VIENA
Mi padre reunió una colección de libros de la editorial Planeta, con el título genérico de "Ciudades con historia". Cubría alguna de las ciudades que han influido en nuestra civilización, en su momento histórico más relevante. El volumen dedicado a Viena se llama "Viena, fin del Imperio" y está escrito por José María de Valverde. Si no recuerdo mal, la tesis principal del libro es que todo ese universo vienés que llegó a 1918 llamándose aún “imperio” desapareció de un plumazo con la Primera Guerra Mundial, y que todos sus enormes logros básicamente han cambiado nuestra forma de ver el mundo, pero no los hemos asimilado del todo aún. Algunos de esos hitos definen el siglo XX por sí mismos: en el terreno de las ciencias (el psicoanálisis de Freud), la filosofía (las teorías de la conciencia del lenguaje de Wittgestein), la pintura (estilos rompedores como el de Klimt y Kokoschka), la arquitectura (la Secession de Otto Wagner y Loos), la literatura (Rilke, Zweig y Schnitzler) , la música (Mahler, el dodecafonismo de Schoenberg)…
Mi primera experiencia vienesa se remonta al verano de 1992, cuando una querida amiga (desgraciadamente ya fallecida) que se había mudado de Barcelona a Viena, me invitó a mí y a otra amiga común a pasar diez días en su casa. Pasamos momentos que el tiempo, la distancia y la muerte han convertido en inolvidables. Atesoro grandes recuerdos y anécdotas de todo tipo que no voy a relatar aquí. La impresión que me llevé en aquella ocasión de esta ciudad fue que estaba poblada por gente muy callada que rompía a menudo su silencio para regañarnos, porque habíamos metido la pata en algo. Y que los monumentos eran impresionantes y casi todos de un blanco blanquísimo. Andaba yo por aquella época muy embebida en la música clásica y me consideraba una mozartiana de pro (qué pedante he sido siempre), por lo que disfruté muchísimo siguiendo las huellas de mi ídolo Wolfgang Amadeus por Viena, Baden y Salzburgo. Y ya.
Más de treinta años han pasado de aquello, y contemplo ahora Viena como una gran tarta nupcial (ese afán por repintar los monumentos de blanco), con adornos de revestimiento de oro (ese afán por dorar las estatuas y las molduras). Viena a la luz del día es una señora muy elegante que se ha pasado con los polvos de arroz al acicalarse ante el espejo. Viena bajo la iluminación nocturna es una chica muy resultona que luce unos enormes pedruscos relucientes. Viena siempre es hermosa, aunque abuse de los abalorios en su empeño por alardear. La belleza está ahí, oculta bajo todo ese artificio, escondida a plena luz del sol y de los focos. Si se entrecierran los ojos para evitar quedar deslumbrados, la descubrimos en su vitalidad, en sus bosques, en su río, y en su gente, que ya no me riñe porque estoy mayor, y con la edad he aprendido a jugar las reglas del juego para no romper la baraja: el undécimo, no estorbar. Noto a los vieneses más relajados, pero seguramente la que estoy más relajada soy yo, prerrogativa de la edad.
Siguen las habituales notas sin orden ni concierto (pun intended, like totally):
- De los Cárpatos a los Alpes Menores, el paisaje sigue siendo maravilloso. Bosques y ríos y llanuras siempre verdes. Si el precio apagar por contemplar todo esto es que llueva a menudo y el cielo luzca gris, merece la pena.
- En el Stadtpark, Strauss en purpurina y el Kursalon en sacarina. El primero es un monumento donde el sobredorado de la estatua del compositor opaca todo lo demás. El segundo es un edificio donde primero se iba a tomar las aguas, y más tarde a bailar valses. Los de Strauss, naturalmente.
- Deambulo por este precioso parque, y veo que el cauce del río que lo atraviesa está medio desecado. Por un momento creo que se trata del canal del Danubio, y como me gusta dramatizar pienso en la decadencia de Occidente. Pero no, Miss Google disipa las nubes de mi ignorancia y me informa de que se trata del río Wien, y que este tiene grandes variaciones de caudal y ha provocado muchas inundaciones y epidemias en el pasado. Del agua mansa… Busco activamente el canal del Danubio (Donaukanal), que transcurre bordeando la ciudad, pero aunque intento aproximarme en varios puntos, no termino de dar con el lugar exacto en el que se puede pasear por su ribera. Y ni siquiera es el Danubio fetén, sino una canalización con la que se ha logrado controlar sus crecidas. Por las razones que sean, desde luego aquí no le sacan tanto partido al Danubio como en Budapest, al menos en el centro urbano. Me da la impresión de que Viena vive de espaldas al río, como Barcelona vivía de espaldas al mar hasta que las Olimpiadas del ‘92 cambiaron eso para siempre.
- Recuerdo que en mi viaje anterior a Viena, sí que ví el Donaukanal, porque mis amigas y yo estuvimos en uno de esos barcos que ofrecen una cena con espectáculo. El espectáculo consistía en una soprano con tirabuzones y miriñaque que cantaba opereta acompañada de un pianista. No cantaba mal, pero por desgracia se empeñaba en cogerse las puntas de los dedos a la altura del corazón mientras pestañeaba, en hacer muecas con la boca abierta, y todo tipo de mohínes y zalamerías. Yo no sé en qué academia de perversión le habían enseñado todos esos resabios, pero el caso es que su actuación era involuntariamente cómica. Yo para mi desgracia estaba en una mesa en primera fila, y pasé bastante mal rato porque se me escapaban las carcajadas. Para disimular masticando, me comí yo sola todo el cuento de cacahuetes. El caso es que, en los raros momentos en que la cantante no nos soltaba su chorro de voz, yo escuchaba detrás de mí una especie de lamentos bastante inquietantes. Para distraer mi atención, me dediqué a averiguar de dónde salían, y terminé descubriendo que provenían de debajo de la mesa de al lado, donde se habían escondido dos chicas que, sentadas en el suelo, se abrazaban partidas de risa pero tapándose la boca con la mano, para ahogar el sonido… No hay mayor tortura que la de ser presa de un ataque de hilaridad en público y no poderle dar rienda suelta. Es como el interruptus del sentido del humor.
- Austria es el único país que yo conozco donde mucha gente aún va vestida con el traje regional en su vida diaria. A las señoras les queda muy bien, es una vestimenta muy femenina y parece cómoda, yo no me sentiría en absoluto disfrazada si la llevara puesta. A los señores en cambio opino que les hace parecer colegiales, y les admiro porque creo que hay que tener mucho valor torero para, siendo un hombre hecho y derecho, echarse a la calle con pantaloncitos cortos de colegial sujetos con tirantes, calcetines largos de lana hasta la rodilla y la cabeza cubierta por un sombrero de fieltro con pluma añadida. Eso es patriotismo, y lo demás son tonterías.
- Me acerco por el Prater, el parque de atracciones más antiguo del mundo, que al mediodía de un miércoles parece estar casi desierto. La famosa noria gira, pero todas sus cabinas están vacías. Pienso en marcharme, hasta que localizo una Feria tirolesa llamada Wiener Kaiser Wiesn. Entro en el recinto, tras pasar un dispositivo de seguridad con detectores de metales, y aquello está lleno de hombres y mujeres, la mayoría de la tercera edad, vestidos de tiroleses. Hay varias bandas de música con acordeón, trombón, guitarra y hasta un cuerno alpino. Las melodías tirolesas me parecen perfectas para apaciguar niños de preescolar en el aula, pero hoy en esta feria me he tomado una cerveza y a continuación he visto la luz...creo que he aprendido a apreciar esta música desde una perspectiva más adulta. No sé, quizá se deba a que el tamaño mínimo de una jarra de cerveza por estos terruños es de un litro. Y me temo que se me ha subido un tanto, pese a que la he acompañado de un plato de codillo de cerdo con sauerkraut, y sólo me he bebido algo menos de la mitad de la jarra, más por dificultad mecánica que por otra cosa (tenía que agarrarla con las dos manos porque el vidrio de por sí ya pesa lo suyo). Una vez los vapores etílicos han hecho su efecto, en un momento dado me he sorprendido imitando a la concurrencia y tocando palmas muy-des-pa-cio, que es como en Viena se exteriorizan la alegría de vivir y el despiporre. La gente que se sienta conmigo en los bancos corridos de madera se sabe las canciones, pero yo creo que hacen trampa, porque todas suenan igual y sospecho que si te aprendes la letra de una, te sirve para todas las demás. Yo me sé el estribillo de “Mein Hut, der hat drei Ecken”, pero esa no la han tocado en el escenario, y además se me lengua la traba. Es un temazo, pero de la primera edad, y el público demanda baladas de la tercera. Soy muy mala, y además lo sé, así que no tengo perdón.
- Se venden las figuritas de Mozart y de Sissi a puñados. Las veo en las vitrinas de los escaparates. Sea usted emperatriz de un imperio centroeuropeo y genio de la música universal… para quedar reducidos a un muñequito de plástico fabricado en serie en Hong Kong. Me quedo con las ganas de entrar en la tienda y decir: Póngame cuarto y mitad de Sissis y un sólo Mozart, pero envuélvalos por separado que luego se mezclan los sabores.
Más tarde veo a la venta (a mitad de precio, reza el letrero) peluches de Mozart y tachán-tachán… de Freud! Busco el de Sissi, pero debe de haberse agotado. Si unimos a esto que se ofrece al público “el increíble viaje de Sissi” con gafas de realidad virtual, que también se puede optar a ver “el show de los Habsburgos” llevado a las tablas y que hay un museo apócrifo enteramente dedicado a Sissi y sus sissadas… concluyo que los austriacos, en el fondo de sus corazones, son el pueblo más antimonárquico que existe, porque le han perdido todo el respeto a las testas coronadas.
- En el impresionante Hotel Imperial se alojaron Rilke, Kokotscha, y otros, pero el huésped más celebrado es Wagner. No es de extrañar que los músicos frecuentaran este lujoso hotel y su café, porque el Musikverein queda justo detrás. Al lado, el Museo Albertina. Y un poco más allá, la barroquísima Iglesia de S Carlos Borromeo.
- Paso por los lugares donde habitaron, trabajaron e hicieron vida numerosos compositores de todas las épocas, tantos que es imposible acordarse: Beethoven, Schubert, Vela Bartók, Dvorsak. Y mi amado Mozart, cuya casa museo evidencia que, aunque murió pobre, antes disfrutó de fama y fortuna, y vivió durante tres años en un magnífico piso de un edificio palaciego, donde llevaba un lujoso tren de vida que estaba por encima de sus posibilidades, pero que le quiten lo bailado.
- Visito la casa de Mozart en la calle Domgasse 1. Han actualizado la exposición desde la última vez que estuve, y debo decir que, aunque la carencia de objetos personales le resta sensación de hogar al piso, la información de las cartelas y la audioguía mejoran la experiencia considerablemente. Disfruto mucho de esta visita al espacio íntimo donde el compositor vivió tres años con su mujer y su primer hijo, y donde a pesar del caos familiar compuso entre otras geniales obras Las Bodas de Fígaro, motivo por el que está casa entre los vieneses es conocida como “la casa de Fígaro”.
Nunca había visto una fuente en la que el chorro de agua saliera de la boca de un personaje que parece estar vomitando. Pero es la impresión que me da la Fuente del Ángel, en la Wiedner Haupstrasse. Intento averiguar por qué esta estatua, y otra que la acompaña, tienen las manos atadas a la espalda, pero como es habitual en Centroeuropa no hay explicación en la lápida, y Miss Google se muestra incapaz de ayudarme a esclarecer el misterio.
- Un mitin callejero de Los Verdes tiene toda una calle cortada al tráfico por obra y gracia de la policía urbana. Hay un escenario con música, unos puestos con comida y hasta una zona infantil. El tráfico de la calle transversal está colapsado. Me paro a esperar que abra el semáforo, y quedo a la altura de una conductora que tiene la ventanilla bajada. Está que trina. En medio de su indignación, me mira y me dedica su propio mitin unipersonal, del que no entiendo una palabra pero, a juzgar por su lenguaje corporal y su cara de exasperación, deduzco que su voto en las próximas municipales no va a ser precisamente para Los Verdes.
- Las tiendas de los anticuarios de Viena son más kitsch que en otras ciudades. No me sorprende, porque el nivel de sacarina es muy elevado aquí, de hecho ha sido la imagen de marca de la ciudad durante décadas, y es difícil romper ese círculo: los valses, las operetas, las películas de Sissi, las canciones de “Sonrisas y lágrimas”, los bailes de salón, los bombones Mozartkugeln, y otras cosas por el estilo, están revestidos de una cursilería que no debería corresponderles, pero que alguien debió decidir que era necesaria o inevitable, y ahí permanece, como una mancha de aceite, perdón, de sirope.
- Me encanta la col dorada que corona la sede de la Secession, el edificio que alberga el Friso Beethoven de Klimt. Yo admiro en Klimt tanto su obra como la vida tan alternativa que llevaba junto a su musa y pareja, la diseñadora de moda Émilie Flöge. Ambos vestían con túnicas y se dedicaron a contrariar a la sociedad biepensante desafiando una por una cada convención. Klimt se convirtió en el sumo sacerdote del movimiento de la Secession, en el que algunos artistas de Viena, disconformes con el academicismo, fueron explorando la modernidad y llenando esta ciudad de obras audaces y rompedoras. Bienaventurados los creadores osados, porque aunque su obra no se comprenda en su momento, la Historia del Arte les honrará. A este edificio me quedo sin verlo por dentro, porque las entradas están agotadas hasta mediados del mes que viene. Lástima, me hubiera gustado ver el friso Beethoven, ese fresco de Klimt en el que un coro canta la Novena Sinfonía mientras unos orangutanes se pasean por allí, y en el centro una pareja desnuda se abraza. El hombre está de espaldas, y muestra en toda su gloria lo que mi madre llamaba “el culito sumío”, porque yo en mi anterior visita compré un póster, lo enmarqué y lo colgué en la pared central de mi salón, justo encima de la tele. Cuando no le interesaba la programación, se dedicaba a criticar las nalgas enjutas del cuadro, para mi indignación o mi regocijo, según el día.
- El Naschmarkt es un mercado tradicional con terrazas y con puestos al aire libre muy simpático, donde no sólo sirven salchichas y codillo de cerdo, sino pescadito frito del Danubio. La gente come al aire libre en sus numerosas terrazas, y se les ve tan a gusto.
En el Prater corría la cerveza, pero en las mesas más chic del centro de Viena observo que los comensales son más de copita de vino blanco bien frío.
- En Austria, como en Alemania, hay unas mujeronas enormes. No porque estén gruesas, sino porque sus dimensiones son mayores que las de algunos varones, a lo alto y a lo ancho. Debe de ser por la ingesta de productos cárnicos y la ensalada de patata… o será por el zumito de cebada, también conocido como cerveza?
- El Hofburg es impresionante. Los museos gemelos de la Plaza de la emperatriz María Teresa son apabullantes. Pero lo que me deja impactada es el Parlanento, que con la iluminación nocturna se me antoja un decorado de un peplum en technicolor tipo Quo Vadis. Sólo me faltan Robert Taylor y Deborah Kerr bajando por la escalinata vestidos de romanos.
- Todos los edificios de la Ringstrasse, la ronda que se llenó de palacios en la segunda mitad de s.XIX, son a cual más impactante. La ópera es el que reúne más pirindolos, el ayuntamiento es el más alto, el Hofburg probablemente sea el más largo, pero los que más llaman la atención son los Palacios gemelos que albergan el Museo de Historia Natural y el de Historia del Arte. Este último es uno de los primeros del mundo en su categoría, y lo visité en mi anterior viaje a Viena. Es, junto con el Metropolitan de Nueva York, uno de los museos donde más me ha dolido la espalda por pasar tantas horas de pie, pasando ante una serie interminable de maravillas. Recuerdo que un mexicano que conocimos en la puerta se mostraba indignado porque los austriacos tuvieran en su poder el plumero de Moctezuma. También tiene un famoso Velázquez, el retrato de la infanta Margarita niña, vestida de azul. Parece que fue un regalo de nuestro Felipe IV a la corte de sus familiares austriacos, así que en este caso no se puede hablar de apropiación.
- Me encuentro esperando el tranvía que me lleve desde la ópera a mi hotel de las afueras, cuando para delante el tranvía turístico Vienna Ring Tram, que realiza un recorrido turístico con audioguía a lo largo de la Ringstrasse. Este en concreto parece un tour organizado para un grupo de jubilados, porque los que se bajan del tranvía son una enorme pandilla de ancianos que casi se matan trastabillando escalones abajo, y que se han puesto sus mejores galas para irse por ahí de cena. Poco que ver con el IMSERSO.
- Una constatación más de que las obras me persiguen por toda Europa, vaya donde vaya y (esto es una novedad) a la hora que sea del día o de la noche. Contra toda lógica, el ayuntamiento de Viena ha programado abrir una zanja en la calzada, justo delante de la puerta de mi hotel, y bajo la ventana de mi habitación. Cuando volví a eso de las 20:00 acababan de llegar los operarios con la taladradora. Ahora mismo son las 0:46 y ahí siguen, haciendo todo tipo de ruidos incompatibles con el descanso. Yo no he observado ningún escape de agua, y es evidente que tampoco lo hay de gas, de lo contrario nos habrían desalojado. La urgencia del caso la desconozco, pero por una vez me siento afortunada de ser insomne, porque mi sueño desde luego no se va a ver interrumpido. Me da lástima del resto de huéspedes y de la dirección del hotel, que va a recibir muchas reclamaciones y las peores críticas en internet sin tener responsabilidad alguna en el asunto. (Rectificación: Cuando salgo al día siguiente compruebo que la zanja ha sido tapada para no estorbar al paso de los coches. Ergo, la lógica del ayuntamiento era: podemos dejar a los vecinos sin sueño, pero en ningún caso debemos desviar el tráfico cerrando un tramo de este carril en plena hora punta de la mañana. A estas alturas ya estoy acostumbrada a que en Europa los viandantes no pintamos nada, porque todos los mimos se reservan para los cacharros que tengan ruedas: patinetes, bicicletas y vehículos a motor. Pero que los peatones también seamos ninguneados cuando no estamos en la vía pública, sino dentro de las casas… eso ya un apartheid puro y duro. Estoy mayor y me quejo en plan cartas al director.
- Se me antoja presenciar el entrenamiento ecuestre de la Escuela Española de Equitación de Viena. En los años en que vivía en Sevilla nunca pude ir a ver “Cómo bailan los caballos andaluces” en la escuela de Jerez, así que me propongo cubrir esa laguna en mi educación. Mientras hago tiempo antes de que empiece el entrenamiento con música de las 10:00, me doy una vuelta por los alrededores del Hofburg y en la concurrida calle Graben, donde hay una impresionante Columna de la Peste barroca. Veo a un hombre hinchar la rodilla en tierra y santiguarse frente a la Iglesia de San Pedro, para luego continuar camino a su rutina. En sombrerería por lo fino que ofrece creaciones de alta gama y aún más alto copete, veo en el escaparate una txapela Elósegui, la marca de Tolosa que se vende en todo el mundo. Cuando llega la hora, me aproximo a la plaza de Michaelerplatz y entro en el Palacio de Hofburg por la puerta que da acceso a las instalaciones de la escuela. Si Miss Google me hubiese dejado tirada por falta de cobertura, habría llegado igual guiándome por el intenso olor a establo y… sí, boñiga. Qué desdoro para las encopetados damas de la corte, tener que aspirar estos efluvios que no son precisamente de pitiminí.
El espectáculo en sí, por ser jueves, no es una coreografía conjunta sino un entrenamiento con música, en dos tandas de seis caballos cada una, ya que los “ballets” se programas para el finde semana. Mi asiento está en las gradas superiores de esta especie de teatro barroco, y mi vista se reparte entre la grandiosidad del recinto y la belleza de estos animales tan nobles. Por megafonía nos informan de que, en los entrenamientos, cada ejemplar realiza los ejercicios y las acrobacias que se les han asignado según su edad, características físicas y carácter. No son caballos veteranos, sino que aún están aprendiendo. Me resulta fascinante ver sus evoluciones al ritmo de los valses, montados por jinetes y amazonas vestidos de época. Me enamoro de un caballo de color gris oscuro, con las crines y la cola blancas. Aún tengo reciente el recuerdo del miedo que pasé cuando monté en Capadocia al atardecer, y eso que me reservaron la mula más mansa. Todo mi respeto para los jinetes y los mozos de establo, que son los que retiran a los animales tras la exhibición.
- Una Virgen de la Esperanza Macarena me espera, representada en un azulejo de los que venden en Triana, en el histórico callejón de Habsburgergasse 14, en el centro más histórico de Viena. Le han colocado un tejadillo metálico para protegerla de la lluvia y las nevadas. Su presencia en lugar tan emblemático es un misterio que queda sin resolver.
- En el Passage Herrengasem veo tiendas y cafés de la mayor distinción. Hay una exquisita boutique de decoración que expone sus muebles de exterior en el patio. Los coloco mentalmente en mi mirador, y no me caben. En cambio el saldo de mi tarjeta sí que cabe en su precio. Varias veces.
- En Viena te sirven siempre un vaso de agua junto con el café, una costumbre que también existe en Estambul y en Sevilla. Las largas colas de los cafés más emblemáticos (Central, Lanstadt etc) me desaniman, y me monto el acostumbrado picnic cotidiano en el precioso Stadpark o parque de la ciudad. A la hora del café de sobremesa (sobrebanco en este caso), escojo un café bastante más corriente frente al teatro Ronacher, un bonito edificio pintado en tonos rosados, donde se representa el musical basado en la vida de la emperatriz María Teresa (no todo va a ser Sissi… que también tiene su musical, faltaría más). El café tiene todo el ambiente propio de un lugar al que acuden tanto los teatreros como el público. Aquí los parroquianos charlan y se comportan con naturalidad, es un público variopinto. Recuerdo de mi visita anterior a Viena que, en el café del hotel Sacher, sólo se oía el sonido de las cucharillas removiendo el café dentro de las tazas, y el suave chirrido de las ruedas del carrito de los postres. Esas personas elegantisimas que consumían la famosa tarta, lo hacían en silencio. Las voces humanas se escuchaban gracias al soniquete de los camareros canturreando por lo bajinis “Danke schön… Bitte sehr” como si fuera una melodía. Aquí todo tiene su melodía, desde el dialecto vienés hasta los trenes cuando arrancan sobre los raíles de las estaciones, que producen unas cuantas notas musicales.
- Aunque en tiempos de la expansión del imperio otomano, los turcos fueron drenados a las mismas puertas de Viena, su influencia si que se coló por las puertas y algo permanece aún en el ambiente…. aquí hay muchas presencia turca. Barrios turcos (en uno de ellos me alojé la vez anterior), negocios turcos y también turismo turco.
- Paso por delante de las antiguas oficinas de la Gestapo, convertidas en zona verde con el añadido de un monumento conmemorativo, con el consabido “Niemals vergessen”, nunca lo olvides. Desde luego, es imposible olvidar que Viena fue cómplice del nazismo y que se mostró encantada de ser anexionada en el Anschluss de 1938 al Tercer Reich, no en vano el ser lamentable había nacido aquí en Austria. Como consecuencia, a esta ciudad en la posguerra se le dio el mismo tratamiento que a Berlín y también se vio dividida en cuatro sectores, con la diferencia de que se libró de que un muro separara a las familias durante décadas. Paso por delante de la fundación y museo Wiesenthal y tampoco entro. También me niego a ir a Mauthausen, aunque está a sólo un rato de carretera. Enough of that.
- Se me antoja ir a un concierto vienés, aún sabiendo que estos eventos, si no se celebran en los grandes teatros a un precio prohibitivo, resultan un espectáculo concebido para los turistas. Pero confío en la alta calidad de la mayoría de músicos que aterrizan en Viena para estudiar, para promocionarse o para ir reuniendo un currículum de prestigio. Y la verdad es que acierto. Por un precio muy razonable, tengo el placer de sentarme en el amplio hall para banquetes del Palacio Eschenberg, uno más de los edificios estilo palladio de la época de vacas gordas del Gründerzeit, inaugurado en 1872 por el mismísimo Paco… emperador. Allí, sobre las lámparas de araña y los candelabros, hay un techo artesonado con una acústica estupenda. Los maestros del sexteto resultan ser todos de una calidad excelente y estar muy bien compenetrados. Deben de llevar muchos años tocando juntos, porque en la foto de grupo del catálogo aún no lucian barriga ni peinaban canas. El programa en su mayor parte recorre las piezas de ópera y opereta más reconocibles, muy bien interpretadas. La soprano se come al barítono, pero este lo compensa con mucha simpatía escénica. Los dos son guapísimos, al contrario que los bailarines, que son la pata que cojea en este show: él parece más interesado por sostener el cesto de flores de ella que a ella misma, de ahí la falta de química. Pero el público, compuesto por orientales de todos los rincones (ojos rasgados, pieles de porcelana y también aceitunada, varias yihabs, al menos un sari) está encantado. Y yo también, porque entre aria y aria, nos regalan unos cuantos valses, polkas y gallopes, con lo que nos encontramos celebrando una especie de concierto de año nuevo con sus palmas y sus bromas, pero en versión low cost. Los japoneses en especial se lo pasan como los niños tocando palmitas-palmitas y siguiendo la coreografía. Yo ayer ya practiqué con los tiroleses en el Prater, así que ahora en la Ringstrasse me gradúo en estas artes con los honores propios de este marco incomparable. Eso me prepara para no hacer el ridículo en una caseta de la feria de Sevilla? La respuesta es no. Aquel es un palmeo mucho más sofisticado que supera mis competencias y habilidades, y eso que por mis venas corre sangre andaluza, pero cuando una tiene malaje más vale meterse las manos en los bolsillos.
- Al día siguiente voy al Museo Uber Belvedere, que en mi viaje anterior no pude visitar porque estaba en obras. Me doy un buen paseo por los jardines, donde aunque hace ya bastante frío me persiguen las últimas abejas de la temporada. Hasta le hago un primer plano por accidente a una de ellas, que justo se lanzaba a picarme cuando yo pretendía fotografiar una fuente. Todo el entorno forma un conjunto de gracia y belleza: los dos palacios, el superior y el inferior, más los jardines y las vistas que ofrecen de Viena. De la colección que se exhibe en el palacio (Oberes Belvedere), el protagonismo se lo llevan “El beso” y el resto de obras de Gustav Klimt. Pero hay muchas otras obras icónicas, de las vanguardias. Yo creo que destaca Egon Schiele (su “El abrazo” me parece lo mejor de todo el museo). La colección es algo exigua, pero abarca todas las épocas. El cuadro que me deja más impactada no es el de Napoleón disimulando que se resbala caballo abajo en el famoso cuadro de David, sino una obra de tamaño mucho más reducido, el “Klinger Quartett” de Maximilien Oppenheimer. Es una obra expresionista y representa las manos de la sección de cuerda de una orquesta moviéndose a la vez en todas direcciones. Casi oímos la intensidad del pasaje que están interpreta do. También me gustan mucho las cabezas del escultor Messerschmidt, cuya existencia ya he comentado que des unei en Bratislava. También parecen expresionistas, aunque con dos lentos años de adelanto. Increíble.
MELK
- Voy hasta Melk para visitar su famosa abadía, pero también para darme una vuelta por este pueblecito encantador lleno de tiendas, tabernas y restaurantes cuquis, y donde los lugareños son educadísimos. Desde las lomas de su parque y desde los barandales de su abadía hay vistas panorámicas de estos campos tan verdes , cultivados con tanto esmero que se diría una manta de patchwork recién cosida. Los bosques y viñedos que lo circundan son todo un espectáculo de colorido otoñal, y las preciosas casas y calles típicas son un ejemplo de pulcritud.
- Pero el hechizo se rompe al llegar al antiguo crematorio del campo de concentración de Melz, una especie de sucursal del cercano Mattausen. Allí hay un un memorial y un centro de interpretación que mantienen viva la memoria de las vícitimas y el recuerdo de que muchos de los abuelos de estas gentes tan corteses y tan atildadas colaboraron en una masacre repugnante, inconcebible. Como ya he mencionado, un tío de mi madre (afiliado a Izquierda Republicana y más tarde a la Resistencia) fue asesinado en Mauttausen, campo que debido a la gran afluencia de prisioneros se amplió varias veces por las localidades de los alrededores. El número de stalag en concreto lo teníamos de primera mano, porque mi madre conservaba una carta postal de este chico en la que felicitaba las Navidades a su familia desde el campo de trabajo. Quién sabe si fue precisamente en este precioso pueblo de Melk donde estuvo prisionero antes de que lo ejecutaran. Tengo muy difícil confirmarlo, ya que mi madre tiró aquel documento histórico a la basura…. porque decía que quería impedir que lo hiciera un extraño, y prefería que fuera su propia mano la que se deshiciera de los malos recuerdos. Sin comentarios. (Puedo hacer indagaciones consultando el BOE, donde salió publicado el listado de todos los prisioneros españoles y su ubicación, pero en pleno viaje no es el momento).
- En el monasterio propiamente dicho disfruto muchísimo admirando tanto el edificio en sí como todo el arte que alberga. Me gusta especialmente el Retablo de Breunthe Elder (s. XV-XVI), uno de esos paneles renacentistas que se plegaban al modo de un armario porque servían altares portátiles. El dinamismo y colorido de las figuras es extraordinario, es como leer el storyboard de un rodaje de cine. Pero la joya de esta abadía es su valiosa biblioteca, que consta de doce salas (de las que sólo dos se muestran al público). Fue esta biblioteca según parece la que inspiró a Umberto Eco la trama de su novela “El nombre de la rosa”, aunque luego situara su abadía de ficción en el Piamonte italiano. Esta célebre biblioteca de Melk se comenzó a reunir cuando se construyó la abadía original, en el s. XI, por orden de Leopoldo II. Los monjes benedictinos se asentaron aquí y fueron reuniendo una influencia y poder considerables, hasta que un abad, en el s. XVIII, decidió restaurar las partes destruidas en el siglo anterior por los ataques otomanos, pero al final tiró abajo también tidas las partes medievales que aún estaban en buen uso, y el resultado es un gigantesco edificio de nueva planta y estilo barroco que es el centro espiritual de la muy católica Austria.
No sólo la abadía es de una hermosura extraordinaria, sino que su entorno es un lugar privilegiado. Los jardines, concebidos en su tiempo como los de un palacio, han sido restaurados recientemente y contienen auténticas maravillas. Paso un rato muy feliz paseándome entre sus áboles, y además mi flor en el culo elige justo ese momento para florecer y garantizarme un intervalo de radiante sol en este día gris y tormentoso, de modo que durante las tres vueltas que le doy a este parque puedo admirar en todo su esplendor los contrastes de colores del otoño en las copas de los árboles. El parque de la Abadía de Melk ofrece, además de muchos bosquecillos, lomas y estanques, un recorrido didáctico por la regla de San Benito, un jardín japonés con templo budista incluido y una glorieta llamada “Las piedras que hablan”, donde unos tótems colocados unos frente a otros desgranan pensamientos filosóficos en voz alta. Para quien tenga fe o un espíritu elevado, este recorrido debe de proporcionar momentos inolvidables de introspección. Yo soy mucho más materialista y lo que me emociona es, a partes iguales, la contemplación de la caída de las hojas rojizas que bailan al viento, el sonido de las ramas al moverse, y… un estupendo café y un Äppfelstrudel que me sirven en el Pabellón del Jardín, un anexo rococó cuyas paredes y techos interiores están totalmente cubiertos de paisajes y personajes exóticos a modo de trampantojo.
Siendo domingo, hay varias bodas que celebran una pequeña recepción en estos preciosos jardines, y tengo la oportunidad de ver varios vestidos de novia de diverso gusto. En mi clasificación personal, gana por goleada un enorme miriñaque con cuerpo ajustado sin mangas ni tirantes. La razón? Es de color rojo pasión. Ole tus ovarios, bonita, no sabes cómo admiro a la gente que se atreve a romper las convenciones con tanta rotundidad, sobre todo en un lugar donde prima el cursileo como es este. Ole y ole.
- Me marcho maravillada de este lugar inolvidable, con ese algo especial que, pese a no ser creyente, también he podido percibir en Umbria, en torno a la Basílica de San Francisco de Asís. Llegar a Melk navegando por el Danubio y ver la Abadía en lo alto desde el nivel del río, debe de ser todavía más impresionante, pero y me vuelvo a Viena como he llegado: en tren, entre pueblecitos y viñedos, que tampoco está nada mal.
BADEN
- La vía a Baden im Wien desde Viena está rodeada de viñedos y casitas en campos verdeantes, con bosquecillos otoñales. Suena muy cursi, pero es una preciosidad como brilla la hierba, tanto si brilla el sol como si el tiempo está encapotado.
En esta pintoresca ciudad hay varios puntos de interés:
- Los baños romanos (de ahí su nombre),
- La casa donde veraneaba Beethoven y donde cuenta la leyenda que compuso pasajes de su Novena Sinfonía
- La casa donde Mozart de hospedaba cuando iba a visitar a su esposa Constanza, quien pasaba largas temporadas en Baden curándose de males sin especificar. Según la biografía de Wolfgang Hildesheimer que tengo en casa, en realidad Constanza utilizaba sus dolencias como excusa para huir de Viena y vivir en Baden una aventura extramatrimonial con Franz Xaver Süsmayr, alumno de Mozart, a quien atribuye la paternidad del segundo hijo. Quién sabe. Lo verdaderamente importante es que aquí en esta casa, Mozart compuso uno de sus motetes más sublimes el Ave Verum Corpus, para su estreno en la iglesia de San Esteban, de la que un amigo suyo era prior.
- Baden tiene un famoso casino, al más puro estilo afrancesado. Esta en un parque precioso, al pie de una ladera cuajada de árboles que muestran en sus copas todo el muestrario de colores de que el otoño es capaz de revestir la hoja caduca. La exquisitez del kiosko de música, junto al que me siento para almorzar, le aporta a mi humilde bocadillo un glamour que ni en los restaurantes de la Costa Azul, oiga.
Abandono Viena sin que me haya dado tiempo a acercarme a varios puntos que ya ví en mi viaje anterior, pero que me hubiera gustado revisitar:
- Schönbrunn, el palacio de los Ausburgos de mil habitaciones y un sólo cuarto de baño, que hizo instalar Sissi. Durante mi visita anterior, en medio del recorrido guiado, recuerdo haber estado a punto de preguntar donde estaba ese WC histórico, porque me bajó la regla, siempre tan traicionera e inoportuna ella.
- La torre de comunicaciones, una especie de pirulí xon vistas a toda la ciudad y sus ríos. La otra vez mis amigas y yo almorzamos en el restaurante que hay en todo lo alto, y que va girando lentamente para que tengas la oportunidad de recrear la vista.
- El edificio más famoso del arquitecto y pintor Hundertwasser, un vienés que en los años 1970s se convirtió en una especie de Gaudí vienés, con sus edificios originalísimos en los que nunca faltaban los detalles en cerámica y las fachadas multicolor. La otra vez también tuve el placer de visitarlo, y xompré allí un calendario que luego enmarqué, porque sus pinturas me encantan. Fue un defensor del medio ambiente y sus proyectos siempre eran sostenibles, lo que añade un extra a su talento.
- El Vienna Cottage Verein es como se llama un barrio de antiguas villas residenciales, construidas durante la época de esplendor económico del úktimonteecio del s. XIX hasta Los años 1920-30s. Las villas más antiguas son más convencionales, del estilo llamado historicista. Las más recientes son de estilos diversos más contestatarios y rompedores, como el Art Nouveau y el de la Secession.
- Hay, a lo largo del río Danubio y en diferentes distritos de la ciudad, muchas casitas, o mejor dicho cabañas de madera, que los vieneses utilizan en sus ratos de ocio, y sobre todo los fines de semana. Son habitáculos pequeños con un jardincillo, donde la gente se relaja, y donde se monta un picnic con hamacas y tertulia, si es que el tiempo acompaña. A veces el propietario lo es también de una lancha motora, que está atracada al filo de la orilla. Yo tuve la fortuna de pasar una tarde muy agradable en una de estas cabañas en mi viaje anterior. Pertenecía a una buena amiga vienesa de mi amiga española, y está señora encantadora nos preparó tortilla de patatas para almorzar, y le salió bastante auténtica. Mucho más rica que la mía, desde luego.
No he mencionado que mi hostal en Viena, funcional sin más, está en el barrio de Meidling, a 20 minutos de la estación del mismo nombre de donde parten los trenes hacia Salzburgo y Munich, mis próximos destinos. El camino desde esta estación al hostal atraviesa un cementerio precioso, concebido como un jardín paisajístico a la inglesa. A mí no me importa en absoluto tener que pasar por él, ni siquiera cuando ya ha oscurecido y se ven todas las velas artificiales encendidas sobre las lápidas. Las paredes de la estación estás decoradas, en su parte subterránea, por enormes grabados realizados con Inteligencia Artificial. Leo en las cartelas que en este antiguo villorrio de Meidling, hace unos doscientos años tenía su mansión y sus tierras un rico aristócrata. A su muerte los donó a la ciudad de Viena, y allí se estableció una facultad de Ciencias Naturales que tenía un jardín botánico. Muchos estudiantes vivían en las casitas de los alrededores, y el mismo Beethoven, de joven, también tenía alquilada una habitación por aquí, y contaba en sus cartas que le gustaba pasear por estos alrededores. Ya no queda nada de todo aquello, pero según explica el cartel, han introducido todos estos datos en un programa de IA para que realizara una serie de grabados imaginarios recreando las escenas y los paisajes del Meidling de entonces. El resultado es muy bonito, y uno de los grabados muestra a Beethoven paseando por el jardín botánico.
Pasados cinco días, abandono Viena y mi alojamiento en el barrio de Meidling. Salgo para Salzburgo, donde además de revisitar esta ciudad, de las más bellas que recuerdo, me propongo explorar las rutas en tren que sean más asequibles desde su wstación central: Innsbruck, Zell am See, Werfen, Hallstatt, y si me da tiempo, una mina de sal.
Hasta siempre, Viena. Quién sabe si nos volveremos a ver.
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