Helsinki
He pasado aquí cuatro gozosos días con sus noches, y mañana me marcho en ferry a Tallin, para comenzar en Estonia mi recorrido por las Repúblicas Bálticas. Pero antes voy a intentar enumerar, sin orden ni concierto, las razones por las que esta ciudad me ha enamorado. Helsinki ha sido para mí una gratísima sorpresa, una de las mayores que me he llevado en este ya largo y variado viaje sin ton ni son por Europa.
Antes que nada diré que no comprendo por qué Helsinki está relegada en el ranking mental que solemos hacernos, a priori y de oídas, de las capitales nórdicas. En esta pequeña familia nórdica, diversa pero bien avenida, la fama de guapetonas se la llevan Copenhague (que también me ha enamorado, tengo “el corasón partío”) y Estocolmo. Luego viene Oslo como la hermana menos agraciada, pero simpaticona y resultona… y a Helsinki la colocamos más abajo en la lista, en un injusto penúltimo puesto, como a la niña sándwich entre las mayores y la peque. (La mayoría no podemos opinar sobre Reikiavik porque está demasiado lejos, es demasiado caro y nunca hemos estado allí).
Tenía unas expectativas bajas antes de llegar, hasta que empecé a recorrer con calma esta encantadora, vibrante, maravillosa ciudad. Creo que los que se han llevado una impresión no muy alentadora de ella es porque no han tenido la fortuna y el privilegio de recorrerla con calma para poder apreciarla mejor en lo que vale. Suele ser una mera etapa de transición de un sólo día en recorridos más amplios que en seguida parten hacia paisajes panorámicos espectaculares, como Laponia. Pero de verdad que merece más atención. En el imaginario colectivo, hay lugares que se benefician de una gran campaña publicitaria (Hamburgo, sin ir más lejos) y otros que necesitarían una, para dejar de ser el secreto mejor guardado entre sus vecinos y darse a conocer al mundo. Claro que entonces acudirían las masas y acabarían con el hechizo en muy poco tiempo…
Mis paseos por Helsinki han sido de lo más cómodo y placentero, es una ciudad de tamaño muy asequible, en general el terreno es llano y sus atractivos son lo suficientemente variados como para mantener un interés creciente por continuar adelante con la caminata. Quizá carece de grandes monumentos emblemáticos, pero en cambio ofrece al visitante un ambiente dinámico y alegre en sus calles (en verano, supongo que el invierno debe de ser muy duro), una gran oferta gastronómica, cultural y de ocio, todos los deportes naúticos, un puerto integrado en el centro urbano y abierto al peatón, un hermoso sendero circular a lo largo de la costa con preciosas vistas, un extenso archipiélago, algunas de cuyas islas están muy cercanas y son utilizadas como un parque más, una playa urbana, edificios bellísimos, entre ellos una de las mayores concentraciones de edificios Art Nouveau que existen…. y música en vivo en cada rincón. Esto último lo he experimentado desde que llegué, y aún no me acostumbro a doblar una esquina y encontrarme con un nuevo concierto, de los estilos musicales más variados. Es todo un placer escuchar y también ver cómo estos finlandeses, tan poco demostrativos ellos, disfrutan de la música, la palmean, la vibran y hasta la bailan. Maravilla de las maravillas.
También tengo que hacer en este punto una rectificación obligada: en la entrada anterior he manifestado mi asombro por la falta de empatía aparente de las personas finlandesas con las que me he cruzado hasta ahora. Esa ha sido la impresión que me he llevado en pequeñas ciudades y pueblos, pero aquí en la capital la gente parece ser bastante más abierta. Asombrosamente algunas personas con las que te cruzas por la calle buscan tu mirada y te sonríen, al estilo danés o noruego. Y he visto cómo estos finlandeses capitalinos disfrutaban del sol, y más tarde de la luna, sobre el césped de los parques y en los chiringuitos de la costa, y en las numerosas terrazas. Muy relajados, bastante charlatanes y en ocasiones muy risueños.
Lo que me lleva a pensar que, una vez más, el talante de los habitantes de la capital de un país difiere por completo, para bien y para mal, del resto de sus compatriotas. Ni París se parece a la hospitalaria Francia de provincias, ni Roma resume toda la diversidad del “bel paese”, ni Londres encarna los valores ancestrales de la “sceptered island”, la “isla coronada” que a los ingleses tanto les gusta citar. Quizá Madrid se aproxime más a una amalgama de España (“el rompeolas de todas las Españas”, le llamaba Antonio Machado) pero tampoco del todo en realidad. Los vecindarios familiares de antaño, prolongación del pueblo de cada cual, van perdiendo su identidad y se van fundiendo con otras identidades llegadas de lejos… Es lo que me apasiona de las grandes ciudades. Son un universo paralelo, que a su vez contienen varios universos, y cada uno de ellos está en perpetuo movimiento expansivo, aproximándose hacia nuevos universos, y así sucesivamente. Aaaah but I digress, again!
Vamos con Helsinki. Algunas notas desordenadas:
- Helsinki es una ciudad bilingüe, todo está en finés y en sueco. En algunas contadas ocasiones he visto un tercer rótulo en ruso en algunos monumentos. Es un detalle que refleja las complejidades de su pasado: comenzó como un asentamiento vikingo, luego fue colonizada por los suecos, y más tarde incorporada al imperio ruso.
Su actividad económica se basaba en el comercio marítimo en el Mar Báltico y en la ganadería (esos renos que están representados por todas partes). La fundó Gustav VI de Suecia en el s. XVI con el nombre de Helsingfors, para tener un puerto con el que comerciar frente a Tallin (Estonia), que era una importante ciudad hanseática y que está literalmente en la orilla de enfrente del Golfo de Finlandia.
Tras padecer una epidemia de peste y sufrir muchos incendios, hubo que reconstruir Helsinki justo por los tiempos en que Rusia se anexionó Finlandia tras guerrear con los suecos y arrebatarles este territorio en el famoso tratado de Turku. En 1812 el zar Alejandro I movió la capital de Turku a Helsinki, para aminorar la influencia sueca y que la capital estuviera más cerca de San Petersburgo. Por tanto, aprovechando que estaba recién incendiada (ay, esas casas medievales de madera) la edificó entera en estilo neoclásico, que era la moda del momento.
En 1917 Finlandia consiguió independizarse, aprovechando el momento de debilidad del imperio ruso donde coincidieron la Primera Guerra Mundial con una guerra civil y la Revolución Bolchevique. Los años anteriores y posteriores a esa fecha fueron de gran crecimiento para la economía y por tanto Helsinki se expandió. La ciudad se sumió en una fiebre constructora, y para la posteridad ha quedado más de 600 edificios estilo Art Nouveau. La mayor parte son la interpretación finlandesa del Jugendstil o modernismo alemán, al que según leo los arquitectos locales le incorporaron lo que dieron en llamar estilo nacionalista romático. Qué tiempos tan exaltados eran aquellos, pero qué gran imaginación y que buen gusto hemos heredado de ellos. He pasado horas muy felices recorriendo y fotografiando estas construcciones tan originales y tan elegantes. Qué gran suerte vivir en una de esas casas, y ver desde tu ventana una hilera de casas similares (aunque no hay dos iguales) que cubre toda la manzana, y así la calle entera, por larga que sea.
De los 1970s para acá, Helsinki se modernizó dando cabida a empresas tecnológicas y de servicios muy punteras y exitosas (como Nokia, ahora en plena decadencia). Helsinki figura año tras año en los ránkings de mejor lugar para vivir o donde existe un mejor nivel de vida. La verdad es que recorriendo sus calles no se aprecia la pulcritud y la pujanza que he visto, por ejemplo, en las ciudades holandesas. Pero los datos económicos no engañan.
Notas:
- Todo el casco histórico, a causa del incendio de 1808, es de un estilo neoclásico sin mucha imaginación... Pero cuando llegó la hora del Art Nouveau, y mas tarde el Art Déco, sí que se la echaron. Qué fachadas más originales. Me quedo embobada.
- El puerto es todo un disfrute en cuanto a ambiente de refiere. Se puede ir en barco a la isla de Suimenlinna, donde hay una fortaleza construida por los suecos en el s. XVIII que luego pasó a manos rusas, como el país entero. Es uno de los lugares preferidos por la gente de Helsinki para montar un picnic al sol.
- Pruebo en una carpa del puerto la carne de reno en forma de hamburguesa. Está bien, pero me cuesta apreciar su sabor, porque la han embadurnado de tal manera en tres salsas distintas, que miro con en día los platos de fritura de pescado que veo en la mesa de al lado. Hasta que me doy cuenta de que también se sirve empapado en salsas de colorines. Qué manía.
- Los tranvías retro de Helsinki me encantan. Cuando pasan por las calles del casco antiguo, pienso que es la localización perfecta para una película de época.
- Ucrania se tiene muy presente aquí en Finlandia, hay banderas ucranianas en muchos edificios oficiales, en sedes de empresas y en domicilios particulares. En la TV finlandesa (que he visto a la hora de cenar en apartamentos alquilados y hoteles) hay programas diarios sobre el frente de batalla, y sobre la vida cotidiana bajo los misiles y a la sombra de las decisiones rusas y americanas. No es de extrañar teniendo en cuenta lo cercana que queda toda esa pesadilla de este lugar privilegiado donde aparentemente no hay mayores problemas.
- En Helsinki abundan las tiendas de diseño, los anticuarios y las librerías. En el escaparate de una de ellas veo un libro cuya portada clama en letras de gran tamaño: Bilbao!, y bajo ellas una pareja ligerita de ropa se abraza amorosamente. Pese a la ilustración, no me parece una novela del género rosa ni del de viajes… me pica la curiosidad, y consulto con Miss Google. Así averiguo que se trata de un poemario de Ville Hytonen, un joven autor y editor multipremiado. La traducción del poema que da título al libro, según Miss Google, sería así: “Bilbao./ Bilbao es pájaros que caen del cielo./ Bilbao es enamorarse./ Bilbao es la peor ola de calor de Europa./ Bilbao es cansancio, cuerpos sudorosos bajo el calor./ Bilbao es bebidas frías y olvidarse del mundo que te rodea”. Está claro que al amigo Ville le pasaron algunas cosillas en el Bocho…
- Veo en Helsinki a todo tipo de personas, pero me reencuentro con un cierto tipo de mujeres elegantes que no veía por la calle desde los Países Bajos, y en menor medida en Dinamarca. Ni Noruega ni Suecia me han parecido sitios donde se vista especialmente bien, la verdad.
- Compro una bolsita de bolitas de regaliz recubiertas de chocolate. No debería, pero… no hay nada como los placeres culpables para alimentar la joie de vivre.
- Mis barrios preferidos de Helsinki son: Katahanokka, Ullanlina, Kruununhaka, Ullanllinna, Punavouri, Eira, Kaisaniemi, Leppasuo Alkar. Lapinlahti, Toolo. Disfruto muy especialmente de Eira, situado frente al mar, donde una amplia pradera arbolada separa las hileras de preciosas villas Art Nouveau del puerto deportivo de Pelastuslaitos, junto al Parque Kaivopuisto y frente a las islas de Pohjoinen y Etelainen. Qué lugar tan bonito, por favor.
Tengo la suerte de pasear por allí al atardecer de un sábado, y según avanzo observo las familias que juegan al minigolf entre los pinos, y más adelante a la gente guapa que se va congregando en los clubs que sirven Möet Chandon a la orilla del mar, con gogós bailando en el tejado y camas balinesas. Un intento de recrear una cala de Ibiza, pero con manga larga.
- Suelo evitar entrar en las iglesias, no porque sea agnóstica, que también, sino porque me parecen lo mismo mil veces repetido, y una pérdida de tiempo cuando estoy de paso y sólo cuento con tres o cuatro horas para patearme una ciudad entera. A menos que sean un monumento imprescindible de la historia del arte, o que ofrezcan algo que se salga de la norma y me llame la atención. En a Helsinki, es el caso de la iglesia llamada Temppeliaukio, que idearon dos arquitectos en 1969. Está excavada en la roca, y recibe la luz de una ingeniosa claraboya cenital. Es la pura sencillez, porque no ostenta prácticamente ningún adorno, la decoración corre a cargo de las hendiduras, las texturas y las decoloraciones de la piedra. Posee una acústica fenomenal, que se aprovecha con la celebración de numerosos conciertos. Durante mi estancia allí, lo que suena es una grabación de música ambient, no religiosa por cierto. Allí dentro se está fenomenal. Es junto con las grandes catedrales góticas francesas y la catedral luterana de Oulu, el templo que más me ha gustado de todo el viaje. Lo siento por las mezquitas, las sinagogas y las demás iglesias, son muy valiosas, pero no entran en mi lista de preferencias.
- Me acerco al muy original monumento a Sibelius, y dando un paseo desde allí llego entre pinos hasta Hietsun Paviljonk, la playa urbana de Helsinki. Las negrísimas nubes que llevan amenazando desde hace un rato y que ya tenemos encima barruntan una gran tormenta, pero yo me empeño en mojarme los pies en el Golfo de Finlandia, que supongo que es también el Mar Báltico (o no?). El agua está sorprendentemente templada. Justo cuando los pocos bañistas que quedaban salen del agua despavoridos, yo camino solitaria por la orilla cual señora cincuentona salida de un telefilme alemán de sobremesa. El problema es que me pongo perdida, y esta arena es de las que no se despegan. Me doy a los demonios todo el camino de vuelta, pero con el pensamiento, porque si abro la boca se me llena de mosquitos.
- Junto a mi hotel está la plaza más agradable de todo Helsinki para tomarse un café, en torno a un monumento enorme a un señor con pelucona que sin duda se merece el reconocimiento a sus méritos, pero que tiene un nombre impronunciable que a estas altas horas ya no soy capaz de deletrear correctamente. Elías Lon...algo. El caso es que está frente a un parque céntrico muy agradable que rodea la iglesia de Vahna, una de las más antiguas, y en este parque en torno al templo la gente se tumba en la hierba a retozar y también a hacer picnics. Sólo que están rodeados de lápidas, porque este era el antiguo cementerio en torno al templo, y se ha respetado el emplazamiento original de las tumbas. No me parece mal esta convivencia entre vivos y muertos, la verdad. Polvo somos, etc.
- Aunque el parque más célebre de Helsinki, el no muy extenso pero hermoso Esplanade, qué pasó de ser el lugar de recreo de la aristocracia a ser cedido al pueblo llano. En este parque hay un precioso kiosko con un invernadero o estufa al estilo romántico, y un pequeño escenario donde tengo el placer de escuchar un concierto de folk brasileiro, variante música de raíz africana. El trío que actúa es todo un ejemplo de ensemble multi-culti: la cantante es blanca, el percusionista indio mulato, y el flautista y teclista negro. Pero los tres hablan finés, aunque el negro debe de ser un recién llegado por qué lo hace con algo de dificultad. Lo que tocan me encanta, la música brasileira es de lejos la más interesante y elegante de Latinoamérica. La chica es toda una show woman, y sabe manejar al público de tal manera que la audiencia pasa de la gelidez al entusiasmo en cuestión de dos temas. En la despedida, todos los niños presentes, y algunos papás y mamás, se abrazan con estos músicos que les ha hecho cantar y bailar. Qué curiosos son estos finlandeses, tan retraídos por un lado y tan sentimentales por otro.
- Esta es una ciudad musical, y las actuaciones en vivo te atrapan en cualquier parte: en cuatro días escasos tengo la oportunidad de escuchar todo tipo de estilos por los rincones más inesperados, incluida la música clásica. Incluso los músicos callejeros tocan bien… menos los señores del acordeón. Sería mucho pedir.
-Los arreglos florales de los parque están muy cuidados en general en los países nórdicos, pero los de Helsinki son muy de mi gusto.
- Un día que ando más floja de fuerzas, en vez de almorzar caminando monto un picnic algo más formal. Me siento en un banco estratégico de la plaza del Senado, con vistas a la catedral y junto al paso de los preciosos tranvías retro de Helsinki, a tomarme la manzana y el rollito wrap del súper, y a mucha honra. La escena que se desarrolla ante mis ojos es la típica de cualquier lugar emblemático al que van llegando grupos de turistas. A cada nuevo grupo, se repiten las mismas exclamaciones de desilusión y enojo. La blanquísima catedral, una enorme construcción neoclásica en lo alto de una tremenda escalinata... está cubierta de andamios, tapados por unas lonas. Sobre ellas, unos dibujos perfilan toscamente cómo es la fachada que ocultan, pero ... no es lo mismo. Estos turistas no está habituados, como yo, a que las obras municipales les priven del disfrute de los sitios más bonitos ... Si pasan algo más de tiempo viajando, ya se acostumbrarán, como yo.
- El hotel donde me alojo está lleno de gente joven venida de partes diversas. Destacan sobre los demás los chavales devotos del nordic black metal, de luto riguroso y en cueros. Los de sus chupas. También hay muchos españoles.
- Mi visita a los países nórdicos tiene una consecuencia inesperada: estoy aprendiendo a amar la arquitectura moderna.
- Entro a orinar en las elegantísimas Galerías Kamp. Salgo de allí aliviada a la par que ilustrada sobre las últimas tendencias en moda y decoración. Un pipí de luxe.
- En mi último día en Helsinki me acerco a la localidad de Porvoo, a 45 minutos de distancia. Es un lugar muy bonito, pero bastante turístico. Su mayor interés de concentra en el extenso barrio de casitas de madera. En mi opinión se les ha ido un poco la mano y parece un decorado de Hansel y Gretel. Es demasiado encantador, demasiado cuqui, demasiado todo.
Me alejo un poco de las tiendas y los restaurantes turísticos. Ascendiendo por las cuestas, las plantas de mis pies comprueban la diferencia entre los adoquines de mentira para turistas y los adoquines de verdad para lugareños. Qué dolor. Mi color preferido para pintar los listones de madera de las casas es el tono rosa empolvado, el amarillo vainilla y el azul-gris Monet. Qué bellezas.
Cometo la imprudencia de comprar Chocolate de la fábrica local Brumberg, que parece que es famoso. Compruebo que la fama es merecida. Hago acto de contricción durante la digestión, demasiado tarde ya para purgar mi pecado.
- En el autobús interurbano desde Porvoo a Helsinki, el conductor sigue admitiendo viajeros aunque ya no quedan asientos libres, por lo que algunos rezagados vamos de pie, entre ellos yo (¿pero qué tipo de normativa permite eso en carretera?) Un joven soldado me cede galantemente su puesto. Compruebo una vez más que esto de no teñirme las canas tiene enormes ventajas según se me va arrugando la cara. Cuando llevamos un buen rato de trayecto, una muchacha árabe con la cabeza cubierta se levanta a consultar algo con su hermana, también cubierta, unos asientos por delante. Luego vuelve y con timidez le hace un gesto al soldado, que es prácticamente un niño, para que se siente en su puesto. No entiendo una palabra de lo que hablan entre ellos. Luego se vuelve a acercar a su hermana, que le hace un hueco como puede en su asiento, y las dos pasan el resto del viaje estrechamente abrazadas. Bonito gesto, que supongo que refleja el respeto que tiene la población finlandesa por las fuerzas armadas, ante lo que inevitablemente se avecina.
Cosas que me han llamado la atención y que no están solamente en Helsinki, sino en todos los países nórdicos, pero hasta ahora se me había olvidado mencionarlas:
- A muchos finlandeses y nórdicos en general les gusta practicar el esquí incluso en verano, y para ello utilizan unos ingeniosos esquís sobre ruedas y unos palos. De imaginación también se vive.
- También hay mucha afición por aquí a la camas elásticas. En muchos jardines particulares veo una. Y en los parque públicos de muchas ciudades nórdicas.
- Parturi. Está palabra la he visto repetida mil veces en el letrero anunciador de comercios ya cerrados, por lo que no he podido enterarme de qué es lo que venden en los “parturis” (cierran tan pronto…) Pues bien, Miss Google como siempre ha venido en mi ayuda y me ha dicho que son peluquerías. Me ha desilusionado un poco, no sé por qué esperaba algo más original.
- Otra palabra que he visto repetida: risiilla. En el supermercado, ante el paquete de kebab risiilla ya no me resisto, y recurro a Miss Google Lens para averiguar cuál es esa hierba tan simpática y graciosilla que le han espolvoreado al kebab para que te carcajees en la digestión… pues bien, otra desilusión. Risiilla significa, simple y llanamente, arroz. Esperaba algo con más misterio.
- En Finlandia, en plena era digital, aún se resuelven muchas cosas llamando a un número de teléfono. Los problemas con los billetes de tren. Las dudas sobre el transporte público municipal. Hasta aquí, normal. Lo que me ha dejado asombrada es que, para entrar en los WC públicos de muchas estaciones (no todas) hay que llamar tambien. Es de ir, si eres finlandés marcas un código en el teclado del móvil, como en los teletones navideños para donar dinero… pero si eres extranjero y no tienes instalada la app de mobipay, entonces tienes que llamar a un número fijo (con prefijo) donde te van a pedir la tarjeta de crédito para cobrarte el euro que cuesta hacer pipí. Y encima llamas y tu operadora te dice que el número no existe. Te entran ganas, aparte de las de orinar, de irte a las vías y practicar allí mismo el método mingitorio recomendado por Simone de Beauvoir. Y para limpiar el charquito resultante, que llamen al número telefónico del personal de limpieza.
- En la preciosa estación Arte Déco de Helsinki me sorprenden dos cosas:
• Una, hay un trasiego continuo de pobres mendicantes en muy mal estado, algunos semi desnudos, que necesitarían ayuda urgente. Un triste espectáculo que desgraciadamente es habitual en cualquier país, pero que en estas latitudes yo hasta ahora no había visto de forma tan descarnada. Estas naciones nórdicas tan afluentes no suelen tener a sus pobres a la vista de los turistas, digamos que esconden sus vergüenzas.
• Otro detalle que me sorprende es que junto a los WC públicos del sótano, hay una lavandería bastante grande. Y que en cada cabina, al menos en el baño de señoras, hay una ducha árabe (un grifo tipo manguera para lavarse los genitales). La verdad es que es un sistema mucho más limpio que el papel higiénico, yo lo he instalado en casa, pero con una toalla cerca, claro. Nunca osaría utilizarlo en un servicio público, me imagino que ese grifo contiene todo un zoológico de gérmenes…. Además el problema es que aquí en la estación no hay toalla, con qué se seca la gente? Decido actuar como los cirujanos en los quirófanos. Llevo pañuelos de celulosa en el bolso. Abro la puerta de la cabina maniobrando con el codo. Hay misterios insondables y preguntas inquietantes cuya respuesta es mejor ignorar.
- En los trenes, el personal de limpieza recoge la basura de los vagones con los pasajeros ya sentados a la llegada a cada estación que sea un nudo ferroviario, donde enlazan muchas líneas y se va a subir mucha gente. Si la estación es portuaria, la policía de fronteras pasa rápidamente por los vagones con un perro, supongo que buscando droga.
- Siguiendo con los trenes, en Finlandia los vagones tienen una cabina con una mesa y una silla para hablar por el móvil. Siempre la encuentro vacía. Hay otras cabinas para personas insociables (como yo, oiga!) que no quieren tener a nadie cerca. Las puertas son transparentes, y se puede ver que la mayoría de estos misántropos lo primero que hacen es recostarse y quitarse los zapatos. A ver si va a ser que les jumean los pinreles y por eso prefieren estar solos…
- Y para terminar con los trenes, nunca he visto los mercancías cargados de troncos como aquí. Son tantos los vagones que se pierden en la lejanía. No sé cómo los bosques Finlandeses no están calvos.
- Ya he dicho más arriba que el paisaje de este país es maravilloso. Una sucesión constante de árboles, un bosque tras otro, sólo interrumpidos por lagos y ríos. Hay muy pocas casas y la mayor parte de poblaciones rurales son muy pequeñas y dispersas. Pero durante mucho rato, el tren pasa y no hay ninguna edificación, por pequeña que sea. Es como un desierto cuajado de vegetación.
- Aquí hay gran afición por el punto y por hacer calceta en los trenes, con muchas tiendas que venden ovillos de colores y todos los accesorios que, en mi grandísima ignorancia, no conozco. Me quedan ya muy lejanos los tiempos de punto de cadeneta en clase de labor con las monjas.
- Hay bastantes coches retro de los años 60 en adelante circulando por las calles, amorosamente mantenidos y exhibidos por sus dueños. Debe de ser que no hay una normativa demasiado severa respecto a la circulación de vehículos altamente contaminantes, de lo contrario no me lo explico.
- Veo mucha gente que va comiendo una ensalada envasada mientras camina por la calle. A menos que esté cansada, yo suelo almorzar mientras paseo, para no perder tiempo. Un bocadillo o algún alimento que se extraiga poco a poco de un envase, como los frutos secos, resulta fácil y cómodo. Pero a mí se me caería. Al suelo las hojas de una lechuga pinchadas en un tenedor mientras ando por la acera, o espero que abra un semáforo. Me parece toda una proeza, y un reto del que no sé si estaré a la altura sin mancharme la pechera.
- Por último, hay algo que ni siquiera la sabionda de Miss Google me puede aclarar: qué hacen tres cepillos de cerdas gordas anclados al suelo en los porches y vestíbulos de los edificios finlandeses. Me imagino que se utilizan en invierno para limpiar la nieve y el barro de las botas antes de entrar, pero me hubiera gustado confirmarlo… este tipo de detalles me resultan muy exóticos, a mí que me crié en un lugar donde jamás nevaba y que no he subido nunca a una estación de esquí.
He dejado un detalle para el final. Durante veinte años he veraneado en Fuengirola, donde vive la colonia de finlandeses más grande que existe fuera de Finlandia. Ignoro cómo llegaron a concentrarse tantos expatriados de la misma nacionalidad en esa localidad de la Costa del Sol, pero el asunto es que allí están asentados desde hace muchas décadas. Tienen su propia emisora de TV, su prensa escrita, sus propios negocios de todo tipo, sus locales comerciales y de ocio. Son iniciativas empresariales por y para ellos, aunque no en exclusiva: los finlandeses de Fuengirola que yo sepa nunca muestran esa especie de desapego imperial con ramalazos de apartheid que caracteriza a los expats británicos. Tampoco es que se mezclen demasiado con la población local, pero están abiertos al contacto y a la colaboración en todo momento. En la localidad son muy apreciados, y considerados buenos pagadores y gente formal y educada con costumbres higiénicas, que es mucho más de lo que se puede decir de la mayoría de inquilinos que llegan por allí. Los que son propietarios suelen estar jubilados, y en verano se vuelven a Finlandia para ceder su apartamento playero para disfrute de hijos y nietos. Ahora que he comprobado cómo es el clima finlandés en el mes de agosto, no me extraña. Aquí se está muy fresquito, lo que resulta un alivio pensando en las olas de calor mediterráneas, pero el agua del mar está helada, llueve todos los días y el viento es casi constante. En el imaginario colectivo, el verano equivale a sol y calor. Fuengirola se beneficia, y Finlandia también. A win-win situation.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.