29.10.25

DIJON

DIJON


Una joven madre y su niño se sientan en la estación de Estrasburgo en un banco junto al mío del vestíbulo principal. Estoy distraída comprobando el horario de salida de mi tren en la pantalla, cuando la chica que se sienta a mi lado me pregunta: “Es tuya esa mochila?” Veo que la madre y su hijo se han marchado, y la criatura se ha dejado atrás la mochila escolar. Los buscamos, pero han desaparecido.  Inmediatamente cunde la alarma. Yo y la otra chica nos ponemos a buscar un guardia de seguridad o un agente de la Sureté Ferroviaire, y nos cuesta mucho rato encontrar a alguien. Temo que nos desalojen a todos de la estación, pero por suerte no ocurre. 


Menos mal, porque en meses anteriores yo ya lo he sufrido en mis viajeras carnes: en Burdeos y en Lille ya tuve la experiencia de ver mi tren retrasado o incluso cancelado, a causa de una maleta sin dueño y sin identificar (en Francia es obligatorio ponerles una etiqueta). En las cercanías de Burdeos desalojaron una estación entera, no recuerdo cuál, y en Lille paralizaron durante horas toda la línea férrea que va hasta Calais. Francia está en máxima alerta antiterrorista desde hace al menos diez años, y la población está muy concienciada al respecto. El equipaje o los paquetes sin dueño levantan muchas sospechas, y a menudo he visto a la gente preguntarse mutuamente: “Eso es tuyo? Has visto de quién podría ser? Se ha marchado sin recogerlo?” En seguida se plantean buscar al guardia, llamar al teléfono de emergencias. Puede sonar a paranoia, pero desgraciadamente con el número de atentados que se acumulan ya en este país con tanta frecuencia, está justificado que reaccionen así. 


Localizo a una controladora, y la otra chica a un guardia de seguridad. Empiezan a llamar a más personal por sus walkies, y en esas les dejo, porque tengo que coger mi tren. No dicen nada por megafonía y parece que me he librado del desalojo. Pero en los andenes el drama continúa, y la trama se complica: mi tren hacia Dijon, que finaliza su recorrido en Marsella, no puede llegar a la estación término por un problema en la catenaria, y se detendrá a medio camino, en Lyon. Por suerte, yo me dirijo a Dijon que está antes de Lyon, así que no me afecta la incidencia… Salvo que me basto yo solita para crearme problemas, y por despiste y en medio del caos de la situación, me meto en el tren equivocado, cosa que me ocurre con alarmante frecuencia. Normalmente me doy cuenta en seguida, pero en esta ocasión tardo más. Resulta que hay dos trenes idénticos de la compañía OuiGo que están unidos y que hacen el mismo recorrido. Yo he sacado el billete para uno, a través de mi pase de Interrail. Pero son trenes TGV, el equivalente a nuestro AVE, y por tanto debo reservar asiento porque es obligatorio. Y por despiste, reservo plaza en el OTRO tren del mismo horario, misma compañía y con el mismo destino, que para en el mismo andén con idéntica numeración en las pantallas…. y numeración distinta una vez que ya estás dentro. Caigo en la cuenta de la tontería justo cuando queda un minuto para salir. Decido no arriesgarme a bajar al andén y correr rodando a Doña Resilia, por temor a que no me vean y salgan sin mí…. Así que me quedo donde estoy.


En otras ocasiones de este viaje ya he estado en otros trenes InterCity de alta velocidad sin haber reservado un asiento concreto, y cuando van llegando los legítimos dueños he ido migrando de un lado para otro… hasta terminar en la cafetería. En un viaje en concreto, en Hungría, la cafetería también estaba llena y tuve que pasar dos horas de pie, arrimada a la ventanilla. Fue muy interesante, porque el pasillo del vagón restaurante era muy estrecho y los pasajeros muy inquietos, de modo que haciendo un cálculo por encima, me temo que más de medio pasaje rozó su cuerpo con el mío, lo que no contribuye a menguar el choque cultural, pero sí que elimina barreras, acorta distancias y te quita todos los dengues de un sopapo, literal. 


En este caso de hoy, he tenido más suerte porque había muchos asientos vacíos. He avisado al controlleur en cuanto le he visto para informarle de mi despiste. Con los años, he aprendido a contar a los demás los detalles del desaguisado de turno causado por mi déficit de atención, como una cosa muy graciosa de la que nos podemos reír todos si le echamos una pizca de humor a la vida…. Y normalmente este método funciona. En esta ocasión, también. Me excuso de antemano, y le cuento el sucedido. El revisor me hace un gesto simpático con la mano, como se amenaza en broma con azotes en el aire a una niña traviesa, y se va sonriendo. 


Frente a mí hay un chino que no habla más idioma que el suyo y que anda por el vagón como alma en pena.  Entre otra señora y yo le intentamos orientar, y revisando su billete vemos que está en mi misma situación, con billete para este tren y asiento en el tren que viene detrás. Me pregunto si el controlleur, si se entera del error, le hará el mismo gesto simpático y le dedicará la misma sonrisa. Creo que no tendré ocasión de comprobarlo, porque nos han revisado el billete en el acceso al andén y por tanto no van a hacerlo otra vez ya dentro del tren. Pero más adelante me sorprende cómo el controlador, con gran paciencia y amabilidad, dedica un rato largo a intentar explicarle la situación a este hombre chino, que parece un náufrago en plena tormenta. Está muy inquieto porque no entiende nada, pero necesita llegar a Marsella y a causa de la incidencia no podrá llegar, y va a perder el transbordo a un tren para Antibes. Lo que hace la falta de comunicación. Varios viajeros también intentan ayudarle. Con la ayuda de Miss Google, le traduzco que no se preocupe, que en Lyon se va a bajar todo el mundo y desde allí siempre puede coger un autobús hacia la costa, le explico cómo sacar un billete de autobús online. Se queda el hombre tan contento, y se relaja. La gente tiende a pensar en los idiomas solamente como una asignatura que puebla de pesadillas sus años escolares, pero… qué necesarios son los idiomas para poder defenderse en la vida! 


Llego por fin a mi destino, y me bajo del tren en un día frío, neblinoso y lluvioso. Dijon me recibe en estas condiciones, pero no me importa porque a estas alturas ya he pateado las calles de media Europa en todo tipo de condiciones adversas, así que no me espanto de nada. 


Como en todo drama que se precie, hay un tercer acto. El desenlace se desarrolla en el hotel. Más bien hotelito estrellado, desprovisto de estrella alguna. Llego hasta la puerta ya pasada la hora del check in. Se trata de una casa antigua encantadora, con tejado de pizarra y buhardilla. En el interior todo está oscuro, y la puerta cerrada. El mostrador de recepción 24 horas resulta ser un papel pegado al cristal, que pone “Guardia: este es su número de móvil”. Llamo, y me responde con voz adormilada. Le cuento que soy su inquilina y que estoy en la puerta, la lluvia me está empapando pero no puedo entrar porque no he recibido instrucciones. Se sorprende muchísimo. “Ah, tenía usted una reserva? Para hoy?” Le doy mis datos, y me temo lo peor. Me dice que en unos minutos me enviará un mensaje con el código de apertura y el número de habitación. Eso sí que lo cumple, y cuando entro rebusco en una jarra entre las llaves la de la habitación número 12. Naturalmente, no hay ascensor sino una escalera de caracol (me había olvidado ya de la típica escalera de la muerte francesa). Subo a pulso a Doña Resilia, y a media ascensión recibo un mensaje del “guardia”. “Sería tan amable de enviarme un vídeo de la habitación cuando entre?” Por segunda vez, me temo lo peor, y mis temores se ven confirmados porque la número 12 parece la leonera del típico adolescente rebelde-sin-causa. Le envío un vídeo de la cama revuelta y las toallas en el suelo del baño, con el texto: “Voilà. Alors?” No obtengo respuesta por escrito, pero casi en seguida llega el “guardia” jadeando escalera arriba. Es evidente que 1. se acaba de levantar y 2. ha dormido con la ropa puesta. También lo es que tiene un parecido razonable con “El Sevilla”, cantante de los Mojinos Escozíos, sobre todo en la corpulencia y la mata de pelo. Estoy a punto de preguntarle si tiene primos en San Juan de Aznalfarache, pero me contengo para guardar la compostura y no restarle patetismo a la situación. Repite “Pardon, madame” muchas veces y rebusca en la jarra de las llaves como si fuera a sacar un premio en una rifa escolar. “A ver, a ver”… por tercera vez me temo lo peor. Probamos alguna otra “chambre” y siguen estando “pas prêtes”, hasta que, bingo!, damos con una que tiene la cama hecha y las toallas muy bien dobladitas en el toallero. Una vez cumplida su breve misión, desaparece El Sevilla, digo El Guardia, escalera de la 🚪 muerte abajo. Ay, de verdad. Es lo que tiene una habitación a un precio muy ajustado en todo el cogollito del casco antiguo de Dijon. Inconvenientes: releer el párrafo. Ventajas: por un precio muy ajustado, doblo la esquina y estoy frente al Palacio de los Duques de Borgoña, en la plaza adonde dan las calles comerciales más importantes,  a dos pasos no sólo de la catedral y varios monumentos más, sino también del pintoresco barrio de los artesanos . Y encima he conocido en persona al primo francés de El Sevilla. (“Qué güeno que estoy”, ese temazo, resuena en mis oídos y me pone una sonrisa en la cara toda la tarde). 


Por fin salgo. Dijon, capital de Borgoña y del Franco-Condado, en el departamento de Côte d’Or, es conocida en todo el mundo por su exquisita mostaza (que no pruebo porque es carísima) y por sus vinos de Borgoña (que sí pruebo porque una copa sí me la permito). Pero esta ciudad ofrece mucho más. Fue uno de los lugares donde tenían su corte los poderosísimos Duques de Borgoña, que en teoría eran vasallos del rey de Francia pero en la práctica se conducían de manera bastante autónoma. Eran dueños de un rico territorio muy extenso y no fueron formalmente incorporados al reino francés hasta el s. XV. 


Hago aquí un aparte para señalar que la bandera borgoñona, la de la cruz nudosa en forma de aspa roja sobre fondo blanco (que también se llama de la Cruz de San Andrés), proviene de este ducado. Carlos V heredó el título de Duque de Borgoña de su padre, Felipe el Hermoso, y convirtió este estandarte en su emblema. Los tercios de Flandes luchaban enarbolando esta bandera, y este hecho que data de nuestro extinto imperio, por desgracia ha sido adoptado siglos después por la extrema derecha patria, que ha convertido esta bandera en uno de los logos al servicio de su imagen de marca, como decimos en el s. XXI. En fin (suspiro). 


El casco antiguo de Dijon no es muy grande y es totalmente llano, de modo que se puede recorrer con toda comodidad. Esta ciudad, tiene un aire provinciano que le aporta muchísimo encanto a sus calles limpias y bien trazadas, donde los edificios son de piedra caliza y abundan los comercios tradicionales, como de tiempos pasados. La gente no es tan glamourosa como en la opulenta Estrasburgo y está bastante más mezclada, de hecho lo que me cruzo es la amalgama habitual de clases sociales y razas propia de una sociedad mestiza de nuestros días. Vuelvo a la normalidad, donde no se me van a pegar malas mañas de niña pija. Menos mal, si no voy a volverme intratable.  


En Dijon, el ayuntamiento ha diseñado un recorrido que traza en la acera la dirección que se debe seguir si se quieren ver los principales monumentos. Se llama el Parcours de la Chouette, o recorrido de la lechuza, y es fácilmente identificable porque consiste en unas pequeñas placas triangulares de metal dorado en forma de flecha, con una lechuza grabada, incrustadas en el pavimento. Siguiendo esta ruta urbana, me voy encontrando con lo siguiente: 


Porte Guillaume (1788)

Palais Grangier

Rue de la Liberté.place F. Rude

Palais des Ducs et des États de Bourgogne

Place de la Libération 

Notre Dame

Hôtel de Vogué

Grand Théâtre

Église de Saint Michel

Bibliothèque Colette

Palais de Justice

Théâtre à Dijon Bourgogne

Saint Philibert 

Cathédrale Saint Bénigne 


Curiosidades que veo paseando por Dijon: 


Hay un jardín y un barrio que se llama Darcy. Nada que ver con Mr Darcy, el pretendiente de Elizabeth Bennet en Orgullo y Prejuicio. El nombre se lo pusieron para honrar a Henry Darcy, que nació en Dijon y se dedicó a conseguir que el abastecimiento de agua potable llegara a las ciudades con métodos modernos, en pleno s. XIX. 


Las alcantarillas aquí llevan un mensaje en la tapa: “Aquí comienza el mar. No tires nada dentro”. Dijon está junto al río Ouche pero no da al mar, sin embargo el mensaje me parece acertadísimo para concienciarnos a todos.  


Me encanta el ambiente de la rue des Forges y de la rue de la Liberté. En esta última, la maison Maillard de 1560, tiene una preciosa fachada barroca. 


En la Place de Rude hay un precioso tiovivo retro, boutiques dedicadas a la mostaza de varios colores, y una casa con entramado de madera pintado en rojo. Algunas tiendas ofrecen talleres de elaboración de mostaza, y otras ofrecen realizar una mezcla personalizada para su clientela. 


La catedral es originalísima. A otros templos de Dijon (donde hay tantos campanarios) les quiero encontrar un aire al gótico catalán en algunos detalles. 


Frente Celier St Bénigne, en la plaza del mismo nombre, es un antiguo edificio, hoy restaurante, que antaño acogía los vinos y productos de la huerta del monasterio de enfrente. 


Veo casas muy antiguas deslavazadas e inclinadas en la rue Monge, frente a la Académie de Dijon.


Pese a la lluvia y al viento, ya está colocada la decoración navideña en las calles. En Estrasburgo habían puesto hasta el árbol, un enorme abeto que requirió una gran grúa para instalarlo. Por qué, oh por qué la Navidad empieza antes cada año? 


La preciosa Place de la Libération tiene forma semicircular, y en su parte recta está el Palacio Ducal. Por las noches (tardes, más bien, aquí ya oscurece a las seis) el palacio está iluminado de un llamativo tono rosado. Hay una terrazas muy agradables en esta plaza.


Justo al lado está el Museo de Bellas Artes, junto a uno de los patios del Palacio Ducal. En la entrada hay una estatua obra de de Henri Bouchard en 1911, que representa a Claus Sluter, escultor e imaginero de los antiguos duques de Valois y Borgoña. Al lado hay una bonita escalera cubierta renacentista en piedra. 


El Palais Robert Badinter me parece precioso, con su marquesina exterior en piedra, mezcla de arquitectura gótica y renacentista. Ahora es el Palais de Justice, pero fue el antiguo palacio de las cortes borgoñonas.


La Iglesia de S Miguel, con su llamativa fachada renacentista y que según leo ha sido votada la más hermosa de Francia… no me gusta, qué le vamos a hacer. Es que en un país con tan bonitas iglesias y catedrales hay mucha competencia para ganar el concurso de belleza pétrea… Afortunadamente para todos yo no tengo voz ni voto para conceder honores. Me temo que la liaría parda. 


En la rue Verrière y alrededores se encuentra el barrio de los anticuarios, con su ambiente peculiar y todo el encanto de otros tiempos con el plus de un buen gusto exquisito. Me pierdo por allí un rato, no demasiado largo porque tampoco es muy grande. 


En una plaza hay un recuerdo a Garibaldi, con su busto colgado de un muro y arropado con un pañuelo de tela rojo anudado al cuello. “Defensor de Dijon y de la libertad”, pone. 


El convicto Sarkozy acapara las portadas días después de su encarcelamiento: unos titulares le compadecen y le victimizan, otros le acusan y le vejan, dependiendo de la línea editorial de la publicación. A mí lo que más me gusta son las revistas del corazón, que se centran en Carla Bruni, su mujer. Pocas veces se les presenta la ocasión de mostrar un romance de personajes ilustres que se ven jurándose amor eterno con rejas de por medio.


El último Astérix (Astérix en Lusitanie) comparte el espacio con el ex-presidente en los escaparates. Yo pensaba que ya no se publicaba nada nuevo sobre estos simpáticos galos que resisten al imperio romano, pero por lo visto siguen en la brecha. Francia intentando plantar cara a los nuevos tiempos, reverdeciendo viejos laureles desde su aldea? Me temo que van a hacer falta muchas dosis de la pócima mágica de Panoramix para eso… 



BESANÇON


De todos los destinos posibles para pasar un día en los alrededores de Dijon, escojo Besançon. Esta ciudad está a sólo una hora en tren, lo que me permite recorrerla no en plan maratoniano, sino con calma, que por su tamaño e importancia se lo merece. Por falta de tiempo y de presupuesto, me quedo sin ver otras ciudades importantes de Borgoña, como Auxerre, Cluny y Beaune, esta última punto de partida de las rutas del célebre vino de la zona. C’est la vie! 


Debo esperar una hora a que salga mi tren en la estación de Dijon Ville, y la aprovecho para intentar solucionar un grave problema de conexión que viene arrastrando mi móvil, una herramienta imprescindible para, entre otras cosas, buscar las rutas, reservar los alojamientos y los billetes de tren. Yo me las doy de independiente y me engaño creyendo que voy por libre, pero la verdad es que dependo de Miss Google como un bebé de su mamá, y ella lo sabe, por eso me lleva de la manita. Cosas del s. XXI. El caso es que necesito impepinablemente actualizar el sistema operativo de mi móvil, y el wifi de mi hotelito es, siendo amable, voluble como una mariposa que se posa un instante para retomar en seguida sus aleteos. Lo atribuyo a los gruesos muros de piedra de la casa, y también a que deben de tener contratada la tarifa más barata del mercado. 


Me veo obligada a descargar la actualización en otro lugar, y la estación es ideal, porque la SNCF ofrece puntos de carga y una hora gratuita de internet en todas sus estaciones. Mientras espero que se complete el arduo proceso, tengo la desgracia de coincidir en el vestíbulo de espera con una niña a la que le gusta mucho tocar el piano, pero sólo desde un enfoque meramente mamporrero, es decir, que hunde sus deditos entre las teclas sin otro propósito que el de maltratar nuestros tímpanos sin piedad. Ni ella ni su madre conocen el remordimiento, ni el solfeo tampoco. La tortura dura exactamente hasta pocos minutos antes de que salga mi tren. Qué matraca, mecag…cachis con el divinito tesorito. 


Entretanto, el día ha cambiado de talante y sale el sol entre las nubes. Menos mal, porque eso me garantiza una pisada en seco sobre la enorme acumulación de hojas caídas, tan peligrosas como patines en un pavimento mojado. Ha hecho mucho viento estos últimos días, y los árboles ya empiezan a estar pelones. 


Ya en Besançon, me entero sobre la marcha de que Victor Hugo nació aquí a principios del s. XIX. También leo que Colette pasaba temporadas en su villa de Montboucons durante la Belle Époque, de modo que se trata de un sitio con regusto literario. Me alegro de haber escogido a ciegas este lugar, pero mucho más cuando empiezo a recorrer sus calles…. Resulta ser una preciosa ciudad blanca, porque las fachadas son de piedra caliza de un tono muy claro, y los pavimentos también. Parece la versión gala de Dubrovnik, salvando las distancias por ambas partes. 


Desde la estación de Viotte, se entra en el casco histórico de Besançon atravesando un parque en una colina rematada por una de las antiguas torres defensivas, cubierta de hiedra rojiza. El barrio que lleva hasta el río Doubs se llama Battant, y está poblado por inmigrantes de varias generaciones. Flota en el aire un intenso olor a curry. Me cruzo muchos borrachos de varias razas, y algunas personas que van gritando incoherencias. Luego en el centro veo muchos carteles en ventanas y balcones: “On veut dormir la nuit, queremos dormir por las noches”. Muchos pisos por todo el casco antiguo están puestos a la venta. Algún malestar recorre estás calles, que sin embargo son muy bonitas y resultan muy alegres, porque las calles y las casas son de piedra caliza de tono muy blanco, con ventanas de medio arco rematadas en un pico muy acusado, a la veneciana.


A orillas del río encuentro una antigua sinagoga al más puro estilo fantasía oriental. No sé por qué motivo los judíos ricos que encargaban la construcción de sus sinagogas en el s. XIX escogían siempre este estilo, todo cúpulas y adornos exóticos, que a mí me recuerda más a una película del Hollywood en technicolor de la posguerra, una de Sabú por ejemplo. Seguro que no me entero de nada y que escogían estas fantasías por algún motivo concreto que desconozco. 



Cruzo el puente sobre el río Doubs. Las aguas son amarronadas y su fuerte corriente arrastra algunos troncos a gran velocidad. 


Veo otro cartel: “Franche Comté autonome!” Le pregunto a Miss Google, y me cuenta que esta región del Franco-Condado quiere separarse de su vecina Borgoña, ya que están unidas por esas cosas de la división territorial administrativa del estado francés, pero consideran que tienen identidades y características diferentes. Me recuerda a nuestra Castilla y León. En todos lados cuecen habas. 


Busco la casa de Victor Hugo. La calle que me lleva hasta allí serpentea, y cuando al final la veo me convenzo de que el niño Víctor nació en una familia pudiente. Efectivamente, su padre era un general del ejército napoleónico, al que José I hizo conde. El pequeño Víctor nació en Besançon porque era donde estaba destinado su padre, y pasó parte de su infancia en Nápoles y … en Madrid, por el mismo motivo. Víctor Hugo recordaba en sus escritos detalles de su infancia madrileña, y hay una placa en la calle del Clavel, junto a Gran Vía, que recuerda dónde vivió. Estudió en los Escolapios de San Antón, que los invasores franceses convirtieron en colegio de nobles para los hijos de la aristocracia desplazada a la corte de José I Bonaparte.


Frente a su casa de Besançon se hallan también los restos del Teatro romano de Vesontio, que en la Edad Medía fueron anexados al baptisterio de una iglesia, derruida más tarde. Un arqueólogo los descubrieron en el s  XIX y diseñó un pequeño jardín para exhibirlos. 


Por todas partes hay carteles que te dirigen a la Ciudadela, Patrimonio de la UNESCO. Me prometo que no voy a subir porque estoy muy cansada… y al poco rato ya estoy subiendo las escaleras para ascender por la empinada colina. Llego arriba falta de aliento pero llena de expectativas, y las vistas no me defraudan, porque desde arriba se ve todo el casco antiguo de Besançon. Esta fortificación forma parte de las llamadas “de Vauban”, ingeniero que construyó 12 en total por distintos lugares de Francia. Las mejores vistas se obtienen subiendo por una escalerilla a lo alto de un lienzo de muro llamado La media Luna del Fuerte Saint Étienne, que protege la entrada a la Ciudadela en forma de punta de lanza.  


La bajada es más complicada, porque la pendiente es fuerte. Hay un reloj astronómico en una iglesia cercana, pero no entro a verlo. Prefiero darme un paseo por los pintorescos callejones empedrados que van bajando hasta el río. Hay muchas consultas de médicos por esta zona. No sé si he mencionado antes que en Francia muchas consultas de médicos que ponen una placa en la fachada de su casa, añaden a su especialidad médica…. la de la hipnosis. Por ejemplo: sexologogía/hipnosis. Me parece una combinación muy intrigante, como poco. 


El Palais Granvelle es un precioso palacio renacentista con tejas de azulejos de colores formando rombos. Alberga el Museo del Tiempo, donde hay una exposición de los Años Locos del s XX. Cien años después, estamos todavía más locos, pero nos divertimos mucho menos…  En el pasadizo que da entrada al patio porticado, un músico callejero toca un instrumento medieval muy curioso, una especie de ukelele que se toca con un arco. Le consulto a la sabelotodo de Miss Google, y me responde que se llama fídula. 


En el jardín trasero de este palacio, que es un parque público, hay una feria infantil. Tienen un puesto de churros, y decido probarlos por curiosidad malsana, a ver cómo se las apañan los franceses con la masa y el punto de fritura. Pero se cruzan en mi camino las crêpes y no me puedo resistir a pedir una con un chorreoncito de grand marnier. Es un pecadillo, y por ese camino poco a poco cada vez me está más estrecha la ropa. En fin, “Hoy comamos y bebamos etc”. 


Mientras degusto la crêpe y paso ante las atracciones de la feria infantil… Veo una estatua en mármol del gran hombre, la gloria local y también universal, el mismísimo Víctor Hugo, sobre un alto pedestal con una inscripción que cita un fragmento de sus “Hojas de otoño”, donde cuenta que nació en Besançon, “vieja villa española” (el Franco Condado fue español en tiempos de Carlos V).  El escultor le ha representado sentado, al estilo de todo un senador romano … y desnudo de cintura para arriba. El resto se lo han tapado con una túnica patricia bien arropadita por los riñones. La postura elegida no es muy afortunada, porque está recostado con un codo posado sobre el respaldo del asiento, lo que le aporta una actitud que se pretende contemplativa pero que resulta algo chulesca. Y algo más, un matiz circunstancial… porque  los feriantes han colocado las camas elásticas de los niños pequeños justo frente al amigo Víctor. Y su mirada pétrea se posa con mucha insistencia en las criaturas que saltan y rebotan por los aires, con las piernecillas colgando de sus arneses, justo delante de sus narices (literal). No sé si soy yo, con mi mente de cloaca, la única que percibe algo un pelín turbio y equívoco en esta escena. Probablemente sí. 


A la hora de coger mi tren para volver a Dijon, la céntrica Place 8 Septembre está animadísima. La gente pasea, hace sus compras, se reúne a charlar y se sienta en las terrazas, todo ello sin asomo de prisa alguna. La vida provinciana en estas ciudades francesas de mediano tamaño tiene aparentemente ese ritmo pausado de antaño, que ha desaparecido de las grandes urbes. Claro que yo no he visto cómo es la hora punta aquí en Besançon. 


Al día siguiente me marcho a Lyon, donde pasaré unos días para cubrir otra de las últimas etapas de mi viaje. 



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