REPÚBLICA CHECA
No la llamo Chequia porque no me suena bien del todo, no sé por qué. Manías que tiene una, o más bien uno de los síntomas de un apego al pasado típico de las personas de edad. La geografía que me enseñaron en el cole ha sido ampliamente superada 50 años después, y hay tantos países que ya no existen y tantas ciudades que ya se llaman de otra manera, que he perdido la cuenta…
Retrocediendo en el tiempo, yo ya había estado en Praga anteriormente, cuando la República Checa había iniciado su andadura en solitario. Hacía pocos años que la antigua Checoslovaquia, creada tras la Primera Guerra Mundial, se había escindido en dos países, en 1993. Antes de eso, tras la desintegración de la URSS, Vaclav Havel y Alexander Dubcek habían conseguido una transición democrática sin violencia, la llamada “revolución de terciopelo”, en 1989. Según leo, ahora que se cumplen 32 años de la escisión, las relaciones entre las repúblicas checa y eslovaca siguen siendo aterciopeladas en general, salvo disputas ocasionales. El checo y el eslovaco son idiomas tan similares que son mutuamente inteligibles, y lo mismo ocurre con las tradiciones culturales y hasta con el carácter nacional. Los dos países son socios prioritarios y sus relaciones de amistad trascienden la política para adentrarse en el ámbito familiar.
A pesar de tener tantas cosas en común hay también diferencias, y según Miss Google son de peso: Eslovaquia tiene un carácter más esclavo, parece ser más rural y tradicional, con un catolicismo muy arraigado, y sus montañas le proporcionan un paisaje más variado. La República Checa es llana, está más industrializada y desarrollada, es más progresista y más laica, y está más influida por su herencia germánica. No sé hasta qué punto estas generalizaciones son válidas, ni me da tiempo a tratar de averiguarlo en una estancia de unos pocos días en cada país.
En la República Checa, atravieso en tren Bohemia, con sus pastos verdes y sus suaves colinas, y luego Moravia, con sus parques naturales de impresionantes panorámicas. Mi estancia coincide con un veranillo otoñal de jornadas muy calurosas y soleadas, y por tanto la hierba brilla esplendorosamente. Creo que nunca he visto una hierba tan verde. El campo checo es como una pintura en movimiento.
PILSEN
Llego algo despistada a Pilsen (como la llaman los alemanes) o Plzen (como se dice en checo). Esta coqueta ciudad es famosa por ser la cuna del método cervecero que lleva su nombre, pero en realidad tiene mucho más que ofrecer al visitante ocasional que una simple jarra de cerveza rubia. Antes de que pueda averiguarlo, me hago un lío tremendo en el autobús que me lleva a las afueras, donde está mi hotelito barato, y me bajo antes de tiempo en la zona equivocada, aunque tardo un rato en darme cuenta. Hay transeúntes y ciclistas, pero no veo ni bus ni taxi, así que no me queda otra que seguir adelante.
Como consecuencia, me toca rodar a la pobre Doña Resilia por caminos inescrutables. Nos vemos a las puertas de una fábrica de cerveza de la marca local Gambrinus, fundada en 1869. Luego pasamos cerca del reclamo publicitario del zoológico local, en forma de jirafa de tamaño natural. Más adelante nos toca pasar bajo las vías del tren atravesando un túnel reconvertido en galería del arte grafitero. Luego bordeamos un polígono industrial. Y por fin llegamos a un barrio normal y corriente, donde estoy a punto de pedir santuario y amparo en un colegio infantil… si no fuera porque las madres ya se han llevado a todos los niños, y están cerrando.
Finalmente, llegamos al hotelito de las afueras, que es bueno, bonito y barato, precisamente porque está en las afueras. Se trata más bien de un bed & breakfast muy limpio aunque anticuado, y el dueño es un hombre encantador. El mobiliario es una mezcla de piezas de anticuario y decorados de una sitcom de los años 1960s, y me trae recuerdos de las películas del landismo. De las paredes del salón-comedor cuelga una colección de relojes de pared con pinta de haber cumplido al menos un siglo, y mi anfitrión me dice que reunirlos era el hobby de su madre. También me cuenta que su hija es maestra en el colegio que he visto al pasar, y que entre otras cosas da clases de español, y que a él le ha enseñado a decir “buenas días”. No voy a contradecir ni a corregir las enseñanzas de su hija con la boca llena, de modo que le sonrío y él queda encantado. Me da un trato familiar que contrasta con el hermetismo de los otros huéspedes, que creo que son transportistas, aunque quizá me equivoque.
Una vez que aprendo la ruta del autobús, averiguo que el centro está a tan sólo quince minutos, y utilizo el transporte público a menudo porque Pilsen, como tantos lugares en los países de la antigua URSS, es una ciudad más bien hostil al peatón, es decir, que no se puede callejear por ella sin consecuencias: una decisión equivocada al cruzar, y te toca recorrer la travesía del desierto hasta que te rindes a la evidencia y desandas lo andado.
Pero el esfuerzo merece la pena, porque en el centro de Pilsen cualquier paseo es recompensado con bonitos edificios y un cierto ambiente callejero hasta la puesta del sol. Algunas casas son de color pastel, y otras lucen esgrafiados estilo Sezession, porque está ciudad aún conserva su impronta austriaca. Hay un canal ajardinado con una “torre del agua”. Y varios museos que no visito. Entre ellos el de la cerveza, el de la Bohemia Occidental y el de las marionetas. También se pueden visitar la famosísima fábrica de cerveza Pilsner Urquell, de 1842, y una red de túneles subterráneos que supongo que se cavaron para esconderse y huir, pero no termino de enterarme bien.
Yo prefiero caminar sin rumbo por el centro neurálgico que es la Plaza de la República, con un precioso ayuntamiento renacentista y una catedral, la de San Bartolomé, del s. XVI. Hay un enorme teatro de la ópera y una sinagoga del s. XIX con unas cúpulas orientalizantes, que es de las más grandes del mundo entero, pero a la que en la actualidad se le da uso más bien para actos culturales, porque los judíos de Pilsen fueron deportados en su gran mayoría en los años oscuros de la ocupación nazi. Un poco más allá hay unos jardines con dos estatuas de dos personajes apellidados Smetana, donde hay varios edificios impresionantes que evocan el poderío del Imperio Austrohúngaro. Uno de estos Smetana, de nombre Bedrich, es el compositor de "El Moldava", ese pasaje de su obra "Mi patria", que he escuchado tantas veces junto a mi padre y que es una de las composiciones más bellas de la música clásica de estilo nacionalista, tan en boga en el cambio del s. XIX al XX. Ésta música sublime sigue el curso del río Moldava desde su nacimiento hasta su llegada a Praga, y aunque no tengas ni una gota de sangre checa en tus venas, se te saltan las lágrimas al oírla.
PRAGA
Desde Pilsen hago una excursión a la cercana Praga, que ya tuve la suerte de visitar durante varios días hace muchos años, cuando también hicimos, una amiga y yo, una escapada a la elegantísima ciudad balneario de Karlovy Vary. Coincidimos con tiempo invernal y ambas ciudades estaban nevadas, lo que las embellecía aún más si cabe, y fue un viaje inolvidable. Ahora me conformo con rememorar lo más céntrico de Praga en un viaje de un sólo día, ya que los precios del alojamiento en la capital checa son prohibitivos.
Es imposible enumerar aquí todas las bellezas de Praga, que son de sobra conocidas. Sólo diré que, junto con Florencia, me parece una de las ciudades más delicadas de Europa, cuyo encanto consiste en perderse sin rumbo por sus calles y dejarse sorprender por sus rincones secretos… pero ambas han perdido parte de su magia porque desgraciadamente han sucumbido a su éxito, y se ven invadidas por hordas de turistas que impiden tener un momento de tranquilidad, al menos en el casco histórico.
Una multitud camina por el emblemático Puente de Carlos sobre el río Moldava, que une la ciudad vieja (o Stare Mesto) con el barrio pequeño en la orilla de enfrente (o Mala Strana). Lo del extensísimo Castillo con la catedral y todas sus dependencias se asemeja a una manifestación. Pero aún así, me las apaño para aprovechar bien el día.
Al llegar, admiro la preciosa estación central, de un elegantísimo estilo Art Nouveau. Me adentro en la ciudad nueva (o Nove Mesto), donde veo la Torre de Petrin, la plaza de Wenceslao, la Casa Danzante (edificio vanguardista que también se llama“Ginger y Fred”), y una vez más lamento no tener tiempo de entrar en el Museo Mucha. Yo tenía un póster del anuncio de cigarrillos JOB colgado en mi cuarto en Sevilla, y creo que, de todos los ilustradores modernistas, Alphonse Mucha era el más fino. Sus posters de la divina Sarah Bernhardt son lo más.
En el contiguo Stare Mesto veo a cientos de personas congregadas frente al sensacional Reloj Astronómico, por cuyo carrillón desfilan unas figuras móviles cuando da las horas en punto. Me abro paso como puedo. Veo de refilón al esqueleto de la muerte dando aldabonazos, y a la figura de la lujuria diciendo que no con la cabeza. Me pierdo parte del desfile de los apóstoles, pero como son doce alcanzo a ver a los dos últimos. De todos modos, el auténtico espectáculo son las caras de arrobo que ponemos todos, y los ooohs y las aaahs que soltamos por nuestras bocas abiertas. Yo la primera. Este reloj es la atracción principal de la Plaza de la Ciudad Vieja, pero lo rodean otras muchas maravillas como, el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, la Torre del Puente de la Ciudad Vieja. En el Josefov (o antiguo barrio judío) hay una cola larguísima para entrar en el Antiguo Cementerio Judío, y en la Sinagoga Antigua, pero la Sinagoga Española (o Sefardita) está mucho más despejada, porque está cerrada.
En Mala Strana, reposo un poco a la sombra sentada en los escalones de San Nicolás, antes de subir la cuesta de Hradcany, y luego la escalinata hasta el Castillo, admirando tantos edificios barrocos como salen al paso por el camino. Estas calles han servido de localización para rodar muchas películas de época, entre ellas Amadeus, en la que se recreó la Viena del s. XVIII gracias a estas bellas fachadas checas, tan bien preservadas. Una vez más, compruebo que las tiendas y restaurantes de esta zona están llenas de españoles, tal y como recordaba de mi viaje anterior. La única novedad es que ahora, a los souvenirs y al cristal de Bohemia, se unen los productos derivados del cannabis, porque en estas aceras hay tantos comercios especializados que lo venden abiertamente, que pienso que a este paso, Praga le va a hacer la competencia al mismísimo Amsterdam.
Arriba en el extenso complejo que forman el Castillo, la Catedral y todas las demás dependencias, me detengo en el Callejón del Oro y me recreo en entrar en todas y cada una de las casitas, en una de las cuales vivió Franz Kafka, porque era propiedad de su hermana, y el genial escritor se la alquiló para poder escribir retirado del bullicio del centro de la ciudad. Yo no recordaba que se podía curiosear el interior de estos diminutos habitáculos que parecen casas de muñecas, y que están adosados a la muralla del Castillo. Se construyeron para la guardia real, y más tarde las ocuparon los orfebres, algunos de los cuales cuentan la leyenda que estaban encargados de buscar la piedra filosofal, es decir que eran alquimistas tratando de convertir los metales preciosos en oro. Posteriormente estás casitas quedaron vacías, al mudarse la corte de emplazamiento, y se llenaron de delincuentes, los okupas de la época. Hasta que, a finales del s. XIX, se desalojaron y empezó a vivir allí gente corriente. Las casitas están amuebladas y decoradas en su interior con mucho realismo, y cada una de ellas tiene una cartela en la puerta que relata la historia de su último inquilino.
Me apena especialmente la historia de la quiromante Madame de Thèbe, una señora que estaba un poco enajenada tras perder un hijo en la Primera Guerra Mundial, y se ganaba la vida como podía adivinando el futuro en las líneas de la mano. Parece ser que su negocio iba viento en popa, aunque no sé cómo se las apañaba para atender a su abundante clientela en un espacio tan minúsculo. El problema es que esta pobre mujer se creía un oráculo infalible, y empezó a pronosticar la caída del Tercer Reich en plena ocupación nazi de Praga. Cuando sus profecías llegaron a oídos de la Gestapo, la detuvieron, torturaron y asesinaron con la mayor crueldad. Les sirvió de poco, porque el hecho incuestionable es que Madame de Thèbe acertó de pleno.
Tras saborear unos últimos paseos sin rumbo antes de la hora de salida de mintren, me resigno a volver a Pilsen, completamente agotada. Ha sido un día muy caluroso y el sol abrasador de este veranillo me mata. Estoy mayor.
BRNO
Desde que cumplí taitantos años, cada minuto empieza a ser muy valioso y no estoy para perder el tiempo en chuchurris, como llamaba mi madre a las zalamerías. Nunca me recetaron estrógenos para paliar los síntomas de la menopausia, de modo que uno de los efectos colaterales de mi nuevo yo ultra-hormonal, es que me ha dado por ser sincera. Qué liberador resulta decir lo que verdaderamente opinas, después de toda una vida evitando herir los sentimientos ajenos y preocupándome por lo que pensará la gente de mí. Me parece que, si se dicen las cosas con respeto y educación, la famosa píldora amarga… sabe igual de mal, pero tú te quedas muy descansada, y la conciencia solo te remuerde cuando un día muy lluvioso te obliga a encerrarte en casa y te da por pensar. El problema es que esto de sincerarme se ha convertido en un vicio muy adictivo que no sé cómo abandonar, y tiene el gran inconveniente de que tus interlocutores contraatacan con sus propios ataques de sinceridad, de modo que te arriesgas a oír verdades como puños, y faltaría más.
Toda esta farragosa introducción sirve para anotar aquí que Brno me ha decepcionado porque, y esta es solamente una opinión personalísima, me ha parecido muy sucia, muy incómoda y, en definitiva, desagradable. Lo digo desde el cariño, que es ese lugar terrible del que salen las opiniones más brutales. En este largo viaje he estado en otros lugares que también eran sucios e incómodos, pero no me resultaron tan desagradables porque, en mi personalísima opinión, tenían algo que les redimía, ya sea en su ambiente, su historia, o lo que fuese. Lamento no haber sido capaz de encontrar ese algo que mágicamente otorga valor a cualquier sitio, por poco atractivo que resulte a mis ojos. Repito que es sólo mi opinión, y que no pretendo estar en lo cierto.
Es una lástima, pero Brno no me ha cautivado precisamente, y quizá si lo hubiera visitado en otro momento no habría sido tan radical en mis apreciaciones. Pero me temo que ha contribuido un cóctel explosivo de factores: una excesiva y repentina ola de calor con un sol abrasador y noches tropicales durante toda mi estancia, una cierta irritabilidad causada por mis cambios de humor menopáusicos, y cero simpatía por parte de las personas con las que he interactuado. Sólo diré que, tras conocer las encantadoras Pilsen, Praga y Karlovy Vary, me parece increíble que Brno sea la segunda ciudad en importancia de la República Checa, porque cuando llegas y la recorres simplemente no resiste la comparación. Todo está roto, sucio y descuidado, y salvo en el pequeño centro histórico, la mayor parte de los edificios cultivan un feísmo reconcentrado. La gente no parece precisamente muy refinada,el transporte público es deficiente, y las pequeñas tiendas de barrio lamentablemente son muy precarias, de modo que el nivel de vida de la población debe de estar muy por debajo de las otras ciudades del país.
Leo que esta es una sede universitaria muy popular entre los estudiantes y la gente joven en general por sus bajos precios, y me lo creo. También leo que en esta zona de Europa no tienen apego a las típicas fórmulas vacías de cortesía, o de chuchurri, que son habituales en las películas y que se han trasladado a la vida real, como ese empalagoso “que tengas un buen día” etc. Estos eslavos de la Europa del Este consideran toda esa palabrería una debilidad hipócrita y una gran pérdida de tiempo, y les doy toda la razón. Pero, así como yo abuso de mi sinceridad, ellos también lo hacen, y el resultado es que no resultan precisamente acogedores. Y cuando te sales del circuito turístico, donde están habituados a tratar a los visitantes extranjeros y nos siguen la corriente con ñoñerías…. te das de bruces con la vida real de los ciudadanos corrientes. Y se echa de menos alguna sonrisa que otra, alguna respuesta a tu saludo, algo de interacción humana que no resulte hostil y, a veces, hasta agresiva. Pero en el fondo me está bien empleado, y me viene muy bien, porque me administran mi propia medicina. Sólo que en dosis de caballo, mire usted.
Brno tiene sus monumentos, y son muy bellos, aunque no muy numerosos. Su catedral está en lo alto de una roca y sus altas torres se ven desde todo el centro. En su plaza principal hay un teatro donde tocó mi adorado Mozart de niño. También veo allí dos fuentes barrocas. Su centro luce en sus calles principales con los habituales edificios monumentales heredados de la época del Imperio Austrohúngaro. Entre ellos, una estación que en su día fue sin duda muy bella, pero que está echada a perder. Está en obras de rehabilitación, y justo a su espalda veo que el nuevo Brno se está construyendo poco a poco con edificios muy modernos. Sin duda tendré que volver en unos años para ver cómo el lavado de cara ha variado la faz de esta ciudad que, siempre según mi opinión, a día de hoy carece de encanto.
Mi alojamiento no contribuye a hacerme variar de parecer, porque aunque se trata de un apartamento moderno y limpio en un edificio monísimo de nueva planta, está situado en uno de los barrios con peor reputación de Brno, el de Cjel, en la calle Bratislava. Tengo una antigua y ruinosa cárcel justo delante, y las tiendas del barrio venden sólo productos etiquetados en cirílico, porque mis vecinos son, en su mayoría, tsygany, o romaníes de origen ruso. Estos gitanos del este difieren mucho de los que son, literalmente, mis vecinos en Madrid, en su mayoría anticuarios. Tampoco se parecen a los gitanos andaluces que recuerdo de mis años en Sevilla. Los gitanos españoles tienen siempre a flor de piel un sentido del humor de gran agudeza, del que hacen gala en todo momento. Yo he presenciado fuertes discusiones callejeras en las que estaban involucrados en las que, otras consideraciones aparte, era inevitable terminar riéndote en algún momento dado, incluso muy a tu pesar porque la gravedad de la situación requería otro talante. En cambio aquí en Cjel, los tsygany parecen desprovistos de humor, y las mujeres romaníes en concreto clavan en mí unas miradas que no disimulan su desconfianza y su abierta hostilidad. Investigo un poco en internet, y Miss Google me sopla que este barrio de Brno está sufirendo un proceso de gentífricación (de ahí las nuevas construcciones como el edificio donde me alojo) y el Ayuntamiento pretende desalojar a estos gitanos, romaníes, tsygany o como quiera que se denominen. Lástima, de verdad, pero yo no tengo la culpa, aunque ellos parece que me la atribuyen un poco…
Por último, hago aquí una confesión que me deja en muy mal lugar. Como he dicho, estos días soy presa de la irritabilidad hormonal propia de mi verdadero carácter, y también de mi edad. Mis paseos por Brno, se ven dificultados con frecuencia por el estado lamentable de aceras y calzadas, con adoquines sueltos, con raíles de los tranvías que no sabes cómo cruzar porque casi nunca hay un paso de peatones señalizado, por caminos de tierra de obras que me voy encontrando y que no han previsto un paso para los peatones… Pues cada vez que esos obstáculos me dificultan la marcha y a veces hasta me obligan a desandar lo andado, sube a mis labios un grito de guerra: Catetos!!!. Creo que he en 48 horas he gastado ya la palabra, y lo confieso avergonzada, porque lo único que demuestra es que, si hay alguna cateta aquí, esa soy yo. Estoy llena de prejuicios, y encima me he vuelto una comodona. Qué desilusión conmigo misma. Y con Brno también.
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