LETONIA
Dos trenes de Estonia a Lituania, más de seis horas y media de viaje, dos largas conversaciones con gente interesante. Llevo bastantes días sin conseguir enlazar una conversación, siquiera superficial, salvo en las tiendas, pero incluso ahí casi nunca pasan del “Al contado o con tarjeta?”. Estoy segura de que estas gentes pueden mostrarse amables, y que les gusta charlar como a cualquiera, pero lo disimulan muy bien ante los extraños.
Yo soy bastante solitaria y puedo pasar sin hablar con nadie, pero mi intención al hacer este viaje no es únicamente contemplar los paisajes, caminar por las calles y tachar monumentos de mi lista de deseos. Yo quiero respirar los distintos ambientes de los diversos lugares, y pulsar algunas opiniones de la gente que los habita, aunque sea breve y superficialmente porque estoy de paso. Yo pretendo llevarme una impresión algo fundada, por minúscula que sea, de la parte de Europa que alcanzo a abarcar. La que busca adaptarse a los tiempos que vienen, la que rebusca en su pasado, la que anda por este momento de la historia con el pie cambiado. Son pretensiones grandilocuentes y poco realistas, pero son las mías aunque me vengan grandes. No era lo que hacían los viajeros del pasado, intentar relacionarse un poco? Vamos perdiendo el arte de la conversación en esta maldita era digital, y celebro que por edad no viviré para ver las consecuencias, que ya apuntan en el horizonte.
Por eso me agrada dar por fin con jóvenes que se interesan por intercambiar puntos de vista. Yo no sé qué tendrán mis venerables canas que les inspiran confianza, pero el caso es que terminan haciéndome confidencias, que naturalmente no voy a traicionar aquí. De la parte que sí puedo revelar, diré que en el primer tren, de la compañía estonia ELRON, me siento al lado de un libanés nacionalizado británico con ojos de gato, del color del ámbar. A las dos paradas se nos sientan delante, de cara a nosotros, dos jóvenes estonios que son hermanos. El mayor guarda silencio todo el tiempo, pero el más joven, que lleva una gorra de marinero con visera, quiere saber qué nos ha traído hasta aquí, porque no cree que su país tenga mayor interés. Él mismo ha emigrado a Alemania, donde trabaja en la electricidad vial. El libanés está haciendo el mismo viaje que yo, pero en sentido inverso. Intercambiamos recomendaciones. Hablamos de las condiciones de vida en los distintos países, pasamos de puntillas por encima de la política global y sobre los dos frentes abiertos, uno de ellos cercano. El libanés cuenta que pensaba ir a Narva, a orillas del río del mismo nombre, para ver de lejos el pueblo ruso de Ivangorod, en la orilla de enfrente. Mucha gente está haciendo esa excursión como premio de consolación, ya que los gobiernos occidentales recomiendan no entrar en Rusia, ante la imposibilidad de garantizar nuestra seguridad en su territorio. Pero este chico dice haber desechado ese plan, por miedo a que una vez allí la tentación de tener Rusia tan cercana fuera más fuerte que el sentido común, y terminara intentado llegar a San Petersburgo. Le quedan pocos días para volverse a Londres, donde hay estos días una ola de calor digna del Mediterráneo. Quiere hacer una cura Detox antes de reincorporarse a su trabajo como docente. Nos despedimos deseándonos poder ir a Rusia alguna vez, cuando las cosas se calmen un poco.
Para completar el trayecto desde Tallinn a Riga, debo hacer transbordo en Valga, cerca de la frontera entre Estonia y Letonia, donde los pasajeros nos subimos a un tren de la compañía letona VIVI. Mi flor cular, a la que ya he aludido varias veces y es una vieja conocida de este blog, florece dos veces en esta jornada, y uno de sus efectos es que, aún siendo mi billete de segunda clase, me trasladan a primera. El motivo es de peso: mis Resilias y yo abultamos demasiado en el único asiento libre que he encontrado, un extensible que está en el pasillo, justo delante de la puerta del WC. Ya estoy resignada a aspirar los aromas y a apartar los pies para dejar paso, cuando viene a rescatarme una controladora cuyos modales son los de una carcelera, pero que luego resulta ser bastante amable.
Lo que tiene gracia es que, aunque a los pasajeros movilizados nos dicen que nos sentemos en primera clase, una vez allí nos advierten de que tal cosa no existe en los trenes estonios y letones, sino que simplemente se trata del vagón delantero, sin más. Recuerdo la posibilidad de reservar asiento, contemplo la tapicería imitación piel, los apliques alrededor de mi asiento, el espacio para las maletas y todas las comodidades de nivel superior a la clase turista, y hago un esfuerzo para imaginar que, aunque las veo y las toco, en realidad no existen. Más tarde nos reparten unas hojas con el menú, que nos sirven en la mesa, y me entra la rechifla. Ya he vivido una situación idéntica, en un avión de Air France alquilado por Cuba en los años 1990s. Durante el vuelo, el sobrecargo y la aeromoza cubanos repetían sin cesar que no había clases y que todos éramos compañeros, pero en primera se dormía recostado con mantita, y en turista sentado dando cabezadas.
En este segundo tren se me sienta al lado un joven lituano de madre ucraniana, que acaba de terminar sus vacaciones en su pueblo de origen, donde ha estado pescando en el río y echando una mano en un negocio familiar. Enlaza con un vuelo de regreso a Copenhague, adonde emigró y donde vive con su novia americana. Me dice que echa de menos los días en que dio sus primeros pasos fuera de su patria trabajando en un hotel de Salou. También me cuenta que sabe que, por bien que le vaya como expatriado, su destino es volver de mayor a su lugar de origen. Le pregunto por su familia en Ucrania, por lo visto viven lejos de los frentes de combate y, aunque sufren las restricciones, están bien. Me comenta que el carácter ucraniano es más cálido que el letón, y que él mismo es poco sociable. Pero has sido tú el que ha iniciado la charla, le replico. Sólo porque eres extranjera, me dice. Aquí tenemos mucha curiosidad por los que vienen de fuera, porque hasta hace poco no había turistas.
Tan entretenida he estado con él, que bajo del tren despistada. Me cargo a Resilita a la espalda y echo a andar por la estación, intentando conectar mi móvil a alguna red letona. Tardo un buen rato en conseguirlo, y pido a Miss Google que me muestre la ruta al apartamento que he alquilado. Cuando voy a iniciar la caminata, hago ademán de coger el asa de Doña Resilia…. y toco el aire. Me la he dejado olvidada en el tren! Corro como una enajenada escaleras arriba, porque han pasado 15 minutos y ese tren regresa a Estonia. Pero la flor que tengo en el culo impide que haya partido, todavía está estacionado en el andén un par de minutos más… que aprovecho para entrar en tromba, empujando a todo el mundo, y rescatar a mi compañera fiel de todos estos meses rodando literalmente por Europa. Shit happens, estas cosas pasan, me dice el controlador que da la señal de salida. Pero yo me temo que Doña Resilia se ha sentido ninguneada y se ha ofendido muchísimo. No me lo demuestra porque es muy orgullosa y porque no quiere rebajarse ante Resilita, de la que tiene unos celos propios de princesa destronada. Le he pedido humildemente perdón y le he limpiado amorosamente los bajos de restos de hojas secas, a ver si puedo impedir que se vengue de mí rompiéndose una rueda o una cremallera. Doña Resilia pesa un quintal porque es la depositaria de todas mis pertenencias materiales en este viaje. Salvo los zapatos, que los cargo a hombros dentro de Resilita como quien carga con sus culpas sin redención posible, porque según sude al sol, o llueva y se embarre todo, debo tener recambios para calzarme.
Nada más dar mis primeros paseos por Riga, me doy cuenta de que el nivel de vida es bajísimo comparado con Tallinn, y también en términos absolutos. El recorrido desde el centro histórico hasta mi apartamento, también céntrico pero en un barrio más cotidiano, es penoso. Conforme voy avanzando veo fachadas negruzcas y desconchadas, solares abandonados, locales comerciales cada vez más miserables y decaimiento de las instalaciones en general. Esta ciudad está pasando un mal momento, pienso. Más tarde le pregunto a Miss Google, y me confirma que, de las tres repúblicas bálticas independizadas hace 35 años, Letonia es la única que no ha conseguido remontar económicamente, cuando las otras dos han encontrado medios para prosperar y sacar partido de su incorporación a la UE y al euro, aprovechando sus recursos naturales y diversificando la inversión extranjera. Letonia, en cambio, según artículos que consulto aquí y allá, parece que sufre una mayoría inestabilidad política, lo que siempre espanta a los inversores, y además está lastrada por un alto nivel de desempleo, una educación superior deficiente y la cultura de la economía sumergida. Parece que no ha encontrado de momento un equilibrio entre el modo de vida anterior y los nuevos tiempos. Leo que su PIB y su renta per cápita llevan décadas de retraso respecto a la media europea. La verdad es que las escenas cotidianas en las calles de su capital me recuerdan a las de mi más tierna infancia, en la España aún franquista de los 1970s: los mercados, la estación, las tiendas de barrio, la ropa que lleva la gente, todo es bastante anticuado. Se respira precariedad.
Justo por eso he decidido no poner una queja sobre mi alojamiento, porque veo que todas las casas de los alrededores son iguales o bastante peores. Sabía por las fotos de la plataforma que el apartamento era muy básico, pero no me esperaba tener que pernoctar en una quasi-chabola de bricolaje improvisado, con muebles que me superan en edad y que para empezar tampoco eran muy buenos cuando los fabricaron. Muy pulcra, eso sí, no en vano mi anfitriona es una limpiadora. Debe haber heredado este bajo en una casa de madera que se cae a pedazos, y supongo que intenta complementar lo que imagino será un sueldo mísero alquilándolo a incautos como yo. Yo tengo un estómago muy fuerte y le echo paciencia cuando no me queda otra… lo que me hace perder los nervios, porque vengo agitada después de casi perder a Doña Resilia, es que en este bajo, por mucho que maniobre, no puedo entrar porque soy incapaz de abrir la puerta, que está en tan malas condiciones como todo lo que me rodea. Tiene que venir la hija de la dueña a explicarme cómo se abre, con el picaporte hacia arriba y echándole optimismo. Y aún peor: una vez instalada quiero salir, pero desde dentro tampoco puedo abrir la puerta para pisar la bendita calle. Tengo que utilizar una toalla porque me hago daño en las manos manipulando el pestillo. Es la gota que colma el vaso. Más vale maña que fuerza y todo eso, pero a estas alturas ya estoy gritándole a la vida co…rcholis con la pu…ñetera puerta, y otras frases castizas de esas que rebajan el nivel de cortisoles mucho mejor que el yoga y la meditación.
Mi costumbre es hacer la compra en un supermercado, llenar el frigorífico, y salir a explorar la ciudad. Tengo un súper en la esquina, pero tiene tan mal aspecto que me convenzo de que es un negocio que ha quebrado (días después llego a casa cuando ya ha oscurecido, y me sorprende ver su interior iluminado y los clientes entrando a comprar). Localizo un poco más arriba una tienda de alimentación en un precioso edificio de madera amorosamente restaurado, con detalles cuquis como geranios rojos en las ventanas. Pero cuando entro, se me cae el alma a los pies: la tienda parece más un almacén castrista de hace 30 años que un local que vende alimentos en la Unión Europea actual. Las neveras están desenchufadas y hay muy poco género a la venta, buena parte del cual es de elaboración casera. En mis paseos por los barrios, veo muchos comercios en estas condiciones. El centro es otra cosa, por supuesto. Según me aproximo a la zona comercial y al casco histórico, todo mejora y se sofistica, especialmente en los lugares más turísticos.
Mi alojamiento está en Marisa Iela, en la esquina de Koka Riga, o Riga de madera. En mi barrio, Latgale, hay muchas casas de madera entre solares donde campan los gatos y crecen las malas hierbas. Cuando están restauradas, las casas de madera son preciosas, y ostentan un letrero triunfal del ayuntamiento prometiendo una vuelta al antiguo esplendor. Pero el hecho es que los edificios del fin de siglo XIX aquí están todos descascarillados, y en el centro muchos de ellos también. Los pavimentos de las zonas históricas muchas veces son de adoquín de canto rodado puro y duro, sin mortero que rellene los espacios vacíos y forme una superficie uniforme. Me cuesta tanto andar sobre ellos como si fueran una calzada romana del s. II a.C.
En Latgale están la Iglesia de S Pablo y el Parque Grizinkalna, construido sobre una duna de arena de 40 metros de alto. Lleva el nombre de la antigua mansión que se construyó sobre ella. Hay un monumento a la revolución de 1905 que procuró la breve independencia de Letonia, hasta la ocupación por las tropas soviéticas al final de la Segunda Guerra Mundial. En el parque el viento va peinando las ramas, que se desnudan poco a poco sobre un lecho de hojas secas. Por estas latitudes ya empieza a asomar tímidamente el otoño que vendrá.
El viejo Riga se llama Vecriga. No voy a hacer aquí un listado de monumentos, que se pueden consultar fácilmente en cualquier parte, donde estarán mucho mejor descritos. Yo visito algunos y otros no según mis apetencias del momento, pero sobre todo me dedico a recorrer Riga sin rumbo fijo en todas direcciones, y con lo que voy observando hago la siguiente lista de curiosidades:
- Kooka Riga, el distrito de casas de madera, no es más que unos pocos edificios restaurados, y un letrero del ayuntamiento prometiendo más.
- Una curiosidad ferroviaria: me entero de que el ancho de vía ruso es mayor que el estándar europeo (el antiguo ancho de vía ibérico de España y Portugal por lo visto era más ancho todavía). Esta mayor amplitud de espacio entre la vías sigue vigente tanto en Rusia como en algunos países de la antigua órbita soviética, como Finlandia y las repúblicas bálticas.
- En Riga, si te alejas de las calles más turísticas, los semáforos de peatones no tienen el acostumbrado disco con el muñequito dibujado, sino que el disco para los peatones es igual que el del tráfico rodado, lo que da lugar a mucha confusión entre los extranjeros.
- Letonia tiene solo 35 años de edad en su reencarnación post-soviética actual. La mayoría de la gente que te cruzas ha crecido bajo aquel régimen, y ha debido adaptarse rápidamente a un cambio radical. Es normal que aún estén descolocados. Los mayores no ocultan su desconfianza ante los extranjeros, recibo miradas que llenarían párrafos enteros. En los barrios me miran raro, no están acostumbrados a que los turistas se salgan del redil y campen a sus anchas.
- Me cruzo con muy pocos ciclistas, comparado con el resto de países de la zona. No sé cuál será el motivo, aunque Miss Google y su primita carnal, la Inteligencia Artificial, me cuentan que el clima letón es demasiado duro y por eso aquí no hay costumbre de pedalear para desplazarse. Mire usted, el clima de los países vecinos es duro también, y hay muchos más ciclistas. En fin, las infraestructuras no son adecuadas. Por otro lado, se ven muchos coches contaminantes de tiempos lejanos que aún circulan por las calles. La normativa ambiental debe de ser muy laxa por aquí.
- Leo que, dentro de las festividades veraniegas, en el canal llamado Pilsetas va a actuar “El músico Cohete” (el nombre artístico promete, pero sospecho que es una mala traducción de Miss Google Lens) de 21h a 1h. Siempre me entra curiosidad por ver cómo se divierte la gente en las fiestas callejeras, creo que es una de las cosas que dan la medida del carácter nacional de un pueblo. Pero cuando llega la hora estoy exhausta de andar todo el día y decido volver a casa. No sin antes visitar el Pilsetas Kanala al atardecer. Mi interés se ve recompensado con un espectáculo acuático. Hay una fila de surtidores a lo largo de la orilla como si de una fuente se tratara, sincronizados con luces de colores mientras suena el Vals de las Olas, a cuyos sones pasa un solemne desfile de piraguas y lanchas. Me siento un rato para admirar el espectáculo. La música, que sale de unos enormes bafles instalados sobre la hierba del parque, es lo más parecida al canal clásico del hilo musical que recuerdo haber escuchado en mis visitas de adolescente al dentista. Reminiscencias del Luis Cobos más marchoso a un compás de 2/4. Todo el conjunto tiene una pizca de kitchst, algo de naif y mucho de refrescante. Vivan Riga y su concejal de festejos.
- Veo bastantes chicas que se hacen fotos en la calle sosteniendo bouquets de flores, pero no van vestidas de novia y los ramos son pequeños. Supongo que se trata de las damas de honor, que están ensayando su outfit, como estúpidamente se dice ahora. Abundan las tiendas de vestidos de novia, como en Estambul y Palermo. Por lo visto hay sitios donde se casa mucho la gente.
- Riga tiene muchos murales callejeros que decoran las medianeras de las fachadas en los numerosos solares.
- Riga también cuenta con 800 edificios Art Nouveau, algunos de gran belleza. Pero otros muchos requieren una restauración que recupere su antiguo esplendor. No oculto que me han gustado más los de capitales que he visitado anteriormente.
- Veo muchas personas que rozan la ancianidad y aún están trabajando, lo que significa que no debe de haber ayudas sociales ni la garantía de una pensión para mantenerse dignamente.
- Compro en un súper “lomos de cucaracha seca, de espaldas”. La traducción es cortesía de Miss Google Lens, a quien no se le da bien el estonio. No le hago ningún caso y me los llevo para cenar. Resultan ser lomos de arenque desecado.
- El idioma de los nombres de las calles fue cambiando a lo largo de los siglos, según el régimen del conquistador del momento. Del letón al alemán y al ruso, con todas las combinaciones posibles de los tres, y todo para volver al letón. Todo un viaje lingüístico, avanzando en círculos para quedarse en el mismo lugar de partida.
- El paso subterráneo al mercado más famoso de Riga es descorazonador. Parece un viaje en el tiempo a la madrecita URSS. En este mercado se vende carne ahumada, una predilección local que es todo un gusto adquirido para mí. Vamos, que no he adquirido el gusto porque me resulta un ahumado tan sumamente exagerado que no puedo con él. Tambien son muy populares aquí las elaboraciones eslavas. Y las turcas, samsas y pavlavas. Venden tiras de frutos secos cubiertos de gelatina espesa en forma de churro que para mí gusto tienen un aspecto muy poco apetitoso. Otros platos que veo son Karinazte, cebureki, piradzini, belasi. Pruebo uno de ellos, no recuerdo el nombre, y resulta ser una masa que contiene carne picada. En un puesto del mercado, el vino y la cerveza se venden a granel, la gente guarda cola con sus botellas para que se las rellenen.
- Muchas personas que me cruzo hablan ruso, reconozco las pocas palabritas que me sé de ver películas de espías en la guerra fría. Según Miss Google, la lengua materna de un 36% de letones es el ruso.
- En Riga conviven los venerables tranvías antiguos con los modernos. Me gustan los tranvías, tan comunes fuera de España. Lo que me incomoda es tener que atravesar los railes al cruzar las calles.
- Me siento en un parque, junto a la catedral ortodoxa de S Kristus Piedzinsamas, porque veo una fila de bancos en la sombra, y aparte de descansar quiero recuperarme de la solanera que me está cayendo en mi caminata hacia el centro histórico de Riga. Mientras estoy sentada, con otras mujeres de varias edades a mi lado, ocurre un curioso incidente. Oigo Go, go, go! No he estado pendiente, pero por lo visto a dos bancos de distancia hay un hombre sentado al lado de una chica y muestra hacia ella una actitud amenazante. El que ha gritado la alerta ha sido un chico joven que pasaba en bicicleta. Una pareja joven con un bebé se para, y el papá se acerca a la chica a la que están molestando para preguntarle si todo va bien. No entiendo el letón, pero es fácil deducirlo porque ella sonríe y dice No, no. Pero la situación habla por sí misma, y el ciclista y el papá se quedan un poco alejados comentando y supervisando la escena, que efectivamente tiene todos los visos de una amenaza más que real, conforme al lenguaje corporal del acosador. En un momento dado, este hombre se mete la mano en el bolsillo, y me falta tiempo para olvidarme del cansancio, levantarme y alejarme. Al final, el acosador, consciente de que los otros dos le están vigilando de lejos, se marcha, no sin antes pegar mucho su cara a la de ella, decirle algo bajito y adentrarse en el parque. Espero por el bien de ella que no sea su pareja y no convivan juntos.
- Yo a este viaje me he traído un silbato, que llevo en el bolso. Oí en la radio que tres toques de silbato repetidos a intervalos son una señal de alarma para que acudan a auxiliarte. Y que si nadie llega, o la gente no entiende la llamada, como mínimo el ruido desconcierta al agresor y así ganas tiempo para huir, o el que con suerte se marcha es él.
- Subo a la Torre de S Pedro, sin gran mérito por mi parte porque hay un ascensor. Ofrece unas vistas panorámicas de todo Riga. Es una hermosa y magnífica ciudad, que deseo que alcance un buen nivel de vida lo antes posible. En esta iglesia hay unas cartelas que explican al detalle las migraciones protestantes que llegaron a esta tierra desde Rusia, donde los devotos de esta fe sufrían persecución. Hay un mapa con toda la evolución de las creencias religiosas en esta zona del mundo, con familias y pueblos enteros movilizándose de frontera en frontera. Yo sólo tengo una ambición en la vida, y es que no me la compliquen, por eso me cuesta comprender este tipo de fenómenos. Soy muy bruta, lo sé.
- Veo un Pedal Pub en el centro de Riga. Creo que no he mencionado hasta ahora estas bicicletas colectivas con bar incorporado, que he visto circular en varias ciudades europeas. Son una especie de tándem comunitario, donde al menos diez personas pedalean bajo una mesa con ruedas por debajo y un toldo por encima. A bordo de este complicado ingenio llevan música y un gran barril de cerveza, del que les sirve un barman como si estuvieran en la barra (móvil) de un pub. Esta especie de comuna ciclista va pedaleando, con algo de dificultad mecánica y etílica, que suplen con un entusiasmo burbujeante. Normalmente van muertos de risa, y algunos a punto de caerse de espaldas. Este Pedal Pub de Riga está aparcado, y aprovecho para tomar una foto. El barman me pregunta si le estoy filmando, y le explico que como no se me dan bien las descripciones, recurro a una imagen para mostrarla cuando vuelva a casa. Me cuenta que la iniciativa del bar cervecero con ruedas va viento en popa, y le enumero todas las ciudades donde ya lo he visto. Él añade Barcelona a la lista, y me invita a subir, pero le respondo que mi vértigo me lo impide aunque me gusta la cerveza. No miento: siempre que veo pasar un Pedal Pub, me da vértigo ver cómo los felices parroquianos de este bar rodante pedalean sin ningún arnés que les evite caerse de espaldas.
- Localizo, entre la lista de museos de Riga, el Museo de las barricadas. No lo visito, pero me resulta curiosa la iniciativa. Por lo visto, en Riga se produjeron enfrentamientos con las fuerzas del orden en los días previos a la independencia, y la población improvisó unas barricadas en las aceras.
- A orillas del río Daugava, encuentro una vitrina que resguarda una tosca figura policromada, referente a la Leyenda de la fundación de Riga. La figura es la del gigante Lielais Kristaps, que según un allendes medieval, debido a su altura ayudaba a la gente a cruzar el río y vivía en la otra orilla. Luego construyeron un puente, menos mal. Carezco de la paciencia necesaria para contar aquí la leyenda, pero no me voy a privar de expresar mi opinión: la figura, una talla en madera copia de un original del s. XVII, es bastante fea, y afea el agradable paseo de este bonito parque fluvial. There, I said it.
- Seguramente debería haber visitado el castillo y la torre del arsenal de Riga, pero me los salto. En cambio, paso por el Parque Vermanes, donde se ofrece un concierto muy animado en un acogedor auditorio al aire libre. Entre piezas de jazz y de rumba que pasan sin pena ni gloria, interpretan una canción melódica muy sentimental que funde los glaciales corazones letones que me rodean. Puede que la letra sea patriótica? Nunca lo sabré.
- Hago un recorrido por el llamado Moscú de Riga, el barrio que conserva más edificaciones de los tiempos del telón de acero.
Este barrio lo domina como un gigante la feísima Academia de Ciencias de Riga es un edificio soviético… pero menos. De cerca, es igual de feo, pero el ladrillo le da un toque un poco más cálido que el original de Moscú al que copia.
Se asemeja a la famosa Universidad Estatal de Moscú, el rascacielos más alto de las llamadas “siete hermanas”, que son las torres monumentales que se expandieron a lo alto y a lo ancho por todo Moscú durante la época estalinista. Desgraciadamente, se construyó una copia de estas monstruosidades en cada estado de la órbita soviética, y como resultado las tenemos “repes” hasta la saciedad. Como los templos del Imperio Romano, pero en mal gusto.
El resto del barrio es muy gris y bastante desagradable, aunque he leído que muchos artistas se han instalado aquí y que tiene mucho dinamismo y un gran ambiente bohemio. Al sol de la mañana ambas cosas brillan por su ausencia, porque estas tribus urbanas son noctámbulas por naturaleza. Termino marchándome, porque literalmente me cuesta andar por estas aceras faltas de mantenimiento.
También por allí visito la preciosa iglesia ortodoxa rusa (de la Anunciación? Miss Google no me lo traduce), que por fuera es de madera y por dentro es barroca. Data de 1760 y la fundaron los Antiguos Creyentes, una congregación ortodoxa que sufría persecución por sus creencias en Rusia, por eso buscaron refugio aquí. La llevan unas monjas, lo que significa que debes cubrirte la cabeza para entrar con unos pañuelos que te prestan. Yo prefiero usar la capucha de mi chaqueta deportiva. Lo siento, pero me parece muy antihigiénico tener que cubrir mi cabello con esos trapos que por su aspecto no se han lavado hace mucho. Mi caspa es mía y no me planteo compartirla con nadie, ni viceversa.
Por último, en este distrito se encuentra el Memorial del Holocausto, que contiene las ruinas de una Sinagoga atrasada durante la ocupación nazi.
- Tomo un tren a la cercana localidad costera de Jurmala y sus playas: la de Majori es la versión báltica de Arcachon. Hay muchas villas elegantes de veraneo en madera de la Belle Époque. Hay muchos pinares, y una duna. Y está rodeada de agua, entre el Mar Báltico y el río Lielupe, y un poco más al interior está el lago de Babites. El día está muy ventoso, y el mar muy picado, por lo que renuncio a mojarme los pies siquiera. Algunos valientes se empeñan en bañarse, pero el resto llevamos manga larga. Paso una tarde estupenda paseando entre preciosas mansiones, la mayoría en madera, bajo altísimos pinos. La calle Jomas es la más antigua de Majori, y es toda una hermosura. En suma, un lugar espectacular.
En Majori me cruzo con un grupo de ingleses jubilados admirando los jardines y las flores, no en vano son expertos en ambas cosas. Veo varios menores de edad, que tocan (muy bien por cierto) en la calle. Eso es explotación infantil, y la policía hace la vista gorda. Hay muchos rusoparlantes entre los paseantes.
Siguiendo la calle y pasado su mercadillo, se llega hasta Dzintari, la playa vecina dentro del término de Jurmala. En algunos tramos la calle Jomas me ha parecido un poco Disneland París, especialmente cuando llego a una iglesia ortodoxa que parece un muestrario de colorines (siento ser tan brutal, pero tengo demasiado respeto por las iglesias para no pensar que cuando las pintan así es un ultraje). De todos modos, según voy dejando atrás las tiendas me adentro en una zona residencial moderna de mucha categoría.
Para cuando llego a la playa de Dzintari, la ventolera se ha calmado y ha salido el sol. Estoy hambrienta, y compro unas rosquillas fritas en un puesto callejero. Por lo visto estos dulces se llaman vitalis (Vitali es un nombre ruso, por lo visto están bautizados, como nuestros miguelitos). Estos miguelitos letones llevan azúcar glass y me ponen perdida, pero están ricos.
Hago la digestión en el Parque forestal de Dzintari, donde admiro la espesura de los árboles desde una pasarela entre los pinos. En este parque hay un circuito de tirolinas y puentes colgantes para los niños, y una torre de 38 metros (unos 12 pisos de altura) desde cuya plataforma se ven las copas de los pinos y toda la línea de la costa. La torre se llama Observatorio Jurmala Tarzán. Con ese nombre, cómo resistirme? Sigo un impulso irreflexivo, y empiezo a subir ignorando mi vértigo. Los suelos y los escalones son de rejilla, así que la sensación de estar colgada en el vacío se va acrecentando conforme asciendo. Hay que bajar los vitalis, me digo para darme ánimos. Ya arriba del todo, mis temblores y mis sudores son recompensados con una vista circular verdaderamente espectacular. La espesura de la pineda es apabullante, si no estuviera en el Báltico me creería en la mismísima Costa Rica. Hago fotos, pero no me quedo mucho rato porque la plataforma vibra con los pasos de los que suben y bajan. El esfuerzo me pasa factura y tengo las piernas temblones el resto del día, pero para mí ha sido toda una proeza el haberme atrevido a subir.
Me entero de que hay cerca una estatua ecuestre del zar ruso Pedro I que se anuncia como atracción turística. La busco, porque me asombra que se le rinda tributo a este emperador que cañoneó Riga personalmente en el s. XVII. Sé que hay muchos descendientes de rusos que tienen segundas residencias en Jurmala, a las afueras de Riga, pero en fin, no me cuadra. Espero encontrarme la estatua en una glorieta o una escalinata o algo así…. pero resulta que está en un jardín particular perteneciente a un tal Jevgenius Gombergs. La historia de esta estatua es casi casi tan apasionante como la del propio Pedro I en persona. Se esculpió en la Belle Époque, cuando Letonia formaba parte de un ducado del Imperio Ruso. A su inauguración en Riga en 1909 acudieron los Romanov en persona, con el zar Nicolás II a la cabeza, ya que veraneaban allí. Para preservarla durante la Primera Guerra Mundial fue evacuada por mar, pero el barco se hundió en un ataque alemán. Se recuperaron los restos en los años 1930s, pero estaban bastante dañados y quedaron almacenados. Durante la época soviética llegaron a Riga expertos que los restauraron poco a poco a lo largo de las décadas, pero la estatua no se volvió a exhibir públicamente. Hasta los años 1990s, tras lograr la independencia, en que Letonia ofreció la estatua Moscú, pero parece que no había interés por parte rusa. No sabiendo que hacer con ella, la erigieron en un parque de Riga, pero a los tres días el clamor popular forzó a qué la retiraran. El mal recuerdo que había dejado Pedro I aún persistía. El emperador y su caballo pasaron otras dos décadas encerrados de nuevo en un almacén, hasta que un particular la compró, junto con otras estatuas por el estilo, y colocó estos caros adornos en su jardín, cuya verja es lo bastante baja como para permitir su contemplación sin mayores obstáculos. Me imagino lo que debe ser tener un desfile continuo de curiosos fotografiando su casa, como he hecho yo misma, y me pregunto si realmente le compensa tener plantado un emperador en su jardín. Debe de ser que sí. Hay gente p’a tó.
A las casas muy deterioradas de este bello paseo las cubren por completo con una funda, para que sigan siendo decorativas y no desentonen.
- En el viaje de vuelta a Riga, veo muchos hombres y mujeres maduras y hasta bastante mayores borrachos como cubas, literalmente haciendo eses. Han celebrado un día playero de esta manera. Me da mucha lástima. Pero es mi último día en Riga, y lo he disfrutado enormemente. Renuncio a visitar la ciudad medieval de Cese por falta material de tiempo. Y por el mismo motivo no me adentro más en territorio estonio. De nuevo llega la hora de hacer una mini-mudanza al país vecino, en este caso Lituania.
Al día siguiente continúo viaje por tren hasta Lituania. En el trayecto se manifiesta el caos organizativo de los ferrocarriles letones, y yo no debería criticar porque en España en los últimos años nos estamos luciendo en este aspecto. El caso es que la app de Interrail reserva el billete, pero no los asientos cuando se trata de este tipo de países donde las plataformas online no son fiables. Como es mi costumbre, intento reservar asiento días antes en la estación, que es lo recomendable. Allí son muy cortantes, no se paran a escucharme y me despachan con cajas destempladas. Que si voy a Lituania, compre online. Pero su plataforma no da la opción, y ellos lo saben. No soy la única damnificada, ya a bordo del tren hay personas de pie, porque encima los que sí tienen la posibilidad de reservar asiento, en primera, tienen también motivo de queja: un fallo del sistema ha duplicado los registros y algunos asientos tienen dos dueños. Es el juicio de Salomón, pero sin final feliz. Los controladores van de un lado para otro, imponiendo orden a las bravas, dando falsas esperanzas a los más insistentes y, en el caso de un hombre calvo y orondo, empatizando con los perjudicados. Se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, da unos suspiros que parten el alma. Viene a cobrarme los cinco euros de la reserva de asiento rezumando culpabilidad. Tanto le veo sufrir al pobre que le doy ánimos y le digo que en realidad este tren no debería tener tres vagones, sino el doble, que para eso estamos en temporada alta. Me mira con los mismos ojos que ponía el dibujo anime de Marco buscando a su mamá en los Andes. Mis dos Resilias han tenido más suerte que yo, porque están instaladas en la rejilla correspondiente, juntitas para hacerse compañía. Yo voy itinerante de un asiento a otro, de los que me van echando los legítimos propietarios antes de que sus duplicados les intenten echar a ellos, y así. Un señor particularmente desagradable me mira fatal. Yo ya tengo tablas y le devuelvo una mueca sardónica que sé que me sale muy bien. Al final, tras un breve calvario en el asiento desplegable, sí ese mismo, el que está justo donde se abre la puerta del WC… se manifiesta otra floración cular. Llega una señorita muy fina con la cabeza más fría y me pregunta qué hago en situación tan desairada. Enseguida me busca un asiento decente, y al final lo encuentra conminando a un joven a que saque su equipaje del asiento de al lado al que ocupa. Lo había colocado allí en medio de toda la crisis. Divino tesoro.
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