20.8.25

 LITUANIA


Solamente hay un tren diario desde Riga a Vilna y llega a las nueve de la noche. Cuando me bajo está cayendo un chaparrón tras otro y no puedo guiarme por las calles pobremente iluminadas, así que cojo el autobús. Mi alojamiento no está céntrico, pero tampoco lejos porque la capital de Lituania no es muy grande. Los precios en Vilna son más razonables, y he podido encontrar habitación en un hostal para jóvenes trabajadores de esos que ahora se llaman co-living. Casi me emociono cuando veo la minicocina y el cuarto de baño, aún traigo malas sensaciones del apartamento chabolista anterior. En este moderno edificio todas las plantas tienen algún espacio destinado a que haya un clima de convivencia, siguiendo la filosofía de este tipo de lugares, pero la verdad es que siempre que paso veo completamente vacía la estupenda cocina-comedor, el moderno gimnasio, la lavandería, la zona de reuniones y la biblioteca. Aunque estamos en agosto, la ocupación es alta. Todas las mañanas me cruzo con jóvenes que salen a la calle con la tarjeta acreditativa de su compañía colgando del cuello. Pero al igual que ni me miran ni me responden, tampoco hablan entre ellos. Otros co-living donde he estado sí hacían honor a su nombre. 


Al día siguiente y a la luz del sol me llevo una monumental sorpresa, nunca mejor dicho. Vilna está muy alejada de la tónica de las otras capitales bálticas, y es una ciudad barroca con regusto meridional. Tiene iglesias dignas de Sicilia, palacios que podrían estar en Andalucía y grandes edificios burgueses que recuerdan a la Costa Azul. Las casas del casco antiguo están todas remozadas en colores claros, con las molduras en contraste. Los enrejados, los patios y los geranios rojos dan un aire sureño al ambiente. Doblo una esquina y por momentos me creo en Málaga, o en Niza, o en Palermo. Lo último que esperaba era tener estas sensaciones en un país fronterizo con Letonia, Bielorrusia y Kaliningrado, ese enclave ruso en el Báltico. 


Busco cuál es el motivo de que el barroco haya llegado tan al norte, al mismo centro geográfico de Europa (que está situado al parecer a 26 kms al norte de Vilna). Miss Google con mucha paciencia me explica que la ciudad se expandió en el s. XVII, y sus arquitectos se formaron en  la Universidad de Vilna, una institución jesuítica fundada en plena Contrarreforma, y por tanto de raíces españolas y de estilo italianizante. En especial el arquitecto Glaubitz copió el barroco que le quedaba más cerca, en Austria y Baviera. El resultado es esplendoroso, y según leo el casco histórico barroco de Vilna es el más grande de la Europa del Norte. 


Otra cosa que me sorprende es la estrecha relación de Vilna con el pasado polaco de esta región. Yo no sabía nada del Gran Ducado de Lituania, que según Miss Google fue el mayor de Europa desde la Edad Media al s. XVIII, y que unió Lituania con Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. El poder parece que iba oscilando por esta enormidad, y le correspondió a los polacos hacerse con Vilna, pero también la ocuparon alemanes y rusos, así que en la actualidad es una ciudad con varias etnias y predominantemente católica, aunque hay ortodoxos, protestantes y judíos. 


El contraste con Riga es muy llamativo. La impresión que me llevo de aquí es que Vilna ha jugado bien sus cartas al entrar en la UE. Aprovecharon para restaurarla cuando fue Capital Europea de la Cultura en los primeros 2000s, y aún ahora está plagada de obras de mejora. El centro aparenta prosperidad, y cuenta con una extensa zona de modernos edificios de oficinas. Hay buenos comercios bien surtidos, y las instalaciones están a la última. La gente en general va bien vestida, y les percibo más relajados pero también más dinámicos que en otras zonas bálticas. Todo está muy limpio y arreglado. Veo bastantes obras en casas particulares, aunque la fiebre constructora parece que arrastra muchos pisos sin vender desde la pandemia. Hay un gran parque industrial en las afueras. La única nube en el horizonte imagino que es su cercanía a zonas geopolíticas conflictivas. Vilna está a sólo 35 kms de la frontera con Bielorrusia, estado títere del Kremlin. 


Hay mucho que ver en Vilna, una ciudad muy viva y muy vivida con un patrimonio excepcional. Cuenta con dos ríos, Neris y Vilnia, y con muchos parques. Los lugares que se consideran básicos son la basílica catedral, el castillo de Gedimias, el palacio de los Grandes Duques de Lituania, la Universidad jesuítica, las innumerables iglesias, de las que la única gótica que veo es Sta Ana, el Ángel de Uzupis, el templo clásico del ayuntamiento,el palacio gubernamental, la catedral ortodoxa, el museo de arte contemporáneo, el antiguo ghetto, las casas de madera de Zverynas, la Sinagogas del Coro, la capilla de la Puerta de la Aurora… Estos lugares y otros se pueden consultar en cualquier sitio de internet. 


He intentado verlo todo, menos el museo. Hago como siempre un listado desordenado de cosas que me han llamado la atención, con las habituales ñoñerías, memeces y chascarrillos marca de la casa.


Notas:


Mi co-living está en Piromontas, rodeado de hoteles y oficinas. Cruzando el puente sobre el río Neris hacia el centro, ya empiezan a amontonarse los edificios gubernamentales. En la plaza de Vincas Kudirka me paro ante el monumento a… Vincas Kudirka, elemental, querido Watson. Fue un poeta y médico, autor de la letra del himno Nacional y considerado uno de los héroes fundadores del sentimiento nacionalista lituano. Da gusto cuando las figuras a admirar son, además, guapetes como este señor, que en los retratos se da un aire romántico entre Gustavo Adolfo Bécquer y Luis Rosales. 


En la populosa calle Gedimio, la principal de Vilnius, hay muchos grandes edificios a la francesa. Unos de ellos ostenta una enorme estatua de S Jorge y el dragón que es muy bonita pero que debe pesar mucho, y me da miedito pasar por debajo, no vaya a ser. 


En esta calle Gedimio hay tiendas elegantes, aceras de granito recién estrenadas, personas sofisticadas, lo que siempre equivale a buen nivel económico. Supongo que es la zona noble del centro. La fachada parisina del Teatro Estatal en particular es muy hermosa. 


Llego a una plaza con un monumento a la escritora Zemaité. Está representada como una señora mayor sentada con vestimenta tradicional y un pañuelo anudado a la cabeza. Fue una escritora y gran figura de la cultura lituana. Sus historias son costumbristas y tratan de la vida cotidiana de su época, y se dedicó a los personajes femeninos en especial. 


En el teatro a la francesa de la calle Gedimio, hay una buena programación (Anton Chejov, Tennessee Williams, Jean Cocteau, Igmar Bergman). Pero lo que más me gusta es un aparato adosado a la fachada, un reproductor de radio que retransmite programas desde el año 1936 a 1960. Soy una enamorada de la radio y me parece una gran iniciativa.


En la plaza más monumental, la del palacio de los duques y de la catedral, los WC públicos son un wáter de campaña, de esos que consisten en una cabina de plástico donde no te puedes rebullir y no hay cisterna, sino un líquido químico de color azul al fondo de la taza sobre cuya efectividad prefiero ignorarlo todo.  Al menos incluyen el detalle de unos adosados con lavamanos con jabón y todo, también de campaña. 


Subo a la colina del castillo de Gedimiasl. Últimamente me ha vuelto a dar por encaramarme a la alturas panorámicas, como si no me dieran un miedo cagón. Son momentos adolescentes que atribuyo a los caprichos de las hormonas. En esta ocasión no siento vértigo al subir, sino al bajar, porque hay una pendiente considerable y hay que descender de puntillas sobre unos adoquines de cantos rodados asesinos. Me entero demasiado tarde de que hay un funicular. Pero la ascensión ha merecido la pena, porque desde lo alto se ve a un lado la Vilna moderna y al otro la antigua. Más una arboleda donde hay clavadas tres cruces… no en el Monte del Olvido, sino en el parque de Kalnu, uno de los pulmones verdes de la capital. 


Por la calle Pilies, llena de terrazas para turistas y de tiendas de souvenirs, se llega a la del ayuntamiento. Un poco más allá,  en la ciudad vieja, tengo un inesperado encuentro con El Bardo, el mismísimo Shakespeare, a quien está dedicado un hotel temático, y ambientado en su época con muy buen tino en lo que parece una venta antigua… Tanto da el pego, que le pregunto a Miss Google si este señor estuvo alguna vez por aquí. Su primita carnal, la IA, se cachondea de mi ignorancia con cierto retintín que suena demasiado humano. Qué poco me gusta la primita, oyes. Pero cualquiera se lo dice a Miss Google, con la ojeriza que me tiene. Nuestra relación se va pareciendo más y más a la de Bette Davis y Joan Crawford, nos hacemos jugarretas mutuas. Si sumamos el ángulo de la IA, da como resultado un triángulo infernal. 


En la calle Literatu hay una instalación muy curiosa, que consiste en que un largo muro exhibe multitud de piezas de todo tipo que recuerdan y homenajean a los escritores locales. Hay retratos, cerámicas, bajorrelieves y todo tipo de objetos incrustados en la fachada. En Vilna encuentro constantemente placas y estatuas homenaje a literatos. 


Recorro los dos ghetos judíos, el grande y el pequeño. En una cartela se narra todo lo que ocurrió hace 80 años en esta calles tan encantadoras y tan animadas. El exterminio nazi fue tan devastador que de 58.000 judíos sólo sobrevivieron 3.000. días después paso por delante de la hermosa Sinagoga Central de Vilna, que en su reja tiene prendidas las fotos de los rehenes israelíes aún presos de Hamás tras la salvajada inexcusable del 7 de octubre de 2003. Como vamos repitiendo todo paso por paso, pero con los roles cambiados. 

 

Lituania fue de los últimos territorios europeos  en cristianizarse, pero desde luego aquí prendió la llama, porque ahora recibe varias peregrinaciones en sus muchísimas iglesias.


La Universidad jesuítica de Vilna fue fundada en el s. XVI. Iglesia barroca de San Juan que bien podía estar en Nápoles. Leo en el interior que el religioso Ignacio Salmerón, quien en 1555 visitó Vilna, fue un compañero de San Ignacio de Loyola y junto a él fundó la Compañía de Jesús. Este Salmerón hizo la primera intentona de fundar esta universidad, pero las negociaciones quedaron para más adelante. Al final lo logró Valerijonas Protasevicius, que a pesar de ese apellido tan poco adecuado para un obispo, la fundó en 1570.


Frente a la Galería Nacional de Arte, palacio del s. XVI rehabilitado al estilo del XVIII, están el Instituto Francés y una librería francesa estupenda. En su fachada hay una placa que dice que Stendhal pernoctó en esa casa durante una campaña napoleónica en 1812. 


Según avanzo por la ciudad, me va pareciendo ya el paroxismo del barroco. Hay iglesias barrocas de todos los colores: muchas son amarillas, una rosa, otra azul. Algunas ortodoxas, la mayoría católicas. La iglesia de San Casimiro luce una enorme corona en lo alto de su linterna. La Puerta de la Belleza es todo un alarde de barroquería. No localizo ninguna iglesia protestante, pero estoy segura de que haberla, haylas. Nuestros santos españoles de la Contrarreforma están bien presentes: hay una iglesia de Sta Teresa de Jesús, y otra de San Ignacio de Loyola. Está última fue utilizada por los soviéticos como cine y sala de conciertos. 


La Capilla del Alba está construida sobre un vano de una de las puertas de la antigua muralla. Hay una capilla con una virgen estilo bizantino, engarzada oro y plata, que tiene fama de milagrosa y goza de la predilección de los polacos. Parece que ahí rezó Juan Pablo II. Subo la escalera y allí en la pequeña capilla veo a unos cuantos turistas sin saber cómo comportarse y a varias mujeres tocadas con pañuelo que oran ante la imagen, una de ellas arrodillada. Desde los ventanales hay una vista preciosa de estas calles de la ciudad vieja. De nuevo en la calle, veo que muchas personas se persignan cuando pasan por debajo del vano. Atavismos ancestrales. 


Hago una incursión en el barrio de Uzupio, que en todas las guías señalan como el bastión de la creatividad, donde los bohemios han encontrado su rincón para exhibir sus instalaciones artísticas. Los artistas jóvenes suelen congregarse donde los alquileres son baratos, y efectivamente entro en el distrito por una zona con casas de madera semi derruidas. El centro aún conserva el ambiente agradable del pueblecito que fue, pero pronto llegó a una zona donde las aceras y la calzada están en obras de mejora, y se están construyendo casas modernas entre las viejas edificaciones tradicionales de madera, y las antiguas de ladrillo han sido remozadas para albergar preciosos talleres de artesanía y de costura. Veo galerías de arte muy bien montadas y hasta un restaurante con estrella Michelin.  De modo que Uzupio, como tantos otros barrios bohemios que en el mundo han sido, está siendo presa de la gentrificación, y probablemente expulsando fuera de sus confines a sus residentes de toda la vida y a los mismos artistas que le dieron fama, que ya no se pueden permitir el alza de los alquileres. 


También se ha convertido en el paraíso de los turistas que buscan el turismo, con antiguas córtalas que alquilan habitaciones y terrazas con encanto, como la que está a la orilla del río en un restaurante que ostenta en su fachada uns placa, conmemorando el hermanamiento de Uzupio con el parisino Montmartre, otro parque temático para turistas que nada tiene ya que ver con un barrio bohemio. 


Hay un curioso rincón del barrio donde han colocado una metopa budista aprovechando un kiosko sin uso cuya forma circular y techo de cúpula viene que ni pintado ..  bueno, en este caso está todo pintado con el Himalaya, parejas de monjes budistas y el ojo que todo no lo ve. Frente a él, hay unos paneles con la historia delnTíbet y el último Lama. Esta cúpula budista convive pacíficamente con las cristianas que la rodean. Vamos, que hace honor a su filosofía de vida fundiéndose con el todo. Como muchos ateos, no puedo evitar tenerle simpatía al budismo como filosofía de vida sin divinidades, centrada en el individuo y su relación con el mundo. Otra cosa muy distinta son sus sacerdotes y el chiringuito que se han montado a costa del príncipe Sidharta Gautama y sus seguidores. 


Subo unas escaleras en obras que salvan un desnivel y que llevan el nombre de Czeslaw Milosz, poeta polaco adalid de la paz y la convivencia, que sobrevivió al gueto de Varsovia, reconocido por Israel como “justo entre los justos” y ganador del Premio Nobel. 


Entro en un súper y en la sección de fuera y verdura veo que venden la cabeza de los girasoles tal cual, con las pipas aún incrustadas. A un euro, que es solo unos céntimos más barato que una bolsa de 100 gramos de pipas ya tostadas y saladas. 



Soy un paseo por el distrito de Liepkalnis, para curiosear como son los barrios no turísticos de Vilna. La conclusión a la que llego es que están todos en obras. Al menos, todas y cada una de las aceras por las que voy a pasar lo están. 


Encuentro un curioso monumento al huevo de pascua, esa tradición tan ligada a la iglesia ortodoxa.


Me tomo un sándwich a la sombra al lado del MO Musiejus, museo de arte contemporáneo. Hay una calle lateral con un riachuelo incrustado en el pavimento, una escultura moderna y vegetación. Muy agradable.


La Iglesia de la Asunción de la Virgen María, aparte de ser un convento franciscano es un centro polaco. Encuentro en el atrio un monumento con cuatro figuras pateióticas pero sin ninguna explicación. Típico. Le pregunto a Miss Google, y después de rebuscar por los rincones de internet averiguo que las esculturas conmemoran un levantamiento contra el régimen zarista, y los retratados son los líderes de la revuelta, más un franciscano que les bendice. 


Y hablando de patriotismo, de vuelta al co-living paso por delante del Palacio Presidencial y les pilló con las manos en la mas… no, en el mástil, porque hay una ceremonia muy solemne de izado de banderas. Los pabellones son cuatro: de la OTAN, de Lituania, de Vilnius y de la UE. Por detrás, en la columnata y por partida cuádruple, la de Ucrania. Cuando ya me estoy marchando, vuelven a sonar los toques de tambor, llegan otra vez los soldados y recomienza toda la ceremonia. Se habrán equivocado en la lavandería y las que han izado antes eran las banderas sucias? Nunca lo sabré, porque cae un sol que me molesta y me marcho. 


Intento ir a Trakai, pero me lo impiden los horarios: no hay frecuencia de trenes ni buses, y no se puede volver desde allí a Vilna por la tarde. Es el gran problema de estos países bálticos: no existen frecuencias en los tramos horarios, supongo que por falta de medios y de personal. Increíblemente, los trenes que unen las capitales de los tres países sólo circulan una vez al día, con tres únicos vagones en los que no cabemos todos. Lo mismo para los trenes que parten hacia Polonia, con la cantidad de polacos que viven aquí.


Es el motivo por el que ni mañana ni pasado me garantizan un asiento en el tren que me lleva a mí siguiente etapa, Varsovia. Menos mal que se me ha ocurrido preguntar en la taquilla de la estación 24 horas antes. Me veo obligada a hacer las cinco horas de trayecto en autobús, cosa que no me agrada porque me término mareando y porque siempre temo que el conductor se quede dormido. Pero no tengo opción, así que tomaré una biodramina y me concentraré en el paisaje.


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