POLONIA. LEGADA A VARSOVIA
Mi entrada en Varsovia ha sido algo catastrófica, pero ya estoy en una edad madura y sé que en vez de desesperarse, solamente hay que esperar para calmarse y solventar eso que ahora llamamos “problemas del primer mundo”.
Tras seis horas y media de carretera (con un cambio horario de por medio), mi autobús llega puntual a Warszawa Zadochnia, la estación de autobuses oeste de Varsovia. A pesar de los fenomenales atascos, provocados por las fenomenales obras públicas que asolan los nudos de comunicaciones en la capital polaca. Yo me he pasado casi todo el viaje durmiendo, efecto secundario de la biodramina (me mareo en carretera, lo que no me ocuría antes… pero es que estoy mayor). Sólo me he despertado cuando en la frontera polaca se han subido al autobús unos militares que nos han pedido los pasaportes. Se han llevado unos cuantos a una caseta, y han tardado una media hora en devolverlos. El de mi compañera de asiento, que no sé de dónde es porque no ha dicho esta boca es mía, lo han repasado con la yema de los dedos. El mío lo han mirado de lejos.
Para cuando mis Resilias y yo conseguimos atravesar las obras y coger el autobús hasta la dirección de mi alojamiento, ha transcurrido otra hora. Una vez llego a la calle donde he alquilado un apartamento, debería poder relajarme, pero justo ahí comienzan al menos dos horas de desconcierto, variedad kakfiana.
En la agencia de alquiler están descoordinados, y no han previsto mi llegada, aunque nos hemos intercambiado mensajes los días anteriores. Su política no me obligaba a hacer un prepago, las condiciones eran que pagara el primer día, pero me sugieren unas formas de pago digital en webs oscuras y con plataformas ignotas que no me convencen nada. Para proteger mis datos, sugiero pagar al contado, para lo que una empleada debe desplazarse hasta donde yo estoy. Pero tarda muchísimo, y está empezando a chispear. Naturalmente, hasta que no vean el dinerito se niegan a darme el número exacto de la casa en esta cortísima calle (que está frente a un parque y sólo tiene tres números en la acera impar), ni tampoco las instrucciones de entrada (el sacrosanto código para abrir el portal y una vez dentro, el de la caja de seguridad que contiene la llave).
Yo estoy dispuesta a pagar, porque veo que se trata de una buena zona, céntrica además. Pero como ya me estoy poniendo muy nerviosa porque me pasan de teléfono en teléfono y no tengo claro si va a venir alguien o no… Tengo un arranque de iniciativa propia y cuando sale un vecino, me meto en el edificio más feo de los tres que componen la calle, porque estos meses de alojamientos baratos me han acostumbrado a las peores condiciones posibles. Cuando ya estoy dentro, recibo un mensaje de la agencia diciéndome que en realidad me alojo en el edificio de al lado, y que la empleada llegará en 10 minutos. Pero mis Resilias y yo estamos prisioneras en el edificio equivocado, donde tontamente me he metido, porque señoras y señores, en el portal hay un candado oxidado y solo los vecinos tienen la llave. Ya empiezo a desesperarme y a consultarle a Miss Google cómo se dice en polaco “Por favor, ayúdame a salir de aquí ahora mismo” para empezar a llamar a cada piso, cuando aparece una vieja salvadora que va a entrar y me libera, como el hada buena oronda y canosa que hay en todos los cuentos. Me meto en el edificio de al lado aprovechando que entra una vecina, que también es canosa pero está delgada y lleva un perro con muy malas pulgas. Aunque le pregunto, esta mujer no tiene tiempo para tonterías (las mías, se entiende), pero sí consigo que me diga que “el hostal está en el sótano”.
Bajo allí, y efectivamente veo que en un lóbrego pasillo los cuartos trasteros han sido convertidos en habitáculos. Madre mía del amor hermoso hermosísimo. Hay un Sheraton justo en la esquina, y estoy a punto de ir allí a pedir asilo, aunque me cueste un sentido… cuando en estas llega la empleada de la agencia que, señoras y señores, no habla inglés. Tampoco polaco, sólo ruso. Mis únicas palabritas en ruso las he aprendido viendo películas, y no son demasiado útiles para ocasiones como esta: nasdrovia (lo que se dice al brindar) y cosas así. Miss Google Translation viene en nuestra ayuda. La rusa, ante mis dudas sobre si me merece la pena dormir cinco noches en un trastero, me abre la puerta. Afortunadamente compruebo que me he llevado una impresión equivocada, porque el habitáculo tiene una ventana grande que da a un patio ajardinado, y aunque pequeño, está reformado con electrodomésticos modernos y todas las comodidades. Desecho la idea del Sheraton. La rusa, para darme coba y evitar que escriba un comentario negativo sobre su agencia en la plataforma, me pone las llaves en la mano y me dice a través del traductor automático de su móvil que no me van a cobrar fianza, porque puede darse cuenta de que soy “normal” y no voy a hacer fiestas que dañen las instalaciones y creen problemas con los vecinos. Tengo serias dudas sobre eso de que yo sea “normal”, pero no es el momento de hacer una sesión de psicoanálisis. Esta chica me guía hasta un cajero, porque Polonia es uno de esos estados de la UE que no aceptan el euro, y hay que pagar en zlotys.
Cuando todo está arreglado, nos despedimos tan amigas. Ella ha conseguido su objetivo, que era apaciguarme, y yo el mío, que es dormir en un alojamiento bueno (casi), bonito (opinable) y barato (eso sí). Pero ya se ha hecho tarde, y tengo el tiempo justo de hacer la compra en un súper, llenar el frigorífico y cenar. Por cierto que, al salir del súper, le sostengo la puerta a una señora mayor que va a entrar. La mujer se emociona hasta el punto de pararme para darme las gracias, con un largo discurso del que no entiendo una palabra. Es que aquí nadie sostiene la puerta a nadie? Debe de ser. Mañana será otro día, que dedicaré por entero a Varsovia, con mejor talante que hoy.
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