LYON
El controlador de mi tren regional de Dijon Ville a Lyon Part Dieu está de muy buen humor, y da las consignas por megafonía cantando. Oh là. Como he explicado antes, no me ha dado tiempo a acercarme a la localidad de Baune, de donde parte la ruta del vino de Borgoña. Pero por suerte, la línea férrea pasa por ahí, de modo que puedo ver el pueblo y los campos que lo rodean cómodamente desde mi ventanilla. Las viñas ya están desprovistas de hojas, pero aún así lucen muy bellas bajo un sol menguado. Todos los pueblos que pasamos son muy auténticos, no tan decorativos como en Alsacia. Los pueblos de Borgoña son más agrícolas que turísticos y están mucho más anclados en la realidad. Abundan las fachadas en tonos amarillos y ocres, y las explotaciones agrícolas con cultivos y ganado.
En Lyon me instalo, escalera de la muerte mediante, en mi céntrico hotelito de la rue Dubois, a pocos pasos de la iglesia de San Nizier, en la península situada entre los dos ríos de la ciudad. Doy mi primer paseo al atardecer, bajo una lluvia persistente y un viento que me obstaculiza cada paso. El ambiente de las calles es relajado, pero muy animado: los lioneses son gente callejera. Me pierdo sin rumbo por las calles de un barrio en cuesta que me parece muy bohemio, lleno de originalisimas tiendas de artesanía y locales alternativos. Más tarde me entero de que se llama el barrio de las cuestas o Pentes de la Croix-Rousse, y que allí estaban los talleres donde en siglos pasados se vendía la seda que, entre otras muchas cosas, hizo famoso a Lyon.
Lyon es la tercera ciudad en importancia de Francia (era la segunda, pero su dinamismo industrial y cultural fue desplazado por la voracidad de la siempre pujante Marsella). Convenientemente situada entre dos ríos, el Ródano y el Saona, esta urbe está acostumbrada desde tiempos remotos a ocupar un lugar preferente en la historia. No sólo por su peso como sede eclesiástica y por haberse enriquecido con el tráfico fluvial y la elaboración y comercio de la seda, sino porque fue la primera ciudad europea en tener una bolsa propia, lo que atrajo a muchos banqueros. (Yo creo que esto mismo lo he oído ya de varios otros lugares que se atribuyen esto mismo, pero tal cual me lo dicta Miss Google, lo reproduzco aquí. Que conste que si no es exacto, me remito a mis fuentes, y le echo al menos la mitad de la culpa a esta Miss virtual tan sabelotodo. Yo soy sólo la mano ejecutora que teclea, pero el cerebro que contiene todos los datos es el de ella. Y ya que he escurrido el bulto, continúo).
Con el nombre de Lugdunum, fue capital de la Galia en tiempos romanos, cuando estaba asentada en lo alto de la colina de la Fourvière. La población se fue desplazando colina abajo con el paso de los siglos, hacia el terreno llano entre el Saona y el Ródano, donde floreció la villa gótica y renacentista que hoy recibe el nombre de Viejo Lyon. Y mucho más tarde se sucedió una expansión tras otra, sobrepasando el Ródano y más allá, donde se construyeron casas burguesas y donde está actualmente la ciudad más moderna de nuestros días.
Al día siguiente de llegar, el viento ha desaparecido, menos mal. En la orilla del Saona me topo con un mercadillo. Ya he expresado antes mi admiración por los mercadillos franceses, que en las mejores zonas céntricas venden sus productos, frescos o elaborados, muy pulcramente presentados en camiones refrigerados, como por ejemplo unas peras muy bien colocaditas de forma equidistante, todas con el rabito apuntando hacia arriba... El melting pot hecho puesto callejero, donde hay un ambiente vibrante en hora punta, pero también largas tertulias entre vendedores y clientes en las horas de menor afluencia. Atravesando uno de estos mercadillos, puedes llevarte la falsa impresión de que esta es una sociedad armónica, pero ocasionalmente las protestas y los enfrentamientos callejeros de los noticiarios se encargan de sacarte de esas ensoñaciones, y de devolverte a la realidad.
Cruzo el Saona por el Ponte du Palais, y me encuentro con el Palais de Justice, una cosa enorme con muchas columnas (demasiadas?). Al lado hay una tienda de pianos y de arpas, donde compruebo que están de moda los instrumentos de colorines. Me encantaría tener en casa un arpa azulita, a juego con la decoración del salón, pero no sé tocarla y este es un pequeño detalle que me ahorra unos 700 euros. En un edificio contiguo veo en una placa que en este lugar se lanzó al agua del río el primer giroscafo en 1783, y fue el primer navío a vapor con ruedas de palas.
En la catedral de San Juan Bautista se aprecia la transición del románico al gótico. Entro, y me oarece algo desnuda en su interior para una ciudad tan importante como esta. Una lápida recuerda que se casaron aquí Enrique IV y María de Médicis en 1600. Hay un reloj astronómico bien curioso, pero suena sólo tres veces al día y mi visita no coincide con esas horas. También hay una exposición sobre la Sábana Santa, que fue propiedad de los Duques de Saboya, cuya corte francesa no andaba lejos de aquí. En los paneles se dan muchas explicaciones científicas y de otros ámbitos del saber al respecto de esta controvertida tela. Recuerdo que se demostró hace décadas que el lienzo de tela había sido tejido en la Edad Medía, pero según leo en estas cartelas, con los nuevos métodos de análisis parece que se ponen en duda de nuevo estas conclusiones. Este es uno de esos temas a los que no se le ve el final, y como no creyente mi interés al respecto es limitado, la verdad.
Tengo la intención de subir en funicular hasta la colina de Fourvière para ver Lyon desde lo alto, pero las instalaciones están en obras y los buses de sustitución tardan mucho en pasar, así que subo andando.
Paso la Place de la Basoche, y contemplo las bonitas casas amarillentas de piedra del Viejo Lyon l, entre el gótico y el renacimiento. Voy ascendiendo la cuesta.
Desde arriba, en los días claros dicen que se ven los Alpes (el Jura?). Hoy está nublado, pero no hay niebla ni calima. No estoy segura de si lo que veo son los Alpes, pero desde luego hay una cadena montañosa que encierra los límites de la ciudad desde la lejanía. La calle que serpentea colina arriba está salpicada de bosquecillos en terrazas colgantes, con muros de contención en piedra. Algunas de estas terrazas están valladas, y son pequeños jardines de titularidad privada, con el nombre del propietario en una plaquita.
En la tremenda cuesta de la Montée du Chemin Neuf, junto a un albergue de juventud en estado de total decrepitud, hay un mirador ajardinado con unas excelentes vistas de todo Lyon. Dan tentaciones de dejarlo aquí, pero…. Ya puestos, quién no culmina la subida y llega arriba del todo? Sigo ascendiendo hasta la iglesia de Nôtre Dame de Fourvière, unos de los emblemas más reconocibles de esta ciudad. Y me alegro de no haber abandonado, porque un poco más arriba de esta cuesta, que gira implacable sobre sí misma, me encuentro con lo que creo que son dos teatros romanos de Lugdunum, uno junto al otro. Dos por uno!, me digo, pero Miss Google me saca de mi error: uno era el teatro y otro, el odeón para espectáculos musicales. Sólo yo podría pensar que los galos romanizados tenían repes las instalaciones… Lugdunum fue la capital de la Galia en el 43 A C. No sé qué pensarían Astérix y Obélix de todo esto….
Al fin llego arriba del todo, y las vistas merecen el esfuerzo. Lo que no me gusta, y nuevamente lo siento, es la iglesia de Nôtre Dame en sí. Ese estilo ecléctico tan del gusto décimonónico a veces me resulta un batiburrillo de cajón de sastre, y en la portada de esta iglesia, que es modernista, pero aúna románico, gótico, bizantino y no sé qué más, creo que es un magnífico ejemplo. Tiene mucho mérito sin duda, pero…. no le caben más pirindolos. Sólo mi opinión, claro. El interior también me parece un caso de horror vacui, con mosaicos a todo lo que da el espacio disponible en suelo, paredes y techo. Pero me sorprendo a mí misma porque el conjunto me gusta, a pesar del abigarramiento. Hay una cripta con vírgenes del mundo entero, que al menos no son las de siempre: a las archiconocidas Fátima y Guadalupe se únen vírgenes cuyo nombre no recuerdo pero que son de la India, Hungría, Filipinas, Brasil…
También en lo alto de esta colina hay un remedo en pequeño de la Torre Eiffel, llamado la Tour Métallique. Ahora es una torre de comunicaciones y está cerrada al público, pero en el pasado tenía un restaurante-mirador. Hay grupos de turistas, pero no muy numerosos, y la mayoría no forman parte de un circuito, sino que han venido por su cuenta. Casi todos son franceses que están aprovechando los días no lectivos de los escolares por el primero de noviembre, así que se trata de turismo interior de tipo familiar.
Me tomo un dulce de hojaldre con limón en una cafetería en la misma explanada de la iglesia, y disfruto de las vistas (mi flor cular se ocupa de que salga el sol). Tengo todo Lyon a mis pies, y desde aquí arriba localizo mi hotel. Se cuela un paloma dentro de la terraza a acristalada, y una señora de empeña en echarla. El animal revolotea por todas las mesas, asustado, y durante un rato temo resultar cagada, hasta que encuentra la salida al exterior por el hueco de la escalera.
En la bajada, atravieso un parque un parque que se llama del Rosario, pero hay muchos peldaños de piedra sin barandilla cuajados de hojas caídas aún mojadas por la lluvia. Temo resbalar, así que deshago lo andado y bajo por la calzada. Paso delante de la casa de Pauline Jaricot, fundadora de la propagación de la Fe en el rosario. Abajo del todo me espera el barrio renacentista del Viejo Lyon. Son calles para perderse gozosamente. Lo que más me llama la atención son los famosos traboules, unos pasajes que permiten pasar de una calle a otra a través de patios interiores. Hay muchas tiendas de artesanía, escuelas de teatro y restaurantes típicos llamados bouchons. Un barrio con mucha personalidad y muy disfrutable, sobre todo la rue de la Juivre, Place Saint Jean, el Hôtel Cour des Loges, el Hôtel Tour Rose.
En una esquina, hay un reloj del sm XIX con el mecanismo al descubierto y un gran péndulo, protegido por una gran urna de cristal. Se llama Reloj Chavret, y está adornado por varios autómatas disfrazados de personajes típicos del Guignol lionés. En una placa pone que suena cada cuarto de hora, y los turistas nos quedamos esperando para ver cómo bailan esas figuritas… pero el minutero marca la hora y cuarto, y el prodigio no se produce. La mayoría le damos otra oportunidad y no nos alejamos de los alrededores, para regresar cuando la dichosa aguja marca la media… pero el Chavret resulta ser un reloj tirando a silencioso, porque ni siquiera el péndulo se inmuta ante el semicírculo de móviles grabando… la nada. La placa nos ha mentido, pero así hemos hecho un alto en el camino, que nunca viene mal. Cerca de allí está el pequeño Museo del Guiñol, que también es una tienda. Según reivindica el escaparate, el guiñol fue inventado a principios de su XIX por un lionés, Laurent Mourguet. Parece ser que este hombre era barbero, y para atraer clientes a su establecimiento usaba títeres como reclamo. Eran muñecos de los que se meten en la mano como un guante (hasta entonces, las marionetas se movían con hilos). Sus muñecos se hicieron tan populares que abandonó su anterior oficio, y creó un par de personajes llamados Guignol y Gnafron, que en sus conversaciones hacían sátira amable sobre la vida cotidiana de la época. Con el tiempo el arte de los títeres del guiñol cobró tanta importancia que se exportó al mundo entero. Lyon tiene este museo, un monumento y hasta un teatro entero dedicado a esta disciplina.
Los murales de Lyon tienen fama. Voy en busca de uno de ellos, que cubre la trasera de toda una casa y representa a los lioneses más famosos, que están asomados…salvo que todo es un trampantojo, porque la fachada no tiene ni ventanas ni balcones. Entre los retratados están Antoine de Saint-Exupéry y los hermanos Lumière (no tenía ni idea de que eran de aquí).
Ya en la orilla opuesta del Saona, la de mi hotel, hay avenidas comerciales estupendas y plazas monumentales, como la de los Terreaux. La plaza Bellecour es amplísima y tiene una especie de gran vela sinuosa. Cuando paso, hay una orquesta de viento tipo Nueva Orleans compuesta por jóvenes. En las calles que dan a esta plaza hay multitud de tiendas de lujo, y todas me sugieren lo mismo: cuando en una ciudad abundan las tiendas que venden cosas totalmente prescindibles pero muy bien diseñadas y a precios exorbitantes… es señal de que en ese barrio sobra el dinero y la gente no sabe ya en qué gastárselo.
La Ópera de Lyon es medio antigua y medio moderna. También el Café de los Negociantes, que tiene su propia atmósfera. El Palacio de la Bolsa es… eso, palaciego. Frente a él está la que me parece la iglesia más bonita de todo Lyon, la Basílica gótica de S Buenaventura, del s. XIII.
En unas galerías históricas llamadas Le Passage de l’Argue veo que se venden calcetines con la cara del General De Gaulle, de Rimbaud, de Hemingway, de Marie Curie… Mi madre decía que no quería ser célebre para no terminar siendo una estatua cagada por las palomas. Yo ahora añado que tampoco quiero ser célebre para no terminar con mi cara pisoteada en un calcetín.
En la Place des Jacobins hay una hermosa fuente. Y dejándome llevar por la gente que pasea y hace sus compras, llego al Grand Hôtel Dieu, antiguo hospital donde Rabelais fue un médico antes de hacerse escritor. Hay unas terrazas animadisimas en la plaza frente a la capilla de este hospital, construido en el s. XVII para sustituir al medieval. La capilla es barroca y está muy ennegrecida por dentro. Me resulta muy singular: cuántas escenas intensas de películas de época, y también de terror, se podrían rodar aquí. El claustro del antiguo hospital está ocupado hoy día en su planta baja por boutiques de muy buenas marcas. No se podrían imaginar los desgraciados heridos y enfermos que fueron tratados aquí, que pasados los siglos vendrían señoras elegantísimas a hacer sus compras de puro capricho en el mismo lugar. Un poco más allá, la Place de la République es un animadísimo punto de encuentro de la juventud que ha quedado para ir de marcha (que expresión más ochentera, que me pone una fecha en la frente, como a los huevos!).
He pasado todo el día a orillas del Saona, y me dirijo ahora hacia el otro río lionés, el Ródano, para entrar en su enorme parque, llamado de la Tête d’Or. Pero hemos comenzado el horario de invierno, y se me hace de noche antes de lo que pensaba. Salgo del recinto porque un parque a oscuras me da una cierta desconfianza.
En esta orilla del Ródano hay un paseo muy agradable con arboleda, y unos buvettes o quioscos donde se sirve café y bebidas. También hay barcos atracados con cena y espectáculo, y bateaux-mouches. La verdad es que desde esta orilla se tiene una vista preciosa del Hotel Dieu, Nôtre Dame y la Tour, más los puentes. Todo ello iluminado, y esas luces se replican en el río, que las moviliza corriente abajo. Un espectáculo.
Pasado el Puente de la Guilliotière, llego al Cours Gambetta. Este barrio tiene mucho movimiento y mucha mezcolanza. Sé que es un barrio con muchos migrantes, porque empiezo a ver tiendas de vestidos de noche de pedrería en colores imposibles. En el primer tramo de la calle hay mucho trapicheo de tabaco y de perfumes fusilados (y supongo que de otras sustancias también). El ambiente es eléctrico, y los jóvenes árabes, que llevan una bolsa de plástico conteniendo sus mercancías, se llaman unos a otros a grito pelado (pasándose las comandas?). Me ofrecen probar un perfume, pero declino el placer. De vuelta al hotel, paso por la Rue Mercière, que está abarrotada un miércoles noche con ambientazo de terraceo.
Como siempre, exploro las localidades de los alrededores a las que se puede llegar en transporte público. Cuando tomo el primer tren, me dan una dosis de mi propia medicina: me llama una amiga al móvil, y mantengo con ella una conversación que no se alarga mucho más de seis minutos, porque otro viajero se levanta, exasperado, y me pide por gestos que baje el volumen de mi voz. Yo, que encuentro las conversaciones a gritos de mis compatriotas difíciles de sobrellevar… hago lo mismo que ellos, porque señoras y señores, resulta que soy española.
CHAMBÉRY
Hay un Chambéry saboyardo y otro madrileño, es decir, uno a cada lado de los Pirineos. El Chambéry que está del lado francés cambió de manos entre Italia y Francia, y al final se lo quedó esta última. Con el tiempo, un destacamento que provenía de esta ciudad formó parte de las tropas napoleónicas que invadieron España en 1808. En los campos que entonces rodeaban Madrid extramuros, el destacamento de Chambéry se instaló en una pequeña meseta al norte, desde cuya altura podían dominar la villa, para bombardearla a placer… y esa acampada, a su marcha, dejó atrás muerte, destrucción y pillaje, pero también el toponímico. Me resulta muy curioso que los madrileños, que se habían rebelado contra los franceses el 2 de mayo con tan amargas consecuencias, no quisieran borrar todo rastro de la presencia invasora de su recuerdo, y en cambio conservaran el nombre de Chamberí para la zona. La meseta se urbanizó décadas después con la primera expansión burguesa hacia el norte. La verdad es que Chamberí es un nombre muy sonoro. Es uno de mis barrios preferidos, y además he tenido la suerte de vivir de alquiler un año entero allí, en la calle Ponzano, mucho antes de convertirse en un lugar de moda para ir de salidas gastronómicas. Mi comunidad de vecinos parecía un saitene del género comedia de terror, pero esa es otra historia.
El Chambéry francés está en Auvernia (Auvergne-Rhône-Alps se llama la región, y porque no les cabía nada más). Los pueblos que veo desde el tren me recuerdan un poco a los de los Dolomitas italianos. En realidad son aldeas que están al pie de la misma cadena montañosa, pero en países distintos y a miles de kilómetros de distancia. Los bosques están otoñales, y las praderas son muy verdes, con lomas suaves y riscos a poca altitud. La vía férrea sigue en un buen tramo el curso del río Albarinne, encajonado en una garganta entre montes bajos. Sus aguas son muy verdes y tienen muchos rápidos.
Este Chambéry francés es una localidad de montaña situada cerca del lago Bourget, entre dos parques nacionales, el de Bauges y el de Chartreuse. Cada aldea tiene una iglesia con torre de tejados de pizarra, y casas en piedra. Cuando llegamos al lago, veo viñas y pequeñas mansiones con torres almenadas en las laderas. El tren bordea un buen tramo de la orilla, y pese a estar nublado veo que las aguas son verdosas.
Hay algunas sillas altas de socorrista entre la arboleda de estos bosques (lejos de la orilla), pero esta vez Miss Google me falla, porque no le encuentra explicación. Se me cae un poco el ídolo del pedestal, porque yo creía que la Miss lo sabía todo, todo y todo.
En la parada intermedia de Aix-les-Bans (la Riviera de los Alpes, según se anuncia en los carteles de la estación), se sube una pareja de agentes de policía que revisan todos los vagones (porque es zona fronteriza con Suiza, quizá?). En las laderas se acumulan las villas de veraneo de la Belle Époque. Al poco, aparecen a lo lejos algunos macizos de los Alpes, con las cumbres ya nevadas.
En Chambéry, la ciudad que hicieron suya los Duques de Saboya, me recibe una estatua de Antoine Favre frente al Museo de Bellas Artes. Se nota que esta población ha pasado varias veces de manos entre Italia y Francia, porque tiene un cierto aire al norte italiano. Los macizos montañosos que la rodean asoman al fondo de casi cada calle.
El castillo de los Duques de Saboya se ve desde todo el centro, y es el motivo por el que se llama la Ciudad de los Duques. Leo en una cartela que este castillo data del s. XI, pero que la casa de Saboya lo adquirió en el s. XIII. Los Condes y duques de Saboya y Reyes de Cerdeña lo convirtieron con el tiempo en la sede de su corte. La Saboya de entonces ha quedado repartida en la actualidad entre tres países alpinos: Francia, Suiza e Italia. Intento adentrarme en el precioso patio, pero me dan literalmente con la poterna en las narices porque he llegado a la hora del cierre. Tampoco puedo entrar en la capilla. En la rue Bas-du-Château, del s. XIV, hay un pasadizo elevado llamado puente de los suspiros (como tantos por el estilo, por otra parte). Todas estas calles medievales que rodean al castillo son muy atmosféricas y algo opresivas. La Cathédrale de Saint François de Sales la veo desde fuera. Le han colocado un tejadillo que no sé yo si la favorece demasiado, la verdad.
Paso por el Hotel du Cordon, y llego a la famosa Fuente de los Elefantes… que no decepciona porque, como su propio nombre indica, luce unos enormes elefantes en su base. Esta fuente honra las hazañas y logros del general Boigne, nacido en Chambéry, durante sus campañas en la India (lo que le da a los paquidermos carta de naturaleza, por así decir). Este ilustre personaje está representado en lo alto de un monolito, y lleva un uniforme con entorchados en las hombreras que, desde abajo, se me antoja un traje de luces, más que nada porque Monsieur le Général Boigne contribuye a la ilusión óptica con una postura de desplante torero. Ole y ole! Mejor dicho, Oh là!
El talante de los saboyardos me parece más serio y contenido que el de los lioneses. Normal: estas son gente de alta montaña. Me cruzo con un grupito de niños disfrazados de Halloween que piden truco o trato. Uno de ellos se me acerca con una calabaza agujereada (una de verdad, vaya rato entretenido que habrá pasado su madre vaciándola). Le digo que no llevo encima ni monedas ni caramelos, y se queda muy decepcionado. Al rato me los vuelvo a cruzar, y veo que en varios comercios les echan con cierta impaciencia, diciendo que han repartido ya todos los caramelos que les quedaban. No están de suerte estos chiquillos, espero que sus madres y abuelas tengan dulces preparados en la despensa.
ANNECY
Tengo cansancio acumulado, y ayer dormí fatal. Pensaba volverme a Lyon directamente desde Chambéry, pero ya en la estación veo que hay un tren para Annecy que tarda 40 minutos en llegar. Cómo resistirse? El camino, de nuevo, ofrece un pasaje en verde maravilloso. En una de las paradas, en Grésy-sur-Aix, veo una platanera en un jardín. Aunque en Savoie hace frío, también hay mucha humedad, que supongo que le permite resistir. Pasamos muchos prados, con sus correspondientes vacas. Y mucha industria láctea, claro. En determinado punto, el río forma una cascada. Valles boscosos. Bosques vallosos. Ay, que no se dice así. Lástima, porque me había salido un ripio.
Una vez llegada a Annecy, me llevo una gran sorpresa. Esta ciudad, de la que no sabía nada hasta esta mañana, resulta ser una verdadera preciosidad, uno de esos lugares mágicos que impresionan por su belleza y encanto. Annecy es más ciudad de postal que Chambéry, con todos los respetos.
Abundan las casas de piedra vista, o encaladas en tonos ocres, con arcadas muy anchas y chatas bajo las cuales se hace vida y se instalan tenderetes y terrazas. Otros soportales están sujetos por columnas. Algunas casas de vecinos tienen torreones de piedra con escaleras interiores. Todas las calles del centro están trufadas de pozos de piedra, y de estrechos pasadizos que comunican unas calles con otras atravesando los edificios.
En el casco antiguo, el levantisco río Thiou pasa a toda velocidad por debajo de multitud de puentes y pasarelas, formando una pequeña isla que parece un barco, con el Palais de l'Ile en un extremo de la quilla, y con su esbelto torreón como mascarín de proa. Se me acumulan los monumentos en Annecy. El Hotel de Sales. El Castillo. La Catedral. En el Parque junto al lago, veo barcos que ofrecen un paseo de dos horas con cena incluida.
Me da tiempo a subir al castillo de piedra caliza, que es muy bonito porque está reconstruidito, y a pasear por el parque que bordea el lago, al que se asoman las cumbres ya blanqueadas de los Alpes. El reciente cambio al horario de invierno precipita un anochecer prematuro, y me planteo volver mañana para ver todas estas maravillas con mejor luz natural.
Las casas que dan al río tienen, como en Venecia, porches y portalones abiertos en la fachada, a la altura de la superficie del agua. Son antiguos embarcaderos. Hoy los usan para instalar sillas y mesas. Debe de resultar muy refrescante sentarse ahí en verano.
Veo algún cartel en las ventanas: “Fuera el sub-turismo”. Será en verano cuando lo reciben, porque ahora lo que me acompaña por las calles es turismo familiar de interior, de los propios franceses además.
Hay muchísimas heladerías pero tengo frío, así que calmo el hambre con una gallette de pommes de tèrre (como una tortilla de camarones, pero con patatas asadas desmigadas), que me recalientan en la épicerie y que está buenísima.
En unas horas llega la Noche de Difuntos de toda la vida, pero el dichoso Halloween campa por todas partes. Estos saboyardos lo tienen muy bien organizado: Las personas van sanguinolientas, y las cosas están telarañosas. Veo dos jovencitas que van de policías muy sexis que han sido brutalmente tiroteadas, divino tesoro. Hay varios cirujanos con la bata ensangrentada y una sierra en la mano que se ofrecen a hacerse una foto contigo, y parece que ni salpican ni nada. El capítulo zombies lo acaparan los adolescentes, y las brujitas y los vampiros se los dejan a los niños, salvo una niña con un hacha incrustada en la cabeza, que pese a haber sufrido este percance corretea muy risueña. El asesinato debió ocurrirle hace mucho rato, porque ya luce la carita de un blanco cadavérico… sólo le falta el rigor mortis para resultar convincente, pero cualquiera le dice a una criatura de su edad que se esté quieta. Hacemos el tonto, pero nos lo pasamos muy bien en el proceso, y eso ya es un valor añadido para cuatro días que estamos aquí. El caudal del río, de aguas verdes limpísimas, lleva una corriente muy rápida, de esas que se lo lleva todo por delante. Los Jalouins y los Tosantos. Todo.
El viaje de vuelta a Lyon se hace pesadísimo. Hay un problema en la vía en la estación de partida; hay un tren averiado en la estación término. Acumulamos casi una hora de retraso. Nos detenemos a menudo en medio de la nada, y cada vez nos advierten que no abramos las puertas y permanezcamos e el en interior. Todo esto lo sé porque nos informan por megafonía cada vez que hay una novedad. La controladora es una cuca muy joven que se pasea por el pasillo y responde a las preguntas de los pasajeros. Estos resoplan, pero la verdad es que no oigo a nadie levantar la voz.
VIENNE
El día siguiente amanece muy ventoso. Tan fuertes son las ráfagas de aire, que cancelo mis planes de volver por Annecy y me dirijo en cambio a una ciudad mucho más cercana a Lyon: Vienne, a sólo media hora en tren. Pero para cuando llego, el viento arrecia de tal manera que mi visita dura muy poco. La estación está anticuada y muy sucia, incluso los muros de los pasos inferiores están muy deteriorados por las humedades. De hecho, todas las calles por las que paseo están muy descuidadas, al igual que los edificios. Tras ver la catedral, que por cierto me gusta mucho, con sus torres chatas, me acerco al río Ródano y luego intento llegar al circo romano, o a los templos de Augusto y Livia. Pero las ráfagas se aire me obstaculizan la marcha de tal manera, que desisto y decido volver a Lyon, que también está ventoso, pero al ser el casco urbano más compacto, está bastante más resguardado.
De camino a la estación de Vienne para coger el tren de vuelta, paso por un mercadillo que se extiende por las principales calles del centro. Este mercadillo está desprovisto de tipismo, en contraste con los que he visto anteriormente en el centro de Lyon, de París, de Aix-en-Provence. Tanto los puestos como los vendedores y compradores son de lo más corriente. Y las peras no están colocadas equidistantes con los rabitos hacia arriba, sino amontonadas según han ido cayendo en la cesta en virtud de la ley de la gravedad. Hay un gran revoltijo de basura y residuos por el suelo. Cero glamour. Pienso que la visita ha sido provechosa después de todo, porque unas buenas dosis de realidad me vienen muy bien para ir regresando al planeta Tierra desde Turistalandia.
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