ESLOVAQUIA
Llego a Bratislava, al filo de los montes Cárpatos, desde Brno en un tren abarrotado en el que no es nada fácil encontrarle un hueco a Doña Resilia, que cada vez pesa más y pone a prueba la resiliencia de cualquiera que intente ayudarme a cargarla en el compartimento superior del maletero. El último que se prestó se quedó resoplando muy colorado, y supongo que maldiciéndome en su fuero interno. No será porque no les aviso con antelación de que mi maleta es very heavy, thank you, para que tengan la opción de arrepentirse de su arranque de caballerosidad cuando aún están a tiempo.
En Bratislava me alojo en un mini apartamento con un jardincillo diminuto, en los bajos de una casa con buhardillas que hace un siglo fue la barbería del barrio, según nuestra una foto de 1920, donde los barberos posan en la puerta con unas batas blancas dignas de todo un cirujano cardiovascular. Mi casero me recibe en persona, y eso que mi tren acumula bastante retraso y debe esperarme pacientemente un domingo al mediodía. Es un un hombre altísimo que viste de metalero madurito, oh yeah. Me explica con pelos y señales, en un inglés rudimentario, cada detalle de la casa y también de la ciudad, y cuando menciona que tengo la casa entera para mí sola porque empieza la temporada baja, me cuenta que él tampoco vive allí... y a continuación cierra la puerta… entro en modo de alerta, y acaricio el silbato que siempre llevo en el bolso como sistema de alerta y para desconcertar a un posible agresor.
Pero no, resulta que este hombre amabilísimo lo único que pretende es explayarse en sus explicaciones, porque supongo que no tiene otra cosa que hacer por las tardes. Gracias a él conozco cada ruta de cada autobús, y cada tranvía de los que recorren los puntos de interés turístico, y también cada supermercado y cada restaurante buenos, bonitos y baratos de los alrededores. Me indica un par de comedores nostálgicos del “socializmus”, pero donde se come bien. Me señala un barrio en el plano: Aquí se concentran los albaneses y los turcos. Es una zona peligrosa por la noche? No, no, Bratislava es una ciudad segura… sólo lo señalo por si te gustan los kebabs para cenar. Me avergüenza comprobar que estoy llena de prejuicios pequeño burgueses.
Lo cierto es que es muy fácil orientarse en esta ciudad no muy extensa, donde además el casco antiguo está muy concentrado. El ambiente en las calles históricas es el de una pequeña capital de provincias, con la excepción de un lujoso barrio de nueva planta al borde del Danubio, al que según mi casero llaman “el Manhattan de Bratislava”. Para llegar al centro desde mi apartamento, tomo la avenida Stefanikova, bordeada de elegantes palacetes decimonónicos que están siendo restaurados a su antiguo esplendor. Allí está el Palacio Presidencial, llamado de Grassalkovich porque se construyó en el s. XIX para un conde de ese nombre, cuando Bratislava se llamaba Pressburg porque aún formaba parte del Imperio Austrohúngaro.
Hablando de nombres, veo el de Stéphanie repetido por todas partes y le consulto a Miss Google, quien me informa de que esta princesa belga fue la infortunada esposa del hijo de Sissí, el príncipe heredero Rodolfo, quien le dio muy mala vida de casada, con contagio de enfermedad venérea de por medio. En 1889 este hombre atormentado apareció suicidado (por su mano o por mano ajena, nunca se ha aclarado) en el tristemente famoso palacio de invierno de Mayerling. La tragedia fue doble, porque quienquiera que empuñó el arma se llevó por delante a su amante también, Marie Vetsera, de sólo 17 años. Ante tamaño escándalo, la princesa viuda Stéphanie se apartó de sus suegros en la familia imperial austriaca, abandonó Viena y se vino a vivir a las afueras de Bratislava, entonces Pressburg, con un nuevo marido. Al menos este no se le suicidó, pero la vida de esta mujer continuó siendo bastante agitada, y ahí lo dejo.
Hay un barrio residencial que también se llama Stefanka, en la falda del montículo Slavín. Me voy encaramando por sus empinadas cuestas, y admiro las preciosas villas ajardinadas de la Belle Époque que me voy encontrando. En muchos tramos las aceras y la calzada están en un estado de abandono lamentable que convierte cada paso en un reto de deporte aventura. Es todo un contraste con la importancia de algunos de estos chalés, sedes de legaciones diplomáticas de países como Croacia o Brasil. Cuando por fin llego a la cumbre de este montículo, admiro las vistas de toda la ciudad desde el mirador del cementerio soviético de Slavín, donde están enterrados más de 6000 soldados rusos del ejército rojo que liberaron Bratislava de la ocupación nazi. Tantos hombres jóvenes y sanos muertos antes de tiempo. Hay un impresionante obelisco de 42 metros rematado por la estatua de un soldado blandiendo una bandera y pisando una esvástica con su bota. Pero los mástiles están desnudos, sin bandera alguna, y los accesos a las instalaciones están faltos de mantenimiento. Claramente Eslovaquia quiere dejar atrás su inmediato pasado, y tras 30 años en la UE miran hacia el futuro con nuevos horizontes, como atestiguan su skyline, porque desde aquí se divisan todos los rascacielos de su “Manhattan”.
Dos anécdotas: En el ascenso, mientras subo los tortuosos, torcidos y desgastados escalones de acceso al Slavín, veo un niño de unos diez años que trepa escalinata arriba, para bajarla inmediatamente a continuación. Es lunes a media mañana y el curso hace semanas que ha comenzado, por qué no está en clase? Pienso que se ha escapado del colegio, cuando al ir ascendiendo veo que está acompañado de un adulto, supongo que su padre. El niño llega hasta arriba jadeante, y descansa un momento inclinándose hacia adelante, con la cabeza baja y las manos en las rodillas. Pero el padre le dice algo, y en seguida el chiquillo vuelve a bajar. Paso de largo, porque no sé muy bien cómo podría meterme en el berenjenal de preguntarle a este hombre por qué este menor está ejercitándose en solitario fuera del colegio, en horario escolar. Como extranjera que está de paso, poco puedo hacer al respecto. Pero me voy con la sensación de que acabo de presenciar un castigo malsano y morboso, aunque nadie ha levantado la voz ni alzado la mano.
La segunda anécdota es la constatación de que el universo te hace pagar los karmas pendientes: mis remordimientos por no haber intentado ayudar al niño de los escalones son castigados en el descenso del Slavín hacia el centro. Algunos conductores de Bratislava parece que se han sacado el carné en una autoescuela de Nápoles, con la diferencia de que los napolitanos te avisan ruidosamente de que van a pasar por donde les da la gana, y estos eslovacos en cambio guardan silencio y ni siquiera tocan el claxon. El asunto es que, cuando voy andando tranquilamente por la acera, estoy a punto de ser atropellada dos veces, una por un autobús turístico y otra por un camión de basura, porque aquí, en vez de hacerse a un lado o detenerse cuando la vía es estrecha y se cruza otro vehículo, simplemente se suben a la acera para esquivarlo, por cierto a toda pastilla. Si hay un peatón andando de espaldas que no les ha visto ni oído, o sea yo, pues se siente… que salte o se eche contra el muro para salvar su vida, qué narices. Siento una especie de corriente de aire repentina en mi hombro izquierdo y…. vivo de milagro para contarlo. Y a los pocos minutos, vuelvo a nacer de nuevo. Mecagoen… todo es cuestión de mirar el lado positivo, puedo continuar mi viaje sin muletas!
Bratislava es, de todas las grandes capitales que bordean el Danubio, la que menos fama tiene. A simple vista parece la hermana menos agraciada de Viena y Budapest, que están a muy poca distancia. De hecho, la mayoría de turistas pernoctan en cualquiera de estas dos y convierten Bratislava en su excursión de ida y vuelta en el día. A mí me da una mala primera impresión, cuando me bajo en la estación (casi pueblerina, anticuada, destartalada y sucia) y comienzo a caminar por el barrio que la rodea, que es el mío. Pero según voy explorando su casco histórico y el moderno barrio a orillas del Danubio, Bratislava me va ganando poco a poco hasta conquistarme, porque tiene un carácter meridional que se asemeja a la Italia de tradición barroca. También debo decir que mi estancia coincide con una ola de calor que roza los 30°C, salvo los dos últimos días en que bajan bruscamente las temperaturas, y por tanto todo el mundo está en la calle disfrutando de este veranillo otoñal. La gente llena a todas horas las calles céntricas, las terrazas y la ribera del río, se oyen risas y conversaciones muy animadas, además hay muchos estudiantes con ganas de marcha que aportan todavía más alegría al ambiente. Se une a esto que la arquitectura de los edificios antiguos es, o bien barroca, o bien neobarroca, con fachadas encaladas en suaves tonos pastel. El resultado es que esta capital resulta muy simpática y acogedora y, en sus barrios más adinerados, bastante elegante.
Bratislava me ha sorprendido para bien en sus barrios más turísticos. Y un poco al contrario cuando me he alejado de ellos, o he tomado un tren para explorar otras poblaciones. Ahí me he encontrado con la otra cara del espejo. Lejos de las zonas más frecuentadas, que están en general mejor mantenidas, la realidad se impone. A este país aún le falta un tanto para remozar las casas donde vive la gente corriente, reparar su mobiliario urbano, renovar sus infraestructuras, transformar su mentalidad, abrirse al mundo. Han sido muchos años tras el telón de acero, y una transición nunca es fácil, en España tampoco nos modernizamos de un día para otro a partir de 1975. Al tiempo.
La Bratislava histórica es barroca italianizante, lo que le aporta cierto aire sureño. Aunque entre los puntos de interés por su monumentalidad destaca el Castillo de Bratislava o Hrad, que domina la población desde lo alto, no lo visito porque me entero de que es una reconstrucción no muy inspirada de los 1960s. Me gusta mucho más la Plaza Mayor o Hlavné Námestie, con muy bonitos edificios como el ayuntamiento, donde hay un acogedor patio interior. Allí te puedes sentar a disfrutar del frescor y el rumor de una fuente con un San Jorge. En el exterior hay otra fuente histórica con un personaje en todo lo alto que resulta ser Maximilian II, un rey húngaro de quien en mi ignorancia jamás oí hablar. Encantada de conocerle, caballero.
Bratislava no sólo tiene estatuas en piedra como estas, sino que cuenta con muchas esculturas en bronce más recientes, muchas de ellas haciendo gala de un gran sentido del humor. La mas famosa se titula "Hombre trabajando", y es un personaje uniformado que enseña sólo medio cuerpo porque parece salir de la tapa de una alcantarilla, con un casco protector en la cabeza. Es todo un comentario irónico a las interminables obras públicas que nos estorban el paso a los viandantes y que, debo decir, en estos países casi nunca prevén un mínimo senderito por el que podamos andar los peatones sino que, como en este caso, debemos escoger entre pasar por encima de la obra y sus obreros, cambiar de acera, o arriesgarnos a andar por la calzada, entre el tráfico.
A la antigua judería y alrededores, donde están las calles empedradas más antiguas, se accede por la Puerta de S Miguel, antigua portada de un lienzo de muralla. Allí están la Catedral de S Martín y otros rincones muy característicos. Por momentos me parece que estoy en una población siciliana, tal es el colorido y, por qué no decirlo, el descuido de lo que me rodea. Hay edificios antiguos literalmente en ruinas, y los adoquines están tan descolocados y el pavimento tan abombado que, a pesar de llevar zapatos de suela muy gruesa para andar por el campo, debo abandonar el paseo porque me resulta demasiado complicado avanzar y temo lastimarme un tobillo. Ese consistorio, qué espera para renovar el firme por esta zona y para rehabilitar estas casas! Están colocando un acerado nuevo en las zonas comerciales, pero esta la tienen abandonada. Parezco un jubilado de los que escriben cartas al director en la prensa local quejándose de todo… Estoy mayor.
Y precisamente como estoy mayor, a media mañana me da un bajón de azúcar y necesito un café. Quiere la casualidad que escoja para sentarme una agradable terraza, la que me queda más a mano, en el Café Messerschmidt, en la plaza Naméstie SNP. Resulta ser un lugar histórico, porque es la plaza emblematica donde se producen todas las concentraciones ciudadanas más reivindicativas, y está señalada con un monumento que homenajea a los soldados que liberaron la ciudad en la guerra. Nada de todo esto se refleja en el modo en que la gente se sienta en los bancos a disfrutar de la pausa de media mañana a la sombra de los árboles. El ambiente de conversaciones pausadas no puede ser más relajado.
Una vez reavivada con el kava (café), más un zumo de pomelo y un croissant bien calentito, observo que este café rinde homenaje al escultor austriaco Franz Xavier Messerschmidt, porque este artista vivió en esta plaza en el s. XVIII. Parece ser que había sido apartado de la corte de Viena y se vino a Pressburg, entonces parte del Imperio Austrohúngaro, a reposar sus problemas de salud mental. Las esculturas que realizó aquí resultan originalísimas porque son toda una galería de cabezas que representan muecas extravagantes: expresiones de burla, de desprecio, de asombro, de enfado, de miedo etc. Parecen obras provocativas y vanguardistas al estilo del arte actual, pero se esculpieron hace más de doscientos años. Genial Messerschmidt. Encuentro muchas copias de sus cabezas cuando me adentro en el interior del local buscando el WC. Pero también me topo con un autómata, reproducción del original que en el s. XVIII asombró a la corte de Viena: es un busto de un turco, con turbante y todo, que mueve las piezas en un tablero de ajedrez, y que en su día jugaba y ganaba la partida a quien se atreviera a jugar con él. Los movimientos de este ingenio eran manipulados por un mecanismo oculto dentro del cajón de donde sale el busto, pero en la época no se conocía este truco y el autómata causó gran impresión al público. Lamentablemente en el s.XXI, en en el que nada nos sorprende ya y estamos de vuelta de todo, tienen colocado a este turco, que tanta admiración causó en su día, en el pasillo que da acceso al WC del restaurante. No somos nadie.
Me doy un bonito paseo por el barrio de Dunajská, que abundan en edificios modernistas, al estilo de la Sezession austriaca. El más famoso es el de la llamada Iglesia Azul, que desde luego hace honor a su nombre, por dentro y por fuera. Admiro otras muchas construcciones de muy buen gusto y gran originalidad, hasta que empiezo a cruzarme con los estudiantes de la cercana Facultad de Filosofía, que salen de sus clases para disfrutar del almuerzo a orillas del cercano Danubio. Divino tesoro, me digo, seguro que saben donde sentarse a charlar y yo estoy cansada, así que les sigo, y doy con el moderno paseo fluvial y la gran plaza dedicada al heroico aviador Milan Ratislav Stefanik. Caigo en que estoy en la parte ribereña del moderno “Manhattan” de Bratislava, y todo lo que veo me encanta. Qué agradable y elegante resulta este paseo, con sus lujosos edificios de arquitectura actual y sus terrazas de gran categoría. Observo que los que están sentados en ellas son la beautiful people local, mientras que los que se sientan en los escalones de los jardines en la orilla son la gente corriente y moliente. Pero unos y otros disfrutan por igual de la tarde soleada. El Danubio luce muy verde, el aire está muy cálido y el ambiente invita a siestear con los ojos abiertos, por lo que yo también me siento y contemplo el agua largo rato. Hago pipí en un centro comercial que no tiene nada que envidiar a los más lujosos que yo he visto, pero que además incluye preciosas esculturas de personajes circenses haciendo equilibrios sobre un cable, por encima de nuestras cabezas. Ahora comprendo que el consistorio se ha gastado los presupuestos en construir todo esto para deslumbrar a propios y extraños, y por desgracia otras zonas de Bratislava han quedado al margen. Supongo que con el tiempo todo se andará, de hecho hay muchas obras públicas en varios puntos de la ciudad.
Me despido del Danubio echándole una ojeada al puente antiguo y comparándolo con el moderno Puente Most SNP, sostenido por cables desde un extremo. Este último tiene en lo alto un restaurante-mirador al que no subo. No puedo estar subiendo continuamente a todos los miradores para ver las casas desde lo alto, no soy un pájaro. Vuelvo a casa por el boulevard donde está la ópera, con muy buen ambiente vespertino, donde la gente busca refrescarse de los calores junto a las fuentes que lo bordean bajo los árboles. Bratislava, tus calles están llenas de vida.
Como contraste, se me ha olvidado reseñar aquí un par de pequeños detalles que a mí parecer son reminiscencias de tiempos anteriores, ya he dicho que algunas cosas están aún por pulir en Eslovaquia. Los trenes de cercanías son vetustos, están bastante desgastados y resultan muy incómodos. En el andén de la estación de Trencín tengo que ayudar a dos viejas que intentan trepar por la empinada escalerilla de su vagón, cargando con una maleta. Las pobres no están ágiles ni son rápidas de reflejos, pero a esto se une que la subida es ya complicada de por sí. Estas señoras tardan demasiado, y la puerta automática se cierra implacable sobre ellas, atrapando el brazo de la que arrastra la maleta. Aquí es donde intervengo yo, tirando de la puerta para desbloquearla y que vuelva a abrirse, y procurando que la señora en cuestión no resbale por la empinada escalerilla. Al final, tras una dura lucha que dura unos segundos interminables por parte de las tres, conseguimos vencer a la ley de la gravedad y la cosa no pasa a mayores. Cuando bajo del tren veo a tres empleados ferroviarios de uniforme que nos estaban contemplando en el andén, a pocos pasos. A ninguno se le ha ocurrido intervenir. La misma pasividad observo en los empleados municipales de Trencín cuando paso por una calle cuya acera está en obras, y a la que han aplicado una capa de alquitrán. No está señalizada, por lo que asumo que el cubrimiento ya está seco, pero no es así. Al cabo de unos pasos, las suelas de mis zapatos están negras, y noto cómo me hundo ligeramente a casa paso. Retrocedo y salgo de allí maldiciendo. Y nuevamente observo cómo los operarios me observan con total pasividad, y a ninguno de ellos se le ha ocurrido advertirme. A lo mejor estoy equivocada, pero esa falta de iniciativa y esa indiferencia yo las asocio a la educación recibida durante el régimen anterior, que aún persiste en los modos y maneras de estas ex-repúblicas de la URSS. Un último y reciente ejemplo: en la estación de Bratislava hago una pregunta porque con mi despiste habitual, malinterpreto el número de la plataforma del tren a Budapest (long story). Pregunto en el mostrador de la oficina de información, y a una funcionaria uniformada... No pueden ser más desagradables, antipáticos y agresivos conmigo. Yo he sufrido antes en mis carnes los malos humores de los funcionarios de mi propio país, y de otros muchos países.... pero con este nivel de negatividad no recuerdo que me respondieran, o me gritaran "no lo sé" mientras me dan la espalda como aquí.
En los dos días siguientes el tiempo cambia bruscamente y regresamos a los rigores del otoño, con frío, viento y lluvias ocasionales. Visito Trnava y el mencionado Trencín, ambas con cascos antiguos muy bellos pero con unas aceras en ocasiones impracticables. En Trencín, el que más me gusta hay, aparte de dos plazas encantadoras, un gran castillo del s. XV en lo alto de una roca. Desde allí arriba hay unas vistas espectaculares, pero sudo mucho al subir y las fuertes rachas de viento frío me resfrían un poco, por lo que prefiero ser prudente y quedarme en casa al día siguiente, para curarme del todo. Mañana emprendo viaje a Budapest, y quiero estar en plena forma para poder disfrutar de la capital húngara, a la que tanta ilusión me hace llegar por fin. Eso significa que renuncio a hacer una excursión guiada hasta la famosa localidad de Cicmany, con sus casitas en madera decoradas al modo folklórico tradicional, y un recorrido por algunos castillos célebres, como el de Orava. Pero hoy hace peor tiempo que ayer y escojo reponer fuerzas, porque.... estar mayor es lo que tiene.
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