, no digamos. Pero hablamos entre nosotros a un volumen mucho más bajo que un grupito de estadounidenses que se ha instalado al fondo del vagón. Son seis personas que, independientemente de los derroteros que siga su conversación, la rellenan de "Oh-my-Gods", "Wows" y "No-ways" cada dos por tres, especialmente cuando una de ellos, que vive en Los Ángeles, les cuenta batallitas sobre famosos. Creo que nunca he oído pronunciar más veces el nombre de Dios en vano, excuse the pun, que cuando saca su móvil y empieza a enseñar fotos ilustrativas. Pero tras las primeras dos horas de viaje nos empezamos a adentrar en paisajes de una belleza excepcional, que conforme el tren avanza se van volviendo más y más grandiosos. Valles, colinas, gargantas, desfiladeros, pinos, ríos, lagos, cascadas, neveros, bastante hielo. Todos estamos sobrecogidos por lo que vemos. Gradualmente van cesando los grititos de los oh-my-godioseros. Así es como las nevadas cumbres noruegas acallan a las doradas colinas de Hollywood. Sin una voz más alta que otra.
- En el puerto de Flam hay atracado un gran crucero que abulta tanto como una fábrica. De hecho, es una fábrica de pasear gente. También de expulsar gente al exterior. Esta gran mole no solo invade el campo visual de los fiordos, sino también el centro de visitantes, las tiendas, las terrazas, las veredas y el diminuto pueblo.
Una larga fila de invasores con un abanderado al frente espera, como el resto de turistas, en el andén de la estación para coger el tren panorámico. Se les identifica fácilmente porque llevan la insignia del crucero. La mayoria son ancianos, pero están ágiles y con toda premura van pasando por delante de un grupo de japoneses que ha llegado antes a la zona reservada para grupos, y se posicionan junto al tren, ignorando el cartel y la valla del control de entrada. Desde mi cola, la de viajeros individuales, veo como una auxiliar de la compañía ferroviaria acude rauda a desfacer el entuerto. Es una chica grandota y lleva unas trenzas walkirianas. Impone su autoridad con arengas y gestualidad militar, pero tiene que emplear toda su energía y poder de convicción para movilizar a algunos cruceristas que se le rebelan. "Lo digo en serio" repite. No estoy segura de que me guste demasiado la dinámica de un crucero, con sus actividades sociales prefabricadas y el poco tiempo disponible para visitar cada lugar donde atraca. Pero como experimento sociológico no creo que haya nada que lo iguale, debe de ser fascinante estar encerrado junto a miles de extraños en alta mar sin escapatoria posible. Sería un buen tratamiento de choque para mi fobia social.
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