ESTONIA
En mi última noche en Tallinn intento hacer un resumen de los cuatro días que he pasado aquí, pero no consigo ordenar mis ideas, de modo que echaré mano de las ya acostumbradas notas desordenadas. Sólo puedo decir que si algún lugar verdaderamente se merece que se le aplique el calificativo de “cuento hadas”, desde luego es a esta bellísima ciudad portuaria, capital de Estonia y uno de los sitios más bonitos que yo he visitado.
Notas:
- Viajo en ferry desde Helsinki a Tallinn en una travesía que sólo dura dos horas y media, pero ya he comprobado anteriormente que me mareo a pesar de la biodramina, de modo que reservo una cabina para poder ir tumbada. Como además me he tomado una aspirina porque me he resfriado un poco, a pesar del café estoy dopada, y me quedo profundamente dormida. Me despierta la megafonía y corro a la planta de desembarque, junto con cientos de personas entre los que destacan por su colorido un equipo ucraniano de vela uniformado de azul y amarillo, que una vez en tierra suben a un autocar que imagino les llevará de vuelta a casa…. y les devolverá a la guerra. Se lo toman con mucho estoicismo, aunque supongo que la procesión va por dentro. Tampoco es que la gente de estos países sea muy expresiva, todo lo contrario.
- Una vez llego a la dirección de mi hotelito en Tallinn, me llevo la agradable sorpresa de que se trata de un edificio del s. XIV con todas las vigas expuestas en la mampostería interior (la fachada exterior es del s. XIX). Está situado a pocos pasos de la puerta sur de la antigua muralla medieval, de la que se conserva un extensísimo lienzo con la mitad de las cuarenta y tantas torres originales, algunas de las cuales tienen sonoros nombres. Esta puerta se llama la Puerta de la Costa , justo donde está la torre llamada de Margarita la Gorda (no es broma) porque es una torre circular muy ancha, ya que fue almacén de artillería.
- Pues bien, un poco más allá de Margarita la Gorda, a las puertas del viejo Tallinn medieval según se entra desde el puerto, he tenido la fortuna de alojarme yo. Cuando reservé, vi que era una casa antigua muy céntrica. Pero no me imaginaba que iba a vivir una aventura en una casa burguesa construida entre la Edad Media y el Renacimiento … Los muebles me recuerdan a los de los Paradores de mis años de niñez: ese inconfundible estilo castellano-quijotesco que, en un sainete español de los años 1940s (una cosa tremenda que se titula Canelita en Rama, con Juanita Reina), la genial Pastora Imperio llama “estilo remordimiento español”. Mi aventura no sale del ámbito doméstico, pero como éste es de época, digamos que la ambientación le da un cierto barniz de “remordimiento” a lo acaecido.
Voy con los hechos:
• Se abre el telón. Entro en mi habitación y me asomo a la ventana (da a la trasera de la muralla), reviso el cuarto de baño, los cajones, y el frigorífico… donde para mi espanto hallo una ensalada envasada a medio comer, con cucharilla chupada incluida. La llevo al lobby, donde encuentro a la recepcionista pintándose el otro ojo (el primero ya lo estaba ultimando justo cuando llegamos mis Resilias y yo). Musita Oh my God, sin soltar el pincel ni el espejo. Le coloco la ensalada, que luce más bien negruzca al sol de la tarde, delante de las narices y le digo que habría que tirarla. Le cuesta tomar la iniciativa, pero al fin reacciona. Sorry! Sorriada, hija mía. Pienso que todo castillo tiene un fantasma, y el que habita en estos lúgubres pasillos por lo visto está a dieta a base de ensaladas.
• Segundo acto. Vuelvo a la habitación, donde la llamada de la naturaleza me sienta urgentemente en el WC por la vía de la aritmética. La ecuación es la siguiente: barritas de cereales del desayuno + nervios del viaje por mar = apretón de los gordos. El tema es que suelto allí lo más grande, y a la hora de tirar de la cisterna… no ocurre nada. Insisto. Nada. Vuelvo a insistir. Mismo resultado. Reviso el grifo del latiguillo, los demás grifos. Todo correcto. Le grito a la vida unos cuantos palabros que me da vergüenza repetir aquí. Más calmada, mi parte práctica busca soluciones. También me da vergüenza relatar qué soluciones encuentro, todas ineficaces en tan grave aprieto. Qué situación de desamparo, madre mía. Y lo que más vergüenza me da es volver a recepción, donde supongo que la chica se está pintando ya la boca a estas alturas, para explicar el sucedido. Cuántas veces me he reído de los chistes escatológicos que relatan esta misma situación, sin saber que la iba a protagonizar alguna vez. Se me ocurre alargar la ducha de teléfono hasta la taza, y en cuanto tiro del cable, se oye un regurgiteo… y por fin entra agua en la cisterna… menos maaal… Este fantasma es, como en la obra de Nöel Coward, Un Espíritu Burlón. Pero se cansa de hacer travesuras y me deja en paz el resto de mi estancia. Lo que no me pase a mí!
- Enciendo la TV de mi habitación, y veo titulares en caracteres cirílicos. Creo que son las noticias locales, hasta que veo la bandera ucraniana en la esquina superior de la pantalla. Miss Google se entera de que se trata del canal 5 ucraniano (que antes pertenecía al magnate Poroshenko, anterior presidente de Ucrania). En los días siguientes voy a ver banderas ucranianas por todas partes, sin exagerar. Estonia no tiene frontera con Ucrania, pero sí muchos refugiados que se han instalado aquí. A una distancia prudencial, pero sin alejarse demasiado, imagino que pensando en volver en cuanto sea posible.
- Mi hotel está en la calle Pikk (calle larga) de la ciudad baja medieval, llamada Vanalinn. En la acera de enfrente tengo tres edificios del s. XIV que reciben el nombre cariñoso de “las tres hermanas”. La misma calle, la principal de esta parte de Tallinn, abunda en construcciones de época, pero estas son las más antiguas. Para estar a tono, sólo me falta la saya y el tocado con bonete y velo de Doña Jimena.
- En mis paseos, descubro toda la belleza y encanto de Tallinn, y decido darme el lujo de saborearla con calma los cuatro días de mi estancia, en lugar de utilizarla como base de operaciones para ir corriendo de una esquina de Estonia a la otra. Estoy algo cansada y me doy este respiro. En mi viaje en tren hasta Riga, Letonia, tendré ocasión de atravesar este pequeño país.
- De toda la ciudad baja medieval, lo que encuentro más auténticos es el callejón Sta Catalina verdaderamente evocador.
- Entre lo mejor de los souvenirs que pueblan los escaparates, abundan los géneros de punto y la artesanía en cristal. De lo más original que yo he visto, y eso incluye Praga. Entre lo peor, los efectos militares soviéticos y los huevos Fabergé de plástico-fantástico. Mon Dieu. Pero cuando se me salen los ojos es al ver que se vende un tablero de ajedrez (gran afición aquí) de la guerra fría. Los peones son, por un lado, los gobernantes soviéticos desde la guerra fría a la perestroika, y por otro, los presidentes de los EE UU contemporáneos de aquellos. Me pone los pelos de punta pensar que Putin y Trump podían jugar una partidita hoy mismo, de hecho la llevan jugando mucho tiempo ya.
- He tenido la suerte de no coincidir con demasiados rebaños de turistas en mi viaje, pero estamos en temporada alta y es inevitable. Hay muchos alemanes, italianos, franceses…. y sobre todo españoles. Oigo a los diferentes guías al pasar, recitando sus salmodias ante sus rebaños multiculturales. La mayoría van desgranando la larga lista de agravios, desgracias y reivindicaciones de los mártires de su patria Estonia. Pero también añaden algunos chascarrillos y detalles curiosos, para aligerar un guiso que, si no, resultaría demasiado espeso. Entre las curiosidades que oigo al pasar:
• Hay un enorme agujero de forma rectangular en un lienzo de la muralla. No se debe a ningún bombardeo, sino a una necesidad: en la ciudad alta había un restaurante que era el preferido de los gobernantes del partido comunista, pero debían dar un rodeo muy grande para acceder porque los coches oficiales no cambian bien en aquel hueco. El agujero da testimonio de que solucionaron el problema por las bravas. Ellos ya no están, y este sería el hueco que dejó su no presencia, que aún se hace notar. Esto último me lo imagino yo, porque si no, a qué viene dejarlo sin tapar y no restaurar el monumento?
• Según una guía que alcancé a oír, el ámbar que se vende en las tiendas de Tallinn… en realidad viene de Polonia.
- La presencia de los ucranianos se hace notar en muchos rincones de Tallinn. Mi hotel está cercano a la embajada rusa, custodiada por la policía y rodeada de vallas (supongo que para protegerla). La entrada principal está bloqueada y sólo queda una puerta secundaria para acceder. Las vallas están cuajadas de carteles de protesta y denuncia, pañales “ensangrentados” con tinta roja, fotografías dantescas de masacre y destrucción, y todo tipo de mementos del martirio del pueblo ucraniano. Los turistas nos paramos a leer los carteles. El guardia de seguridad nos contempla con cara de póker desde el interior.
Hay también muchos negocios ucranianos con mensajes reivindicativos en el escaparate, y la bandera de Ucrania está omnipresente. En los edificios oficiales estonios. En los comercios de todo tipo. En casi todas las embajadas de la UE, incluida la española (Excepción: la italiana. Ay, Meloni…).
- Y es que esta es la ciudad de las banderas, yo nunca he visto tantas concentradas en un espacio tan reducido. No sólo las oficiales, o las reivindicativas, sino que aquí izan una bandera por cualquier cosa, es como un tic que no pueden evitar. Los bares, las tiendas y todo tipo de locales tiene su mástil(es) con su(s) bandera(s). Si la fachada no es muy ancha, sólo hay una o dos. Si la fachada da para ello, hay una ristra de mástiles que parece la de las Naciones Unidas, porque como mínimo suman a la de su país la de Ucrania, la de Estonia y la de la UE. Hay veces que quieren quedar bien con todo el mundo, y añaden la bandera de la región y la de la ciudad. Es el paroxismo abanderado, que me cansa la vista… La gota que colma el vaso es cuando me desplazo a una pedanía del extrarradio llamada Nomme. Y en su centro cultural municipal veo… una bandera verdiblanca. “Manque pierda”? pienso, porque a lo mejor hay una peña bética por aquí, nunca se sabe… Pero no, nada que ver con el Betis Balompié… es la insignia municipal. Qué manía con los trapos de colores, oiga.
Pero es comprensible que la nación Estonia esté bastante obsesionada con los símbolos patrios, porque este país, en su reencarnación actual , sólo tiene 35 años de edad, y ha sufrido un largo y penoso camino por la historia para llegar hasta este punto. Consiguieron independizarse de Rusia cuando ésta acababa de finiquitar la Unión Soviética tras la caída del muro. Al final de la perestroika, Boris Yeltsin permitió la escisión de Estonia, y posteriormente se unieron a la UE, adoptando el euro. Ese es el final supuestamente feliz de una sucesión de invasiones a manos de los suecos, los alemanes y los rusos en los siglos pasados.
Según leo en el suelo de un pasaje en calle Lai (calle ancha, la paralela a la calle Pikk), en la ciudad medieval baja, el sentimiento nacionalista empezó a florecer con fuerza a partir del s. XIX, con el romanticismo y la revolución industrial. Yo ya he dicho antes que, copiando a Santiago Rusiñol, opino que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Pero hay veces que también es un arma para la mera supervivencia, y en entornos tan castigados como este me parece que más que enfermedad aguda, es una dolencia crónica sin curación posible. En fin.
- No sólo hay en Tallinn una comunidad ucraniana exiliada, sino también una bielorrusa, y no he podido comprobar si también georgiana. Son muchos los damnificados del Kremlin que paran aquí. También muchos rusos, desde generaciones atrás, se han establecido en Tallinn y se han quedado tras la independencia. La catedral ortodoxa de San Alexander Nevsky, en la antigua ciudad alta o Toompea, mueve toda una comunidad de rusos expatriados. Y no sólo en el plano religioso, según leo en los carteles en el nártex (el atrio del templo) que me traduce Miss Google Lens, sino en el ámbito de una comunidad con una cultura y unos intereses comunes.
Por cierto que cuando entro en este gran templo ortodoxo los sacerdotes están en medio de unos rezos y cánticos totalmente exóticos para mis oídos, y decido quedarme en un rincón para contemplar la escena, que me parece tan medieval como la ciudad misma. Los cánticos provienen de esa parte del templo donde estaría el altar, pero que está oculta a los fieles tras una especie de biombo dorado que se llama iconoclasto, con puertas decoradas con cuadros y con iconos de santos. La ceremonia que estoy viendo ocurre en una esquina de la nave central e incluye dos sacerdotes con casullas doradas. Uno de ellos lleva melena y barba largas, mueve un incensario delante de un icono, y recita unas salmodias que son contestadas de vez en cuando por los fieles, la mayoría señoras tocadas con un velo o un pañuelo, a las que el sacerdote da la espalda en todo momento. Se encienden velas, se besan iconos, se recitan cantos, y a cada responsorio los fieles se santiguan al revés. Entre tanto, un sacerdote le pasa a otro los papelitos con las peticiones que algunas de estas señoras han escrito previamente en un mostrador. Esto me lo imagino yo, porque me parece evidente que son peticiones por la forma de escribirlas y por la urgencia con la que una de las señoras busca al sacerdote para entregarle en mano su nota. Por cierto que este hombre lee y relee la petición varias veces, o se trata de algo tremendo, o sencillamente es un cotilla. Espero largo rato, porque tengo curiosidad por ver si el celebrante eleva la petición de esta mujer tan apurada a los cielos, pero la cosa me va resultando interminable y al final me marcho. Si hubiera habido algún banco para sentarme quizá habría aprovechado para descansar, que es mi motivación principal para entrar en una iglesia cuando fuera hace frío o calor. Pero casi no hay bancos en los templos ortodoxos. En Grecia me dijeron que, en el rito ortodoxo, los fieles deben permanecer de pie todo el tiempo por larga que sea la celebración, y las únicas excepciones son los ancianos enfermos y las mujeres embarazadas.
- El ceremonial ortodoxo reúne todo lo que me provoca rechazo de las creencias religiosas, con sus costumbres populares rayando en la superstición y su estricta rigidez en la observancia de unas normas totalmente sobrepasadas por el progreso. Se ve que no tuvieron un Papa Juan XXIII ni un Concilio Vaticano II y no han variado casi nada desde el Cisma de Occidente. Opinión personalísima que quizá San Pedro me reproche cuando lea la larga lista de mis pecados antes de expulsarme del paraíso. Chi lo sa.
- La Ciudad medieval alta, Toompea, era donde vivían los nobles y creció en torno a un castillo fortaleza que actualmente es la sede del parlamento estonio. Leo que desde lo alto de su torre, llamada Pikk Hermann, hay unas vistas maravillosas de la ciudad amurallada. Desoyendo a mi vértigo, decido subir. Pero le doy dos vueltas al edificio y no hallo ningún cartel, ni la menor indicación. Esto es muy propio de estas tierras, donde si quieres visitar algo sin contratar un guía turístico te tienes que buscar la vida, como un detective privado en su tarea de desentrañar un gran secreto. Miss Google no puede ayudarme, porque en su eterno optimismo californiano me insiste en que la torre es visitable. Al final se impone la lógica: veo obras en el patio interior del castillo, y el parlamento está en receso por las vacaciones de agosto, ni siquiera hay militares en la puerta haciendo guardia ni ningún funcionario a quien preguntar. Ergo, las instalaciones están cerradas al público.
- Pero no me quedo con las ganas de contemplar la ciudad baja o Vanalinn desde la alta o Toompea… porque hay dos miradores, en sentido opuesto además, que ofrecen maravillosas vistas panorámicas que llegan al mar. Qué lugar tan hermoso. Por las tardes hay que guardar cola para abrirse paso hasta el borde, pero por las mañanas está semi vacío y puedes gozar de él a tus anchas.
- En muchos rincones hay monumentos patrióticos, o que homenajean a grandes figuras políticas, a intelectuales o artistas. Destaco, por lo curioso que resulta, el monumento a Juhan Smull, pasada la plaza del mercado de la ciudad baja. Este señor fue un escritor e intelectual importantísimo, miembro del partido comunista sovietico y gloria nacional. Pero ay ay ay, en 2003, cuando llevaba tiempo fallecido y estaba en plena gloria póstuma, se confirmó que había colaborado con las autoridades soviéticas para delatar a muchos estonios disidentes, y luego deportarlos a cárceles en territorio de la URSS. Gran desilusión, y consiguiente debate: Qué hacemos con este pedazo de bajorrelieve, que ha costado una fortuna y además es obra de un escultor célebre, lo arrancamos y lo escondemos, o lo dejamos donde está? Se decidieron por la segunda opción, pero añadiendo debajo una placa bilingüe que denuncia su culpa y su complicidad. Supongo que era la opción más barata también. Hay que ser prácticos en la vida.
- Frente a este bajorrelieve, y para compensar la balanza, hay una estatua dedicada a Jaan Kroos, otro escritor célebre más reciente, que recibió varios premios internacionales y parece ser que es muy conocido en el extranjero. Ni qué decir tiene que denunció los abusos de poder del régimen soviético y fue un defensor de los derechos humanos cuando Estonia estaba aún tras el telón. Su estatua le muestra con una expresión meditabunda pero amable.
Junto al enorme edificio de la ópera, está el también enorme busto de Konstantin Pats, presidente de la república estonia justo antes de la Segunda Guerra Mundial, tras la cual el país perdió su independencia para ser un estado satélite de Moscú durante 50 largos años. También hay un relieve en reconocimiento a Boris Yeltsin, que se prestó a que Estonia consiguiera de nuevo su independencia en los 1990s
- En tiempos más lejanos, Estonia fue colonizada por los caballeros teutones germanos, y luego fue conquistada por los cruzados suecos. Fue una colonia sueca en el s. XVII, pero el alemán aún era el idioma de las clases altas. Más tarde, como resultado de las guerras territoriales entre Suecia y Rusia, más el embrollo que supusieron las campañas napoleónicas, Estonia pasó a formar parte de un ducado del Imperio Ruso. Hasta que, en 1909, consiguió su primera independencia. La primera república estonia duro poco, porque a lo largo que los movimientos de tropas de la Segunda Guerra Mundial fueron variando las líneas del frente, Estonia cayó bajo la influencia del ejército rojo. Y acabada la contienda, con la excusa de que se habían producido altercados en las calles contra el invasor, el Kremlin se apropió de Estonia como estado satélite de la URSS. Hasta que, desmantelada la Unión Soviética, nació la segunda república estonia, que constituye el país actual. Esto es lo que he podido sacar en claro de una historia complicadísima y muy sangrienta. Supongo que en las otras dos repúblicas bálticas que me dispongo a visitar, me voy a encontrar con relatos muy similares.
- En mi experiencia, las maneras aquí son tirando a bruscas. La gente es tirando a descortés, no es demasiado refinada. Las formas son cortantes, el talante no llega a ser agresivo pero me da la impresión de que se queda con las ganas. Los profesionales de la hostelería son meramente correctos, la mayor parte de las veces no despegan los labios y se muestran indiferentes, con algunas excepciones en que se resultan bastante más acogedores y hasta simpáticos, dependiendo de la categoría del local. Pero fuera del ámbito turístico, algunas personas te miran fijo con hostilidad mal disimulada. Y en los barrios, te hacen el vacío en las tiendas, pero te curiosean descaradamente por la calle. No sé si es una herencia de la era soviética o es que sus antepasados ya eran así de nacimiento, y lo llevan en los genes. Yo acepto y a veces hasta comparto las formas de confrontación que reconocen al contrario contra el que se expresan. Pero esta antipatía solapada y medio autista de estos países donde nieva tanto, reconozco que hay veces que me sulfura. Si me consideras un adversario, dímelo mirándome a la cara, al menos.
- Hay junto a la estación de Balti Jaam un mercado gourmet o food hall, llamado Balti Jaama Turg. Entro porque empieza a llover y además necesito un WC. Resulta ser toda una experiencia, con viaje atrás en el tiempo al otro lado del telón de acero incluido.
Dentro se vende un poco de todo, pero en la sección “deli” para hipsters encuentro sándwiches veganos, envasados de tal manera que a la vista parecen un terrario que contiene todo un ecosistema vegetal. Llego a la conclusión de que en estos recintos se come con los ojos, es decir, que la decoración es casi más importante que las delicatessen que allí se sirven. Pruebo los cheese biscuits (no recuerdo el nombre estonio), son una especie de torreznos pero de queso. No están mal. Compro una especie de bollo de masa frita que contiene carne picada, cuyo nombre impronunciable y he olvidado. En el piso de arriba hay un extenso anticuario, que exhibe todo tipo de cachivaches, muchos de ellos son un recuerdo de los tiempos soviéticos. Los maniquís que llevan ropas típicas del folclore local, o uniformes militares soviéticos, tiene un cartel colgando del cuello que pone: Si vas a hacer una foto, cómpralo primero. No se dan cuenta estas gentes de que en el mundo capitalista las cosas suelen funcionar en el orden inverso. Es la foto y su difusión en redes la que provoca el deseo de comprarlo…
- En general veo a Tallinn más ligada a la Europa del Este que a la UE. Hay muchos detalles que me demuestran, o al menos así lo creo, que hasta aquí no llegan todavía las influencias de los modos y costumbres que damos por sentadas en la parte occidental del continente.
- Un ejemplo tonto, en lo que a mos medios de comunicación se refiere: En la ciudad vieja, que rebosa de turistas, casi no veo prensa extranjera, sólo local. No encuentro las habituales revistas de cotilleos estilo nórdico, donde se desmenuzan semana a semana las andanzas del hijo delincuente de Mette-Maritt en la familia real Noruega, o las supuestas desavenencias entre los suegros, los yernos y la nuera en la familia real sueca. Las revistas que cubren la programación televisiva no tienen en portada a las estrellas internacionales. Los medios de comunicación informan sobre un microcosmos mayormente regional.
- Me he quedado todo el tiempo en la encantadora Tallinn, pero me apetece explorar un poco las afueras. Voy en tren de cercanías hasta Nömme, antiguo poblado y hoy extrarradio. Un rico excéntrico de construyó allí en el s. XIX una mansión tamaño chalet estilo castillo suizo, con sus falsas ruinas medievales, y sus almenas y todo. Este señor era al parecer bastante excéntrico, y cedió los terrenos de su inmensa finca a la población, que la urbanizó construyendo preciosas casas particulares con jardín. Las que han llegado hasta nuestros días son de los años 1930s-40s. Disfruto mucho de este paseo. Desgraciadamente tengo que renunciar por falta de tiempo a desplazarme a ciudades más lejanas como Narva, Tarvu y el parque natural de Laheema. He decidido concederme unos días sin prisas, y no me arrepiento.
- Voy a la estación de Tallinn el día antes de salir de Tallinn para Riga, porque Interrail me indica que, aunque tengo el viaje comprado, en este trayecto es obligatorio que reserve plaza. Normal, son seis horas y media de trayecto. El caso es que la estación tiene un edificio que está totalmente invadido por locales comerciales, y doy un par de vueltas hasta dar con las instalaciones propias de una línea ferroviaria.
Digamos que en la estación de Tallinn la billetería (un mostrador nada más) y sala de espera (cuatro filas escuetas de asientos) están muy bien escondidas entre multitud de tiendas y restaurantes. La joven empleada del mostrador está ensimismada en sus meditaciones, y yo, que soy la única persona a la que debe atender, he tenido la osadía de interrumpirla para informarme sobre una reserva de asiento. No tiene otra cosa que hacer, pero simple y llanamente no está muy comunicativa, aunque habla bien inglés. No sabe, aunque sí contesta, pero lo que contesta se resume en que no sabe. Su consejo es que mañana, una vez ya dentro del tren, pregunte de nuevo. Cuando me doy por vencida porque es inútil insistir, le doy las gracias por nada y me voy, sumida en la perplejidad y en mis propias meditaciones.
- La impresión general que me llevo de Tallinn es que esta gente vive todavía instalada en buena medida en la era soviética. Cero estrés (para ellos, claro) y muy poca iniciativa. Pero los tiempos en los que papá-estado decidía todo por ellos ya pasaron… hace 30 años largos. Y por lo que he observado estos días, las personas jóvenes, que por edad ni siquiera habían nacido en 1990, mantienen una actitud bastante pasiva en general. Quizá hagan falta más generaciones para incorporarse a la ferocidad del mundo ultraliberal que apunta el siglo XXI, no lo sé. Lo que sí sé es que mi estancia aquí ha coincidido con unos días un poco hormonales por mi parte, y esta gente me ha terminado poniendo de los nervios nerviosos… creo que la culpa la podemos repartir al 50% entre las partes.
Al día siguiente hay una persona distinta en el mostrador, que me aclara que en Estonia los billetes de segunda clase no requieren reserva. No me podía haber dicho lo mismo la joven de ayer? Divino tesoro … En cuanto a las reservas en Letonia, me advierten que en la estación de Riga no me va a atender nadie, y que les escriba un correo electrónico, a ver si me contestan a tiempo.
- Por un lado hay justas quejas por haber sido invadidos y conquistados tantas veces por potencias extranjeras, y por otro una cierta nostalgia de aquellos tiempos trágicos y siniestros. Lo atestiguan los siguientes museos: Museo de Tortura medieval (?) Museo de las condecoraciones napoleónicas (??). Museo del arsenal de los tiempos de guerra (???). Museo de los tiempos soviéticos (????).
- Leo que una forma tradicional Estonia de resolver los conflictos desde el siglo XIII era la lucha de dedos, que es exactamente como suena. Dos hombres se cogen de los dedos índice y corazón y tiran del contrario, cada uno hacia sí. Gana quien no se rompe ningún hueso, supongo.
- Hay en la zona más moderna de Tallinn unos antiguos almacenes portuarios, construcciones de ladrillo ahora reconvertidas en centro comercial al fresco, con mobiliario urbano de diseño muy original. El complejo tiene el nombre de Rottermani Kvartal. Muy acogedor y elegante.
- El Tallinn moderno está en plena fiebre constructora y aún se está ultimando, pero lo ya construido les está quedando muy chulo. Las construcciones más modernas se están levantando justo frente a unos edificios negruzcos y descascarillados de épocas anteriores menos gratas, en el barrio de Kompass.
- Hasta ahora he visto el viejo Tallinn medieval, el Tallinn de más reciente construcción, pero… entre uno y otro la gente vivía en los barrios, donde están estos barrios cotidianos? Me propongo buscarlos, y al fin los encuentro. Hay enormes edificios grisáceos a la soviética, casas de vecinos con grandes patios interiores, y algún que otro edificio antiguo de madera entremedias.
- La época soviética debió ser el paraíso de las personas sin ambición ni imaginación: el estado te proveía de todo lo necesario para que te pusieras a su servicio y fueras productivo, es decir, para que trabajaras y engendradas hijos. Lo demás ya te lo daban ellos pensado y decidido. Mi guía de Bulgaria me contó muchos detalles de la vida de sus padres y abuelos: según tus resultados académicos, te destinaban a un determinado empleo, en el que no ibas subiendo de nivel por meritocracia sino por necesidades de la producción, por lo que esforzarse y tener iniciativa resultaba bastante inútil. En cambio, sí que se premiaba la fidelidad al régimen, si le demostrabas lealtad activa y cumplías determinadas tareas, como hacer de espía y delator o de propagandista y propagador de la palabra, haciendo proselitismo. De joven te daban un apartamento pequeño, y según el número de hijos, con el tiempo te cambiaban a uno más grande. Cuando por edad te retirabas de la actividad laboral, no podías aspirar a unos cuidados y comodidades extra porque a todos les correspondía lo mismo, a menos que formaran parte del aparato del partido o fueran familiares de los oligarcas. La corrupción era salvaje, pero estaba prohibido mentarla siquiera. El clima era de intrigas, denuncias y purgas. Los que se atrevían a disentir eran silenciados y apartados. Los demás vivían en la inopia, o lo fingían. Debe haber gente nostálgica de aquellos tiempos, en los que la vida cotidiana equivalía a una rememoración continua de los actos heroicos de la revolución y la guerra, como si ambas cosas estuvieran aún presentes por haber ocurrido ayer mismo. Si eras obediente no tenías sobresaltos, pero estabas condenado a vivir una existencia gris. Tan gris como estos edificios que estoy pasando.
- Finalizo este batiburrillo mal hilado sobre Tallinn con este detalle. La ciudad vieja es medieval, y sus adoquines también lo son. Me queda grabado, no en la memoria, sino en la planta de los pies, que son adoquines a lo bestia. En mis paseos he purgado aquí todas mis culpas anteriores y también las futuras. Creo que estoy más que perdonada.
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