BERLIN
Desde mi cama en Oranienburger Strasse, en el barrio de Spandau (Spandauer Vorstadt), distrito de Mitte, Berlín. Amaneció a las 6:10 y yo estaba en pie para verlo, de hecho llevaba más de una hora despierta, desde que empezó a clarear. Duermo igual de mal que siempre, a pesar de que son días agotadores intentando sacar partido de mi tiempo limitado en esta gran mole urbana, donde las distancias se alargan debido a la alta humedad ambiente, ya sea caminando sudada o chorreando sudor dentro de un autobús (por qué, oh por qué el aire acondicionado es tan poco efectivo en Centro europa?). En mi afán por explorar, desgasto tanto las sueltas de mis zapatillas como las baterías de mis dos móviles, y voy racionando el tanto por ciento restante. A Miss Google la tengo en una cura de reposo, y me oriento a la vieja usanza, preguntando a la gente y orientándome con el río Spree como referencia.
Los berlineses con los que he interactuado se muestran espontáneos, amables y abiertos, supongo que porque aún están de vacaciones. Les veo muy relajados en las terrazas, en los parques y en especial en la orilla del río. Los patios berlineses son pequeños mundos interiores, que dan a otros patios traseros que a su vez contienen otros mundos (pero están en este, como diría Paul Elouard). Hay música más o menos improvisada vayas donde vayas. Me cruzo a menudo con mucha gente alternativa de un estilo que sólo recuerdo del Londres de los años 1980s, no en vano Berlín es una de las cunas del punk, los squatters y los fanzines más underground.. También veo otros individuos peculiares que imagino que sólo se dan aquí, y deben de ser marca de la casa, Sin ir más lejos, ayer vi en Unter den Linden, a la altura de Bebel Platz, entre palacio y palacio… a un señor calvo que lucía un escotado vestidito negro de gasa minifaldero, con unas enaguas de crinolina para levantar la falda a la altura de la rodilla, y completaba su outfit con unas chanclas y un bolsito con asa tipo Launer, como los que usaba la difunta reina de Inglaterra. Caminaba con paso mesurado, muy erguido y muy digno, levantando algo de curiosidad pero tampoco demasiada, porque aquí están habituados a ver gente rara por la calle, vestidos de las formas más inverosímiles o gritando incoherencias o haciendo gestos y muecas fuera de control.
Es un día más en Berlín, la ciudad más divertida del continente desde que dejó de tomarse en serio a sí misma como capital de Brandeburgo y luego de Prusia, para serlo de la nueva Alemania. Lástima que les durara tan poco tiempo, y no se puede negar su propia responsabilidad en su convulsa historia y sus nefastas consecuencias, que ha dejado huellas visibles y también invisibles. Berlín ha vivido momentos tremendos en los últimos dos siglos: La Triple Entente y su derrota en la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio y el colapso del Segundo Reich, la República de Weimar, el Putsch que puso a Hitler en bandeja la cancillería en las elecciones de 1933, el Tercer Reich, la persecución a los intelectuales y la heroica resistencia de algunas organizaciones y medios, la quema de libros, la Noche de los Cristales Rotos, el expolio a los judíos, el gueto, las deportaciones a los campos de exterminio, la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos aliados, la humillación de la derrota, la toma de conciencia de las atrocidades nazis, la partición en cuatro sectores, luego en dos, el bloqueo estalinista de los suministros por carretera, el puente aéreo aliado para proveer de víveres a la población, la construcción del muro, los tiempos de la Guerra Fría, el milagro alemán a un lado del telón de acero y la opresión por parte de la Stassi al otro lado, la caída del muro, la reunificación y el coste de la asimilación de los Ossies o berlineses de la antigua RDA, la fiebre constructora en terrenos baldíos que separaban los dos sectores, la férrea voluntad de dejar atrás los traumas y los sentimientos de culpa, la crisis económica y migratoria, los actos terroristas, la debilidad de la socialdemocracia y el auge de las ideologías extremas... Pero a pesar de todo ello el sentido del humor berlinés sigue ahí y goza de buena salud, por lo que yo puedo observar en mis paseos. Y pese a la profunda crisis que atraviesa este país, la impresión que da la ciudad a esta paseante es que se trata de un lugar dinámico y pujante, pero relajado. Tengo la impresión quizá equivocada, de que aquí hay un espíritu acogedor y una cierta cohabitación de clases, hasta cierto punto, que en España, en mi experiencia sólo se da en Madrid. Es curioso que ambas ciudades compartan el oso como símbolo que las representa. Las dos tienen un talante parecido, son abiertas, espontáneas y también nerviosas y algo caóticas.
Berlín me atrapa en cada esquina. Mi amor por el asfalto se multiplica aquí. La enormidad de esta ciudad fascinante y poliédrica es abrumadora, me supera y sólo me deja espacio para apuntar aquí unas cuantas Notas desordenadas que ni de lejos le hacen justicia. Ahí van:
- En estos días he averiguado que, aparte de muchos restaurantes y lugares de ocio para todos los gustos, comparto la calle con ilustres vecinos históricos. No sólo tengo enfrente la casa donde vivió Humboldt, y en mi misma acera la Nueva Sinagoga con sus cúpulas de fantasía oriental, sino que contiguo a mi casa hay un precioso edificio modernista, la antigua Oficina de Correos llamada Kaiserliches Postfuhramt, desde donde se distribuían los envíos a lomos de caballo por todo el imperio.
En la manzana siguiente, uno de los encantadores patios interiores que hay en edificios contiguos se llama Heckmann-Hofe, y albergó en tiempos una fábrica de un industrial que llevaba este apellido. Fue requisado por las autoridades de la RDA como propiedad del pueblo, y devuelto a manos particulares tras la reunificación. Hoy día hay un jardín con terrazas, música en vivo y tiendas de artesanía y de diseño.
También estoy a dos pasos de una plaza histórica llamada Hackescher Markt, donde había un mercado histórico que hoy día aún se monta algunos días en un edificio llamado Hackescher Höfe, que contiene ocho patios.
Y un poco más allá está un edificio imponente que alberga el Fotografiska Berlin, un museo con actividades y un café de los que hacen las delicias de los culturetas. Ni rastro de las prostitutas que me pronosticaba una página de internet que consulté. O son cosa del pasado o es que yo me retiro a mis aposentos demasiado temprano.
- El edificio estilo Jugendstil de los ocho patios, llamado Hackescher Höfe, merece una mención aparte. Fue concebido en 1906 por el arquitecto August Endell como un complejo de viviendas pero también de locales de ocio, y en su día incluía hasta un enorme salón de baile. Actualmente cuenta con tiendas, restaurantes, un cine, galerías y clubes, todo ello con el sabor de antaño porque ha sido amorosamente restaurado. Los ocho patios son a cual más encantador, con árboles y parterres, bancos y un ambiente de retiro urbano que me recuerda mucho a los patios de la Casa de las Flores de Madrid.
- En Berlín el Gran Hermano te vigila, pero tú también a él. Es imposible ignorar la gran bola discotequera de la Torre de TV porque se ve desde todas partes. La construyó la RDA para convertirla en imagen de poderío y modernidad de su régimen. Tiene exactamente mi edad, 56 años, y está en la famosa Alexanderplatz. No subo a ver las vistas desde arriba porque me parece que el precio es desproporcionado. Justo detrás está el Reloj Mundial, un ingenio que no necesita más explicación, aunque bien pensado sí que deberían dar explicaciones los que lo diseñaron, porque es bastante feo. Casi todo lo que ha quedado de la extinta RDA sigue fielmente esa línea de culto al feísmo. En la partición de Berlín, al sector soviético le tocó la parte más bella de la ciudad, con sus museos, sus palacios, sus parques y sus estatuas, y todo ello lo reconstruyeron prontamente. Luego siguieron edificando, pero eran de ladrillo fácil y tenían mal gusto, qué le vamos a hacer.
En la plaza de al lado, junto a la iglesia de Marienkirche, hay una estatua de Lutero leyendo sus 90 tesis. Al otro lado, el Ayuntamiento es un ejemplo de recreación neogótica nacionalista típica del s XIX. En el centro de la plaza hay una bella fuente dedicada a Neptuno, que me hace mucha gracia porque está representado en actitud algo chulesca, con la mano en la cintura. Este Neptuno también debe de ser del Atleti, como su colega madrileño.
- A la hora del almuerzo y la cena, las riberas del Spree en Mitte se llenan de gente que se sienta en las terrazas o monta un pequeño picnic improvisado. A la altura de la Isla de los museos y junto al Reichstag hay mucho ambiente al atardecer. Los músicos están omnipresentes.
- La hierba de los parques berlineses está en mal estado, imagino que por falta de lluvias pero también de mantenimiento.
- En algunas estaciones de Berlín, los WC están en un recinto llamado SaniFair, que parece un parque temático del pipí.
- La plaza Molkennarkt, donde está la Iglesia de San Nicolás, Nikolaikirchplatz, es de las más antiguas que se conservan en Berlín. Está situada en el barrio de Nikolai Viertel. En este punto se unían varias rutas comerciales en torno al río Spree en tiempos medievales. Los nombres de las calles recuerdan a las mercancías que allí se vendían.
- En la plaza Schinkel, frente al Palacio Real, hay tres estatuas de sendos personajes ilustres que son los primeros monumentos erigidos a miembros de las clases medias en Prusia. El principal es el arquitecto Karl Schinkel, fundador del movimiento neoclásico y neogótico que tantos edificios inspiró en el s. XIX, y a quien Berlín le debe algunos de los más bellos.
- En la bella avenida Unter den Linden se encuentra, entre decenas de palacios barrocos y neo…de todo, la Bebelplatz, plaza donde los nazis quemaron miles de libros frente a la Biblioteca Jura, intentando borrar su contenido del mapa. Pero, como en la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, los libros no sólo sobrevivieron, preservados en otros lugares, sino que su mensaje salió fortalecido de la quema.
- En la misma plaza, en la fachada barroca de la catedral del Santo Espíritu, veo un bajorrelieve con un Cristo. No es muy común que se le represente así, parece que la Iglesia Católica está más interesada en mostrarle crucificado.
- En la plaza llamada de Gendarmenmarkt: hay dos impresionante iglesias gemelas, una franciscana italiana y la otra alemana. El diseño de esta plaza está inspirado en mi plaza preferida de toda Roma, la Piazza del Poppolo.
- La puerta de Brandeburgo me parece mucho más alta ahora que cuando la vi por primera vez de joven. Es curioso que los recuerdos distorsionen la realidad, y la versión inexacta sea la que quede grabada en nuestra memoria. Me emociona pensar que no pude cruzar bajo esta puerta en 1987, y en cambio sí puedo hacerlo en 2025. Si a mí se me salta la lagrimita, no puedo llegar a imaginar lo que sentirán los berlineses.
- Llego al Checkpoint Charlie. Muchas cosas han cambiado allí desde que lo visité la vez pasada en una excursión escolar, en julio de 1987. El muro aún no había caído por entonces, pero sus cimientos ya se estaban desmoronando en el sentido figurado: el ambiente político estaba tan revuelto, que en el día en que llegamos a Berlín hubo un incidente diplomático y cerraron el paso al sector oriental, por lo que no pude visitar la parte este, bajo control de la RDA. Me perdí la Isla de los Museos y todo el resto de bellísimos monumentos que quedan de ese lado. A los dos años, en noviembre de 1989, cayó definitivamente este símbolo de la guerra fría. Una amiga que lo visitó justo después me trajo de recuerdo un trozo del muro, recogido del suelo entre los escombros. Tenía el tamaño de un puño y por un lado se veía parte de la pintura de un graffiti. Lo guardé muchos años, pero para gran disgusto mío se perdió en una mudanza.
Actualmente, frente a la antigua cabina que servía de puesto de control de entrada al sector americano, hay unos paneles que explican paso a paso todos los acontecimientos históricos que llevaron a la construcción del muro, y más tarde a su caída. Me emociona leer los textos y ver las fotografías, que me traen recuerdos de una época llena de ilusiones. Con el muro caería todo lo malo de este mundo, pensaba yo a los 20 años. Aún no era la señora cínica en la que me he convertido.
- En la llamada East Side Gallery, a orillas del río, se conserva todavía un largo lienzo de muro, junto a unos edificios residenciales ultramodernos. Luce graffitis más antiguos y otros más recientes, todos ellos firmados por los artistas que los pintaron. El más célebre y ciertamente más impactante es el que lleva por título “El beso del socialismo”. En él, Brevnev y Gorbachov se dan un apasionado besazo de tornillo en todos los morros, que deja frígidos a los más románticos besos de las estrellas de Hollywood. En los telediarios de mi infancia estos besos en la boca de los líderes socialistas nos dejaban muy impactados, pero era una costumbre propia del contexto de la URSS. Tengo que hacer cola tras un autobús de turistas orientales al completo, pero consigo hacerle una foto. El subtítulo de la obra reza así: “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”. Sobran las explicaciones.
- Muy cerca de este lienzo del antiguo muro se alza sobre el Spree el puente Oberbaum, que desde el s. XIX unió los distritos de Kreuzberg y Friedrichshain. Es una construcción de estilo fantasioso-medieval, con sus torres y sus almenas en ladrillo rojo, que imagino que imitan al Ponte Castelvecchio de Verona, pero que no sé por qué me recuerdan más bien a la adaptación que Hollywood hizo de Ivanhoe en los 1950s a todo technicolor. Pero es un puente espectacular, y sin duda el más bello de Berlín.
- Doy un largo paseo desde mi casa hasta el barrio de Schöneberg, quiero encontrar la casa donde residió el escritor Christopher Isherwood. A medio camino, me topo con el monumento que conmemora a los judíos asesinados por los nazis. Consiste en una serie de bloques de piedra que representan tanto las tumbas como la pesada losa que pesa en la conciencia. Cada noche, al volver a casa, paso por delante de la Nueva Sinagoga y veo, prendidas en su verja y alumbradas con velas, las fotos de los rehenes israelíes aún en poder de Hamás. Pero, un sábado más, también veo una manifestación de protesta contra la aniquilación de la población de Gaza a manos del gobierno de Israel. La limpieza étnica avanza en varias direcciones, y por el camino pierde el sentido que nunca tuvo. Estás losas deberían pesar lo mismo para todos.
Cuando al fin alcanzo la casa donde vivió el escritor inglés durante tres años, en Nollendorfstrasse 17, compruebo que esas calles tranquilas y aburguesados de Schöneberg siguen siendo gay-friendly. Diga usted que sí, aunque no me imagino al amigo Christopher portando unas correas de cuero en bandolera sobre una camiseta sin mangas con la bandera arcoiris. Él era un chico fino de buena familia, un hombre elegante. El sentimiento es el mismo, pero por el camino se han perdido las formas.
En la cercana plaza de Winterfeldpltaz hay un mercadillo callejero. Se venden cosas sin mucha importancia, pero paso allí largo rato porque los que venden y lo que compran son gente espontánea y alegre. No veo turistas en el horizonte, así que están en su salsa. Confirmo aquí mi impresión de que muchos berlineses son a la pata la llana. Cada vez me caen mejor.
Algunas particularidades berlinesas:
- Muchas tiendas, en Mitte y otros distritos no tan céntricos, tienen bancos, sillas y mesitas de bistro colocadas en la acera, pegadas al escaparate. Lo que tiene esto de particular es que en bastantes ocasiones ni la tienda tiene una cafetera, ni se trata de ninguna cafetería, sino que vende cualquier otra cosa, por ejemplo ropa, objetos de decoración o muebles. Pero en estos pequeños veladores a veces sirven café desde algún bar cercano que no atisbo a ver por ningún sitio, y otras veces simplemente dejan que la gente se siente a charlar, así por las buenas.
- En algunas calles principales hay gruesas tuberías elevadas, pintadas de llamativos colores, sujetas con estructuras por encima de las cabezas de los peatones. Me dejan muy intrigada, y le pregunto a Miss Google, que me cuenta que estas tuberías bombean el agua de las obras de los edificios en construcción. Estas aguas provienen de la ciénaga sobre la que está construida Berlín, que además de contar con un río y sus canales, está rodeada de lagos y se asienta sobre terreno pantanoso. De manera que, cada vez que se colocan los cimientos para edificar, estos se inundan y hay que bombear el solar. Una delicia, vamos.
- Observo que algunas personas dejan sobre la acera una caja con cosas que han desechado pero que aún están en buen uso, para quien quiera recogerlas. Y veo gente bien vestida que revuelve en esas cajas y se lleva algo, por ejemplo material escolar, sin que se le caigan los anillos. Esa escena sería impensable en España.
- Entre todas las particularidades berlinesas, la más particular es esta: casi no hay pasos de peatones pintados en el suelo, y el tiempo que dura el semáforo en verde es mínimo. Por tanto, cruzar la calle se convierte en una operación de alto riesgo que me da mucho, mucho miedo. Cada vez que cruzo y me veo evitando los charcos por encima de los raíles de los tranvías, sorteando los vehículos, las bicis y los patinetes... me dedico a recitar mantras que fortalecen mi espíritu para entrar en desigual batalla, tales como “Tanto ahorrar en pintura, la madre que os parió” y otras expresiones de aqueste jaez.
- Por cierto que en los discos de los semáforos berlineses aparece la silueta de un hombrecillo con sombrero que está o bien crucificado (en rojo) o despatarrado (en verde), al que llaman Ampelmännchen. El diseño de este muñeco es obra de un psicólogo de la RDA, y formó parte de una modernización del Berlín Oriental en los años 1960s, del que se convirtió en uno de sus símbolos junto a la torre de la TV. En los primeros años tras la reunificación, quisieron reemplazar los discos donde aparecía este hombrecillo por los semáforos más modernos de Berlín Occidental. Pero ante el clamor popular ocurrió justamente lo contrario, y el Ampelmännchen invadió con sus piernas extendidas, pasito a pasito, todos los semáforos del nuevo Berlín unificado.
- En Berlín, sobre todo en la KuDam, hay escaparates en medio de la acera, como vitrinas que se han independizado del recinto del local comercial, para salirte al paso, como un reclamo ineludible que encuentras en tu camino.
- Tengo que confesar que no hago muchas visitas culturetas de las que se consideran obligatorias en Berlín. Su museo más célebre, el de Pérgamo, está cerrado por obras. Y yo no estoy en disposición de encerrarme en interiores durante horas cuando hay tantos distritos que callejear. De modo que me dedico a pasear por sus calles. Las musas me perdonen.
- Paseo por los jardines del Zoo, con su portada chinesca-decó, el Tiergarten, la Columna de la Victoria (que tanto me evoca la película “El cielo sobre Berlín”, donde los ángeles viven en las bibliotecas, hay una idea más poética?).
- La KuDam, la principal avenida comercial, parte de la plaza donde se encuentra la Iglesia Memorial del Kaiser Guillermo. Este señor no tenía abuela, y se colocó a sí mismo y a su familia en los bajorrelieves y en los mosaicos que decoran los techos del templo. Este fue destruido por un bombardeo aliado, y nunca se reconstruyó, así que pasó a ser el Memorial de los desastres de la guerra. Recuerdo que le tomé fotos con una cámara analógica (era lo que había) en 1987, y luego las revelé en Birmingham, donde pasaba por aquel entonces un mes de cada verano con una familia inglesa. Al enseñarles las fotos de Alemania, la abuela de esa familia, que había vivido el Blitz de niña en Londres, preguntó si habían dejado la iglesia en ruinas a propósito, y luego comentó: “Everybody suffered”. Por cierto que en esta iglesia se muestra la Cruz de Coventry, ciudad medieval inglesa que quedó totalmente arrasada por las bombas de la Luftwaffe.
- Las especialidades más repetidas en los puestas de comida callejera son el Dönner Kebab (que me encanta) y el Currywurst (que no pruebo). La visión de este último tengo que confesar que me tira para atrás: la salchicha no es visible, porque está oculta bajo un puñado de patatas fritas en tiras, generosamente pringadas en curry y salsa ketchup.
- Me cruzo con muchos franceses, españoles y norteamericanos que se nota que no son turistas, sino que viven aquí. Vaya suerte.
- Una exposición interesante que paso por alto por falta de tiempo es la que se muestra en el Museo de la Ciudad. Su título es Roads nota Taken (caminos que no se emprendieron). Trata de todos los momentos históricos en los que Alemania puedo evitar el conflicto y en cambio optó por la vía del enfrentamiento, desde los tiempos de la Unificación en el s. XIX hasta la actualidad del XXI.
- Al pasar, veo que hay proyecciones nocturnas al aire libre de antiguas películas de la UFA, la principal productora cinematográfica alemana durante la República de Weimar. Proyecto asistir a alguna, pero termino tan agotada por las noches que renuncio al plan. Lástima, porque habría sido interesante ver algún filme completo de los tiempos anteriores al nazismo. He podido ver algunos fragmentos en televisión de comedias alemanas sofisticadas de los primeros años 1930s, y parecían muy locas y divertidas.
- Intento salirme de la zona estrictamente turística. Doy largos paseos por Kreuzberg, un barrio mayoritariamente turco, donde hay un parque fluvial en cuyas orillas la gente se relaja sobre la hierba. Atravieso una zona de viviendas sociales, y veo a sus vecinos, turcos y alemanes, montando barbacoas humeantes al atardecer en el exterior. Cenar al aire libre debe de ser todo un lujo para los berlineses, dadas las inclemencias de su clima. A la altura de Moritzplatz veo muchos fumaderos de narguiles, y uno de esos jardines informales tan berlineses, mezcla de huerto y oasis urbano, montado por los propios vecinos, donde hay muchas actividades de agrupaciones de barrio. Se puede entrar a tomar un café casero y sentarse en sillas desparejas a disfrutar de la vegetación.
- La otra cara de la moneda es Charlottenburg, uno de los barrios más señoriales y pudientes de Berlín. Qué casas más elegantes, y qué ambiente tan agradable. Estoy muy a gusto disfrutando de esas calles tan tranquilas y de esas casas tan preciosas estilo Jugendstil. Hasta que me topo, en la acera, con varias de esas plaquetas doradas incrustadas en la acera, que marcan los edificios donde vivían judíos que fueron deportados durante el nazismo. Una de las placas conmemora la memoria de Helmuth Stieff, general alemán que en 1944 participó en dos misiones suicidas de intento de asesinato de Hitler. Durante su detención, se negó a delatar a los otros conspiradores. Fue condenado a muerte y ahorcado. En Berlín, y en otros muchos lugares de Centroeuropa, las crueldades del pasado aún se mantienen vigentes, y te salen al paso en algunas esquinas, cuando más desprevenida estás pasando un buen rato.
- Doy un paseo por el barrio de Schönberg, donde vivieron muchas celebridades de todos los campos de la creación, como los escritores ingleses Isherwood y Ayuden, Einstein, Marlene Dietrich, Willy Brandt, David Bowie… En la misma zona, entro en los tradicionales almacenes KaDeWe, que han quebrado y según la prensa van a cerrar. Como las Galerías La Fayette en París o los almacenes Macy's en Nueva York, su interés radica en que son tiendas históricas, porque fueron de los primeros grandes almacenes de sus respectivas ciudades. Esa es mi principal motivación para entrar en este enorme edificio situado en la Tauentzienstrasse (la otra gran arteria comercial, aparte de la emblemática KuDam). Pero una vez dentro me encuentro con un lujo y esplendor que no esperaba. Desde luego estos no son unos almacenes populares, ignoro si en algún tiempo lo fueron. En la sección de decoración encuentro objetos más interesantes que los que exhiben muchos museos.
- A pocos pasos de esta tienda está la estación de metro de Wittenbergplatz, que data de 1913 y conserva todo el encanto de la Belle Époque, con los carteles publicitarios originales y todo.
EXCURSIONES DE UN DIA DESDE BERLÍN: Potsdam y Dresde.
- Disfruto muchísimo de mi visita a Potsdam, que me recuerda a mi querido Aranjuez. Esta ciudad, para los turistas como yo, está ensombrecida por el maravilloso palacio de Sans Souci y sus jardines. He tenido tiempo de recorrer su Barrio Holandés, sus puertas monumentales, la iglesia evangelista de San Nikolai con su cúpula de cobre verdoso y todos sus edificios barrocos. Pero lo que de verdad me atrapa es el ambiente reposado de sus calles más antiguas, donde hay tantos cafés, restaurantes y tiendas de artesanía con muchísimo encanto. Entro en la tienda de porcelana KPM (Real Fábrica de Porcelana de Berlín), marca fundada por el mismo Federico el Grande. Qué preciosidades. Y qué precios. Me enamoro de una figurita y miro el precio: casi 3000 euros. Los dependientes me miran con prevención. Tranquilos, que no la rozo siquiera.
- Me lo paso bomba en Sans Souci, el palacio de recreo del Viejo Fritz, Como llamaban al final de su vida a Federico el Grande, rey de Prusia. No le falta ningún pirindolo propio del rococó, el estilo más recargado del s. XVIII, aunque el rey se ve que tenía buen gusto y la decoración no alcanza las cotas delirantes de desparrame de otros palacios de la misma época. La audioguía, en su versión en español, está narrada por una señora más cursi que una película de Pili y Mili, pero gracias a ella me entero de muchos cotilleos históricos, que son la salsa rosa de las dinastías. Me encanta pasear por los jardines, que contienen sorpresas tales como un rebaño de cabras cornudas (con perdón) y un pabellón chino circular, repleto de personajes “asiáticos” sobredorados en sus porches. La idea que tenían los europeos de la época del Lejano Oriente nos hace sonreír hoy en día.
- Al día siguiente voy en un tren camino de Dresde para pasar el día allí. Se trata de un tren húngaro que termina su recorrido en Budapest. Llevamos ya varias paradas en medio del campo, por causa de una avería que parece que consiguen solventar momentáneamente, pero llevamos acumulado un retraso considerable. Desde mi asiento del tren he intentado rematar estas líneas.
- Llego a Dresde tras un viaje en el que se sientan a mi alrededor en el tren una familia de catalanes transplantados a Mallorca. El mundo es un pañuelo! Hablamos de Palma, esa “ciutat de patis”, la bella desconocida que oculta sus secretos, porque todo el que aterriza en el aeropuerto se marcha a otras zonas de la isla al poco tiempo. Desgraciadamente no conozco bien mi ciudad natal, porque a los dos años no se tienen recuerdos, pero me propongo remediar esa laguna el año que viene con una larga estancia en La Isla de la Calma, como la llamaba Rusiñol. Hablamos de un librito que no es tan bueno como los del escritor y pintor catalán, pero que hace gala de un sentido del humor muy incisivo y certero: "Queridos mallorquines", escrito por un catalán bajo seudónimo (Guy de Forestier, juego de palabras con “foraster”). En él las peculiaridades de mis paisanos isleños son retratadas con mucho cariño y con mucho humor, en la línea de "El español y los siete pecados capitales", de Fernando Díaz-Plaja. Me cuentan que se ha publicado una segunda parte con más anécdotas mallorquinas. La compro en cuanto vuelva a Madrid.
- En Dresde admiro todos los monumentos de esta ciudad barroca, barroquísima, atravesada por el río Elba y con varios puentes que la cruzan en su parte más majestuosa… y ennegrecida. Quizá conserven toda esa capa de negrura en aras de la autenticidad, pero algunos monumentos están tan tiznados que, cuando el día se nubla, literalmente no salen en la foto.
- El gran contraste en forma de choque cultural lo proporciona un Festival Ganesh hindú que se está celebrando en medio de la principal calle comercial de Dresde. Los tambores resuenan por todo el centro, y los estandartes y los gorros anaranjados se ven desde lejos. Los participantes sostienen una pancarta que reza: Somos 4000, únete a nosotros en nuestra celebración. Y efectivamente, algunos alemanes se únen en las danzas y comparten la alegría contagiosa de los indios, supervisados de lejos por varios furgones policiales. Me hace gracia que un individuo canoso vestido de azafrán ronda por los alrededores, arrastrando un carrito de la compra con un potente altavoz y cantando al micrófono la interminable salmodia del Hare Krishna, Krishna Hare. Oportunista!
- En Dresde hay un Museo de la higiene. No me vendría mal visitarlo, si soy sincera. Lavar la ropa a mano en el baño no se puede comparar a la efectividad del ciclo de una lavadora.
- Observando con detenimiento algunos de los pirindolos (de gran mérito artístico) de los (valiosísimos) palacios rococó de Dresde, no puedo evitar pensar que IKEA cumple una labor social, y que tanto arquitectos y decoradores como usuarios se benefician de ella. Y la vista descansa también. El barroco en Dresde es tan abrumador que no sabes dónde mirar: la Theaterplatz y todo lo que la rodea, el Elba con sus puentes, las cúpulas, la torres…
- Los coches de caballos, los carrillones, la música en cada esquina… Una ciudad siempre me recuerda a otra, y en algunas calles Dresde se parece a Salzburgo, o viceversa.
En mi último día en Berlín, planeo acercarme a los barrios de Grunewald, Teufelsberg, Prenzlauerberg. Si me da tiempo, porque está ciudad es muy extensa aún utilizando el transporte público.
- En Prenzlauer Allee y alrededores confirmo una idea que hace dias me ronda por la cabeza: Berlín se parece a Madrid. En actitud ante la vida, en ambiente a todas horas y, en barrios como este, hasta se parecen los edificios. Es un barrio agradabilísimo, animado y bonito pero sin grandes pretensiones. En Danziger Strasse el ambiente es de mezcolanza de gentes diversas, lo que más me gusta del mundo. Se adivina que en el dia a dia de estas calles hay mucha convivencia vecinal. Si tuviera que instalarme en Berlín creo que buscaría piso de alquiler por aquí, ya he mencionado antes que en el solar de mi corazón tengo instalada una agencia inmobiliaria. Me quedo enamorada de la Rykestrasse, con sus tranquilas terrazas y sus elegantes casas antiguas que podrían estar en Chamberí. Para rematar las semejanzas, hasta tiene una torre para depósito de agua (sin cúpula) del estilo y la época del Canal de Isabel II. Como dirían en Madrid: Vamos, no me digas! Vuelvo a Mitre, y a la realidad, dando un largo paseo por la Kollwitzstrasse. Ambiente familiar y sosegado de paseos tranquilos y terrazas sin estridencias. Pero cuando llego al centro ya veo que comienzan las primeras fiestas, a la puesta de sol. Berlín tiene muchas caras, y todas ellas apuran a su modo y manera el último día del verano meteorológico.
Anecdotario:
- Conversaciones de tren. En el tren que me trae desde Varsovia, mantengo una charla muy interesante con un alemán que regresa a Berlín tras pasar sus vacaciones con su madre de noventa años, en Pomerania. Es aficionado a la historia, y me cuenta la de su familia, que es un ejemplo más de tantos. Muchos alemanes fueron expulsados tras la guerra del territorio donde vivieron durante generaciones, porque las fronteras en esta zona del mundo han cambiado con bastante frecuencia en los últimos 200 años, en buena medida por causa de los propios alemanes. Así, el pueblo donde vive su madre quedó en territorio polaco tras la Segunda Guerra Mundial. Me habla del sentimiento de culpa colectiva, y advierto que le tortura el hecho de que muchos alemanes supieran lo que estaba pasando en los campos de exterminio pero no cambiaran su adhesión al Führer. Le digo que se trataba de un lavado de cerebro colectivo, pero me replica que ese argumento no le convence. Noto que el tema realmente le angustia. En nuestra charla, es este hombre y no yo quien saca el tema de la política. Expresa sus temores a que la ultraderecha tarde o temprano termine ganado las elecciones, y también se muestra inquieto ante la posibilidad de que el servicio militar vuelva a ser obligatorio, ya que tiene dos hijos en edad de ser llamados a filas. Comentamos la debilidad de la UE ante las grandes potencias enfrentadas, y la conversación va gravitando hacia las carencias de la propia Alemania en la actualidad. Este berlinés se queja del empeoramiento del nivel de vida y de las infraestructuras y los servicios en general, aunque no saca a pasear al elefante en la habitación, que es el tema de la inmigración, y yo tampoco lo menciono. Pero es optimista respecto al futuro, al contrario que yo. Nos despedimos en la estación.
- Al llegar a mi habitación dejo mi equipaje y, siguiendo mi costumbre, lo primero que hago es ir a comprar algo para la cena y el desayuno (en el piso tengo derecho al uso compartido de la cocina). Al volver con la compra, las llaves me dan acceso al edificio, pero por más que lo intente no puedo abrir la puerta del piso. La llave entra en la cerradura, pero no gira dentro del bombín. Tras muchísimos intentos, desesperada, llamo al contacto, que es un intermediario entre el propietario y yo. Se trata del mismo que me ha dejado las llaves depositadas en una bolsita de plástico oculta tras un cartel en la fachada exterior de una calle muy concurrida. Con semejante fe en el destino, tampoco espero demasiada efectividad por su parte. No me engaño: aparenta desesperarse, pero no habla de venir a ayudarme ni me da ninguna alternativa. Ya me veo cenando la compra del súper sentada en los escalones, cuando por suerte aparece uno de mis compañeros de piso, un chico con rastas, y me enseña las maniobras orquestales en la oscuridad (literal) que hay que realizar para que la llave conecte dentro del mecanismo de la cerradura. Una vez aprendido el truco, es como cocinar sin sal. Le escribo un mensaje al intermediario: “Ya he conseguido entrar, a los 56 años me acaban de dar una lección sobre cómo abrir una puerta”. No recibo ninguna respuesta. Falta humor. Y lubricante.
- Entro en un WC público subterráneo, bajo la iglesia Memorial del Kaiser Wilhelm. Entran detrás de mí dos amigas maduritas charlando por los codos, y una de ellas sigue la conversación a grito pelado desde dentro de la cabina, mientras hace… no, pipí no es, porque de repente se entrega al paroxismo y de su cubículo salen unos bramidos animalescos, interrumpidos por algunas frases en alemán que no entiendo ni falta que me hace, porque la situación no deja lugar a dudas sobre lo que está ocurriendo ahí dentro. Su amiga, a quien encuentro lavándose las manos, huye escaleras arriba algo avergonzada, a reunirse con los maridos de las dos. Mientras, bajo tierra sigue desarrollándose un drama digno de un escenario que gozara de una mayor intimidad. Al salir, me hago bien visible a la Putzfrau, que exhibe un gesto bastante adusto y ya ha agarrado el mocho, para que no me relacione con los posibles daños y perjuicios en sus dominios.
- Por cierto que en estos servicios berlineses el WC no gira, pero en otros, al pasar la mano por encima de un sensor, el aro del WC gira sobre la taza, mientras un mecanismo le rocía un líquido desinfectante. No sé cuál será la efectividad real de este ingenio, pero desde luego aprecio la buena voluntad. Ole por Alemania, Ein Hoch auf die Deutschen!
- Cuando voy a bordo de un autobús repleto (y sin aire condicionado), camino del Zoo y el Tiergarten, pasamos de largo un vehículo utilitario totalmente carbonizado, con la puerta del conductor abierta (espero que haya podido escapar a tiempo!) y todo un dispositivo de bomberos, policías y ambulancias a su alrededor. Nos quedamos atrapados en un embotellamiento gigantesco, hasta que se va abriendo el paso poco a poco a la circulación. Uno de los bomberos rompe con una especie de hacha la luna trasera, aunque dentro del coche ya no hay nadie. Las huellas del incendio son bien visibles en el asfalto, todo está teñido de un negro estremecedor en un área bastante amplia. Aunque probablemente se trate de un accidente fortuito, confieso que me entra algo de miedo, porque los atentados en territorio alemán son frecuentes en los últimos tiempos. De hecho, observo medidas de seguridad extraordinarias, sobre todo en zonas peatonales céntricas, como por ejemplo unas barreras móviles muy sofisticadas y aparatosas que están destinadas a impedir que las atraviese una furgoneta o un camión. Dentro de pocas semanas se instalarán los famosos mercadillos navideños alemanes, que han sido atacados tantas veces. Una lástima tener que vivir así.
- Todas las abejas me quieren polinizar en tierras de Centroeuropa. No decían que se estaban extinguiendo? Yo puedo hacer recuento de las que quedan con vida, porque se dedican a perseguirme y no me dejan en paz. El remedio post picadura de mosquitos que no me sirvió de nada en Laponia me está resultando de utilidad aquí, lo que son las cosas.
- Al volver a Berlín, me bajo del tren y paseo por el río. Luce uno de esos atardeceres malva que anuncian la inminencia del otoño. Es sábado noche y hay muchas fiestas de todo tipo en ambas orillas: suena música tecno, salsa, ambient y hasta tangos de los años 1930s en las ribera del Spree, en el edificio del Futurolarium, y según voy avanzando veo fiestas por toda la ciudad. Los berlineses se divierten, aunque el hecho de que sea sábado es solo una coincidencia, porque les he visto en las calles a todas horas también entre semana.
- Es la noche en blanco, que aquí llaman “La larga noche de los museos”. Las colas ante los museos son espectaculares, y yo vengo muy cansada de pasar todo el día en Dresde. Pero me encuentro por casualidad con un espectáculo al aire libre en el río, a la altura del Reichstag, y me quedo a verlo. Se trata de un audiovisual proyectado sobre la fachada de la Lüders-Haus. El tono es de documental institucional, lejos de todo colorido festivo. Pero aguanto los 30 minutos de locución en alemán, porque lo que se desgrana en la proyección es pura historia de Europa y lo siento como mío. Todo lo ocurrido en Alemania en el último siglo nos ha afectado a todos, para bien y para mal.
- En los momentos más emotivos del documental, justo cuando se está narrando, con una meticulosidad muy alemana, la construcción del muro y sus desgarradoras consecuencias… Pasan dos barcos-discoteca con la música bailonga a todo lo que dan sus bafles, y con gogós bailando en las dos cubiertas, vaso en mano. La música enmudece la voz de la locución, y los espectadores que nos agrupamos en la orilla vemos deslizarse sobre el Spree a los dos barcos, con sus alegres bombillas de colores que iluminan a los que bailan, justo bajos las imágenes proyectadas en la orilla de enfrente, en las que los berlineses de hace 65 años lloran desconsolados porque el muro recién construido les acaba de separar de sus familias y les obliga a dejar atrás todo un modo de vida. Fantasmas contra danzantes. No se me ocurre mejor forma de definir a Berlín...
Berlín, a finales del verano de 2025, es un lugar donde he pasado seis noches con sus días. Me he alojado en un edificio de tres plantas con patio, en la calle Oranienburg número 37, en el barrio de Spandau, distrito de Mitte, donde se situaba el centro de la vida de los judíos acomodados en los tiempos anteriores al Tercer Reich. Está catalogado como edificio histórico. La fecha de construcción es 1886, y el propietario era un farmacéutico que puso su negocio en los bajos, la farmacia del Dr. Brettschneider. Le sucedieron en el negocio dos farmacéuticos judíos, el Dr. Friedländer y el Dr. Rosenthal. El proceso de limpieza étnica nazi les apartó de la farmacia, que fue adquirida por el Dr. Josef Priemer en los 1940s. Este farmacéutico “ario” fue detenido veinte años más tarde por posesión ilegal de medicamentos occidentales, con los que traficaba en el Berlín de la posguerra, segregado en cuatro sectores con aduana. Fue deportado a la RDA, y ese fue el fin de la farmacia, que ya no existe y ha sido sustituida por un restaurante.
Yo no creo en los fantasmas ni en las almas en pena, pero sí en los recuerdos que se niegan a desaparecer del todo de nuestra mala conciencia. Como los fantasmas que pueblan la célebre historia de Christopher Isherwood, “Adiós a Berlín”, adaptada para el teatro con el título de “Soy una cámara” (una de las frases con la que se inicia la novela) y para el cine como “Cabaret”. Isherwood, que se definía como apolítico, vino a esta ciudad en 1929 a formarse como escritor, pero su motivación principal parece haber sido gozar de la libertad con la que los homosexuales se conducían en el loco Berlin de la era del jazz. Se marchó en 1933, intimidado por la radicalización que había sufrido la ciudad ante el ascenso de Hitler en la cancillería. En sus historias berlinesas, retrata una sociedad en descomposición que se niega a reconocer las amenazas que se ciernen sobre ella. Es inevitable recordar estos fantasmas cuando se va a cumplir un siglo de aquellos hechos, y algunas de las cosas que están ocurriendo bien podrían figurar en una segunda parte de la novela, si Isherwood estuviera vivo para reemprender su escritura justo donde la dejó.
Por mi parte, antes de marcharme ya quiero volver. Añado Berlín a mi lista de sitios donde no me importaría residir una larga temporada. Das ist kein Abschied, sondern ein "Bis Später" (gracias por la traducción, Miss Google).