18.10.25

SALZBURGO

 SALZBURGO


Los Alpes son un caso de personalidad múltiple. Tienen varias denominaciones y su altitud difiere mucho según las zonas.. Se reparten por muchas naciones y sus características varían de unas a otras. A algunos países los define por completo (Austria, Suiza), hay uno que hasta los lleva de sobrenombre (Italia, el país transalpino), en otros son una parte esencial pero matizada por una geografía más variada (Francia, Alemania, Eslovenia) mientras que por otros pasan de puntillas (Liechtenstein, Mónaco). Desde la ventanilla del tren que me lleva de Viena a Salzburgo, los Alpes Centrales Orientales se van acercando más y más, con sus faldas salpicadas de aldeas de cuento con sus iglesias rematadas en cúpulas en forma de cebolla, entre bosques de hoja caduca con la paleta de colores más completa que yo haya visto nunca en otoño. Los campos del entorno parecen campos de golf, tan pulcro resulta a la vista el verde de la hierba. Pasamos por el lago Wallersee, y vemos muchas vacas, cabras y cuervos. Hay bancos de niebla, pero cuando se despejan y sale el sol los contrastes cromáticos son espectaculares. Me lleno los ojos de verde y, al bajar del tren, los pulmones de aire alpino, con un delicioso olor a bosque. Austria es toda una belleza.


Salzburgo es una de las joyas barrocas que adornan esa belleza, una ciudad italianizante en medio del universo germánico. Es un lugar dormido en el tiempo, lleno de belleza y de gracia, que se toma muy en serio a sí mismo porque es consciente de su propia importancia, pero donde al mismo tiempo sobrevuela un espíritu juguetón que lo invade todo, como el geniecillo doméstico de un cuento de hadas. Yo ya he vivido en un lugar así y sé que este tipo de escenarios de belleza sublime de la que sus habitantes están tan orgullosos, son un paraíso cuando los visitas brevemente, pero cambian mucho cuando te estableces por una larga temporada, y pueden resultar opresivos si te quedas a vivir. Lo encuentro todo muy cambiado desde mi última visita, hace más de treinta años. En estas décadas Salzburgo ha aprovechado para modernizarse, y todo funciona con una eficiencia que da la medida de la prosperidad que aquí se disfruta. Afortunadamente, conserva un ambiente provinciano (aunque de lujo) que la baja del Olimpo de las ciudades eternas y la acerca a la cotidianidad. 


Mi alojamiento está a tres minutos de la estación. Se trata de un co-living, término que ya a estas alturas sé que designa un hostal decorado con colorines y mobiliario de dormitorio juvenil, pero acondicionado en un antiguo edificio industrial digamos que cero hogareño, de hecho los hay que parecen auténticos reformatorios. Normalmente el concepto de co-working y co-living están concebidos para una población flotante de jóvenes, estudiantes o profesionales, y tanto los espacios destinados a su ocio compartido como las actividades que se organizan para ellos enmascaran el hecho de que las instalaciones son algo precarias, con la excusa de que todo lo que ocurre allí dentro es informal y está libre de ataduras. Yo acepto pulpo como animal de compañía si las sábanas y toallas, de haberlas, están limpias y si puedo tener un baño privado. Lo segundo lo consigo fácilmente, lo primero ya es más random, como dicen los millennials. Los gerentes de estas grandes superficies se muestran muy preocupados por preservar el medioambiente restringiendo el uso de lavadoras industriales, pero no les importa que te salga un sarpullido, todo sea por el planeta. En este caso concreto no hay sábanas, y cuando las reclamo en recepción me alargan un bulto informe de telas sin planchar, supongo que porque las tintorerías son poco ecológicas. Pero la recepcionista es muy dulce y agradable. Es mejicana, y lleva ya unos cuantos años en Austria. Le hace especial ilusión poder charlar en su lengua materna. 


Aunque en el hostal me regalan un vale de transporte público durante mi estancia, Salzburgo es una ciudad que no se concibe sin recorrerla a pie, para poder saborearla mejor. En la orilla opuesta del río Salzach, me reencuentro con las calles eternas que tenía grabadas en la memoria, y en mis paseos me va ganando el entusiasmo por su belleza y su encanto. 


Saludo a mi adorado Mozart, cuya estatua que me da la bienvenida con resignación. Aquí goza de la omnipresencia de un dios, y como a tal le adoramos todos los aficionados a la música que le conertimos en el principal motivo de nuestra visita. Pero tras más de doscientos años de adulación debe de estar ya más que harto de nosotros, que por un lado escuchamos su música con reverencia y por otro le perdemos el respeto devorando los bombones Mozartkugeln, comprando souvenirs que llevan su cara y su nombre en forma de figurita, de peluche, de bolsa, de funda de gafas, de bayeta de cocina, de todo lo imaginable porque menos en el papel higiénico he visto su imagen reproducida en todo tipo de objetos más o menos cursis y a veces nada útiles. 


A veces, las ciudades vinculadas a una figura mítica terminan fagocitándola, y los turistas compartimos a sabiendas ese banquete caníbal. Napoleón se sentía excluido en París, donde las clases dominantes le consideraban un provinciano advenedizo a causa de su origen y acento corsos. Jane Austin se encontraba tan a disgusto en Bath que enfermó seriamente, y tuvieron que llevarla de vuelta la región campestre donde había sido feliz. Sissi odiaba Viena, de la que huía siempre que tenía ocasión en continuos y largos viajes por Europa. Freud tuvo con Viena una relación de amor-odio, ya que la deriva de la sociedad vienesa hacia el nacionalsocialismo hizo que, como muchos otros, tuviera que repudiar el mismo lugar donde había triunfado. Kafka sentía verdadero desprecio por Praga, y lo manifestó entre otras cosas escribiendo sus obras en alemán y yéndose a vivir al interior del recinto cerrado del Callejón del Oro, en lo alto del castillo, para sentirse alejado de la ciudad. Y Mozart llegó a detestar profundamente Salzburgo, su patria chica. 


En especial, mi amigo Wolfgang Amadeus debe de echarle mucha paciencia a su fama póstuma, porque entre otras cosas está fábricada sobre una fabulación: en su ciudad natal nos quieren hacer creer que allí vivió una infancia feliz cuando en realidad la pasó viajando por toda Europa, donde su padre les exhibía, a él y a su hermana Nannerl, como a una atracción de feria por cortes, teatros e iglesias. Ya de regreso y según crecía y se convertía en joven adulto, Mozart se encontró con que Salzburgo era el lugar donde no se le permitía desarrollar su talento, porque en la corte del Príncipe Arzobispo Colloredo le daban el mismo trato y sueldo que a cualquier criado. Además, en Salzburgo no había un teatro de la ópera, ni nadie que pudiera enseñarle a expandir sus conocimientos. Y aparte de su cometido como músico de corte, sólo recibía pequeños encargos ocasionales de los burgueses. Intentó encontrar empleo en otras cortes y, al no conseguirlo, se estableció como artista libre en Viena, capital de la música. Cierto es que allí luchó por el puesto de kapellmeister en la corte, pero su alto nivel de vida (y su ludopatía, más los continuos gastos de su esposa en el balenario) los sustentó con eventos musicales de todo tipo que organizaba él mismo. Fue de los primeros en intentar independizarse del poder, en una época todavía dominada por los mecenas. La jugada solo le salió regular, pero ole sus huevos, perdón sus Kugeln… sus Mozartkugeln, esos bombones en forma de bola de chocolate rellenos de mazapán que están envueltos en papel platilla con una versión cursilona de su carita (otra mentira, porque guapo precisamente no era, mire usted). 


Para cerrar el capítulo Mozart en Salzburgo, estos días he tenido el placer de revisitar su casa natal (donde la exposición ha mejorado muchísimo con los tiempos) y su otra residencia, además de la Residenz, uno de los palacios de los Príncipes Arzobispos donde tanto Wolfgang como du padre Leopold eran músicos de corte. En este palacio tengo el gusto de asistir a un concierto de cámara en uno de sus salones, donde él mismo tocó su música tantas veces. El cuartero que interpreta algunas de sus composiciones para cuerda y flauta es, como todo en esta ciudad musical, de gran virtuosismo. Son cuatro maestras que tocan divinamente bien. Se me saltan las lágrimas en el adagio del cuarteto KV285. Lo compuso por encargo en Mannheim, adonde había llegado huyendo de Salzburgo, y donde se volvió loco de amor por la soprano Aloysia Weber, un amor imposible por no correspondido. Mozart vivió en la época del clasicismo, pero el romanticismo está ya asomando la patita en esa melodía dominante que evoca pura magia. 


Pero Salzburgo es mucho más que Mozart. Aquí van las acostumbradas notas: 


- Los circuitos especialmente diseñados para los fans de “Sonrisas y lágrimas” me resultan inquietantes. Tienen sus propios autocares, fácilmente reconocibles porque la carrocería  está decorada con fotogramas de la película, que como todo el que encienda el televisor en Navidades sabe, se rodó aquí. Los guías son a la vez cantantes, y van vestidos como en la película. Algunos pasajeros (muchos americanos y asiáticos) también van disfraz…, perdón, vestidos como en la película. Todos se saben las canciones de la película. Les llevan a las localizaciones donde se rodó la película. La tal película es una cursilada interminable que yo personalmente encuentro difícil de soportar hasta el final. Cada Navidad veo los quince primeros minutos, que es donde salen los Alpes y Salzburgo, y lo dejo tras el montaje en que esa aglomeración de criaturas saltarinas salen de paseo con su monja, o lo que sea, quien ha tenido la caridad bendita de darles cariño y a la vez la crueldad mental de vestirlos con la tela de una cortina que es la más fea de toda la casa. Señora, si es usted capaz de hacerles pasar por ese trago a unos menores indefensos, y además introducir en las canciones barbaridades como “Res, selvático animal”, me temo que es usted capaz de cosas mucho peores…. Como al parecer así fue en la vida real, por otra parte. La madrastra de la autentica familia von Trapp no era ningún angelito, maquinó para casarse con el capitán viudo y ella misma reconoció en su autobiografía que sometía a los niños a una disciplina más exagerada y cruel que su propio padre. Pero no dejemos que la realidad nos estropee una bonita historia sentimental, ni el fabuloso negocio que esta representa. 


- Los periódicos locales aquí están pegados y metidos en bolsas de plástico que cuelgan de los muros. Será para preservarlos de la humedad de los elementos.


- Una placa en la Residenzplatz, junto a la Michaeleskirche, conmemora la quema de libros que los nazis escenificaron en esta bella plaza, bajo la mirada de la estatua de Mozart. Salzburgo, como tantas otras localidades por aquí, está marcada por el Anschluss y sus consecuencias. Aquí se brindó una calurosa bienvenida al Tercer Reich y, tiempo después de la derrota alemana, los mismos perros pero con distintos collares siguieron siendo las fuerzas vivas de la ciudad. El ejemplo más célebre es el del genial director Herbert Von Karajan, afiliado al partido nazi en 1933 y predilecto del régimen, que nunca abjuró formalmente de su pasado y que sin embargo dirigió el Festival de Salzburgo durante una década entera en la posguerra, manteniéndose vinculado al mismo de por vida. Como si nada, oyes. 


- En mi visita anterior estuve alojada con mis amigas en el hotel Amadeus, sito en in edificio donde en el s. XVI hubo una casa de baños. Está contiguo al cementerio de San Sebastián, donde están enterrados varios miembros de la familia Mozart. En concreto Leopold, su padre, y Constanza, su viuda. En vida Leopold y Constanza se odiaron profundamente, y en cambio pasan junto toda la eternidad en este camposanto. Ironías de la vida, digo de la muerte. Recuerdo que las ventanas traseras del hotel daban directamente sobre las tumbas y yo, mozartiana de pro, me alegré mucho de la casualidad, pero en cambio mis amigas estaban completamente horrorizadas. Las estuve embromando sobre el fuego fatuo un buen rato y nos echamos unas buenas risas al respecto. Qué tiempos.


- Leopold Mozart, por cierto, compuso la melodía del carrillón que suena todas las horas del día en el centro de Salzburgo. Las atribuciones de un músico de corte cubrían hasta los cometidos más mínimos. 


- Me subo en el funicular que lleva hasta el Castillo, y contemplo está bellísima ciudad desde lo alto. Impresionantes vistas. Conozco pocos lugares tan privilegiados en todos los sentidos posibles.


- Me doy el capricho de desayunar en el Café Tomaselli, fundado en 1703 y por tanto uno de los más antiguos de Europa. El desayuno completo me cuesta casi lo mismo que un almuerzo en mi barrio de Madrid, pero solamente por aspirar la atmósfera trasnochada del local ya merece la pena. Se sirve el café, con su vasito de agua, en bandejas de plata grabadas y muy gastadas ya por el tiempo. Los camareros van de librea y las camareras llevan un delantal. Hay periódicos colgados en una percha de madera, estilo antiguo. Los cuadros y relojes, las lámparas de araña y los ventanales, los veladores y los sofás remiten a siglos atrás. Hay personas enfrascadas en la lectura, grupos de amigos que mantienen tertulias mañaneras, una mezcla de parroquianos habituales, personas muy elegantes y turistas de trapillo como yo.  Averiguo que la especialidad local desde siempre ha sido el Mandelmilch (leche con almendra), y en la carta se sugiere que por tanto el mismo Mozart lo consumía también. Cómo me voy a privar de probarlo, venga una taza! La camarera me enseña a tomarlo correctamente: se pincha un pequeño dulce a base de almendras con la punta de la cucharilla, y se introduce en la taza de café con leche bien caliente, de modo que al removerlo la masa se derrite, y el resultado es que el café no sólo adquiere un gusto almendrado, sino que te vas encontrando los tropezones de almendra laminada al bebértelo. Una delicia.  



Otros lugares que visito:


ZELL AM SEE


- Me acerco a esta localidad simplemente porque tiene fama de ser un destino fácilmente accesible en tren, pero sin  saber muy bien lo que voy a encontrar allí. Los austriacos que viajan en mi mismo vagón están de muy buen humor y hacen bromas continuas. La niebla lame los picos con verdadero apetito, pero en los raros momentos en que sale el sol parece que se ha prendido el incendio más hermoso que se pueda imaginar. El colorido del otoño en estas arboledas es excepcional. Este poderoso paisaje alpino es muy distinto de las amables colinas que he dejado atrás en Viena. Pero a menudo pasamos por una factoría que suelta unas fumarolas que afean el panorama. Estas chimeneas están encajadas donde buenamente caben en este estrecho valle poblado de aldeítas, donde el río Salzach serpentea entre gargantas. Reconozco un entorno muy similar al que atravesé en Brixen-Bressanone y en Bolzano, que están un poco más al sur, donde los Dolomitas italianos son más altos que sus hermanos los Alpes Centrales austriacos. Estas tierras han quedado separadas por una frontera, pero en realidad son las mismas. 


- Llego a Zell, a orillas del lago Zee, y mi flor en el culo florece una vez más, porque durante el rato que estoy allí cede la niebla, sale el sol y el paisaje luce maravilloso. Averiguo, gracias a las cartelas, que hay un paseo ribereño llamado “Promenade Sissi”, en el que se pasa por donde estuvo el Hotel Emperatriz, construido para la Exposición Mundial de Viena de 1873. Una vez derruido, ahora hay un casino y muchas villas de veraneo en una localidad de gran belleza que debe de estar muy animada en la temporada cálida, pero que ahora con estas temperaturas tan bajas sólo está poblada por los lugareños y algunas parejas de novios turcos. Desde luego el lugar no puede ser más romántico, y no me extraña que Sissi lo incluyera en su larga lista de excusas para ausentarse de la corte de Viena. 


- Doy un paseo de unas dos horas por la orilla del lago (hay senderos de trekking más sofisticados y me cruzo con muchos senderistas, pero yo no soy nada deportista). Disfruto muchísimo del paisaje en perfecto silencio, que es lo que nos gusta a los solitarios. Paso por un complejo de veraneo que se llama Seevilla, pero tras unos segundos de desconcierto caigo en que no se trata de ninguna errata, porque significa literalmente “Villa del lago”. 


- En este lago Zee se practican muchos deportes de invierno, y hasta fue sede en las Olimpiadas de 1937. El lago desprende un fuerte aroma salado, que se debe a que el río Salzach contiene sedimentos de minas de sal, de ahí su nombre. La niebla se rasga también en las alturas y puedo ver los picos nevados de los Alpes. Creo que experimento una especie de orgasmo visual y olfativo, porque la naturaleza esta vez no me da por el… saco como acostumbra con barro, piedras, cuestas y una plaga de abejas, sino que me regala una epifanía todo confort, ya que el paseo está asfaltado.  Me subo al tren de vuelta sonriendo como una imbécil, sólo me falta el cigarrito posterior (si es que fumara, que no es el caso).  



WERFEN: 

- No tenía previsto bajarme aquí. Pero durante el viaje hasta Zell he tomado nota del nombre de este pueblo, porque al pasar he visto en Werfen un castillo enorme en lo alto de un cerro que domina una aldea a orillas del río. Llamarle a todo eso paisaje de cuento es no empezar a hacerle justicia, porque además los picos de los Alpes lo enmarcan todo y está rodeado de bosques y viñas. Decido bajarme pues en Werfen a la vuelta, y al sol de la tarde todo refulge a mi alrededor. Cruzo el río y doy un paseo por un sendero rural cubierto de hojas doradas que bordea la orilla. Una vez en la aldea, me doy cuenta de que el cerro es demasiado alto y empinado para mis capacidades, y se me va a echar la noche encima, porque aquí oscurece muy pronto. Tampoco puedo visitar en Werfen la Cueva de Hielo más grande del mundo, llamada Eisriesenwelt (traducción: mundo de los gigantes de hielo). No sabía nada de su existencia, y leo que para entrar hay que llevar ropa de abrigo, calzado de montaña y que sólo se enseña con visita guiada porque hay riesgo de resbalar. Siento verdadero alivio cuando pregunto y me dicen que las visitas ya están completas por hoy, porque en el fondo hoy no me apetece nada meterme a espeleóloga por un rato. Prefiero el aire libre y la visión de la paleta de colores de los bosques bajo el sol del atardecer. 


- En el tren de vuelta a Salzburgo, un hombre que esperaba conmigo en el andén me ayuda a abrir la puerta del compartimento, cuyo mecanismo se me resiste. Eso da pie una larga conversación, la primera que tengo por estas tierras, donde la gente es tan discreta y tan poco propensa a abrirse a los extraños. Charlamos sobre Austria y me informa de que, aunque los turistas no lo notemos, este país está atravesando un empeoramiento de la economía y las condiciones de vida. Me cuenta que, como mucha gente de esta zona, parte de su familia proviene del otro lado de la frontera, en su caso de Bolzano. Le pregunto si es bilingüe y me responde que no, pero a continuación se embarca en una parrafada en perfecto italiano. Se muestra interesado por mi viaje porque él fue mochilero en su juventud, y quiere saber cuáles son los países que he visitado en mi recorrido por Europa. Intento hacerle un listado, pero me encuentro incapaz porque no puedo recordar la mitad de ellos. Él se baja del tren antes que yo, y durante el rato en que me quedo sola en el compartimento reflexiono sobre mi pérdida de memoria, y me alegro una vez más de estar escribiendo estas torpes notas de viaje improvisadas en las salas de espera de las estaciones y en las horas de insomnio pasadas en habitaciones alquiladas. Mi intención inicial era tener informadas a mis amistades de por dónde voy pasando para que, de creerlo posible, pudieran hacer planes por anticipado para unirse a mí en algunos tramos de la ruta. Pero, a medida que he ido avanzando en mi recorrido y comprobando cómo a los pocos días mi memoria no registra los lugares por los que acabo de pasar, y lo que me resta en la cabeza es un barullo de nombres, fechas y algunas imágenes dispersas… he terminado escribiendo para mí misma, en un intento por desenredar el embrollo mental que me impide recordar con mayor claridad, y para fijar de alguna manera mis impresiones y sensaciones (por pedantes que sean, son mías), sabedora de que inevitablemente pasarán al olvido. Ese olvido que ya soy. 


(“El olvido que seremos” es el precioso título de una conmovedora novela del colombiano Héctor Abad Faciolince sobre la heroica vida de su padre, médico en Medellín. Un remedo de ese título podría aplicarse a mi ni por asomo heroica, pero sí muy olvidadiza persona.)



INNSBRUCK

- Ayer subí al castillo de Salzburgo y había neblina, por lo que desde allí no se podían apreciar bien los contornos de los Alpes. Pero mi flor cular florece de nuevo, y los he visto hoy más de cerca desde Innsbruck, porque he subido en funicular hasta el mirador de Nordtekke, a más de dos mil metros de altitud. Me informa Miss Google que este Nord Tekke es la cadena montañosa al sur de la cordillera de Karwendel, que es el nombre que recibe la sección de los Alpes situada en la frontera entre Austria y Alemania. (Esto de que los Alpes reciban un nombre distinto cada dos por tres y vayas donde vayas, me tiene desorientada por completo… me temo que he desarrollado un síndrome de abstinencia, y a partir de ahora veré cualquier montañita y me cabrá la duda razonable de que también sea alpina, aunque se llame Monte Tibidabo y esté en Barcelona ciudad…. )


Pero me adelanto a los acontecimientos. En el tren que me lleva de Salzburgo a Innsbruck, una pasajera va vestida de drag queen rosada. Un listado somero de todo lo que lleva encima empezaría por su sombrero fedora, su melenuda peluca, sus gafas de sol de cristales ahumados, su dos piezas Chanel, sus medias de rejilla, sus botas mosqueteras, su bolsito y su maleta a juego… todo ello del mismo tono rosa-ilusión. Aquí la gente es muy educada y las normas de cortesía se llevan a rajatabla, pero en este caso todo el mundo comenta a su paso. Ella avanza grácilmente pasillo adelante, inclinándose un poco porque es muy alta, y hace como que nos ignora. Cuando llego a Innsbruck la veo entrar en un local llamado Kiss-no-sé-qué junto a la estación. Algunas tienen un dress code muy elaborado en su lugar de trabajo…. 


Notas:


- La ciudad está enmarcada por una cordillera alpina, atravesada por el río Inn, y bordeada de verdes praderas y bosques multicolor. Hace frío y la atmósfera está muy limpia, el cielo luce con ese azul intenso propio de la alta montaña y el sol realza todo el conjunto. Ante tanta maravilla, me paso el día diciendo Joderrr, Jo-der, Jodeeer, Jooodeeer y JODER!!!. A veces lo cambio por Madre Mía para variar un poco.



- Me doy un largo paseo por la Arthur Heidl Promenade a orillas del río. Hemos amanecido con 6°C, pero una vez que se despeja la niebla tengo la suerte de que salga un sol espléndido que se mantiene casi hasta mi vuelta. Mi flor de nuevo. 


- Esta ciudad es la más grande y señorial de esta zona del Tirol. Callejeo por el centro y viajo en el tiempo varios siglos atrás. Miss Google me informa de que Innsbruck fue bombardeada 22 veces y por tanto un 60% de lo que veo es una reconstrucción. Leo que, pese a que el Tirol en principio se consideraba en la retaguardia del frente, el gobierno nazi de Berlín sabía de antemano que, una vez iniciada la guerra aérea, la población civil no sería respetada ni por el enemigo ni por el llamado fuego amigo. Como así fue al parecer. Hoy día no se notan las consecuencias de todo aquello, aunque al parecer quedan unos cuantos refugios antiaéreos.  


- Hay en este parque ribereño un monumento que conmemora la quema de brujas de esta ciudad por orden del papa Inocencio VIII, con una placa que reza “somos las hijas de las brujas que no pudieron quemar”. 


- También hay en este paseo ribereño, un poco más allá, una curiosa instalación. Durero recibió el encargo de dibujar un perfil de la ciudad en 1495. Basándose en el grabado que realizó, dos arquitectos de nuestros días han trazado los contornos de la ciudad de entonces, en una estrecha cinta metálica suspendida sobre nuestras cabezas, para que al asomarnos podamos superponer sobre la orilla opuesta el antiguo perfil de Innsbruck sobre el Skyline de hoy día. 


- Veo, en la impresionante plaza ajardinada del Palacio Imperial o Hofburg de Innsbruck, una cabina que contiene sillas plegadas de diferentes colores. Se trata de un mobiliario urbano de quita y pon. Leo que el ayuntamiento permite disponer de estas sillas, a condición de que se reserven a través de una aplicación online, y bajo la responsabilidad de devolverlas a su sitio una vez utilizadas. Este sobreentendido dice mucho del nivel de respeto y cortesía que encuentro en este país: los jóvenes son muy respetuosos conmigo y mis canas, pero en general observo que las normas cívicas se cumplen, incluso los mendigos que te abordan por la calle suelen pedir disculpas de antemano. 


- De todos los edificios maravillosos de Innsbruck, el qué más me llama la atención es el Gasthof Goldener Adler, posada que luce en su fachada la respetable fecha de 1228, y donde hay además un bajorrelieve de Andreas Hifer, compositor del himno del Tirol. 


- Muchos jóvenes, y no tan jóvenes, que han terminado sus clases o salen del trabajo, pasean camino del funicular con sus esquís y tablas de snowboard. Yo no creo que haya mucha nieve, pero también es cierto que mi ignorancia al respecto es total y absoluta. Quizá haya cañones de nieve artificial en los alrededores, o es que se confirman con deslizarse por los pocos neveros que veo en las maderas, pero que desde abajo me parecen demasiado empinados para ser practicables? Ni idea. Esta ciudad ha sido en dos ocasiones sede de los Juegos Olímpicos de Invierno, y los tradicionales saltos que se retransmiten cada fin de año por televisión tienen lugar muy cerca, en Bergisel. Pero a mí los deportes de nieve me son ajenos por completo, y lamento decir que es una laguna en mi educación que no me apetece nada rellenar. 


- Contra todo pronóstico, el funicular hasta el llamado Top Innsbruck o Nord Tekke no me da tanto vértigo como pensaba. Se coge en el mismo centro urbano, y sube en varias etapas hasta la cumbre del Hafelekar, a 2269 metros de altitud sobre el nivel del mar. El monte Peñalara, en la Sierra de Guadarrama, le gana por poco… pero yo nunca he subido hasta allí. Sí que subí de joven, en un viaje a Suiza, al tren cremallera que te lleva hasta una estación intermedia (no hasta la cumbre) del monte Jungfrau. Esta estación está a algo más de 3400 metros de altitud. Desde allí se ve un glaciar, pero por desgracia aquel día había niebla cerrada y no vimos nada, así que esa experiencia no puntúa en mi lista de cimas adonde me he encaramado. Por cierto, que he subido siempre por medios mecánicos, porque en el campo si no me llevan en la sillita de la reina desde luego me niego a hacer el esfuerzo mental de afrontar mi vértigo.


 - Una vez arriba del todo, el increíble panorama del semicírculo de cumbres nevadas me fascina por completo. La ciudad a nuestros pies no es más que un hormiguero al fondo del valle del río Inn (Eno en castellano). Algunos cuervos revolotean sobre el mirador de piedra, y me pregunto si realmente vuelan tan alto,o más bien han ascendido cómodamente posados en el techo de las cabinas del teleférico (ya se sabe que “cree el ladrón que todos son de su misma condición”).  


- La bajada se hace pesadísima. En teoría, el trayecto debería durar unos veinte minutos. Pero las colas son interminables y el espacio de cada cabina es limitado por razones de seguridad, por lo que me toca esperar… y para cuando llego al centro de Innsbruck he invertido en total casi tres horas, de modo que pierdo el tren de vuelta a Salzburgo  y debo reservar plaza en el siguiente, que llega ya a la anochecida. No me importa, porque la experiencia ha merecido la pena con creces. 


Lo único que la ha empañado un poco ha sido que, entre la multitud de turistas que se agolpaban en cada estación del funicular, había varios grupos de personas adultas gritonas, escandalosas, maleducadas y molestas. Nacionalidad de estas personas: española. Me temo que en este largo viaje he desarrollado una especie de complejo de superioridad que me va a costar mucho quitarme, y que a mi vuelta necesitaré muchas curas de humildad para adaptarme de nuevo a los decibelios y la gestualidad de las conversaciones patrias. Porque yo también soy gritona, escandalosa, maleducada y molesta cuando llega el caso. Si no puedes con ellos, únete al griterío. 



HALLSTATT

- Pensaba ir hasta allí, pero al final cambio de opinión, para poder dedicar mi último día a las visitas culturales y el concierto que tengo programados en Salzburgo. 


Hasta siempre, Austria. Mi siguiente etapa es Munich. Nunca he estado en Baviera, y espero poder hacer algún recorrido por esta región alemana que tenemos mitificada gracias a los tópicos y a las películas. 


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