26.10.25

ESTRASBURGO

 ESTRASBURGO


En este recorrido por Europa, que ya va perdiendo velocidad porque se aproxima a su final, me salto de nuevo un país completo (no es el primero ni el último, hay que economizar tiempo y medios). No entro en Suiza porque mi memoria, que anda muy perjudicada y es selectiva, resulta que sorprendentemente recuerda muy bien un viaje escolar muy completo de diez días en el que le dimos la vuelta, y sólo nos quedaron por ver los cantones italianos. Tengo muy buen recuerdo de aquel viaje, donde hice dos amigos del alma portugueses de los que nunca más he oído hablar y donde remamos en lagos, rodamos por praderas, subimos hasta un glaciar (aunque luego la niebla nos saboteara la excursión) y tuvimos nuestras correrías por albergues híper sofisticados, en los que había un sensor de rayos infrarrojos a la altura de la pantorrilla por los pasillos, para imponer un orden nocturno, lo que no impidió que apareciera un romeo en el cuarto de las chicas, en busca de un arrumaco con su amada, con todo el torso lleno de pelusas, porque se había ido arrastrando por debajo del rayo rojo. Luego apareció el cura a buscarlo y lo escondimos debajo de la litera, como en las mejores comedias… qué tiempos. Vuelvo pues a entrar en Francia por Alsacia, y pretendo atravesarla bajando hasta Borgoña, haciendo una parada en Lyon, ciudad interesantísima que dejé para el final del viaje, y desde allí seguiré hasta Bretaña y Normandía. Lo más probable es que coja un avión de vuelta ya desde París. Veremos. 


Mi viaje en tren desde Munich a Estrasburgo no es muy largo pero resulta un poco accidentado, porque debo hacer un transbordo en Stuttgart, y tras una guerra de nervios a contrarreloj llego allí con un retraso tan grande, que casi pierdo la conexión. Rodamos por el andén Doña Resilia, que está ya muy gordita, y yo, que en este viaje me he puesto más rolliza de la cuenta y ya he aumentado una talla. Consigo subirme, con sólo un par de minutos de margen, al tren que me va a sacar de Alemania para llevarme a Francia. Debo decir aquí que tanto las estaciones como los trenes alemanes no son tan eficaces como nos podríamos figurar de antemano, si atendemos al tópico. De hecho, exceptuando la central de Berlín, las estaciones alemanas están entre las más sucias y caóticas de todas las que he visitado. Pero lo compensan con un excelente trato al cliente, tanto en ventanilla como online, al menos esa es mi experiencia. En este caso de Stuttgart, me han avisado en todo momento, vía email, del retraso y de los cambios de andén de última hora, cosa que les agradezco, porque así Doña Resilia y yo corríamos… pero al menos sabíamos perfectamente hacia qué andén en concreto, y con cuántos minutos contábamos para no perder el segundo tren. 


Cuando calculo que estamos a punto de pasar la frontera, consulto por dónde vamos a Miss Google Maps… justo en el momento en que atravesamos el Rhin. Me entero así, ignorante de mí, que este río es la frontera natural entre los dos países (siempre he estado pegada en conocimientos de geografía, por falta de atención y por mala memoria). Cuando pasamos a Francia, experimento un alegrón espontáneo: es el reencuentro con mi vieja y querida amiga tras muchos meses, y aunque por lo que veo parece que sigue tan estupenda como siempre, sé por la prensa que no es así, que está pasando un mal momento que ya le viene durando demasiado tiempo. Aaah douce France / le pays de mon enfance… qué te han hecho los políticos que te tienen así de cabreada, con un déficit que no saben dónde esconderlo y un desfile constante de primeros ministros dimitidos, las calles ardiendo de descontentos varios, un tic tac inquietante en las banlieus y… la extrema derecha llamando a la puerta. 


Nada de esto se evidencia en el casco antiguo de Estrasburgo, capital del departamento francés del Bajo Rhin, en Alsacia, donde todo es eficiencia y pulcritud, los ciudadanos van elegantemente vestidos, son corteses y están de buen humor, y la hostelería es de ensueño. Aquí el nivel de vida se adivina que no está nada mal, pero claro, es que esta preciosísima ciudad es seguramente la excepción de la regla. Es una plaza de gran peso y significación para este país, puesto que no sólo es una sede de la UE, sino que su puerto fluvial sobre el Rhin es el segundo en magnitud, además es un centro diplomático y cultural de altísimo nivel, tiene una prestigiosa universidad que es la segunda en importancia, una bolsa propia y, por si todo esto fuera poco, es la segunda plaza bancaria de Francia. Estar rozando la frontera en la orilla del río más transitado de Europa tiene estas ventajillas…. lástima que también tenga inconvenientes, como que la frontera cambie continuamente de sitio y la ciudad pase a ser la farsa monea / que de mano en mano va / y ninguno se la quea. 


Con los dedos de una sola mano no se cuentan las veces que ha cambiado de nacionalidad esta ciudad, lógicamente muy disputada por estar en la orilla del Rhin. Hasta la Guerra de los Treinta Años fue una ciudad germana, y de hecho jugó un papel importante en la Reforma Protestante alemana, pero el francés Luis XIV conquistó Alsacia a finales del s XVI, y ahí empezó el baile… quítate tú que me pongo yo, y así hasta seis veces en total (de momento). Menudo mareo el de esta gente, yo creo que deben de tener problemas identitarios pero también la ventaja de vivir una doble vida sin que nadie les pueda reprochar ya nada a estas alturas. Recuerdo haber visto un documental sobre un programa gubernamental franco-alemán para fomentar la amistad entre sus pueblos, y me impactó el testimonio de un hombre que contaba que su abuelo se había pasado de bando (dos veces!) en la Segunda Guerra Mundial, y conservaba los dos uniformes en casa. Estrasburgo ejemplifica la voluntad de cooperación entre los pueblos europeos porque, precisamente, es un lugar único que ejemplifica la reconciliación entre dos antiguos enemigos que se han destrozado mutuamente una y otra vez en el pasado. Por cuánto tiempo más durará este happy ending, con la frontera disputada colocada ahora mucho más al este … nadie lo sabe.


El hecho es que vuelvo a Francia y es un poco como regresar a  terreno conocido: para empezar, entiendo un porcentaje de lo que dice la gente. Luego, las costumbres y los horarios se asemejan mucho a los nuestros, por ejemplo las sobremesas con charlas animadas y risotadas. Los franceses caminan por la derecha en las aceras, como nosotros (en muchos países me he encontrado con que lo hacen al contrario). Los supermercados galos ponen a la venta comida de verdad, como la nuestra, no esos envases que contienen comiditas de mentirijillas como me he encontrado en algunos lugares de Europa. Entro en un Auchan, en un Carrefour, o incluso un Monoprix, veo a lo lejos un Leclerc, y salivo de la emoción. Por no hablar de las boulangeries, épiceries, boucheries, fromageries, pâtisseries, salons de thé, bistrots, brasseries y… los vignobles. Sale de todos estos establecimientos un olor a gloria bendita que te transporta a otra dimensión. Yo no tengo demasiado olfato ni un paladar refinado, pero me he tenido que salir de alguna calle que otra en este viaje porque no podía soportar más los efluvios de fritanga, barbacoa, kebab, vinagre, ketchup y curry combinados. El contraste es brutal con estos pueblos alsacianos, que cultivan el tipismo y el cuquismo también en lo gastronómico. 


Mi alojamiento está en la Petite France, en la rue du Puits (calle de los pozos), casi en semiesquina a la iglesia protestante de Sto Tomás. El hotelito se llama Patricia. Nada más entrar es evidente que la casa es del año de la tos. Le pregunto a la jovencita que está en la recepción y me lee una chuleta que tiene escrita, se ve que de vez en cuando le hacen esta pregunta. Me dice que la casa es del siglo XVI y que en su día fue un beaterio protestante fundado por una mujer muy devota llamada Patricia, de ahí su nombre. Efectivamente, Miss Google me lo confirma pero me amplía la información: antes de que la familia local Kettener fundara el beaterio en el s XVI, había aquí otra casa, sobre la que se construyó esta. La primera casa se llamaba Zum Erlin, porque en ella vivió Johann Erlin, uno de los arquitectos en el s. XIV de la iglesia de Sto. Tomás, que está como he dicho prácticamente a la vuelta. Luego en el s XVI construyeron esta casa, en la que Frau Patricia Kettener montó su comunidad de señoras devotas que vivían aquí semi retiradas, dedicadas a orar y supongo que a algo más. Y más tarde, en el s XIX, quien habitó la casa fue un alcalde de Estrasburgo, Émile Kuss, justo en los tiempos convulsos de 1870 en que, a resultas de la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana, Estrasburgo pasó de manos francesas a manos alemanas. Leo que monsieur Kuss se aplicó a fondo para defender su ciudad del asedio enemigo, y cuando tuvo que capitular mantuvo un comportamiento ejemplar para que el ejército ocupante le ayudara a socorrer a los heridos y a reconstruir la ciudad. Su muerte fue tremenda: cuando se enteró, a los pocos meses, de que la Asamblea Nacional francesa había decidido entregar la Alsacia y la Lorena a Alemania, le dio un cuco al corazón y se quedó en el sitio. Tó pá ná, hubiera puesto yo en su epitafio, pero en francés, claro. O mejor, en dialecto alsaciano: Alles des für nix. (Gracias, Miss Google, qué haría yo sin ti). Estrasburgo fue liberada de la ocupación del Tercer Reich por el general aliado Leclerc, quien tiene una avenida en la esquina de mi hotelito.


Me hace especial ilusión ocupar una habitación en un lugar tan cargado de historia… sólo que aquí en el casco antiguo de Estrasburgo eso no tiene nada de extraordinario, porque pese a todas las guerras y revoluciones que han pasado por aquí, abundan las casas de estos siglos pasados, y además están muy bien conservadas. Los solados y escaleras de mi hotel son sin lugar a dudas los originales, y cuando subo cruje la madera como hace 400 años. El hotelito está semi vacío, pero ni las beatas ni el alcalde manifiestan ninguna presencia espectral por las noches. Yo no creo en fantasmas… a menos que haya visto una película de miedo recientemente. 


Notas desordenadas: 


- Me encantan las estaciones de ferrocarril. La de Estrasburgo es especialmente llamativa, porque el edificio original de mediados del s XIX ha sido cubierta por entero con una inmensa campana de acero y cristal, dándole el aspecto de un invernadero. 


- Me dirijo a la catedral de Nôtre Dame, que ofrece estos días un atractivo espectáculo multisensorial en su interior… pero no quedan entradas hasta finales del mes que viene. No importa, porque el espectáculo multisensorial es verla tal cual, sin música y a la luz del día. Veo la impresionante fachada y la preciosa columna de los ángeles, y el reloj astronómico, dos proezas técnicas en su época. Leo en las cartelas que en el estatuario del tímpano exterior aparece Jesús en el infierno, acompañado de Adán y Eva, justo antes de su resurrección. Primera noticia a mis oídos, pero claro, es que los tiempos en los que estudié el catecismo quedan lejanos, hace ya medio siglo…. seguro que las monjitas me hablaron de esto, y lo he olvidado. Leo también que las vidrieras no fueron destruidas en los bombardeos de la guerra porque los nazis, que habían recuperado Estrasburgo para Alemania, se los llevaron, de modo que en la posguerra fueron devueltos a Francia intactos. Con una excepción: me quedo prendada de una vidriera que ha sido reconstruida modernamente, y en vez de imitar el emplomado clásico de pequeños vitrales independientes que relatan una historia bíblica, han innovado y construido el rostro de Cristo en un enorme primer plano, formado por rostros anónimos, que llena todo el ventanal. Se me antoja subir a la torre para poder contemplar desde arriba todos los tejados a dos aguas de estas casitas de cuento alsacianas… sin informarme previamente de que esta puñet… bonita torre fue hasta el s XIX la más alta de toda la cristiandad. Para cuando llego arriba me creo seriamente enferma y necesitada de atención urgente. No soy la única porque todos, jóvenes y mayores, llegan a la plataforma echando los bofes, aunque los hombres intentan disimular todo lo que pueden. Las maravillosas vistas nos recompensan, con el premio añadido de que podemos entrar en la casita que se construyó en siglos pasados para que los campaneros y relojeros no tuvieran que subir y bajar semejante altura, por lo que se instalaron allí arriba. 

- La bajada es mareante y mis pies me piden clemencia, así que, en contra de mis costumbres, en vez de pasear por mi cuenta, prácticamente me arrojo sobre el asiento del consabido trenecito turístico, con musiquita y audio en varios idiomas. Luego me alegro, porque me da muchas ideas para pasear cuando las piernas ya me sostienen de nuevo, aunque al día siguiente aún estoy convaleciente. Estoy mayor. 

- Hay, haciendo esquina en la plaza de la catedral, una casa de entramado de madera ya muy oscurecido, que data del 1427 y se llaman Kammerzell, que es la más antigua del lugar.

- También en la misma plaza hay una casa con columna esquinera bastante pegada a la fachada. Los burgueses de la villa medían ahí sus gorduras, vendrá de ahí lo de barriga cervecera (de cerveza alsaciana?).

- En realidad, hay tantas casas del renacimiento con entramado de madera en su fachada, especialmente en el barrio de la Petite France, que es difícil decantarse por alguna para señalarla, aunque la que más fama tiene es la de los Tanneurs o curtidores, que data de 1572, que está junto al río Ill, afluente del Rhin, para que la corriente se llevara los restos digamos impuros de los animales despellejados, y que tenía el piso superior bien aireado para que se secaran las pieles antes de tratarlas. Que nos gusta mucho usar artículos de piel y cuero, pero preferimos ignorar todo el proceso de fabricación porque nos da mucho asquete. Aparte de curtidores, también había pescadores, molineros y artesanos en este precioso barrio Patrimonio de la UNESCO, que nos permite viajar varios siglos atrás en el tiempo con sólo un cierto paseo. 

- Pruebo una de las especialidades locales, el pan d’épices o pan especiado, que lleva avellanas, miel, especias como el jengibre y no sé cuántas cosas más. Desgraciadamente está riquísimo y no sé controlarme, porque me como la bolsa entera de una sentada. Pero me consuelo pensando que la grasa corporal me protege del intenso frío que hace por estas tierras. 

- Por la calle oigo hablar tanto francés como alemán. No sé si se trata de alemanes que han cruzado la frontera para trabajar, pasar aquí el día y hacer sus compras o acudir a algún entretenimiento, o más bien se trata de hablantes bilingües. En Alsacia se ha la un dialecto del alemán con muchos préstamos del francés, un pidgin llamado alsaciano. 

- El llamado barrio europeo no lo visito, porque literalmente no me da tiempo, y además ya he visto el Tribunal de Derechos Humanos y el Parlamento Europeo en los telediarios. Sí que me doy una vuelta por el barrio alemán, denominado así porque, en una de las épocas en las que Alemania recuperó Estrasburgo, en ell s XIX, los hermanos quisieron convertirla en una gran urbe de su imperio, tal como correspondía a la importancia de su puerto. Y construyeron un enorme barrio lleno de edificios oficiales estantes y también de casas particulares estilo historicista y Jugendstil o modernista. Por allí aún quedan grandes avenidas, glorietas ajardinadas muy bonitas y mucho pijerío. 

- Los puentes cubiertos se llaman así porque formaban parte de una fortificación defensiva que protegía la villa de los ataques por barco, al estar cerca de una presa sobre el río Ill. Tenía cinco torres, de las que quedan sólo cuatro. Los puentes ya nonestán cubiertos por un tejado, pero a lo alto de la dietificación se puede subir para tener excelentes vistas. En uno de los puentes hay una curiosa casita, que está en una pequeña isla del río, y a la que se accede por una pasarela cubierta por una pérgola (sólo que está cerrada).

- El paseo del muelle Quai del Bateliers es de los más bonitos de la ciudad. 

- Las plazas Klebber y Gutemberg son de las más animadas de Estrasburgo. Aún no han puesto sus famosos mercadillos navideños, pero ya están calentando motores con la iluminación y la decoración de escaparates. Una tarde que paso, están plantando un abeto gigantesco que supongo que irán adornando poco a poco. Entretanto, en tiendas y bares todo está lleno de cadáveres sanguinolientos y de telarañas y murciélagos porque la semana que viene llega el dichoso Halloween. Los franceses tienen su fiesta tradicional de Toussaint, como nosotros la de Todos los Santos (Tosantos en Andalucía). Pero ni todos los santos del santoral intercediendo a la vez pueden impedir que Hollywood nos coma el coco, así que lo que prima son las calabazas y las brujas. En fin. 

- Veo, al pasar por delante de la sede del periódico local DNA, que anuncian un número dedicado a recordar La línea Maginot, una fortificación armada que en la Segunda Guerra Mundial sirvió para cerrar el avance alemán por el noreste, y que pasaba en buena parte por Alsacia. Era tan impenetrable que los alemanes no la podían atravesar, hasta que encontraron un punto débil que estaba poco defendido, y por ahí pasaron a Francia desde las Ardenas, en Bélgica. Los restos de esta reliquia de hace más de 80 años se conservan en algunos pueblos de Alsacia, restaurados por entusiastas de la historia militar que no quieren que lo que pasó quede en el olvido y se lo muestran a las nuevas generaciones. 


Aprovecho estos días fríos, lluviosos y ventosos en Estrasburgo (aunque mi flor cular se ocupa de que por las tardes haya un ratito de sol) para visitar algunos pueblos típicos alsacianos que están a poca distancia en tren. Todos tienen su río canalizado, sus casas tradicionales de entramado de madera, pintadas de varios colores, con empinados tejados a dos aguas y buhardillas, su plaza del mercado, sus iglesias góticas (una católica y otra protestante) y su ayuntamiento renacentista con doble escalera elevada y torrecillas en aguja. Hay flores, muchas flores. Y tiendas que han puesto junto a la puerta una mesita y dos sillas de jardín en acero, han preparado con mimo unos escaparates muy elaborados y unas decoraciones muy cuidadas por toda la fachada, para atraer a la clientela. Todo con una temática rústico-cuqui a cuadros  rojos y blancos que todos sabemos que es impostada, pero no nos importa porque nos gusta una barbaridad. A las cosas bonitas y agradables, para qué ponerles un pero que acabaría con la magia? Viva la Alsacia y sus alsacierías, afirmo. 


De estos pueblos destaco sólo algún detalle que otro, que mañana madrugo mucho para coger el tren a Dijon. 




MULHOUSE


Esta ciudad dedica una plaza a los evadidos, la Square des évadés de guèrre. 

En la Plaza del Mercado, el ayuntamiento renacentista tiene una doble escalera con un remate central en forma de pequeña torreta con tejadillo. La fachada está decorada con esgrafiados, en este caso son trampantojos. Una combinación de figuras geométricas imitan columnas y ménsulas, y otras simulan un volumen en tres dimensiones para hacernos creer que cuelgan bajorrelieves y esculturas en donde solo hay un fresco pintado en dos tonos y dos dimensiones. Luego veré que este tipo de edificio tan particular se repite en algunas localidades de Alsacia. 

Precisamente estoy intentando fotografiar esta fachada, cuando un operario que lleva un mono me pide muy cortésmente que me aparte porque va a pasar un coche (la plaza es peatonal). Veo que en su mono pone Ferrari. Y efectivamente, pasa un coche deportivo rojo de esta marca, bastante despacito debo añadir, y dentro van una pareja de jóvenes indios. El resto de la familia les espera en la plaza con los móviles preparados para inmortalizar el momento. Todos van emperifollados, y me pregunto si se trata de una boda, pero no… los novios, o lo que sean, que van en el coche saludan como si fueran famosos mientras pasan por esta especie de photocall familiar motorizado. Ella está muy guapa y va vestida a la occidental. Luego se van todos, y a mí me queda la duda de si habré presenciado una especie de rito de paso en el que una joven pareja se puede permitir comprarse un cochazo, y quiere que todos sus seres queridos presencien el estreno…. O si en cambio todo es una pantomima para enviarles el vídeo a los parientes de la India, y contarles que los que han emigrado a Europa tienen el mismo nivel de vida que las estrellas de Bollywood. Nunca lo sabré. 

Veo en una confitería el dulce alsaciano Beraweka, que tiene el aspecto de un plum cake pero con una masa muy oscura y compacta. El precio de una porción te paga una comida completa en otro lugar del ancho mundo que no sea este. El típico Kugelhof, que parece un panettone con pasas pero más compacto, me quedo sin probarlo. Mi estómago a estas alturas del viaje ya ha digerido todo tipo de masas y está un poco harto de tanto ajetreo.

Paso por delante de la casa donde pasó su infancia el capitán judío Alfred Dreyfuss, cuya condena por alta traición, destierro y posterior rehabilitación constituyeron un feo escándalo que pasó a asunto de estado en la Tercera República. Desgraciadamente estas cosas pasan muy a menudo, en toda época y lugar. 


COLMAR


El casco antiguo de esta ciudad, capital del departamento del Alto Rhin, es una maravilla. El barrio llamado de la Petite Venise, por estar asomado a un canal, es de los rincones más lindos que tiene Alsacia, y en consecuencia está lleno de turistas, la mayoría cruceristas de la naviera Viking. Hay que guardar turno para hacer fotos, y es uno de los pocos lugares masificados que he encontrado en este viaje. No importa, ha salido el sol y todo luce esplendoroso. 

Doy un gozoso paseo por la calle de los Mercaderes, la plaza de la Aduana y otros rincones. Tanto me gusta Colmar que atraso la vuelta en tren a Estrasburgo para pasar aquí el doble del tiempo que había previsto. Hay tanto edificios hermosísimos que no acabaría de hacer el listado. Aparte de la Aduana, una casa abadía para protestantes con arcadas del s XVII llama mucho mi atención. 

Descubro que los que optan por recorrer el canal en barca, deben agacharse hasta literalmente tumbarse para pasar por debajo de algún puente. 

En una bocacalle, me topo con el Domaine Karcher, una bodega que explota el mismo. Ileso familiar desde 1602, que se dice pronto. El precio de los caldos alsacianos de me va de presupuesto, así que me conformo con ver los envases y meterme en las tiendas especializadas, que están llenas de asiáticos. Recuerdo que, en la semana que pasé en Venecia con la excusa de estudiar italiano, mi compañera de piso era japonesa, y todas las mañanas amanecía malísima porque había bebido la noche anterior. Ahí me enteré de que los asiáticos tienen un gen modificado que limita mucho su tolerancia al alcohol. Sin embargo, estos ciudadanos de ojos rasgados, de dondequiera que sean, compran felices litros y litros de vinos, crémants (un espumoso) y licores. Imprudencia? Consumismo? No sé.

Hay un precioso bistró, estilo Art Nouveau y pintado de rosa, que me roba el cuore. Pero qué cursi me he vuelto, có…rcholis. Otra tienda súper-mega-híper cursi es la cadena llamada La Magie de Nöel, la magia de la Navidad, pero está no goza de mis simpatías. En su abigarrado escaparate se apiñan todo tipo de artículos que me recuerdan, juntos y por separado, por qué me enervan tanto estas fiestas. Pero en Colmar los escaparatistas se superan a sí mismos. Hay muchos peluches Papá Noelianos, entre ellos un ciervo hiperrealista tamaño natural, completo en cada detalle desde la cornamenta a las pezuñas, que vale más de 2000 euros. En el escaparate contiguo veo la versión del mismo bicho, pero con el pelo blanco. Me encantaría poder tener una charla con un posible comprador interesado en este artículo, para indagar en las profundidades de su mente y luego exclamar, como el capitán Kurtz: The horror, the horror. 

Menos mal que hay otros comercios que me alivian la angustia vital. Ahí está la épicerie española llamada “Sí, pero…” que exhibe en su escaparate una versión cañí del Halloween con abanicos, volantes y lunares. Ole y ole. Otros negocios que me hacen sonreír son: Barbería Guillotine (yo a esa no iría, por lo que pudiera pasar) y la épicerie italiana Spagna (en qué quedamos?). 

La Place de Rapp y la Sinagoga me parecen también muy curiosas, pero a estas alturas llevo ya cuatro horas andando por Colmar y no puedo más. 



OBERNAI


Me bajo del tren, y el día está muy frío y lluvioso, pero me recibe un delicioso olor a madera quemada en el hogar. También a castañas asadas, que aquí son marrons chauds y suenan más glamourosas siendo exactamente lo mismo, mire usted. Se venden en sofisticados trenecitos que simulan una mini locomotora de la Belle Époque.

Una vez más me cautivan las casas de entramados de colores, y la gran imaginación que le echan estos paisanos a sus escaparates. Hay uno que llena toda la fachada de una casa tradicional de tres pisos de calabazas de todos los colores, tamaños y formas. No sé yo si llegado el caso las venden, y espero que de ser así al menos les quiten el polvo y la carbonilla de la gasolina, porque en la calle principal de este pueblo, no sé por qué, hay tanto tráfico un domingo como en la Gran Vía. 

El edificio que más me llama de la Plaza del Mercado es el Halle aux blés, de 1554. 

En el crucero de piedra de esta misma plaza, se homenaje a Sta Odilia, patrona de Alsacia, en forma de ofrenda floral…. y con una figura de fibra de vidrio de tamaño natural, que por desgracia más bien parece un maniquí de escaparate, lo que le resta solemnidad. La santa luce pestañas postizas a la moda, va ligeramente maquillada con un rubor virginal en sus mejillas, y la tienen vestida de abadesa con toca y capa. En un detalle entrañable y terriblemente naïf, le han puesto  unos guantes, para que no pase frío.



ROLSHEIM


Me bajo en la estación, que ha pasado a ser apeadero, y me encuentro con que el casco urbano está a media hora, andando por una pista para bicicletas que a ratos desaparece y se convierte en un simple arcén. Este pueblo debe de ser precioso, pero no sigo adelante y vuelvo sobre mis pasos, porque estoy helada y no me apetece luchar contra los elementos. Espero media hora al siguiente tren. 

Me dejo por el camino pueblos que están en el listado de los más bonitos, como Colmar, pero que son por el estilo de Colmar. Por cuestiones de falta de tiempo y de cansancio no voy a Riquewir, Turckheim o Kayserberg. Y elijo uno que está más cerca y ofrece un aspecto diferente, Molsheim.  



MOLSHEIM

Este pueblo destaca por salirse de la norma de sus vecinos, y no tiene un casco antiguo donde casi todas las casas son de entramado de madera y fachadas de colores. Aquí los edificios del renacimiento son en piedra, y eso le aporta gran originalidad. 

El edificio que más destaca es el Metzig o casa del antiguo gremio de carniceros, es una preciosidad renacentista, sin tantas pretensiones como otras construcciones similares que he visto.. También hay una iglesia jesuítica, un convento de monjas agustinas y otro de monjes cartujos. 

La Puerta de los Herreros es una torre portalón de la antigua muralla medieval. 



La lluvia, que hasta ahora había sido un calabobos ocasional, arrecia. Todo está cerrado por ser domingo por la tarde. Decido volverme a Estrasburgo y descansar, que mi tren para Dijon sale temprano mañana. Estoy mayor. 







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