A continuación he cruzado en ferry desde Estocolmo a Turku, Finlandia, para hacerme un lío todavía mayor con esto de las ocho diferencias entre los países de la Europa del norte. Finlandia es el otro país nórdico (que no escandinavo) que no tiene tradición cultural de herencia vikinga, y cuya lengua tampoco tiene nada que ver con las de Dinamarca, Noruega y Suecia, tan similares que sus hablantes se entienden mutuamente. El finés en cambio está emparentado con las lenguas de los Urales, como el estonio y el húngaro. Pero, para aumentar la confusión, en Finlandia se habla también el sueco (los carteles son bilingües) y hay una cierta influencia sueca, ya que fue parte de Suecia antes de pasar a manos rusas en época de Alejandro I, el zar contemporáneo de Napoleón (el que sale en Guerra y Paz, para entendernos). Finlandia consiguió su independencia en los tiempos revueltos de la Revolución Bolchevique, por lo que es un país joven que rebasa el siglo por muy poco, y que ha luchado por asentar su identidad frente a los vecinos que se han disputado su territorio en el pasado, y no es descartable que pudieran volver a intentarlo. La sombra del Kremlin se extiende hasta muy lejos …
- Turku me sorprende positivamente. Es la ciudad más antigua de Finlandia (s. XIII) y de los tiempos medievales conserva un castillo-fortaleza junto al puerto, que está a dos pasos de mi alojamiento. Mucho después, en el s. XIX, fue precisamente en Turku donde se encontraron el zar del momento, Alejandro I, y el príncipe regente de Suecia, Bernadotte. Los dos acordaron aliarse contra Napoleón, que andaba rapiñando territorios por el norte de Europa. La consecuencia de esta conferencia fue que Finlandia dejó de ser sueca para pasar a ser rusa, y se creó el Gran Ducado de Finlandia, a dos pasos de San Petersburgo.
En Turku me alojo en el propio puerto, en un edificio que antes formaba parte del tinglado del mismo pero que ahora está dedicado a acoger a los pasajeros que salen de la terminal de ferries, literalmente en la puerta de al lado. Tiene algo de misterio dormir aquí, porque el decadente caserón está semi vacío, y casi espero encontrarme por los pasillos con el fantasma de algún estibador, o un lobo de mar, o incluso una sirena.
Sigo el camino que marca la orilla del río Aura desde el puerto hasta el centro de Turku, y descubro que hay un precioso museo flotante, el Suomen Joutsen, un buque de los últimos tiempos de la navegación a vela, que se construyó cuando Finlandia estrenaba su independencia y que ha tenido usos variados, entre ellos el servir de buque escuela. Forma parte del estupendo Forum Marinum, un recinto portuario dedicado a la navegación en general y a la marina finlandesa en particular. Se percibe con qué cariño y con cuánta dedicación se ha reunido todo lo que allí se exhibe. Este es un pueblo marinero. Y los marinos están enamorados de la mar, que es su verdadera novia, a la (única?) que son fieles toda la vida.
El centro de la ciudad tiene rincones muy agradables y verdadero ambiente dominguero, aunque tranquilo y reposado. Me encanta pasear por sus calles más antiguas, entre las numerosas edificaciones en madera, algunas de las cuales datan del s. XIX.
Su catedral es muy bella, y frente a ella, en la orilla opuesta del Aura, hay un monumento que representa al zar Alejandro I y el príncipe regente de Suecia, el general francés Bernadotte, en plenas negociaciones. Se escenifica así la conferencia que ambos manuvieron en Turku, en la que Finlandia pasó de manos suecas a manos rusas, con una firma en un papel. Algo así como la versión de los libros de historia de esa copla que dice "gitana, que tú serás/como la farsa monea/que de mano en mano va/pero nadie se la quea". Si al final va a resultar que la Piquer, aparte de lo suyo, era historiadora y también filósofa.
- Me acerco a Tampere en tren, y descubro allí muchos edificios que se me antoja que se dan un aire al estilo Jugendstil o modernismo alemán, a lo mejor estoy equivocada. Pero el edificio que más me gusta y que me verdaderamente sorprende es su catedral luterana. Leo que es de estilo nacionalista románrico y data de 1902. Su interior es una prueba de que menos es más: sobre la sencillez de los muros en estuco blanco, resaltan unas frescos del pintor simbolista finlandés Hugo Simberg. Yo a este señor no le conocía de nada, pero allí mismo me declaro fan de su obra. Qué ideas tan sugestivas y al mismo tiempo tan intrigantes. Me gusta mucho este recinto, que se sale de la norma de lo que a priori se espera de un templo.
Tampere tiene un mercado estupendo, el Tampeere Kauppahalli. No puede ser más acogedor, pese a que los puestos de carne de caza (el plato estrella nacional es la carne de ciervo), exhiben las enormes cabezas disecadas de los animales que justo abajo, en el mostrador, se venden hechos rodajitas. Yo no soy vegana, pero la verdad es que cuando tomo conciencia del sufrimiento animal me remuerde la conciencia… hasta que me llega el olorcillo de algún asado, o el aroma del jamón serrano/ibérico. Qué rico, por favor.
- Viajo luego hasta Oulu, que me sirve de campamento base para adentrarme un poco en el norte de Finlandia. Desgraciadamente me llueve de lo lindo, pero también debo decir que por estas latitudes llueve de una forma muy suave y cortés, como excusándose por molestar, y las tormentas duran lo menos posible, para no estorbar. Al menos es así a principios de agosto, no sé cómo será según avance el otoño.
Bajo el paraguas descubro que en Oulu la plaza más antigua es en realidad bastante reciente, del s. XIX , y ostenta un monumento al poeta Franzén, gloria nacional y totalmente desconocido para mí.
Me interesa mucho más una escultura en una plaza aledaña, titulada “El paso del tiempo”. Es Una ingeniosa forma de narrar la historia de la ciudad a través de sus habitantes anónimos, que guardan una larga fila, vestidos con los atributos de cada época, hasta llegar a la actualidad, representada por un niño, el único que aparece sentado como esperando los acontecimientos futuros. También pasó por muchos recintos llenos a revisar de público y que acogen la inauguración de una exposición pictórica, un ciclo de cómic y otro de cine. El Oulu más cultureta se cruza en mi camino.
Estoy helada y empapada, y entro en un kiosko aún abierto a por algo caliente. Allí hay un mostrador con los periódicos del día, y veo muchos primeros planos de Putin. Qué habrá hecho ahora este hombre, que parece empeñado en sabotear mi viaje, buscando su Lebensraum a la soviética justo por donde yo pretendo pasar… Traduzco los titulares con la ayuda de Miss Google Lens: “Putin y su hija secreta, enfrentados una vez más. Las declaraciones de ella desde su refugio en París”. Parafraseando: ella opina que él nunca cambiará, pero sí que pretende cambiar la historia. Ni me creo que esa chica sea su hija secreta (llevaría ya mucho tiempo asesinada si lo fuera), ni mucho menos que esos pensamientos sean de su caletre. Como diría mi madre: ese garbanzo no se ha cocido en su olla.
- Visito Rovaniemi, capital de Laponia. Soy consciente de que allí vive Papá Noel, porque en las inmediaciones está el parque temático dedicado a glosar su figura: La casita de Papá Noel. La granja de renos de Papá Noel. La oficina de correos donde se reciben las cartas para Papá Noel. El taller donde Papá Noel envuelve los regalos.
Me sale urticaria sólo de pensarlo. Mi película preferida con Papá Noel dentro es “Le Père Noël est une ordure”, que me parece que nunca se estrenó en España. La cosa sería algo así como “Papá Noel es escoria”. Es la versión en cine de la obra de café-teatro que lanzó a toda una generación de excelentes actores cómicos franceses, allá por los primeros 1980s. Yo la veo (pirateada) todas las Navidades. En las oficinas del Teléfono de la Esperanza la noche de Nochebuena nadie tiene tiempo de aburrirse… pero en este embrollo no se llora sino de risa. Las comedias negras me ayudan a sobrellevar el infierno navideño, y me las autoreceto en esas fechas tan entrañables (beurk!) como otras personas el Alka-Seltzer. Comparto este dato porque así no tengo que dar más explicaciones sobre por qué motivo he esquivado la casita de este santo varón, que era un santo más del santoral… hasta que los ingleses primero, los americanos después y los hongkoneses por último le metieron mano.
Pero yo me tomo la molestia de subir hasta Rovaniemi para ver otras cosas que me interesan mucho más.. Está rozando el Círculo Polar Ártico, y me desplazo hasta allí porque quiero ver los bosques y los lagos de esa zona. Y también el museo Articum, del que Miss Google me ha hablado muy bien. No me da tiempo a apuntarme a una excursión para ver la fauna, y no es época de trineos. Tampoco voy a visitar a un viejo canoso con barba, anteojos y un pijama rojo que siempre repite “ho” tres veces. Por mí, al Papá Noel que le den una galleta… mojada en leche.
Hablando en serio. Rovaniemi, rozando el Círculo Polar Ártico y capital de Laponia, me parece un lugar curiosísimo. En el estupendo museo Articum se explican muy bien la historia y caracterísitcas de esta peculiar ciudad, y así me entero por ejemplo de que es la urbe más amplia en superficie de toda Europa, porque el término municipal alcanza 30 pedanías en un radio de 8.000 kms cuadrados, casi el tamaño de la isla de Córcega. Sólo que la densidad de población es mínima, tan solo 9 habitantes por km cuadrado. (En general, Finlandia es un país con baja densidad de población). Rovaniemi está situada entre la confluencia de dos ríos (el Kemi el Ousnajoki), uno de los cuales toma forma de lago en el centro urbano. Está rodeada de esos espesos bosques tan increíblemente maravillosos que hay por toda Finlandia (me sopla Miss Google que se componen de pinos, abetos y abedules, lo que recibe el nombre de taiga).
Las edificaciones de Rovaniemi son todas modernas (algunas, diseñadas por el célebre Alvar Aalto, gloria nacional) porque desgraciadamente el 99% de su casco urbano fue arrasado en la Segunda Guerra Mundial. Esta ciudad sufrió muchísimo a manos del ejército rojo ruso primero, luego del ejército alemán del Tercer Reich. Y por último de ambos ejércitos que se iban simultaneando, según se iban creando, rompiendo y recomponiendo las alianzas entre los bandos a medida que avanzaba la contienda. La situación de Finlandia, fronteriza con Rusia, la hace especialmente vulnerable a los conflictos territoriales, y en este museo Articum se cuenta cómo, en los posteriores tratados de paz con la Unión Soviética, perdieron dos territorios a manos de Stalin: Salla y Petsamo. Petsamo les duele especialmente, porque había minas allí y es donde el mar de Barents auna los océanos Ártico y Atlántico. Un lugar que atraía el turismo internacional de lujo hasta justo antes de la guerra. La población finlandesa de esas enormes extensiones tuvo que evacuar previamente a la invasión rusa con pocas horas de antelación, y por tanto lo dejaron todo atrás en su huida, para empezar de cero en otros lugares más al sur. Es un trauma que aún perdura.
También se muestran en este museo las formas de vida tradicionales de este lugar, tan exóticas a mis ojos. La población aquí ha vivido de la cría de renos, la minería, las madereras y la pesca hasta que esta última ha quedado reducida al consumo interior, y en la actualidad es el hobby preferido de los lugareños. También los deportes de invierno y el senderismo y los safaris de fauna ártica en verano nutren la economía de la zona. Y yo no debería burlarme tanto de Papá Noel, porque gracias a la cosa navideña en Rovinami tienen asegurado un flujo de visitantes que les viene muy bien.
Lo que más me ha interesado del museo Articum, es comprobar como trabajaban y vivían los gancheros (roikka) que se encargaban de agrupar y conducir los troncos talados flotando río abajo. Me ha recordado a la novela de José Luis Sampedro El río que nos lleva, situada en el Tajo a su paso por mi querido Aranjuez. Qué dura profesión, pero qué bellas imágenes evoca. También me ha resultado muy curioso todo lo referente al pueblo Sami, los indígenas de Laponia, que tienen su propia lengua y cultura aparte como etnia diferenciada, y una lengua propia que ha sido ignorada y hasta anulada durante décadas y que ahora se pretende recuperar y fomentar. Los Samis viven en un territorio sin fronteras, porque cubre territorios árticos de varios países: Finlandia, Suecia, Noruega, Rusia. Su vida es durísima, pero tradicionalmente han superado las condiciones más duras y adversidades sin cuento. Son unos supervivientes natos.
Pero la exhibición estrella del museo Articum, aparte de los ejemplares de osos y renos disecados, es todo lo referente a las condiciones climáticas y geográficas de Laponia en general. Se explica todo lo referente a la tundra, el permafrost, el albedo (que me entero de que es la refracción solar sobre la superficie helada de la nieve) y, por supuesto, la aurora boreal. Disfruto como una niña pequeña con la proyección de estas luces del norte en el techo, y ya que no he podido disfrutarla porque este fenómeno no es visible al ojo humano en verano, al menos me llevo en la retina esta recreación que, con un poquito de imaginación, es un sucedáneo de la realidad sin pasar una noche al raso.
En el viaje de vuelta desde este filito del Ártico en Rovaniemi a tierras más sureñas en Oulu, el clima me premia con un arcoiris completo, y con la visión desde la ventanilla del tren de mi paisaje preferido: la yerba y los árboles empapados brillando al sol con todos los tonos de verde posibles, sobreimpresos en un cielo con nubes grises y negras de tormenta. No hay contraste de coloridos que me pueda gustar más, debe de ser cosa de mis raíces montañesas.
Cada vez que pienso que, desde Rovaniemi, he estado prácticamente al lado de San Petersburgo, me doy a los demonios. No puedo cruzar la frontera rusa porque el Ministerio de Exteriores lo desaconseja vivamente. El argumento principal es que en Rusia actualmente hay detenciones arbitrarias de las que tampoco se libran los extranjeros, y que si te ocurre algún percance ni la legación diplomática española, ni la de ningún otro país de la UE, pueden garantizar ni el prestarte asistencia ni tu seguridad, porque en las condiciones actuales no se les permite actuar con normalidad. Maldita política. Maldita sea por siempre.
Y en estas, cojo un tren y tras casi seis horas de trayecto llego a Helsinki. Pero esa es otra historia, que se merece otra entrada.
- Notas y anecdotario:
- En el ferry de Estocolmo a Turku tengo reservado un camarote y sólo me aventuro fuera para desayunar, porque paso casi todas las horas de travesía tumbada. A pesar de las biodraminas, siento mareo, aunque no de estómago, sino de cabeza. Las maniobras del barco me descolocan, y apenas puedo a asomarme a la escotilla. Una lástima, porque la vista es maravillosa … cientos de islas en la costa sueca, un ratito de mar abierto, y en seguida cientos de islas al bordear la costa finlandesa. Salgo a cubierta para ver la entrada en el puerto, cuando ya el barco va frenando la marcha. Por casualidad, me coloco en el punto de desembarco en la borda, lo que me permite ver toda la maniobra de atraque. En tierra firme sigo bamboleándome por pura inercia. Con esto confirmo que los viajes largos en barco no son lo mío.
- En Oulu veo salir de un centro comercial un robot. Más bien un robotito, porque debe de ser un dispositivo de entrega a domicilio que abulta lo que una nevera portatil playera, pero con cuatro ruedas y una antena. Se desliza por la acera rápidamente con total precisión. Rodea los hoyos y los baches, gira la esquina, se para para dejar paso a los peatones y las bicicletas que se le cruzan. Y lo más curioso: se para en el semáforo y, cuando ya el disco ha cambiado a verde, un coche se lo salta… pero el puñetero robotito se da cuenta y espera a que pase, como haría una persona. No me gusta el s. XXI, pero confieso que ver a este bicho mecánico comportarse como un ciudadano ejemplar me ha hecho reír.
- Finlandia, Capítulo puertas. Respecto a las puertas y sus picaportes, sólo sé que no sé nada. Es decir, que en este país en muchas ocasiones no sé ni abrirlos ni cerrarlos. En mi descargo diré que soy un pelín disléxica (lateralidad cruzada) y también algo manazas. Pero en esas mismas condiciones, en otros países siempre he podido abrir y cerrar las puertas, que yo recuerde. Y aquí no. Es decir, lo consigo, pero tras una dura lucha en la que estoy a punto de perder la paciencia, los nervios y casi casi la esperanza. El por qué los picaportes son tan complicados en las construcciones modernas escapa a mi comprensión. Y según parece también a mis habilidades.
- Finlandia. Capítulo calores. Una derivada del punto anterior es que, por no poder abrir los picaportes de las puertas ni las ventanas, paso un calor en interiores que no es ni medio normal. Estos edificios no están preparados para temperaturas cálidas, sino todo lo contrario, y en Laponia por ejemplo hemos rozado los 28°C con alta humedad. Dentro de una habitación donde el aire está estancado y no es posible ventilar, he sudado casi tanto como en mis veranos españoles. Nunca lo hubiera creído, la verdad.
- Finlandia, Capítulo aceras. Las aceras nórdicas son de lejos las que están más pulidas de todas las que he encontrado en mis viajes por Europa. Doña Resilia rueda feliz por ellas…. Hasta que nos topamos con algún camión de reparto plantado encima, o las vallas de una obra. Nunca hay previsto un paso alternativo para los peatones, y la calzada es un suicidio, de modo que toca dar grandes rodeos o echarle imaginación y arrestos para continuar camino. En esto, Finlandia me recuerda a Sicilia. Es curioso cómo a veces el mapa se pliega y, como diría Jardiel Poncela, “Los extremeños de tocan”.
- Finlandia. Capítulo saludos (o ausencia de los mismos). No he conseguido, en los días en que he pernoctado en distintos alojamientos, que mi presencia fuera considerada como tal por los otros residentes (el personal encargado del establecimiento claro que me responde al saludo y me siguen la conversación… pero no cuentan, porque son profesionales dedicados al turismo y cumplen bien con su trabajo). El caso es que en la vida moderna se va arrinconando el contacto humano, y yo tengo algunos vecinos en Madrid que hace veinte años que no me responden a los buenos días. Pero sé, por su forma de evitarme, que al menos han reconocido mi presencia, lo noto en la forma huidiza en que se conducen cuando nos cruzamos. Aquí en algunos de los países nórdicos, lo que noto es que la gente, cuando te ve, no te ve siquiera. Es decir, que es como si ellos estuvieran, pero tú no. Y eso te hace sentir como si el espejo no reflejara tu imagen. Debo añadir también que por la calle observo comportamientos afables y relaciones cariñosas, pero siempre entre conocidos. Basándome únicamente en la gente con la que sólo me he cruzado y otros con los que he intentado interaccionar, mi opinión personal es que casi prefiero la brusquedad de maneras sueca a la indiferencia finlandesa. Creo que puedo permitirme ser políticamente incorrecta por una vez, aunque reconociendo que esta es solamente mi experiencia personal, y como es lógico no pretendo etiquetar a los millones de habitantes de un país basándome en un puñado de personas que se han cruzado en mi camino. Pero tampoco puedo pretender que las cosas han ocurrido de otra manera. Ahí queda eso. There, I said it.
- Finlandia. Capítulo obras. En este punto seguramente voy a ser un poco injusta, porque tanto en Madrid, donde vivo, como en todas las ciudades europeas por donde he pasado estos últimos meses, me he encontrado con grandes obras. Y creo haberlo anotado aquí varias veces ya. Pero lo que hace a las obras finlandesas distintas de las demás es que no sólo me salen al paso según avanzo, sino que se anticipan a mis deseos. Es decir, que los alcaldes saben por dónde voy a pasar incluso antes que yo misma, y me colocan rápidamente una obra de por medio, hecha a mi medida. Saben que voy a darme un paseo por la orilla del lago con la intención de sentarme en un banco a comerme el bocadillo, y acto seguido tratan de impedírmelo haciendo obras de mejora, precisamente para instalar allí los bancos que yo necesitaba. Pero no puedo acceder a ellos porque están vallados, rodeados de escombros y con un cartel que prohibe el paso. Y así todo el tiempo, en todo lugar. Empiezo a pensar que llevo un chip instalado en el cerebro y que en los ayuntamientos me van haciendo un seguimiento personalizado. En los días en que estoy más indecisa,
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