17.9.25

NÜREMBERG

 NÜREMBERG


La segunda ciudad de Baviera está doblemente marcada, por los unos y por los otros. El partido nazi la convirtió en su sede preferida para celebrar sus grandes concentraciones, porque era aquí donde los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico celebraban sus Dietas Imperiales, y al führer le dio por recrear toda esa parafernalia medieval. Y más tarde, en la posguerra, los aliados la eligieron para sus juicios a toda la alta jerarquía derrotada y cautiva del Tercer Reich, porque a) las instalaciones de su palacio de justicia habían quedado intactas y eran enormes. b) debían humillar simbólicamente al bando vencido en el lugar más icónico posible, y Nüremberg era el sitio ideal. 


Pero nada de esto se percibe hoy día en sus calles. Una persona que no tenga ni idea de historia (cualquier veinteañero millenial, sin ir más lejos) y que llegue aquí por primera vez, se va a encontrar con una ciudad encantadora, con un casco histórico medieval precioso. Totalmente reconstruido, porque en bombardeos de hasta cuatro horas los aliados destruyeron el 90%, y en 1945, con más de 6.000 muertes locales, a esta zona la llamaban “la estepa”. 


Es difícil no sustraerse a estos datos cuando se pasea en 2025 por esta ciudad tranquila, con cierto aire provinciano, donde sus habitantes llenan sus calles al atardecer caminando sin prisas entre los puestos de comida y las terrazas. Hay unos pocos turistas, mucha juventud universitaria internacional, y también veo muchos musulmanes, algunos subsaharianos y latinos, y hasta oigo a unas cuantas personas hablar en dialecto italiano. Los hijos de la emigración no pierden sus raíces, como debe de ser. Me pregunto qué pensaría el führer si se diera una vueltecita y viera “su” Nüremberg poblado por gentes de razas y religiones diversas conviviendo en la calle sin aparente dificultad. Le daría un soponcio, y lástima no poder ver su cara al comprobar cómo su “misión de renacimiento nacional” no ha servido para nada 80 años después. Que no haya segunda parte de esa “misión” se antoja complicado hoy día, es cierto, pero no imposible. Las cicatrices de los errores del pasado creo que están demasiado recientes en lugares como este como para obviarlas. El proceso de sanación debe seguir adelante. Qué pesada y que pedante me pongo a veces. 


En Nüremberg estoy alojada en un hotel de categoría mediana, porque tras experimentar en Colonia con los límites de la falta de higiene, mi piel ansiaba darse una ducha en un cuarto de baño limpio. Este hotel está a dos minutos de la estación y frente a la Frauentorturm, una de las grandes torres cilíndricas de la muralla medieval. Quedan lienzos muy extensos de esta muralla, que se pueden recorrer en altura por unos pasadizos de madera techados. Leo que en su día había cientos de torres porque este, junto con la fortaleza, era un sistema defensivo de los más sofisticados de la época. En pie quedan muchas torres aún, aunque yo sólo localizo cuatro, la verdad. Parece que muchas de ellas albergan instituciones y sedes de empresas, lo que las hace menos identificables. Lo que sí localizo, para mí horror, son dos enormes ratas que se persiguen entre los matorrales junto a uno de los codos de la muralla, por lo que mi intención de recorrerla la olvido en el acto para ponerme a salvo lejos de allí. Ya he mencionado mi poco apego al reino animal, y más si encima transmite la peste bubónica, que sería lo apropiado en este contexto medievalizado. 


But I digress, me enrollo. Desde mi hotel entro en el casco antiguo a través de la torre de Frauentorturm, y allí me encuentro con un recinto que contiene unas casitas con fachadas de entramado de madera y unas callejuelas adoquinadas. Hay tabernas tradicionales y tiendas de artesanía, y no puede ser más bonito. De noche, una de las casas funciona como club con música y copas, y los estudiantes se congregan en la puerta bajo las luces de colores. Me encanta que los monumentos tengan una utilidad práctica que les incorpore a nuestro tiempo. No todo edificio antiguo tiene por qué convertirse en museo. 


Las iglesias de Nüremberg son numerosas y a cual más bonita, pero yo dirijo mi atención a otros puntos porque a estas alturas del viaje tengo empacho de iglesias. Pero cuando paso por delante de San Lorenzo al atardecer, y veo su fachada iluminada por la luz amarillenta de la larga puesta de sol otoñal, con nubes negras de tormenta a su espalda, me quedo mirando largo rato. Tan bonita resulta la visión de esta joya del gótico alemán, que muchos lugareños también se paran a hacerle fotos. Y por si fuera poco, empieza el campaneo que marca las siete de la tarde. Precioso espectáculo. 


El atardecer también lo contemplo desde los dos puentes sobre el río Pegnitz, el Museumsbrücke (del Museo) y el Heilig Geist Spital (del Espíritu Santo). En la llamada Plaza del Mercado hay otra iglesia preciosa, la de Nuestra Señora, cuya fachada me recuerda a un órgano. Tiene un carrillón muy bonito que no tengo la suerte de ver funcionando. Enfrente hay una fuente muy llamativa, la de Schönner Brünnen, una columna gótica con figuras policromadas, supongo que de santos y héroes. Aunque a mí la fuente que más me gusta de todo Nüremberg es la originalísima alegoría que se colocó en los 1980s frente a la Torre Blanca, en otra plaza más comercial. Ésta fuente de llama de Ehekarrussel (el Carrusel del Matrimonio), y es un prodigio de imaginación. Todas las etapas de la vida matrimonial, desde el arrobo inicial a la sexualidad, las disputas acaloradas y la muerte que los separa, están representadas aquí con enorme despliegue de imaginación y de medios. En otra plaza hay otra fuente más pequeña, titulada NärrenSchiff (El barco de los locos), y es del mismo autor, Jürgen Weber. La originalidad del arte contemporáneo germánico que he podido ver por las calles en este viaje me deja siempre impactada. Aquí no pecan de falta de ideas precisamente. 


El castillo de Nüremberg no sólo es muy bonito, sino que es uno de esos monumentos que se presta a llevarte lejos del momento actual, en un viaje atrás en el túnel del tiempo. Parece que era la fortaleza más inexpugnable de su tiempo. Su Torre Sinwell es la que más llama la atención del conjunto. No muy lejos de allí y junto a la muralla se encuentra la casa de Alberto Duero, que vivió en ella unos veinte años. No puedo entrar porque llego fuera de horario, pero por fuera es toda una belleza, con su entramado de madera y su tejado irregular. La obra de este artista enigmático es de lo mejor que ha dado el Renacimiento alemán, y me parece recordar que nadie ha podido descifrar por completo su grabado titulado “Melancolía”. Me gustan mucho las cosas que escapan a nuestra comprensión y a las que no se les puede aplicar estrictamente la lógica, porque crean una expectativa y un misterio muy estimulantes. No les doy ninguna transcendencia para aplicarles algún tipo de explicación sobrenatural, porque no se me da el pensamiento mágico-divino. Simplemente me parecen un reto mental muy atractivo, precisamente porque son una ecuación sin solución. Duero, cultivó el simbolismo avant la lettre, como El Bosco, Bruegel, como William Blake, Lawrence Sterne, Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud, Alfred Jarry, y tantos otros creadores que le dieron al surrealismo antes de que este se inventara. Me he puesto pedante de nuevo, qué manía. 



BAYREUTH

Me escapo a Bayreuth, a sólo una hora en tren desde Nüremberg. Allí me doy una vuelta por todos los lugares emblemáticos relacionados con Wagner, que pasó allí los últimos años de su vida en una gran casa llamada Villa Wahnfried (“paz/un respiro de la locura”, o algo así). En su jardín está enterrado este grandísimo compositor, genio creador del espectáculo total en la ópera … y ser humano bastante despreciable, narcisista, egoísta, racista, aprovechado y profundamente antipático. Estaba endiosado hasta límites difícilmente soportables, y la convivencia con él destrozó anímicamente a su primera esposa. La segunda en cambio, la famosa Cósima, hija de Franz Liszt, le seguía la cuerda y se convirtió, ella y sus descendientes, en la guardiana de todo un legado ideológico claramente precursor del nazismo. No en vano el hijo Sigfrid y su mujer eran íntimos del führer. Teniendo todo esto en cuenta, y aún siendo admiradora de su música, me acerco a la lápida sin nombre de su tumba (un alarde de falsa modestia muy propio del personaje) y aprovechando que los turistas que se hacían fotos ya se han marchado, acerco mi cara al mármol y le digo, en voz muy alta: Imbécil. Es un desahogo cobarde, porque sé que no puede responderme. Pero también sé que le hubiera enfadado verse insultado con un término muy por debajo de su gran capacidad intelectual, por eso lo he escogido. Se merece insultos más fuertes, pero no me da la gana de darle una importancia que no se merece. Dicho esto, de adolescente me he llegado a emocionar hasta las lágrimas  escuchando la escena de la muerte en Tristán e Isolda, aún se me pone la carne de gallina con la obertura de Tannhäuser, y me sigue pareciendo que toda su obra alcanza unas cotas de fantasía nunca superadas. Lástima que este señor se hiciera un autosabotaje de lo más rastrero al adscribirse a una ideología tan furibunda como asesina. Un fanático impresentable, eso era este grandísimo compositor, y no lo puede negar nadie. De hecho, en el jardín de su teatro hay una exposición con unas cartelas bilingües que denuncian el antisemitismo del personaje y de su familia. 


Llego tarde al horario de visitas de este teatro tan costoso, que tan amorosamente le regaló el rey loco Luis II de Baviera, al que Wagner se arrimó para que le pagara las deudas y le financiara sus óperas y su lujoso modo de vida. Luis II se llegó a gastar una verdadera fortuna en su ídolo, por cierto a costa de las arcas del estado, hasta que sus propios ministros tuvieron que poner coto al asunto. Este teatro de Bayreuth es un buen ejemplo del dispendio, pero también de hasta qué punto las ideas geniales de Wagner fueron innovadoras y crearon los espectáculos tal como los concebimos ahora: por primera vez, la sala permanecía a oscuras para que la gente no estuviera pendiente de dejarse ver y ser vistos, sino de la ópera que se desarrollaba en el escenario. Además, escondió la orquesta de la vista, para que no hubiera un foso donde las evoluciones de los músicos pudieran distraer la atención. Genial. Pero casi me alegro de haberme perdido la oportunidad de ver el interior, porque hoy tengo el día hormonal y estoy, yo también, muy subidita de tono. Lo mismo se me escapaba otro “imbécil”, y a ver cómo le explico yo al guía que no iba dirigido a él. 


Bayreuth, tiene mucho que ofrecer al margen de Wagner, aunque acumula muchas figuras del compositor en sus calles, de todos los tamaños y colores (hasta el disco en verde del semáforo representa a un director de orquesta batuta en mano). Me paseo por sus calles y sus plazas, que tienen un regusto barroco en buena parte del casco histórico. En la preciosa plaza Ehrenhof hay una fuente barroca y una estatua de Maximilian II, el padre del rey loco. El Palacio Viejo o Hermitage es muy impresionante, junto a unos jardines con fuentes en piedra y estanques sobre los que flotan las hojas secas que el fuerte viento va arrancando en cada ráfaga. Para mi gusto, pocas cosas superan a un jardín histórico en otoño cuando huele a hierba húmeda y te acompaña el rumor del viento en las ramas de los árboles y el crujido de las hojas secas caídas al pisarlas. Tras ponerme pedante, ahora lo supero poniéndome cursi. Una es así. 


El teatro barroco tipo italiano llamado de Margrave tampoco está abierto, pero por las fotos publicitarias se ve que por dentro es muy rococó y muy lujoso. Las iglesias del casco histórico son también muy bonitas, y abundan los edificios en piedra. Hay un mercadillo en una de las plazas, y algo de gentío por las calles más comerciales, a pesar del viento helador que sopla hoy, y que me obliga a comprarme una rebeca complementaria, a pesar de haber venido bien abrigada. Como me dice la dependienta de la tienda, una muniquesa que se mudó a Bayreuth, es cuestión de ponerse y quitarse las capas de cebolla según sople. En ello me entretengo durante todos mis paseos de hoy, haciendo contorsiones en los semáforos para vestirme y desvestirme, y guardando el equilibrio para no tirar al suelo mis dos bolsos. Algún día le dedicaré un merecido homenaje a mi segundo bolso en alguna entrada, pero no es el momento.  


Anoto por último una pequeña anécdota que me sucede en Bayreuth. Delante de mí tropieza y se cae sobre la acera una señora de bastante edad. Corro a ayudarla a levantarse, y le lavo las manos con una toallita refrescante que siempre llevo encima. El canto de su mano derecha, con el que instintivamente ha parado el impacto al caer, está bastante dañado y le recomiendo que vaya a un médico. La pobre no entiende una palabra porque sólo habla alemán, pero por gestos me confirma que no se ha roto nada y que está bien como para continuar la marcha. Pues bien, todo esto lo contempla un grupo de escolares de unos catorce o quince años, en la hora del recreo y del bocadillo. Muchos de estos mozalbetes están sentados en los bancos del paseo. Ni uno solo de ellos hace ademán de levantarse o acercarse. Divino, divino tesoro. 


Y con esto me despido de Alemania por el momento hasta que, de regreso ya a Francia, atraviese de nuevo Baviera para pasar unos días en Munich y alrededores. De Alemania me han sorprendido muchas cosas, casi todas ellas positivas: la amabilidad y cortesía de la mayoría de la gente que he encontrado, la belleza de sus paisajes y sus poblaciones, su increíble oferta cultural y el gran ambiente que se respira en sus calles. El paisaje de las regiones más norteñas por donde he pasado es en general bastante llano, pero en Baviera ofrece mayor variedad, al ser más montañoso. En todos lados admiro la gran cantidad de ríos de gran caudal que voy cruzando, y sobre todo los árboles tan frondosos que adornan las poblaciones y los bosques tan espesos que admiro desde el tren. Qué paisajes tan verdes, y cuántas flores donde quiera que mires. 


Hay algo que no comprendo, tras visitar varias regiones de este país. Cómo es posible que, teniendo un paisaje tan hermoso y unas poblaciones tan pintorescas, la televisión pública alemana lleve muchos años rodando telefilmes basados en las obras completas de Rosamunde Pilcher, que son novelitas rosas situadas en Inglaterra, concretamente en Cornualles. Son películas de sobremesa sin más pretensiones que entretener, donde los actores germánicos hacen ver que son británicos de pura cepa, pero francamente no se lo cree nadie porque no les sale del todo. Por qué motivo esos mismos telefilmes no están rodados en Alemania, con historias escritas por guionistas alemanes y situadas en su propia tierra, es algo que escapa por completo a mi comprensión. Qué oportunidad perdida de dar a conocer al mundo las maravillas de este país en clave lúdica, para que no siempre lo relacionemos con el Tercer Reich o la RDA de los tiempos de la URSS. 


Entre lo que me ha apenado está la gran cantidad de desgraciados marginales que se ven, y se oyen, porque muchos de ellos van gritando incoherencias mientras caminan, o están tirados en la acera rodeados de su propia inmundicia, a veces semi desnudos. Son muy numerosos y no parecen recibir demasiada atención, aunque he visto a algunos voluntarios repartirles sopa caliente por la noche. Se congregan en torno a las estaciones, porque allí los camellos les venden drogas bajo las narices de la policía, pero también allí hay pequeñas misiones o centros sociales que les atienden por unas horas, aunque claramente son insuficientes. Alemania no puede esconder a sus pobres de la vista de los turistas, como sí intenta hacer, por ejemplo, Francia. De todos modos, los pobres franceses que he visto no están vestidos con harapos ni van tan sucios. Los pobres alemanes mueven a compasión, y muchos de ellos son jóvenes adictos ya irrecuperables, a juzgar por su aspecto terminal. Una tragedia que se desarrolla ante nuestros ojos sin conseguir hacernos pestañear siquiera. 

De los ferrocarriles alemanes me queda un recuerdo mixto: por un lado cubren muy bien el territorio y se puede llegar en tren a cualquier parte, por apartada que esté. Algunas rutas escénicas son espectaculares, y he tenido la suerte de disfrutar de una de ellas en las orillas del Rhin. Pero los trenes sufren frecuentes retrasos, cambios de horario y cancelaciones, y tienen una irritante tendencia a dividirse hacia destinos distintos. Es decir, que te subes a un tren regional, donde no hace falta reservar asiento y te sientas donde hay un hueco libre, y como te hayas equivocado de vagón, por desgracia puedes haberte situado en la parte del convoy que se desgaja a partir de una determinada estación, para emprender una ruta con un destino muy distinto al que tú pretendías llegar. Dicho esto, el personal tanto de las estaciones como a bordo de los trenes siempre se muestra amable y ayuda en lo que puede. Hasta nos perdonaron una multa a mi amiga y a mí, que por despiste nos subimos a un intercity con billete de regional. No hace falta decir más.  







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