9.10.25

BUDAPEST

 BUDAPEST



Todas las ciudades a las que se llega por primera vez en la vida plantean un enigma. Llegar a conocerlas siquiera superficialmente es un reto que se goza y a veces también se sufre, por inaprensible, por inabarcable. Budapest no es una excepción, sólo que aquí lo que está por desentrañar se me escurre entre los dedos, seguramente por grandes lagunas en mi educación y por escasa afinidad con este maravilloso lugar. Vista desde mi perspectiva mediterránea, no alcanzo a abarcar la distancia a recorrer para conseguir aproximarme al universo húngaro, con sus ingredientes eslavos, otomanos, romaníes, germánicos, soviéticos… Pero desde el principio del viaje he pensado que, si algún lugar me inspiraba particular curiosidad, alargaría mi estancia allí. Y ese lugar fascinante ha resultado ser Budapest. Inicialmente había previsto una estancia de 5 noches. Pues bien, tras 15 días recorriendo sus calles, sigo sin esclarecer la esencia de esta ciudad, sigo sin hacerme con su personalidad, no consigo descifrar sus secretos, pero al menos me llevo de aquí el goce supremo de haber disfrutado de su belleza y respirado su personalidad, aunque sin comprenderla del todo. Mis ficciones preferidas son las que acaban con un final abierto, y en mi particular estancia en Budapest esto es lo que ha ocurrido. Continuará, supongo, en algún punto de mi historia personal. Budapest es uno de esos lugares a los que se quiere regresar nada más abandonarlo. 


Budapest me admira y me maravilla pero también me resulta inquietante. Me parece chula, muy chula, pero por chulería innata: está decidida a dejarte con la boca abierta, y a fe que lo consigue. Esa firme determinación, no de encantar, sino de impresionar en grado superlativo la encuentro algo forzada en algunos puntos de la ciudad. Las zonas más imperiales de Pest salieron de la pata de la Viena imperial,y los húngaros se propusieron no emular, sino superar en todo y por todo a su dueña y señora, en aras de la patria. No de la patria austriaca, se entiende, sino de la propia. Cada letra de la palabra patria se puede deletrear en cada piedra de cada monumento de Budapest, y ya se sabe que la letra con sangre entra. Así, la de los santos, héroes y mártires se derramó en tiempos pasados, pero caminando por estas calles parece que no se ha secado del todo y que aún tiñe nuestras suelas de dramatismo y de agravio, y las pisadas que vamos dejando van propagando la palabra: esa palabra, patria. 

 

A mí las patrias propias y ajenas no me conmueven especialmente, porque el concepto de pertenencia me es totalmente ajeno. Hay sitios donde me encuentro muy a gusto y que abandonaría con verdadera pena, como Madrid, donde tengo la fortuna de haber fijado mi residencia. Pero como inadaptada eterna que soy, me resisto a señalar a ningún lugar concreto como mi hogar permanente, o como ese terruño atávico con el que me siento plenamente identificada porque mis ancestros provienen de allí. Quizá por eso las ramificaciones del sentimiento patriótico me provocan admiración y temor a partes iguales. En estos tiempos inciertos, he llegado a desconfiar de las banderas y las fronteras porque desgraciadamente cada vez son más excluyentes. Y esta patria húngara, en la era Orban, también lo es (excluyente). Dicho esto, entre los himnos nacionales que conozco, el húngaro es el que me parece más hermoso y conmovedor, porque verdaderamente comunica con gran dignidad y solemnidad un sentimiento patrio como pocos himnos hacen… preciosa pieza musical que conocí de niña gracias a esas películas-cromito sobre Sissi que interpretó la guapísima Romy Schneider. 


(Escribo todo esto frente al Hosok tere, o pabellón de los héroes superlativos de esta superlativa Budapest. Este mega monumento deja pequeños, en proporción y en intenciones, al Arco del Triunfo parisino, el Trafalgar Square londinense y tantos otros lugares similares que han sido diseñados para que el ciudadano corriente se quite el sombrero y se lleve la mano al corazón. Pero aquí, al inicio de la Avenida Andrassy, esta expresión de poderío supremo que ensalza los ancestros tiene algo de imposición que me provoca rechazo. El sentimiento patriótico es muy loable siempre y cuando no discrimine. Pienso yo.)


Budapest me asombra y me supera. Soy incapaz de ordenar mis ideas sobre esta apabullante urbe, de apariencia compacta y alma poliédrica, atravesada por uno de los grandes ríos del planeta, al que ha sabido sacar partido y del que bebe su inmensa riqueza material y cultural. Veré si puedo al menos anotar aquí unos cuantos apuntes sin orden ni concierto. 


Mi hotel barato en está ocasión es más lucido que de costumbre, porque está en Pest, en un bello edificio antiguo con patio ajardinado, junto a la plaza Oktogon, donde se cruzan las imponentes avenidas Andrassy y Terez. En mi misma calle está la embajada española, uno de tantos edificios palaciegos de estas calles laterales, que escasean en arbolado pero abundan en elegancia. Mi habitación es una especie de cabina de paredes de plástico en tonos naranja, donde a mis Resilias les falta espacio vital y cada vez que me ducho lo salpico todo. Pero estoy a un corto paseo de todo en esta media naranja que es Pest, y tengo a poca distancia, en la orilla opuesta, a la otra mitad. Mi distrito se llama Terenzvar, y me encuentro muy a gusto en estas calles de enormes manzanas cuadriculadas en las que, sin la ayuda de Miss Google, me sigo perdiendo igual que el primer día. 


Entre los puntos del mapa de esta ciudad que recorro (a algunos vuelvo muchas veces, tal es su magnetismo):


Puentes: el de la Libertad, el de Margarita, el de Széchenyi o de las Cadenas, el de Erzsebet o de Isabel, el de Petofi, el de Ujpest… y otros muchos que no he llegado a cruzar ni a pie ni en ningún medio de transporte. Todos ellos hermosos, todos comunicando dos orillas que se atraen y se repelen como campos magnéticos. Buda mira a su vecina del otro lado del río un poco por encima del hombro, desde las alturas de sus colinas salpicadas de grandes villas, con la superioridad de saberse la villa medieval de donde emanan los símbolos más sagrados y la personalidad más primigenia, con ese toque otomano que aún persiste en el subconsciente local. Pest es la más cosmopolita de las dos, la elegantísima ciudad que engrandecieron los Ausburgos y que, tras la caída del Imperio Austrohúngaro, continuó engrandeciendo y enriqueciéndose hasta que llegaron los grandes desastres de las dos guerras mundiales y la invasión soviética posterior. Buda y Pest se unieron a finales del s. XIX (junto con Obuda) y nació así una de las urbes más espectaculares del mundo entero. 


Desde el mirador que hay junto al Parlamento contemplo con la boca literalmente abierta, de día y de noche, las vistas sobre el Danubio. Budapest es la excepción entre las ciudades centroeuropeas y está muy bien iluminada, para mayor lucimiento de todos sus puntos emblemáticos, que desde el ocaso en adelante brillan como auténticas joyas. El Puente de las Cadenas se lleva la palma porque lo iluminan con los colores de la bandera, pero las frías temperaturas del otoño húngaro me impiden verlo de cerca, por temor a que mis pulmones se resientan. Aún recuerdo la neumonía que sufrí en Rumanía. 


Hago mis compras en el precioso Mercado Central de Budapest (pero en un supermercado de la planta baja). Como está al lado del Puente de las Cadenas, luego me monto el picnic en un banco de la orilla del río, viendo las embarcaciones, el panorama en general y la gente en particular. No muy lejos está el Palacio de Congresos, donde coincido con una animadísima feria del libro. Da gusto ver cómo aquí mucha gente, también jóvenes, aún leen libros en papel en los parques, cafés y en el transporte público. No todo está perdido, al parecer. 


Recorro a menudo la elegantisima calle comercial Váci Útca (con la inicial “V” incrustada en forma de gran letra dorada en su pavimento). En esta calle, admiro muchos edificios del estilo Art Nouveau local, y preciosas tiendas, como Nela Magyar Citigraph, con detallados mapas de Budapest artísticos, dibujados a pluma y tinta a mano alzada. También admiro a mi pesar la tienda Philantia, donde siempre es Navidad. El contrapunto a la entrañable cursilería de su interior lo ponen las chicas tailandesas que te ofrecen un Thai massage, cartelito en mano, por toda esta calle. Casi todas tienen una cara de agotamiento y desesperanza que mueve a compasión. Vete a saber en qué condiciones las tienen “empleadas”. 


Budapest abunda en edificios comerciales de gran formato, estilo y distinción. En otra zona, un maravilloso edificio Art Nouveau orientalizante alberga la famosa Galería Parisi Udvar, donde Pedro Piqueras contó en una entrevista que le gusta tomar café. Es un admirador ferviente de Budapest, hasta tal punto que, según contó en la misma entrevista, ha comprado aquí su segunda residencia y viene con frecuencia. Vaya suerte.


Hay muchísimos cafés en multitud de locales de un gusto exquisito. Algunos son para contemplarlos desde fuera, como el Café New York, que se llama a sí mismo “el café más bello del mundo”, y para corroborarlo hace gala en su interior de la misma falta de modestia, porque está decorado al estilo “Gilded Age” más hiperbólico que se pueda imaginar. Hay gran profusión de molduras neo-rococó, frescos con diosas flotantes y cupidos volanderos en los techos, escalinatas y palcos dieciochescos y un gran reloj, todo ello dorado, muy dorado, terriblemente dorado, de un dorado imposible de ignorar. Un simple café en este local,a los acordes de un músico en vivo, cuesta el equivalente en florines a 13 euros, a pesar de lo cual siempre que paso hay una larga cola para entrar. Yo me contento con verlo desde la acera, al otro lado del cristal, para dedicar esos 13 euros a otros menesteres, pero también porque me temo a mí misma y a mis irreprimibles ataques de sinceridad. Me veo muy capaz de comentar en voz alta lo mucho que este salón me recuerda a la mansión de Mae West en Hollywood, enteramente decorada al estilo Luis XVI más californiano. Y no es plan de faltarle el respeto ni a esta cumbre del kitsch húngaro ni a la buena de Mae, esa gran maestra de la autopromoción por la vía de la provocación burlesca y burlona.  


Subo  a pie la Colina de Buda, saltándome la interminable cola del funicular,  y recorro todas las calles del Distrito del Castillo. Me encantan sus casas del s. XVII y XVIII. Hay allí un laberinto de túneles subterráneos en los que se dice que estuvo oculto en mismísimo Vlad III el Empalador, o sea, el Conde Drácula de la ficción. Vete a saber. Anmí me da pena meterme bajo tierra cuando tengo justo en el paseo ajardinado contiguo un precioso atardecer de otoño con vistas sobre Budapest. Además, la sangre me marea, muy ai pesar siempre monto el número en los análisis clínicos. De modo que declino el placer de conocer a su majestad vampírica, y me maravillo con las vistas desde el mirador donde está posada la estatua del ave Turul, símbolo nacional que vela por la patria húngara. En la plaza colindante hay una Oktoberfest, una de las cuatro que hay en distintos puntos de la ciudad. En mi opinión, las monótonas musiquillas bávaras la verdad es que no resisten la comparación con la vibrante música zíngara que los legos identificamos con el folklore húngaro. 


Veo (sin entrar ellas) las dependencias del Castillo y también el Bastión de los Pescadores (con siete torres, una por cada una de las tribus que fundaron Hungría), la Iglesia de Matías, el edificio neogótico del Palacio de Finanzas y, al bajar, los románticos jardines del Bazar del Castillo. Son tantas las bellezas que contiene esta zona que renuncio a enumerarlas, por incapacidad y también por puro agotamiento. 


En el barrio judío, entro en varios “ruin bars” de Budapest. Los llamados ruin bars son garitos mugrientos y, sí, ruinosos, montados en las casas que quedaron abandonadas tras la deportación de sus propietarios judíos. Ahora el antiguo gueto es el barrio de marcha por excelencia del centro de Budapest, y los jóvenes más o menos bohemios han montado, en los patios interiores de estos edificios, locales improvisados en los que, aparte de bebida, encuentras puestos de artesanía, exposiciones e iniciativas culturales independientes, realizadas por asociaciones vecinales y grupos alternativos. Me resulta muy refrescante ver cómo la juventud se afana en estas iniciativas tan fantásticas. Viva la creatividad libre de ataduras y ole por la imaginación desbocada…. pero yo no me tomaría en estos bares ni un vasito de agua. Ya una va teniendo esa  edad en que mira el vaso al trasluz antes de que le sirvan, y si está pringoso pide otro limpio. 


A pocos pasos, también en este bohemio barrio judío, hay una galería que une varios patios interiores de una enorme manzana. En su interior, en Masacj Imte, entre Karoly y Kacincyhya, encuentro una retahíla de bares con mucho sabor y puestos que venden, entre otra cosas, memorabilia militar soviética. Algunas piezas (medallas, insignias, gorras) me da la impresión de que no son reales y han sido fabricadas exprofeso. Sin duda para satisfacer tanta demanda, no sé si por nostalgia o más bien por puro morbo. 


Por fin le doy uso al bañador que he traído en la maleta en el Balneario de Széchenyi, precioso edificio neobarroco de 1913 en el Parque de la Ciudad. Los Baños Széchenyi cuentan con 3 piscinas exteriores y 15 interiores. La temperatura del agua en el exterior es de 32 grados. Los componentes minerales del agua curan todos tipo de enfermedades, menos la de la edad, que esa no tiene cura. Quiero tener mi propia cabina para cambiarme y dejar mis pertenencias a buen recaudo, pero al mismo tiempo no estoy dispuesta a hacer un desembolso desproporcionado no a coincidir con los rebaños de turistas. De modo que escojo el primer turno, de 7:00 a 11:00, y paso en remojo, cual garbanzos en una olla, esas cuatro gloriosas horas. Veo amanecer a las puertas del balneario, y me pongo a la cola junto cinco viejos que vienen a sus tratamientos. Disfruto enormemente del placer de nadar y también de relajarme con los chorros de las piscinas exteriores, mientras veo cómo arranca el día y el sol va coloreando las columnas, las cúpulas y toda la parafernalia de este palacete termal. Los viejos y yo estamos completamente solos, hasta que, pasadas casi dos horas llega, junto con lo primeros turistas, un vientecito que arrecia y que además trae nubes. Sin sol no es lo mismo, así que me meto dentro y las siguientes dos horas son de éxtasis hedonista. Algunas dependencias son nuevas para mí, como los baños de sal donde te sientas para aspirar vapores hirvientes que te dejan todo el sabor del mar en la boca. Se supone que es muy bueno para los pulmones y yo soy asmática, pero confieso que me cuesta mucho aguantar allí dentro más de tres minutos seguidos, y luego me paso el resto de la mañana tosiendo. Tras el spa, me cuesta andar porque mis rodillas se doblan en contra de mi voluntad. Esto de salud, a veces, cuesta la salud. 


En el vestidor, descubro que hay una máquina centrifugadora gracias a la cual no te llevas el bañador chorreando. Al salir, admiro la decoración Art Nouveau del vestíbulo, la cúpula y los pasillos. Me imagino a las señoras con polisón y esos grandes sombreros Belle Époque, arrimando el vaso a estos grifos con sus manos enguantadas para tomar las aguas, y arrugando la empolvada nariz, porque la verdad es que este agua mineralizada huele fatal. 


Contrato una visita con audioguía al Parlamento (unicameral, por obra y gracia de Orban). Es espectacular, por fuera y por dentro, aunque en su interior yo diría que han abusado de los dorados… a estos húngaros les tira mucho el oro, yo no sé si solamente por hacer el alarde o también un poco por la convivencia con los romaníes zíngaros, cuyas costumbres forman también parte de la identidad local. Nada más iniciar el recorrido, y a intervalos durante la visita, nos advierten que la única sala donde no están permitidas las fotos es en la Sala de la cúpula con la Sagrada Corona medieval de San Esteban, el rey-santo venerado en este país. Pues bien, cuando nos acercamos a la urna (a más de dos metros de distancia, nos ordenan taxativamente) una mujer que está a mi lado dispara el flash de su móvil, llevándose la reprimenda del soldado de la Guardia Nacional que custodia la reliquia… La mujer en cuestión y su amiga se pasan el reto de la visita bromeando y riendo sin disimulo ninguno porque el desliz les parece graciosísimo. Nacionalidad de esta risueña infractora: española. 


La Plaza de los Héroes, está junto al hermoso Parque de la Ciudad o Varosliget, que tiene un gran estanque (desecado) donde se patina e invierno, y un castillo semi-cubierto de hiedra, llamado de Vajdahunyad,construido en el s. XIX a imagen y semejanza de uno que hay en Transilvania. En los jardines de este castillo está la estatua de Anonymus, un monje historiador del s. XII muy célebre en Hungría. Alrededor de esta estatua se arremolinan los turistas de varias nacionalidades, que hacen cola para fotografiarse con este monje de bronce en actitud de escribir y para tocar la pluma, que supuestamente da buena suerte. Dos mujeres, llegado su turno, invierten largo rato en sacar fotos desde diferentes ángulos del rostro de la estatua, oculto bajo la capucha de su hábito de monje. Tanto tardan y tanto se demoran, que los que esperan en la larga cola empiezan a carraspear para llamarles la atención. Y aquí una de ellas, con una sonrisita provocadora, suelta: A ver si nos relajamos, que estamos de vacaciones y hay que disfrutarlas. Nacionalidad de esta fotógrafa a cámara lenta: española. 


Isla Margarita, Monte Gellért, Baños Rudas, Iglesia Rupestre de Budapest, Centro Memorial del Holocausto, Museo Nacional Húngaro, Museo Etnográfico, Memento Park y Ópera de Budapest. 

Proyecto ir al Cementerio Kerepes, pero es un día lluvioso y al final lo dejo. Prefiero los charcos de agua en las aceras a los charcos de barro de los jardines. Lo sé, estoy mayor. También abandono el proyecto de ir al Memento Park, que es donde los húngaros han reunido a todas las estatuas que representaban los símbolos comunistas durante su etapa sobiética. Y que fueron convenientemente retirados de calles, plazas y parques una vez que cayó el muro y Hungría se desgajó de la URSS. Estás estatuas deben de ser muy curiosas, y el parque, aunque está en las afueras más alejadas que imaginarse pueda, es accesible en transporte público. Estoy sentada de ir, pero al final no lo hago por una razón de salud mental. Desde niña, le tengo fobia a las estatuas gigantes. No lo puedo remediar, me dan auténtico terror. Y una cosa es verlas desde el suelo cuando están aunadas en sus pedestales, en sus cúpulas, en lo alto de sus columnas o en su Valle de los Caídos… y otra cosa muy distinta es verlas de cerca, posadas en tierra al mismo nivel, de tú a tú. Renuncio a satisfacer mi curiosidad histórica para evitar tener pesadillas protagonizadas por Lenin o Stalin. Para mis sueños húmedos me reservo otros co-protagonistas de tamaño natural, aunque no sean de tres dimensiones sino sólo de dos, porque salen en la pantalla de cine. 


Me tomo un café en el precioso palacio que es la biblioteca pública Ervin’s Zabo. Debe de ser un gran placer leer, escribir o estudiar en una de sus salas. Cualquiera puede inscribirse aportando un documento de identidad con una fotografía para poder penetrar en este sancta sanctórum. No entra en mis planes pasarme aquí un par de horas encerrada, cuando fuera en las calles hay tantas cosas que ver. Pero me prometo a mí misma que, si alguna vez tengo aquí mi segunda residencia como Pedro Piqueras, vendré a menudo a leer aquí, aunque sea la lista de la compra.  


Atravieso Obuda en tren. Es la tercera pata de Budapest (siempre a la sombra de sus dos vecinas más célebres, Buda y Pest, que se llevan todo el protagonismo). Veo desde mi ventanilla las ruinas de la antigua ciudad romana de Aquincum. Veo la isla de Obuda. Y también la multitud de casitas con jardín, los pequeños huertos y las parcelas con viñas. Las afueras de Budapest tienen un aire más rural que industrial, al menos por esta zona. 



Más ideas desordenadas anotadas en paseos sin rumbo. Lamento no tener demasiado tiempo para estructurarlas de forma más coherente.


La Basílica S Esteban, dedicada a este rey, que además es santo patrón de Hungría, me parece una copia de San Pablo de Londres. En la plaza contigua, Erzsebet, hay una noria y una feria muy animada con puestos de comida bávara para celebrar el Oktoberfest.

 

En la Avenida Andrassy están la Ópera de Budapest y ópera Nacional de Hungría, a cual más elegante.


También en la Avenida Andrássy está la Casa del Terror, un antiguo centro de detención reconvertido en museo recopilatorio de las épocas oscuras más recientes de la historia de este país: fascismo, comunismo… paso. 


Los platos húngaros me pillan a contramano, es decir, que me siento empachada nada más verlos. El exquisito gulasch. Los contundentes langos con todo tipo de ingredientes encima de la masa, el dulce chimenea en espiral que se sirve relleno de helado con toppings. Pruebo algunas de estas cosas y mi colon protesta, así que no me aventuro en más exploraciones con la gastronomía local. La omnipresente paprika me resulta muy decorativa en las tiendas de souvenirs, pero no me hace tanta ilusión en mi plato. 


En la Plaza Vorosmarty, admiro desde fuera el café Gerbeaud (que sirve de inspiración para el resto de cafés de la Belle Époque).


No me privo de tener mis propias vivencias en uno de estos elegantes cafés húngaros “à la Gervaud”, pero mi presupuesto a estas alturas está sobrepasado, así que me contento con desayunar en el también elegante pero más económico Café Müvesz, en la avenida Andrassy. Data de 1898 y desde siempre ha tenido entre sus parroquianos a gentes del teatro, músicos e intelectuales, porque la ópera está justo enfrente y, entre ensayo y función, todos montan la tertulia en este salón. Las lámparas de araña, el mobiliario de época y las fotos de celebridades de las paredes son el marco ideal para viajar en el tiempo… pero la experiencia gastronómica deja mucho que desear. Me sirven un café tibio y una tortilla francesa fría y desmadejada. Coincido con un rebaño de turistas franceses, y me pregunto qué opinarán de esta omelette tan mal resuelta. 


Ya se sabe que estos lugares decadentes viven más del cuento que de otra cosa, por eso me resisto a acudir al garito por excelencia que sale en todas las guías turísticas para escuchar música zíngara, porque sospecho (aunque probablemente esté equivocada) que es el equivalente a uno de esos tablaos flamencos para turistas de tour operadora. Leo que en Hungría no ha habido relevo generacional entre los intérpretes de este tipo de música, y escasean tanto que ya no hay bandas, sino un solista o como mucho un dúo, y que aparte de haber pagado un extra abusivo junto con la cena por escuchar su actuación, luego se dedican a pedir propinas por las mesas, y que te presionan de forma nada sutil… paso. Ya asistí este invierno pasado a una actuación folklórica en un crucero nocturno por el Cuerno de Oro, y con el recuerdo de ese falso monje derviche bailando música ambient con las cejas depiladas tengo llena la despensa de anécdotas frikies con las que amenizar las cenas en las que la conversación no fluya. 



Los autobuses de Budapest son madrileños, estoy convencida. El mismo modelo de coche, incluso el mismo color en la carrocería, y una distribución idéntica en el interior. Lo único que es distinto, por razones higiénicas obvias, es la tapicería, que ha sido renovada. Yo he leído en algún sitio que las ciudades se revenden entre sí los vehículos del transporte urbano, y este es un caso clarísimo. Para mí es un descoloque: cada vez que me subo a un bus, me dispongo a realizar un viaje espacio-tiempo y creo que me va a dejar en la Glorieta de Puerta de Toledo hace seis meses, antes de venirme para acá… 


En la plaza Karoly, donde está la noria de Budapest, hay grandes cartelas que ensalzan la labor de científicos húngaros. Me entretengo en leer sus logros, y así aprendo que María Telkes  fue pionera en el aprovechamiento de la energía solar, que Richter Gyoyszee inventó métodos de manufactura para la industria farmacéutica, pero que al ser judío sus logros quedaron obviados, y que Biro Gokyowrol fue el inventor de la pluma que lleva su nombre y que dio origen a lo que en España llamamos bolígrafo pero en otros países latinoamericanos aún llaman “biro” y en otros idiomas, como el inglés, aún muchos llaman “biro (pen)”.


Llego hasta la Gran Sinagoga, con sus cúpulas de fantasía orientalista, y aunque es de las mayores de Europa, decido no visitarla por dentro porque pocos días antes ha habido un atentado antisemita en una sinagoga de Manchester, y le temo al efecto contagio. Pero sí que recorro el barrio judío y puedo saborear el ambiente del Sabbat en el gueto. Veo a unos cuantos judíos ortodoxos que se apresuran a cerrar sus negocios antes del rezo. Uno de ellos está fumando y me extraña que, siendo hasídico, se atreva a encender un cigarro en público en Sabbat. Luego miro la hora y veo que son aún las cinco de la tarde, y por tanto no está contraviniendo ninguna norma. El rito judío dice que la observancia del Sabbat empieza hacia el ocaso del viernes tarde, y dura hasta el atardecer del sábado. En ese intervalo, los judíos hasídicos no pueden encender fuego ni realizar ningún tipo de trabajo, sino que deben concentrarse en rezarle a Yavé, según les prescribe la Torá o libro sagrado. Yo he estado en una cena de Pesaj o pascua judía a la que nos llevó, por aquello de lo ecuménico, un cura de mi colegio en Barcelona, y por eso recuerdo algunos de estos detalles. Yo respeto las costumbres ancestrales de cada cual, pero eso no significa que las entienda. Quizá son prejuicios pero no puedo evitar sentir lástima cuando veo a estos pálidos jóvenes vestidos de negro riguroso, con sus tirabuzones y sus sombreros de hongo, y a sus jóvenes mujeres con los cabellos cubiertos por pañuelos anticuados, los senos disimulados bajo rígidos petos oscuros y los pies calzados por zapatones bajos. Están rodeados de otros jóvenes gentiles de su misma edad, que han salido a celebrar el inicio del fin de semana, y entre unos y otros parece que median varios siglos, aún estando a pocos metros de distancia. 


Isla Margarita: preciosos parque donde se celebra una Oktoberfest, y restos del convento de Sta Margarita. Hay tumbonas, surtidores con acrobacias acuáticas y una torre de estilo Art Nouveau que no sé muy bien qué función tenìa, pero que ahora es un restaurante con vistas. 


Subo al monte Gellert y contemplo Budapest desde la Ciudadela. Parece que data del s. XIX y que jugó un gran papel, no sé muy bien en qué momento de la convulsa historia de la ciudad. Veo de lejos la estatua de la Libertad, construida en 1947, pero me da pereza acercarme, y además Miss Google me sopla que está en obras, aunque no veo los andamios. Al bajar por la otra cara del monte, veo la Iglesia Rupestre, que está en un estado lamentable de abandono, y no entro aunque la cancela está abierta, por lo que me quedo sin ver la réplica de la Virgen Negra de Czestochowa qué hay en el interior. Justo enfrente están los famosos baños de Rusas. Este balneario tiene una amoliación moderna, con una bañera exterior situada en la azotea. Desde la calle puedo ver a los bañistas, que disfrutan no sólo de las aguas termales sino de unas vistas privilegiadas de las dos orillas de Danubio desde su jacuzzi. 


Averiguo sobre el terreno que Sandor es un nombre húngaro. Yo asociaba este nombre a una famosísima cafetería de la zona alta de Barcelona, sita en un precioso edificio con aires parisinos en la que por aquel entonces se llamaba Plaza Calvo Sotelo y ahora es Francesc Maciá, cerca del Turó Park de mi infancia. Estaba cerca de mi casa de la calle Amigó, y en los 1970s y 1980s aún alcancé a ver todo el pijerío de la llamada “zona nacional” que se sentaba en su terraza para ver y dejarse ver, todos muy recompuestos por la mañana y bastante más desmelenados por la tarde-noche. Qué tiempos aquellos, los de la Transición. Más tarde esta cafetería quebró, pero según me informa Miss Google ha sido resucitada con el nombre de Sandor 1944. Ignoro si el propietario era Sandor Kocsid, jugador húngaro del FC Barcelona por aquella época, y que sí que tenía un bar llamado Kocsis en el Ensanche. But I digress, me enrollo como de costumbre. 


Saliendo del Parque de la Ciudad, al principio de la avenida Andrássy, deambulo por el barrio de las embajadas. Hay allí villas maravillosas, la mayoría de estilo Art Nouveau. Para mí es siempre un placer pasearme por calles arboladas viendo casas antiguas, y por eso me conozco todas y cada una de las colonias históricas de Madrid. En esta ocasión el placer es doble, porque lo acompaño de mi vicio preferido, una bolsa de frutos secos. Es domingo por la tarde, estas calles están vacías y me paro ante la hiedra de algunas fachadas, que luce los colores del otoño. El guardia de seguridad de la embajada rusa se dedica a perseguirme un rato, hasta que se convence de que la bolsa contiene cacahuetes pelados, y no otra cosa más dañina (son dañinos para el colesterol, pero esa es otra historia). 


Los camiones municipales de limpieza riegan las aceras a chorro único, es decir, con el agua de un pequeño depósito que una bomba a presión saca por un tubo, del que por cierto mana con bastante mansedumbre. Los barrenderos realizan su labor con escobas de palma. Creo que el concejal de limpieza del ayuntamiento de Budapest debe manejar un presupuesto muy ajustado. Quizá eso explique por qué hay restos de chorros de orines (y otros fluidos corporales) en casi todas las aceras del centro. 


Una pena, porque los WC públicos en los que entro están generalmente limpios, y aquí la gente va muy aseada, de hecho huelen muy bien. Eso, unido a que son muy altos y bastante guapos en general, hace que los húngaros con los que me cruzo por las calles me resulten muy, muy atractivos. Las húngaras también, pero me interesan menos, francamente. 


Muchas de las estaciones de tren de Budapest, y son muy numerosas, tienen un scalextric delante. La estación céntrica más cercana a mí hotelito es engañosamente pequeña y se llama Nyugati. Es una preciosidad, como también lo es la de Keleti. Lamentablemente, las estaciones no están comunicadas entre sí y se encuentran muy distantes unas de otras, así que, para mis excursiones, termino conociendo unas cuantas: Keleti, Ujpest, Kelenföld. Algunas son modernas y tienen buenas instalaciones. Otras están sucias y anticuadas. Pero las más antiguas son muy señoriales. Me encantan las estaciones, su estética, su ambiente y lo que representan. Creo que ese gusto lo llevo tatuado en alguna parte de mi ADN, porque mi abuelo era ferroviario.


El Oktoberfest parece ser muy del gusto local, porque me topo con varias ferias cerveceras con la bandera bávara y unos músicos en pantaloncito corto con tirantes.  La música bávara está en las antípodas de la música zíngara. La primera a mí no me entona a menos que lleve consumidas varias cervezas, pero la segunda me parece de primero de sensualidad muy, pero que muy entonado. Sólo mi opinión, por supuesto. Que puede estar influenciada por tantas películas del Hollywood clásico ambientadas en Hungría. Como "Rojo atardecer", donde salía, por ejemplo, Yul Brinner haciendo de un militar ruso invasor en la Hungría de 1956, que retiene a un autobús de extranjeros en un pueblo húngaro so pretexto de conflicto diplomático, pero que en realidad demora los salvoconductos porque está locamente enamorado de Deborah Kerr, que hace de lady inglesa muy elegante y muy necesitada de afecto. Los zíngaros que amenizan las cenas de esta concurrencia son una pura delicia, y esa es la idea que se me ha quedado grabada en la memoria. Esta película era una de las preferidas de mi madre. 


Hay una estatua de Bush padre (???!!!) en la preciosa plaza Szabadzag, vaya usted a saber por qué. 


Donde la calle Oktober 6 desemboca en la  plaza, me topo con un polémico monumento que conmemora la invasión del Tercer Reich en Hungría. Frente a él, la gente ha colocado, atados a la valla de un jardincillo, multitud de carteles anónimos, fotos de individuos y de familias enteras y algunos objetos personales. La intención es denunciar que este monumento, erigido por Orban en conmemoración de la ocupación nazi, pretende maquillar la responsabilidad del propio gobierno húngaro en la era del régimen de Horthy. 


Según leo, los invasores nazis fueron recibidos en Hungría con música, flores y abrazos, y el gobierno nunca tuvo intención de repelerlos. Según parece, existió una política cómplice genocida del gobierno húngaro y de algunos sectores de la población para facilitarle al Tercer Reich la deportación y exterminio de judíos, gitanos, homosexuales y disidentes. Hay fotos de familiares, zapatos, carteras, fundas de gafas, maletas, cartas, supuestamente pertenecientes a las víctimas. El monumento fue erigido por Orban en julio de 2014, durante la noche. Pero el hecho es que en los diez años que han transcurrido nadie ha quitado el "memorial" improvisado que la gente ha ido reuniendo a sus pies, cuando podían haberlo retirado. Los motivos se me escapan por completo. 


Cerca de la Basílica de San Esteban hay una estatua en bronce de un policía decimonónico y barrigón, con su casco y su casaca. Tiene cola de japoneses que quieren hacerse una foto con él. 

A la vuelta de la esquina de la galería Parisi Udvar, hay un garito con aspecto de cantina, que pertenece a una filmoteca llamada Kantona, con ambiente muy cultureta.


Veo muchos coches de los años 70 que circulan a escape libre y que van atronando las calles. La normativa de medio ambiente en Budapest debe de ser muy laxa, porque estos cacharros imagino que contaminan lo más grande, y hay muchos atascos en Budapest.


Veo mucha gente que rebusca en las basuras. Su aspecto es totalmente miserable, y contrasta con la elegancia con la que visten la mayoría de los ciudadanos con los que me cruzo por mi barrio de Pest. 


En el paseo ribereño veo unas gaviotas devorando una rata de agua sanguinolienta: por lo visto se han pasado al lado oscuro y ahora son carnívoras. Esta visión me acompaña durante largo rato. 


Me encanta la zona de Astoria, y la calle Rakoczi. En un palacio de fantasía veneciana hay otra filmoteca. Se celebra un festival de cine latino y casi todo el público que se agolpa en la puerta es veinteañero. 


Exploro los barrios de Terezvaros, Jozefvaros, Ferencvaros y Erszebetvaros. Cuantas maravillas encierran sus patios, sus fachadas, sus comercios y el ambiente de sus calles. 


Veo que en elegantísimo Corvina Palace hay un Food Hall muy hipster donde entro, miro la decoración trendy, olisqueo los platos tipo cocina de autor, miro los precios y se me quita el hambre, pero aún así aprovecho la visita, porque  hago un pipí de luxe patrocinado por la revista TimeOut. Ay no, que me he liado…


Pest es como si todo Madrid fuera el barrio de Salamanca, pero más sucio y más dejado. 


Veo muchas porteras que parecen la encarnación de ese personaje mítico de las películas francesas, madame la concièrge. Estas señoras se aplican barriendo la acera y los patios interiores, que son auténticas corralas. Colarse en uno de estos patios es retroceder al menos cien años. 


Adoro esos preciosos tranvías amarillos de Budapest, pero odio tener que cruzar las calles pisando sus raíles. 


Budapest, tres decenios después de haberse incorporado al mundo capitalista, se ha asentado en un bienestar económico que se hace evidente en muchos pequeños y grandes detalles. Pero aún queda mucho por hacer en una ciudad que abunda en edificios necesitados de una rehabilitación integral. Lo mismo va para el acerado, mil veces recompuesto como evidencian los infinitos parches que hay que sortear al caminar. La red de transportes es bastante eficiente, pero algunas estaciones del extrarradio están muy anticuadas y sobre todo muy sucias. Como no entiendo el idioma no identifico las sedes de los servicios sociales, que supongo que existen y cumplen su labor, pero veo muchos pobres miserables, y también gente razonablemente bien vestida que revuelve en los basureros. En los supermercados, poco antes de la hora del cierre, veo largas colas de gente que ha recopilado envases de plástico durante todo el día y los introduce en una máquina de reciclaje que, a cambio, les da unas monedas. Veo muchos gitanos, los magyar roma, pero la mayoría parece vivir según el estándar del resto de la población. Me parece que Budapest, como cualquier gran ciudad, presenta su mejor cara al visitante mientras aparta sus carencias de la vista. 


Busco activamente la parte más moderna de esta ciudad, pero no soy capaz de localizarla, salvo en edificios sueltos de estilo contemporáneo aquí y allá. Me llevo la impresión de que los barrios nuevos deben de estar tan alejados que hay que ir expresamente a donde se encuentran, y Miss Google no sabe decirme dónde están. Never mind. 


En la multitud de obras de reforma de gran cantidad de edificios, los andamios suelen ser de madera, como en siglos pasados. 


Me llama la atención que, a según qué horas, el transporte público está prácticamente vacío. Los trolebuses con cuernos, tan presentes en los países del centro y el norte de Europa, llenan las calles de una auténtica telaraña de cables, de los que además cuelgan las lámparas de la iluminación nocturna. Espero que estén bien anclados, teniendo en cuenta lo ventosas que son la mayoría de ciudades por esta zona del continente. 


En Budapest me reencuentro con las tiendas de los chinos. Y caigo en la cuenta de que llevaba muchos meses sin verlas. Este tipo de bazares, en otros países, o bien no existen, o bien los regentan otras etnias. 


La emperatriz Elisabeth, nuestra Sissi de toda la vida, hace su aparición estelar aquí y allá, en forma de estatuas más o menos inspiradas que glosan su figura (la proverbial y la literal, porque ya se sabe que estaba obsesionada con la delgadez).  Como a todos los afectados por problemas mentales, esta desgraciada mujer tenía varías monomanías compulsivas. Y una de esas obsesiones era Hungría: aprendió el idioma, adoptó las costumbres y pasó largas temporadas en Budapest, donde se sentía más cómoda que en Viena. Aquí trabó amistad con los líderes húngaros que luchaban por liberarse del dominio austriaco, y tanto se identificó con su causa que ayudó al pueblo húngaro todo lo que estuvo en su mano, y fue una mediadora entre Viena y Budapest para que se lograra firmar el llamado Compromiso Austrohúngaro de 1867, que garantizaba una cierta autonomía a Hungría en el engranaje del imperio. De modo que está plenamente justificado que los húngaros aún la recuerden y la homenajeen, pero como toda historia, esta tiene un reverso. La hija menor de Sissi, María Valeria, nació en Buda, y cuenta la leyenda que el padre no era el emperador Fransico José, sino el conde húngaro Andrássy (parece que el cotilleo es infundado, porque físicamente esta chica tenía toda la cara de Pacojó, perdón, de su Majestad Imperial). Esta “niña húngara” tuvo que soportar que su madre le hablara sólo en húngaro, y que la vistiera con ropas típicas húngaras durante toda su infancia. No es de extrañar entonces que al crecer y lograr liberarse del yugo materno, María Valeria no quisiera saber nada más de Hungría para el resto de sus días. 

(Aquí me disculpo por faltarle el respeto al emperador, pero he incluido lo de Pacojó porque me une un vínculo sentimental  a las películas de Sissi, que tengo asociadas a veladas con mi madre en los cines de reestreno, y también frente al televisor. De niña yo estaba "ensissada" y quería tener un miriñaque como el de Sissi, y mi madre me lo cosió con todo su amor. De color rosa, por más señas. Y de adulta, cuando mi madre ya era una anciana con síntomas de demencia, yo le bajaba el volumen al televisor y hacia todas  las voces del doblaje, para tenerla entretenida y hacerla reir. En esos doblajes delirantes, bauticé a la pobre Sissi como "La Chichi" y a Fransico Jose como "El Pacojó". Confieso mis crímenes, pero sin arrepentirme de ellos. Lo único que pesa en mi conciencia es no haber puesto por escrito las aventuras de Chichi y Pacojó, que me hubieran hecho reir a mí ahora, entre lágrimas, al recordar a mi querida madre).  


Paso por delante del Memorial del Holocausto, y veo tantos coches celulares que pienso que es una comisaría, hasta que leo el letrero en la puerta del edificio e identifico de qué se trata. 


Durante mi subida a la Colina de Buda donde está situado el Castillo, en el último tramo asciendo por una escalera cubierta de una techumbre de madera, al pie de la cual hay un cartel inquietante: “Nuestro pasado es tu futuro. Hospital bunker en la roca”. Promociona un antiguo búnker de la guerra convertido en atracción turística, pero… leer ese mensaje premonitorio me da escalofríos. 


La Iluminación nocturna de Buda y Pest es bastante buena, y permite disfrutar no sólo de los monumentos en todo su esplendor, sino de una caminata nocturna por las calles, cosa que no ocurre en la mayor parte de ciudades de esta zona de Europa, tan pobremente iluminadas que da mucho respeto aventurarse a dar un paseo tras la puesta de sol


Me topo con una réplica del Edificio Metrópolis del comienzo de la Gran Vía madrileña en la  calle Bihari Janos, números 2-10. Quién copió a quien? 


Por último, señalo aquí una apreciación muy personal. En mis primeros días en Budapest, tengo varios encontronazos con los húngaros con los que interacciono un poco. Simpáticos no me parece que sean, la verdad. Luego me habitúo a las normas no escritas de la etiqueta local, que son muy liberadoras porque, en reciprocidad, tampoco te obligan a  esmerarte con la cortesía. Budapest es el lugar idóneo para demostrar a las claras que estás de mal humor, sin censuras. 


Ya a estas alturas del viaje me he dado perfecta cuenta de que en esta Europa que queda más al este, las zalamerías simplemente no existen, al menos tal y como las entendemos más al oeste. Las películas nos tienen muy mal acostumbrados a desearnos ese estúpido "que tengas un buen día" más falso que una moneda de madera. En cambio, por estos terruños por donde pasaron Atila, el Imperio Otomano, los Habsburgo y los soviéticos, entre otros... esas mamonadas no se conciben. Y yo eso lo admiro, porque un intercambio verbal de hipocresías no significa nada y es una pérdida de tiempo. Pero también opino que podría haber un término medio entre el chuchurri y la bordería. En los lugares menos turísticos de Zagreb, Sofía, Bucarest, Riga... ya me he encontrado con una actitud digamos que poco acogedora por parte de algunas personas, sobre todo de la mediana o la tercera edad, que han crecido bajo un régimen diferente y aún conservan los modos y maneras de aquella época. A mí me han tratado en algunos sitios con abierta hostilidad. Pero aquí en Budapest, me encuentro con un elemento añadido: la chulería como hecho diferencial. 


Algunos ciudadanos de Budapest muestran una actitud desafiante y retadora que me resulta profundamente antipática. Lo siento, pero mentiría si no lo mencionara. El gesto autoritario con el que te exigen que te apartes, o les cedas el asiento, o te esperes, o te calles. La forma ostensible en que casi nunca te devuelven el saludo o te dan las gracias. La manera de mirarte con una mezcla de desprecio y desconfianza. Las ganas de reñir que algunos húngaros parecen tener a flor de piel, y lo que disfrutan echándote la bronca cuando has contravenido alguna norma no escrita. El poco disimulo que les noto cuando interaccionan con alguien que no les parece bien (a veces, gente de otras razas). La manera en que arrojan los artículos que has comprado en el súper cuando no los has colocado en la cesta correcta. Los gestos furiosos con los que te indican por donde debes  entrar, o salir. Las miradas impertinentes y esas caras de "no puedo con mi vida" cuando tienen que darte explicaciones de algún tipo para informarte de detalles que, como extranjero recién llegado, naturalmente ignoras. La paciencia no es una de mis virtudes, pero la impaciencia de esta gente con los extranjeros me parece que me gana por goleada.


Tanto orgullo y altivez no se corresponde, me parece a mí, con lo que ofrecen, y ahí la balanza se descompensa. Budapest es hermosísima, pero aún no es París, donde casi todo se pasa por alto porque, qué narices, es que estamos en París. Los turistas podemos ser caprichosos, pero imbéciles del todo me parece que no somos. Budapest es una de las ciudades más hermosas y espectaculares de Europa, pero su aura y su estatus están aún lejos de encubrir los abusos en los precios ni de justificar el trato desagradable. Hablo solamente de mi corta experiencia aquí, y probablemente esté siendo injusta. Pero qué a gusto me he quedado, oyes. 


Dicho todo esto, también me he encontrado con personas muy educadas y amables que me han ayudado y me han atendido con la mayor cortesía y con mucho agrado. Pero han sido la excepción de la regla, al menos en mi experiencia personal. Sé que no se puede ni debe generalizar, y menos sacar conclusiones de unos pocos días de estancia. Pero está ha sido mi experiencia, tal cual. 


Algunos lugares a los que viajo en tren desde Budapest:

Esztergom, Visegrád y Szentendre, Godollo, Györ, Tata. Eger. Los comentaré brevemente en otro momento.


El lago Balaton, el mayor de esta parte de Europa, me queda algo lejos. Puesto que desde Budapest algunos puntos de interés de Hungría quedan demasiado lejanos como para hacer una excursión de ida y vuelta en el día, mi intención inicial era sumarme a un circuito organizado de varios días que me diera una visión de conjunto del país. Pero resulta que tales circuitos no parten de Budapest, sino que están organizados con origen en España, y además incluyen impepinablemente las llamadas ciudades imperiales del Danubio. Solamente localizo dos circuitos que cubren parten de Hungría y con salida desde Budapest, pero a unos precios totalmente desorbitados (de hasta 2000 euros). Tampoco tiene mucho sentido práctico pernoctar en otras ciudades húngaras, cuando los recorridos en tren que me propone Interrail regresan siempre a Budapest. Me resigno por tanto a perderme la parte del país donde está la mítica Gran Llanura húngara (Alföld), que queda hacia el sur y este del país, y que era uno de los atractivos que tenía en mente. Confieso que a veces, al improvisar la ruta, si me encuentro con algún obstáculo en mi camino y me pilla cansada, mi reacción es renunciar a los planes que tenía en la cabeza y cambiar el rumbo. Esto mismo me ocurrió cuando renuncié a entrar en Serbia y en Bosnia desde Croacia, porque no existía una opción viable en transporte público y los circuitos organizados partían todos desde España. Mi intención en este viaje no ha sido en ningún momento la de ir cubriendo objetivos turísticos como si de una campaña militar se tratase, sino simplemente deambular a capricho y sin un rumbo concreto por los caminos de Europa.  


Se me ha pasado por alto apuntar dos cosas que contribuyeron a que Budapest, y muy especialmente Pest, luzca la facha que le conocemos hoy, con esos grandes edificios, puentes y monumentos esplendorosos que parecen estar concebidos para provocar la admiración y el asombro de todo el que pase por delante.  

- El Gründerzeit o tiempo de los fundadores, fue la época de prosperidad económica de Alemania justo tras su unificación en el s. XIX. Este ambiente de especulación y de opulencia benefició también al Imperio Austrohúngaro. Fueron los tiempos del florecimiento de la revolución industrial, de la construcción de las redes ferroviarias, de la creación de muchas compañías industriales que comercializaban los nuevos inventos, de adelantos en las ciencias y de esplendor en todas las artes, muy especialmente en la arquitectura. Pest empezó a urbanizarse con los austriacos Ausburgos en el s. XVIII y luego en el XIX se expandió hasta convertirse en una gran urbe imperial. Y la mayor parte de edificaciones presentan ese aspecto compacto y ese estilo llamado historicista, (neo-gótico, , neo-renacentista, neo-barroco), pero se debe a que se construyeron en la misma época, a lo largo de unos treinta o cuarenta años, en el período del Gründerzeit. Luego esta Edad Dorada pasó, y vinieron otros tiempos más oscuros y precarios. Pero lo construido permaneció, y ahí sigue para gloria de Budapest, de Hungría y de Europa entera. 

- La partición de Hungría en tres partes, que terminó conformando la personalidad múltiple de esta nación. 




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