28.7.25

Como de costumbre, aprovecho el tiempo muerto a la espera de que salga mi tren para hacer los deberes, que se me acumulan  (siempre he tendido a procastinar, y hay temporadas en que estoy peor de lo mío). En esta ocasión me dirijo desde Sundsvall a Estocolmo, siguiente etapa de mi viaje, donde en principio pasaré cinco noches en un hostal. Está muy céntrico y sale económico para el estándar escandinavo, por lo que lógicamente tiene un inconveniente, siguiendo el axioma de que nadie da duros a cuatro pesetas: el establecimiento está situado en los bajos de un edificio antiguo (por la fotos, parece una leñera, pero amueblada con IKEA) y la única habitación con ventana y TV es la cocina comunitaria. De modo que en Estocolmo me espera una celda monacal sin ventilación natural, ideal para mortificarme, meditar y sustraerme del mundanal ruido. Ni que decir tiene que no pienso hacer ninguna de estas cosas. 

Pero me adelanto a los acontecimientos. El tren que me ha traído desde Trondheim, en la costa noruega, hasta Sundsvall, en la costa sueca, ha atravesado durante seis horas y media la península escandinava de oeste a este, con inicio en el río Nidelva que desemboca en el Mar del Norte y final de trayecto en el Golfo de Bothnia, en la orilla diametralmente opuesta (datos cortesía de Miss Google, porque yo me pierdo con la geografía). 

Durante el viaje, atravesamos muchos valles y vamos subiendo por montes cada vez más escarpados hasta la estación de Storlien, a casi 600 metros de altitud y a pocos kilómetros de la frontera, donde los pasajeros debemos bajarnos del tren noruego, y esperar durante cinco minutos al tren sueco, que nos incorpora a la línea ferroviaria de Estocolmo. Cuando llega el tren sueco, de él descienden los pasajeros al mismo andén en que nos acumulamos nosotros, porque viajan en sentido contrario y toman el tren noruego. Toda la operación la dirigen con presteza los controladores uniformados de ambas ferroviarias. La escena ya la he vivido varias veces en diferentes paises, y siempre me parece un intercambio de prisioneros durante una tregua humanitaria. Está claro que he visto demasiadas películas. 

Desde Storlien, estación de esquí en época invernal, vamos descendiendo lentamente al nivel del mar. Al principio cruzamos localidades de alta montaña célebres por su paisaje, que desgraciadamente no puedo apreciar porque hay niebla cerrada. Aunque debo decir que los riscos, entre brumas, tienen un encanto a lo Cumbre Borrascosas que a mí me parece muy poético. Una vez hemos dejado atrás la neblina, pierdo la cuenta de cuántos lagos pasamos, a cual más grande y hermoso. Los bosques de pinos son tan espesos y tupidos como una selva. No sé si fue la mano del hombre la que plantó los pinos tan cerca unos de otros, o más bien la madre naturaleza la que decidió por sí misma aprovechar al máximo cada centímetro cuadrado. Sea como sea, cuando se hace un claro en los bosques para dar cabida a un lago, el efecto es espectacular. El paisaje sueco tiende a la grandiosidad.   

En Sundsvall me alojo en un céntrico hotelito sin estrella siquiera, pero no está estrellado ni mucho menos porque, aunque en España sería un hostal, resulta que todas las habitaciones tienen baño completo y el desayuno, muy sano y abundante por cierto, está incluído. Nada mas entrar allí, descarga una tormenta de verano que se venía gestando desde Sotrlien, y que dura el rato suficiente como para dejarlo todo empapado. Yo respiro aliviada, porque la verdad es que el bochorno en estos países norteños me resulta tan opresivo como en el mío, a más de 3000 kilómetros hacia el sur. 

Sundsvall es una ciudad que, como tantas otras, sufrió varios incendios que casi la borraron del mapa, porque todos sus edificios eran de madera. El último ocurrió a finales del s. XVIII y fue provocado por las tropas rusas en un enfrentamiento del que lo desconozco todo y que no aclaro aquí por falta de tiempo, de espacio y principalmente de ganas. He intentado ilustrame estos días sobre la historia escandinava, pero las guerras territoriales que se han mantenido aqui desde siempre me resultan tan complicadas que me pierdo. Mi cerebro no procesa tanta información sobre reyezuelos vikingos que se invadían unos a otros, tanto en Escandinavia como en los territorios que iban conquistando allende los mares. Soĺo sé que tras las guerras napoleónicas, los tratados de paz establecieron unas fronteras que no dejaron del todo satisfechos a los escandinavos, y en cuanto pudieron se reorganizaron a su modo y manera. Y que, por ejemplo, la independencia de Noruega respecto a Suecia ocurrió de manera gradual, tras muchos intentos fallidos de la monarquía y la diplomacia suecas por mantener el status quo en su favor. Al final, la separación fue votada en referéndum en ambos territorios, a principios del s. XX. Muy civilizado todo, ya podemos tomar nota más al sur...

But I digress. El incendio de esta ciudad se pasó a localidades vecinas, y tras el desastre la única que decidió ser reconstruida en piedra y no en madera fue precisamente Sundsvall, que por lo visto en sueco tiene el sobrenombre de Stenstan, "la ciudad de piedra". Yo iba a escribir aquí lo de los dos dedos de frente, pero me corto un pelo porque no conozco el motivo por el que los nórdicos persisten aun hoy en día en construir en madera. Sostenibilidad, apego a las tradiciones, aislamiento climático contra el frío, pervivencia de la potente industria maderera local? No tengo ni idea. 

Esta ciudad de piedra tiene en su centro historico una mayoría de edificios del finales del s. XIX y principios del XX que son muy hermosos y están construidos a lo grande, lo quebindica que su puerto, que daba salida al comercio de la madera, han aportado una gran riqueza a esta población . Es además un centro de veraneo, que cuenta con muchos grandes hoteles y restaurantes. El fin de semana que llego yo, hay un Sommerfest o festival de verano, con conciertos vespertinos en la monumental plaza principal. La gente se pasea por las inmediaciones con lo que yo calificaría de total indiferencia por la celebración, y por ninguna otra cosa que no sea el helado que se están tomando, o los niños que están paseando. En general, y esta es una opinión personalísima y probablemente equivocada, los suecos me parece que no expresan sus estados de ánimo.

Esta es ya la tercera ciudad sueca donde me paso el dia entero en la calle, observando el paisaje y el pasianaje. No son estas gentes que anden por ahí despreocupadamente. La inmensa mayoria de personas con las que me cruzo o que encuentro en parques, tiendas y medios de transporte están muy serias, salvo algunos que van en grupo y comentan entre ellos, pero sin alzar la voz. Los demás, si se divierten o estan a gusto, lo llevan en secreto. Si están en desacuerdo o se sienten incómodos, no lo extereorizan. Sólo te miran fijamente para que te apartes del carril bici, pero sin mover una ceja o despegar los labios. La remota posibilidad de que te respondan al saludo o te den las gracias se esfuma porque eres una desconocida. Salvo en las tiendas, claro, donde prima la etiqueta, pero tampoco pierden su tiempo en charlas insustanciales. Me da la impresión de que aquí no es fácil mantener una vida social, aunque sea superficial, si no tienes un círculo de conocidos de toda la vida. 

Por supuesto, soy consciente de que esto es una generalización, dictada por la premura de una breve etapa durante un viaje en el que siempre estoy de paso hacia otro lugar, y pocas veces me quedo una semana entera en el mismo sitio. Pero en las mismas condiciones, estando de paso, he observado más vitalidad en la gente de países vecinos como Dinamarca y Noruega, que aunque discreta y comedida, me ha parecido más abierta y relajada. No estoy diciendo que los suecos en comparación resulten antipáticos, ni mucho menos, sólo los percibo como tremendamente distantes. Seguramente estoy en un error, y me encantaría poder comprobarlo quedándome aquí durante meses enteros, pero el saldo decreciente de mi cuenta me lo desaconseja. 

Sundsvall me sirve de base para explorar un poco los lagos a los que puedo acercarme en tren desde aquí. El que se lleva toda la fama es el que está a orillas de la ciudad de Ostersund  Es el quinto lago más grande de Suecia, se llama Storsjon, y tiene enfrente la isla de Froson, a la que se accede por un puente. Este lago está en la región de Jamtland, que según leo siempre ha sido muy próspera gracias a lanoesca y a su industria maderera (desde luego yo nunca había visto tantos troncos cortados amontonados en mi vida). Parece que los habitantes de esta región exportaban su madera a traves del puerto de Sundsvall, precisamente. Y que se hicieron tan autosuficientes, que incluso se han planteado solicitar formalmente la independencia de Suecia (son suecos desde el s. XVII, antes eran noruegos). Jamtland es algo así como una California nórdica, pero como aquí prima el sentido común y la prudencia, nunca han dado el paso porque no les conviene del todo. Again, podíamos tomar nota. 

Ostersund, a orillas del lago, es una ciudad de veraneo desde bien antiguo, como acreditan las estupendas villas (en madera) de la belle époque que se reparten por orillas y laderas. Tambien aquí encuentro un festival, pero gastronómico (Ostersund tiene fama en ese sentido), y también observo en los asistentes que se sientan en las mesas y bancos de madera una extraña ausencia de ánimo celebratorio, al parecer se toman muy en serio su papel como comensales. Solamente veo alegría en la zona de los niños, donde hay algunas atracciones de feria, tómbolas y puestos de algodón de azúcar. He notado que aquí se cuida y protege mucho a los niños pequeños de cualquier raza (hay muchos subsaharianos y árabes, menos orientales). Sé que hay muchos servicios y ayudas estatales para cubrir sus necesidades. Pero ignoro si, una vez pasada la etapa infantil, los hijos de los migrantes se encuentran con mayores dificultades a la hora de integrarse en la sociedad sueca. Supongo que sí, como ocurre en todas partes. De hecho, he leído que algunas etnias tienen muy mala prensa y provocan un rechazo creciente en algunos sectores de la población sueca, otrora tan abierta a acoger a refugiados y a emigrantes extranjeros. Again, como en todas partes, por desgracia.

En Ostersund hay hermosas villas de veraneo a la orilla del lago que son auténticas mansiones de madera. Me pregunto si desde sus elegantes ventanas habrá habido avistamientos del monstruo del lago, que haberlo haylo según los lugareños. Lo han bautizado como Storsjöodjuret o algo así, que significa el gran monstruo del lago o algo así. Esta criatura lo que sí tiene de extraordinario es que lleva 400 años vivita y buceando, porque según leo ha habido avistamientos de un sólo monstruo, por tanto no ha podido tener coyunda para continuar la saga... También leo que el rey Óscar II en el s. XIX se interesó por capturarlo (se ve que el hombre se aburría) y montó todo un dispositivo a tal efecto, parte del cual consistía en ponerle como cebo a esta criatura extraordinaria... un cerdo muerto. No consiguieron atraerlo a la superficie, quizá porque su dieta no era carnívora? Según parece los utensilios utilizados en aquella expedición monstruosa, excuse the pun, se exhiben en el museo de la ciudad, en cuyo precioso jardín me siento a hacer un picnic, pero que está cerrado los domingos. En fin, leyendas de ayer y de hoy. 

La isla de Froson es muy bonita y cuenta con un  parque con un embarcadero para hacer surf y una zona con trampolín de madera para nadar. Hay muchos caminos para pasear, a pie o en bici, pero empieza a llover y los senderos se embarran, por lo que decido volver a la estación para poder llegar a Sundsvall antes de la cena. Ha hecho mal tiempo todo el día, y el sol se decide a aparecer justo cuando me subo al tren de vuelta. No hablo sueco, pero entiendo sin necesidad de traducción las expresiones de desencanto de mis compañeros de viaje, jóvenes que regresan como yo de pasar una jornada nublada y lluviosa a orillas del lago, para que encima el sol les haga la jugarreta de asomarse cuando ya se marchan. En España y otros países sureños la conversación hubiera durado largo rato, demasiado quizá. Aquí se limita a unas breves frases momentáneas, y en seguida se restablece el silencio. 

- Anecdotario:

- El viaje a Estocolmo lo hago en mi primer Intercity sueco, un tren estupendo en cuanto a comodidades, higiene, diseño y efectividad, hasta que.... esto último falla, porque en la bella ciudad de Gavle, a una hora y algo de Estocolmo, la megafonía recita una larga parrafada incomprensible para mí (en Suecia no todo es bilingüe). Le pregunto a mi compañera de asiento, una sueca de rasgos asiáticos que ha sido muy amable ayudándome a acomodar a Doña Resilia junto a su propia maleta. Me dice que el tren no puede continuar por un fallo técnico, y que debemos bajar y cambiar de andén a otro tren, que a su vez esta siendo desalojado y realojado. El intercambio de pasajeros y maletas por las escalera de los andenes no es que parezca un intercambio de prisioneros, ni siquiera de refugiados... es que es como cientos de mudanzas a la vez. No hay tiempo para hacer cola frente a los ascensores, por lo que incluso las personas mayores deben cargar con sus equipajes escaleras arriba. Aquí la mayoría de viejos estan en muy buena forma física gracias a las caminatas, la natación y el bicicleteo, así que todos se las apañan bastante bien, a pesar de las prisas. Los asientos son nominativos, de modo que nos sentamos en el mismo orden que en el tren anterior. Y como estas cosas sirven para romper el hielo, incluso la gruesa capa de hielo sueca, mantengo una breve conversación con mi compañera de asiento y con la madre y abuela de dos niños pequeños al otro lado del pasillo. Me informan de que en esta estación de Gavle son frecuentes los problemas técnicos. Ahora comprendo que la calma resignada de los pasajeros no se debía solamente a la falta de expresividad, sino también a la costumbre. Con toda la peripecia, acumulamos casi una hora de retraso. En todos lados... 






25.7.25

Hoy he pasado mi último día en Noruega. Una lástima tener que marcharme sin subir aunque sea un poco más hacia Helgeland, o ya puestos, continuar hacia el Nord-Norge o ártico noruego. Pero los precios de este país son prohibitivos, y mi faux pas al equivocarme con la fecha de un billete que no me reembolsan me ha despilfarrado el presupuesto. Siempre digo lo mismo: si quiero continuar la ruta hacia otros países no puedo recrearme en ninguno, y debo dejarme cosas por ver en todos. Así que adiós Mo i Rana, Bodo, Tromso e Islas Feroe (danesas, pero frente a Noruega). Tomo las de Estocolmo, y me paso al enemigo (es un decir, porque los noruegos se independizaron de Suecia hace algo más de un siglo y desde que tienen su propio petróleo ya se hacen respetar, por lo que ahora los vecinos se llevan bien). 

Estos días los he pasado en Trondheim, capital de Trondelag, región todavía en el sur de Noruega pero que se considera la puerta de entrada al norte. He aprovechado para explorar los alrededores de la ciudad (Lian y su lago, el bosque de Bymarka) y también para recorrer la mitad de la ruta en el tren de Dovre, hasta las montañas de Dovrefjell. La verdad es que en Noruega en cualquier lugar donde te encuentres el paisaje va a ser incomparable y excepcional, y llega un momento de saturación en el que los sentidos ya no absorben más maravillas y quedan como en sordina, anestesiados. Es el síndrome de Stendhal aplicado al paisaje. 

Intentaré hacer un breve recuento de lo que he visto en esta etapa, que si bien no ha sido mucho en términos cuantitativos sí lo ha sido en cualitati.... vamos, que era todo tan precioso que me ha dejado anonadada. 

Notas:

- El intenso calor húmedo de estos días ha supuesto un obstáculo que he solventado a fuerza de voluntad, pero aunque he dado pocas culadas y he ido arrastrando el alma a pasito lento, al final mis fuerzas para afrontar recorridos largos han quedado muy mermadas. Andar por esos mundos a las horas de mayor radiación me resulta incomodísimo, pero debo aprovechar esas horas porque aquí todo cierra muy temprano. Seguro que con frío habría explorado una zona más amplia sin cansarme, pero ahora simplemente no me veo capaz. Hasta en los autobuses, tranvías y trenes caigo derrengada en el asiento. Yo creía que el verano nórdico era otra cosa, me imaginaba con jersey y calcetines y hasta echando mano de la bufanda por las noches. En su lugar, mi piel se ha tornado color cuero viejo, y me he tenido que comprar otra camiseta y otras sandalias (me jumean los pinreles cosa mala), porque transpiro tanto que necesito rotar la ropa y el calzado ligero para lavarlos casi a diario, y dejarlos secándose mientras sudo los del día siguiente. No aguanto el sol, lo que como habitante de nuestra querida sunny Spain supone todo un problema, y aquí en la midnight sun Norway es toda una desilusión. Estoy mayor. 

- Trondheim es la tercera urbe más poblada de Noruega, tras Oslo y Bergen. En algunas páginas que promocionan la ciudad, se apunta que Trondheim está en el segundo puesto en importancia, pero lo cuantifican de manera bastante subjetiva: como la antigua capital histórica (corazón del antiguo reino), como el lugar donde se coronaban los reyes noruegos (el último, en 1906 o sea que ha llovido, o más bien nevado), o como la reserva espiritual del país (su catedral de Nidaros es el destino de los peregrinos del Camino de San Olav). Me entero de que hay una sana rivalidad con otras capitales, como en todas partes. Pero puedo comprender lo orgullosos que se sienten aquí de su hermosa ciudad, porque realmente tiene algo especial, cuenta con un patrimonio muy valioso, ofrece actividades de todo tipo, es un centro cultural muy potente y está en la encrucijada de rutas paisajísticas y deportivas de primer orden.

- En Trondheim lo que más destacan las guías es la catedral de Nidaros (antiguo nombre de Trondheim). Se trata de la catedral gótica situada más al norte de toda Europa. Es el destino de los peregrinos que hacen el Camino de San Olav, y también el lugar sagrado donde se coronaba a los reyes de Noruega (actualmente no se les corona, sino que firman lealtad a la constitución, i prou). Alberga las joyas de la corona. A mí esta iglesia gótica me parece de reciente factura, a pesar de datar del siglo XIII. Leo que ha recibido muchas modificaciones y restauraciones, será por eso. Actualmente es la catedral luterana, y en ella reposan los restos del santo Olav, un rey que impuso el cristianismo en la Noruega medieval y que fue enterrado en la orilla del cercano río Nidelva, convirtiéndose en todo un símbolo del sentimiento de pertenencia nacional. Hay un Camino de San Olav, una ruta que desde la Edad Media siguen muchos peregrinos, desde Oslo hasta Trondheim, donde veo muchos albergues preparados para acogerles.

Me entero de que también tenemos en España nuestro pequeño camino de San Olav, consistente en una ruta de tres jornadas, desde Burgos a Covarrubias, para visitar la tumba de la princesa Cristina de Noruega. Me asombra que exista tal cosa en un lugar a priori tan poco noruego como el Valle de los Lobos burgalés. Pero Miss Google, que tiene mucha paciencia conmigo y nunca deja de iluminarme en las tinieblas de mi ignorancia, me informa de que esta princesa Cristina se casó en el s. XIII con un hermano de Alfonso X El Sabio. Y que a pesar de vivir en Sevilla, que ya sabemos todos que tiene un color especial, ella echaba de menos la luz noruega (que puedo dar fé de que también es muy especial). Murió haciendo prometer a su esposo que construiría un templo consagrado a San Olav, y este cumplió su promesa eligiendo Covarrubias, de donde había sido el abad. Allí está enterrada y hasta allí llega la peregrinación, para quien quiera realizarla, desde la Catedral de Burgos. Una bonita forma de fortalecer la amistad entre dos países tan lejanos. 

Muy cerca de esta catedral está el Puente de la Ciudad Vieja, o Gamle Bryboa. Le llaman el puente de la felicidad, y nunca sabré el motivo, porque yo ya estaba contenta de verme en un sitio tan bonito cuando lo crucé. Debía haber esperado a estar de un mal humor hormonal, para comprobar si los efectos benéficos son reales o sólo un mito. Desde este puente se tiene una vista privilegiada del panorama que ofrecen en su orilla las coloridas casas de madera sobre pilastras, imagen de la ciudad. Bajo estas pilastras se guardaban antiguamente las barcas y todos los útiles de pesca. 

- Al cruzar este puente se accede al pintoresco barrio de Bakllandet, de calles empedradas y casitas de listones de madera que ofrecen al paseante una visión de otra época, cuando la vida era más reposada y se vivía a escala humana, para bien y para mal. Son calles preciosas que ofrecen al visitante restaurantes, tiendas de artesanía y galerías de arte. 

Pero yo tengo la fortuna de alojarme en un barrio similar en cuanto a las casitas de madera, sin el aditivo del regusto a negocio turístico. Así que me quedo con mi barrio, que se llama Skansen o Ila, no lo tengo claro porque mi calle está entre las dos zonas. Estoy cerca de un hospital fundado en el s. XIII con su correspondiente capilla, todo en madera. Tengo cerca un puerto deportivo y un paseo marítimo donde la gente lo mismo se baña que pedalea, y donde hay un curioso puente ferroviario (el Skansen) sobre las aguas que fue diseñado por el mismo ingeniero que realizó el Golden Gate de San Fransisco. Desde allí se ve la pequeña isla rocosa de Munkholmen, donde leo que los vikingos llevaban a cabo sus ejecuciones (Para que los reos no tuvieran un entierro vikingo en condiciones, y así se perdieran en la oscuridad buscando el camino de Valhalla? Lo ignoro). 

- En la esquina de mi casa se coge un tranvía que sube hasta Lian, una zona recreativa en torno a un lago. Desde allí arriba hay una vista esplendorosa de Trondheim, su costa y las colinas que la circundan. Doy un paseo por el espeso bosque de Bymarka, pero me canso de tanta cuesta y tanta tierra (la naturaleza en estado puro me agota, y siempre que puedo escoger prefiero un parque urbano, qué le vamos a hacer si tengo un gusto atroz). Lo cambio por una caminata  de una hora hasta el Trondelag Folke Museum, algo así como un museo de artes y costumbres. Al principio voy por un camino rural, pero luego atravieso antiguas aldeas y modernas urbanizaciones con edificios imitando la antigua usanza, casi todos en madera.

-En el museo, disfruto mucho recorriendo las casas de siglos pasados, tanto urbanas como rurales, que han sido preservadas y trasladadas allí, para recrear como era la vida cotidiana en Noruega en tiempos pasados. Se puede entrar en las tiendas, y subir las escaleras de las casas particulares, y recorrer las estancias o meterse en los pajares de las granjas. Todo está decorado hasta el mínimo detalle con objetos de anticuario, como si los que allí vivieron hubiesen salido un momento y pensaran volver en seguida. Mi yo más voyeur lo pasa bomba cotilleando cómo eran la sombrerería, el estudio del fotógrafo, la farmacia, la pastelería, la escuela, la fonda, el banco, la oficina de correos, la casa del rico del pueblo, la cabaña del pescador más pobre y la del granjero más humilde. La mayor parte de estos edificios pertenecieron a personas de los alrededores que los habitaron durante generaciones, y por tanto se conocen sus historias reales, que se pueden leer en las cartelas. Hay actores vestidos de época que recrean las situaciones de la vida cotidiana de estos antepasados, y una granja escuela, con cultivos, cabras, gallinas y conejos, para niños pequeños. Quienes por cierto llenan algunas zonas de este museo al aire libre, donde hay muchas actividades adaptadas a su edad. Siento sana envidia por este tipo de iniciativas, que enseñan a las nuevas generaciones cómo vivieron y trabajaron sus antepasados y con cuanto esfuerzo se construyó en su país el nivel de vida que ahora ellos disfrutan. He visto muchos museos de este tipo en forma de poblado al aire libre en diferentes países, y desconozco si en España existe algo parecido. Si no lo hay, deberíamos copiarlo.

- Otros lugares de Trondheim que me han gustado han sido la isla Brattorkaia, donde está la estación, la zona del antiguo mercado del pescado en el puerto, y el agradable paseo del río. Es una ciudad muy relajada, ideal para disfrutar sin prisas y perderse por sus rincones.

- Hago una excursión en tren hasta Dombas, para realizar al menos la mitad de la famosa ruta del Dovre, pero no llego hasta el valle del Gudbrandsdal, ya que el trayecto sólo de ida me llevaría seis horas y media, y no me veo capaz de pasar trece horas en un tren, ni me interesa hacer noche en un albergue en medio del campo. Atravieso así bellísimos parajes de gran espectacularidad, pero me pierdo la parte donde la ruta penetra en los parque regionales más famosos, cuyos nombre imposibles de recordar no voy a copiar aquí. 

El tramo que veo es hermosísimo y justifica por sí mismo la excursión, en la que dispongo de unas tres horas para caminar un poco por los senderos que parten de Dombas. Pero no me adentro demasiado, por miedo a perderme y porque hace un calor húmedo que me priva de energía. Aunque estoy sola, no voy en solitario en este recorrido, porque en este punto se reúnen los senderistas que parten hacia diversas rutas en varias direcciones. Muchos se quedan en Dombas y lo convierten en su campamento base, y otros van a la busca de granjas donde pernoctar. En algunas de ellas hay granjeros que se han especializado en guiar a los excursionistas por lugares donde saben que avistarán ciervos, bueyes, cabras montesas, todo tipo de aves y no se cuántos bichos más. Los safaris para ver a los bueyes son al parecer muy demandados, porque estos animales se importaron desde otros países y con los años han arraigado en este terruño, pero los locales aún los consideran exóticos. Yo la verdad soy poco sensible al mundo animal, pero aún así me ilusiona haber visto desde la ventanilla del tren a un ciervo con una enorme cornamenta. Ese ha sido mi momento naturaleza salvaje del día, y con él me doy por más que satisfecha. 

- Apunto por último que mi admirada Liv Ullmann se crió en Trondheim. Sus padres eran noruegos, pero ella nació en Tokio porque su padre trabajaba en la industria aeronáutica. Luego la familia pasó unos años en EE UU, hasta que el padre murió, y por falta de solvencia económica tuvieron que volver a Trondheim, Noruega. Años después la bella Liv se convertiría en musa y pareja del sueco Ingmar Bergman, y el resto es historia del cine. Cuando yo era niña y pasaban sus películas por TV, yo no las entendía (menos mal, si no hubiera sido una niña monstruosa, vaya enjundia deprimente la de este señor genial), pero sí tenía claro que quería tener un moño como el de Liv porque estaba muy guapa con él. 

En "Sonata de Otoño" (donde lleva trenzas) está genial como la hija insegura y con baja autoestima del personaje de diva que hace Ingrid Bergman. Luego he visto que Liv intentó una carrera al margen de su novio, pero le ha costado salir de debajo de la sombra que proyecta la fama del maestro. Durante un tiempo se dedicó a rodar documentales, es una mujer inquieta. Recuerdo una película protagonizada por ella pero sin Ingmar Bergman, en la que hace de reina Cristina de Suecia, donde está espléndida y que no he vuelto a ver, aunque la he buscado durante años. Se titula "La abdicación", y en ella la reina sueca se autoexilia en los Estados Vaticanos huyendo de las responsabilidades del trono. Pero en Roma, si no recuerdo mal, se convierte en una presencia incómoda para el papado por motivos políticos. Y aunque ella ha acudido allí buscando algo de paz para su atormentada personalidad, no la encuentra al convertirse al catolicismo, porque a pesar de ser lesbiana se ha enamorado del cardenal encargado de entrevistarla. No recuerdo cómo acaba la cosa, supongo que mal. Aunque sigue llevando moño, mi amiga Liv tiene ahora 86 años, y yo ya no soy aquella niña, sino una señora. Increíbles ambas cosas.

- En el aeropuerto, mientras camino por el túnel de embarque paso por delante de muchas fotos que a ambos lados promocionan las bellezas de Noruega. Todos los paisajes retratados son maravillosos, pero destacan las panorámicas de los fiordos vistos desde las cumbres. Me arrepiento a medias de haber sido una cobarde y haber obedecido a mi vértigo, que me desaconsejó subir al funicular o apuntarme a una excursión de senderismo para bordear mos fiordos por alto. Las alturas me superan, pero viendo estas imágenes me entran remordimientos retrospectivos ... Hasta que, una vez más, la fortuna me sonríe, porque durante gran parte del vuelo puedo ver desde las ventanillas del avión una panorámica "nivel Dios" como dicen los modernillos ahora. Contemplar los fiordos desde el cielo es lo más. Noruega se despide de mí a lo grande. So long, beautiful. 

Anecdotario:

- Voy camino de la estación a una hora muy temprana, porque para hacer la ruta del Dovrebanen es mejor adelantarse al calor. Aquí no se puede decir que salgo "al amanecer", porque en verano el sol se pone pero no del todo, y pasado un tiempo vuelve a amanecer, a eso de las tres de la madrugada. 

El caso es que son las cinco y media de la mañana y hay una luz esplendorosa. No hay casi nadie por la calle. Salvo una señora que lleva unos auriculares (supongo que escucha la radio) y se me planta delante, diciendo enfáticamente "Trump!". Estoy medio dormida, y mis neuronas también. Intento continuar, pero ella quiere desahogarse, y tiene que ser conmigo porque tan temprano no hay nadie más. "Trump!" declama, indignada. Dice más cosas, pero naturalmente no la entiendo. Lo que sí comprendo es le va el teatro una barbaridad, y soy público cautivo de su representación, sin fácil escapatoria porque la estación está, como no, en obras y el paso es estrecho. Al final resulta ser buena actriz, y consigue captar mi interés. Cuando dice "Melaniaaa!"  acompaña el nombre con una danza sensual, en la que mueve las caderas y alza los brazos como una hawaiana. A continuación recita "Putin!", y alza la barbilla hacia arriba en un gesto de superioridad muy propio de un tirano de película. A estas alturas reconozco que ya me estoy divirtiendo, y espero el desenlace de la obra con mucha curiosidad mientras ella sigue con su discurso, incomprensible para mí porque supongo que habla en noruego. Hasta que el esperado final llega, como un Deus ex machina. Abre mucho los ojos, hincha los carrillos, extiende los brazos a los lados con las manos abiertas y luego grita "Global catastrophe!!". Telón. No voy a aplaudir ni a lanzarle una flor, pero sí le sonrío y mientras me alejo le digo, en castellano, "Pues no puedo estar más de acuerdo". Para mi sorpresa, oigo que me contesta, también en castellano: "Sí,sí!". Aprieto el paso, no vaya a ser que haya segunda función y yo pierda mi tren. 

- En mi primera noche en Trondheim y pese a haber dormido poquísimo, me acerco al muelle cercano a mi casa para contemplar el sol de medianoche. Trondheim está más de 400 kms por debajo del círculo polar ártico, por lo que el fenómeno no es tan espectacular como más al norte. Pero aún así es muy llamativo comprobar cómo dan las doce de la noche, y la una de la madrugada, y una línea de la puesta de sol persiste en el horizonte sin desaparecer por completo, lo que proporciona una luminosidad muy fuerte que permite, por ejemplo, leer un libro. Luego vuelve a amanecer a las tres de la madrugada, pero yo he estado tan agotada estos días que esa segunda parte no la he llegado a presenciar.  

Recorro el puerto deportivo, la pasarela sobre el agua y el paseo marítimo, y aparte de poder disfrutar de la belleza y la maravilla de lo que parece una puesta de sol sin fin, me encuentro con un ambiente de gentes variopintas que están aprovechando una no-anochecida cálida y sin nubes para celebrar la vida. La forma de celebración que escoge cada cual es variopinta también, y abarca desde una fiesta en la diminuta cala, con bebida y música chill-out, a un partidillo de voleibol, o un grupo de bañistas que se tiran al mar desde un trampolín de hormigón, o unos heavies que se quitan los cueros y se mojan los pies sentados entre las rocas (supongo que en cueros, de los otros), para terminar con un hombre que fuma en solitario una pipa de agua en la que ha introducido previamente alguna sustancia que tenía escondida en un hueco entre las rocas. 

Todo respira calma y, sin la ayuda de la oscuridad, el tiempo parece haberse detenido. Me vuelvo a casa, y me cruzo con un grupito de cinco chicos que ha dado por terminado su botellón, pero que se llevan los residuos en bolsas de plástico. Al pasar por el contenedor, veo que han intentado reciclar el vidrio, pero como es un depósito sólo para cartones (en el puerto?) no han podido, y han depositado los botellines de cerveza perfectamente alineados, ordenados por tamaños, formando una fila impecable al pie del contenedor. Seguro que un psicólogo sacaría conclusiones muy interesantes sobre este comportamiento ejemplar, pero yo carezco de los conocimientos necesarios. Sólo sé que me parece raro. Estas cosas son más propias de Japón que de Europa... pero a lo mejor es que vengo de una cultura donde un excesivo sentido del orden es motivo de sospecha?

- Una tarde, de camino a casa y casi llegando ya, enfilo la preciosa calle llamada de Hospitalsgata porque allí se encuentran las antiguas dependencias del hospital medieval, modernizado y todavía en uso. En las inmediaciones del hospital siempre encuentro personas de la tercera edad que imagino acuden a sus tratamientos o consultas. En esta ocasión, hay tres señoras mayores que salen de allí literalmente celebrando la vida (supongo que les han dado buenas noticias... o quizá no tan buenas, y quieren apurar cada minuto). El caso es que las tres van cantando una canción mientras caminan rítmicamente, y en el estribillo se paran y gritan una consigna que no entiendo, levantando los brazos. Luego se tronchan de risa (a volumen moderado, que al fin y al cabo son noruegas ) y retoman esa especie de danza.  Yo voy detrás, y al notarlo, una de ellas se para para darme explicaciones, pero le digo que soy extranjera y no la entiendo. Su inglés es muy limitado, pero me comprende perfectamente cuando la felicito por estar tan alegre y aprovechar el atardecer sin fin del sol de medianoche para su celebración. Me despiden las tres con muchos gestos y sonrisas, y estoy convencida de que hoy van a volver muy tarde a casa. Diga usted que sí, que los buenos momentos hay que exprimirlos al máximo. 

- En Trondheim me alojo en un apartamento que claramente ha servido a los propietarios como segunda residencia para el veraneo. Está situado en un bajo, y tiene un porche de madera con tumbonas de lo más acogedor. Como es corriente en estos alquileres a traves de plataformas online, las llaves estan depositadas en un cofrecito que se abre con una contraseña. Pero en esta ocasión, para acceder al cofrecito debo atravesar el jardín trasero comunitario de la propiedad. Tal como ya he observado en Holanda y los países nórdicos, este jardín tiene el habitual banco de madera rodeado de macetas donde los vecinos socializan al aire libre cuando hace bueno. Lo que hace especial a este jardín en concreto es que hay un televisor de gran tamaño plantado en el césped, justo frente al banco. Cine de verano? Nunca lo sabré. 

- El día de mi partida, a primerísima hora de la mañana espero el autobús a la estación junto a mis Resilias, y una vez llega me dispongo a pagar con mi tarjeta de crédito, como he hecho el día anterior en el tranvía. Pero el conductor, que es prácticamente un anciano, me dice que el sensor para pagar en el autobús es solamente para los abonados. No puedo pagar al contado porque no tengo coronas noruegas (los países escandinavos no asumieron el euro al incorporarse a la UE, y conservan sus monedas propias). Pagar como abonada supone descargarme la app municipal de internet, registrar allí mi tarjeta de crédito y pagar online. Me dispongo a acometer tamaño engorro, cuando el conductor pone cara de Papá Noel y me dice, No importa, pasa y siéntate. Es un gesto más de amabilidad de los muchos que me he ido encontrando en este país de gentes reservadas pero muy, muy agradables y atentas. 



22.7.25

What a day. Todavía estoy sobrecogida por haber recorrido una de las líneas ferroviarias más espectaculares del mundo, el tren de Flåm en el este de Noruega. He hecho un itinerario por Hardangervidda, la meseta montañosa más alta de Europa. Y por el largo fiordo Aurlandsfjord, desde los montes que lo circundan (el Reinunga es el pico más alto, con 768 metros) hasta el nivel del mar. En mi caso, he sumado al tren de Flåm el trazado completo de la línea con destino a Bergen, porque el tren de Flåm recorre solamente 20 kilómetros, pero incluyendo en el trayecto la línea completa de Myrdal a Bergen son 110 kilómetros más, dura dos horas y media en total y añade encanto y esplendor a las ya de por sí gloriosas vistas, con un apabullante efecto multiplicador.

Desde Bergen, ciudad portuaria donde me mojo, me propongo llegar al norte de Noruega, a la ciudad de Trondheim, que aunque está por debajo del círculo polar ártico sí disfruta de los efectos plenos del sol de medianoche, ese que no se pone del todo sobre la línea del horizonte. Por una serie de circunstancias que explicaré más adelante (catastróficas desdichas, nivel parvulitos), no podré llevar a cabo mi proyectada estancia en Tromso, ciudad noruega que sí que está por encima de dicho círculo mágico. En su lugar, desde Trondheim tomaré un tren que cruzará la frontera sueca y, tras una etapa intermedia en Ostersund y Sundsvall, llegaré a Estocolmo. No puedo luchar contra mis despistes, contra el servicio post-venta de las plataformas online, contra el coste de la vida escandinava y contra la confabulación de los astros... Demasiados frentes abiertos, y yo debo seguir viaje a muchos otros países, con un presupuesto muy mermado por mi aventura en Noruega, el país más caro del universo nórdico, que le ha pegado un buen bocado a mi tarjeta de crédito. 

Pero volviendo al inicio del día de ayer, antes de que se torcieran las cosas, mi única preocupación por la mañana ya era subsanar un despiste. Mis despistes merecen unas cuantas sesiones de psicoterapia (ya las tuve durante dos años, y me aconsejaron que me aceptara tal como soy porque básicamente mi déficit de atención crónico me acompaña toda la vida). Nada más sentarme en el tren a las siete de la mañana, caigo en la cuenta de que ni se me ha ocurrido reservar plaza en un ferry para ver los fiordos desde el agua. Este tren me lleva desde Bergen a Myrdal, estación de montaña donde se cambia a otro tren que desciende hacia la ciudad costera de Flåm, la llamada capital de los fiordos. Flåm es un pueblecito diminuto, y aparte de los encantos que pueda ofrecer, la razón principal de llegar hasta allí es coger un ferry en su puerto, para hacer un recorrido fluvial de dos horas hasta Gudvangen, durante el cual se puede contemplar a placer la altura de estos colosos desde abajo, tras haberlo hecho desde arriba por vía férrea. Tal como he planeado la excursión, digamos que me quedo a medias y que mi placer se verá interruptus (estéticamente hablando). 

Cuando reparó en mi lapsus, sabedora de que en temporada alta casi no hay plazas en la atracción número uno de Noruega, doy un brinco en el asiento y me convierto en una fiera enajenada, clavando las zarpas en la pantalla del móvil mientras mascullo todos los mecagos y los joderes que caben dentro de mis malhabladas fauces. Los demás pasajeros me miran de reojo, y espero de todo corazón que no entiendan el castellano, no vayan a pensar que lo de gilipollas va por ellos… Milagrosamente encuentro plaza online en uno de los ferrys del día, pero el horario no coincide y mi tren llega al puerto cuando ya hace rato que ha zarpado. Compro los billetes de todos modos, y resuelvo colarme en el tren de Flåm del turno anterior al que yo he reservado (con una semana de antelación). Mi plan inicial una vez a bordo es hacerme la loca y responder a todo “no sé”. Soy consciente de que viene gente del mundo entero a subirse al tren de Flam, uno de los más paisajísticos del planeta, y lo más probable es que tenga que ir de pie. Pero también he observado estos días que muchos revisores noruegos no cuentan con un lector de código QR, y sólo echan una ojeada rápida a la fecha y el destino del billete. Mi mente neurótica sobreexcitada escapa a mi control, y prepara varios diálogos con la misma meticulosidad que una actriz se aprende el guión de una escena. Pero una vez que se me presenta la situación, la revisora me mira y me sonríe con complicidad. Una menos para el siguiente turno, debe de pensar… 

En lo que sí se cumplen mis previsiones es en que paso los 60 minutos del recorrido hasta Flåm de pie. Pero resulta una ventaja, porque como suele ocurrir en los viajes de montaña, aunque se atraviese de un valle a otro, las ventanillas de un lado dan acceso a una panorámica más amplia que la del lado opuesto, que suele ir más pegado al terreno excavado. Yendo de pie, puedo ir cambiando de perspectiva según la vista que se me ofrezca a derecha o izquierda, y así no me pierdo nada. No me canso, porque en el metro de Madrid he hecho viajes mucho más largos en hora punta sin poderme sentar, y sin vistas. 

Las vistas aquí son tan maravillosas que es imposible describirlas con palabras. Este tren de Flåm, en el sentido montaña-mar, comienza en Myrdal, pequeño conglomerado de casas que alojaron a los obreros que construyeron este prodigio de la ingeniería. Durante los veinte años que duraron las obras, terminadas en 1940, ellos y sus familias hicieron vida aquí, con una escuela, una enfermería, una tienda y un café. Las fotos son fascinantes. Estos héroes construyeron un trazado increíble por las escarpadas laderas, con 20 túneles, uno de ellos en espiral, y con un desnivel imposible que no sé cuantificar, pero que es toda una proeza. 

El viaje ofrece las mejores vistas de los montes, lagos y cascadas, las casitas de madera de colores con tejado a dos aguas, los lagos y los ríos de aguas cristalinas, las vacas, las flores, los ciclistas, los senderistas y un cielo limpio de alta montaña. Los puntos fuertes que consigo recordar del recorrido por todos los pueblecitos de la zona son los siguientes: 

Vatnahalsen, donde hay un precioso hotel de madera de los 1860s, y una tirolina para los muy cafeteros con la adrenalina a tope (mi vértigo me salva de correr el riesgo).

El imponente monte Reinunga 768 mts) junto al lago Reinungavatnet. Y la increíble cascada de Kjosfossen, donde hay una central eléctrica que mueve el tren, porque los noruegos viven de vender sus enormes reservas de petróleo al mundo, pero luego son muy ecológicos y en su propio territorio apuestan por energías limpias. 

Hareina, donde hay otra tremenda cascada, la de Rjoandefossen, pero esta cae verticalmente, 

El tren recorre todo esto y más muy despacio, para permitir el goce y disfrute del entorno, haciendo un par de paradas para dar paso por la vía única a los trenes que circulan en sentido contrario. A esto se añade la parada estrella del viaje, que consiste en 5 minutos sobre una plataforma que permite ver de cerca la majestuosa cascada de Kfosjossen. Allí nos bajamos todos, y tras esperar un poco a que dejemos de darnos codazos para conseguir el tan ansiado selfie, un par de druidas encaramados en la alturas hacen unos cuantos pases mágicos a los sones de una música ambient. Uno de ellos finge caerse danzando por la pendiente, y yo soy tan pardilla que durante un momento me lo creo y todo. En el viaje de vuelta tengo oportunidad de ver el mismo espectáculo de nuevo, y ya detecto el truco. Al poco rato, desde la ventanilla del tren veo un parapente descontrolado que se mueve violentamente a merced del viento, hasta que desaparece bajo las copas de los árboles, y deseo con todas mis fuerzas que también se trate de un efecto óptico. 

Si el viaje en tren resulta inolvidable, qué decir de la travesía bordeando los fiordos. La realizo dos veces, porque aunque se puede coger un autobús de vuelta desde Gudvangen al punto de partida, yo con la edad tiendo a marearme en las carreteras de montaña con curvas, y prefiero desandar el camino por los mismos medios por los que he llegado, que me ofrecen más estabilidad. De modo que transcurrida una hora en Gudvangen se me ofrece la posibilidad de repetir todo el maravilloso recorrido, y como las mujeres somos multiorgásmicas experimento las mismas sensaciones y me maravillo igual que a la ida, sólo que la luz (esa luz noruega inimitable) ha variado desde las horas transcurridas desde la media mañana a la media tarde, y eso le proporciona a la excursión una nueva dimensión con otros matices.

Tampoco sé expresar la emoción que me causa esta travesía, sólo diré que hay un momento en que se me caen dos lagrimones. De todos los panoramas que he tenido oportunidad de contemplar en lo que llevo viajado hasta ahora, probablemente este fiordo de Aurlandsfjord sea el más… no sé cómo calificarlo. El más. 

Ya de vuelta en la habitación de la pensión donde me alojo en Bergen, intento hacer el check-in online del vuelo que al día siguiente me llevará a Trondheim. El viaje por tierra, en tren o autobús, supone demasiadas horas en ruta y varios transbordos, por lo que en contra de mi costumbre y mis convicciones me he decidido por el avión. El caso es que al querer obtener la tarjeta de embarque, caigo en la cuenta de que me he despistado (again), y que no he sacado los billetes para el mes en curso, sino para el siguiente. Es un error que he cometido muchas veces en mi vida privada y profesional, y que de nuevo cae sobre mí como un rayo justiciero, enviado por la ira de los dioses. Algún karma pendiente muy, pero que muy gordo debo de tener yo por ahí en mis reencarnaciones anteriores, y se conoce que aún no he saldado las cuentas con el destino. 

Tengo el alojamiento en Trondheim ya pagado con las fechas cerradas, y no me van a a devolver el dinero si lo cancelo, de modo que intento modificar la fecha del vuelo, pero la línea aérea no atiende reservas hechas a través de agencias de viajes, y el servicio post venta de la plataforma online donde compré el billete me pone todo tipo de trabas. Al final consigo, a las dos de la madrugada, que me pasen al chat online. Me atiende alguien muy amable desde la India (con los nombres indios es muy complicado adivinar el género de la persona), pero el caso es que su amabilidad no se traduce en ninguna solución practica, y lo que me ofrece es más bien una conversación en bucle llena de fórmulas de cortesía que me hace perder el tiempo. Supuestamente yo he contratado al adquirir el billete la posibilidad de cambiar las fechas, pero a la hora de la verdad la línea aérea de bajo coste impone unas condiciones que no admiten ni cambios ni cancelaciones, y por supuesto no me va a reembolsar nada. La única solución es comprar otro billete y darme a los demonios. En fin, todo esto es un dejà vu que me agota, pero que por la fuerza de la costumbre tampoco me sorprende. 

En la sala de embarque del aeropuerto, intento completar algunas notas sobre Bergen, la ciudad que me ha servido de base en estos últimos días. 

Bergen, la antigua Bryggen, está en la costa oeste de Noruega y es la segunda ciudad del país tras Oslo. En tiempos formó parte de la liga hanseática para el comercio fluvial y marítimo, y hoy día retiene su importancia gracias a su puerto, su aeropuerto, las prospecciones petrolíferas y submarinas y el enorme impacto turístico de los fiordos que la rodean. 

El casco antiguo es una verdadera preciosidad. Bergen ha sabido conservar muchas casas antiguas, pese a los incendios que asolan a toda ciudad a lo largo de su historia, y más a estas urbes nórdicas donde todas las casas eran de madera. Muchas casas actuales del centro datan del s. XVIII y provienen de la última reconstrucción tras el último gran incendio.

Especial interés ofrece el complejo del Museo Hanseático Schotstuene, un barrio entero de edificios de madera donde se reunían los mercaderes hanseaticos, que llegaron a Bryggen desde el norte de Alemania en el s. XIII y se establecieron aquí, estableciendo una próspera ruta comercial en la que se intercambiaban cereales germánicos por bacalao seco noruego. Pasear por estas estrechas calles patrimonio de la UNESCO es todo un viaje atrás en el tiempo. El control hanseático sobre este comercio fue sustituido debido a los vaivenes del poder, y pasó a manos noruegas a partir de mediados del s. XVIII, pero no por ello dejó de ser igual de lucrativo.

A mí lo que más me gusta de Bergen es perderme por sus calles empedradas más altas, donde casi todas las casas son deblistones de madera y tienen varios siglos. Se aúpan desordenadamente las unas sobre las otras en la falda de la colina, y para acceder a algunas de ellas hace falta escalar por unos irregulares peldaños de piedra. La puerta exterior suele estar decorada con un rosal, y las ventanas exhiben pequeños objetos decorativos tradicionales. En muchos rincones hay un banco rodeado de macetas con hortensias, y veo aparcados muchos vehículos eléctricos tipo papamóvil, pero de tamaño mínimo, para poder circular por estas cuestas tan empinadas y estrechas. En mis paseos por estos barrios altos, pocos rincones me devuelven a la actualidad, y casi casi tengo que alzarme el miriñaque para subir los peldaños de las escaleras. 

La pensión donde me alojo forma parte de una de estas casas de madera, que sobre el dintel de la puerta tiene una fecha: Anno 1709. Por desgracia, tanto el mantenimiento como las condiciones higiénicas desmerecen del encanto de esta casita. Pero aún así, entro allí como en el túnel de tiempo, y mi imaginación suple las carencias de la realidad. 


Anecdotario:

- El ferrocarril de Oslo a Bergen sigue un recorrido por parajes espectaculares de justa fama mundial. El trayecto dura siete horas, con un transbordo intermedio en Myrdal. Al principio, la mayor parte de los pasajeros duerme. Más adelante, empiezan las conversaciones entre los grupos de conocidos, la mayoría senderistas que han venido del mundo entero. También hay familias con niños pequeños (nórdicas la mayoría) o con hijos adolescentes (muchos indios) o parejas de novios de todas partes.

Charlo con mis compañeros de asiento, un matrimonio siciliano que está haciendo el circuito escandinavo en sentido contrario al mío, y comparamos impresiones. Yo provengo de un país donde tenemos tendencia a hablar en un tono demasiado alto. Los italianos, no digamos. Pero hablamos entre nosotros a un volumen mucho más bajo que un grupito de estadounidenses que se ha instalado al fondo del vagón. Son seis personas que, independientemente de los derroteros que siga su conversación, la rellenan de "Oh-my-Gods", "Wows" y "No-ways" cada dos por tres, especialmente cuando una de ellos, que vive en Los Ángeles, les cuenta batallitas sobre famosos. Creo que nunca he oído pronunciar más veces el nombre de Dios en vano, excuse the pun, que cuando saca su móvil y empieza a enseñar fotos ilustrativas. Pero tras las primeras dos horas de viaje nos empezamos a adentrar en paisajes de una belleza excepcional, que conforme el tren avanza se van volviendo más y más grandiosos. Valles, colinas, gargantas, desfiladeros, pinos, ríos, lagos, cascadas, neveros, bastante hielo. Todos estamos sobrecogidos por lo que vemos. Gradualmente van cesando los grititos de los oh-my-godioseros. Así es como las nevadas cumbres noruegas acallan a las doradas colinas de Hollywood. Sin una voz más alta que otra. 

- En el puerto de Flam hay atracado un gran crucero que abulta tanto como una fábrica. De hecho, es una fábrica de pasear gente. También de expulsar gente al exterior. Esta gran mole no solo invade el campo visual de los fiordos, sino también el centro de visitantes, las tiendas, las terrazas, las veredas y el diminuto pueblo. 

Una larga fila de invasores con un abanderado al frente espera, como el resto de turistas, en el andén de la estación para coger el tren panorámico. Se les identifica fácilmente porque llevan la insignia del crucero. La mayoria son ancianos, pero están ágiles y con toda premura van pasando por delante de un grupo de japoneses que ha llegado antes a la zona reservada para grupos, y se posicionan junto al tren, ignorando el cartel y la valla del control de entrada. Desde mi cola, la de viajeros individuales, veo como una auxiliar de la compañía ferroviaria acude rauda a desfacer el entuerto. Es una chica grandota y lleva unas trenzas walkirianas. Impone su autoridad con arengas y gestualidad militar, pero tiene que emplear toda su energía y poder de convicción para movilizar a algunos cruceristas que se le rebelan. "Lo digo en serio" repite. No estoy segura de que me guste demasiado la dinámica de un crucero, con sus actividades sociales prefabricadas y el poco tiempo disponible para visitar cada lugar donde atraca. Pero como experimento sociológico no creo que haya nada que lo iguale, debe de ser fascinante estar encerrado junto a miles de extraños en alta mar sin escapatoria posible. Sería un buen tratamiento de choque para mi fobia social. 





















 


20.7.25

El regaliz en estas tierras nórdicas se vende salado, y se llama salmiakk. En Escandinavia y el resto de países nórdicos es la golosina más popular. Antiguamente le empezaron a añadir sal al regaliz en las farmacias, donde lo vendían como sirope no sólo porque sube la tensión arterial, sino porque junto con la sal (de amonio) tiene propiedades expectorantes. Yo soy adicta al regaliz, y su variedad salada me chifla, pero nunca pensé que iba a pasar de comprarme un paquetito, como simple curiosidad gastronómica de bajo coste. Tampoco esperaba 32°C en Oslo con alta humedad y un sol implacable, con la consiguiente bajada de tensión que el fuerte calor húmedo siempre me provoca, especialmente en la orilla del mar. Como resultado, he tenido que caminar (más bien arrastrarme) por las calles mordisqueando salmiakk como si fuera el suero de la vida, porque ha habido muchos momentos en que me he sentido desfallecer, incluso sentada en un tranvía. Lástima, porque en invierno yo hubiera aprovechado para recorrer esta ciudad de tamaño mediano de cabo a rabo. Pero lo que he conseguido ver ahora me ha costado un verdadero esfuerzo de voluntad. Los veranos del cambio climático van siendo más y más complicados de sobrellevar. Estoy mayor. 

Mi impresión tras haber recorrido lo que he podido, es que Oslo, a pesar de desplegar ante el visitante su cara más espectacular desde el mismo puerto o la contigua estación, no resulta a primera vista una ciudad boutique, sino que sabe esconder sus encantos a quien disponga de algo de tiempo para recorrer los rincones más alejados del centro. Su belleza no reside precisamente en los edificios construidos en los años 1960s, época en la que triunfaban las cajas de zapatos hechas de ladrillo o de hormigón a la vista.  Su belleza se encuentra en sus diferentes barrios y en la idiosincrasia de cada uno de ellos, en sus parques, en sus hermosas avenidas y en las grandiosas construcciones contemporaneas que bordean sus paseos maritimos. Puede resultar la menos atractiva de las capitales escandinavas, pero yo creo que tiene una luminosidad muy especial y sobre todo un ambiente muy vitalista. 

Tras sufrir varias plagas, un gran incendio y reconstruirse en los ss. XVIII y XIX, La ciudad anteriormente conocida como Cristiania se transformó en Oslo, la capital del joven estado de Noruega, país desgajado de Suecia hace solamente un siglo. Noruega cuenta con un territorio hermosísimo que sin embargo solamente es cultivable en un porcentaje mínimo, por lo que su economía rural estaba basada en la pesca y en la agricultura. El comercio maritimo sí le aportaba buenos ingresos, pero aún así fue durante mucho tiempo uno de los países más empobrecidos de Europa. Hasta que en los años 1960s los noruegos tuvieron un golpe de suerte, porque unas prospecciones encontraron gas y el mayor yacimiento de crudo de Europa en el Mar del Norte y el Mar de Barens, en sus aguas territoriales. Desde entonces son una de las economías más pujantes del mundo, y presumen de no tener problemas relacionados con la escasez de ningún tipo. A pesar de lo cual, yo en mis paseos detecto cosas que no he visto en la vecina Dinamarca: suciedad en las calles, edificios descuidados, muchos más mendigos sin techo dormitando en la calle, y pedigüeños profesionalizados. También veo más diversidad racial: muchos más musulmanes, sobre todo turcos, subsaharianos y asiáticos. Hay algunos latinoamericanos, pero los encuentro más bien como turistas que como residentes y trabajadores. Al menos esa es miprimera impresión, que por supuesto puede estar errada porque sólo estoy pasando aquí unos pocos días.

A mí me ha gustado especialemnte pasear por los barrios de Tjuvholmen y Bjorvika, dos zonas portuarias a ambos lados de la monumental Ópera. Estas áreas de antiguo uso industrial han sido transformadas en impresionantes viviendas para ese tipo de propietario que necesita tener su yate atracado justo debajo de su balcón. Pero tanto los espacios interbloques como los jardines como el paseo marítimo y las plataformas posadas sobre el año preparadas para el baño son de uso público.   

Otros lugares que me atraen de Oslo, sin orden ni concierto:

La Ópera me parece todo un prodigio de elegancia. Y lo mejor es que se puede ascender por sus enormes rampas como por un zigurat. El esfuerzo merece la pena, porque la vista desde arriba al atardecer es muy especial.

Oatbanehallen, mercado gastro, y todas las calles comerciales que lo rodean, con sus galerías y su dinamismo.

La Biblioteca Nacional, que es aún más original que la de Copenhague. Tiene una sección infantil donde los niños se descalzan y se meten dentro de una casita de juguete para adquirir allí dentro el hábito de la lectura como un juego más.

Al final no visito el Viking Planet ni el Museo Munch, pero este último edificio me parece fascinante. Por fuera. No me apetece nada verlo por dentro. Así soy yo cuando no tengo el día cultureta.  

Me conformo con ver de lejos el edificio Kistefos, llamado The Twist Building. La bajada de tensión que me provoca el intenso calor bochornoso me impide hacer el esfuerzo de llegar a aproximarme.

El parque Vigeland Park en realidad se llama Frogner. Según leo, los turistas tendemos a confundir el nombre por asociarlo al término inglés frog, y así hemos creado la leyenda urbana de que en el terreno había ranas. Pero se trata de un malentendido, parece que la palabra frogner deriva del antiguo danés y significa campo abonado, así que lo que había en el terreno era estiércol. Creo que prefería las ranas, la verdad. 

Ya puestos a aclarar malentendidos, el motivo por el que le llamamos Parque Vigeland radica en que este parque contiene la monumental obra escultórica creada a principios del s. XX por el artista noruego Gustav Vigeland, con más de 200 esculturas de este artista diseminadas en torno a un puente, una fuente y varias glorietas ornamentales. Se trata de estatuas que, aunque son originales, en mi opinión no resultan en sí mismas espectaculares si las tomamos de una en una. Pero el conjunto de todas ellas sí resulta grandioso, especialmente en torno a la columna llamada del Monolito y la Rueda de la Vida. Esa mezcla de humanismo espiritual y de culto a la anatomía en todas las posturas imaginables le terminó trayendo problemas a su creador: leo que en los años 1940s, durante la invasión nazi de Noruega, Vigeland se mostró un poco demasiado hospitalario con los jerarcas del Tercer Reich que visitaron su parque y su taller, con la intención de aproximar estas esculturas a los ideales de superioridad de la raza elegida por Hitler para su ideario. Una vez terminada la contienda, se acusó a Vigeland de colaboracionista y eso causó su caída en desgracia. Pero su memoria parece que está rehabilitada, y desde luego la obra que se expone en este parque es digna de verse y en definitiva atrae hasta Oslo a muchos turistas, de modo que... pelillos a la mar. 

Durante mi visita al parque tengo que tenderme un buen rato sobre la hierba y a la sombra de un árbol, para recuperarme de una bajada de tensión. Tras un par de helados (consecutivos) consigo refrescarme un poco y recuperar mis fuerzas a los sones de la lambada, melodía anticlímax donde las haya en este contexto.  El típico acordeón aporreado a destiempo por el típico músico callejero suena igual de mal en este parque que en cualquier otro lugar del planeta. Y como no me encuentro bien del todo, me parece insoportable tener que escuchar cómo suenan en bucle machaconamente unos pocos, poquitos compases de este alegre baile brasileiro, que no me da tregua. Si la lambada queda malparada, las obras de Vigeland son directamente ultrajadas. Me imagino a los nazis escuchando la musiquilla y casi veo sus caras de espanto. Yo no soy nazi, pero sí experimento grandes deseos de enviar (deportar?) a este músico tan poco dotado a la otra punta del parque, para conseguir algo de paz (y de "espacio vital"?). Que es exactamente la estrategia que él sigue, supongo, y por eso toca tan alto, tan seguido y sobre todo tan mal. Cuantas veces no le habrán dado propina para que se calle de una vez. Termino preocupada: a que va a ser que sí soy un poquito nazi después de todo. 

El barrio de Frogner que rodea a este parque tiene preciosos bulevares y villas muy bonitas. Es una zona señorial por la que resulta todo un placer pasearse. 

En uno de los extremos de este distrito, camino del centro, está el Kongelige Slott, o palacio real. Este palacio es uno de los más sencillos que he visto nunca, y no creo que su falta de ornamentos se deba a que ya en el s. XIX se llevaba la decoración nórdica minimalista. Debe de tratarse de una falta de medios económicos y de fortuna personal del estado y de la familia real. Al lado de todas las residencias reales de Dinamarca, esta mansión regia resulta poco menos que la Cenicienta del cuento. Pero precisamente como en el cuento, el palacio cuenta con un pequeño jardín posterior que conserva todos los árboles allí plantados en los años1840s, y que rezuma muchísimo encanto. Los pobres guardias reales que están al sol en las garitas con su tupido uniforme de gala tienen la cara muy colorada, y yo temo que alguno de ellos se desvanezca o sufra un golpe de calor. 

Otro de los lugares por cuyas calles juego a perderme es Grunerlokka, distrito alternativo donde reina la diversidad, y que está cercano al hostal donde me alojo. Mucha gente en las terrazas y tendida sobre la hierba de los parques hasta altas horas, muchos edificios del s. XIX de un estilo más centroeuropeo que nórdico, y muchos establecimientos de todo tipo con propuestas creativas más o menos bohemias, pero siempre muy originales. En muchos patios interiores de las manzanas veo bancos y mesas de madera, allí dispuestos para que los vecinos se encuentren y compartan un rato juntos, rodeados de plantas y de farolillos. La atmósfera de diversión combinada con conciencia de comunidad y denuncia social, me recuerda un poco al desaliñado Berlín Occidental de los últimos años 1980s que yo visité, justo antes de la caída del muro. 

Una zona donde se junta mucha juventud es en el reconvertido cauce del río Akerselva, que tras un pasado como vertedero industrial se ha recuperado para Oslo, junto con un agradable parque ribereño. También me trae recuerdos, pero en este caso del parque Madrid Río a orillas del Manzanares. Aunque este Akerselva, sin ser caudaloso, le gana en volumen a nuestro humilde aprendiz de río, como lo llamó Quevedo (que, hablando en castizo, tenía muy mala leche y justo por eso lo clavaba).

También repito paseos por la noche, cuando baja el sol, por zonas como la calle Niels Jules gate, el barrio de Skillebek y el de Ka ringen Beygge, junto al paseo marítimo llamado Strandpromenaden y el de Tjuvholmen, que junto al estupendo edificio del Museo cuenta con una pequeña "playa" donde se apelotonan los ciudadanos de Oslo, a los que noto ávidos de aprovechar al máximo los meses de luz solar y de calor. Noruega, favorecida por los vientos atlánticos, disfruta de unas temperaturas algo más templadas que sus vecinos escandinavos, lo que propicia que muchos nórdicos de países vecinos la visiten en vacaciones para bañarse en sus aguas. 

Una escultura cerca de esta playa, que no termino de enterarme de a qué personaje homenajea, tiene una placa en la peana que dice así: Si todo lo demás falla, prueba con el sentido común! Buen consejo nórdico, que quizá se desoye en las tierras menos prudentes y mesuradas del sur, de donde provengo. 

Me acerco en tren hasta las poblaciones costeras de Fredrikstad y Moss. En la primera hay muchas embarcaciones deportivas atracadas en una ría o canal que la comunica con el mar unos kilómetros más adelante. Goza de un ambiente muy veraniego y cuenta entre sus atractivos con edificios muy notables del Jugendstil, o modernismo austriaco, que datan de los tiempos en que el veraneo era una cuestión regulada por la etiqueta, cuestión que solventaban las clases acomodadas con toda elegancia y esplendor. Hoy en día el veraneo afortunadamente se ha democratizado, pero también hay que reconocer que se ha vulgarizado bastante y hemos pasado de los chapines a las chancletas, lo que ha supuesto la transición hacia la igualdad en derechos, pero también un viaje sin retorno hacia la horterada pura y dura. 

Moss conserva algunos edificios antiguos en su casco histórico. Uno de ellos es la estación a la que acudía a diario Munch cuando vivía en la localidad. Al parecer se acercaba por allí para desayunar, leer la prensa y reunirse con los amigos, marchantes o clientes que llegaban a Moss para verle. En la cartela se hace hincapié en que en esa etapa de su vida estaba sobrio, porque al parecer en la estación le habían dejado claro que allí sólo se servía alcohol a los viajeros con billete, no a los vecinos del pueblo. (Quizá alguna de sus visitas con billete le pasaba un sorbito de estrangis cuando nadie miraba?). Munch pasó la Primera Guerra Mundial en Moss, muy deprimido y con las lealtades divididas, porque según declaraba tenía muchos buenos amigos y clientes alemanes, pero su corazón estaba con París. A los pintores siempre les quedará París, por los siglos de los siglos. 

En Moss me abordan dos jóvenes muy rubios para convencerme de que su ONG me necesita urgentemente. Les aviso de que sólo estoy de paso. Se entusiasman cuando les digo que vengo de España, los dos han pasado su Erasmus en Valencia y estan planeando volver en cuanto puedan. Se esfuerzan en hablarme en un español bastante aceptable. Les deseo buena suerte en su labor de captadores. 


Anecdotario:

- Como tantos turistas antes y después que yo, no puedo resistirme a apuntarme a un crucero por el fiordo de Oslo, justo frente a la ciudad. Comparo precios y, puesto que todo es tan caro aquí y el desembolso es inevitable, decido darme un capricho. Desoyendo el consejo nórdico sobre el sentido común, en vez de escoger el barco que promete un "recorrido silencioso", me decanto por una opción menos espiritual y más jaranera: una travesía de tres horas a la caída del sol por las islas del archipiélago y el fiordo, en un velero de madera (construido en 1948), con una cena que consiste en gambas "a la noruega" (cocidas y servidas con rebanadas de pan blanco, mayonesa, mantequilla y eneldo) y amenizada por música (enlatada) de fondo. 

La luz dorada de un atardecer de verano en Oslo es muy especial, y las altas temperaturas se supone que dan una tregua entre las siete de la tarde y las diez de la noche gracias a la brisa marina, aunque el sol me parece casi tan fuerte como el de una playa sureña. En la cola de entrada, justo detrás de mí detecto a una familia española. Están muy nerviosos porque calculan que somos demasiados pasajeros para ocupar las sillas y mesas corridas que están dispuestas en cubierta. Las gambas aún no se mascan, pero la tensión sí, porque hacen todo tipo de proyecciones a futuro sobre la distribución de los crustáceos entre tantos comensales, y no les salen las cuentas. Amenizan la espera escogiendo mesa de antemano (a la sombra bajo el toldo, pero que quepamos todos juntitos y no nos separen, que no hablamos inglés). Se llevan un gran chasco cada vez que alguien que ya ha ganado la cubierta se sienta en el lugar del que ellos habían ya tomado posesión en su imaginación. En definitiva, se quejan de todo, y aún estamos en tierra firme. Resuelvo no revelarles que soy una compatriota, y alejarme de ellos lo más posible.  

Como soy un verso suelto, debo acoplarme en alguna mesa grupal, y todas son de seis comensales. Las alternativas que me depara el destino son escoger entre un grupo de matrimonios franceses y alemanes, un grupo de chicas muy rubias y muy maquilladas, y dos parejas de novios multiculturales. Me agrego a estos últimos, que además de pertenecer a nacionalidades y razas distintas, son de tribus urbanas diferentes. Viva la Europa de la diversidad! Los novios a mi derecha son una chica oriental muy agradable y charlatana, que habla por los dos, porque el chico alemán que la acompaña es tirando a monosilábico. Han venido desde Munich, donde viven, porque allí hace demasiado calor y decidieron buscar algo de fresquito en tierras noruegas, con la sorpresa climática de que en Oslo hay estos días casi diez grados más que en Baviera. 

La pareja que tengo sentada enfrente en cambio es todo un enigma sin resolver, porque protegen su intimidad con carantoñas y susurros. Él, por el físico y el acento proviene de algún país sureño que no es España. Se desvive por su amada y le pregunta si está cómoda, si está contenta, si le parece bien, si las cosas están a su gusto. Ella, que es de este terruño y va ataviada de gótica nórdica, se encoge de hombros y contempla el mar sin despegar los labios, de los que cuelgan por cierto algunos piercings a juego con los que decoran otras partes de su rostro, blanqueado por un maquillaje cadaverino digno de una Katrina mexicana, aunque sin la flor. Esta chica no habla, hasta que llega el momento en que se abre el bar, cuando le específica a su acompañante que ella el vino lo quiere blanco y seco, pero no semi seco sino seco a secas, y que ni se le ocurra traerle vino tinto, en el peor de los casos admitiría un espumoso, pero por favor, no un prosecco, aunque no le importaría que fuera champán. Tan largo discurso nos impacta a todos, porque llevamos ya una hora de travesía y hasta el momento no habíamos escuchado el timbre de su voz. 

Ambos caballeros se encargan de proveer a sus damas respectivas de bebida (no incluida), y como espero turno detrás de ellos en la cola del buffet, sé lo que le cuesta a sus bisoñas economías el convite. La gótica recibe la ofrenda de la cubitera con su botella con la indiferencia glacial de una diosa vikinga. Sólo se digna comprobar la etiqueta, y a continuación le deja muy clarito a su chico que este no era el vino que le había pedido, tras lo cual sólo vuelve a despegar los labios para ingerir el tan detestado líquido, que no es de su agrado pero del que se deja servir otra y otra copita. Me resulta fascinante esta representación de sumisión y dominación pasivo-agresiva, o más bien desganada-despectiva. Su chico la mira extasiado. Yo también la miro, pero más bien intrigada. Tengo curiosidad por comprobar cómo se las va a apañar para pelar las gambas con esas enormes uñas decorativas tipo pirámide en tres dimensiones. Mis dudas quedan resueltas cuando él le trae del buffet un plato rebosante de marisco, y ella no sólo se da muy buena maña sino que alcanza una velocidad para desembarazar a los crustáceos de su cáscara que supera la de todos los que nos sentamos en la mesa. Ole y ole por el Black Metal noruego, qué poderío.

Más tarde, en la lánguida sobremesa, cuando el sol ya roza la línea del horizonte y riela en el agua, todos contemplamos la orilla de las islas, las casitas de madera que las pueblan, las demás embarcaciones que navegan brevemente a la par con nosotros, y las gaviotas que nos acechan porque han olido el marisco. Por megafonía nos suplican que no les echemos comida porque se ponen agresivas. Los novios bávaros se suben al castillo de popa a hacerse fotos románticas al atardecer. La gótica escoge este momento mágico en que muere el día pero resurge el sol de media noche, para sacar una baraja de tarot y leerle las cartas a su chico, al que de vez en cuando le recalca que no se entera de nada, y en eso estoy de acuerdo. Dudo mucho que él saque algo en claro de este paseo por el amor y la muerte, o más bien por el espumoso y las gambas. Sospecho que cuando desembarquemos ella se perderá entre las sombras cual murciélago volandero. El parece un tío majo, espero que se busque otra noviamiga.

Nota al pie: Una vez le pregunté a mi psicóloga si yo tenía complejo de superioridad. Algo de eso hay, fue su respuesta. Supongo que en ese complejo está la clave de por qué me erijo en jueza de comportamientos ajenos. Como si yo no tuviera todo tipo de manías y rarezas myself. 







15.7.25

Gotemburgo me recibe con su peor cara, como ocurre a veces cuando se entra en un sitio, pero sin penetrar en su esencia. No hay que guiarse por las primeras impresiones, aunque tampoco es aconsejable desoír lo que nos dicta el instinto. Pero esta ciudad es un buen ejemplo de que desembarcar en la terminal de ferries y recorrer sus alrededores para dirigirse al centro, no es el mejor modo de formarse una opinión: todo parece estar en obras, el paso de peatones y vehículos está desviado durante muchos interminables metros, hasta que las señalizaciones te conducen a un cráter del tamaño de una aldea completa, del que no sabes cómo salir porque está vallado longitudinalmente a ambos lados durante lo que parece la travesía del desierto, pero sin dromedario y sin cantimplora. Y sin un tuareg que se compadezca de ti y te saque del apuro, porque pocos se aventuran por esos polvorientos senderos, y el transporte público simplemente no tiene por donde circular. Volver a la terminal y tomar un taxi es un esfuerzo casi peor que el de seguir adelante. Miss Google, con su optimismo californiano, insiste en que ese es el trayecto óptimo hacia mi hotel. La mando a tomar por Silicon Valley, y me resigno a arrastrar a la sufrida Doña Resilia por terrenos para los que sus cuatro rueditas nunca fueron concebidas. Pasada la zona catastrófica, empiezo a atravesar calles sin obras. Gotemburgo, vista desde mi perspectiva, me parece poco estimulante, sucia y decadente, todo lo que veo está bastante descuidado. Parece despoblado, circulan algunos coches pero me cruzo con pocas personas. Hasta que atravieso también esa otra zona y, sorpresa! Llego a amplios bulevares con preciosos edificios bordeados de parque maravillosos y canales ajardinados. La belleza de esta magnífica ciudad por fin se me revela en todo su esplendor. Y en días sucesivos sigo descubriendo una maravilla tras otra. Ah, Gotemburgo, qué callado te lo tenías! 

Me doy todos los paseos que puedo por el casco urbano, y también me desplazo a la vecina región de Vastra Goataland, y voy a la localidad de Alingsas (en tren). Y también a la isla de Donso (en ferry), en el archipiélago que hay en esta parte del Mar del Norte, llamada Skagerrak. 

En Gotemburgo, mi hotel está situado muy cerca del precioso bulevar de Vasagatan, en semiesquina con el de Avenyn. Dependiendo del camino que haya tomado, para volver paso por delante de los bellos edificios de la universidad, o bien debo atravesar un maravilloso parque entre canales, de nombre imposible de recordar y aún menos de pronunciar (algo así como Tradgarsforeningen, ahí queda eso).  Estoy a un corto paseo de unas cuantas plazas, con monumentos a señores o bien con sombrero emplumado y bigotes, o bien con levita y pelucona, o bien con armadura y a lomos de un caballo. Tampoco debo andar mucho para llegar al centro histórico y a las calles comerciales peatonales, que incluyen galerías con solera y un mercado gastronómico con mucho encanto. Es un paraíso urbano donde me siento como pez en el agua, aunque a veces me toca atravesar alguna de las múltiples obras públicas que atormentan a esta ciudad, pero ya se sabe que sin un poco de padecimiento no sabemos apreciar los momentos de disfrute en toda su valía. 

Aquí hay abundan las arboledas, y hay muchos parques de gran extensión donde familias con niños y/o en bañador se relajan al sol sobre la hierba. Pero las calles se vacían tras la hora del cierre de comercios, y los bares y restaurantes tampoco permanencen activos mucho más allá. Me llama la atención que, en los días del año en que la luminosidad se prolonga hasta muy tarde y hay buena temperatura, los ciudadanos de Gotemburgo elijan encerrarse en sus casas cuando podrían estar en el exterior, disfrutando del aire libre. Teniendo en cuenta que a partir del otoño les esperan largos meses de condiciones meteorológicas adversas, no entiendo que desaprovechen el buen tiempo de esta manera. A lo mejor les compensa lo que están haciendo dentro de casa, donde me figuro que no sólo se entregan a los placeres de la mesa o al placer de la lectura? Hay otras actividades aún más placenteras, if you get my meaning. 

Sea como sea, sindeciden optar por reposar, se trata del reposo del guerrero, porque sus antepasados licharon de lo lindo para levantar esta ciudad y hacerla próspera. En el s. XVII los señores de los bigotes y las peluconas mandaron cavar zanjas en los terrenos pantanosos en torno al río para que Gotemburgo tuviera canales por los que circularan las mercancías, copiando el modelo holandés. Hasta que el puerto creció y se convirtió en lo que es hoy, el más importante de Suecia. Los impresionantes edificios de ladrillo claro que abundan por todo el centro dan testimonio de la riqueza acumulada en el s  XVIII y sobre todo en el XIX. 

Una calle en especial, la famosa Haga Nygata, en cambio es un recuerdo de la forma de vida tradicional de las clases trabajadoras. Las casas son de listones de madera pintados en colores crema, y hasta hay un museo que muestra como eran sus condiciones de vida: familias enteras hacinadas en una sola habitación con estufa, que hacía las veces de dormitorio, cocina y comedor, con baños comunales en el patio. Me recuerda mucho a las casas de los emigrantes italianos en la Mulberry Street de Manhattan, que es de lo poco que queda de Little Italy porque el resto está invadido por Chinatown, a partir de la cercana Houston Street. But I digress. Hoy en día, Haga Nygata ha sido transformada en una atracción turística impostada y no conserva su autenticidad, aunque de todos modos esta calle y las que la rodean son tan bonitas que la verdad es que a los turistas nos encanta tal y como nos las muestran. Abundan los comercios de artesanía y objetos de decoración de un gusto exquisito, y los cafés con encanto donde triunfa el Kanelbullar, un dulce en forma de caracol con canela que los suecos toman acompañando el café, que pruebo (pero en otra parte) y que me encanta. 

- Alingsas.

Hablando de meriendas, esta localidad es famosa porque tiene docenas de cafés donde se practica el "fika", esa costumbre sueca de hacer una pausa al menos un par de veces al día y sentarse frente a una merendola mientras se charla. El fika es sagrado en Suecia, en las empresas hay dos pausas fika al día, a media mañana y a primera hora de la tarde, sobre las 15:00 (teniendo en cuenta que en Suecia se almuerza sobre las 12:00 y se cena a las 18:00). Leo que se considera no sólo una costumbre, sino que ese café acompañado de un bollo o una tostada engloba toda una filosofía de vida, una forma de ser específicamente sueca.

También los daneses tienen su palabreja nacional para definir su manera particular de ser y estar en el mundo, en su caso se llama "hygge", y se me ha olvidado mencionarla en la entrada que he dedicado a Copenhague. La cosa consiste en sentirse cómodo y relajado dentro de casa o en un lugar hogareño y acogedor, sólo o en buena compañía, rodeado de un ambiente tranquilo que conduzca a la serenidad y el reposo.  

Otros países también tienen costumbres que reflejan su idiosincrasia, que se exportan como emblema de la identidad nacional y que terminan convertidos en mitos. Por ejemplo, el "craic" irlandés (confraternizar en el pub, charlando mientras se bebe), la sobremesa española, la ceremonia del té japonesa, y un interminable etc. 

Yo estos conceptos creo que los entiendo mejor si los traduzco a-la-pata-la-llana: 

• fika = café con bollo + charleta 

(pero a bajo volumen y con gestualidad contenida)

• hygge = estamos tan a gustito aquí  recogiditos 

(haga frío o calor)

• craic = colegueo + cerves + aires celtas = exaltación etílica de la amistad 

(con un toque libresco, porque alguien tarde o temprano citará o recitará de memoria). 

• sobremesa = nos apalancamos en la mesa arreglando el mundo 

(en domingo y/o vacaciones, se nos junta con la siguiente hora de comer).

• ceremonia del té = una buena oportunidad para ejercitar la paciencia 

(te sale mejor si no tienes ni sed ni prisa en ese momento). 

Pero me voy por las ramas como de costumbre, de un árbol muy frondoso además... Llego a Alingsas desde Gotemburgo mucho más tarde de lo previsto, porque hay retrasos en el tráfico ferroviario regional. Es un pueblo precioso que parece perdido en el tiempo, sus casas tienen poca altura y las fachadas son todas de listones de madera pintados de colores. En su mayor parte eran los domicilios de los obreros de las industrias locales, o las granjas o talleres, en cuyo patio se encontraba el negocio y también la vivienda familiar de quien lo regentaba. El lugar no puede ser más agradable, pero camino por calles semi desiertas... Los cafés están casi todos cerrados, y a las 17:30 sólo hay un par de cervecerías y heladerías abiertas. La famosa fika brilla por su ausencia, y es que estas gentes se recogen pronto aunque sea verano, y yo me he retrasado demasiado para llegar a tiempo de contemplar el célebre fenómeno del café con bollo.  De todos modos, a juzgar por el silencio con el que consumen la cerveza o el helado.... no sé yo hasta qué punto la conversación fikera da mucho de sí, la verdad....

- Donso.

Al día siguiente tomo un ferry municipal en el puerto de Gotemburgo, y recorro los embarcaderos de las islitas del archipiélago llamado, precisamente, de Gotemburgo. Por suerte (siempre mi buena suerte) por la mañana hace un día soleado, aunque las previsiones dan tormenta, pero la lluvia torrencial cae por la tarde cuando ya estoy de vuelta en el hotel. 

Estas islas son lo más parecido que se me ocurre al Valhalla, el paraíso de los vikingos gobernado por su dios, el legendario Odin. Seguro que un sueco se reiría de mí, pero desde mi perspectiva de residente en el sur de Europa, el ver estos pueblecitos pesqueros, con sus casitas de madera de colores construidas sobre las rocas a la orilla del mar de Skagerrak, con sus mini jardines y sus porches techados, con sus tumbonas y sus lanchas atracadas en pequeños embarcaderos... me transporta al Valhalla en versión terrenal, donde me imagino que Odin reparte entre los bienaventurados  vikingos el hygge, el fika y lo que se tercie, para amenizar el reposo del guerrero en los atardeceres sin fin del sol de medianoche... Ay, qué envidia de veraneos nórdicos fresquitos. El invierno en cambio no se lo envidio en absoluto, que una reniega de las solaneras y de los sudores sureños, pero tampoco es tonta del todo. 

Desembarco en la isla de Donso, donde  disfruto como una niña jugando a las casitas paseando entre eso, casitas. Todas parecen salidas de un cuento, y las sinuosas y estrechas calles van revelando el paisaje en torno a las aldeas, con sus bosques, cerros y acantilados. Me siento protagonista de uno de esos telefilmes de poca calidad y menos interés, que las cadenas de televisión suelen programar los fines de semana, donde la única razón para no apagar el televisor es que la peripecia está filmada en lugares maravillosos con casitas escandinavas de madera como estas, rodeadas de bosques y a la orilla del agua (lago, río, mar). 

Estas aldeas me recuerdan también a uno de los ídolos de mi infancia, mi amiga Pipi Calzaslargas, personaje de la escritora sueca Astrid Lindgren, una mujer librepensadora interesantísima, que vivió su vida con toda la libertad que le permitió su época, y que incluso se procuró una parcela extra de libertad, que conquistó ella misma por méritos propios con su arrojo y decisión. Fue una luchadora incansable en defensa de los derechos de la infancia, y hay incluso una ley al respecto que lleva su nombre porque fue ella quien la promovió.

El personaje de Pipi Calzaslargas (Pippi Langstrump) es una niña con ideas propias y desprovista de hipocresía, una menor con un código moral ácrata, que desafía la autoridad de los mayores cuando no le convencen sus razones, que evita seguir el camino trillado, y que muestra una indiferencia total por la opinión que los demás puedan tener de ella. En definitiva, es la niña que a mí me hubiera gustado ser, pero nunca me atreví. A mi padre no le gustaba demasiado que yo viera la serie de TV porque decía que aquella niña sueca era una anarquista. Pero es que yo de pequeña quería ser anarquista, aunque ni siquiera conocía esa palabra. Luego crecí, y me he convertido en una cursi, que es mucho más fácil porque no requiere ese esfuerzo titánico de autoafirmación... El caso es que me habría encantado visitar la isla sueca de Gotland, donde se rodó la serie de TV en 1969, año en que nací, y poder pasearme por las calles del encantador pueblecito de Visby, y entrar en la famosa casa amarilla y rosa de Villa Villekulla, donde Pipi vive junto con su caballo a lunares Pequeño Tío y su mono Señor Nilsson. Pero he consultado los precios y es un capricho tan caro, que haría pedazos el presupuesto que me resta para viajar al resto de países nórdicos. De modo que que conformo con un visionado nostálgico de capítulos sueltos en Youtube, y gracias. 

En cambio, no renuncio a un pequeño placer mucho más fácil de conseguir: el de comer un fish&chips estilo sueco (sin vinagre) en el puertito de Donso. Como en un banco corrido de madera, sobre la hierba, contemplando los barcos, las casitas y las nubes que amenazan tormenta. Lo dicho, he sido transportada al Valhalla, y no quiero volver a la realidad, pero empieza a lloviznar, y como no sé que intensidad tendrá la tormenta, temo que el tráfico marítimo quede interrumpido y no poder volver a Gotemburgo. Cuando entro en mi habitación del hotel están ya descargando los rayos, truenos y centellas típicos de un tormentón veraniego. 

Al día siguiente desayuno en el hotel, bajo la atenta mirada de Ronnie Wood (el dueño del hotel debe de ser un fan de los Rolling Stones: fotos del grupo por todo el salón). Hay una foto suya guitarreando, enmarcada y firmada encima de mi mesa. Fiel a su habitual mueca sardónica, el amigo Ronnie supervisa con media sonrisa torcida mi café y mi  plato con huevos revueltos y albóndigas suecas. Es la única mirada humana que recibo, aunque esté impresa en papel, porque el resto de comensales de carne y hueso ni me miran ni me responden al saludo, siguiendo la tónica de los tres desayunos anteriores. Quizá el Valhalla no es tan paradisíaco después de todo. 

Al rato tomo un tren para cruzar a Noruega. Llegar a Oslo desde Gotemburgo supone solamente tres horas y media de trayecto, y prefiero explorar algo de Noruega antes de continuar visitando Suecia. Cosas de la geografía y de dónde están colocadas esas líneas imaginarias llamadas fronteras.  












12.7.25

En la estación de Aarhus, esperando la salida del tren que me llevará a Lindholm, y de alli al puerto de Frederikshavn (mi última etapa en Dinamarca), desde donde mañana a primera hora iré en ferry hasta Gotemburgo (Suecia), en una travesía de tres horas y media. Hasta aquí, el trayecto no es gran cosa para mí y para mis Resilias, porque nos hemos acostumbrado al traqueteo de los transbordos entre medios de transporte, con sus correspondientes sorpresas de última hora en forma de retrasos y cancelaciones. 

Lo que verdaderamente me espanta es que, una vez haya desembarcado en el puerto de Gotemburgo, desde ahí me desplazo en autobús interurbano hasta un hotel biestrella, considerado como "sucio" en la plataforma de reservas. Uno de esos alojamientos que son más baratos, comparativamente, porque están situados lejos de todo, en los confines de las pedanías, que a su vez están justo en la frontera del extrarradio, fuera del área metropolitana. O sea, en el finis terrae del mundo conocido, versión urbanita. Me he visto obligada a reservar habitación ahí porque los precios de Suecia son como una broma pesada, y eso que en Dinamarca ya he tenido oportunidad de escandalizarme en ese aspecto. He renunciado a todas mis manías y escrúpulos y he intenado encontrar plaza en dormitorios compartidos, con ducha y WC también compartidos, sin resultado. He rebuscado en B&Bs, en hostales, campings, residencias de estudiantes, todo lo que se me ha ocurrido... pero acaban de empezar las vacaciones de los estudiantes, y los grupos de senderistas y las familias con niños acaparan todas las plazas. Las que quedan libres están en los hoteles multiestrellados, con precios de La Croisette de Cannes en pleno festival. No way. 

De modo que me puedo considerar afortunada por pagar una cantidad desproporcionada por una habitación "sucia" en Gotemburgo, pero que no está exactamente en Gotemburgo. La buena suerte me acompaña, y de vez en cuando les agradezco a mis padres (a su memoria) la oportunidad de haber podido hacer realidad mis sueños de vagabunda comodona y con remilgos. Lo que me encuentre será estupendo, y espero llegar de una pieza hasta allí. 

Hago una pausa para ir al WC de la estación. Estoy ya acostumbrada a todo tipo de sistemas de pago en los servicios, y es habitual que lo haga con tarjeta bancaria.  Sobre todo en la canceladora de entrada a los baños de la empresa 2theLoo, presente en casi todas las estaciones europeas. Me hace gracia que esta empresa dé muestras de una empatía conmovedora con el sufrido meador o meadora de turno, porque saben que a veces llegamos a su puerta muy apurados, y nos reciben con un letrero que dice:  You made it! = Lo conseguiste! O sea, que te felicitan por haber llegado justo a tiempo de no hacértelo encima.  Aquí en Aarhus no hay 2theLoo, sino que la puerta de cada cabina tiene un cobrador digital que escanea tu tarjeta. Se supone que al entrar la puerta queda cerrada digitalmente también, porque no hay pestillo alguno. Se abre cuando manipulas el picaporte desde dentro. Pues bien, el sistema digital hoy está a por uvas, y aunque me ha cobrado, no ha registrado mi entrada. La cabina figuraba como libre, y dos personas distintas me han visto el culo mientra estaba de espaldas a la puerta subiéndome los pantalones. No les he visto, pero he oído sus grititos de terror. Pues he adelgazado bastante, si me llegan a ver hace un par de años cuando pesaba 38 kilos más, se hubieran desmayado.... 

Mientras espero el tren, voy a hacer un repaso de lo que aún no he olvidado de las ciudades danesas que he podido visitar estos días. Por orden cronológico: 

- Roskilde

Está en la isla de Zeeland (Selandia), muy cerca de Copenhague. Su atractivo principal reside en el hecho de que en su catedral de ladrillo, del s. XI y pionera del gótico escandinavo, están enterrados docenas de reyes daneses desde la Edad Media. En la nave del templo hay 40 reyes y reinas según el folleto, más otras tumbas de plebeyos, que suman la cantidad de 1.000 enterramientos. En este camposanto royal destaco algunas tumbas monumentales:

• Margarita I, reina de Dinamarca y Noruega en el s. XV, que según el folleto está tumbada y al mismo tiempo de pie. Tardo bastante rato en comprender este prodigio de la fisica y de la anatomía, hasta que caigo en la cuenta de que, aunque su estatua mortuoria esté efectivamente tumbada sobre el túmulo, le han colocado una peana bajo los pies, para indicar que a pesar de haber muerto se mantiene en pie para afrontar su fama póstuma. Me parece muy ingenioso, pero también creo que han hecho trampa, mire usted.

• Me hago tremendo lío con todos los Cristianes y Federicos que fueron reyes, y mas aún porque los más antiguos lo fueron de Dinamarca y Noruega, y los más recientes sólo de Dinamarca. No ayuda el hecho de que estas dinastías nórdicas no me suenan mucho, porque mi regla nemotécnica para recordar las retaílas de reyes y reinas siempre han sido los cotilleos de su vida y milagros, especialmente si han llevado vidas poco ejemplares, que curiosamente es cuando más se me fijan en mi memoria. Y los chafardeos que conozco de la familia real danesa no comienzan hasta mediados del s. XIX con Alejandra, que fue reina de Inglaterra, y su hermana Dagmar, que fue emperatriz de Rusia, y los padres de estas, a quienes llamaban "los suegros de Europa" porque sus hijos y nietos se emparentaron con todas las dinastías reinantes de su tiempo. Hasta tal punto que todos quedaron ligados por lazos de sangre, no siempre limpia de enfermedades hereditarias, y el resultado es que aun en nuestros días todos son primos lejanos. Menos mal que ahora se pueden casar con plebeyos y poquito a poco van limpiando el árbol genealógico de hemofilias y otras hierbas. Me salto por tanto los reyes renacentistas daneses, dos de los cuales tienen magníficas tumbas idénticas en mármol, auténticos monumentos que serían la envidia de los Médici florentinos. Las tumbas barrocas son también muy aparatosas e igualmente valiosas. Algunas de ellas están cubiertas por  un tapiz mortuorio negro de terciopelo con muchos pliegues. Limpiarlo debe de ser como un castigo eterno. 

• Según se va avanzando en el tiempo, las tumbas van siendo más sencillas y los cotilleos de las cartelas más sabrosos. En las del s. XIX y s. XX se narran las vidas de los royals, y a uno de ellos, no recuerdo a cual, se le atribuye el rumor de que murió en brazos de su querida, en un locus non sancto. Pero se puntualiza que se trata sólo de un rumor y que no hay ninguna certeza en ello. Curioso que lo incluyan, pues. La tumba del venerado Christian X, el patriota de los paseos a caballo durante la ocupación nazi, está colocada junto a la reina en un lugar relevante.

• Y llegamos a la futura tumba de la actual monarca emérita, Margarita II, quien es muy aficionada a diseñar vestuario para teatro y ballet, y que en aras de la coherencia a veces luce ella misma sus propios diseños, porque Su Majestad no le tiene miedo a vestir modelos de gran teatralidad. Di que sí, que si vistes a las bailarinas de colorines, lo menos que puedes hacer es predicar con el ejemplo para darles ánimos. Pues bien, también Margarita ha colaborado en el diseño del catafalco que ya está preparado para recibir sus restos mortales en Roskilde. La cosa ha costado tres millones de euros y, muy en su línea, la caja que lo cubre pone de manifiesto la valentía cromática de esta señora. El diseño de la caja parece um mueble adquirido en JYSK, el IKEA danés. En un ángulo se nos muestra una foto del interior (el "sarkofag", que quedará expuesto a la vista cuando ya esté allí enterrada). Sólo puedo decir que olé sus ovarios, y que su fama póstuma sin duda alguna va a eclipsar la de la primera reina Margarita. Antes muerta que sencilla, literal.

- Aparte de su catedral, Roskilde cuenta con una plaza preciosa con edificios civiles del renacimiento, un casco urbano con casitas tradicionales de colores, y un puerto vikingo muy interesante. Allí hay barcos vikingos que se hundieron en la Edad Media y se sacaron a flote en los 1950s. En el mismo recinto han montado un parque lúdico para toda la familia, con tiendas de lona sobre la hierba que albergan por ejemplo a un herrero o un artesano. Y con un muelle donde puedes embarcar en un barco vikingo y sentirte un vikingo fetén (yo declino el placer) remando al viento en hilera, a las órdenes de un capitán vikingo al que desde la orilla no le veo los cuernos . Quizá los lleve en la intimidad, pero le deseo de todo corazón que no sea el caso, y lleve una vida de pareja tan feliz y despejada como lo está su cabeza. Hablando en serio, los escandinavos llevan mucho tiempo intentando convencernos de que está demostrado que los cascos vikingos no llevaban cuernos. Parece que ese fue un invento de la época romántica, cuando se empezaron a representar así en los grabados. Eso significa que mis entrañables recuerdos de infancia de Vicky el Vikingo son un estafa... vaya por Odin. 

- Odense.

Está en la isla de Funen (Fionia). Es la ciudad donde nació y vivió su primera juventud Hans Christian Andersen, gloria nacional. Aunque es célebre por sus cuentos, escribió obras de todo tipo, y destacan sus libros de viajes, de los que he leído uno que me gusto muchísimo. Parece ser que era bisexual y no lo ocultaba, lo que en su época debió requerir un gran coraje. He podido leer fragmentos de algunas cartas suyas a amantes masculinos que son muy reveladoras. Trabó lazos de amistad con la familia real danesa que le elevaron de categoría social, porque provenía de una familia humilde. Pero siempre tuvo buenos mentores y benefactores, y al parecer era un alma agradecida y generosa. También extravagante, demasiado obsequiosa y bastante torpe para tratar a la gente, porque su amigo Dickens, cuando ya no eran tan amigos, se inspiró en Andersen para crear su personaje de Uriah Heep en David Copperfield, lo que desde luego no es ningún halago. La antipatía de Dickens proviene de que Andersen, que era su rendido admirador en plan fan fatal, se autoinvitó para pasar en su casa nada menos que cinco largas semanas, en las que resultó una auténtica lata para toda la familia. Al volver a Dinamarca, Andersen se dedicó a escribir una carta tras otra a Dickens durante años. No es de extrañar que el inglés terminara harto, a eso hoy en día lo llamaríamos acoso, what the dickens! 

Andersen está presente en muchos lugares de Odense, y hay un museo dedicado a él que es bien curioso porque se trata de una edificación muy moderna. Resulta rompedora en medio de un barrio de viejas casitas tradicionales de colores, con sus tejados de tejas, sus buhardillas, sus ventanas de marcos a la francesa y sus madreselvas plantadas junto a la puerta. Pasear por las calles adoquinadas de este barrio tiene mucho encanto, aunque también resulta algo impostado, porque resulta tan perfecto como un decorado en una buena película de época. Pero qué más da si se pasa un buen rato deambulando por allí. Hay también varios edificios renacentistas. Me gustan especialmente el ayuntamienro y la iglesia de Saint Alban. 

Odense cuenta con un museo al aire libre compuesto por varias antiguas casas rurales reconstruidas, que muestra cómo eran los modos de vida tradicionales que desgraciadamente ya se han perdido y sólo permanecen de forma artificial en estas recreaciones. He estado ya en varias ciudades de distintos paises donde hay este tipo de museos, y por cuestiones de tiempo nunca he podido visitarlos. Este tampoco. 

- Malmö. 

A esta impresionante ciudad sueca, la tercera más grande del país, se llega desde Copenhague tras sólo 40 minutos en tren, gracias al espectacular puente que cruza el estrecho de Oresund. Son ocho kilómetros de puente durante los cuales pasas literalmente entre dos mares, el mar del Norte y el mar Báltico. El paso de un país al otro tiene la particularidad de que el puente tiene anclado un estribo en la orilla sueca, pero el otro extremo no llega hasta la orilla danesa propiamente dicha, sino que ese otro estribo se asienta sobre un islote artificial, y desde ahí el trazado conecta con un túnel bajo el agua que sí llega hasta territorio danés. Leo que se diseñó así para evitar que la altura del puente pudiera interferir con el tráfico aéreo del cercano aeropuerto de Copenhague. En dos palabras: im-presionante, como dijo aquel. 

Tengo la fortuna de llegar, tras una caminata muy placentera y en día con buena visibilidad, desde el casco antiguo de Malmo hasta el novísimo barrio de Vara Hammen, una especie de marina de altos vuelos donde hay una zona ajardinada a la orilla del mar. Ahí me siento en una roca sobre el agua, y me dispongo a almorzar con una de las mejores vistas posibles, porque tengo enfrente la orilla danesa y la ciudad entera de Copenhague. El sol es intenso pero no molesta porque el día es ventoso, el mar luce de azulón y las gaviotas esta vez respetan mi derecho a comerme el sándwich en paz. Una familia ha montado un picnic más sofisticado que el mío porque en sus bicis traían todo el ajuar: la manta y la cesta con las viandas y la vajilla de plástico. Otra chica está sentada sobre la hierba leyendo un libro. Pasan algunos perros con sus dueños. El momento es perfecto, no le sobra ni le falta nada, y me cuesta arrancar, pero debo continuar camino si quiero explorar un poco antes del horario del tren de vuelta.

El edificio más alto de Malmo y de Escandinavia entera se encuentra también en Vara Hammen. Esta diseñado por Santiago Calatrava y se llama Turning Torso (torso giratorio). Es una estructura que se retuerce sobre sí misma como una barra de golosina. Muy bello y muy meritorio. Espero también que sea muy resistente y no se caiga a cachos como ha ocurrido con otras obras de este señor, que son muy meritorias pero que requieren reparaciones continuas por problemas estructurales. 

Justo enfrente hay un parque con unos árboles enormes en torno a un castillo renacentista con foso, el Malmohus. Un poco más allá hay un molino, y frente a él unos niños vuelan una cometa. Enfrente del parque hay unas cabañas de madera que servían a los pescadores para almacenar el pescado y guardar las artes de pescar. Ahora son los puestos de un mercado de pescado fresco. Puede haber un entorno más idílico? 

En el animado centro de Malmo veo mucha diversidad, y Miss Google me informa de que al menos la mitad de sus ciudadanos son de origen extranjero, muchos de ellos del este europeo. Se me acercan unas chicas a ofrecerme una promoción, es el lanzamiento de los nuevos sabores de un conocido refresco. Lo lógico hubiera sido coger el obsequio y darles las gracias, pero yo soy presa del pensamiento lateral y nunca sigo el camino recto. No se lo pongo fácil. Les digo que como estoy sólo de paso, si me bebo el refresco a los diez minutos voy a tener que buscar un WC sin saber encontrarlo. Sin inmutarse ante esta respuesta-trampa la chica, que es muy rubia y muy guapa, me señala con el dedo unos servicios públicos que tenemos enfrente, y me hace la siguiente revelación: Puedes guardarlo ahora y bebértelo más tarde. Ni se me había ocurrido. Podría salirle con que no quiero cargar con el peso toda la tarde, pero no soy tan cruel. 

- Aarhus.

Me quedo un par de días en esta ciudad para poder explorar un poco la península danesa, tras haber visitado lugares de las dos islas principales, Selandia y Fune. Aarhus, en la costa este de Jutlandia, es la segunda ciudad en importancia de Dinamarca , y una de las que ha conservado más edificios tradicionales, lo que le aporta un toque muy genuino. Pero al mismo tiempo cuenta con edificios contemporáneos muy atrevidos y emblemáticos, como en todas las poblaciones danesas que he visitado o he alcanzado a ver desde la ventanilla del tren. Especialmente en el barrio de Aarhus Marina, frente al puerto y al lado de la playa de Den Permanente, donde hay todo un conjunto de viviendas ultramodernas de alto nivel, entre las que sobresale el aún más alto rascacielos llamado Aarhus Oje. Se ofrece, previo pago, subir al último piso para maravillarse con el panorama, y en el precio de la entrada se incluye la visita a un museo de formas de vida marina. Llego 15 minutos antes del cierre, así que me quedo sin poder entrar. Es que por estas latitudes la hora de cierre es muy temprana, y no me lo explico porque en verano la luminosidad dura mucho, supongo que debido al efecto del sol de medianoche. 

Lo mismo me sucede en el Den Gamle By, o Museo de la Ciudad de Antaño. Ya están cerrando cuando voy. Se trata de un museo al aire libre, un poblado artificial que exhibe los modos y costumbres que se perdieron, pero que se pretende conservar aunque sea en el recuerdo. Hay actores con trajes de época que recrean la tipología humana de cada era. Desde fuera del recinto del poblado se atisba algo del interior, sobre todo desde lo alto de la colina del parque contiguo, que tiene un jardín botánico con invernaderos. Una lástima no haber podido entrar, porque el folleto promete. El texto describe las diferentes épocas de la historia de la vida cotidiana danesa, y en la etapa correspondiente a los años  de los 1970s a los 1990s, dice (parafraseo): “Ven a conocer a la familia multicolor (de razas distintas), a la pareja gay, a la madre soltera y a la chica que vive sola”. Me imagino a los actores y actrices encargados de interpretar estos personajes, y cómo le habrán buscado una motivación y una biografía ficticia a cada uno de ellos, basándose quizá en conocidos suyos como fuente de inspiración. 

Cerca de mi alojamiento, en Møllestien, hay algo parecido pero sin actores, aunque cuando voy me encuentro con un rodaje amateur de cine. Deben de manejar muy poco presupuesto, porque sólo cuentan con una cámara, dos chicas que deben ser producción y un par de actores. No me extraña que hayan escogido esta localización, porque se trata de una calle empedrada donde todas las casitas bajas son tradicionales, y los troncos de las malvalocas son muy gruesos de puro antiguo. Deben de haber conservado todo tal cual era. Toda esta zona de Vestergade donde me alojo es un lugar de terraceo para los hipsters del lugar, con el tipo de comercio que demanda esta tribu urbana para satisfacer sus necesidades de ocio y cultura: barberías y locales inclusivos, librerías independientes, tiendas de discos en vinilo, ropa retro de segunda mano, salones de tatuaje y cafeterías specialty coffee. Si llego a encontrar una tetería para acariciar gatos, me hubiera creído en pleno Malasaña. O fue en el Lavapiés más trendy donde vi una...? 

Hay mucho más ambiente que en el moderno barrio marítimo, donde he visto a algunas personas bañarse en una piscina acotada en plan lido, y a otras aburrirse tomando el sol en las terrazas, o leyendo, en papel, junto a los bungalows que jalonan el paseo marítimo. Veo gente pero casi no la oigo, es decir, que son tan sumamente silenciosos y se conducen con tanta prudencia que, si no fuera porque estoy viendo y oliendo el mar a mis pies, diría que me encuentro en el interior de uno de esos vagones silenciosos de los trenes caros, donde no se oye una voz más alta que otra porque por norma se guarda un obligado silencio. Mi experiencia de lo que viene siendo un paseo marítimo no puede ser más distinta, con ruido de motocicletas a escape libre, vocerío de bañistas, la machacona canción del verano y, de madrugada, los cánticos desafinados de los que intentan regresar a su hotel desde los bares del puerto, pero los vapores etílicos y la noche les confunden. 

Por cierto que los bañistas, aunque estemos a mediados de julio, son unos valientes que desafían estas aguas frías en un día muy ventoso. Todos los que estamos fuera del agua llevamos manga larga y, la mayoría, chaqueta. Pero a los bebés las madres y abuelas los tienen solamente en pañales. Nunca he comprendido esta costumbre del centro y el norte de Europa de llevar a los bebés desnuditos a los parques y a la playa. Pretenden que pasen su primera neumonía en la infancia, y así les fortalecen para el resto de su vida? Misterios sin resolver. 

Mi alojamiento en Aarhus está en una casa muy antigua, con un patio de fachada de maderos entrecruzados y los techos bajos. Me encantan las casas con historia propia y sabor a generaciones pasadas, pero desgraciadamente tienen el inconveniente de que, si no estan reformadas, el viaje atrás en el tiempo puede resultar bastante incómodo. Es el caso de este apartamento, donde en que tengo que asearme en una ducha italiana que el día que la instalaron ya era incomodísima, y si le añadimos la mugre que desde entonces no parecen haber limpiado, todo me conduce a preferir mi propia suciedad a la porquería ajena. Me lavo como los gatos en el diminuto lavabo de manos. A veces hay que hacer de tripas corazón y pompas de jabón. 


- Ribe.

Es la localidad más antigua de Dinamarca, y un pueblo muy bonito y también muy coqueto. Esto último lo digo en el sentido de que sus cualidades han sido realzadas artificialmente, al igual que una chica muy guapa sabe sacarle partido a su rostro al maquillarse, y consigue así pasar del mero atractivo a la hermosura deslumbrante. Ribe está preparado para acoger a los turistas en sus calles principales, pero yo creo que su verdadero encanto se encuentra en las calles secundarias donde no hay tiendas ni restaurantes. 

Está en el sur de Jutlandia, y se fundó no sé cuándo pero parece que hay registros desde el s.VIII. Está rodeada de marismas, y a través de su canal mantenía antiguamente comercio marítimo con el extranjero, a la vez que sus molinos de agua eran una fuente de riqueza a nivel local. Sus calles están empedradas y muchas de sus fachadas tienen un entramado de maderas. Su catedral es del s.XII y en los alrededores hay un monasterio. Tengo la suerte de llegar cuando luce el sol y todo brilla. 

Disfruto mucho de esta visita, pero desgraciadamente el viaje de vuelta a mi base en Aarhus se complica por momentos, y la sensación de acaloramiento se vuelve físicamente difícil de sobrellevar. Mis dos transbordos iniciales se convierten en cuatro, el último de ellos muy accidentado, porque debido al calor el sistema de aire acondicionado de algunos trenes se ha averiado. Intentan reparalo sobre la marcha, pero las desacostumbrados temperaturas parece que han fundido los aparatos y han roto todos los esquemas de estas buenas gentes. En los andenes de las estaciones rurales nos vamos acumulando los pasajeros que van desalojando de los vagones recalentados. Al final, después de muchos retrasos y cancelaciones, optan por improvisar y acomodarnos como pueden en otros trenes ya de por sí repletos, aunque estén a la temperatura de un baño turco. Nos sientan donde pueden, aunque la mayoría se queda en pie. Por megafonía nos piden que seamos solidarios y cedamos el asiento a las personas más mayores etc. Mis canas me benefician en este sentido, y además voy en primera clase rodeada de jóvenes que no huelen a sudor sino a perfume del caro, porque el caos ferroviario ha derretido las neuronas y ha diluído las barreras entre clases sociales. La pija que tengo sentada enfrente me echa una ojeada de vez en cuando. Sí nena, mi sudado y arrugado modelito es del Decathlón, puedes contarlo por ahí para amenizarles el copeo a tus amiguis.

- Frederiskvahn.

Paso una sola noche en esta ciudad portuaria, alojada en la única habitación libre que he podido encontrar. Está en un chalet antiguo con solera, que se publicita como "de luxe" y que cobra por ello una cantidad desproporcionada, pero está situado justo enfrente de la estación y del puerto desde donde parte el ferry a Gotemburgo, mi siguiente etapa. 

Este chalet tiene el inconveniente de que tengo que compartir el cuarto de baño, cosa que he hecho sin pensármelo dos veces cuando era joven, pero que ya cumplidos los 56 intento evitar siempre que puedo. Me he vuelto comodona y estoy llena de manías y de aprensiones. En esta ocasión, mis compañeros de WC y de ducha resultan ser unos transportistas, cuatro chicos que tienen la furgoneta aparcada junto a la verja del jardín. Resuelvo poner el despertador muy temprano para ser la primera en el baño, porque de todos modos tengo que madrugar mucho ya el check-in en el ferry se cierra a las siete de la mañana.  

El calificativo "de luxe" resulta que no es solamente una estrategia de márketing sino una realidad palpable. Para mi sorpresa el baño, la única parte del chalet que está reformada desde los tiempos de MariCastaña, sigue los dictados de la moda retro-epatante en boga entre los nuevos ricos de los 1980s y 1990s. Cuenta con una bañera con patas estilo primer imperio, y con una grifería sobredorada de las que están rematadas por grifos en forma de cabeza de cisne, con sus alas desplegadas al viento. La pared junto a la bañera está alicatada con azulejos oscuros con motivos dorados a relieve. No hay un tirador ni un colgador ni un toallero que no esté sobredorado. Lujo y esplendor por doquier en un lugar destinado a la más vulgar y humillante de las necesidades fisiológicas. Yo a este tipo de baños les llamo "de Josefina repudiada". Lucho a brazo partido contra el cisne, que parece que intuye que me río de él y se niega a revelarme su secreto mejor guardado. Hasta que consigo que salga un chorro de agua media un rato en el que lo paso un poquito mal. Ay Josefina, cómo nos complicamos la vida sin necesidad! 

Frederkisvahn es la única ciudad portuaria en la que he estado donde todo está limpio y no hay un ambiente canalla alrededor de su puerto. Es más, no hay ningún ambiente, porque sus calles están extrañamente desprovistas de vida para ser una localidad que cuenta con varios grandes hoteles, multitud de comercios y locales de restauración de todo tipo. En su muy publicitada playa con palmeras, a la hora que llego sólo hay un equipo deportivo de uniforme, que vuelve tras ejercitarse. Me cruzo con dos mamás que pasean a sus niños en bicicleta, una familia de turistas en una pizzería y un grupo de amiguetes que salen de una cervecería disfrazados, porque están de despedida de soltero. Comprendo que es domingo por la tarde, pero estamos a mediados de julio, temporada alta. Está casi todo cerrado, pero hace bueno y el lugar se presta como mínimo a un bonito paseo, sin embargo oigo el eco de mis pasos en las calles desiertas. A la mañana siguiente el ferry está abarrotado. Dónde estaban todos escondidos la tarde anterior? Misterios sin resolver. 

En el puerto de Frederkisvahn, adonde voy para ensayar el camino hasta mi punto de embarque a la mañana siguiente, veo tres fragatas de la armada danesa. Al día siguiente veré otra fragata de la armada sueca atracada en Gotemburgo. Están de maniobras veraniegas, o como medida se precaución ante la situación geopolítica, que se va complicando por momentos? En estos días, los países nórdicos y los bálticos miran de reojo al Kremlin, como en los tiempos de la guerra fría de mi infancia. 

El ferry que hace la travesía de tres horas y media hasta el puerto sueco de Gotemburgo sí que tiene ambiente, mamma mia. He mencionado antes aquí mi lamentable falta de apego al mundo de la infancia, como lo llama Elvira Lindo en su Manolito Gafotas. Pues el cosmos ha conspirado para darme una lección épica como castigo: Que no te gustan los niños? Pues toma niños, para que te enteres! Y efectivamente, me entero de que hay un campeonato mundial de fútbol junior, la Gothia Cup, en Gotemburgo y que muchas delegaciones internacionales ha tenido que pernoctar en otras localidades porque allí ya no quedaban plazas. Ahora comprendo por qué me ha costado tanto encontrar habitación! 

Lo peor no son los niños y niñas, que se cuentan por cientos pero que se comportan conforme a su edad. Ni son los monitores de las delegaciones, que se conducen con mucha profesionalidad. Lo peor son los papás, las mamás y los abuelitos/as. Vaya nivel de competitividad en la sala de espera del check-in a las seis de la mañana, y ni siquiera hemos zarpado. Hay una mascota del mundial (un pez que no identifico) que les da la bienvenida con mucha simpatía. Y letreros bilingües que rezan: "Los árbitros son humanos. Los entrenadores son voluntarios. Por favor, recuerda que esto es sólo un juego". Pero todo es en vano. Por lo visto ya han jugado una liguilla previa en Dinamarca, y como es inevitable unos han ganado y otros han perdido. Veo que el equipo de Guatemala porta una copa y les digo: Felicidades, campeones! Gracias, me responde tristemente uno de los chiquillos. Reparo entonces que la copa es plateada, y que están tristes porque les ha ganado el equipo de Scania, que no se de dónde puñetas viene aunque hablan inglés con acento yankie, pero cuyos papás están muy subiditos y van de sobrados. Aunque los niños guatemaltecos habían llegado antes y los niños escanios han tardado mucho más en aparecer, los papás escanios cuelan a sus retoños en primer lugar en la cola, sólo porque había un grupito de cinco o seis mamás allí que habían madrugado. Hombre, una cosa es colar a unos cuantos y otra es colocar a docenas y docenas de críos por delante, con todo el morro. El monitor guatemalteco se siente ultrajado, y en su indignación alude nada menos que a la declaración de derechos humanos. Los escanios, sean de donde sean, fingen no verle ni oírle porque no les conviene. Yo me preparo para presenciar un incidente diplomático, pero la cosa no pasa de ahí porque ninguno de ellos entiende el idioma del otro, y afortunadamente el lenguaje de los puños no se saca a relucir. Luego van llegando más y mas delegaciones de otros países de Latinoamérica y de Africa. Más y más niños y niñas. Divino tesorito. 

El tiempo es despejado y la mar está en calma, pero el viajecito es ensordecedor, con cientos de críos chillando y corriendo por todo el barco durante la travesía. Hay muchos juegos preparados para ellos: parques de bolas, arcade, karaoke. Me aíslo en un rincón junto a las tragaperras, donde tengo una ventana para mí sola, y coloco a mis Resilias como parapeto contra mundum, en este caso contra el mundo de la infancia. Este tratamiento de choque no está dando resultado, y me temo que voy a desembarcar perseverando en el error y reafirmada en mis convicciones. Siempre me he identificado con el Mister Belvedere de "Niñera moderna", la comedia de los años 1940s donde el genial Clifton Webb compone uno de los personajes más antipáticos y divertidos del cine. Qué le va a hacer el hombre si no aguanta a los niños. 

Pero al final llegamos a buen puerto sanos y salvos, y al desembarcar y reconectar el móvil a la red (a bordo no había roaming disponible, y en algunos tramos tampoco cobertura) me encuentro con una agradable sorpresa:  el hotel "sucio" y alejado donde había reservado habitación está completo con motivo del campeonato de fútbol junior, y se disculpan buscándome otro alojamiento alternativo, con desayuno buffet incluido, en un hotelito céntrico por el mismo precio. Llego, y se trata de un establecimiento muy sencillo pero más que suficiente, bastante agradable y además "limpio". Acabo de tomarme el desayuno, y creo que he comido para todo el día.  Ya en otra ocasión me ocurrió algo parecido, pero no recuerdo donde fue. He nacido con una flor en el culo, y no lo valoro lo suficiente.  







RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...