15.7.25

Gotemburgo me recibe con su peor cara, como ocurre a veces cuando se entra en un sitio, pero sin penetrar en su esencia. No hay que guiarse por las primeras impresiones, aunque tampoco es aconsejable desoír lo que nos dicta el instinto. Pero esta ciudad es un buen ejemplo de que desembarcar en la terminal de ferries y recorrer sus alrededores para dirigirse al centro, no es el mejor modo de formarse una opinión: todo parece estar en obras, el paso de peatones y vehículos está desviado durante muchos interminables metros, hasta que las señalizaciones te conducen a un cráter del tamaño de una aldea completa, del que no sabes cómo salir porque está vallado longitudinalmente a ambos lados durante lo que parece la travesía del desierto, pero sin dromedario y sin cantimplora. Y sin un tuareg que se compadezca de ti y te saque del apuro, porque pocos se aventuran por esos polvorientos senderos, y el transporte público simplemente no tiene por donde circular. Volver a la terminal y tomar un taxi es un esfuerzo casi peor que el de seguir adelante. Miss Google, con su optimismo californiano, insiste en que ese es el trayecto óptimo hacia mi hotel. La mando a tomar por Silicon Valley, y me resigno a arrastrar a la sufrida Doña Resilia por terrenos para los que sus cuatro rueditas nunca fueron concebidas. Pasada la zona catastrófica, empiezo a atravesar calles sin obras. Gotemburgo, vista desde mi perspectiva, me parece poco estimulante, sucia y decadente, todo lo que veo está bastante descuidado. Parece despoblado, circulan algunos coches pero me cruzo con pocas personas. Hasta que atravieso también esa otra zona y, sorpresa! Llego a amplios bulevares con preciosos edificios bordeados de parque maravillosos y canales ajardinados. La belleza de esta magnífica ciudad por fin se me revela en todo su esplendor. Y en días sucesivos sigo descubriendo una maravilla tras otra. Ah, Gotemburgo, qué callado te lo tenías! 

Me doy todos los paseos que puedo por el casco urbano, y también me desplazo a la vecina región de Vastra Goataland, y voy a la localidad de Alingsas (en tren). Y también a la isla de Donso (en ferry), en el archipiélago que hay en esta parte del Mar del Norte, llamada Skagerrak. 

En Gotemburgo, mi hotel está situado muy cerca del precioso bulevar de Vasagatan, en semiesquina con el de Avenyn. Dependiendo del camino que haya tomado, para volver paso por delante de los bellos edificios de la universidad, o bien debo atravesar un maravilloso parque entre canales, de nombre imposible de recordar y aún menos de pronunciar (algo así como Tradgarsforeningen, ahí queda eso).  Estoy a un corto paseo de unas cuantas plazas, con monumentos a señores o bien con sombrero emplumado y bigotes, o bien con levita y pelucona, o bien con armadura y a lomos de un caballo. Tampoco debo andar mucho para llegar al centro histórico y a las calles comerciales peatonales, que incluyen galerías con solera y un mercado gastronómico con mucho encanto. Es un paraíso urbano donde me siento como pez en el agua, aunque a veces me toca atravesar alguna de las múltiples obras públicas que atormentan a esta ciudad, pero ya se sabe que sin un poco de padecimiento no sabemos apreciar los momentos de disfrute en toda su valía. 

Aquí hay abundan las arboledas, y hay muchos parques de gran extensión donde familias con niños y/o en bañador se relajan al sol sobre la hierba. Pero las calles se vacían tras la hora del cierre de comercios, y los bares y restaurantes tampoco permanencen activos mucho más allá. Me llama la atención que, en los días del año en que la luminosidad se prolonga hasta muy tarde y hay buena temperatura, los ciudadanos de Gotemburgo elijan encerrarse en sus casas cuando podrían estar en el exterior, disfrutando del aire libre. Teniendo en cuenta que a partir del otoño les esperan largos meses de condiciones meteorológicas adversas, no entiendo que desaprovechen el buen tiempo de esta manera. A lo mejor les compensa lo que están haciendo dentro de casa, donde me figuro que no sólo se entregan a los placeres de la mesa o al placer de la lectura? Hay otras actividades aún más placenteras, if you get my meaning. 

Sea como sea, sindeciden optar por reposar, se trata del reposo del guerrero, porque sus antepasados licharon de lo lindo para levantar esta ciudad y hacerla próspera. En el s. XVII los señores de los bigotes y las peluconas mandaron cavar zanjas en los terrenos pantanosos en torno al río para que Gotemburgo tuviera canales por los que circularan las mercancías, copiando el modelo holandés. Hasta que el puerto creció y se convirtió en lo que es hoy, el más importante de Suecia. Los impresionantes edificios de ladrillo claro que abundan por todo el centro dan testimonio de la riqueza acumulada en el s  XVIII y sobre todo en el XIX. 

Una calle en especial, la famosa Haga Nygata, en cambio es un recuerdo de la forma de vida tradicional de las clases trabajadoras. Las casas son de listones de madera pintados en colores crema, y hasta hay un museo que muestra como eran sus condiciones de vida: familias enteras hacinadas en una sola habitación con estufa, que hacía las veces de dormitorio, cocina y comedor, con baños comunales en el patio. Me recuerda mucho a las casas de los emigrantes italianos en la Mulberry Street de Manhattan, que es de lo poco que queda de Little Italy porque el resto está invadido por Chinatown, a partir de la cercana Houston Street. But I digress. Hoy en día, Haga Nygata ha sido transformada en una atracción turística impostada y no conserva su autenticidad, aunque de todos modos esta calle y las que la rodean son tan bonitas que la verdad es que a los turistas nos encanta tal y como nos las muestran. Abundan los comercios de artesanía y objetos de decoración de un gusto exquisito, y los cafés con encanto donde triunfa el Kanelbullar, un dulce en forma de caracol con canela que los suecos toman acompañando el café, que pruebo (pero en otra parte) y que me encanta. 

- Alingsas.

Hablando de meriendas, esta localidad es famosa porque tiene docenas de cafés donde se practica el "fika", esa costumbre sueca de hacer una pausa al menos un par de veces al día y sentarse frente a una merendola mientras se charla. El fika es sagrado en Suecia, en las empresas hay dos pausas fika al día, a media mañana y a primera hora de la tarde, sobre las 15:00 (teniendo en cuenta que en Suecia se almuerza sobre las 12:00 y se cena a las 18:00). Leo que se considera no sólo una costumbre, sino que ese café acompañado de un bollo o una tostada engloba toda una filosofía de vida, una forma de ser específicamente sueca.

También los daneses tienen su palabreja nacional para definir su manera particular de ser y estar en el mundo, en su caso se llama "hygge", y se me ha olvidado mencionarla en la entrada que he dedicado a Copenhague. La cosa consiste en sentirse cómodo y relajado dentro de casa o en un lugar hogareño y acogedor, sólo o en buena compañía, rodeado de un ambiente tranquilo que conduzca a la serenidad y el reposo.  

Otros países también tienen costumbres que reflejan su idiosincrasia, que se exportan como emblema de la identidad nacional y que terminan convertidos en mitos. Por ejemplo, el "craic" irlandés (confraternizar en el pub, charlando mientras se bebe), la sobremesa española, la ceremonia del té japonesa, y un interminable etc. 

Yo estos conceptos creo que los entiendo mejor si los traduzco a-la-pata-la-llana: 

• fika = café con bollo + charleta 

(pero a bajo volumen y con gestualidad contenida)

• hygge = estamos tan a gustito aquí  recogiditos 

(haga frío o calor)

• craic = colegueo + cerves + aires celtas = exaltación etílica de la amistad 

(con un toque libresco, porque alguien tarde o temprano citará o recitará de memoria). 

• sobremesa = nos apalancamos en la mesa arreglando el mundo 

(en domingo y/o vacaciones, se nos junta con la siguiente hora de comer).

• ceremonia del té = una buena oportunidad para ejercitar la paciencia 

(te sale mejor si no tienes ni sed ni prisa en ese momento). 

Pero me voy por las ramas como de costumbre, de un árbol muy frondoso además... Llego a Alingsas desde Gotemburgo mucho más tarde de lo previsto, porque hay retrasos en el tráfico ferroviario regional. Es un pueblo precioso que parece perdido en el tiempo, sus casas tienen poca altura y las fachadas son todas de listones de madera pintados de colores. En su mayor parte eran los domicilios de los obreros de las industrias locales, o las granjas o talleres, en cuyo patio se encontraba el negocio y también la vivienda familiar de quien lo regentaba. El lugar no puede ser más agradable, pero camino por calles semi desiertas... Los cafés están casi todos cerrados, y a las 17:30 sólo hay un par de cervecerías y heladerías abiertas. La famosa fika brilla por su ausencia, y es que estas gentes se recogen pronto aunque sea verano, y yo me he retrasado demasiado para llegar a tiempo de contemplar el célebre fenómeno del café con bollo.  De todos modos, a juzgar por el silencio con el que consumen la cerveza o el helado.... no sé yo hasta qué punto la conversación fikera da mucho de sí, la verdad....

- Donso.

Al día siguiente tomo un ferry municipal en el puerto de Gotemburgo, y recorro los embarcaderos de las islitas del archipiélago llamado, precisamente, de Gotemburgo. Por suerte (siempre mi buena suerte) por la mañana hace un día soleado, aunque las previsiones dan tormenta, pero la lluvia torrencial cae por la tarde cuando ya estoy de vuelta en el hotel. 

Estas islas son lo más parecido que se me ocurre al Valhalla, el paraíso de los vikingos gobernado por su dios, el legendario Odin. Seguro que un sueco se reiría de mí, pero desde mi perspectiva de residente en el sur de Europa, el ver estos pueblecitos pesqueros, con sus casitas de madera de colores construidas sobre las rocas a la orilla del mar de Skagerrak, con sus mini jardines y sus porches techados, con sus tumbonas y sus lanchas atracadas en pequeños embarcaderos... me transporta al Valhalla en versión terrenal, donde me imagino que Odin reparte entre los bienaventurados  vikingos el hygge, el fika y lo que se tercie, para amenizar el reposo del guerrero en los atardeceres sin fin del sol de medianoche... Ay, qué envidia de veraneos nórdicos fresquitos. El invierno en cambio no se lo envidio en absoluto, que una reniega de las solaneras y de los sudores sureños, pero tampoco es tonta del todo. 

Desembarco en la isla de Donso, donde  disfruto como una niña jugando a las casitas paseando entre eso, casitas. Todas parecen salidas de un cuento, y las sinuosas y estrechas calles van revelando el paisaje en torno a las aldeas, con sus bosques, cerros y acantilados. Me siento protagonista de uno de esos telefilmes de poca calidad y menos interés, que las cadenas de televisión suelen programar los fines de semana, donde la única razón para no apagar el televisor es que la peripecia está filmada en lugares maravillosos con casitas escandinavas de madera como estas, rodeadas de bosques y a la orilla del agua (lago, río, mar). 

Estas aldeas me recuerdan también a uno de los ídolos de mi infancia, mi amiga Pipi Calzaslargas, personaje de la escritora sueca Astrid Lindgren, una mujer librepensadora interesantísima, que vivió su vida con toda la libertad que le permitió su época, y que incluso se procuró una parcela extra de libertad, que conquistó ella misma por méritos propios con su arrojo y decisión. Fue una luchadora incansable en defensa de los derechos de la infancia, y hay incluso una ley al respecto que lleva su nombre porque fue ella quien la promovió.

El personaje de Pipi Calzaslargas (Pippi Langstrump) es una niña con ideas propias y desprovista de hipocresía, una menor con un código moral ácrata, que desafía la autoridad de los mayores cuando no le convencen sus razones, que evita seguir el camino trillado, y que muestra una indiferencia total por la opinión que los demás puedan tener de ella. En definitiva, es la niña que a mí me hubiera gustado ser, pero nunca me atreví. A mi padre no le gustaba demasiado que yo viera la serie de TV porque decía que aquella niña sueca era una anarquista. Pero es que yo de pequeña quería ser anarquista, aunque ni siquiera conocía esa palabra. Luego crecí, y me he convertido en una cursi, que es mucho más fácil porque no requiere ese esfuerzo titánico de autoafirmación... El caso es que me habría encantado visitar la isla sueca de Gotland, donde se rodó la serie de TV en 1969, año en que nací, y poder pasearme por las calles del encantador pueblecito de Visby, y entrar en la famosa casa amarilla y rosa de Villa Villekulla, donde Pipi vive junto con su caballo a lunares Pequeño Tío y su mono Señor Nilsson. Pero he consultado los precios y es un capricho tan caro, que haría pedazos el presupuesto que me resta para viajar al resto de países nórdicos. De modo que que conformo con un visionado nostálgico de capítulos sueltos en Youtube, y gracias. 

En cambio, no renuncio a un pequeño placer mucho más fácil de conseguir: el de comer un fish&chips estilo sueco (sin vinagre) en el puertito de Donso. Como en un banco corrido de madera, sobre la hierba, contemplando los barcos, las casitas y las nubes que amenazan tormenta. Lo dicho, he sido transportada al Valhalla, y no quiero volver a la realidad, pero empieza a lloviznar, y como no sé que intensidad tendrá la tormenta, temo que el tráfico marítimo quede interrumpido y no poder volver a Gotemburgo. Cuando entro en mi habitación del hotel están ya descargando los rayos, truenos y centellas típicos de un tormentón veraniego. 

Al día siguiente desayuno en el hotel, bajo la atenta mirada de Ronnie Wood (el dueño del hotel debe de ser un fan de los Rolling Stones: fotos del grupo por todo el salón). Hay una foto suya guitarreando, enmarcada y firmada encima de mi mesa. Fiel a su habitual mueca sardónica, el amigo Ronnie supervisa con media sonrisa torcida mi café y mi  plato con huevos revueltos y albóndigas suecas. Es la única mirada humana que recibo, aunque esté impresa en papel, porque el resto de comensales de carne y hueso ni me miran ni me responden al saludo, siguiendo la tónica de los tres desayunos anteriores. Quizá el Valhalla no es tan paradisíaco después de todo. 

Al rato tomo un tren para cruzar a Noruega. Llegar a Oslo desde Gotemburgo supone solamente tres horas y media de trayecto, y prefiero explorar algo de Noruega antes de continuar visitando Suecia. Cosas de la geografía y de dónde están colocadas esas líneas imaginarias llamadas fronteras.  












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