23.10.25

MUNICH

 MUNICH

Siempre me ha gustado pasear sin rumbo por lugares desconocidos, y nada me estimula más que la sensación de estar perdida. Munich es una ciudad donde perderse siempre tiene premio, y adonde sea que encamines tus pasos te encuentras con un bellísimo panorama urbano. Tras casi seis meses viajando en esta segunda etapa, confieso que el cansancio se va acumulando (estoy mayor) y cada vez alargo más las estancias en las ciudades donde me alojo para permitirme el lujo de pasar un par de días sin hacer nada especial, solamente dejarme arrastrar por el torrente humano de las calles sin un objetivo concreto ni programa previo, solamente con la intención de saciar mi curiosidad cuando avisto, allá a lo lejos, la arboleda de un parque, o una cúpula, o una callejuela pintoresca, o un rincón secreto. Me encanta ir descubriendo algunos aspectos de cualquier ciudad donde nunca he estado antes y de la que lo desconozco todo. Si es una localidad pequeña o de mediano tamaño con un casco histórico reducido, en muchas ocasiones compruebo que he visto casi todos los puntos de interés cuando, al segundo día, me da por acercarme a la oficina de turismo. En grandes ciudades con monumentos dispersos esta posibilidad se esfuma, pero en otras tengo la satisfacción de haber descubierto por mí misma dónde se encuentran los barrios más bohemios, o más adinerados, o más mestizos, aparte del centro.  No todo en la vida turística son catedrales y museos. Y en la vida del paseante, de esta paseante al menos, es habitual pasar de largo sin entrar en estos lugares de visita obligada, a menos que sean muy, muy relevantes o me llamen la atención por algo en especial. Una vez más aclaro que yo no pretendo realizar el grand tour, sólo patear las calles y empaparme de su ambiente. 


En mis vagabundeos por Munich este método, o falta de él, me permite ver casi todo el casco histórico sin proponérmelo, porque está bastante comprimido. Pero también me hace descubrir por casualidad, porque me salen al paso, bellísimos edificios, parques de ensueño, inolvidables paseos ribereños, zonas de gran animación, amplias avenidas monumentales y calles donde se aglutinan los hijos de la inmigración, los nuevos alemanes que viven apegados a las costumbres de sus mayores en auténticos guetos.


Esta es una ciudad de contrastes: por las calles, siempre animadas, veo una mezcolanza de gentes de procedencia diversa. Los grandes palacios, soportales y galerías tienen un aire italianizante que me recuerda al Piamonte, en concreto a Milán. En los monumentos de raigambre más local hay algunos del renacimiento, y otros son recreaciones decimonónicas donde predomina un estilo historicista de lo más fantasioso, como en el ayuntamiento. Por último, en las villas finiseculares se encuentra el estilo Jugendstil, y en las nuevas avenidas hay una especie de clasicismo reciente un poco impersonal.  Con todo, la mayor belleza de Munich está en sus parques, que son muchos y muy frondosos, hermoseados por el río Isar y por lagos, estanques y arroyos. Con tanta humedad ambiente, la vegetación crece esplendorosa, y ahora en otoño luce todavía más. 


Mi apartamento de alquiler está en el barrio (en obras) de la estación, en unas calles de mayoría norteafricana y turca, donde el único vestigio germánico es un supermercado Lidl cuya clientela es multiracial. De los numerosos comercios árabes nada me llama la atención, por archiconocido: los cafetines, las teterías, las barberías, los puestos de fruta y verdura, las tiendas de vestidos de fiesta horripilantes, etc. Pero sí me sorprenden  las joyerías, que exhiben ese tipo de joyones en oro que cubren todo el pecho como una malla medieval. Sara Montiel poseía un collar de piedras preciosas muy aparatoso, al que llamaba “el babero” con ese humor manchego tan suyo. Pues bien, estos collares-túnica de los escaparates superan el babero de Saritísima, de largo. Y ancho. 


El apartamento ha visto días mejores, y además no está muy limpio, salvo las toallas, o al menos eso quiero creer. La luz del cuarto de baño se apaga automáticamente a los pocos minutos, lo que convierte mi cita diaria con la ducha en una cita a ciegas, literalmente. Tengo que sacar los brazos chorreando por fuera de la cortina y realizar unos pases mágicos para que el sensor entienda que aún no he terminado, y arroje algo de luz sobre mis jabonosas tinieblas. En los armarios de la cocina no encuentro más menaje y utensilios que tres vasos de plástico desechables, menos mal que de todos modos en este viaje (y en mi vida en general) no cocino. La agencia que gestiona el alquiler se presta amablemente a proporcionarme todo lo necesario, pero a un precio extra (venga ya!). Tampoco me atrevo a abrir la ventana, porque estoy en el último piso de un edificio de uso industrial donde deduzco, por los restos que veo en el alféizar, que han anidado generaciones enteras de palomas. Principal ventaja: estoy a dos minutos de la estación ( en obras), y la Karlspltaz (en obras), una de las puertas de la antigua muralla que da acceso al casco antiguo, me queda a cinco minutos escasos. Me alojo en un barrio árabe y también turco, como he dicho, así que los letreros del McDonald’s más céntrico están en árabe y ruso. También tenemos en el barrio una réplica a pequeña escala de ese casino de Las Vegas cuyo reclamo es un cowboy hecho con luces de neón. Hay hoteles para todos los gustos (incluido el dudoso), puticlubs, restaurantes italianos y chinos, gentes de toda condición, y algunos mendigos. Ah, y obras, muchas obras que cortan el paso por todas partes. Me gusta vivir aquí porque, sea la hora que sea, hay gente por la calle. 


Siguen las acostumbradas notas, sin orden ni concierto, de detalles que han captado mi atención, con razón o sin ella:


- Lo de “mañana de niebla, tarde de paseo” mi flor cular lo lleva a rajatabla. Amanecemos con temperaturas invernales y nieblas cerradas, pero al mediodía o a primera hora de la tarde despeja, siquiera por un rato, y un sol que luce aunque no calienta resalta los atractivos de esta ciudad. 


- En esta zona se venden muchas granadas en los puestos callejeros. La proximidad con Italia? La influencia turca? 


- A la espalda de un gran parque, me encuentro paseando por el Maxvorstadt, el barrio preferido de los universitarios porque ahí están las facultades y hay muchos bares. Es viernes al atardecer, la hora de la cena de esta gente. Las calles están animadisimas y bullen con esas ganas de juerga propias de los que disfrutan al máximo de su divino tesoro. Pero solamente son las seis y media de la tarde. Me pregunto si estas mismas calles estarán ya desiertas a la hora en que los universitarios españoles hacen lo propio… 


- En la plaza dedicada a conmemorar a las víctimas del nacionalsocialismo, hay una llama eterna encerrada en una celda de piedra. Una inscripción nos pide un pensamiento en su recuerdo. 


- En la Plaza Wielsbacher hay un monumento ecuestre. Confundo al jinete con nuestro Felipe IV, hasta que constato que él y el Príncipe Elector de Baviera, el  primer Maximilian, llevaban el mismo corte de pelo, para desgracia de ambos. Pardiez que hay modas atroces.  


- Frente a la portada del Jardín de la Residenz se concentran muchos palacios barrocos. Un conserje limpia a conciencia los bolardos de piedra de la entrada a su finca, con agua, jabón desinfectante y un cepillito. Eso es dedicación y esmero. Y falta de previsión, porque hace un frío muy intenso y muy húmedo, y no lleva guantes. 


- Camino del Englischer Garten o jardín inglés, me cae encima una lluvia dorada (de hojas secas, clarifico por si acaso, porque erróneamente pienso que todo el mundo tiene una mente tan calenturienta como la mía). Se pasean muchas familias, grupos de amigos y parejas de novios. Veo algunas parejas vestidas de época haciéndose fotos sobre el follaje, no sé si será uno de esos retos virales…


Ya he explicado que no soy muy sensible al poder de la naturaleza, que por definición es sucia, contiene todo tipo de bichos que me dan repelús y encima está expuesta a los elementos cuando hace mal tiempo. La naturaleza sólo sabe atraerme en su versión más domesticada, la de parques y jardines. En ellos sí que disfrutan mis cinco sentidos, porque los recorridos no requieren un gran esfuerzo físico, y además tienen la ventaja de estar bien comunicados por transporte público. Comodona que es una. Todos los años por estas fechas me acerco en tren a mi querido Aranjuez, donde dedico una tarde entera a pasear por los Jardines del Príncipe, que ahora en otoño es cuando se disfrutan mejor.  Este año las arboledas de Aranjuez ya estarán pelonas para cuando vuelva a Madrid, pero en cambio mi buena fortuna me ha regalado la posibilidad de pasear por el Englischer Garten de Munich, que según leo es más grande que Central Park. 


Ya dentro del recinto, me entusiasma comprobar que es toda una hermosura de parque. La gente es muy respetuosa y no hace demasiado ruido. En la orilla del islote del jardín japonés, oigo caer las hojas secas con estruendo (lo juro). Hasta que dan las tres de la tarde, y empiezan a repicar las campanas de todas las iglesias de Munich, que ahogan el sonido.


Debe de haber partido del Bayern, porque muchos padres con sus hijos lucen con orgullo las gorras y las bufandas del equipo.  Me cruzo con muchos extranjeros que no parecen turistas, sino residentes, por la parsimonia con la que pasean perros y bebés, y porque no hacen ni una sola foto: norteamericanos, italianos, latinos y españoles. 


En un momento dado, se pierde la cobertura, por lo que el navegador de Miss Google se bloquea y me abandona a mi suerte. Le agradezco este ratito de libertad (vigilada vía satélite), porque me da la oportunidad de perderme gozosamente por las veredas. De este modo, encuentro algunos tesoros como un templete en lo alto de una colina, un gran lago, una torre chinesca con un biergarten y un carrusel antiguo, y algunas pequeñas villas. Cuando recupero la conexión, averiguo los nombres y la historia de todas estas maravillas.  


En el biergarten se consumen jarras de cerveza de un litro. Todo el mundo se está bebiendo una, a palo seco además. No es de extrañar la alegría de vivir que reina en el ambiente. Veo a los cuervos meterse en el mostrador donde se depositan las bandejas con las sobras, para robar alguna patata frita que otra. 


El carrusel data del siglo pasado, y ha visto girar en sus encantadores trineos y animales de madera a generaciones enteras de chiquillos. Le acompaña una música como de órgano hidráulico. Leo en la cartela que antiguamente unos hombres ocultos en el sótano hacían girar la plataforma. 


Tengo la suerte de llegar al lago Kleinhesseloher cuando el sol ya está muy bajo y se refleja largamente en el agua. Todos los que pasamos por allí Intentamos captar el atardecer con las cámaras de nuestros móviles pero es tarea imposible porque ninguna imagen le hace justicia al espectáculo.


Me acerco a la famosa Eisbachwelle, el lugar donde el río tiene un desnivel que, debido a la fuerza de la corriente, crea una especie de catarata artificial. Esto lo aprovechan los surferos para practicar sus habilidades playeras en pleno casco urbano, y por lo visto es uno de los puntos calientes de las atracciones turísticas de Munich. Pero resulta que el día que voy hace muchísimo frío y ya es un poco tarde, así que no hay ni una tabla que llevarse a los ojos. No me importa, porque ya he presenciado un surfeo urbano muy parecido en Hannover. 


Hay una playa fluvial de guijarros en el Isar, a la altura de la Marianenplatz. El río es verde esmeralda, los árboles ponen el contrapunto dorado. Hay un sol suave que no calienta porque hemos amanecido a 3°C y aunque sumamos 7 grados más, el ambiente es invernal. Pero a pesar del frío hay un bañista que emerge de las aguas ante su novia, vestida y calzada, que le espera en la orilla con una toalla. En su paseíllo triunfal hacia ella, este Neptuno urbano es frenado por los guijarros que se va clavando al andar descalzo. Si de verdad le ama, ella debería regalarle unas buenas sandalias cangrejeras. O sugerirle la idea, al menos.  


Paseo por el Karl-Müller Weg ribereño en ambos sentidos, y paso varios puentes, como el puente sobre la Isla Prater, o el que lleva directo a una enormidad que se llama Maximillianeum. Este gigantesco edificio alberga el parlamento y una escuela de talentos, es decir, una residencia de estudiantes estrella, destinados a ser la élite intelectual de Baviera. Indiferente a todas estas glorias nacionales que se agolpan en su orilla, el agua del río baja transparente y se va llevando las hojas caídas corriente abajo. Ambas orillas son LA BELLEZA, así, con mayúsculas.


El histórico cine Museum Lichtspiele (data de 1910) exhibe The Rocky Horror Picture Show. Parodia desmelenada en estado puro. 


- Al ponerse el sol, la humedad del parque empieza a afectar a mis pulmones y temo una recaída en antiguos males, así que busco la salida y, como la cobertura falla y Mis Google a ratos está a por uvas, uso tanto mi intuición femenina como mi boca para preguntar. No es fácil abandonar este parque gigantesco, uno de los más grandes del mundo, sin ayuda. Cuando consigo volver al asfalto, aterrizo en un barrio lleno de edificios maravillosos llamado Lehe. Qué elegancia fin de siècle, por favor. Es un barrio muy refinado frente a la Prater Insel, a orillas del río Isar.


- Por cierto que frente a la isla Prater, en la orilla opuesta, hay una preciosa casa de baños Art Nouveau, aún en funcionamiento aunque en estado muy decadente. 


- El barrio de Schwabing también bordea el parque pero en el extremo opuesto, y es lo más chic de todo Munich. Preciosos edificios Jugendstil y carísimas boutiques y restaurantes. En su Plaza de la Libertad (por la liberación tras el nazismo) me topo con la heladería-pastelería Münchner Freiheit Konditorei. Entre las mesas de su terraza hay una que es de bronce, donde toman un helado dos estatuas que representan a los personajes de una antigua comedia televisiva muy popular en Alemania. Parece que el actor de la serie, Helmut Fischer, era de Munich y frecuentaba este lugar. Miss Google me sopla que su helado preferido era a base de cerveza de la Selva Negra, y maldigo haberme tomado una bolsa de frutos secos, porque a pesar del frío lo habría probado encantada, pero no me cabe nada más en el buche. La gente que no es de bronce sino de carne y hueso charla animadamente. Sostienen más copas de vino blanco que de helado, la verdad. 


- Estos alemanes son muy listos, porque con la excusa del reciclaje aprovechan todas las sobras, pero te las cobran como si no lo fueran. Te venden en unos paquetitos los pretzel que se les han roto en pedazos y ya no pueden vender de una sola pieza. Están impregnados con canela, o con mostaza, o con miel etc. Qué vicio, oyes. 


- Veo que se anuncia un Concierto de Año Nuevo Hebreo. Miss Google me dice que ya pasó, fue el 22 de septiembre.  


- La principal arteria comercial de Munich tiene unos paneles con fotografías que ilustran su evolución a través de los siglos. Están colgados de las barreras metálicas que separan la acera de un edificio en obras. Como tengo alma de jubilada, me paro frente a la obra y tomo nota del cronograma de la Kaufingerstrasse desde el s. XII hasta nuestros días, porque creo que es un reflejo de la propia ciudad. Entre lo más relevante del convulso pasado de esta histórica calle: 1807: se construye el mercado central/ 1839: ídem con la primera estación de ferrocarril/ 1867: inauguración del nuevo ayuntamiento, estilo historicista/ 1908: se construye la Singerhaus, primer edificio estilo Jugendstil/  1945: el 90% del centro de Munich es bombardeado, y la calle pierde casi todos sus edificios tradicionales/ 1950: se reconstruye el primer tramo, y abre la primera tienda extranjera, la británica C&A (en la foto se ve una multitud entusiasta que espera que abran las puertas el día de la inauguración)/ 1967: se completa la reconstrucción/ 1969: se construyen los túneles del metro/ 1972: la calle se vuelve peatonal/ 1990: se lleva a cabo una remodelación completa. Y yo añado: en 2025, las obras aún son una plaga en el centro de Munich. Cualquiera diría que la guerra terminó hace poco… 


- En la preciosa y muy animada Marienplatz, la principal del centro, admiro el impresionante edificio del ayuntamiento. Esta enorme fantasía historicista supera en aparatosidad a otras similares que he podido ver en Hamburgo, Hannover, Bremen o Frankfurt. Qué afán desmedido el de estos germánicos de la época del Gründerzeit, de elevar torres altísimas en sus ayuntamientos, y llenarlos de estatuas y pirindolos de todos los tamaños, y cresterías y carrillones y qué se yo. Contemplando esta fachada, casi escucho la obertura de Tannhauser y a continuación aquello de Deutschland über Alles! 


Van a dar las 13 horas, y junto a otros turistas me quedo esperando ver en marcha el famoso carrillón de la torre, el más grande de toda Alemania. Pero lo único que suena es un decepcionante y único clong, y los muñecos no mueven ni una pestaña. Miss Google me anima diciéndome que las figuras del carrillón sólo desfilan tres veces al día, y que si paso por allí a las 17 horas las podré ver. Pero llegado ese momento ya he olvidado por completo el asunto. 


En esta plaza me alargan un folleto que al principio tomo por la publicidad de algún restaurante para turistas. Pero cuando lo leo, descubro que es propaganda de la extrema derecha: Fuera la extrema izquierda de nuestra ciudad, proclama. Parece que los extremos se repelen mutuamente, y no lo entiendo porque en el fondo tienen mucho en común, y el señor Jorge Verstrynge es un buen ejemplo ilustrativo de que se puede transitar del uno al otro sin despeinarse, al menos en España. 


- En la cervecería Bürgerbräukeller de Munich tuvo lugar uno de los actos más importantes para el partido nazi. El joven Hitler dio allí en 1923 un discurso previo al Putsch de Munich, un golpe de estado que dirigió y que fracasó. Durante el Tercer Reich se glorificó este lugar, que el führer visitaba todos los años en conmemoración suya propia (no tenía abuela, pero sí que tenía un tic mesiánico). Un atentado contra él en 1939 destruyó para siempre el local. Murieron varias personas, pero por desgracia Hitler escapó con vida. Lo que se puede ver allí hoy en día es una placa que recuerda al autor del atentado, Georg Elder, ejecutado en el cercano campo de exterminio de Dachau. 


- Las cervecerías más tradicionales de Munich me recuerdan a las de la plaza de Sta Ana madrileña, no en vano aquellas fueron fundadas por alemanes emigrados. A estas alturas estoy un poco empachada de bratwurst, y almuerzo unos anticlimáticos fish&chips (añoro el pescado) en un banco bajo un árbol de plaza aledaña al Viktualenmarkt. Ver pasar la gente y ser ignorada por ellos es para mí uno de los grandes placeres de la vida, porque me permite observarles como si fuera invisible. Mi afán voyeur no tiene cura, y con la edad me he vuelto toda una portera. La de historias anónimas que me cruzo, y cada una de ellas tiene una novela. Algunas, una trilogía. 


- En Baureferat, admiro la reconstrucción historicista de la Isartor, la puerta del Isar de la antigua muralla. 


- Compruebo que a los bombones Mozart de Salzburgo y los bombones Sissi de Viena, les ha salido un primo hermano (más bien un sobrino) en Munich: los bombones Ludwig, que lucen en su envoltorio un retrato del rey  de Baviera Luis II, en su etapa más gordinflas. Era un hombre guapo, muy alto y esbelto, no sé por qué motivo han escogido un retrato de cuando se le hinchó la cara hacia el final de su vida… para que sirva de advertencia disuasoria contra el abuso del chocolate? 


- Hans im Gluck y otros personajes de cuento y de leyenda bávaros están representados en algunos restaurantes. 


- No sé gran cosa del nacionalismo bávaro, salvo que existe desde siempre porque esta región ha sido más rica que otras, y además es tradicionalmente católica, rasgo distintivo frente a otros estados federados que son más luteranos (aunque en proporción, en la población de Alemania están muy igualadas las dos religiones). En las visitas guiadas aprendo que Baviera se resistió a la unificación alemana de 1871, pero debido a las alianzas políticas del momento terminó absorbida por el imperio alemán, dominado por la pujanza de Prusia. Y ahí terminó la breve existencia del reino bávaro, que no había cumplido ni un siglo completo de duración. Mucho antes que reino, Baviera había sido ducado, y luego electorado. Pero un rey queda mucho más decorativo dentro de un palacio que un duque o un príncipe elector, donde va a parar… y los bávaros adoraban su monarquía. Cuando se la quitaron, y con ella desapareció también su soberanía, lo vivieron como una humillación que se producía en contra de su voluntad, y de ahí proviene su fuerte sentimiento localista, que para algunos va más allá y roza el independentismo. 


- No visito ni el Museo Nacional Bávaro ni el Teatro del Príncipe Regente. Sí que veo la Residenz, el palacio real que contiene todo, todo y todo lo referente a los príncipes y reyes, con su habitual pompa y boato. Der Residenz, das Cuvillier Teather: galerías, frescos, teatro, tesoros y demás. Tremendo por dentro, algo anodino por fuera en la fachada interior. Lo mejor, la fachada principal y el jardín de la corte o Hofgarten, donde los plebeyos se hacen selfies sobre las hojas caídas, los mayores juegan a la petanca, los novios se quieren en los bancos, los estudiantes charlan y los turistas toman cerveza en las terrazas. Dentro del pabellón en el centro del jardín, una chica toca el hang drum, esa especie de tambor metálico caribeño, aprovechando la sonoridad de la cúpula. Me siento un rato a escucharla. Por uno de los tragaluces se pone el sol. 


- En la fachada principal de la Residenz, la gente toca al pasar la pequeña cabeza de león que hay en el pico del escudo que sostiene con su garra el león grande en la portada… porque da suerte. Y esto ocurre con cada uno de los cuatro (o son seis?) leones de las dos (o son tres?) portadas de acceso a este mega-palacio. 


- Haus der Kunst o Casa del Arte, venga columnas. Aquí no tienen medida con las cosas. 


- Paseo por la inmensidad del Thomas Winner Ring. Im-presionante, que dirían en Ambiciones. Munich me im-presiona y además me gusta muchísimo, en su conjunto y en sus partes también.


REGENSBURG


- Me acerco en tren a esta ciudad medieval porque leo que está muy bien conservada, cosa extraña en la muy bombardeada Alemania, y además la distancia es asequible porque queda a unas dos horas de Munich.


- Por el camino veo campos de calabazas, en una llanura interrumpida a veces por colinas suavemente trazadas entre cultivos y bosques multicolor. El césped es tan perfecto que está perfectamente perfeccionado. Aparecen aldeas pintorescas aquí y allá. Las poblaciones de Baviera, desde mi ventanilla, se me antojan más rurales que urbanas. Claro que la zona que estoy visitando es muy reducida. Baviera es enorme.


- Al llegar a Regensburg, me encuentro con que tiene una impresionante catedral gótica del s. XIII con dos mitades idénticas. Creí huir de las obras de Munich, pero aquí me encuentro más de lo mismo, de hecho la mitad de la fachada y una torre están cubiertas de andamios, qué le vamos a  hacer. Entre las dos portadas principales hay una que está cubierta por un soportal en pico. La “torreta de bellota” entre las dos torres es muy original. 


- Esta ciudad tiene un vago aire flamenco y algunos letreros son bilingües en francés, algo inaudito en territorio alemán, salvo en zonas fronterizas. 


- En el centro hay muchas torres de los ss. XIV y XV que han sido convertidas en viviendas, tiendas, galerías de arte, tabernas.


- En las casas más antiguas, la ventana principal de las buhardillas tiene un aparatoso tejadillo que le sirve de cubierta y que tiene algún propósito que no consigo averiguar (?).


- Hay preciosas tiendas de decoración, de antigüedades estilo Bidermeier, y boutiques de un gusto exquisito. En el centro, la gente va muy elegante. Los turistas vamos de eso, de turistas, y no estamos a la altura. Salvo los japoneses, claro. 


- Regensburg me va pareciendo más y más hermosa a medida que paseo por ella. Me avergüenza no saber nada de este bellísimo lugar, donde me reencuentro con el Danubio en un precioso puente de piedra del s. XII. Las vistas desde el puente a ambas orillas son maravillosas. 


- Medito sobre mi ignorancia bajo este puente, hasta que… me acerco a leer una cartela sobre su historia, y solo está en alemán. La traduzco al español con ayuda de Miss Google Lens… y descubro que estoy en Ratisbona!!!  (Regensburg=Ratisbona). Me está bien empleado por no querer planear de antemano las visitas, en mi afán por descubrir mundos. Quién me creo que soy, Cristóbal Colón?


- Ratisbona, la cuna de Don Juan de Austria, la villa que se hizo rica con el comercio fluvial, al estar situada en la confluencia del Danubio con otros ríos (el Naab y el Regen). Y también el lugar donde se celebró la Dieta de Ratisbona, un asunto complicadísimo que reunió aquí a muchos ilustres personajes de la Reforma Protestante, entre ellos Lutero. No entiendo nada de lo que ocurrió en esta reunión, ni siquiera el por qué y para qué se reunieron, y francamente el asunto tampoco despierta mi interés, de modo que ahí lo dejo. 


- Don Juan de Austria tiene una estatua aquí desde 1978. Pero no puedo leer lo que pone la placa, más allá del nombre de su madre, la burguesa Bárbara Blomberg, y que fue hijo y hermano de… porque han pegado encima una proclama que anima a movilizarse contra el servicio militar obligatorio, aprobado recientemente en Alemania. La sombra de Putin es alargada, y bajo ella los antiguos comandantes de la flota en Lepanto se solapan con los futuros soldados de la guerra con drones en territorio OTAN. 


- Veo la palabra Spital repetida en muchos anuncios, y no sé por qué me suena a bebida alcohólica. (Será porque tengo sed? Ganas de celebración quizá?) Pero estoy muy equivocada, porque Miss Google me informa de que es una palabra dialectal bávara para referirse a un hospital. Krankenhaus en alemán estándar, Spital en el habla local.


(Pues conozco yo una coplilla que dice “semo  la gente más prencipá / y venemo de la funsión de l' espitá/ habemo comío lantejas / arregüertas con bacalao / se nos ha arregorvío el estógamo / y hasta habemo gomitao”. A ver si la palabreja en cuestión no va a ser bávara, sino ibérica… A fin de cuentas, entre un Spital y un espitá veo poca diferencia, ahí dentro te van a hacer pupita para curarte, esté donde esté...).


- Paseo por la Domplatz, la Neupfarrplatz, las puertas de la antigua muralla. Regensburg/Ratisbona es una preciosidad. Y además conserva una huella de dinosaurio en el pavimento de su casco urbano. Qué más quiero. 


NEUSCHWANSTEIN y LINDENHORF


- La excursión a estos dos castillos ejemplifica las trampas para cazar turistas que existen por toda Europa: Se puede acceder en transporte público, y por supuesto en un vehículo propio o alquilado…. pero si vas por tu cuenta no te garantizan que queden entradas sueltas, sobre todo para Neuschwanstein, la principal atracción de Baviera, que no se puede reservar de antemano y cuyas entradas están acaparadas por las agencias. De modo que, para evitar desplazarte hasta allí y que te den con la puerta… el portalón del castillo en las narices, tienes que pasar por el aro y apuntarte a un tour organizado con autocar, guía, y todo el ajuar: audioguía, auriculares, plano, botellín de agua. La verdad es que no me importa dejarle la responsabilidad a otros por un día, porque esto de organizarlo todo una misma es muy liberador, pero también muy cansado. 


- En este tour organizado con salida desde Munich (el punto de encuentro está prácticamente enfrente de mi apartamento) visito dos castillos muy, pero que muy ornamentados concebidos por el rey Luis II de Baviera, el rey loco. La primera parada es el Palacio de Linderhof, donde paseamos por sus jardines y exploramos el interior durante una visita guiada. 


- Después, paseamos por la orilla del lago Alpsee y vemos el exterior del Castillo de Hohenschwangau, donde el rey Luis II pasó su infancia. El padre de Luis, el rey Maximilian, había reconstruido este castillo medieval para convertirlo en un hogar donde ir de veraneo con su familia…. Pero esto a Luis no le parecía adecuado porque se llevaba muy mal con su padre, de modo que sintió la imperiosa necesidad de construirse un castillo propio, más neo-medieval, más grande, más caro y más de todo…. a muy poca distancia. En Munich, sede del gobierno, los capitalinos opinaban que el rey era un gastoso y un irresponsable. En este valle de alta montaña, donde las tierras no son cultivables y los lugareños vivían de sus rebaños y poco más, el rey les parecía heroico, porque les colocó en las interminables obras durante décadas. 


- Tomamos un almuerzo tradicional bávaro en un biergarten local, y luego visitamos el Castillo de Neuschwanstein, enclavado en una colina cercana, donde esta fortaleza fue diseñada como un refugio para que el rey Luis II escapara de la realidad. 


- Mi flor se ocupa de que el día sea moderadamente soleado, con un precioso atardecer sobre los bosques en la falda de los Alpes. Ambos castillos me parecen increíbles por fuera y difíciles de creer por dentro… No hace falta tener la carrera de psiquiatría para tener el convencimiento de que Su Majestad estaba como una regadera, a juzgar por la demencial decoración de interiores. Luis II debía de sufrir de un caso agudo de horror vacui. 


- Este hombre, que en el fondo era un infeliz, dedicó todo su tiempo y esfuerzo a nutrir sus fantasías medievales, que plasmó en un castillo tras otro, para eludir sus responsabilidades como monarca. Nos informan de que era muy querido por su pueblo porque, en las raras ocasiones en que se mostraba en público, colmaba de regalos a todos los presentes, sin distinción de clases sociales. Y a lo mejor un pastor de cabras lugareño que le había preguntado la hora sin reconocerle, salía beneficiado con un reloj de oro de su encuentro, por estos montes, con el rey loco. Pero normalmente su timidez enfermiza y su gran complejo de culpa por ser homosexual se manifestaban en un aislamiento completo del mundo exterior, y vivía recluido sin querer ver a nadie, hasta tal punto que Neuschwastein cuenta con complejo sistema de escaleras ocultas, para que la servidumbre pudiera desaparecer de su vista. Hasta la mesa del almuerzo del rey aparecía ya servida a través de una trampilla en el suelo, y volvía a desaparecer una vez que el monarca había comido, para evitar de este modo que los lacayos tuvieran que servirle y estuvieran presentes en la misma habitación. Qué triste. 


El rey loco se gastó una inmensa fortuna personal en la construcción de sus tres castillos, cuyas obras dirigía errática y obsesivamente, con continuos cambios de parecer. Hasta uno de los arquitectos se suicidó al no poder soportar más la presión. Y todo para qué: Luis II sólo llegó a residir en el más pequeño de todos ellos, Lindenhorf, y los otros dos nunca se terminaron porque murió antes, ya incapacitado por sus propios ministros, que dirigían el reino a placer in absentia de un rey totalmente desentendido de su reino. La excusa de Luis era que él quería ser un monarca absoluto como el Rey Sol francés, su ídolo. Y como en Baviera el régimen era una monarquía parlamentaria y no se le toleraba el absolutismo… pues las uvas están verdes. Y en vez de gobernar, que en realidad le aburría, se dedicó a construir. Un teatro para su otro ídolo, Wagner, en Bayreuth. Una villa palaciega en Linderhof. Un castillazo en Neuschwastein. Y un gigantesco versallitos, copia del Versalles fetén, en Herremchiemsee. Este último capricho real costó más que los otros dos juntos. 


Cuando tenía cuarenta años, Luis II estaba completamente endeudado, echado a perder física y mentalmente, y su inutilidad se había convertido en un molesto estorbo para su propio reino. Una noche, cuando el rey dormía en su pesadillesco dormitorio de Neuschwastein, (donde yo no podría pegar ojo) fue arrestado a pie de cama por enviados del gobierno, que le recluyeron junto a un cuadro médico en el palacio de Starnberg, junto a un lago. En este lugar se cree que se suicidó dejándose ahogar, él que era un excelente nadador, y de paso llevándose por delante al psiquiatra que le acompañaba y que intentó salvarle. Esta pobre víctima colateral es un ejemplo trágico de lo que es tener un mal día en tu trabajo. 


- También opino, pero es una opinión muy personal, que los artistas que decoraron estos castillos tuvieron un mal día en su trabajo, pero todos los santos días. Y encima, el rey estaba tan endeudado que llegó un momento en que ya no les podía seguir pagando su paciencia, dedicación y esfuerzo. Ahí queda para la historia el abigarrado interior de unos edificios que me parecen un ejemplo de megalomanía delirante. Son tan irreales como la mente enferma que los diseñó, y no es de extrañar que Walt Disney se inspirara en uno de ellos para sus dibujos de fantasía dirigidos al público infantil. Lo que realmente vale de ellos es el increíble entorno natural, y ahí se demuestra que Luis II podía estar muy loco, pero tonto del todo no era. Sus castillos están situados en lugares de ensueño, y eso por sí sólo ya convierte su visita en una experiencia inolvidable. 


- Durante las siete horas que dura la excursión en total, me hago amiga temporal de una chica australiana, de Sydney. Está en Europa porque su marido ha sido trasladado, y está haciendo un recorrido por sedes de su empresa en distintos países. No tienen hijos, y mientras él está en la oficina, ella aprovecha su tiempo visitando las ciudades por las que van pasando. Su vida como expatriada está recién estrenada, y se la ve un poco desorientada todavía, pero muy sensata y espabilada, de modo que no dudo de que muy pronto se acostumbrará a su nueva existencia errante de nómada en territorio inexplorado. Disfruta de la excursión como todos los demás, pero en algunos aspectos se nota que viene de Oceanía, nuestras antípodas, porque le resultan ajenas las referencias que nos son comunes a europeos y americanos. Es normal, su mundo está más cercano al lejano oriente, y me cuenta vacaciones fascinantes en países asiáticos de su entorno. También me confía que hizo el servicio militar, que en Australia no es obligatorio pero que ella aceptó, como paracaidista. Y que aprendió técnicas de supervivencia en plena naturaleza salvaje. Bromeamos sobre la posibilidad de perdernos en el bosque, porque las dos nos lanzamos a trepar por el monte camino del castillo siguiendo un sendero, y fantaseamos con que, si no nos rescatan a tiempo y llega la noche, ella solita tendría que hacer fuego y cazar algún conejo para la cena… porque yo sólo podría darle apoyo moral, dada mi inutilidad en todo lo referente al campo. Mantenemos conversaciones de todo tipo, pero es una chica muy inteligente y sabe que no soy sino una conocida casual que voy a desaparecer de su vida en unas horas, de modo que no me hace ninguna confidencia personal. Con todo, me resulta muy agradable su compañía, y nos despedimos a la vuelta con mucha simpatía. 


Esta misma mañana tomo el tren que me llevará a Estrasburgo, de vuelta a Francia. Me despido de Alemania con gratitud, porque me ha ofrecido cosas maravillosas de las que he disfrutado muchísimo. Tschüss!  


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