31.8.25

 BERLIN


Desde mi cama en Oranienburger Strasse, en el barrio de Spandau (Spandauer Vorstadt), distrito de Mitte, Berlín. Amaneció a las 6:10 y yo estaba en pie para verlo, de hecho llevaba más de una hora despierta, desde que empezó a clarear. Duermo igual de mal que siempre, a pesar de que son días agotadores intentando sacar partido de mi tiempo limitado en esta gran mole urbana, donde las distancias se alargan debido a la alta humedad ambiente, ya sea caminando sudada o chorreando sudor dentro de un autobús (por qué, oh por qué el aire acondicionado es tan poco efectivo en Centro europa?). En mi afán por explorar, desgasto tanto las sueltas de mis zapatillas como las baterías de mis dos móviles, y voy racionando el tanto por ciento restante. A Miss Google la tengo en una cura de reposo, y me oriento a la vieja usanza, preguntando a la gente y orientándome con el río Spree como referencia. 

Los berlineses con los que he interactuado se muestran espontáneos, amables y abiertos, supongo que porque aún están de vacaciones. Les veo muy relajados en las terrazas, en los parques y en especial en la orilla del río. Los patios berlineses son pequeños mundos interiores, que dan a otros patios traseros que a su vez contienen otros mundos (pero están en este, como diría Paul Elouard). Hay música más o menos improvisada vayas donde vayas. Me cruzo a menudo con mucha gente alternativa de un estilo que sólo recuerdo del Londres de los años 1980s, no en vano Berlín es una de las cunas del punk, los squatters y los fanzines más underground.. También veo otros individuos peculiares que imagino que sólo se dan aquí, y deben de ser marca de la casa, Sin ir más lejos, ayer vi en Unter den Linden, a la altura de Bebel Platz, entre palacio y palacio… a un señor calvo que lucía un escotado vestidito negro de gasa minifaldero, con unas enaguas de crinolina para levantar la falda a la altura de la rodilla, y completaba su outfit con unas chanclas y un bolsito con asa tipo Launer, como los que usaba la difunta reina de Inglaterra. Caminaba con paso mesurado, muy erguido y muy digno, levantando algo de curiosidad pero tampoco demasiada, porque aquí están habituados a ver gente rara por la calle, vestidos de las formas más inverosímiles o gritando incoherencias o haciendo gestos y muecas fuera de control. 

Es un día más en Berlín, la ciudad más divertida del continente desde que dejó de tomarse en serio a sí misma como capital de Brandeburgo y luego de Prusia, para serlo de la nueva Alemania. Lástima que les durara tan poco tiempo, y no se puede negar su propia responsabilidad en su convulsa historia y sus nefastas consecuencias, que ha dejado huellas visibles y también invisibles. Berlín ha vivido momentos tremendos en los últimos dos siglos: La Triple Entente y su derrota en la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio y el colapso del Segundo Reich, la República de Weimar, el Putsch que puso a Hitler en bandeja la cancillería en las elecciones de 1933, el Tercer Reich, la persecución a los intelectuales y la heroica resistencia de algunas organizaciones y medios, la quema de libros, la Noche de los Cristales Rotos, el expolio a los judíos, el gueto, las deportaciones a los campos de exterminio, la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos aliados, la humillación de la derrota, la toma de conciencia de las atrocidades nazis, la partición en cuatro sectores, luego en dos, el bloqueo estalinista de los suministros por carretera, el puente aéreo aliado para proveer de víveres a la población, la construcción del muro, los tiempos de la Guerra Fría, el milagro alemán a un lado del telón de acero y la opresión por parte de la Stassi al otro lado, la caída del muro, la reunificación y el coste de la asimilación de los Ossies o berlineses de la antigua RDA, la fiebre constructora en terrenos baldíos que separaban los dos sectores, la férrea voluntad de dejar atrás los traumas y los sentimientos de culpa, la crisis económica y migratoria, los actos terroristas, la debilidad de la socialdemocracia y el auge de las ideologías extremas... Pero a pesar de todo ello el sentido del humor berlinés sigue ahí y goza de buena salud, por lo que yo puedo observar en mis paseos. Y pese a la profunda crisis que atraviesa este país, la impresión que da la ciudad a esta paseante es que se trata de un lugar dinámico y pujante, pero relajado. Tengo la impresión quizá equivocada, de que aquí hay un espíritu acogedor y una cierta cohabitación de clases, hasta cierto punto, que en España, en mi experiencia sólo se da en Madrid. Es curioso que ambas ciudades compartan el oso como símbolo que las representa. Las dos tienen un talante parecido, son abiertas, espontáneas y también nerviosas y algo caóticas. 

Berlín me atrapa en cada esquina. Mi amor por el asfalto se multiplica aquí. La enormidad de esta ciudad fascinante y poliédrica es abrumadora, me supera y sólo me deja espacio para apuntar aquí unas cuantas Notas desordenadas que ni de lejos le hacen justicia. Ahí van:

- En estos días he averiguado que, aparte de muchos restaurantes y lugares de ocio para todos los gustos, comparto la calle con ilustres vecinos históricos. No sólo tengo enfrente la casa donde vivió Humboldt, y en mi misma acera la Nueva Sinagoga con sus cúpulas de fantasía oriental, sino que contiguo a mi casa hay un precioso edificio modernista, la antigua Oficina de Correos llamada Kaiserliches Postfuhramt, desde donde se distribuían los envíos a lomos de caballo por todo el imperio. 

En la manzana siguiente, uno de los encantadores patios interiores que hay en edificios contiguos se llama Heckmann-Hofe, y albergó en tiempos una fábrica de un industrial que llevaba este apellido. Fue requisado por las autoridades de la RDA como propiedad del pueblo, y devuelto a manos particulares tras la reunificación. Hoy día hay un jardín con terrazas, música en vivo y tiendas de artesanía y de diseño. 

También estoy a dos pasos de una plaza histórica llamada Hackescher Markt, donde había un mercado histórico que hoy día aún se monta algunos días en un edificio llamado Hackescher Höfe, que contiene ocho patios. 

Y un poco más allá está un edificio imponente que alberga el Fotografiska Berlin, un museo con actividades y un café de los que hacen las delicias de los culturetas. Ni rastro de las prostitutas que me pronosticaba una página de internet que consulté. O son cosa del pasado o es que yo me retiro a mis aposentos demasiado temprano. 

- El edificio estilo Jugendstil de los ocho patios, llamado Hackescher Höfe, merece una mención aparte. Fue concebido en 1906 por el arquitecto August Endell como un complejo de viviendas pero también de locales de ocio, y en su día incluía hasta un enorme salón de baile. Actualmente cuenta con tiendas, restaurantes, un cine, galerías y clubes, todo ello con el sabor de antaño porque ha sido amorosamente restaurado. Los ocho patios son a cual más encantador, con árboles y parterres, bancos y un ambiente de retiro urbano que me recuerda mucho a los patios de la Casa de las Flores de Madrid. 

-  En Berlín el Gran Hermano te vigila, pero tú también a él. Es imposible ignorar la gran bola discotequera de la Torre de TV porque se ve desde todas partes. La construyó la RDA para convertirla en imagen de poderío y modernidad de su régimen. Tiene exactamente mi edad, 56 años, y está en la famosa Alexanderplatz. No subo a ver las vistas desde arriba porque me parece que el precio es desproporcionado. Justo detrás está el Reloj Mundial, un ingenio que no necesita más explicación, aunque bien pensado sí que deberían dar explicaciones los que lo diseñaron, porque es bastante feo. Casi todo lo que ha quedado de la extinta RDA sigue fielmente esa línea de culto al feísmo. En la partición de Berlín, al sector soviético le tocó la parte más bella de la ciudad, con sus museos, sus palacios, sus parques y sus estatuas, y todo ello lo reconstruyeron prontamente. Luego siguieron edificando, pero eran de ladrillo fácil y tenían mal gusto, qué le vamos a hacer.

En la plaza de al lado, junto a la iglesia de Marienkirche, hay una estatua de Lutero leyendo sus 90 tesis. Al otro lado, el Ayuntamiento es un ejemplo de recreación neogótica nacionalista típica del s XIX. En el centro de la plaza hay una bella fuente dedicada a Neptuno, que me hace mucha gracia porque está representado en actitud algo chulesca, con la mano en la cintura. Este Neptuno también debe de ser del Atleti, como su colega madrileño. 

- A la hora del almuerzo y la cena, las riberas del Spree en Mitte se llenan de gente que se sienta en las terrazas o monta un pequeño picnic improvisado. A la altura de la Isla de los museos y junto al Reichstag hay mucho ambiente al atardecer. Los músicos están omnipresentes. 

- La hierba de los parques berlineses está en mal estado, imagino que por falta de lluvias pero también de mantenimiento. 

- En algunas estaciones de Berlín, los WC están en un recinto llamado SaniFair, que parece un parque temático del pipí.

- La plaza Molkennarkt, donde está la Iglesia de San Nicolás, Nikolaikirchplatz, es de las más antiguas que se conservan en Berlín. Está situada en el barrio de Nikolai Viertel. En este punto se unían varias rutas comerciales en torno al río Spree en tiempos medievales. Los nombres de las calles recuerdan a las mercancías que allí se vendían.

- En la plaza Schinkel, frente al Palacio Real, hay tres estatuas de sendos personajes ilustres que son los primeros monumentos erigidos a miembros de las clases medias en Prusia. El principal es el arquitecto Karl Schinkel, fundador del movimiento neoclásico y neogótico que tantos edificios inspiró en el s. XIX, y a quien Berlín le debe algunos de los más bellos. 

- En la bella avenida Unter den Linden se encuentra, entre decenas de palacios barrocos y neo…de todo, la Bebelplatz, plaza donde los nazis quemaron miles de libros frente a la Biblioteca Jura, intentando borrar su contenido del mapa. Pero, como en la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, los libros no sólo sobrevivieron, preservados en otros lugares, sino que su mensaje salió fortalecido de la quema. 

- En la misma plaza, en la fachada barroca de la catedral del Santo Espíritu, veo un bajorrelieve con un Cristo. No es muy común que se le represente así, parece que la Iglesia Católica está más interesada en mostrarle crucificado.

- En la plaza llamada de Gendarmenmarkt: hay dos impresionante iglesias gemelas, una franciscana italiana y la otra alemana. El diseño de esta plaza está inspirado en mi plaza preferida de toda Roma, la Piazza del Poppolo. 

- La puerta de Brandeburgo me parece mucho más alta ahora que cuando la vi por primera vez de joven. Es curioso que los recuerdos distorsionen la realidad, y la versión inexacta sea la que quede grabada en nuestra memoria. Me emociona pensar que no pude cruzar bajo esta puerta en 1987, y en cambio sí puedo hacerlo en 2025. Si a mí se me salta la lagrimita, no puedo llegar a imaginar lo que sentirán los berlineses. 

- Llego al Checkpoint Charlie. Muchas cosas han cambiado allí desde que lo visité la vez pasada en una excursión escolar, en julio de 1987. El muro aún no había caído por entonces, pero sus cimientos ya se estaban desmoronando en el sentido figurado: el ambiente político estaba tan revuelto, que en el día en que llegamos a Berlín hubo un incidente diplomático y cerraron el paso al sector oriental, por lo que no pude visitar la parte este, bajo control de la RDA. Me perdí la Isla de los Museos y todo el resto de bellísimos monumentos que quedan de ese lado. A los dos años, en noviembre de 1989, cayó definitivamente este símbolo de la guerra fría. Una amiga que lo visitó justo después me trajo de recuerdo un trozo del muro, recogido del suelo entre los escombros. Tenía el tamaño de un puño y por un lado se veía parte de la pintura de un graffiti. Lo guardé muchos años, pero para gran disgusto mío se perdió en una mudanza. 

Actualmente, frente a la antigua cabina que servía de puesto de control de entrada al sector americano, hay unos paneles que explican paso a paso todos los acontecimientos históricos que llevaron a la construcción del muro, y más tarde a su caída. Me emociona leer los textos y ver las fotografías, que me traen recuerdos de una época llena de ilusiones. Con el muro caería todo lo malo de este mundo, pensaba yo a los 20 años. Aún no era la señora cínica en la que me he convertido. 

- En la llamada East Side Gallery, a orillas del río, se conserva todavía un largo lienzo de muro, junto a unos edificios residenciales ultramodernos. Luce graffitis más antiguos y otros más recientes, todos ellos firmados por los artistas que los pintaron. El más célebre y ciertamente más impactante es el que lleva por título “El beso del socialismo”. En él, Brevnev y Gorbachov se dan un apasionado besazo de tornillo en todos los morros, que deja frígidos a los más románticos besos de las estrellas de Hollywood. En los telediarios de mi infancia estos besos en la boca de los líderes socialistas nos dejaban muy impactados, pero era una costumbre propia del contexto de la URSS. Tengo que hacer cola tras un autobús de turistas orientales al completo, pero consigo hacerle una foto. El subtítulo de la obra reza así: “Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal”. Sobran las explicaciones. 

- Muy cerca de este lienzo del antiguo muro se alza sobre el Spree el puente Oberbaum, que desde el s. XIX unió los distritos de Kreuzberg y Friedrichshain. Es una construcción de estilo fantasioso-medieval, con sus torres y sus almenas en ladrillo rojo, que imagino que imitan al Ponte Castelvecchio de Verona, pero que no sé por qué me recuerdan más bien a la adaptación que Hollywood hizo de Ivanhoe en los 1950s a todo technicolor. Pero es un puente espectacular, y sin duda el más bello de Berlín. 

- Doy un largo paseo desde mi casa hasta el barrio de Schöneberg, quiero encontrar la casa donde residió el escritor Christopher Isherwood. A medio camino, me topo con el monumento que conmemora a los judíos asesinados por los nazis. Consiste en una serie de bloques de piedra que representan tanto las tumbas como la pesada losa que pesa en la conciencia. Cada noche, al volver a casa, paso por delante de la Nueva Sinagoga y veo, prendidas en su verja y alumbradas con velas, las fotos de los rehenes israelíes aún en poder de Hamás. Pero, un sábado más, también veo una manifestación de protesta contra la aniquilación de la población de Gaza a manos del gobierno de Israel. La limpieza étnica avanza en varias direcciones, y por el camino pierde el sentido que nunca tuvo.  Estás losas deberían pesar lo mismo para todos. 

Cuando al fin alcanzo la casa donde vivió el escritor inglés durante tres años, en Nollendorfstrasse 17, compruebo que esas calles tranquilas y aburguesados de Schöneberg siguen siendo gay-friendly. Diga usted que sí, aunque no me imagino al amigo Christopher portando unas correas de cuero en bandolera sobre una camiseta sin mangas con la bandera arcoiris. Él era un chico fino de buena familia, un hombre elegante. El sentimiento es el mismo, pero por el camino se han perdido las formas.

En la cercana plaza de Winterfeldpltaz hay un mercadillo callejero. Se venden cosas sin mucha importancia, pero paso allí largo rato porque los que venden y lo que compran son gente espontánea y alegre. No veo turistas en el horizonte, así que están en su salsa. Confirmo aquí mi impresión de que muchos berlineses son a la pata la llana. Cada vez me caen mejor. 

 

Algunas particularidades berlinesas: 

- Muchas tiendas, en Mitte y otros distritos no tan céntricos, tienen bancos, sillas y mesitas de bistro colocadas en la acera, pegadas al escaparate. Lo que tiene esto de particular es que en bastantes ocasiones ni la tienda tiene una cafetera, ni se trata de ninguna cafetería, sino que vende cualquier otra cosa, por ejemplo ropa, objetos de decoración o muebles. Pero en estos pequeños veladores a veces sirven café desde algún bar cercano que no atisbo a ver por ningún sitio, y otras veces simplemente dejan que la gente se siente a charlar, así por las buenas. 

- En algunas calles principales hay gruesas tuberías elevadas, pintadas de llamativos colores, sujetas con estructuras por encima de las cabezas de los peatones. Me dejan muy intrigada, y le pregunto a Miss Google, que me cuenta que estas tuberías bombean el agua de las obras de los edificios en construcción. Estas aguas provienen de la ciénaga sobre la que está construida Berlín, que además de contar con un río y sus canales, está rodeada de lagos y se asienta sobre terreno pantanoso. De manera que, cada vez que se colocan los cimientos para edificar, estos se inundan y hay que bombear el solar. Una delicia, vamos. 

- Observo que algunas personas dejan sobre la acera una caja con cosas que han desechado pero que aún están en buen uso, para quien quiera recogerlas. Y veo gente bien vestida que revuelve en esas cajas y se lleva algo, por ejemplo material escolar, sin que se le caigan los anillos. Esa escena sería impensable en España. 

- Entre todas las particularidades berlinesas, la más particular es esta: casi no hay pasos de peatones pintados en el suelo, y el tiempo que dura el semáforo en verde es mínimo. Por tanto, cruzar la calle se convierte en una operación de alto riesgo que me da mucho, mucho miedo. Cada vez que cruzo y me veo evitando los charcos por encima de los raíles de los tranvías, sorteando los vehículos, las bicis y los patinetes... me dedico a recitar mantras que fortalecen mi espíritu para entrar en desigual batalla, tales como “Tanto ahorrar en pintura, la madre que os parió” y otras expresiones de aqueste jaez.

- Por cierto que en los discos de los semáforos berlineses aparece la silueta de un hombrecillo con sombrero que está o bien crucificado (en rojo) o despatarrado (en verde), al que llaman Ampelmännchen. El diseño de este muñeco es obra de un psicólogo de la RDA, y formó parte de una modernización del Berlín Oriental en los años 1960s, del que se convirtió en uno de sus símbolos junto a la torre de la TV. En los primeros años tras la reunificación, quisieron reemplazar los discos donde aparecía este hombrecillo por los semáforos más modernos de Berlín Occidental. Pero ante el clamor popular ocurrió justamente lo contrario, y el Ampelmännchen invadió con sus piernas extendidas, pasito a pasito, todos los semáforos del nuevo Berlín unificado. 

- En Berlín, sobre todo en la KuDam, hay escaparates en medio de la acera, como vitrinas que se han independizado del recinto del local comercial, para salirte al paso, como un reclamo ineludible que encuentras en tu camino. 

- Tengo que confesar que no hago muchas visitas culturetas de las que se consideran obligatorias en Berlín. Su museo más célebre, el de Pérgamo, está cerrado por obras. Y yo no estoy en disposición de encerrarme en interiores durante horas cuando hay tantos distritos que callejear. De modo que me dedico a pasear por sus calles. Las musas me perdonen.  

- Paseo por los jardines del Zoo, con su portada chinesca-decó, el Tiergarten, la Columna de la Victoria (que tanto me evoca la película “El cielo sobre Berlín”, donde los ángeles viven en las bibliotecas, hay una idea más poética?). 

- La KuDam, la principal avenida comercial, parte de la plaza donde se encuentra la Iglesia Memorial del Kaiser Guillermo. Este señor no tenía abuela, y se colocó a sí mismo y a su familia en los bajorrelieves y en los mosaicos que decoran los techos del templo. Este fue destruido por un bombardeo aliado, y nunca se reconstruyó, así que pasó a ser el Memorial de los desastres de la guerra. Recuerdo que le tomé fotos con una cámara analógica (era lo que había) en 1987, y luego las revelé en Birmingham, donde pasaba por aquel entonces un mes de cada verano con una familia inglesa. Al enseñarles las fotos de Alemania, la abuela de esa familia, que había vivido el Blitz de niña en Londres, preguntó si habían dejado la iglesia en ruinas a propósito, y luego comentó: “Everybody suffered”. Por cierto que en esta iglesia se muestra la Cruz de Coventry, ciudad medieval inglesa que quedó totalmente arrasada por las bombas de la Luftwaffe. 

- Las especialidades más repetidas en los puestas de comida callejera son el Dönner Kebab (que me encanta) y el Currywurst (que no pruebo). La visión de este último tengo que confesar que me tira para atrás: la salchicha no es visible, porque está oculta bajo un puñado de patatas fritas en tiras, generosamente pringadas en curry y salsa ketchup. 

- Me cruzo con muchos franceses, españoles y norteamericanos que se nota que no son turistas, sino que viven aquí. Vaya suerte. 

- Una exposición interesante que paso por alto por falta de tiempo es la que se muestra en el Museo de la Ciudad. Su título es Roads nota Taken (caminos que no se emprendieron). Trata de todos los momentos históricos en los que Alemania puedo evitar el conflicto y en cambio optó por la vía del enfrentamiento, desde los tiempos de la Unificación en el s. XIX hasta la actualidad del XXI. 

- Al pasar, veo que hay proyecciones nocturnas al aire libre de antiguas películas de la UFA, la principal productora cinematográfica alemana durante la República de Weimar. Proyecto asistir a alguna, pero termino tan agotada por las noches que renuncio al plan. Lástima, porque habría sido interesante ver algún filme completo de los tiempos anteriores al nazismo. He podido ver algunos fragmentos en televisión de comedias alemanas sofisticadas de los primeros años 1930s, y parecían muy locas y divertidas. 

- Intento salirme de la zona estrictamente turística. Doy largos paseos por Kreuzberg, un barrio mayoritariamente turco, donde hay un parque fluvial en cuyas orillas la gente se relaja sobre la hierba. Atravieso una zona de viviendas sociales, y veo a sus vecinos, turcos y alemanes, montando barbacoas humeantes al atardecer en el exterior. Cenar al aire libre debe de ser todo un lujo para los berlineses, dadas las inclemencias de su clima. A la altura de Moritzplatz veo muchos fumaderos de narguiles, y uno de esos jardines informales tan berlineses, mezcla de huerto y oasis urbano, montado por los propios vecinos, donde hay muchas actividades de agrupaciones de barrio. Se puede entrar a tomar un café casero y sentarse en sillas desparejas a disfrutar de la vegetación. 

- La otra cara de la moneda es Charlottenburg, uno de los barrios más señoriales y pudientes de Berlín. Qué casas más elegantes, y qué ambiente tan agradable. Estoy muy a gusto disfrutando de esas calles tan tranquilas y de esas casas tan preciosas estilo Jugendstil. Hasta que me topo, en la acera, con varias de esas plaquetas doradas incrustadas en la acera, que marcan los edificios donde vivían judíos que fueron deportados durante el nazismo. Una de las placas conmemora la memoria de Helmuth Stieff, general alemán que en 1944 participó en dos misiones suicidas de intento de asesinato de Hitler. Durante su detención, se negó a delatar a los otros conspiradores. Fue condenado a muerte y ahorcado. En Berlín, y en otros muchos lugares de Centroeuropa, las crueldades del pasado aún se mantienen vigentes, y te salen al paso en algunas esquinas, cuando más desprevenida estás pasando un buen rato.

- Doy un paseo por el barrio de Schönberg, donde vivieron muchas celebridades de todos los campos de la creación, como los escritores ingleses Isherwood y Ayuden, Einstein, Marlene Dietrich, Willy Brandt, David Bowie… En la misma zona, entro en los tradicionales almacenes KaDeWe, que han quebrado y según la prensa van a cerrar. Como las Galerías La Fayette en París o los almacenes Macy's en Nueva York, su interés radica en que son tiendas históricas, porque fueron de los primeros grandes almacenes de sus respectivas ciudades. Esa es mi principal motivación para entrar en este enorme edificio situado en la Tauentzienstrasse (la otra gran arteria comercial, aparte de la emblemática KuDam). Pero una vez dentro me encuentro con un lujo y esplendor que no esperaba. Desde luego estos no son unos almacenes populares, ignoro si en algún tiempo lo fueron. En la sección de decoración encuentro objetos más interesantes que los que exhiben muchos museos.  

- A pocos pasos de esta tienda está la estación de metro de Wittenbergplatz, que data de 1913 y conserva todo el encanto de la Belle Époque, con los carteles publicitarios originales y todo. 


EXCURSIONES DE UN DIA DESDE BERLÍN: Potsdam y Dresde.

- Disfruto muchísimo de mi visita a Potsdam, que me recuerda a mi querido Aranjuez. Esta ciudad, para los turistas como yo, está ensombrecida por el maravilloso palacio de Sans Souci y sus jardines. He tenido tiempo de recorrer su Barrio Holandés, sus puertas monumentales, la iglesia evangelista de San Nikolai con su cúpula de cobre verdoso y todos sus edificios barrocos. Pero lo que de verdad me atrapa es el ambiente reposado de sus calles más antiguas, donde hay tantos cafés, restaurantes y tiendas de artesanía con muchísimo encanto. Entro en la tienda de porcelana KPM (Real Fábrica de Porcelana de Berlín), marca fundada por el mismo Federico el Grande. Qué preciosidades. Y qué precios. Me enamoro de una figurita y miro el precio: casi 3000 euros. Los dependientes me miran con prevención. Tranquilos, que no la rozo siquiera. 

- Me lo paso bomba en Sans Souci, el palacio de recreo del Viejo Fritz, Como llamaban al final de su vida a Federico el Grande, rey de Prusia. No le falta ningún pirindolo propio del rococó, el estilo más recargado del s. XVIII, aunque el rey se ve que tenía buen gusto y la decoración no alcanza las cotas delirantes de desparrame de otros palacios de la misma época. La audioguía, en su versión en español, está narrada por una señora más cursi que una película de Pili y Mili, pero gracias a ella me entero de muchos cotilleos históricos, que son la salsa rosa de las dinastías. Me encanta pasear por los jardines, que contienen sorpresas tales como un rebaño de cabras cornudas (con perdón) y un pabellón chino circular, repleto de personajes “asiáticos” sobredorados en sus porches. La idea que tenían los europeos de la época del Lejano Oriente nos hace sonreír hoy en día. 

- Al día siguiente voy en un tren camino de Dresde para pasar el día allí. Se trata de un tren húngaro que termina su recorrido en Budapest. Llevamos ya varias paradas en medio del campo, por causa de una avería que parece que consiguen solventar momentáneamente, pero llevamos acumulado un retraso considerable. Desde mi asiento del tren he intentado rematar estas líneas. 

- Llego a Dresde tras un viaje en el que se sientan a mi alrededor en el tren una familia de catalanes transplantados a Mallorca. El mundo es un pañuelo! Hablamos de Palma, esa “ciutat de patis”, la bella desconocida que oculta sus secretos, porque todo el que aterriza en el aeropuerto se marcha a otras zonas de la isla al poco tiempo. Desgraciadamente no conozco bien mi ciudad natal, porque a los dos años no se tienen recuerdos, pero me propongo remediar esa laguna el año que viene con una larga estancia en La Isla de la Calma, como la llamaba Rusiñol. Hablamos de un librito que no es tan bueno como los del escritor y pintor catalán, pero que hace gala de un sentido del humor muy incisivo y certero: "Queridos mallorquines", escrito por un catalán bajo seudónimo (Guy de Forestier, juego de palabras con “foraster”). En él las peculiaridades de mis paisanos isleños son retratadas con mucho cariño y con mucho humor, en la línea de "El español y los siete pecados capitales", de Fernando Díaz-Plaja. Me cuentan que se ha publicado una segunda parte con más anécdotas mallorquinas. La compro en cuanto vuelva a Madrid.

- En Dresde admiro todos los monumentos de esta ciudad barroca, barroquísima, atravesada por el río Elba y con varios puentes que la cruzan en su parte más majestuosa… y ennegrecida. Quizá conserven toda esa capa de negrura en aras de la autenticidad, pero algunos monumentos están tan tiznados que, cuando el día se nubla, literalmente no salen en la foto. 

- El gran contraste en forma de choque cultural lo proporciona un Festival Ganesh hindú que se está celebrando en medio de la principal calle comercial de Dresde. Los tambores resuenan por todo el centro, y los estandartes y los gorros anaranjados se ven desde lejos. Los participantes sostienen una pancarta que reza: Somos 4000, únete a nosotros en nuestra celebración. Y efectivamente, algunos alemanes se únen en las danzas y comparten la alegría contagiosa de los indios, supervisados de lejos por varios furgones policiales. Me hace gracia que un individuo canoso vestido de azafrán ronda por los alrededores, arrastrando un carrito de la compra con un potente altavoz y cantando al micrófono la interminable salmodia del Hare Krishna, Krishna Hare. Oportunista! 

- En Dresde hay un Museo de la higiene. No me vendría mal visitarlo, si soy sincera. Lavar la ropa a mano en el baño no se puede comparar a la efectividad del ciclo de una lavadora. 

- Observando con detenimiento algunos de los pirindolos (de gran mérito artístico) de los (valiosísimos) palacios rococó de Dresde, no puedo evitar pensar que IKEA cumple una labor social, y que tanto arquitectos y decoradores como usuarios se benefician de ella. Y la vista descansa también. El barroco en Dresde es tan abrumador que no sabes dónde mirar: la Theaterplatz y todo lo que la rodea, el Elba con sus puentes, las cúpulas, la torres… 

- Los coches de caballos, los carrillones, la música en cada esquina… Una ciudad siempre me recuerda a otra, y en algunas calles Dresde se parece a Salzburgo, o viceversa.


En mi último día en Berlín, planeo acercarme a los barrios de Grunewald, Teufelsberg, Prenzlauerberg. Si me da tiempo, porque está ciudad es muy extensa aún utilizando el transporte público.

- En Prenzlauer Allee y alrededores confirmo una idea que hace dias me ronda por la cabeza: Berlín se parece a Madrid. En actitud ante la vida, en ambiente a todas horas y, en barrios como este, hasta se parecen los edificios. Es un barrio agradabilísimo, animado y bonito pero sin grandes pretensiones. En Danziger Strasse el ambiente es de mezcolanza de gentes diversas, lo que más me gusta del mundo. Se adivina que en el dia a dia de estas calles hay mucha convivencia vecinal. Si tuviera que instalarme en Berlín creo que buscaría piso de alquiler por aquí, ya he mencionado antes que en el solar de mi corazón tengo instalada una agencia inmobiliaria. Me quedo enamorada de la Rykestrasse, con sus tranquilas terrazas y sus elegantes casas antiguas que podrían estar en Chamberí. Para rematar las semejanzas, hasta tiene una torre para depósito de agua (sin cúpula) del estilo y la época del Canal de Isabel II. Como dirían en Madrid: Vamos, no me digas! Vuelvo a Mitre, y a la realidad, dando un largo paseo por la Kollwitzstrasse. Ambiente familiar y sosegado de paseos tranquilos y terrazas sin estridencias. Pero cuando llego al centro ya veo que comienzan las primeras fiestas, a la puesta de sol. Berlín tiene muchas caras, y todas ellas apuran a su modo y manera el último día del verano meteorológico. 


Anecdotario: 

- Conversaciones de tren. En el tren que me trae desde Varsovia, mantengo una charla muy interesante con un alemán que regresa a Berlín tras pasar sus vacaciones con su madre de noventa años, en Pomerania. Es aficionado a la historia, y me cuenta la de su familia, que es un ejemplo más de tantos. Muchos alemanes fueron expulsados tras la guerra del territorio donde vivieron durante generaciones, porque las fronteras en esta zona del mundo han cambiado con bastante frecuencia en los últimos 200 años, en buena medida por causa de los propios alemanes. Así, el pueblo donde vive su madre quedó en territorio polaco tras la Segunda Guerra Mundial. Me habla del sentimiento de culpa colectiva, y advierto que le tortura el hecho de que muchos alemanes supieran lo que estaba pasando en los campos de exterminio pero no cambiaran su adhesión al Führer. Le digo que se trataba de un lavado de cerebro colectivo, pero me replica que ese argumento no le convence. Noto que el tema realmente le angustia. En nuestra charla, es este hombre y no yo quien saca el tema de la política. Expresa sus temores a que la ultraderecha tarde o temprano termine ganado las elecciones, y también se muestra inquieto ante la posibilidad de que el servicio militar vuelva a ser obligatorio, ya que tiene dos hijos en edad de ser llamados a filas. Comentamos la debilidad de la UE ante las grandes potencias enfrentadas, y la conversación va gravitando hacia las carencias de la propia Alemania en la actualidad. Este berlinés se queja del empeoramiento del nivel de vida y de las infraestructuras y los servicios en general, aunque no saca a pasear al elefante en la habitación, que es el tema de la inmigración, y yo tampoco lo menciono. Pero es optimista respecto al futuro, al contrario que yo. Nos despedimos en la estación.

- Al llegar a mi habitación dejo mi equipaje y, siguiendo mi costumbre, lo primero que hago es ir a comprar algo para la cena y el desayuno (en el piso tengo derecho al uso compartido de la cocina). Al volver con la compra, las llaves me dan acceso al edificio, pero por más que lo intente no puedo abrir la puerta del piso. La llave entra en la cerradura, pero no gira dentro del bombín. Tras muchísimos intentos, desesperada, llamo al contacto, que es un intermediario entre el propietario y yo. Se trata del mismo que me ha dejado las llaves depositadas en una bolsita de plástico oculta tras un cartel en la fachada exterior de una calle muy concurrida. Con semejante fe en el destino, tampoco espero demasiada efectividad por su parte. No me engaño: aparenta desesperarse, pero no habla de venir a ayudarme ni me da ninguna alternativa. Ya me veo cenando la compra del súper sentada en los escalones, cuando por suerte aparece uno de mis compañeros de piso, un chico con rastas, y me enseña las maniobras orquestales en la oscuridad (literal) que hay que realizar para que la llave conecte dentro del mecanismo de la cerradura. Una vez aprendido el truco, es como cocinar sin sal. Le escribo un mensaje al intermediario: “Ya he conseguido entrar, a los 56 años me acaban de dar una lección sobre cómo abrir una puerta”. No recibo ninguna respuesta. Falta humor. Y lubricante. 

- Entro en un WC público subterráneo, bajo la iglesia Memorial del Kaiser Wilhelm. Entran detrás de mí dos amigas maduritas charlando por los codos, y una de ellas sigue la conversación a grito pelado desde dentro de la cabina, mientras hace… no, pipí no es, porque de repente se entrega al paroxismo y de su cubículo salen unos bramidos animalescos, interrumpidos por algunas frases en alemán que no entiendo ni falta que me hace, porque la situación no deja lugar a dudas sobre lo que está ocurriendo ahí dentro. Su amiga, a quien encuentro lavándose las manos, huye escaleras arriba algo avergonzada, a reunirse con los maridos de las dos. Mientras, bajo tierra sigue desarrollándose un drama digno de un escenario que gozara de una mayor intimidad. Al salir, me hago bien visible a la Putzfrau, que exhibe un gesto bastante adusto y ya ha agarrado el mocho, para que no me relacione con los posibles daños y perjuicios en sus dominios.  

- Por cierto que en estos servicios berlineses el WC no gira, pero en otros, al pasar la mano por encima de un sensor, el aro del WC gira sobre la taza, mientras un mecanismo le rocía un líquido desinfectante. No sé cuál será la efectividad real de este ingenio, pero desde luego aprecio la buena voluntad. Ole por Alemania, Ein Hoch auf die Deutschen! 

- Cuando voy a bordo de un autobús repleto (y sin aire condicionado), camino del Zoo y el Tiergarten, pasamos de largo un vehículo utilitario totalmente carbonizado, con la puerta del conductor abierta (espero que haya podido escapar a tiempo!) y todo un dispositivo de bomberos, policías y ambulancias a su alrededor. Nos quedamos atrapados en un embotellamiento gigantesco, hasta que se va abriendo el paso poco a poco a la circulación. Uno de los bomberos rompe con una especie de hacha la luna trasera, aunque dentro del coche ya no hay nadie. Las huellas del incendio son bien visibles en el asfalto, todo está teñido de un negro estremecedor en un área bastante amplia. Aunque probablemente se trate de un accidente fortuito, confieso que me entra algo de miedo, porque los atentados en territorio alemán son frecuentes en los últimos tiempos. De hecho, observo medidas de seguridad extraordinarias, sobre todo en zonas peatonales céntricas, como por ejemplo unas barreras móviles muy sofisticadas y aparatosas que están destinadas a impedir que las atraviese una furgoneta o un camión. Dentro de pocas semanas se instalarán los famosos mercadillos navideños alemanes, que han sido atacados tantas veces. Una lástima tener que vivir así. 

- Todas las abejas me quieren polinizar en tierras de Centroeuropa. No decían que se estaban extinguiendo? Yo puedo hacer recuento de las que quedan con vida, porque se dedican a perseguirme y no me dejan en paz. El remedio post picadura de mosquitos que no me sirvió de nada en Laponia me está resultando de utilidad aquí, lo que son las cosas. 

- Al volver a Berlín, me bajo del tren y paseo por el río. Luce uno de esos atardeceres malva que anuncian la inminencia del otoño. Es sábado noche y hay muchas fiestas de todo tipo en ambas orillas: suena música tecno, salsa, ambient y hasta tangos de los años 1930s en las ribera del Spree, en el edificio del Futurolarium, y según voy avanzando veo fiestas por toda la ciudad. Los berlineses se divierten, aunque el hecho de que sea sábado es solo una coincidencia, porque les he visto en las calles a todas horas también entre semana. 

- Es la noche en blanco, que aquí llaman “La larga noche de los museos”. Las colas ante los museos son espectaculares, y yo vengo muy cansada de pasar todo el día en Dresde. Pero me encuentro por casualidad con un espectáculo al aire libre en el río, a la altura del Reichstag, y me quedo a verlo. Se trata de un audiovisual proyectado sobre la fachada de la Lüders-Haus. El tono es de documental institucional, lejos de todo colorido festivo. Pero aguanto los 30 minutos de locución en alemán, porque lo que se desgrana en la proyección es pura historia de Europa y lo siento como mío. Todo lo ocurrido en Alemania en el último siglo nos ha afectado a todos, para bien y para mal. 

- En los momentos más emotivos del documental, justo cuando se está narrando, con una meticulosidad muy alemana, la construcción del muro y sus desgarradoras consecuencias… Pasan dos barcos-discoteca con la música bailonga a todo lo que dan sus bafles, y con gogós bailando en las dos cubiertas, vaso en mano. La música enmudece la voz de la locución, y los espectadores que nos agrupamos en la orilla vemos deslizarse sobre el Spree a los dos barcos, con sus alegres bombillas de colores que iluminan a los que bailan, justo bajos las imágenes proyectadas en la orilla de enfrente, en las que los berlineses de hace 65 años lloran desconsolados porque el muro recién construido les acaba de separar de sus familias y les obliga a dejar atrás todo un modo de vida. Fantasmas contra danzantes. No se me ocurre mejor forma de definir a Berlín...


Berlín, a finales del verano de 2025, es un lugar donde he pasado seis noches con sus días. Me he alojado en un edificio de tres plantas con patio, en la calle Oranienburg número 37, en el barrio de Spandau, distrito de Mitte, donde se situaba el centro de la vida de los judíos acomodados en los tiempos anteriores al Tercer Reich. Está catalogado como edificio histórico. La fecha de construcción es 1886, y el propietario era un farmacéutico que puso su negocio en los bajos, la farmacia del Dr. Brettschneider. Le sucedieron en el negocio dos farmacéuticos judíos, el Dr. Friedländer y el Dr. Rosenthal. El proceso de limpieza étnica nazi les apartó de la farmacia, que fue adquirida por el Dr. Josef Priemer en los 1940s. Este farmacéutico “ario” fue detenido veinte años más tarde por posesión ilegal de medicamentos occidentales, con los que traficaba en el Berlín de la posguerra, segregado en cuatro sectores con aduana. Fue deportado a la RDA, y ese fue el fin de la farmacia, que ya no existe y ha sido sustituida por un restaurante.  

Yo no creo en los fantasmas ni en las almas en pena, pero sí en los recuerdos que se niegan a desaparecer del todo de nuestra mala conciencia. Como los fantasmas que pueblan la célebre historia de Christopher Isherwood, “Adiós a Berlín”, adaptada para el teatro con el título de “Soy una cámara” (una de las frases con la que se inicia la novela) y para el cine como “Cabaret”. Isherwood, que se definía como apolítico, vino a esta ciudad en 1929 a formarse como escritor, pero su motivación principal parece haber sido gozar de la libertad con la que los homosexuales se conducían en el loco Berlin de la era del jazz. Se marchó en 1933, intimidado por la radicalización que había sufrido la ciudad ante el ascenso de Hitler en la cancillería. En sus historias berlinesas, retrata una sociedad en descomposición que se niega a reconocer las amenazas que se ciernen sobre ella. Es inevitable recordar estos fantasmas cuando se va a cumplir un siglo de aquellos hechos, y algunas de las cosas que están ocurriendo bien podrían figurar en una segunda parte de la novela, si Isherwood estuviera vivo para reemprender su escritura justo donde la dejó.  

Por mi parte, antes de marcharme ya quiero volver. Añado Berlín a mi lista de sitios donde no me importaría residir una larga temporada. Das ist kein Abschied, sondern ein "Bis Später" (gracias por la traducción, Miss Google).





 

26.8.25

 POLONIA.CRACOVIA. SOCHACZEW.ZELAZOWA WOLA.GDANSK.


CRACOVIA


Viajo hasta Cracovia, la segunda ciudad en número de habitantes y una de las más antiguas de Polonia. El paisaje es llano y muy verde, pero cuando nos vamos acercando a la región de Polonia Menor, se añade la particularidad de que tiene suaves lomas sobre las que los cultivos trazan líneas que suben y bajan, como olas en tierra firme. La arboleda ya luce los colores del otoño. Las aldeas no son muy grandes, meras agrupaciones de casitas con tejado oscuro a dos aguas, que raramente tienen un aspecto uniforme. 


Nada más bajar del tren empiezo a cruzarme con monjas de multitud de congregaciones y muchos peregrinos con pañuelos distintivos al cuello. Sé que en tierra polaca hay muchas peregrinaciones, pero en este caso me parece que la afluencia de fieles también se debe a que Wadovice, la ciudad natal de Juan Pablo II, está sólo a unos 40 kms de distancia. Miss Google me sopla que también se venera a Santa Faustina Kowalska. Es un dos por uno, una ruta peregrina bien aprovechada por numerosos grupos de personas mayores, que por lo que veo están disfrutando una barbaridad. 


No es para menos. Hace un día muy soleado y la bellísima Cracovia luce en todo su esplendor. Al llegar al casco histórico veo en los escaparates de las agencias propuestas de itinerarios menos piadosos y enfocados a otros temas, como los campos de exterminio de Auschwitz (que eran tres), y las minas de sal de Wielicza. Nunca he tenido intención de visitar ningún campo nazi, ni siquiera Mauthaussen con el que desgraciadamente me una una historia familiar. Pero sí que quería haber ido a la mina de sal, y tontamente la he olvidado por completo al preparar la excursión de hoy. Consulto en la oficina de turismo, pero no hay plazas disponibles para hoy, y aunque volviera mañana, sigue sin haber plazas a partir de la hora de llegada del primer tren que me trae desde Varsovia. Reflexiono. No merece la pena pasar una noche en Cracovia solamente para visitar la mina, de modo que dejo aparcado el plan para una futura excursión combinada desde el parque natural de Tatra, cerca de la ciudad de Zakopane. Quizá si doy una segunda vuelta a Polonia al volver de Alemania me acerque por allí, camino de la República Checa. También incluiría Breslavia, demasiado lejana de Varsovia para ir y venir en el dia. Planes abiertos.


Cracovia ha sido reconstruida varias veces a lo largo de su historia, pero irónicamente se mantuvo intacta en la Segunda Guerra Mundial, por haberse establecido allí el gobierno general de las fuerzas de ocupación del Tercer Reich. No se libró de tener un gueto, desde donde fueron deportados sus pobladores judíos al vecino Auschwitz. Un gran número de ellos pudo evitarlo gracias al industrial pronazi y más tarde heroico Óskar Schlinder, que todos conocemos a través de la película, la lista etc. Su fábrica de esmaltes y munición está en las afueras y se puede visitar, pero no voy. Hace tiempo decidí evitar los lugares donde el nazismo provocó un sufrimiento extremo, que no puedo remediar y en cambio me afecta mucho emocionalmente. De adolescente pude ver en televisión un documental filmado por militares aliados en el campo alemán de Bergen-Belsen, en los días en que fue liberado por el ejército británico en 1945. Estas imágenes llegaron a Londres y fueron montadas por el mismísimo Alfred Hitchcock, quien colaboraba en labores de retaguardia como montador y que quedó completamente horrorizado por lo que tuvo que visionar en la sala de montaje. Los americanos emitieron esta película en la Alemania vencida y ocupada por los aliados, para concienciar a la población local sobre su responsabilidad en lo ocurrido durante el nazismo, y estimular su culpabilidad, mostrándoles las atrocidades de los campos de exterminio en toda su crudeza. El visionado era obligatorio, y negarse a verlo suponía pena de cárcel. Toda una contraprogramación ante el lavado de cerebro colectivo que el Tercer Reich había ejercido sobre los alemanes. Por tanto, las imágenes no están censuradas y son durísimas, de lo peor que yo recuerdo. Hay cosas que, una vez vistas, no puedes dejar de ver nunca y te acompañan siempre. Por eso no quiero revivirlas, creo que con una vez basta. 



Al casco antiguo se entra por la preciosa torre barbacana, junto a un pequeño parque con una estatua de un señor llamado Jan Matejkic que debía ser pintor, porque su estatua incluye un marco que, valga la redundancia, enmarca los árboles. La puerta de San Florian da a acceso a las calles de la vieja Cracovia, donde los turistas damos la nota (de color, siendo amables) heladerías, souvenirs, WCs, terrazas y bancos para sentarse, cajeros automáticos y todas esas necesidades vitales que forman parte de la forma de viajar moderna. Las colas más largas son las que se forman en los lugares señeros a los que obligatoriamente hay que fotografiar. Yo confieso que me uno a alguna de esas. Todos queremos llevarnos a casa un cachito de este bellezón de ciudad, para recordarlo y también para mostrarlo.


Recorro los lugares más señalados de Cracovia. En todos hay manadas de turistas, estamos en temporada alta y Polonia ha despegado como destino alternativo a los habituales y más que conocidos. En la plaza principal, la torre del ayuntamiento y la de la Iglesia de Sta María se quitan mutuamente el protagonismo. Entre las dos está la Lonja de los Paños, donde ya no comercian los mercaderes como antaño, sino que allí se venden souvenirs de todo tipo. No hay suficientes reservas de ámbar en el Báltico para todo lo que se ofrece, los collares se desparraman literalmente en los puestos formando una cascada amarilla. También se venden paños con estampados de flores, artesanía en vidrio, y figuras en maderas, de las que me llaman la atención las que representan músicos judíos ortodoxos. Se celebra una muestra de folklore local, y hay un mercadillo muy animado relacionado con ella. En un puesto compro queso de las montañas con salsa de frambuesas. Bromeo con la vendedora y le pregunto si eso de las frambuesas lo han añadido para adecuarse al gusto americano, pero me asegura que es un plato tradicional. He olvidado el nombre del invento, pero es un bocado exquisito. 


En la plaza posterior a la Iglesia de Santa María, justo frente a la girola del templo, me sorprende encontrar rincones platerescos en forma de capilla externa techada, toda de piedra. Allí mismo veo una cola larguísima frente a una puerta para presenciar la ceremonia de la apertura del altar, donde un letrero advierte “sólo 5 personas cada vez”. Renuncio a hacer la cola, y por tanto me quedo sin verlo, pero por lo visto la ceremonia consiste en que una monja abre las puertas, pintadas al óleo por Veit Stoss, que están encima del altar mayor. Estás pinturas renacentistas representan escenas de la Historia Sagrada. Otra vez será, pero si soy sincera me apetece mucho más callejear en las pocas horas que tengo disponibles. 


Mi paseo me lleva hasta el Collegium Maius, la universidad del s. XIV donde estudió, entre otros, Copérnico. Su patio es impresionante. Y justo al lado hay un jardín llamado De los Profesores, donde aparte de encontrarme unos novios posando para las fotos de su boda, veo unos paneles que explican con detalle la persecución del invasor nazi contra los profesores de esta universidad. Los convocaron a todos a una reunión, y una vez agrupados les detuvieron y, sin juicio y sin cargos, se los llevaron deportados a los campos. Sólo unos pocos sobrevivieron. Los totalitarismos del tipo que sean no sólo persiguen a las personas y lo que representan, sino a los estados de opinión que sostienen esas personas. Lo ocurrido en esta universidad de Cracovia formaba parte de la Intelligenzaktion, una operación de los nazis contra la élite intelectual de la Polonia ocupada. Tiempos durísimos que espero que no se repitan, aunque hay muchos síntomas de que en nuestro tiempo vamos por el mismo camino.  


Le hago una foto a la estatua en piedra de un santo muy raro. Llega la hora del almuerzo, y busco como siempre un banco a la sombra donde montar mi picnic. Hay un parque muy agradable junto a la sede de la universidad. Cuando me instalo en el banco me doy cuenta de que el santo raro en realidad es una Virgen, que he fotografiado de espaldas. Estoy fatal. 


En la calle Grodzka hay muchas librerías de viejo, y un mercadillo de libros de segunda mano. En una cervecería reconozco la caricatura del Buen soldado Svejk, el protagonista de la sátira contra el ejército escrita por el checo Jaroslav Hasek. Muchas tabernas en Praga tienen esta misma ambientación temática, y yo conozco la novela no porque la haya leído, sino porque vi la historia en una serie de televisión, y me gustó mucho su tono de humor agridulce. El pobre Svejk quiere ser un buen soldado, pero la ineptitud de sus mandos se lo impide porque las órdenes que recibe son contradictorias y rozan el absurdo. Real como la vida misma.


Camino del castillo, paso por el Consulado Honorario de España, en un precioso edificio estilo barroco. Me pregunto si el señor cónsul será el dueño del restaurante que hay en los bajos. En Sevilla estudié inglés en una academia cuyo dueño era el cónsul honorario de Nueva Zelanda, y en la ventana ondeaba la bandera. 


Desde el castillo veo los barrios más allá del casco histórico, y me propongo callejear sin rumbo por allí para darme siquiera una ligera idea de cómo es Cracovia en realidad. Tras dejar atrás la sinagoga, cruzo el río Vístula por un puente moderno que tiene unas esculturas colgantes. Son figuras de acróbatas circenses, y se balancean con el viento que sopla en el cauce del río. El ingenio resulta muy original, pero algo inquietante. 


En esta orilla estaba el gueto. Ya no existe, sino que ha sido sustituido por una gran plaza con un monumento conmemorativo en bronce, que consiste en unas sillas vacías con los asientos desvencijados que se reparten por toda la extensión. He visto en las indicaciones que la fábrica de Sclinder está por allí, y al principio la confundo con una que tiene chimenea y todo, pero se trata de la cineteca. La fábrica del heroico alemán está por detrás, y la evito por los motivos antes expuestos. 


Cracovia me ha encantado, pero es hora de regresar. Haciendo tiempo en la estación, intento sacar plaza dentro de 48 horas para el tren de Gdansk. Pero la funcionaria del mostrador no habla inglés, y en cuanto abro la boca se niega a atenderme, y me despide con gestos despectivos muy desagradables, como quien espanta una mosca. Pruebo con otra ventanilla, y al menos no me tratan como a un insecto, pero tampoco me atienden. Al final, en la oficina de atención al cliente, una mujer que chapurrea lo suficiente para entendernos me reserva la dichosa plaza. Se trata de mujeres ya rozando la edad de la jubilación, y supongo que llevan a cuestas toda una vida laboral de atención al público, que por experiencia sé que es una labor muy ingrata. Pero yo ¿qué culpa tengo de todo eso? 

 

Al menos el Intercity que me lleva de vuelta a Varsovia es muy cómodo, y nos regalan un botellín de agua. Sólo que tengo que esperar mucho para poder subir al vagón, porque hay un equipo de al menos cinco personas, coordinadas por una supervisora de uniforme, que está limpiando cada rincón a conciencia. También se trata de hombres y mujeres en una edad en la que deberían estar ya jubilados. 



SOCHACZEW. ZELAZOWA WOLA


Al día siguiente cojo un tren hasta Sochaczew, pueblo cercano a la finca campestre donde se encuentra la casa natal de Chopin. Paso los 20 minutos de trayecto en pie por no tener asiento reservado. Llueve bastante, y una vez llegada me encuentro con que la frecuencia de los autobuses locales tiene un intervalo de varias horas. Cojo taxi, y cuando ya estamos a mitad de camino se me ocurre preguntarle si tiene datáfono. Esto es un pueblo pequeño, y no tiene. Yo ya he gastado los zlotis que llevaba encima, y menos mal que el taxista acepta euros en anotado de la vida, porque el cajero más próximo está a varios kilómetros. 


Zelazowa Wola es una finca con gran encanto. Ha pasado por varios dueños, pero a principios del s. XIX los dueños eran unos aristócratas. De su mansión no ha quedado nada, pero la casa donde vivía la servidumbre ha sido reconstruida y convertida en museo, porque allí se conocieron, se casaron y tuvieron su primer hijo (el futuro compositor) la pareja formada por el ama de llaves y el tutor, un emigrado francés que daba clases al hijo de los condes. Los Chopin se terminaron mudando a Varsovia, donde montaron una pensión para estudiantes. Pero conservaron la estrecha amistad con sus antiguos empleadores toda la vida, y Chopin recordaba con cariño sus visitas de niño a esta finca. Lo que se exhibe en el interior de esta casita es muy escueto, pero los jardines que la rodean, ambientados con música del compositor, son una preciosidad. 


Ya de vuelta en Varsovia, me propongo remediar la falta que supone no

haber tenido tiempo hasta el momento de recorrer el parque Parque Lazienki, el más grande y bello de la ciudad, que formaba parte de la ruta real entre palacios. La avenida que conduce hasta allí es muy ancha y hermosa, con edificios señoriales que albergan sedes de instituciones y embajadas. Por el camino me encuentro una estatua de Ronald Reagan, en actitud de hablar en un estrado. Consulto a Miss Google, y averiguo que le representa en el momento en que, en pleno discurso en la Puerta de Brandeburgo en el Berlín de 1987, le pidió a Gorbachov que derribara el muro. Cosa que ocurrió dos años después. Fue un momento esperanzador de los que pocas veces se dan, y tuve la suerte de vivir en ese tiempo en que nos hacíamos tantas ilusiones. Qué distintas se ven las cosas en el malsano clima actual. 


A esta estatua le rodea un extraño habitáculo cubierto con plásticos que está decorado con banderas palestinas y carteles con proclamas que no puedo comprender, y en cuyo interior hay una especie de despacho iluminado por una bombilla con una mesa, dos sillas, y una estantería con libros. Hay dos viejos activistas fumando junto a la puerta. 


LoDisfruto mucho del parque Lazienki, en especial del botánico y de la estampa romántica que supone ver un palacio en la isla del pequeño lago, rodeada de arboledas. El otoño da un pasito lento pero seguro cada día que pasa.


GDANSK


Gdansk es mi última excursión fuera de Varsovia. En los andenes me encuentro con algunos viajeros preparados para pasar unos días en la playa: vestidos de otoño, pero cargando con las palas y las neveras portátiles. 


Gdansk me sorprende gratamente. Yo lo asociaba con la lucha sindical en los astilleros y con el Solidarnosc de Lech Walesa de los años de mi infancia, y me imaginaba una ciudad industrial de color ladrillo oscurecido por la humedad y el hollín. Pero no tenía ni idea de que, aparte de ser una ciudad portuaria, su casco histórico es una maravilla. Son casas renacentistas de cinco alturas al estilo neerlandés, con porches en piedra que tiene bajorrelieves tallados. La torre del ayuntamiento tiene un carrillón, como en Flandes. Los edificios que dan al puerto son muy curiosos porque ahí conviven varias épocas, desde la medieval (la torre de la grúa) hasta la actual (los hoteles que han adaptado el estilo de las casas tradicionales a la arquitectura moderna). Una reproducción de un galeón barroco se pasea, o más bien se apresura porque va a motor, arriba y abajo del canal para pasear a los turistas. Pero lo que más me atrae de la bella Gdansk es su ambiente alegre y sus tranquilas plazas alejadas de las calles más concurridas. Es domingo, y muchas familias locales almuerzan en las terrazas de los restaurantes, mientras grupos de jóvenes se pasean. Hay muchos españoles, como también encontré en Cracovia. 


Gdansk, en Pomerania, estuvo bajo dominio de la Orden Teutónica en la Edad Medía, luego de Prusia durante el renacimiento, y mantuvo una mayoría de población de origen alemana hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando logró independizarse brevemente. Porque en seguida llegó la Segunda Guerra Mundial, y durante el nazismo Alemania quiso recuperar este importante puerto. Esa fue una de las causas que justificaron a ojos del Tercer Reich la invasión de Polonia por parte de Alemania, y precipitaron el comienzo de la guerra. Tras ella, Gdansk quedó destrozada y en manos del Ejército Rojo. Una vez reconstruida en los años 1950s durante el estalinismo, pasó décadas en la URSS hasta que Polonia se independizó nuevamente al caer el muro. Me entró por las cartelas que hay en toda la ciudad de que, antes de que comenzara la lucha sindical contra el comunismo en sus astilleros, ya había protestas ciudadanas de la oposición al régimen, orquestadas por el Joven Movimiento Polaco (RMP) desde una revista Polytika Polska. Esta lucha, sus causas y sus implicaciones se explican con detalle en el Centro Europeo de Solidaridad, al que no tengo tiempo de ir porque prefiero invertir mis pocas horas en tan bella ciudad disfrutándola a pie de calle. 


En la calle se aprenden muchas cosas también, como por ejemplo interesándose por los personajes retratados en las estatuas de las plazas. Así averiguo que el señor feudal de Gdansk en el s. XIII fue Swanktopol II el Grande, quien empezó a llamarse a sí mismo “duque” e inauguró la dinastía de los Sobieslaw (Samborides en alemán). Yo no sé cómo he vivido estos últimos 56 años ignorando este hecho fundamental que, a los que vivimos lejos de Pomerania, básicamente no nos concierne. 


También me cruzo con otro señor de bronce, en un jardincillo encantador junto a un canal con casas renacentistas de entramado de madera. En esta ocasión el homenajeado es Johannes Hevelius, a quien mi ignorancia impide identificar como el célebre astrónomo fundador de la topografía lunar. Sea usted un genio de la astronomía, para que 400 años después llegue una señora madurita como yo, se plante delante del monumento, y pregunte: Y este quién es? 


Después de haber callejeando a placer, me dirijo a la estación para coger el tren del vuelta a Varsovia y en ese momento empieza una pesadilla kafkiana que no finaliza hasta muchas horas después. La aplicación móvil de Interrail no funciona, y yo necesito mostrar mi billete a la controladora. Pero la pantalla de mi móvil no muestra nada, y no he tenido la precaución de hacer una captura de pantalla con el código QR que contiene el billete. Pido ayuda al servicio técnico de Interrail, y la trama de complica porque todas las sugerencias que me hacen están fuera de lugar hasta que realmente les hago comprender el alcance del problema. Afortunadamente la controladora es una chica comprensiva, pero me pide que vaya a buscarla cuando haya solucionado el problema. Y así es, la busco cuando ya por fin consigo traspasar mi pase de Interrail de un móvil a otro, la única manera de salir del embrollo. Pero yo estoy en el vagón 22 de un larguísimo convoy, y debo atravesar todo tipo de obstáculos en forma de equipaje tirado por los corredores, personas sentadas en el suelo, puertas correderas con el mecanismo medio averiado, y un vagón restaurante repleto, donde la gente hace cola literalmente rozando los platos de los comensales que están el sentados a las mesas. Al final consigo desfacer el entuerto. Pero llego a Varsovia enfadada, hay días en que no tengo paciencia con los pequeños o grandes inconvenientes, y este es uno de ellos. 

Polonia la mártir, Polonia la sufrida, valiente Polonia: aunque luzcas en cada esquina una lápida que recuerda pasados santos, héroes y mártires, que aún lloras, he podido ver que estás subida al carro del futuro y vives un presente esplendoroso. Con el tiempo, las generaciones crecen y los traumas se remontan. Aplaudo tu voluntad y admiro tu espíritu de superación y sobre todo tu enorme belleza. Cuídate mucho y bien. 


Remato estas líneas desde Berlín, adonde he llegado hace una hora. He tenido una conversación muy interesante con un germano-griego en el tren, pero la dejo para la siguiente entrada. Al llegar, me he encontrado con la agradable sorpresa de que mi alojamiento, una habitación en un piso antiguo de la antigua zona oriental, está en un gran edificio del s. XIX, con gran vestíbulo de escalera señorial y techo con artesonado. Mi ventana a la francesa da al patio de entrada común, totalmente cubierto de hiedra. La casa y las calles que la rodean tienen un sabor retro a las cosas de antaño, que son las que más me gustan. Mi calle se llama Oranienstrasse y está en Mitte, el barrio más céntrico, muy cerca del río Spree. Miss Google me cuenta que hay muchos alojamientos turísticos en estas calles porque este es uno de los centros de la vida nocturna de Berlín. Y que antiguamente era el barrio judío, la Nueva Sinagoga (s. XIX) está por aquí. Los judíos de clase media que vivían en este barrio fueron deportados a campos de exterminio en la Polonia ocupada, y estas casas quedaron vacías. Tras la guerra se llenaron de artistas alternativos, anarquistas y prostitutas. Sospecho que aún están por aquí, porque el dueño de esta pensión no ha venido personalmente, sino que me ha dejado las llaves dentro de una bolsita de plástico escondida tras en cartel anunciador del restaurante del portal de al lado. Y su mensaje con las instrucciones para entrar acaba con un inquietante “Buena suerte”. Espero tenerla. Hoy hace sol y a partir de mañana llueve tengo que aprovechar la tarde. Berlín, allá voy.  


22.8.25

 POLONIA. VARSOVIA 


Notas:


- Al salir de mi edificio, averiguo que está contiguo a uno que se considera histórico, la casa de vecindad de Nowicki. Es obra del arquitecto Belindan Palewski, para la constructora del célebre arquitecto Nowicki. Se construyó en los años 1930s, y según parece es una obra maestra del Déco local. Todo esto me lo traduce Miss Google de una placa que hay a la entrada. Yo la verdad no encuentro nada especial en la fachada exterior, supongo que el mérito se me escapa por completo debido a mi ignorancia en la materia. 


- Me alojo en el distrito de  Śródmieście. Debe de ser bastante pijo, porque me rodean grandes hoteles y boutiques insignia de marcas de alta costura, embajadas y restaurantes de los de manteles de hilo y vajilla de diseño. Avanzo hacia la estación central, donde debo reservar asiento en el tren a Berlín la semana que viene. Atravieso grandes avenidas modernísimas. Cuando veo fotos de Varsovia atrasada por los nazis, se me parte el alma. Por eso me alegro de encontrarla ahora, 80 años después, en tan buena forma, tan moderna y vital. 

Pero su pasado acecha en casi cada esquina. Hay placas conmemorativas de personalidades célebres en muchas paredes, quw incluyen su foto digitalizada…. parecen esquelas. No les  faltan ramos frescos de rosas rojas y blancas, los colores de la bandera polaca. 


- El Instituto Cervantes de Varsovia tiene su distintivo en laa ventanas de 5 pisos de un gran edificio. Tanta demanda existe en Polonia para aprender español? Desde luego, con la facilidad para los idiomas que tienen los eslavos, seguro que aprueban los cursos de dos en dos. 


- Varsovia, como todas las capitales en la órbita de la antigua URSS, no pudo librarse de tener una torre horrorosa, copia de las “siete hermanas”moscovitas, que por lo visto tenían sobrinas por toda la Europa del Este. La torre estalinista de Varsovia es como si la Giralda  tuviera un ataque de importancia, pero luego se hubiese arrepentido cuando ya no había vuelta atrás. Leo que fue un regalo de Stalin al pueblo polaco. El tipo fue cruel hasta el último hombre y hasta el último ladrillo. 



- En esta zona, repleta de rascacielos a la última, están las tiendas insignia de las consabidas franquicias. Algunas hace tres o cuatro países que no las veo. Me emociona reencontrarme con un Carrefour, mi viejo amigo, que tantas comidas me soluciona y donde entro sabiendo lo que ofrecen. Soy una negada para la gastronomía y me siento segura si al coger un paquete sé exactamente qué esperar de su contenido.


- La cantidad de iglesias que hay en Varsovia es abrumadora. Confieso que arrastro un empacho de iglesias desde Italia por lo menos, pero la vida del turista es dura y hay que hacer estos esfuerzos. Solo que tampoco me esfuerzo todo lo que debiera. Entro en alguna que otra. Yo me lo pierdo. 


- Me cruzo con mujeres de delicada belleza eslava. Y con muchos señores interesantes. No todo van a ser monumentos de piedra. 


- Sigo las indicaciones de Miss Google para llegar al casco histórico, y en los semáforos me voy reuniendo con todos los turistas que hacen lo propio, navegador móvil en mano. Mal de muchos etc, Así compruebo que no soy la única a la que Miss Google lleva literalmente por la calle de la amargura. La muy Google nos mete a todos en lo peor de las obras (no es culpa suya) y nos hace dar un rodeo totalmente evitable (culpable!) por un parque llamado Ogrod Saski. Pero se lo tengo que agradecer, porque este parque contiene  el llamado Saxon Garden, primer parque público de Varsovia, tras haber sido el jardín de palacio del rey Augusto II en el s. XVIII. Querida Miss Google, qué haríamos sin ti.


- Llego a la plaza Zawfovky, con su columna del s. XVII que homenajea al rey Segismundo III Vassa. Está en la plaza del castillo, que tiene una impresionante torre con cúpula de cebolla. Parece mentira que todo lo que estoy viendo, de hecho el 85% de la ciudad, fuera destruido por completo, y reconstruido con total exactitud en los años de posguerra, en torno a los 1950s. Esta macro restauración de un casco antiguo al completo ganó muchos premios y reconocimiento internacional. Es patrimonio UNESCO desde 1980. Es de justicia que los nazis no lograran privarnos de una cosa tan bella. En la antigua muralla veo un monumento a Juan Zachwatowicz, el arquitecto que reconstruyó Varsovia. Desde luego si alguien se merece un monumento es este hombre. 



- También hay en esta plaza una placa conmemorativa de una masacre zarista en este mismo lugar en 1861, cuando judíos y gentiles polacos se unieron para protestar contra la opersión rusa. Los recurrentes pogromos zaristas fueron una de las limpiezas étnicas más terribles de la historia. Que por cierto los comunistas continuaron, para no perder la tradición. 


- En la Plaza del Mercado, o Rynek Starego Miasta, veo muchas fachadas con esgrafiados muy particulares. La estatua barroca de la sirena esta rodeada de rebaños de turistas de muchas partes del mundo, y debo esperar para acercarme. La encuentro hermosísima. Callejeando, paso por docenas de iglesias, la mayoría barrocas, algunas con  cúpulas en forma de cebolla. También hay multitud de palacios barrocos, uno de ellos el Palacio Radziwill (sería propiedad de los antepasados de la familia política de Lee Radziwill, la hermana de Jackie Kennedy-Onassis?). 



- También está reconstruida la barbacana o torre de ladrillo que protegía la entrada a Varsovia a través de la muralla. Atravesándola, se llega a la zona extramuros donde tuvo lugar la primera gran expansión de la ciudad, y que contiene el tristemente famoso gueto. 


- Llegobhasta una Bella estatua de Marie Curie que contempla el río Vístula desde una loma, junto a una iglesia muy particular. Fue erigida en 2014 por François Hollande y Bromislav Konorovsky, como símbolo de la amistad franco-polaca. Supongo que ese día los polacos, en aras de la susodicha amistad, le debieron perdonar a los franceses que se hayan querido apropiar de Marie Curie, como hacen con todos los talentos foráneos que recalan en su país. 


- Me surge una tremenda curiosidad: de dónde salió el dinero para reconstruir Varsovia, en la empobrecida Europa de posguerra? Copio aquí la respuesta que me da la primita de Miss Google, la IA:

“La reconstrucción de Varsovia tras la Segunda Guerra Mundial fue financiada principalmente a través del Fondo Social para la Reconstrucción de la Capital (SFOS), el cual se nutría de donaciones populares. Aunque se considera un proyecto nacional impulsado por el espíritu del pueblo polaco, la reconstrucción también estuvo supervisada por una oficina gubernamental bajo la influencia soviética en el contexto de posguerra y dominación del bloque oriental.” 



- No tenía previsto visitar el gueto, porque me ponen muy triste sus historias. Pero supongo que era inevitable que lo traspasara, callejeando por la ciudad vieja. Veo en el suelo unas marcas que indican que allí estaba el muro del gueto en 1943. Me adentro un poco por sus calles. Y será casualida, pero el hecho es que empiezo a encontrarme mal. Me duele el estómago, me mareo. Salgo de allí en cuanto puedo, y se me pasan los síntomas. Un atavismo, pura sugestión, una somatización de tantas lágrimas derramadas viendo tantas películas y documentales sobre el Holocausto? 


- A la hora de montar mi picnic unipersonal, busco un banco a la sombra, porque el sol aprieta, pero están todos cogidos. Termino sentada en una balaustrada de piedra junto a una escalinata. La gente que pasa mira por encima de mi cabeza, y cuando termino de almorzar yo hago lo propio. Resulta que me he comido el sándwich bajo las estatuas de Wars (un pescador) y Zawa (una sirena), quienes según la leyenda dieron origen al nombre de la ciudad (Warszawa en polaco). Miss Google Lens me cuenta que vivieron amores contrariados. Amores imposibles, diría yo. Me quieres decir, Miss Google de mi alma, cómo siendo una sirena sin piernas se puede… tú ya sabes?

- Por todas las esquinas de la ciudad vieja hay placas recordando los muertos de la guerra, con el número exacto de personas asesinadas por los nazis justo en ese lugar concreto. La mayoría tiene ramos de flores frescas. 

- Llego a la sede vaticana, que tiene un bajorrelieve con un busto de Juan Pablo II, y a su lado una hélice misteriosa de la que no he podido obtener ninguna información. Justo enfrente, está el impresionante monumento a la insurgencia de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial. Cuando estoy contemplándolo junto a minúsculo jardincillo, me pica una abeja que ya llevaba un rato persiguiéndome. La insulto llamándola cerda hija de puta. Lo primero es falso, si se aplican estrictamente las clasificaciones del reino animal. Lo segundo creo que es cierto por la saña con la que me ha clavado el aguijón. Por lo visto se ha quedado con ganas de más, así que tengo que marcharme para proteger mi integridadporque me persigue implacable. Me temo que la bruma corporal que compré en una perfumería de La Haya atrae a los insectos, pese a llamarse Happy Mood. Y mira que me gusta la fragancia, pero voy a tener que dejar de usarla hasta que llegue el otoño. Qué cerdada. 

- Junto a un lienzo de muralla, en la  plaza Podwale, hay dos monumentos que abultan lo suyo: una estatua a Jan Kolinsky (un señor muy abrigadito, con mostachos y alzando un sable)  y a María Koposnika (quien no ha merecido estatua alguna, y debe conformarse con su nombre inscrito en una humilde piedra, pero bien grande, eso sí). Confieso que estoy algo cansada de buscar información sobre héroes y mártires. Pero mi mente neurótica me impulsa a rellenar los huecos y desvelar las incógnitas que levantan las escuetas placas en idioma polaco. Pues bien, averiguo que Kolinsky fue un artesano que se metió en berenjenales polítiqueros, y luego lideró una rebelión contra el poder ruso-prusiano en el s. XIX. Y en cuanto a Koposnica, fue una poetisa y novelista también del s.XIX. Ya he hecho los deberes. 

- En una cartela, se reproduce un cuadro de Canaletto que muestra cómo era de hermosa la calle Krakowskie Przedmiescie en el s. XVIII. Malditas guerras, que destrozan vidas y haciendas. Menos mal que gracias a los cuadros, las fotografías y los planos se pudo reconstruir todo al detalle.  

- Ya he dicho antes que creo que el barroco es de los estilos más divertidos que da de sí la arquitectura. Tanto me lo parece, que a veces me entra la risa tonta. Es el caso de la Iglesia de los Carmelitas de Varsovia, de 1780. Más pirindolos no le cabían, mire usted.

 

- Me encanta Nowy Świat, una calle histórica repleta de tiendas con ambiente de terraceo a media tarde . En tiempos, formó parte de la ruta que recorrían los reyes con sus carrozas entre palacio y palacio. 


- Entro en la iglesia de la Santa Cruz, donde está enterrado el corazón de Chopin. Parece ser que él, que vivía exiliado en París porque su familia había conspirado contra el régimen zarista,  pidió ser enterrado en Polonia. Pero los zares no dieron los permisos necesarios, y sus deudos se tuvieron que conformar con traer solamente su corazón, que está depositado en una urna bajo una columna de este templo. Un bello bajorrelieve en mármol con su busto marca el lugar. Tengo la puntería de entrar cuando están ensayando para un concierto de piano con sus mazurcas.  Robert Schuman dijo que las mazurcas de Chopin guardaban “cañones bajo las flores”. Pues la fragancia de estos cañonazos explota dulcemente, oh yeah! Chopin está omnipresente aquí. Chopin es a Varsovia lo que Mozart a Salzburgo: un gran negocio. Es irónico si tenemos en cuenta que en vida de ambos sus ciudades les rechazaron, y ambos se terminaron marchando para no volver…. A Chopin se lo impedían motivos políticos (era un opositor al régimen zarista que gobernaba con mano de hierro en Polonia), y a Mozart más bien de libertad creativa (buscó independizarse de la corte del arzobispo Colloredo, que gobernaba Salzburgo con mano feudal). Ambos tuvieron la osadía de enfrentarse al status quo. Admiraciòn eterna.  


- El teatro Sabat, en un bonito edificio Art Nouveau, ofrece revistas como le gustaban a mi madre, con escaleras por las que suben y bajan señoritas con penachos de plumas. Hoy resulta de un kitsch trasnochado, pero cuando ella era niña era la fantasía escapista preferida de la posguerra. No sé qué tipo de público llenará este teatro, pero sospecho que no bajarán de los 80 años de media. 

- Paso por el monumento a Solidarnosc. Cuántos recuerdos de la lucha heroica de este sindicato por traer la democracia a Polonia, en los telediarios de mi infancia. El Nobel de la Paz Lech Walesa era un electricista y llegó a presidente. Intentaré recordarlo la próxima vez que necesite un manitas a domicilio y no quede conforme con la reparación.  

- Más adelante, encuentro el Teatro Polska, de estilo Art Nouveau, que fue el único teatro se Varsovia que sobrevivió intacto a la guerra. Los nazis no podían estar en todo, y alguna casa se les tenía que escapar.

- Me subo a uno de los jardines secretos más originales de Europa, el que hay en la azotea de la Biblioteca Universitaria de Varsovia. La biblioteca ya es de por sí un enorme edificio originalísimo, pero el añadido del jardín con vistas al río Vístula es un regalo al que la luz del atardecer le pone el lazo. Qué cursi me ha quedado esto, pero no lo borro por puro narcisismo. 

El edificio es diáfano. Sin embargo, me cuesta un buen rato llegar a la azotea. Cuando entro en la biblioteca le pregunto al guardia de seguridad, pero este hombre ya está más que harto de los turistas que aparecemos por allí para ver el jardín de marras, y me hace un gesto con ambas manos que yo traduzco como: Vete a tomar por… el ascensor. A ello voy, pero el ascensor no sube hasta arriba del todo, sino que me deja en un planta intermedia. Me hago tremendo lío para salir de allí, hasta que sale una empleada que ha terminado su jornada laboral, una chica tan alta como una jugadora de baloncesto. Esta amabilísima giganta me ayuda a rodear el edificio y ganar las escaleras que dan acceso para subir desde el jardín a pie de calle hasta el jardín de la azotea. Por el camino, hablamos de cómo los blogueros que escriben sobre sus viajes han popularizado en internet lugares como este, que eran un secreto minoritario reservado a los ciudadanos de Varsovia, pero que ahora muere de éxito. Los turistas somos una lata, verdad? Le digo, para intentar sonsacarla. Pero no pica el anzuelo, y responde muy diplomáticamente que las cosas bellas hay que compartirlas.


- Desde la biblioteca bajo hasta el río para pasear por sus bulevares, que son como Madrid Río pero mucho más anchos, acordes con el río, poque el Vístula tiene mucho más caudal que nuestro humilde Manzanares. En este paseo destacan el original puente  Świętokrzyski Bridge y el Centro Copernik, pero a mí lo que más me gusta es una larga franja de arena donde la gente está recostada en una tumbonas con sombrillas y un chiringuito. Es la playa del Vístula, y aunque aquí nadie se baña, como hacen en el Sena, se les ve muy, pero que muy a gusto.


- Se me queda en el tintero el parque Lazienki, el más grande de Varsovia, que entre otras cosas tiene un palacio en un islote de un gran estanque. Pero estoy demasiado cansada, y tengo que hacer una llamada. Descanso un poco en un banco del bulevar del Vístula, observando cómo los niños pequeños se divierten saltando descalzos en los surtidores de agua. Y cuando he recuperado las fuerzas, me vuelvo a casa. Mañana tengo que madrugar mucho para llegar a Cracovia. 









21.8.25

 POLONIA. LEGADA A VARSOVIA



Mi entrada en Varsovia ha sido algo catastrófica, pero ya estoy en una edad madura y sé que en vez de desesperarse, solamente hay que esperar para calmarse y solventar eso que ahora llamamos “problemas del primer mundo”. 


Tras seis horas y media de carretera (con un cambio horario de por medio), mi autobús llega puntual a Warszawa Zadochnia, la estación de autobuses oeste de Varsovia. A pesar de los fenomenales atascos, provocados por las fenomenales obras públicas que asolan los nudos de comunicaciones en la capital polaca. Yo me he pasado casi todo el viaje durmiendo, efecto secundario de la biodramina (me mareo en carretera, lo que no me ocuría antes… pero es que estoy mayor). Sólo me he despertado cuando en la frontera polaca se han subido al autobús unos militares que nos han pedido los pasaportes. Se han llevado unos cuantos a una caseta, y han tardado una media hora en devolverlos. El de mi compañera de asiento, que no sé de dónde es porque no ha dicho esta boca es mía, lo han repasado con la yema de los dedos. El mío lo han mirado de lejos. 


Para cuando mis Resilias y yo conseguimos atravesar las obras y coger el autobús hasta la dirección de mi alojamiento, ha transcurrido otra hora. Una vez llego a la calle donde he alquilado un apartamento, debería poder relajarme, pero justo ahí comienzan al menos dos horas de desconcierto, variedad kakfiana.


En la agencia de alquiler están descoordinados, y no han previsto mi llegada, aunque nos hemos intercambiado mensajes los días anteriores. Su política no me obligaba a hacer un prepago, las condiciones eran que pagara el primer día, pero me sugieren unas formas de pago digital en webs oscuras y con plataformas ignotas que no me convencen nada. Para proteger mis datos, sugiero pagar al contado, para lo que una empleada debe desplazarse hasta donde yo estoy. Pero tarda muchísimo, y está empezando a chispear. Naturalmente, hasta que no vean el dinerito se niegan a darme el número exacto de la casa en esta cortísima calle (que está frente a un parque y sólo tiene tres números en la acera impar), ni tampoco las instrucciones de entrada (el sacrosanto código para abrir el portal y una vez dentro, el de la caja de seguridad que contiene la llave). 


Yo estoy dispuesta a pagar, porque veo que se trata de una buena zona, céntrica además. Pero como ya me estoy poniendo muy nerviosa porque me pasan de teléfono en teléfono y no tengo claro si va a venir alguien o no… Tengo un arranque de iniciativa propia y cuando sale un vecino, me meto en el edificio más feo de los tres que componen la calle, porque estos meses de alojamientos baratos me han acostumbrado a las peores condiciones posibles. Cuando ya estoy dentro, recibo un mensaje de la agencia diciéndome que en realidad me alojo en el edificio de al lado, y que la empleada llegará en 10 minutos. Pero mis Resilias y yo estamos prisioneras en el edificio equivocado, donde tontamente me he metido, porque señoras y señores, en el portal hay un candado oxidado y solo los vecinos tienen la llave. Ya empiezo a desesperarme y a consultarle a Miss Google cómo se dice en polaco “Por favor, ayúdame a salir de aquí ahora mismo” para empezar a llamar a cada piso, cuando aparece una vieja salvadora que va a entrar y me libera, como el hada buena oronda y canosa que hay en todos los cuentos. Me meto en el edificio de al lado aprovechando que entra una vecina, que también es canosa pero está delgada y lleva un perro con muy malas pulgas. Aunque le pregunto, esta mujer no tiene tiempo para tonterías (las mías, se entiende), pero sí consigo que me diga que “el hostal está en el sótano”. 


Bajo allí, y efectivamente veo que en un lóbrego pasillo los cuartos trasteros han sido convertidos en habitáculos. Madre mía del amor hermoso hermosísimo. Hay un Sheraton justo en la esquina, y estoy a punto de ir allí a pedir asilo, aunque me cueste un sentido… cuando en estas llega la empleada de la agencia que, señoras y señores, no habla inglés. Tampoco polaco, sólo ruso. Mis únicas palabritas en ruso las he aprendido viendo películas, y no son demasiado útiles para ocasiones como esta: nasdrovia (lo que se dice al brindar) y cosas así. Miss Google Translation viene en nuestra ayuda. La rusa, ante mis dudas sobre si me merece la pena dormir cinco noches en un trastero, me abre la puerta. Afortunadamente compruebo que me he llevado una impresión equivocada, porque el habitáculo tiene una ventana grande que da a un patio ajardinado, y aunque pequeño, está reformado con electrodomésticos modernos y todas las comodidades. Desecho la idea del Sheraton. La rusa, para darme coba y evitar que escriba un comentario negativo sobre su agencia en la plataforma, me pone las llaves en la mano y me dice a través del traductor automático de su móvil que no me van a cobrar fianza, porque puede darse cuenta de que soy “normal” y no voy a hacer fiestas que dañen las instalaciones y creen problemas con los vecinos. Tengo serias dudas sobre eso de que yo sea “normal”, pero no es el momento de hacer una sesión de psicoanálisis. Esta chica me guía hasta un cajero, porque Polonia es uno de esos estados de la UE que no aceptan el euro, y hay que pagar en zlotys. 


Cuando todo está arreglado, nos despedimos tan amigas. Ella ha conseguido su objetivo, que era apaciguarme, y yo el mío, que es dormir en un alojamiento bueno (casi), bonito (opinable) y barato (eso sí). Pero ya se ha hecho tarde, y tengo el tiempo justo de hacer la compra en un súper, llenar el frigorífico y cenar. Por cierto que, al salir del súper, le sostengo la puerta a una señora mayor que va a entrar. La mujer se emociona hasta el punto de pararme para darme las gracias, con un largo discurso del que no entiendo una palabra. Es que aquí nadie sostiene la puerta a nadie? Debe de ser. Mañana será otro día, que dedicaré por entero a Varsovia, con mejor talante que hoy.








20.8.25

 LITUANIA


Solamente hay un tren diario desde Riga a Vilna y llega a las nueve de la noche. Cuando me bajo está cayendo un chaparrón tras otro y no puedo guiarme por las calles pobremente iluminadas, así que cojo el autobús. Mi alojamiento no está céntrico, pero tampoco lejos porque la capital de Lituania no es muy grande. Los precios en Vilna son más razonables, y he podido encontrar habitación en un hostal para jóvenes trabajadores de esos que ahora se llaman co-living. Casi me emociono cuando veo la minicocina y el cuarto de baño, aún traigo malas sensaciones del apartamento chabolista anterior. En este moderno edificio todas las plantas tienen algún espacio destinado a que haya un clima de convivencia, siguiendo la filosofía de este tipo de lugares, pero la verdad es que siempre que paso veo completamente vacía la estupenda cocina-comedor, el moderno gimnasio, la lavandería, la zona de reuniones y la biblioteca. Aunque estamos en agosto, la ocupación es alta. Todas las mañanas me cruzo con jóvenes que salen a la calle con la tarjeta acreditativa de su compañía colgando del cuello. Pero al igual que ni me miran ni me responden, tampoco hablan entre ellos. Otros co-living donde he estado sí hacían honor a su nombre. 


Al día siguiente y a la luz del sol me llevo una monumental sorpresa, nunca mejor dicho. Vilna está muy alejada de la tónica de las otras capitales bálticas, y es una ciudad barroca con regusto meridional. Tiene iglesias dignas de Sicilia, palacios que podrían estar en Andalucía y grandes edificios burgueses que recuerdan a la Costa Azul. Las casas del casco antiguo están todas remozadas en colores claros, con las molduras en contraste. Los enrejados, los patios y los geranios rojos dan un aire sureño al ambiente. Doblo una esquina y por momentos me creo en Málaga, o en Niza, o en Palermo. Lo último que esperaba era tener estas sensaciones en un país fronterizo con Letonia, Bielorrusia y Kaliningrado, ese enclave ruso en el Báltico. 


Busco cuál es el motivo de que el barroco haya llegado tan al norte, al mismo centro geográfico de Europa (que está situado al parecer a 26 kms al norte de Vilna). Miss Google con mucha paciencia me explica que la ciudad se expandió en el s. XVII, y sus arquitectos se formaron en  la Universidad de Vilna, una institución jesuítica fundada en plena Contrarreforma, y por tanto de raíces españolas y de estilo italianizante. En especial el arquitecto Glaubitz copió el barroco que le quedaba más cerca, en Austria y Baviera. El resultado es esplendoroso, y según leo el casco histórico barroco de Vilna es el más grande de la Europa del Norte. 


Otra cosa que me sorprende es la estrecha relación de Vilna con el pasado polaco de esta región. Yo no sabía nada del Gran Ducado de Lituania, que según Miss Google fue el mayor de Europa desde la Edad Media al s. XVIII, y que unió Lituania con Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. El poder parece que iba oscilando por esta enormidad, y le correspondió a los polacos hacerse con Vilna, pero también la ocuparon alemanes y rusos, así que en la actualidad es una ciudad con varias etnias y predominantemente católica, aunque hay ortodoxos, protestantes y judíos. 


El contraste con Riga es muy llamativo. La impresión que me llevo de aquí es que Vilna ha jugado bien sus cartas al entrar en la UE. Aprovecharon para restaurarla cuando fue Capital Europea de la Cultura en los primeros 2000s, y aún ahora está plagada de obras de mejora. El centro aparenta prosperidad, y cuenta con una extensa zona de modernos edificios de oficinas. Hay buenos comercios bien surtidos, y las instalaciones están a la última. La gente en general va bien vestida, y les percibo más relajados pero también más dinámicos que en otras zonas bálticas. Todo está muy limpio y arreglado. Veo bastantes obras en casas particulares, aunque la fiebre constructora parece que arrastra muchos pisos sin vender desde la pandemia. Hay un gran parque industrial en las afueras. La única nube en el horizonte imagino que es su cercanía a zonas geopolíticas conflictivas. Vilna está a sólo 35 kms de la frontera con Bielorrusia, estado títere del Kremlin. 


Hay mucho que ver en Vilna, una ciudad muy viva y muy vivida con un patrimonio excepcional. Cuenta con dos ríos, Neris y Vilnia, y con muchos parques. Los lugares que se consideran básicos son la basílica catedral, el castillo de Gedimias, el palacio de los Grandes Duques de Lituania, la Universidad jesuítica, las innumerables iglesias, de las que la única gótica que veo es Sta Ana, el Ángel de Uzupis, el templo clásico del ayuntamiento,el palacio gubernamental, la catedral ortodoxa, el museo de arte contemporáneo, el antiguo ghetto, las casas de madera de Zverynas, la Sinagogas del Coro, la capilla de la Puerta de la Aurora… Estos lugares y otros se pueden consultar en cualquier sitio de internet. 


He intentado verlo todo, menos el museo. Hago como siempre un listado desordenado de cosas que me han llamado la atención, con las habituales ñoñerías, memeces y chascarrillos marca de la casa.


Notas:


Mi co-living está en Piromontas, rodeado de hoteles y oficinas. Cruzando el puente sobre el río Neris hacia el centro, ya empiezan a amontonarse los edificios gubernamentales. En la plaza de Vincas Kudirka me paro ante el monumento a… Vincas Kudirka, elemental, querido Watson. Fue un poeta y médico, autor de la letra del himno Nacional y considerado uno de los héroes fundadores del sentimiento nacionalista lituano. Da gusto cuando las figuras a admirar son, además, guapetes como este señor, que en los retratos se da un aire romántico entre Gustavo Adolfo Bécquer y Luis Rosales. 


En la populosa calle Gedimio, la principal de Vilnius, hay muchos grandes edificios a la francesa. Unos de ellos ostenta una enorme estatua de S Jorge y el dragón que es muy bonita pero que debe pesar mucho, y me da miedito pasar por debajo, no vaya a ser. 


En esta calle Gedimio hay tiendas elegantes, aceras de granito recién estrenadas, personas sofisticadas, lo que siempre equivale a buen nivel económico. Supongo que es la zona noble del centro. La fachada parisina del Teatro Estatal en particular es muy hermosa. 


Llego a una plaza con un monumento a la escritora Zemaité. Está representada como una señora mayor sentada con vestimenta tradicional y un pañuelo anudado a la cabeza. Fue una escritora y gran figura de la cultura lituana. Sus historias son costumbristas y tratan de la vida cotidiana de su época, y se dedicó a los personajes femeninos en especial. 


En el teatro a la francesa de la calle Gedimio, hay una buena programación (Anton Chejov, Tennessee Williams, Jean Cocteau, Igmar Bergman). Pero lo que más me gusta es un aparato adosado a la fachada, un reproductor de radio que retransmite programas desde el año 1936 a 1960. Soy una enamorada de la radio y me parece una gran iniciativa.


En la plaza más monumental, la del palacio de los duques y de la catedral, los WC públicos son un wáter de campaña, de esos que consisten en una cabina de plástico donde no te puedes rebullir y no hay cisterna, sino un líquido químico de color azul al fondo de la taza sobre cuya efectividad prefiero ignorarlo todo.  Al menos incluyen el detalle de unos adosados con lavamanos con jabón y todo, también de campaña. 


Subo a la colina del castillo de Gedimiasl. Últimamente me ha vuelto a dar por encaramarme a la alturas panorámicas, como si no me dieran un miedo cagón. Son momentos adolescentes que atribuyo a los caprichos de las hormonas. En esta ocasión no siento vértigo al subir, sino al bajar, porque hay una pendiente considerable y hay que descender de puntillas sobre unos adoquines de cantos rodados asesinos. Me entero demasiado tarde de que hay un funicular. Pero la ascensión ha merecido la pena, porque desde lo alto se ve a un lado la Vilna moderna y al otro la antigua. Más una arboleda donde hay clavadas tres cruces… no en el Monte del Olvido, sino en el parque de Kalnu, uno de los pulmones verdes de la capital. 


Por la calle Pilies, llena de terrazas para turistas y de tiendas de souvenirs, se llega a la del ayuntamiento. Un poco más allá,  en la ciudad vieja, tengo un inesperado encuentro con El Bardo, el mismísimo Shakespeare, a quien está dedicado un hotel temático, y ambientado en su época con muy buen tino en lo que parece una venta antigua… Tanto da el pego, que le pregunto a Miss Google si este señor estuvo alguna vez por aquí. Su primita carnal, la IA, se cachondea de mi ignorancia con cierto retintín que suena demasiado humano. Qué poco me gusta la primita, oyes. Pero cualquiera se lo dice a Miss Google, con la ojeriza que me tiene. Nuestra relación se va pareciendo más y más a la de Bette Davis y Joan Crawford, nos hacemos jugarretas mutuas. Si sumamos el ángulo de la IA, da como resultado un triángulo infernal. 


En la calle Literatu hay una instalación muy curiosa, que consiste en que un largo muro exhibe multitud de piezas de todo tipo que recuerdan y homenajean a los escritores locales. Hay retratos, cerámicas, bajorrelieves y todo tipo de objetos incrustados en la fachada. En Vilna encuentro constantemente placas y estatuas homenaje a literatos. 


Recorro los dos ghetos judíos, el grande y el pequeño. En una cartela se narra todo lo que ocurrió hace 80 años en esta calles tan encantadoras y tan animadas. El exterminio nazi fue tan devastador que de 58.000 judíos sólo sobrevivieron 3.000. días después paso por delante de la hermosa Sinagoga Central de Vilna, que en su reja tiene prendidas las fotos de los rehenes israelíes aún presos de Hamás tras la salvajada inexcusable del 7 de octubre de 2003. Como vamos repitiendo todo paso por paso, pero con los roles cambiados. 

 

Lituania fue de los últimos territorios europeos  en cristianizarse, pero desde luego aquí prendió la llama, porque ahora recibe varias peregrinaciones en sus muchísimas iglesias.


La Universidad jesuítica de Vilna fue fundada en el s. XVI. Iglesia barroca de San Juan que bien podía estar en Nápoles. Leo en el interior que el religioso Ignacio Salmerón, quien en 1555 visitó Vilna, fue un compañero de San Ignacio de Loyola y junto a él fundó la Compañía de Jesús. Este Salmerón hizo la primera intentona de fundar esta universidad, pero las negociaciones quedaron para más adelante. Al final lo logró Valerijonas Protasevicius, que a pesar de ese apellido tan poco adecuado para un obispo, la fundó en 1570.


Frente a la Galería Nacional de Arte, palacio del s. XVI rehabilitado al estilo del XVIII, están el Instituto Francés y una librería francesa estupenda. En su fachada hay una placa que dice que Stendhal pernoctó en esa casa durante una campaña napoleónica en 1812. 


Según avanzo por la ciudad, me va pareciendo ya el paroxismo del barroco. Hay iglesias barrocas de todos los colores: muchas son amarillas, una rosa, otra azul. Algunas ortodoxas, la mayoría católicas. La iglesia de San Casimiro luce una enorme corona en lo alto de su linterna. La Puerta de la Belleza es todo un alarde de barroquería. No localizo ninguna iglesia protestante, pero estoy segura de que haberla, haylas. Nuestros santos españoles de la Contrarreforma están bien presentes: hay una iglesia de Sta Teresa de Jesús, y otra de San Ignacio de Loyola. Está última fue utilizada por los soviéticos como cine y sala de conciertos. 


La Capilla del Alba está construida sobre un vano de una de las puertas de la antigua muralla. Hay una capilla con una virgen estilo bizantino, engarzada oro y plata, que tiene fama de milagrosa y goza de la predilección de los polacos. Parece que ahí rezó Juan Pablo II. Subo la escalera y allí en la pequeña capilla veo a unos cuantos turistas sin saber cómo comportarse y a varias mujeres tocadas con pañuelo que oran ante la imagen, una de ellas arrodillada. Desde los ventanales hay una vista preciosa de estas calles de la ciudad vieja. De nuevo en la calle, veo que muchas personas se persignan cuando pasan por debajo del vano. Atavismos ancestrales. 


Hago una incursión en el barrio de Uzupio, que en todas las guías señalan como el bastión de la creatividad, donde los bohemios han encontrado su rincón para exhibir sus instalaciones artísticas. Los artistas jóvenes suelen congregarse donde los alquileres son baratos, y efectivamente entro en el distrito por una zona con casas de madera semi derruidas. El centro aún conserva el ambiente agradable del pueblecito que fue, pero pronto llegó a una zona donde las aceras y la calzada están en obras de mejora, y se están construyendo casas modernas entre las viejas edificaciones tradicionales de madera, y las antiguas de ladrillo han sido remozadas para albergar preciosos talleres de artesanía y de costura. Veo galerías de arte muy bien montadas y hasta un restaurante con estrella Michelin.  De modo que Uzupio, como tantos otros barrios bohemios que en el mundo han sido, está siendo presa de la gentrificación, y probablemente expulsando fuera de sus confines a sus residentes de toda la vida y a los mismos artistas que le dieron fama, que ya no se pueden permitir el alza de los alquileres. 


También se ha convertido en el paraíso de los turistas que buscan el turismo, con antiguas córtalas que alquilan habitaciones y terrazas con encanto, como la que está a la orilla del río en un restaurante que ostenta en su fachada uns placa, conmemorando el hermanamiento de Uzupio con el parisino Montmartre, otro parque temático para turistas que nada tiene ya que ver con un barrio bohemio. 


Hay un curioso rincón del barrio donde han colocado una metopa budista aprovechando un kiosko sin uso cuya forma circular y techo de cúpula viene que ni pintado ..  bueno, en este caso está todo pintado con el Himalaya, parejas de monjes budistas y el ojo que todo no lo ve. Frente a él, hay unos paneles con la historia delnTíbet y el último Lama. Esta cúpula budista convive pacíficamente con las cristianas que la rodean. Vamos, que hace honor a su filosofía de vida fundiéndose con el todo. Como muchos ateos, no puedo evitar tenerle simpatía al budismo como filosofía de vida sin divinidades, centrada en el individuo y su relación con el mundo. Otra cosa muy distinta son sus sacerdotes y el chiringuito que se han montado a costa del príncipe Sidharta Gautama y sus seguidores. 


Subo unas escaleras en obras que salvan un desnivel y que llevan el nombre de Czeslaw Milosz, poeta polaco adalid de la paz y la convivencia, que sobrevivió al gueto de Varsovia, reconocido por Israel como “justo entre los justos” y ganador del Premio Nobel. 


Entro en un súper y en la sección de fuera y verdura veo que venden la cabeza de los girasoles tal cual, con las pipas aún incrustadas. A un euro, que es solo unos céntimos más barato que una bolsa de 100 gramos de pipas ya tostadas y saladas. 



Soy un paseo por el distrito de Liepkalnis, para curiosear como son los barrios no turísticos de Vilna. La conclusión a la que llego es que están todos en obras. Al menos, todas y cada una de las aceras por las que voy a pasar lo están. 


Encuentro un curioso monumento al huevo de pascua, esa tradición tan ligada a la iglesia ortodoxa.


Me tomo un sándwich a la sombra al lado del MO Musiejus, museo de arte contemporáneo. Hay una calle lateral con un riachuelo incrustado en el pavimento, una escultura moderna y vegetación. Muy agradable.


La Iglesia de la Asunción de la Virgen María, aparte de ser un convento franciscano es un centro polaco. Encuentro en el atrio un monumento con cuatro figuras pateióticas pero sin ninguna explicación. Típico. Le pregunto a Miss Google, y después de rebuscar por los rincones de internet averiguo que las esculturas conmemoran un levantamiento contra el régimen zarista, y los retratados son los líderes de la revuelta, más un franciscano que les bendice. 


Y hablando de patriotismo, de vuelta al co-living paso por delante del Palacio Presidencial y les pilló con las manos en la mas… no, en el mástil, porque hay una ceremonia muy solemne de izado de banderas. Los pabellones son cuatro: de la OTAN, de Lituania, de Vilnius y de la UE. Por detrás, en la columnata y por partida cuádruple, la de Ucrania. Cuando ya me estoy marchando, vuelven a sonar los toques de tambor, llegan otra vez los soldados y recomienza toda la ceremonia. Se habrán equivocado en la lavandería y las que han izado antes eran las banderas sucias? Nunca lo sabré, porque cae un sol que me molesta y me marcho. 


Intento ir a Trakai, pero me lo impiden los horarios: no hay frecuencia de trenes ni buses, y no se puede volver desde allí a Vilna por la tarde. Es el gran problema de estos países bálticos: no existen frecuencias en los tramos horarios, supongo que por falta de medios y de personal. Increíblemente, los trenes que unen las capitales de los tres países sólo circulan una vez al día, con tres únicos vagones en los que no cabemos todos. Lo mismo para los trenes que parten hacia Polonia, con la cantidad de polacos que viven aquí.


Es el motivo por el que ni mañana ni pasado me garantizan un asiento en el tren que me lleva a mí siguiente etapa, Varsovia. Menos mal que se me ha ocurrido preguntar en la taquilla de la estación 24 horas antes. Me veo obligada a hacer las cinco horas de trayecto en autobús, cosa que no me agrada porque me término mareando y porque siempre temo que el conductor se quede dormido. Pero no tengo opción, así que tomaré una biodramina y me concentraré en el paisaje.


RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...