29.10.25

DIJON

DIJON


Una joven madre y su niño se sientan en la estación de Estrasburgo en un banco junto al mío del vestíbulo principal. Estoy distraída comprobando el horario de salida de mi tren en la pantalla, cuando la chica que se sienta a mi lado me pregunta: “Es tuya esa mochila?” Veo que la madre y su hijo se han marchado, y la criatura se ha dejado atrás la mochila escolar. Los buscamos, pero han desaparecido.  Inmediatamente cunde la alarma. Yo y la otra chica nos ponemos a buscar un guardia de seguridad o un agente de la Sureté Ferroviaire, y nos cuesta mucho rato encontrar a alguien. Temo que nos desalojen a todos de la estación, pero por suerte no ocurre. 


Menos mal, porque en meses anteriores yo ya lo he sufrido en mis viajeras carnes: en Burdeos y en Lille ya tuve la experiencia de ver mi tren retrasado o incluso cancelado, a causa de una maleta sin dueño y sin identificar (en Francia es obligatorio ponerles una etiqueta). En las cercanías de Burdeos desalojaron una estación entera, no recuerdo cuál, y en Lille paralizaron durante horas toda la línea férrea que va hasta Calais. Francia está en máxima alerta antiterrorista desde hace al menos diez años, y la población está muy concienciada al respecto. El equipaje o los paquetes sin dueño levantan muchas sospechas, y a menudo he visto a la gente preguntarse mutuamente: “Eso es tuyo? Has visto de quién podría ser? Se ha marchado sin recogerlo?” En seguida se plantean buscar al guardia, llamar al teléfono de emergencias. Puede sonar a paranoia, pero desgraciadamente con el número de atentados que se acumulan ya en este país con tanta frecuencia, está justificado que reaccionen así. 


Localizo a una controladora, y la otra chica a un guardia de seguridad. Empiezan a llamar a más personal por sus walkies, y en esas les dejo, porque tengo que coger mi tren. No dicen nada por megafonía y parece que me he librado del desalojo. Pero en los andenes el drama continúa, y la trama se complica: mi tren hacia Dijon, que finaliza su recorrido en Marsella, no puede llegar a la estación término por un problema en la catenaria, y se detendrá a medio camino, en Lyon. Por suerte, yo me dirijo a Dijon que está antes de Lyon, así que no me afecta la incidencia… Salvo que me basto yo solita para crearme problemas, y por despiste y en medio del caos de la situación, me meto en el tren equivocado, cosa que me ocurre con alarmante frecuencia. Normalmente me doy cuenta en seguida, pero en esta ocasión tardo más. Resulta que hay dos trenes idénticos de la compañía OuiGo que están unidos y que hacen el mismo recorrido. Yo he sacado el billete para uno, a través de mi pase de Interrail. Pero son trenes TGV, el equivalente a nuestro AVE, y por tanto debo reservar asiento porque es obligatorio. Y por despiste, reservo plaza en el OTRO tren del mismo horario, misma compañía y con el mismo destino, que para en el mismo andén con idéntica numeración en las pantallas…. y numeración distinta una vez que ya estás dentro. Caigo en la cuenta de la tontería justo cuando queda un minuto para salir. Decido no arriesgarme a bajar al andén y correr rodando a Doña Resilia, por temor a que no me vean y salgan sin mí…. Así que me quedo donde estoy.


En otras ocasiones de este viaje ya he estado en otros trenes InterCity de alta velocidad sin haber reservado un asiento concreto, y cuando van llegando los legítimos dueños he ido migrando de un lado para otro… hasta terminar en la cafetería. En un viaje en concreto, en Hungría, la cafetería también estaba llena y tuve que pasar dos horas de pie, arrimada a la ventanilla. Fue muy interesante, porque el pasillo del vagón restaurante era muy estrecho y los pasajeros muy inquietos, de modo que haciendo un cálculo por encima, me temo que más de medio pasaje rozó su cuerpo con el mío, lo que no contribuye a menguar el choque cultural, pero sí que elimina barreras, acorta distancias y te quita todos los dengues de un sopapo, literal. 


En este caso de hoy, he tenido más suerte porque había muchos asientos vacíos. He avisado al controlleur en cuanto le he visto para informarle de mi despiste. Con los años, he aprendido a contar a los demás los detalles del desaguisado de turno causado por mi déficit de atención, como una cosa muy graciosa de la que nos podemos reír todos si le echamos una pizca de humor a la vida…. Y normalmente este método funciona. En esta ocasión, también. Me excuso de antemano, y le cuento el sucedido. El revisor me hace un gesto simpático con la mano, como se amenaza en broma con azotes en el aire a una niña traviesa, y se va sonriendo. 


Frente a mí hay un chino que no habla más idioma que el suyo y que anda por el vagón como alma en pena.  Entre otra señora y yo le intentamos orientar, y revisando su billete vemos que está en mi misma situación, con billete para este tren y asiento en el tren que viene detrás. Me pregunto si el controlleur, si se entera del error, le hará el mismo gesto simpático y le dedicará la misma sonrisa. Creo que no tendré ocasión de comprobarlo, porque nos han revisado el billete en el acceso al andén y por tanto no van a hacerlo otra vez ya dentro del tren. Pero más adelante me sorprende cómo el controlador, con gran paciencia y amabilidad, dedica un rato largo a intentar explicarle la situación a este hombre chino, que parece un náufrago en plena tormenta. Está muy inquieto porque no entiende nada, pero necesita llegar a Marsella y a causa de la incidencia no podrá llegar, y va a perder el transbordo a un tren para Antibes. Lo que hace la falta de comunicación. Varios viajeros también intentan ayudarle. Con la ayuda de Miss Google, le traduzco que no se preocupe, que en Lyon se va a bajar todo el mundo y desde allí siempre puede coger un autobús hacia la costa, le explico cómo sacar un billete de autobús online. Se queda el hombre tan contento, y se relaja. La gente tiende a pensar en los idiomas solamente como una asignatura que puebla de pesadillas sus años escolares, pero… qué necesarios son los idiomas para poder defenderse en la vida! 


Llego por fin a mi destino, y me bajo del tren en un día frío, neblinoso y lluvioso. Dijon me recibe en estas condiciones, pero no me importa porque a estas alturas ya he pateado las calles de media Europa en todo tipo de condiciones adversas, así que no me espanto de nada. 


Como en todo drama que se precie, hay un tercer acto. El desenlace se desarrolla en el hotel. Más bien hotelito estrellado, desprovisto de estrella alguna. Llego hasta la puerta ya pasada la hora del check in. Se trata de una casa antigua encantadora, con tejado de pizarra y buhardilla. En el interior todo está oscuro, y la puerta cerrada. El mostrador de recepción 24 horas resulta ser un papel pegado al cristal, que pone “Guardia: este es su número de móvil”. Llamo, y me responde con voz adormilada. Le cuento que soy su inquilina y que estoy en la puerta, la lluvia me está empapando pero no puedo entrar porque no he recibido instrucciones. Se sorprende muchísimo. “Ah, tenía usted una reserva? Para hoy?” Le doy mis datos, y me temo lo peor. Me dice que en unos minutos me enviará un mensaje con el código de apertura y el número de habitación. Eso sí que lo cumple, y cuando entro rebusco en una jarra entre las llaves la de la habitación número 12. Naturalmente, no hay ascensor sino una escalera de caracol (me había olvidado ya de la típica escalera de la muerte francesa). Subo a pulso a Doña Resilia, y a media ascensión recibo un mensaje del “guardia”. “Sería tan amable de enviarme un vídeo de la habitación cuando entre?” Por segunda vez, me temo lo peor, y mis temores se ven confirmados porque la número 12 parece la leonera del típico adolescente rebelde-sin-causa. Le envío un vídeo de la cama revuelta y las toallas en el suelo del baño, con el texto: “Voilà. Alors?” No obtengo respuesta por escrito, pero casi en seguida llega el “guardia” jadeando escalera arriba. Es evidente que 1. se acaba de levantar y 2. ha dormido con la ropa puesta. También lo es que tiene un parecido razonable con “El Sevilla”, cantante de los Mojinos Escozíos, sobre todo en la corpulencia y la mata de pelo. Estoy a punto de preguntarle si tiene primos en San Juan de Aznalfarache, pero me contengo para guardar la compostura y no restarle patetismo a la situación. Repite “Pardon, madame” muchas veces y rebusca en la jarra de las llaves como si fuera a sacar un premio en una rifa escolar. “A ver, a ver”… por tercera vez me temo lo peor. Probamos alguna otra “chambre” y siguen estando “pas prêtes”, hasta que, bingo!, damos con una que tiene la cama hecha y las toallas muy bien dobladitas en el toallero. Una vez cumplida su breve misión, desaparece El Sevilla, digo El Guardia, escalera de la 🚪 muerte abajo. Ay, de verdad. Es lo que tiene una habitación a un precio muy ajustado en todo el cogollito del casco antiguo de Dijon. Inconvenientes: releer el párrafo. Ventajas: por un precio muy ajustado, doblo la esquina y estoy frente al Palacio de los Duques de Borgoña, en la plaza adonde dan las calles comerciales más importantes,  a dos pasos no sólo de la catedral y varios monumentos más, sino también del pintoresco barrio de los artesanos . Y encima he conocido en persona al primo francés de El Sevilla. (“Qué güeno que estoy”, ese temazo, resuena en mis oídos y me pone una sonrisa en la cara toda la tarde). 


Por fin salgo. Dijon, capital de Borgoña y del Franco-Condado, en el departamento de Côte d’Or, es conocida en todo el mundo por su exquisita mostaza (que no pruebo porque es carísima) y por sus vinos de Borgoña (que sí pruebo porque una copa sí me la permito). Pero esta ciudad ofrece mucho más. Fue uno de los lugares donde tenían su corte los poderosísimos Duques de Borgoña, que en teoría eran vasallos del rey de Francia pero en la práctica se conducían de manera bastante autónoma. Eran dueños de un rico territorio muy extenso y no fueron formalmente incorporados al reino francés hasta el s. XV. 


Hago aquí un aparte para señalar que la bandera borgoñona, la de la cruz nudosa en forma de aspa roja sobre fondo blanco (que también se llama de la Cruz de San Andrés), proviene de este ducado. Carlos V heredó el título de Duque de Borgoña de su padre, Felipe el Hermoso, y convirtió este estandarte en su emblema. Los tercios de Flandes luchaban enarbolando esta bandera, y este hecho que data de nuestro extinto imperio, por desgracia ha sido adoptado siglos después por la extrema derecha patria, que ha convertido esta bandera en uno de los logos al servicio de su imagen de marca, como decimos en el s. XXI. En fin (suspiro). 


El casco antiguo de Dijon no es muy grande y es totalmente llano, de modo que se puede recorrer con toda comodidad. Esta ciudad, tiene un aire provinciano que le aporta muchísimo encanto a sus calles limpias y bien trazadas, donde los edificios son de piedra caliza y abundan los comercios tradicionales, como de tiempos pasados. La gente no es tan glamourosa como en la opulenta Estrasburgo y está bastante más mezclada, de hecho lo que me cruzo es la amalgama habitual de clases sociales y razas propia de una sociedad mestiza de nuestros días. Vuelvo a la normalidad, donde no se me van a pegar malas mañas de niña pija. Menos mal, si no voy a volverme intratable.  


En Dijon, el ayuntamiento ha diseñado un recorrido que traza en la acera la dirección que se debe seguir si se quieren ver los principales monumentos. Se llama el Parcours de la Chouette, o recorrido de la lechuza, y es fácilmente identificable porque consiste en unas pequeñas placas triangulares de metal dorado en forma de flecha, con una lechuza grabada, incrustadas en el pavimento. Siguiendo esta ruta urbana, me voy encontrando con lo siguiente: 


Porte Guillaume (1788)

Palais Grangier

Rue de la Liberté.place F. Rude

Palais des Ducs et des États de Bourgogne

Place de la Libération 

Notre Dame

Hôtel de Vogué

Grand Théâtre

Église de Saint Michel

Bibliothèque Colette

Palais de Justice

Théâtre à Dijon Bourgogne

Saint Philibert 

Cathédrale Saint Bénigne 


Curiosidades que veo paseando por Dijon: 


Hay un jardín y un barrio que se llama Darcy. Nada que ver con Mr Darcy, el pretendiente de Elizabeth Bennet en Orgullo y Prejuicio. El nombre se lo pusieron para honrar a Henry Darcy, que nació en Dijon y se dedicó a conseguir que el abastecimiento de agua potable llegara a las ciudades con métodos modernos, en pleno s. XIX. 


Las alcantarillas aquí llevan un mensaje en la tapa: “Aquí comienza el mar. No tires nada dentro”. Dijon está junto al río Ouche pero no da al mar, sin embargo el mensaje me parece acertadísimo para concienciarnos a todos.  


Me encanta el ambiente de la rue des Forges y de la rue de la Liberté. En esta última, la maison Maillard de 1560, tiene una preciosa fachada barroca. 


En la Place de Rude hay un precioso tiovivo retro, boutiques dedicadas a la mostaza de varios colores, y una casa con entramado de madera pintado en rojo. Algunas tiendas ofrecen talleres de elaboración de mostaza, y otras ofrecen realizar una mezcla personalizada para su clientela. 


La catedral es originalísima. A otros templos de Dijon (donde hay tantos campanarios) les quiero encontrar un aire al gótico catalán en algunos detalles. 


Frente Celier St Bénigne, en la plaza del mismo nombre, es un antiguo edificio, hoy restaurante, que antaño acogía los vinos y productos de la huerta del monasterio de enfrente. 


Veo casas muy antiguas deslavazadas e inclinadas en la rue Monge, frente a la Académie de Dijon.


Pese a la lluvia y al viento, ya está colocada la decoración navideña en las calles. En Estrasburgo habían puesto hasta el árbol, un enorme abeto que requirió una gran grúa para instalarlo. Por qué, oh por qué la Navidad empieza antes cada año? 


La preciosa Place de la Libération tiene forma semicircular, y en su parte recta está el Palacio Ducal. Por las noches (tardes, más bien, aquí ya oscurece a las seis) el palacio está iluminado de un llamativo tono rosado. Hay una terrazas muy agradables en esta plaza.


Justo al lado está el Museo de Bellas Artes, junto a uno de los patios del Palacio Ducal. En la entrada hay una estatua obra de de Henri Bouchard en 1911, que representa a Claus Sluter, escultor e imaginero de los antiguos duques de Valois y Borgoña. Al lado hay una bonita escalera cubierta renacentista en piedra. 


El Palais Robert Badinter me parece precioso, con su marquesina exterior en piedra, mezcla de arquitectura gótica y renacentista. Ahora es el Palais de Justice, pero fue el antiguo palacio de las cortes borgoñonas.


La Iglesia de S Miguel, con su llamativa fachada renacentista y que según leo ha sido votada la más hermosa de Francia… no me gusta, qué le vamos a hacer. Es que en un país con tan bonitas iglesias y catedrales hay mucha competencia para ganar el concurso de belleza pétrea… Afortunadamente para todos yo no tengo voz ni voto para conceder honores. Me temo que la liaría parda. 


En la rue Verrière y alrededores se encuentra el barrio de los anticuarios, con su ambiente peculiar y todo el encanto de otros tiempos con el plus de un buen gusto exquisito. Me pierdo por allí un rato, no demasiado largo porque tampoco es muy grande. 


En una plaza hay un recuerdo a Garibaldi, con su busto colgado de un muro y arropado con un pañuelo de tela rojo anudado al cuello. “Defensor de Dijon y de la libertad”, pone. 


El convicto Sarkozy acapara las portadas días después de su encarcelamiento: unos titulares le compadecen y le victimizan, otros le acusan y le vejan, dependiendo de la línea editorial de la publicación. A mí lo que más me gusta son las revistas del corazón, que se centran en Carla Bruni, su mujer. Pocas veces se les presenta la ocasión de mostrar un romance de personajes ilustres que se ven jurándose amor eterno con rejas de por medio.


El último Astérix (Astérix en Lusitanie) comparte el espacio con el ex-presidente en los escaparates. Yo pensaba que ya no se publicaba nada nuevo sobre estos simpáticos galos que resisten al imperio romano, pero por lo visto siguen en la brecha. Francia intentando plantar cara a los nuevos tiempos, reverdeciendo viejos laureles desde su aldea? Me temo que van a hacer falta muchas dosis de la pócima mágica de Panoramix para eso… 



BESANÇON


De todos los destinos posibles para pasar un día en los alrededores de Dijon, escojo Besançon. Esta ciudad está a sólo una hora en tren, lo que me permite recorrerla no en plan maratoniano, sino con calma, que por su tamaño e importancia se lo merece. Por falta de tiempo y de presupuesto, me quedo sin ver otras ciudades importantes de Borgoña, como Auxerre, Cluny y Beaune, esta última punto de partida de las rutas del célebre vino de la zona. C’est la vie! 


Debo esperar una hora a que salga mi tren en la estación de Dijon Ville, y la aprovecho para intentar solucionar un grave problema de conexión que viene arrastrando mi móvil, una herramienta imprescindible para, entre otras cosas, buscar las rutas, reservar los alojamientos y los billetes de tren. Yo me las doy de independiente y me engaño creyendo que voy por libre, pero la verdad es que dependo de Miss Google como un bebé de su mamá, y ella lo sabe, por eso me lleva de la manita. Cosas del s. XXI. El caso es que necesito impepinablemente actualizar el sistema operativo de mi móvil, y el wifi de mi hotelito es, siendo amable, voluble como una mariposa que se posa un instante para retomar en seguida sus aleteos. Lo atribuyo a los gruesos muros de piedra de la casa, y también a que deben de tener contratada la tarifa más barata del mercado. 


Me veo obligada a descargar la actualización en otro lugar, y la estación es ideal, porque la SNCF ofrece puntos de carga y una hora gratuita de internet en todas sus estaciones. Mientras espero que se complete el arduo proceso, tengo la desgracia de coincidir en el vestíbulo de espera con una niña a la que le gusta mucho tocar el piano, pero sólo desde un enfoque meramente mamporrero, es decir, que hunde sus deditos entre las teclas sin otro propósito que el de maltratar nuestros tímpanos sin piedad. Ni ella ni su madre conocen el remordimiento, ni el solfeo tampoco. La tortura dura exactamente hasta pocos minutos antes de que salga mi tren. Qué matraca, mecag…cachis con el divinito tesorito. 


Entretanto, el día ha cambiado de talante y sale el sol entre las nubes. Menos mal, porque eso me garantiza una pisada en seco sobre la enorme acumulación de hojas caídas, tan peligrosas como patines en un pavimento mojado. Ha hecho mucho viento estos últimos días, y los árboles ya empiezan a estar pelones. 


Ya en Besançon, me entero sobre la marcha de que Victor Hugo nació aquí a principios del s. XIX. También leo que Colette pasaba temporadas en su villa de Montboucons durante la Belle Époque, de modo que se trata de un sitio con regusto literario. Me alegro de haber escogido a ciegas este lugar, pero mucho más cuando empiezo a recorrer sus calles…. Resulta ser una preciosa ciudad blanca, porque las fachadas son de piedra caliza de un tono muy claro, y los pavimentos también. Parece la versión gala de Dubrovnik, salvando las distancias por ambas partes. 


Desde la estación de Viotte, se entra en el casco histórico de Besançon atravesando un parque en una colina rematada por una de las antiguas torres defensivas, cubierta de hiedra rojiza. El barrio que lleva hasta el río Doubs se llama Battant, y está poblado por inmigrantes de varias generaciones. Flota en el aire un intenso olor a curry. Me cruzo muchos borrachos de varias razas, y algunas personas que van gritando incoherencias. Luego en el centro veo muchos carteles en ventanas y balcones: “On veut dormir la nuit, queremos dormir por las noches”. Muchos pisos por todo el casco antiguo están puestos a la venta. Algún malestar recorre estás calles, que sin embargo son muy bonitas y resultan muy alegres, porque las calles y las casas son de piedra caliza de tono muy blanco, con ventanas de medio arco rematadas en un pico muy acusado, a la veneciana.


A orillas del río encuentro una antigua sinagoga al más puro estilo fantasía oriental. No sé por qué motivo los judíos ricos que encargaban la construcción de sus sinagogas en el s. XIX escogían siempre este estilo, todo cúpulas y adornos exóticos, que a mí me recuerda más a una película del Hollywood en technicolor de la posguerra, una de Sabú por ejemplo. Seguro que no me entero de nada y que escogían estas fantasías por algún motivo concreto que desconozco. 



Cruzo el puente sobre el río Doubs. Las aguas son amarronadas y su fuerte corriente arrastra algunos troncos a gran velocidad. 


Veo otro cartel: “Franche Comté autonome!” Le pregunto a Miss Google, y me cuenta que esta región del Franco-Condado quiere separarse de su vecina Borgoña, ya que están unidas por esas cosas de la división territorial administrativa del estado francés, pero consideran que tienen identidades y características diferentes. Me recuerda a nuestra Castilla y León. En todos lados cuecen habas. 


Busco la casa de Victor Hugo. La calle que me lleva hasta allí serpentea, y cuando al final la veo me convenzo de que el niño Víctor nació en una familia pudiente. Efectivamente, su padre era un general del ejército napoleónico, al que José I hizo conde. El pequeño Víctor nació en Besançon porque era donde estaba destinado su padre, y pasó parte de su infancia en Nápoles y … en Madrid, por el mismo motivo. Víctor Hugo recordaba en sus escritos detalles de su infancia madrileña, y hay una placa en la calle del Clavel, junto a Gran Vía, que recuerda dónde vivió. Estudió en los Escolapios de San Antón, que los invasores franceses convirtieron en colegio de nobles para los hijos de la aristocracia desplazada a la corte de José I Bonaparte.


Frente a su casa de Besançon se hallan también los restos del Teatro romano de Vesontio, que en la Edad Medía fueron anexados al baptisterio de una iglesia, derruida más tarde. Un arqueólogo los descubrieron en el s  XIX y diseñó un pequeño jardín para exhibirlos. 


Por todas partes hay carteles que te dirigen a la Ciudadela, Patrimonio de la UNESCO. Me prometo que no voy a subir porque estoy muy cansada… y al poco rato ya estoy subiendo las escaleras para ascender por la empinada colina. Llego arriba falta de aliento pero llena de expectativas, y las vistas no me defraudan, porque desde arriba se ve todo el casco antiguo de Besançon. Esta fortificación forma parte de las llamadas “de Vauban”, ingeniero que construyó 12 en total por distintos lugares de Francia. Las mejores vistas se obtienen subiendo por una escalerilla a lo alto de un lienzo de muro llamado La media Luna del Fuerte Saint Étienne, que protege la entrada a la Ciudadela en forma de punta de lanza.  


La bajada es más complicada, porque la pendiente es fuerte. Hay un reloj astronómico en una iglesia cercana, pero no entro a verlo. Prefiero darme un paseo por los pintorescos callejones empedrados que van bajando hasta el río. Hay muchas consultas de médicos por esta zona. No sé si he mencionado antes que en Francia muchas consultas de médicos que ponen una placa en la fachada de su casa, añaden a su especialidad médica…. la de la hipnosis. Por ejemplo: sexologogía/hipnosis. Me parece una combinación muy intrigante, como poco. 


El Palais Granvelle es un precioso palacio renacentista con tejas de azulejos de colores formando rombos. Alberga el Museo del Tiempo, donde hay una exposición de los Años Locos del s XX. Cien años después, estamos todavía más locos, pero nos divertimos mucho menos…  En el pasadizo que da entrada al patio porticado, un músico callejero toca un instrumento medieval muy curioso, una especie de ukelele que se toca con un arco. Le consulto a la sabelotodo de Miss Google, y me responde que se llama fídula. 


En el jardín trasero de este palacio, que es un parque público, hay una feria infantil. Tienen un puesto de churros, y decido probarlos por curiosidad malsana, a ver cómo se las apañan los franceses con la masa y el punto de fritura. Pero se cruzan en mi camino las crêpes y no me puedo resistir a pedir una con un chorreoncito de grand marnier. Es un pecadillo, y por ese camino poco a poco cada vez me está más estrecha la ropa. En fin, “Hoy comamos y bebamos etc”. 


Mientras degusto la crêpe y paso ante las atracciones de la feria infantil… Veo una estatua en mármol del gran hombre, la gloria local y también universal, el mismísimo Víctor Hugo, sobre un alto pedestal con una inscripción que cita un fragmento de sus “Hojas de otoño”, donde cuenta que nació en Besançon, “vieja villa española” (el Franco Condado fue español en tiempos de Carlos V).  El escultor le ha representado sentado, al estilo de todo un senador romano … y desnudo de cintura para arriba. El resto se lo han tapado con una túnica patricia bien arropadita por los riñones. La postura elegida no es muy afortunada, porque está recostado con un codo posado sobre el respaldo del asiento, lo que le aporta una actitud que se pretende contemplativa pero que resulta algo chulesca. Y algo más, un matiz circunstancial… porque  los feriantes han colocado las camas elásticas de los niños pequeños justo frente al amigo Víctor. Y su mirada pétrea se posa con mucha insistencia en las criaturas que saltan y rebotan por los aires, con las piernecillas colgando de sus arneses, justo delante de sus narices (literal). No sé si soy yo, con mi mente de cloaca, la única que percibe algo un pelín turbio y equívoco en esta escena. Probablemente sí. 


A la hora de coger mi tren para volver a Dijon, la céntrica Place 8 Septembre está animadísima. La gente pasea, hace sus compras, se reúne a charlar y se sienta en las terrazas, todo ello sin asomo de prisa alguna. La vida provinciana en estas ciudades francesas de mediano tamaño tiene aparentemente ese ritmo pausado de antaño, que ha desaparecido de las grandes urbes. Claro que yo no he visto cómo es la hora punta aquí en Besançon. 


Al día siguiente me marcho a Lyon, donde pasaré unos días para cubrir otra de las últimas etapas de mi viaje. 



26.10.25

ESTRASBURGO

 ESTRASBURGO


En este recorrido por Europa, que ya va perdiendo velocidad porque se aproxima a su final, me salto de nuevo un país completo (no es el primero ni el último, hay que economizar tiempo y medios). No entro en Suiza porque mi memoria, que anda muy perjudicada y es selectiva, resulta que sorprendentemente recuerda muy bien un viaje escolar muy completo de diez días en el que le dimos la vuelta, y sólo nos quedaron por ver los cantones italianos. Tengo muy buen recuerdo de aquel viaje, donde hice dos amigos del alma portugueses de los que nunca más he oído hablar y donde remamos en lagos, rodamos por praderas, subimos hasta un glaciar (aunque luego la niebla nos saboteara la excursión) y tuvimos nuestras correrías por albergues híper sofisticados, en los que había un sensor de rayos infrarrojos a la altura de la pantorrilla por los pasillos, para imponer un orden nocturno, lo que no impidió que apareciera un romeo en el cuarto de las chicas, en busca de un arrumaco con su amada, con todo el torso lleno de pelusas, porque se había ido arrastrando por debajo del rayo rojo. Luego apareció el cura a buscarlo y lo escondimos debajo de la litera, como en las mejores comedias… qué tiempos. Vuelvo pues a entrar en Francia por Alsacia, y pretendo atravesarla bajando hasta Borgoña, haciendo una parada en Lyon, ciudad interesantísima que dejé para el final del viaje, y desde allí seguiré hasta Bretaña y Normandía. Lo más probable es que coja un avión de vuelta ya desde París. Veremos. 


Mi viaje en tren desde Munich a Estrasburgo no es muy largo pero resulta un poco accidentado, porque debo hacer un transbordo en Stuttgart, y tras una guerra de nervios a contrarreloj llego allí con un retraso tan grande, que casi pierdo la conexión. Rodamos por el andén Doña Resilia, que está ya muy gordita, y yo, que en este viaje me he puesto más rolliza de la cuenta y ya he aumentado una talla. Consigo subirme, con sólo un par de minutos de margen, al tren que me va a sacar de Alemania para llevarme a Francia. Debo decir aquí que tanto las estaciones como los trenes alemanes no son tan eficaces como nos podríamos figurar de antemano, si atendemos al tópico. De hecho, exceptuando la central de Berlín, las estaciones alemanas están entre las más sucias y caóticas de todas las que he visitado. Pero lo compensan con un excelente trato al cliente, tanto en ventanilla como online, al menos esa es mi experiencia. En este caso de Stuttgart, me han avisado en todo momento, vía email, del retraso y de los cambios de andén de última hora, cosa que les agradezco, porque así Doña Resilia y yo corríamos… pero al menos sabíamos perfectamente hacia qué andén en concreto, y con cuántos minutos contábamos para no perder el segundo tren. 


Cuando calculo que estamos a punto de pasar la frontera, consulto por dónde vamos a Miss Google Maps… justo en el momento en que atravesamos el Rhin. Me entero así, ignorante de mí, que este río es la frontera natural entre los dos países (siempre he estado pegada en conocimientos de geografía, por falta de atención y por mala memoria). Cuando pasamos a Francia, experimento un alegrón espontáneo: es el reencuentro con mi vieja y querida amiga tras muchos meses, y aunque por lo que veo parece que sigue tan estupenda como siempre, sé por la prensa que no es así, que está pasando un mal momento que ya le viene durando demasiado tiempo. Aaah douce France / le pays de mon enfance… qué te han hecho los políticos que te tienen así de cabreada, con un déficit que no saben dónde esconderlo y un desfile constante de primeros ministros dimitidos, las calles ardiendo de descontentos varios, un tic tac inquietante en las banlieus y… la extrema derecha llamando a la puerta. 


Nada de esto se evidencia en el casco antiguo de Estrasburgo, capital del departamento francés del Bajo Rhin, en Alsacia, donde todo es eficiencia y pulcritud, los ciudadanos van elegantemente vestidos, son corteses y están de buen humor, y la hostelería es de ensueño. Aquí el nivel de vida se adivina que no está nada mal, pero claro, es que esta preciosísima ciudad es seguramente la excepción de la regla. Es una plaza de gran peso y significación para este país, puesto que no sólo es una sede de la UE, sino que su puerto fluvial sobre el Rhin es el segundo en magnitud, además es un centro diplomático y cultural de altísimo nivel, tiene una prestigiosa universidad que es la segunda en importancia, una bolsa propia y, por si todo esto fuera poco, es la segunda plaza bancaria de Francia. Estar rozando la frontera en la orilla del río más transitado de Europa tiene estas ventajillas…. lástima que también tenga inconvenientes, como que la frontera cambie continuamente de sitio y la ciudad pase a ser la farsa monea / que de mano en mano va / y ninguno se la quea. 


Con los dedos de una sola mano no se cuentan las veces que ha cambiado de nacionalidad esta ciudad, lógicamente muy disputada por estar en la orilla del Rhin. Hasta la Guerra de los Treinta Años fue una ciudad germana, y de hecho jugó un papel importante en la Reforma Protestante alemana, pero el francés Luis XIV conquistó Alsacia a finales del s XVI, y ahí empezó el baile… quítate tú que me pongo yo, y así hasta seis veces en total (de momento). Menudo mareo el de esta gente, yo creo que deben de tener problemas identitarios pero también la ventaja de vivir una doble vida sin que nadie les pueda reprochar ya nada a estas alturas. Recuerdo haber visto un documental sobre un programa gubernamental franco-alemán para fomentar la amistad entre sus pueblos, y me impactó el testimonio de un hombre que contaba que su abuelo se había pasado de bando (dos veces!) en la Segunda Guerra Mundial, y conservaba los dos uniformes en casa. Estrasburgo ejemplifica la voluntad de cooperación entre los pueblos europeos porque, precisamente, es un lugar único que ejemplifica la reconciliación entre dos antiguos enemigos que se han destrozado mutuamente una y otra vez en el pasado. Por cuánto tiempo más durará este happy ending, con la frontera disputada colocada ahora mucho más al este … nadie lo sabe.


El hecho es que vuelvo a Francia y es un poco como regresar a  terreno conocido: para empezar, entiendo un porcentaje de lo que dice la gente. Luego, las costumbres y los horarios se asemejan mucho a los nuestros, por ejemplo las sobremesas con charlas animadas y risotadas. Los franceses caminan por la derecha en las aceras, como nosotros (en muchos países me he encontrado con que lo hacen al contrario). Los supermercados galos ponen a la venta comida de verdad, como la nuestra, no esos envases que contienen comiditas de mentirijillas como me he encontrado en algunos lugares de Europa. Entro en un Auchan, en un Carrefour, o incluso un Monoprix, veo a lo lejos un Leclerc, y salivo de la emoción. Por no hablar de las boulangeries, épiceries, boucheries, fromageries, pâtisseries, salons de thé, bistrots, brasseries y… los vignobles. Sale de todos estos establecimientos un olor a gloria bendita que te transporta a otra dimensión. Yo no tengo demasiado olfato ni un paladar refinado, pero me he tenido que salir de alguna calle que otra en este viaje porque no podía soportar más los efluvios de fritanga, barbacoa, kebab, vinagre, ketchup y curry combinados. El contraste es brutal con estos pueblos alsacianos, que cultivan el tipismo y el cuquismo también en lo gastronómico. 


Mi alojamiento está en la Petite France, en la rue du Puits (calle de los pozos), casi en semiesquina a la iglesia protestante de Sto Tomás. El hotelito se llama Patricia. Nada más entrar es evidente que la casa es del año de la tos. Le pregunto a la jovencita que está en la recepción y me lee una chuleta que tiene escrita, se ve que de vez en cuando le hacen esta pregunta. Me dice que la casa es del siglo XVI y que en su día fue un beaterio protestante fundado por una mujer muy devota llamada Patricia, de ahí su nombre. Efectivamente, Miss Google me lo confirma pero me amplía la información: antes de que la familia local Kettener fundara el beaterio en el s XVI, había aquí otra casa, sobre la que se construyó esta. La primera casa se llamaba Zum Erlin, porque en ella vivió Johann Erlin, uno de los arquitectos en el s. XIV de la iglesia de Sto. Tomás, que está como he dicho prácticamente a la vuelta. Luego en el s XVI construyeron esta casa, en la que Frau Patricia Kettener montó su comunidad de señoras devotas que vivían aquí semi retiradas, dedicadas a orar y supongo que a algo más. Y más tarde, en el s XIX, quien habitó la casa fue un alcalde de Estrasburgo, Émile Kuss, justo en los tiempos convulsos de 1870 en que, a resultas de la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana, Estrasburgo pasó de manos francesas a manos alemanas. Leo que monsieur Kuss se aplicó a fondo para defender su ciudad del asedio enemigo, y cuando tuvo que capitular mantuvo un comportamiento ejemplar para que el ejército ocupante le ayudara a socorrer a los heridos y a reconstruir la ciudad. Su muerte fue tremenda: cuando se enteró, a los pocos meses, de que la Asamblea Nacional francesa había decidido entregar la Alsacia y la Lorena a Alemania, le dio un cuco al corazón y se quedó en el sitio. Tó pá ná, hubiera puesto yo en su epitafio, pero en francés, claro. O mejor, en dialecto alsaciano: Alles des für nix. (Gracias, Miss Google, qué haría yo sin ti). Estrasburgo fue liberada de la ocupación del Tercer Reich por el general aliado Leclerc, quien tiene una avenida en la esquina de mi hotelito.


Me hace especial ilusión ocupar una habitación en un lugar tan cargado de historia… sólo que aquí en el casco antiguo de Estrasburgo eso no tiene nada de extraordinario, porque pese a todas las guerras y revoluciones que han pasado por aquí, abundan las casas de estos siglos pasados, y además están muy bien conservadas. Los solados y escaleras de mi hotel son sin lugar a dudas los originales, y cuando subo cruje la madera como hace 400 años. El hotelito está semi vacío, pero ni las beatas ni el alcalde manifiestan ninguna presencia espectral por las noches. Yo no creo en fantasmas… a menos que haya visto una película de miedo recientemente. 


Notas desordenadas: 


- Me encantan las estaciones de ferrocarril. La de Estrasburgo es especialmente llamativa, porque el edificio original de mediados del s XIX ha sido cubierta por entero con una inmensa campana de acero y cristal, dándole el aspecto de un invernadero. 


- Me dirijo a la catedral de Nôtre Dame, que ofrece estos días un atractivo espectáculo multisensorial en su interior… pero no quedan entradas hasta finales del mes que viene. No importa, porque el espectáculo multisensorial es verla tal cual, sin música y a la luz del día. Veo la impresionante fachada y la preciosa columna de los ángeles, y el reloj astronómico, dos proezas técnicas en su época. Leo en las cartelas que en el estatuario del tímpano exterior aparece Jesús en el infierno, acompañado de Adán y Eva, justo antes de su resurrección. Primera noticia a mis oídos, pero claro, es que los tiempos en los que estudié el catecismo quedan lejanos, hace ya medio siglo…. seguro que las monjitas me hablaron de esto, y lo he olvidado. Leo también que las vidrieras no fueron destruidas en los bombardeos de la guerra porque los nazis, que habían recuperado Estrasburgo para Alemania, se los llevaron, de modo que en la posguerra fueron devueltos a Francia intactos. Con una excepción: me quedo prendada de una vidriera que ha sido reconstruida modernamente, y en vez de imitar el emplomado clásico de pequeños vitrales independientes que relatan una historia bíblica, han innovado y construido el rostro de Cristo en un enorme primer plano, formado por rostros anónimos, que llena todo el ventanal. Se me antoja subir a la torre para poder contemplar desde arriba todos los tejados a dos aguas de estas casitas de cuento alsacianas… sin informarme previamente de que esta puñet… bonita torre fue hasta el s XIX la más alta de toda la cristiandad. Para cuando llego arriba me creo seriamente enferma y necesitada de atención urgente. No soy la única porque todos, jóvenes y mayores, llegan a la plataforma echando los bofes, aunque los hombres intentan disimular todo lo que pueden. Las maravillosas vistas nos recompensan, con el premio añadido de que podemos entrar en la casita que se construyó en siglos pasados para que los campaneros y relojeros no tuvieran que subir y bajar semejante altura, por lo que se instalaron allí arriba. 

- La bajada es mareante y mis pies me piden clemencia, así que, en contra de mis costumbres, en vez de pasear por mi cuenta, prácticamente me arrojo sobre el asiento del consabido trenecito turístico, con musiquita y audio en varios idiomas. Luego me alegro, porque me da muchas ideas para pasear cuando las piernas ya me sostienen de nuevo, aunque al día siguiente aún estoy convaleciente. Estoy mayor. 

- Hay, haciendo esquina en la plaza de la catedral, una casa de entramado de madera ya muy oscurecido, que data del 1427 y se llaman Kammerzell, que es la más antigua del lugar.

- También en la misma plaza hay una casa con columna esquinera bastante pegada a la fachada. Los burgueses de la villa medían ahí sus gorduras, vendrá de ahí lo de barriga cervecera (de cerveza alsaciana?).

- En realidad, hay tantas casas del renacimiento con entramado de madera en su fachada, especialmente en el barrio de la Petite France, que es difícil decantarse por alguna para señalarla, aunque la que más fama tiene es la de los Tanneurs o curtidores, que data de 1572, que está junto al río Ill, afluente del Rhin, para que la corriente se llevara los restos digamos impuros de los animales despellejados, y que tenía el piso superior bien aireado para que se secaran las pieles antes de tratarlas. Que nos gusta mucho usar artículos de piel y cuero, pero preferimos ignorar todo el proceso de fabricación porque nos da mucho asquete. Aparte de curtidores, también había pescadores, molineros y artesanos en este precioso barrio Patrimonio de la UNESCO, que nos permite viajar varios siglos atrás en el tiempo con sólo un cierto paseo. 

- Pruebo una de las especialidades locales, el pan d’épices o pan especiado, que lleva avellanas, miel, especias como el jengibre y no sé cuántas cosas más. Desgraciadamente está riquísimo y no sé controlarme, porque me como la bolsa entera de una sentada. Pero me consuelo pensando que la grasa corporal me protege del intenso frío que hace por estas tierras. 

- Por la calle oigo hablar tanto francés como alemán. No sé si se trata de alemanes que han cruzado la frontera para trabajar, pasar aquí el día y hacer sus compras o acudir a algún entretenimiento, o más bien se trata de hablantes bilingües. En Alsacia se ha la un dialecto del alemán con muchos préstamos del francés, un pidgin llamado alsaciano. 

- El llamado barrio europeo no lo visito, porque literalmente no me da tiempo, y además ya he visto el Tribunal de Derechos Humanos y el Parlamento Europeo en los telediarios. Sí que me doy una vuelta por el barrio alemán, denominado así porque, en una de las épocas en las que Alemania recuperó Estrasburgo, en ell s XIX, los hermanos quisieron convertirla en una gran urbe de su imperio, tal como correspondía a la importancia de su puerto. Y construyeron un enorme barrio lleno de edificios oficiales estantes y también de casas particulares estilo historicista y Jugendstil o modernista. Por allí aún quedan grandes avenidas, glorietas ajardinadas muy bonitas y mucho pijerío. 

- Los puentes cubiertos se llaman así porque formaban parte de una fortificación defensiva que protegía la villa de los ataques por barco, al estar cerca de una presa sobre el río Ill. Tenía cinco torres, de las que quedan sólo cuatro. Los puentes ya nonestán cubiertos por un tejado, pero a lo alto de la dietificación se puede subir para tener excelentes vistas. En uno de los puentes hay una curiosa casita, que está en una pequeña isla del río, y a la que se accede por una pasarela cubierta por una pérgola (sólo que está cerrada).

- El paseo del muelle Quai del Bateliers es de los más bonitos de la ciudad. 

- Las plazas Klebber y Gutemberg son de las más animadas de Estrasburgo. Aún no han puesto sus famosos mercadillos navideños, pero ya están calentando motores con la iluminación y la decoración de escaparates. Una tarde que paso, están plantando un abeto gigantesco que supongo que irán adornando poco a poco. Entretanto, en tiendas y bares todo está lleno de cadáveres sanguinolientos y de telarañas y murciélagos porque la semana que viene llega el dichoso Halloween. Los franceses tienen su fiesta tradicional de Toussaint, como nosotros la de Todos los Santos (Tosantos en Andalucía). Pero ni todos los santos del santoral intercediendo a la vez pueden impedir que Hollywood nos coma el coco, así que lo que prima son las calabazas y las brujas. En fin. 

- Veo, al pasar por delante de la sede del periódico local DNA, que anuncian un número dedicado a recordar La línea Maginot, una fortificación armada que en la Segunda Guerra Mundial sirvió para cerrar el avance alemán por el noreste, y que pasaba en buena parte por Alsacia. Era tan impenetrable que los alemanes no la podían atravesar, hasta que encontraron un punto débil que estaba poco defendido, y por ahí pasaron a Francia desde las Ardenas, en Bélgica. Los restos de esta reliquia de hace más de 80 años se conservan en algunos pueblos de Alsacia, restaurados por entusiastas de la historia militar que no quieren que lo que pasó quede en el olvido y se lo muestran a las nuevas generaciones. 


Aprovecho estos días fríos, lluviosos y ventosos en Estrasburgo (aunque mi flor cular se ocupa de que por las tardes haya un ratito de sol) para visitar algunos pueblos típicos alsacianos que están a poca distancia en tren. Todos tienen su río canalizado, sus casas tradicionales de entramado de madera, pintadas de varios colores, con empinados tejados a dos aguas y buhardillas, su plaza del mercado, sus iglesias góticas (una católica y otra protestante) y su ayuntamiento renacentista con doble escalera elevada y torrecillas en aguja. Hay flores, muchas flores. Y tiendas que han puesto junto a la puerta una mesita y dos sillas de jardín en acero, han preparado con mimo unos escaparates muy elaborados y unas decoraciones muy cuidadas por toda la fachada, para atraer a la clientela. Todo con una temática rústico-cuqui a cuadros  rojos y blancos que todos sabemos que es impostada, pero no nos importa porque nos gusta una barbaridad. A las cosas bonitas y agradables, para qué ponerles un pero que acabaría con la magia? Viva la Alsacia y sus alsacierías, afirmo. 


De estos pueblos destaco sólo algún detalle que otro, que mañana madrugo mucho para coger el tren a Dijon. 




MULHOUSE


Esta ciudad dedica una plaza a los evadidos, la Square des évadés de guèrre. 

En la Plaza del Mercado, el ayuntamiento renacentista tiene una doble escalera con un remate central en forma de pequeña torreta con tejadillo. La fachada está decorada con esgrafiados, en este caso son trampantojos. Una combinación de figuras geométricas imitan columnas y ménsulas, y otras simulan un volumen en tres dimensiones para hacernos creer que cuelgan bajorrelieves y esculturas en donde solo hay un fresco pintado en dos tonos y dos dimensiones. Luego veré que este tipo de edificio tan particular se repite en algunas localidades de Alsacia. 

Precisamente estoy intentando fotografiar esta fachada, cuando un operario que lleva un mono me pide muy cortésmente que me aparte porque va a pasar un coche (la plaza es peatonal). Veo que en su mono pone Ferrari. Y efectivamente, pasa un coche deportivo rojo de esta marca, bastante despacito debo añadir, y dentro van una pareja de jóvenes indios. El resto de la familia les espera en la plaza con los móviles preparados para inmortalizar el momento. Todos van emperifollados, y me pregunto si se trata de una boda, pero no… los novios, o lo que sean, que van en el coche saludan como si fueran famosos mientras pasan por esta especie de photocall familiar motorizado. Ella está muy guapa y va vestida a la occidental. Luego se van todos, y a mí me queda la duda de si habré presenciado una especie de rito de paso en el que una joven pareja se puede permitir comprarse un cochazo, y quiere que todos sus seres queridos presencien el estreno…. O si en cambio todo es una pantomima para enviarles el vídeo a los parientes de la India, y contarles que los que han emigrado a Europa tienen el mismo nivel de vida que las estrellas de Bollywood. Nunca lo sabré. 

Veo en una confitería el dulce alsaciano Beraweka, que tiene el aspecto de un plum cake pero con una masa muy oscura y compacta. El precio de una porción te paga una comida completa en otro lugar del ancho mundo que no sea este. El típico Kugelhof, que parece un panettone con pasas pero más compacto, me quedo sin probarlo. Mi estómago a estas alturas del viaje ya ha digerido todo tipo de masas y está un poco harto de tanto ajetreo.

Paso por delante de la casa donde pasó su infancia el capitán judío Alfred Dreyfuss, cuya condena por alta traición, destierro y posterior rehabilitación constituyeron un feo escándalo que pasó a asunto de estado en la Tercera República. Desgraciadamente estas cosas pasan muy a menudo, en toda época y lugar. 


COLMAR


El casco antiguo de esta ciudad, capital del departamento del Alto Rhin, es una maravilla. El barrio llamado de la Petite Venise, por estar asomado a un canal, es de los rincones más lindos que tiene Alsacia, y en consecuencia está lleno de turistas, la mayoría cruceristas de la naviera Viking. Hay que guardar turno para hacer fotos, y es uno de los pocos lugares masificados que he encontrado en este viaje. No importa, ha salido el sol y todo luce esplendoroso. 

Doy un gozoso paseo por la calle de los Mercaderes, la plaza de la Aduana y otros rincones. Tanto me gusta Colmar que atraso la vuelta en tren a Estrasburgo para pasar aquí el doble del tiempo que había previsto. Hay tanto edificios hermosísimos que no acabaría de hacer el listado. Aparte de la Aduana, una casa abadía para protestantes con arcadas del s XVII llama mucho mi atención. 

Descubro que los que optan por recorrer el canal en barca, deben agacharse hasta literalmente tumbarse para pasar por debajo de algún puente. 

En una bocacalle, me topo con el Domaine Karcher, una bodega que explota el mismo. Ileso familiar desde 1602, que se dice pronto. El precio de los caldos alsacianos de me va de presupuesto, así que me conformo con ver los envases y meterme en las tiendas especializadas, que están llenas de asiáticos. Recuerdo que, en la semana que pasé en Venecia con la excusa de estudiar italiano, mi compañera de piso era japonesa, y todas las mañanas amanecía malísima porque había bebido la noche anterior. Ahí me enteré de que los asiáticos tienen un gen modificado que limita mucho su tolerancia al alcohol. Sin embargo, estos ciudadanos de ojos rasgados, de dondequiera que sean, compran felices litros y litros de vinos, crémants (un espumoso) y licores. Imprudencia? Consumismo? No sé.

Hay un precioso bistró, estilo Art Nouveau y pintado de rosa, que me roba el cuore. Pero qué cursi me he vuelto, có…rcholis. Otra tienda súper-mega-híper cursi es la cadena llamada La Magie de Nöel, la magia de la Navidad, pero está no goza de mis simpatías. En su abigarrado escaparate se apiñan todo tipo de artículos que me recuerdan, juntos y por separado, por qué me enervan tanto estas fiestas. Pero en Colmar los escaparatistas se superan a sí mismos. Hay muchos peluches Papá Noelianos, entre ellos un ciervo hiperrealista tamaño natural, completo en cada detalle desde la cornamenta a las pezuñas, que vale más de 2000 euros. En el escaparate contiguo veo la versión del mismo bicho, pero con el pelo blanco. Me encantaría poder tener una charla con un posible comprador interesado en este artículo, para indagar en las profundidades de su mente y luego exclamar, como el capitán Kurtz: The horror, the horror. 

Menos mal que hay otros comercios que me alivian la angustia vital. Ahí está la épicerie española llamada “Sí, pero…” que exhibe en su escaparate una versión cañí del Halloween con abanicos, volantes y lunares. Ole y ole. Otros negocios que me hacen sonreír son: Barbería Guillotine (yo a esa no iría, por lo que pudiera pasar) y la épicerie italiana Spagna (en qué quedamos?). 

La Place de Rapp y la Sinagoga me parecen también muy curiosas, pero a estas alturas llevo ya cuatro horas andando por Colmar y no puedo más. 



OBERNAI


Me bajo del tren, y el día está muy frío y lluvioso, pero me recibe un delicioso olor a madera quemada en el hogar. También a castañas asadas, que aquí son marrons chauds y suenan más glamourosas siendo exactamente lo mismo, mire usted. Se venden en sofisticados trenecitos que simulan una mini locomotora de la Belle Époque.

Una vez más me cautivan las casas de entramados de colores, y la gran imaginación que le echan estos paisanos a sus escaparates. Hay uno que llena toda la fachada de una casa tradicional de tres pisos de calabazas de todos los colores, tamaños y formas. No sé yo si llegado el caso las venden, y espero que de ser así al menos les quiten el polvo y la carbonilla de la gasolina, porque en la calle principal de este pueblo, no sé por qué, hay tanto tráfico un domingo como en la Gran Vía. 

El edificio que más me llama de la Plaza del Mercado es el Halle aux blés, de 1554. 

En el crucero de piedra de esta misma plaza, se homenaje a Sta Odilia, patrona de Alsacia, en forma de ofrenda floral…. y con una figura de fibra de vidrio de tamaño natural, que por desgracia más bien parece un maniquí de escaparate, lo que le resta solemnidad. La santa luce pestañas postizas a la moda, va ligeramente maquillada con un rubor virginal en sus mejillas, y la tienen vestida de abadesa con toca y capa. En un detalle entrañable y terriblemente naïf, le han puesto  unos guantes, para que no pase frío.



ROLSHEIM


Me bajo en la estación, que ha pasado a ser apeadero, y me encuentro con que el casco urbano está a media hora, andando por una pista para bicicletas que a ratos desaparece y se convierte en un simple arcén. Este pueblo debe de ser precioso, pero no sigo adelante y vuelvo sobre mis pasos, porque estoy helada y no me apetece luchar contra los elementos. Espero media hora al siguiente tren. 

Me dejo por el camino pueblos que están en el listado de los más bonitos, como Colmar, pero que son por el estilo de Colmar. Por cuestiones de falta de tiempo y de cansancio no voy a Riquewir, Turckheim o Kayserberg. Y elijo uno que está más cerca y ofrece un aspecto diferente, Molsheim.  



MOLSHEIM

Este pueblo destaca por salirse de la norma de sus vecinos, y no tiene un casco antiguo donde casi todas las casas son de entramado de madera y fachadas de colores. Aquí los edificios del renacimiento son en piedra, y eso le aporta gran originalidad. 

El edificio que más destaca es el Metzig o casa del antiguo gremio de carniceros, es una preciosidad renacentista, sin tantas pretensiones como otras construcciones similares que he visto.. También hay una iglesia jesuítica, un convento de monjas agustinas y otro de monjes cartujos. 

La Puerta de los Herreros es una torre portalón de la antigua muralla medieval. 



La lluvia, que hasta ahora había sido un calabobos ocasional, arrecia. Todo está cerrado por ser domingo por la tarde. Decido volverme a Estrasburgo y descansar, que mi tren para Dijon sale temprano mañana. Estoy mayor. 







23.10.25

MUNICH

 MUNICH

Siempre me ha gustado pasear sin rumbo por lugares desconocidos, y nada me estimula más que la sensación de estar perdida. Munich es una ciudad donde perderse siempre tiene premio, y adonde sea que encamines tus pasos te encuentras con un bellísimo panorama urbano. Tras casi seis meses viajando en esta segunda etapa, confieso que el cansancio se va acumulando (estoy mayor) y cada vez alargo más las estancias en las ciudades donde me alojo para permitirme el lujo de pasar un par de días sin hacer nada especial, solamente dejarme arrastrar por el torrente humano de las calles sin un objetivo concreto ni programa previo, solamente con la intención de saciar mi curiosidad cuando avisto, allá a lo lejos, la arboleda de un parque, o una cúpula, o una callejuela pintoresca, o un rincón secreto. Me encanta ir descubriendo algunos aspectos de cualquier ciudad donde nunca he estado antes y de la que lo desconozco todo. Si es una localidad pequeña o de mediano tamaño con un casco histórico reducido, en muchas ocasiones compruebo que he visto casi todos los puntos de interés cuando, al segundo día, me da por acercarme a la oficina de turismo. En grandes ciudades con monumentos dispersos esta posibilidad se esfuma, pero en otras tengo la satisfacción de haber descubierto por mí misma dónde se encuentran los barrios más bohemios, o más adinerados, o más mestizos, aparte del centro.  No todo en la vida turística son catedrales y museos. Y en la vida del paseante, de esta paseante al menos, es habitual pasar de largo sin entrar en estos lugares de visita obligada, a menos que sean muy, muy relevantes o me llamen la atención por algo en especial. Una vez más aclaro que yo no pretendo realizar el grand tour, sólo patear las calles y empaparme de su ambiente. 


En mis vagabundeos por Munich este método, o falta de él, me permite ver casi todo el casco histórico sin proponérmelo, porque está bastante comprimido. Pero también me hace descubrir por casualidad, porque me salen al paso, bellísimos edificios, parques de ensueño, inolvidables paseos ribereños, zonas de gran animación, amplias avenidas monumentales y calles donde se aglutinan los hijos de la inmigración, los nuevos alemanes que viven apegados a las costumbres de sus mayores en auténticos guetos.


Esta es una ciudad de contrastes: por las calles, siempre animadas, veo una mezcolanza de gentes de procedencia diversa. Los grandes palacios, soportales y galerías tienen un aire italianizante que me recuerda al Piamonte, en concreto a Milán. En los monumentos de raigambre más local hay algunos del renacimiento, y otros son recreaciones decimonónicas donde predomina un estilo historicista de lo más fantasioso, como en el ayuntamiento. Por último, en las villas finiseculares se encuentra el estilo Jugendstil, y en las nuevas avenidas hay una especie de clasicismo reciente un poco impersonal.  Con todo, la mayor belleza de Munich está en sus parques, que son muchos y muy frondosos, hermoseados por el río Isar y por lagos, estanques y arroyos. Con tanta humedad ambiente, la vegetación crece esplendorosa, y ahora en otoño luce todavía más. 


Mi apartamento de alquiler está en el barrio (en obras) de la estación, en unas calles de mayoría norteafricana y turca, donde el único vestigio germánico es un supermercado Lidl cuya clientela es multiracial. De los numerosos comercios árabes nada me llama la atención, por archiconocido: los cafetines, las teterías, las barberías, los puestos de fruta y verdura, las tiendas de vestidos de fiesta horripilantes, etc. Pero sí me sorprenden  las joyerías, que exhiben ese tipo de joyones en oro que cubren todo el pecho como una malla medieval. Sara Montiel poseía un collar de piedras preciosas muy aparatoso, al que llamaba “el babero” con ese humor manchego tan suyo. Pues bien, estos collares-túnica de los escaparates superan el babero de Saritísima, de largo. Y ancho. 


El apartamento ha visto días mejores, y además no está muy limpio, salvo las toallas, o al menos eso quiero creer. La luz del cuarto de baño se apaga automáticamente a los pocos minutos, lo que convierte mi cita diaria con la ducha en una cita a ciegas, literalmente. Tengo que sacar los brazos chorreando por fuera de la cortina y realizar unos pases mágicos para que el sensor entienda que aún no he terminado, y arroje algo de luz sobre mis jabonosas tinieblas. En los armarios de la cocina no encuentro más menaje y utensilios que tres vasos de plástico desechables, menos mal que de todos modos en este viaje (y en mi vida en general) no cocino. La agencia que gestiona el alquiler se presta amablemente a proporcionarme todo lo necesario, pero a un precio extra (venga ya!). Tampoco me atrevo a abrir la ventana, porque estoy en el último piso de un edificio de uso industrial donde deduzco, por los restos que veo en el alféizar, que han anidado generaciones enteras de palomas. Principal ventaja: estoy a dos minutos de la estación ( en obras), y la Karlspltaz (en obras), una de las puertas de la antigua muralla que da acceso al casco antiguo, me queda a cinco minutos escasos. Me alojo en un barrio árabe y también turco, como he dicho, así que los letreros del McDonald’s más céntrico están en árabe y ruso. También tenemos en el barrio una réplica a pequeña escala de ese casino de Las Vegas cuyo reclamo es un cowboy hecho con luces de neón. Hay hoteles para todos los gustos (incluido el dudoso), puticlubs, restaurantes italianos y chinos, gentes de toda condición, y algunos mendigos. Ah, y obras, muchas obras que cortan el paso por todas partes. Me gusta vivir aquí porque, sea la hora que sea, hay gente por la calle. 


Siguen las acostumbradas notas, sin orden ni concierto, de detalles que han captado mi atención, con razón o sin ella:


- Lo de “mañana de niebla, tarde de paseo” mi flor cular lo lleva a rajatabla. Amanecemos con temperaturas invernales y nieblas cerradas, pero al mediodía o a primera hora de la tarde despeja, siquiera por un rato, y un sol que luce aunque no calienta resalta los atractivos de esta ciudad. 


- En esta zona se venden muchas granadas en los puestos callejeros. La proximidad con Italia? La influencia turca? 


- A la espalda de un gran parque, me encuentro paseando por el Maxvorstadt, el barrio preferido de los universitarios porque ahí están las facultades y hay muchos bares. Es viernes al atardecer, la hora de la cena de esta gente. Las calles están animadisimas y bullen con esas ganas de juerga propias de los que disfrutan al máximo de su divino tesoro. Pero solamente son las seis y media de la tarde. Me pregunto si estas mismas calles estarán ya desiertas a la hora en que los universitarios españoles hacen lo propio… 


- En la plaza dedicada a conmemorar a las víctimas del nacionalsocialismo, hay una llama eterna encerrada en una celda de piedra. Una inscripción nos pide un pensamiento en su recuerdo. 


- En la Plaza Wielsbacher hay un monumento ecuestre. Confundo al jinete con nuestro Felipe IV, hasta que constato que él y el Príncipe Elector de Baviera, el  primer Maximilian, llevaban el mismo corte de pelo, para desgracia de ambos. Pardiez que hay modas atroces.  


- Frente a la portada del Jardín de la Residenz se concentran muchos palacios barrocos. Un conserje limpia a conciencia los bolardos de piedra de la entrada a su finca, con agua, jabón desinfectante y un cepillito. Eso es dedicación y esmero. Y falta de previsión, porque hace un frío muy intenso y muy húmedo, y no lleva guantes. 


- Camino del Englischer Garten o jardín inglés, me cae encima una lluvia dorada (de hojas secas, clarifico por si acaso, porque erróneamente pienso que todo el mundo tiene una mente tan calenturienta como la mía). Se pasean muchas familias, grupos de amigos y parejas de novios. Veo algunas parejas vestidas de época haciéndose fotos sobre el follaje, no sé si será uno de esos retos virales…


Ya he explicado que no soy muy sensible al poder de la naturaleza, que por definición es sucia, contiene todo tipo de bichos que me dan repelús y encima está expuesta a los elementos cuando hace mal tiempo. La naturaleza sólo sabe atraerme en su versión más domesticada, la de parques y jardines. En ellos sí que disfrutan mis cinco sentidos, porque los recorridos no requieren un gran esfuerzo físico, y además tienen la ventaja de estar bien comunicados por transporte público. Comodona que es una. Todos los años por estas fechas me acerco en tren a mi querido Aranjuez, donde dedico una tarde entera a pasear por los Jardines del Príncipe, que ahora en otoño es cuando se disfrutan mejor.  Este año las arboledas de Aranjuez ya estarán pelonas para cuando vuelva a Madrid, pero en cambio mi buena fortuna me ha regalado la posibilidad de pasear por el Englischer Garten de Munich, que según leo es más grande que Central Park. 


Ya dentro del recinto, me entusiasma comprobar que es toda una hermosura de parque. La gente es muy respetuosa y no hace demasiado ruido. En la orilla del islote del jardín japonés, oigo caer las hojas secas con estruendo (lo juro). Hasta que dan las tres de la tarde, y empiezan a repicar las campanas de todas las iglesias de Munich, que ahogan el sonido.


Debe de haber partido del Bayern, porque muchos padres con sus hijos lucen con orgullo las gorras y las bufandas del equipo.  Me cruzo con muchos extranjeros que no parecen turistas, sino residentes, por la parsimonia con la que pasean perros y bebés, y porque no hacen ni una sola foto: norteamericanos, italianos, latinos y españoles. 


En un momento dado, se pierde la cobertura, por lo que el navegador de Miss Google se bloquea y me abandona a mi suerte. Le agradezco este ratito de libertad (vigilada vía satélite), porque me da la oportunidad de perderme gozosamente por las veredas. De este modo, encuentro algunos tesoros como un templete en lo alto de una colina, un gran lago, una torre chinesca con un biergarten y un carrusel antiguo, y algunas pequeñas villas. Cuando recupero la conexión, averiguo los nombres y la historia de todas estas maravillas.  


En el biergarten se consumen jarras de cerveza de un litro. Todo el mundo se está bebiendo una, a palo seco además. No es de extrañar la alegría de vivir que reina en el ambiente. Veo a los cuervos meterse en el mostrador donde se depositan las bandejas con las sobras, para robar alguna patata frita que otra. 


El carrusel data del siglo pasado, y ha visto girar en sus encantadores trineos y animales de madera a generaciones enteras de chiquillos. Le acompaña una música como de órgano hidráulico. Leo en la cartela que antiguamente unos hombres ocultos en el sótano hacían girar la plataforma. 


Tengo la suerte de llegar al lago Kleinhesseloher cuando el sol ya está muy bajo y se refleja largamente en el agua. Todos los que pasamos por allí Intentamos captar el atardecer con las cámaras de nuestros móviles pero es tarea imposible porque ninguna imagen le hace justicia al espectáculo.


Me acerco a la famosa Eisbachwelle, el lugar donde el río tiene un desnivel que, debido a la fuerza de la corriente, crea una especie de catarata artificial. Esto lo aprovechan los surferos para practicar sus habilidades playeras en pleno casco urbano, y por lo visto es uno de los puntos calientes de las atracciones turísticas de Munich. Pero resulta que el día que voy hace muchísimo frío y ya es un poco tarde, así que no hay ni una tabla que llevarse a los ojos. No me importa, porque ya he presenciado un surfeo urbano muy parecido en Hannover. 


Hay una playa fluvial de guijarros en el Isar, a la altura de la Marianenplatz. El río es verde esmeralda, los árboles ponen el contrapunto dorado. Hay un sol suave que no calienta porque hemos amanecido a 3°C y aunque sumamos 7 grados más, el ambiente es invernal. Pero a pesar del frío hay un bañista que emerge de las aguas ante su novia, vestida y calzada, que le espera en la orilla con una toalla. En su paseíllo triunfal hacia ella, este Neptuno urbano es frenado por los guijarros que se va clavando al andar descalzo. Si de verdad le ama, ella debería regalarle unas buenas sandalias cangrejeras. O sugerirle la idea, al menos.  


Paseo por el Karl-Müller Weg ribereño en ambos sentidos, y paso varios puentes, como el puente sobre la Isla Prater, o el que lleva directo a una enormidad que se llama Maximillianeum. Este gigantesco edificio alberga el parlamento y una escuela de talentos, es decir, una residencia de estudiantes estrella, destinados a ser la élite intelectual de Baviera. Indiferente a todas estas glorias nacionales que se agolpan en su orilla, el agua del río baja transparente y se va llevando las hojas caídas corriente abajo. Ambas orillas son LA BELLEZA, así, con mayúsculas.


El histórico cine Museum Lichtspiele (data de 1910) exhibe The Rocky Horror Picture Show. Parodia desmelenada en estado puro. 


- Al ponerse el sol, la humedad del parque empieza a afectar a mis pulmones y temo una recaída en antiguos males, así que busco la salida y, como la cobertura falla y Mis Google a ratos está a por uvas, uso tanto mi intuición femenina como mi boca para preguntar. No es fácil abandonar este parque gigantesco, uno de los más grandes del mundo, sin ayuda. Cuando consigo volver al asfalto, aterrizo en un barrio lleno de edificios maravillosos llamado Lehe. Qué elegancia fin de siècle, por favor. Es un barrio muy refinado frente a la Prater Insel, a orillas del río Isar.


- Por cierto que frente a la isla Prater, en la orilla opuesta, hay una preciosa casa de baños Art Nouveau, aún en funcionamiento aunque en estado muy decadente. 


- El barrio de Schwabing también bordea el parque pero en el extremo opuesto, y es lo más chic de todo Munich. Preciosos edificios Jugendstil y carísimas boutiques y restaurantes. En su Plaza de la Libertad (por la liberación tras el nazismo) me topo con la heladería-pastelería Münchner Freiheit Konditorei. Entre las mesas de su terraza hay una que es de bronce, donde toman un helado dos estatuas que representan a los personajes de una antigua comedia televisiva muy popular en Alemania. Parece que el actor de la serie, Helmut Fischer, era de Munich y frecuentaba este lugar. Miss Google me sopla que su helado preferido era a base de cerveza de la Selva Negra, y maldigo haberme tomado una bolsa de frutos secos, porque a pesar del frío lo habría probado encantada, pero no me cabe nada más en el buche. La gente que no es de bronce sino de carne y hueso charla animadamente. Sostienen más copas de vino blanco que de helado, la verdad. 


- Estos alemanes son muy listos, porque con la excusa del reciclaje aprovechan todas las sobras, pero te las cobran como si no lo fueran. Te venden en unos paquetitos los pretzel que se les han roto en pedazos y ya no pueden vender de una sola pieza. Están impregnados con canela, o con mostaza, o con miel etc. Qué vicio, oyes. 


- Veo que se anuncia un Concierto de Año Nuevo Hebreo. Miss Google me dice que ya pasó, fue el 22 de septiembre.  


- La principal arteria comercial de Munich tiene unos paneles con fotografías que ilustran su evolución a través de los siglos. Están colgados de las barreras metálicas que separan la acera de un edificio en obras. Como tengo alma de jubilada, me paro frente a la obra y tomo nota del cronograma de la Kaufingerstrasse desde el s. XII hasta nuestros días, porque creo que es un reflejo de la propia ciudad. Entre lo más relevante del convulso pasado de esta histórica calle: 1807: se construye el mercado central/ 1839: ídem con la primera estación de ferrocarril/ 1867: inauguración del nuevo ayuntamiento, estilo historicista/ 1908: se construye la Singerhaus, primer edificio estilo Jugendstil/  1945: el 90% del centro de Munich es bombardeado, y la calle pierde casi todos sus edificios tradicionales/ 1950: se reconstruye el primer tramo, y abre la primera tienda extranjera, la británica C&A (en la foto se ve una multitud entusiasta que espera que abran las puertas el día de la inauguración)/ 1967: se completa la reconstrucción/ 1969: se construyen los túneles del metro/ 1972: la calle se vuelve peatonal/ 1990: se lleva a cabo una remodelación completa. Y yo añado: en 2025, las obras aún son una plaga en el centro de Munich. Cualquiera diría que la guerra terminó hace poco… 


- En la preciosa y muy animada Marienplatz, la principal del centro, admiro el impresionante edificio del ayuntamiento. Esta enorme fantasía historicista supera en aparatosidad a otras similares que he podido ver en Hamburgo, Hannover, Bremen o Frankfurt. Qué afán desmedido el de estos germánicos de la época del Gründerzeit, de elevar torres altísimas en sus ayuntamientos, y llenarlos de estatuas y pirindolos de todos los tamaños, y cresterías y carrillones y qué se yo. Contemplando esta fachada, casi escucho la obertura de Tannhauser y a continuación aquello de Deutschland über Alles! 


Van a dar las 13 horas, y junto a otros turistas me quedo esperando ver en marcha el famoso carrillón de la torre, el más grande de toda Alemania. Pero lo único que suena es un decepcionante y único clong, y los muñecos no mueven ni una pestaña. Miss Google me anima diciéndome que las figuras del carrillón sólo desfilan tres veces al día, y que si paso por allí a las 17 horas las podré ver. Pero llegado ese momento ya he olvidado por completo el asunto. 


En esta plaza me alargan un folleto que al principio tomo por la publicidad de algún restaurante para turistas. Pero cuando lo leo, descubro que es propaganda de la extrema derecha: Fuera la extrema izquierda de nuestra ciudad, proclama. Parece que los extremos se repelen mutuamente, y no lo entiendo porque en el fondo tienen mucho en común, y el señor Jorge Verstrynge es un buen ejemplo ilustrativo de que se puede transitar del uno al otro sin despeinarse, al menos en España. 


- En la cervecería Bürgerbräukeller de Munich tuvo lugar uno de los actos más importantes para el partido nazi. El joven Hitler dio allí en 1923 un discurso previo al Putsch de Munich, un golpe de estado que dirigió y que fracasó. Durante el Tercer Reich se glorificó este lugar, que el führer visitaba todos los años en conmemoración suya propia (no tenía abuela, pero sí que tenía un tic mesiánico). Un atentado contra él en 1939 destruyó para siempre el local. Murieron varias personas, pero por desgracia Hitler escapó con vida. Lo que se puede ver allí hoy en día es una placa que recuerda al autor del atentado, Georg Elder, ejecutado en el cercano campo de exterminio de Dachau. 


- Las cervecerías más tradicionales de Munich me recuerdan a las de la plaza de Sta Ana madrileña, no en vano aquellas fueron fundadas por alemanes emigrados. A estas alturas estoy un poco empachada de bratwurst, y almuerzo unos anticlimáticos fish&chips (añoro el pescado) en un banco bajo un árbol de plaza aledaña al Viktualenmarkt. Ver pasar la gente y ser ignorada por ellos es para mí uno de los grandes placeres de la vida, porque me permite observarles como si fuera invisible. Mi afán voyeur no tiene cura, y con la edad me he vuelto toda una portera. La de historias anónimas que me cruzo, y cada una de ellas tiene una novela. Algunas, una trilogía. 


- En Baureferat, admiro la reconstrucción historicista de la Isartor, la puerta del Isar de la antigua muralla. 


- Compruebo que a los bombones Mozart de Salzburgo y los bombones Sissi de Viena, les ha salido un primo hermano (más bien un sobrino) en Munich: los bombones Ludwig, que lucen en su envoltorio un retrato del rey  de Baviera Luis II, en su etapa más gordinflas. Era un hombre guapo, muy alto y esbelto, no sé por qué motivo han escogido un retrato de cuando se le hinchó la cara hacia el final de su vida… para que sirva de advertencia disuasoria contra el abuso del chocolate? 


- Hans im Gluck y otros personajes de cuento y de leyenda bávaros están representados en algunos restaurantes. 


- No sé gran cosa del nacionalismo bávaro, salvo que existe desde siempre porque esta región ha sido más rica que otras, y además es tradicionalmente católica, rasgo distintivo frente a otros estados federados que son más luteranos (aunque en proporción, en la población de Alemania están muy igualadas las dos religiones). En las visitas guiadas aprendo que Baviera se resistió a la unificación alemana de 1871, pero debido a las alianzas políticas del momento terminó absorbida por el imperio alemán, dominado por la pujanza de Prusia. Y ahí terminó la breve existencia del reino bávaro, que no había cumplido ni un siglo completo de duración. Mucho antes que reino, Baviera había sido ducado, y luego electorado. Pero un rey queda mucho más decorativo dentro de un palacio que un duque o un príncipe elector, donde va a parar… y los bávaros adoraban su monarquía. Cuando se la quitaron, y con ella desapareció también su soberanía, lo vivieron como una humillación que se producía en contra de su voluntad, y de ahí proviene su fuerte sentimiento localista, que para algunos va más allá y roza el independentismo. 


- No visito ni el Museo Nacional Bávaro ni el Teatro del Príncipe Regente. Sí que veo la Residenz, el palacio real que contiene todo, todo y todo lo referente a los príncipes y reyes, con su habitual pompa y boato. Der Residenz, das Cuvillier Teather: galerías, frescos, teatro, tesoros y demás. Tremendo por dentro, algo anodino por fuera en la fachada interior. Lo mejor, la fachada principal y el jardín de la corte o Hofgarten, donde los plebeyos se hacen selfies sobre las hojas caídas, los mayores juegan a la petanca, los novios se quieren en los bancos, los estudiantes charlan y los turistas toman cerveza en las terrazas. Dentro del pabellón en el centro del jardín, una chica toca el hang drum, esa especie de tambor metálico caribeño, aprovechando la sonoridad de la cúpula. Me siento un rato a escucharla. Por uno de los tragaluces se pone el sol. 


- En la fachada principal de la Residenz, la gente toca al pasar la pequeña cabeza de león que hay en el pico del escudo que sostiene con su garra el león grande en la portada… porque da suerte. Y esto ocurre con cada uno de los cuatro (o son seis?) leones de las dos (o son tres?) portadas de acceso a este mega-palacio. 


- Haus der Kunst o Casa del Arte, venga columnas. Aquí no tienen medida con las cosas. 


- Paseo por la inmensidad del Thomas Winner Ring. Im-presionante, que dirían en Ambiciones. Munich me im-presiona y además me gusta muchísimo, en su conjunto y en sus partes también.


REGENSBURG


- Me acerco en tren a esta ciudad medieval porque leo que está muy bien conservada, cosa extraña en la muy bombardeada Alemania, y además la distancia es asequible porque queda a unas dos horas de Munich.


- Por el camino veo campos de calabazas, en una llanura interrumpida a veces por colinas suavemente trazadas entre cultivos y bosques multicolor. El césped es tan perfecto que está perfectamente perfeccionado. Aparecen aldeas pintorescas aquí y allá. Las poblaciones de Baviera, desde mi ventanilla, se me antojan más rurales que urbanas. Claro que la zona que estoy visitando es muy reducida. Baviera es enorme.


- Al llegar a Regensburg, me encuentro con que tiene una impresionante catedral gótica del s. XIII con dos mitades idénticas. Creí huir de las obras de Munich, pero aquí me encuentro más de lo mismo, de hecho la mitad de la fachada y una torre están cubiertas de andamios, qué le vamos a  hacer. Entre las dos portadas principales hay una que está cubierta por un soportal en pico. La “torreta de bellota” entre las dos torres es muy original. 


- Esta ciudad tiene un vago aire flamenco y algunos letreros son bilingües en francés, algo inaudito en territorio alemán, salvo en zonas fronterizas. 


- En el centro hay muchas torres de los ss. XIV y XV que han sido convertidas en viviendas, tiendas, galerías de arte, tabernas.


- En las casas más antiguas, la ventana principal de las buhardillas tiene un aparatoso tejadillo que le sirve de cubierta y que tiene algún propósito que no consigo averiguar (?).


- Hay preciosas tiendas de decoración, de antigüedades estilo Bidermeier, y boutiques de un gusto exquisito. En el centro, la gente va muy elegante. Los turistas vamos de eso, de turistas, y no estamos a la altura. Salvo los japoneses, claro. 


- Regensburg me va pareciendo más y más hermosa a medida que paseo por ella. Me avergüenza no saber nada de este bellísimo lugar, donde me reencuentro con el Danubio en un precioso puente de piedra del s. XII. Las vistas desde el puente a ambas orillas son maravillosas. 


- Medito sobre mi ignorancia bajo este puente, hasta que… me acerco a leer una cartela sobre su historia, y solo está en alemán. La traduzco al español con ayuda de Miss Google Lens… y descubro que estoy en Ratisbona!!!  (Regensburg=Ratisbona). Me está bien empleado por no querer planear de antemano las visitas, en mi afán por descubrir mundos. Quién me creo que soy, Cristóbal Colón?


- Ratisbona, la cuna de Don Juan de Austria, la villa que se hizo rica con el comercio fluvial, al estar situada en la confluencia del Danubio con otros ríos (el Naab y el Regen). Y también el lugar donde se celebró la Dieta de Ratisbona, un asunto complicadísimo que reunió aquí a muchos ilustres personajes de la Reforma Protestante, entre ellos Lutero. No entiendo nada de lo que ocurrió en esta reunión, ni siquiera el por qué y para qué se reunieron, y francamente el asunto tampoco despierta mi interés, de modo que ahí lo dejo. 


- Don Juan de Austria tiene una estatua aquí desde 1978. Pero no puedo leer lo que pone la placa, más allá del nombre de su madre, la burguesa Bárbara Blomberg, y que fue hijo y hermano de… porque han pegado encima una proclama que anima a movilizarse contra el servicio militar obligatorio, aprobado recientemente en Alemania. La sombra de Putin es alargada, y bajo ella los antiguos comandantes de la flota en Lepanto se solapan con los futuros soldados de la guerra con drones en territorio OTAN. 


- Veo la palabra Spital repetida en muchos anuncios, y no sé por qué me suena a bebida alcohólica. (Será porque tengo sed? Ganas de celebración quizá?) Pero estoy muy equivocada, porque Miss Google me informa de que es una palabra dialectal bávara para referirse a un hospital. Krankenhaus en alemán estándar, Spital en el habla local.


(Pues conozco yo una coplilla que dice “semo  la gente más prencipá / y venemo de la funsión de l' espitá/ habemo comío lantejas / arregüertas con bacalao / se nos ha arregorvío el estógamo / y hasta habemo gomitao”. A ver si la palabreja en cuestión no va a ser bávara, sino ibérica… A fin de cuentas, entre un Spital y un espitá veo poca diferencia, ahí dentro te van a hacer pupita para curarte, esté donde esté...).


- Paseo por la Domplatz, la Neupfarrplatz, las puertas de la antigua muralla. Regensburg/Ratisbona es una preciosidad. Y además conserva una huella de dinosaurio en el pavimento de su casco urbano. Qué más quiero. 


NEUSCHWANSTEIN y LINDENHORF


- La excursión a estos dos castillos ejemplifica las trampas para cazar turistas que existen por toda Europa: Se puede acceder en transporte público, y por supuesto en un vehículo propio o alquilado…. pero si vas por tu cuenta no te garantizan que queden entradas sueltas, sobre todo para Neuschwanstein, la principal atracción de Baviera, que no se puede reservar de antemano y cuyas entradas están acaparadas por las agencias. De modo que, para evitar desplazarte hasta allí y que te den con la puerta… el portalón del castillo en las narices, tienes que pasar por el aro y apuntarte a un tour organizado con autocar, guía, y todo el ajuar: audioguía, auriculares, plano, botellín de agua. La verdad es que no me importa dejarle la responsabilidad a otros por un día, porque esto de organizarlo todo una misma es muy liberador, pero también muy cansado. 


- En este tour organizado con salida desde Munich (el punto de encuentro está prácticamente enfrente de mi apartamento) visito dos castillos muy, pero que muy ornamentados concebidos por el rey Luis II de Baviera, el rey loco. La primera parada es el Palacio de Linderhof, donde paseamos por sus jardines y exploramos el interior durante una visita guiada. 


- Después, paseamos por la orilla del lago Alpsee y vemos el exterior del Castillo de Hohenschwangau, donde el rey Luis II pasó su infancia. El padre de Luis, el rey Maximilian, había reconstruido este castillo medieval para convertirlo en un hogar donde ir de veraneo con su familia…. Pero esto a Luis no le parecía adecuado porque se llevaba muy mal con su padre, de modo que sintió la imperiosa necesidad de construirse un castillo propio, más neo-medieval, más grande, más caro y más de todo…. a muy poca distancia. En Munich, sede del gobierno, los capitalinos opinaban que el rey era un gastoso y un irresponsable. En este valle de alta montaña, donde las tierras no son cultivables y los lugareños vivían de sus rebaños y poco más, el rey les parecía heroico, porque les colocó en las interminables obras durante décadas. 


- Tomamos un almuerzo tradicional bávaro en un biergarten local, y luego visitamos el Castillo de Neuschwanstein, enclavado en una colina cercana, donde esta fortaleza fue diseñada como un refugio para que el rey Luis II escapara de la realidad. 


- Mi flor se ocupa de que el día sea moderadamente soleado, con un precioso atardecer sobre los bosques en la falda de los Alpes. Ambos castillos me parecen increíbles por fuera y difíciles de creer por dentro… No hace falta tener la carrera de psiquiatría para tener el convencimiento de que Su Majestad estaba como una regadera, a juzgar por la demencial decoración de interiores. Luis II debía de sufrir de un caso agudo de horror vacui. 


- Este hombre, que en el fondo era un infeliz, dedicó todo su tiempo y esfuerzo a nutrir sus fantasías medievales, que plasmó en un castillo tras otro, para eludir sus responsabilidades como monarca. Nos informan de que era muy querido por su pueblo porque, en las raras ocasiones en que se mostraba en público, colmaba de regalos a todos los presentes, sin distinción de clases sociales. Y a lo mejor un pastor de cabras lugareño que le había preguntado la hora sin reconocerle, salía beneficiado con un reloj de oro de su encuentro, por estos montes, con el rey loco. Pero normalmente su timidez enfermiza y su gran complejo de culpa por ser homosexual se manifestaban en un aislamiento completo del mundo exterior, y vivía recluido sin querer ver a nadie, hasta tal punto que Neuschwastein cuenta con complejo sistema de escaleras ocultas, para que la servidumbre pudiera desaparecer de su vista. Hasta la mesa del almuerzo del rey aparecía ya servida a través de una trampilla en el suelo, y volvía a desaparecer una vez que el monarca había comido, para evitar de este modo que los lacayos tuvieran que servirle y estuvieran presentes en la misma habitación. Qué triste. 


El rey loco se gastó una inmensa fortuna personal en la construcción de sus tres castillos, cuyas obras dirigía errática y obsesivamente, con continuos cambios de parecer. Hasta uno de los arquitectos se suicidó al no poder soportar más la presión. Y todo para qué: Luis II sólo llegó a residir en el más pequeño de todos ellos, Lindenhorf, y los otros dos nunca se terminaron porque murió antes, ya incapacitado por sus propios ministros, que dirigían el reino a placer in absentia de un rey totalmente desentendido de su reino. La excusa de Luis era que él quería ser un monarca absoluto como el Rey Sol francés, su ídolo. Y como en Baviera el régimen era una monarquía parlamentaria y no se le toleraba el absolutismo… pues las uvas están verdes. Y en vez de gobernar, que en realidad le aburría, se dedicó a construir. Un teatro para su otro ídolo, Wagner, en Bayreuth. Una villa palaciega en Linderhof. Un castillazo en Neuschwastein. Y un gigantesco versallitos, copia del Versalles fetén, en Herremchiemsee. Este último capricho real costó más que los otros dos juntos. 


Cuando tenía cuarenta años, Luis II estaba completamente endeudado, echado a perder física y mentalmente, y su inutilidad se había convertido en un molesto estorbo para su propio reino. Una noche, cuando el rey dormía en su pesadillesco dormitorio de Neuschwastein, (donde yo no podría pegar ojo) fue arrestado a pie de cama por enviados del gobierno, que le recluyeron junto a un cuadro médico en el palacio de Starnberg, junto a un lago. En este lugar se cree que se suicidó dejándose ahogar, él que era un excelente nadador, y de paso llevándose por delante al psiquiatra que le acompañaba y que intentó salvarle. Esta pobre víctima colateral es un ejemplo trágico de lo que es tener un mal día en tu trabajo. 


- También opino, pero es una opinión muy personal, que los artistas que decoraron estos castillos tuvieron un mal día en su trabajo, pero todos los santos días. Y encima, el rey estaba tan endeudado que llegó un momento en que ya no les podía seguir pagando su paciencia, dedicación y esfuerzo. Ahí queda para la historia el abigarrado interior de unos edificios que me parecen un ejemplo de megalomanía delirante. Son tan irreales como la mente enferma que los diseñó, y no es de extrañar que Walt Disney se inspirara en uno de ellos para sus dibujos de fantasía dirigidos al público infantil. Lo que realmente vale de ellos es el increíble entorno natural, y ahí se demuestra que Luis II podía estar muy loco, pero tonto del todo no era. Sus castillos están situados en lugares de ensueño, y eso por sí sólo ya convierte su visita en una experiencia inolvidable. 


- Durante las siete horas que dura la excursión en total, me hago amiga temporal de una chica australiana, de Sydney. Está en Europa porque su marido ha sido trasladado, y está haciendo un recorrido por sedes de su empresa en distintos países. No tienen hijos, y mientras él está en la oficina, ella aprovecha su tiempo visitando las ciudades por las que van pasando. Su vida como expatriada está recién estrenada, y se la ve un poco desorientada todavía, pero muy sensata y espabilada, de modo que no dudo de que muy pronto se acostumbrará a su nueva existencia errante de nómada en territorio inexplorado. Disfruta de la excursión como todos los demás, pero en algunos aspectos se nota que viene de Oceanía, nuestras antípodas, porque le resultan ajenas las referencias que nos son comunes a europeos y americanos. Es normal, su mundo está más cercano al lejano oriente, y me cuenta vacaciones fascinantes en países asiáticos de su entorno. También me confía que hizo el servicio militar, que en Australia no es obligatorio pero que ella aceptó, como paracaidista. Y que aprendió técnicas de supervivencia en plena naturaleza salvaje. Bromeamos sobre la posibilidad de perdernos en el bosque, porque las dos nos lanzamos a trepar por el monte camino del castillo siguiendo un sendero, y fantaseamos con que, si no nos rescatan a tiempo y llega la noche, ella solita tendría que hacer fuego y cazar algún conejo para la cena… porque yo sólo podría darle apoyo moral, dada mi inutilidad en todo lo referente al campo. Mantenemos conversaciones de todo tipo, pero es una chica muy inteligente y sabe que no soy sino una conocida casual que voy a desaparecer de su vida en unas horas, de modo que no me hace ninguna confidencia personal. Con todo, me resulta muy agradable su compañía, y nos despedimos a la vuelta con mucha simpatía. 


Esta misma mañana tomo el tren que me llevará a Estrasburgo, de vuelta a Francia. Me despido de Alemania con gratitud, porque me ha ofrecido cosas maravillosas de las que he disfrutado muchísimo. Tschüss!  


18.10.25

SALZBURGO

 SALZBURGO


Los Alpes son un caso de personalidad múltiple. Tienen varias denominaciones y su altitud difiere mucho según las zonas.. Se reparten por muchas naciones y sus características varían de unas a otras. A algunos países los define por completo (Austria, Suiza), hay uno que hasta los lleva de sobrenombre (Italia, el país transalpino), en otros son una parte esencial pero matizada por una geografía más variada (Francia, Alemania, Eslovenia) mientras que por otros pasan de puntillas (Liechtenstein, Mónaco). Desde la ventanilla del tren que me lleva de Viena a Salzburgo, los Alpes Centrales Orientales se van acercando más y más, con sus faldas salpicadas de aldeas de cuento con sus iglesias rematadas en cúpulas en forma de cebolla, entre bosques de hoja caduca con la paleta de colores más completa que yo haya visto nunca en otoño. Los campos del entorno parecen campos de golf, tan pulcro resulta a la vista el verde de la hierba. Pasamos por el lago Wallersee, y vemos muchas vacas, cabras y cuervos. Hay bancos de niebla, pero cuando se despejan y sale el sol los contrastes cromáticos son espectaculares. Me lleno los ojos de verde y, al bajar del tren, los pulmones de aire alpino, con un delicioso olor a bosque. Austria es toda una belleza.


Salzburgo es una de las joyas barrocas que adornan esa belleza, una ciudad italianizante en medio del universo germánico. Es un lugar dormido en el tiempo, lleno de belleza y de gracia, que se toma muy en serio a sí mismo porque es consciente de su propia importancia, pero donde al mismo tiempo sobrevuela un espíritu juguetón que lo invade todo, como el geniecillo doméstico de un cuento de hadas. Yo ya he vivido en un lugar así y sé que este tipo de escenarios de belleza sublime de la que sus habitantes están tan orgullosos, son un paraíso cuando los visitas brevemente, pero cambian mucho cuando te estableces por una larga temporada, y pueden resultar opresivos si te quedas a vivir. Lo encuentro todo muy cambiado desde mi última visita, hace más de treinta años. En estas décadas Salzburgo ha aprovechado para modernizarse, y todo funciona con una eficiencia que da la medida de la prosperidad que aquí se disfruta. Afortunadamente, conserva un ambiente provinciano (aunque de lujo) que la baja del Olimpo de las ciudades eternas y la acerca a la cotidianidad. 


Mi alojamiento está a tres minutos de la estación. Se trata de un co-living, término que ya a estas alturas sé que designa un hostal decorado con colorines y mobiliario de dormitorio juvenil, pero acondicionado en un antiguo edificio industrial digamos que cero hogareño, de hecho los hay que parecen auténticos reformatorios. Normalmente el concepto de co-working y co-living están concebidos para una población flotante de jóvenes, estudiantes o profesionales, y tanto los espacios destinados a su ocio compartido como las actividades que se organizan para ellos enmascaran el hecho de que las instalaciones son algo precarias, con la excusa de que todo lo que ocurre allí dentro es informal y está libre de ataduras. Yo acepto pulpo como animal de compañía si las sábanas y toallas, de haberlas, están limpias y si puedo tener un baño privado. Lo segundo lo consigo fácilmente, lo primero ya es más random, como dicen los millennials. Los gerentes de estas grandes superficies se muestran muy preocupados por preservar el medioambiente restringiendo el uso de lavadoras industriales, pero no les importa que te salga un sarpullido, todo sea por el planeta. En este caso concreto no hay sábanas, y cuando las reclamo en recepción me alargan un bulto informe de telas sin planchar, supongo que porque las tintorerías son poco ecológicas. Pero la recepcionista es muy dulce y agradable. Es mejicana, y lleva ya unos cuantos años en Austria. Le hace especial ilusión poder charlar en su lengua materna. 


Aunque en el hostal me regalan un vale de transporte público durante mi estancia, Salzburgo es una ciudad que no se concibe sin recorrerla a pie, para poder saborearla mejor. En la orilla opuesta del río Salzach, me reencuentro con las calles eternas que tenía grabadas en la memoria, y en mis paseos me va ganando el entusiasmo por su belleza y su encanto. 


Saludo a mi adorado Mozart, cuya estatua que me da la bienvenida con resignación. Aquí goza de la omnipresencia de un dios, y como a tal le adoramos todos los aficionados a la música que le conertimos en el principal motivo de nuestra visita. Pero tras más de doscientos años de adulación debe de estar ya más que harto de nosotros, que por un lado escuchamos su música con reverencia y por otro le perdemos el respeto devorando los bombones Mozartkugeln, comprando souvenirs que llevan su cara y su nombre en forma de figurita, de peluche, de bolsa, de funda de gafas, de bayeta de cocina, de todo lo imaginable porque menos en el papel higiénico he visto su imagen reproducida en todo tipo de objetos más o menos cursis y a veces nada útiles. 


A veces, las ciudades vinculadas a una figura mítica terminan fagocitándola, y los turistas compartimos a sabiendas ese banquete caníbal. Napoleón se sentía excluido en París, donde las clases dominantes le consideraban un provinciano advenedizo a causa de su origen y acento corsos. Jane Austin se encontraba tan a disgusto en Bath que enfermó seriamente, y tuvieron que llevarla de vuelta la región campestre donde había sido feliz. Sissi odiaba Viena, de la que huía siempre que tenía ocasión en continuos y largos viajes por Europa. Freud tuvo con Viena una relación de amor-odio, ya que la deriva de la sociedad vienesa hacia el nacionalsocialismo hizo que, como muchos otros, tuviera que repudiar el mismo lugar donde había triunfado. Kafka sentía verdadero desprecio por Praga, y lo manifestó entre otras cosas escribiendo sus obras en alemán y yéndose a vivir al interior del recinto cerrado del Callejón del Oro, en lo alto del castillo, para sentirse alejado de la ciudad. Y Mozart llegó a detestar profundamente Salzburgo, su patria chica. 


En especial, mi amigo Wolfgang Amadeus debe de echarle mucha paciencia a su fama póstuma, porque entre otras cosas está fábricada sobre una fabulación: en su ciudad natal nos quieren hacer creer que allí vivió una infancia feliz cuando en realidad la pasó viajando por toda Europa, donde su padre les exhibía, a él y a su hermana Nannerl, como a una atracción de feria por cortes, teatros e iglesias. Ya de regreso y según crecía y se convertía en joven adulto, Mozart se encontró con que Salzburgo era el lugar donde no se le permitía desarrollar su talento, porque en la corte del Príncipe Arzobispo Colloredo le daban el mismo trato y sueldo que a cualquier criado. Además, en Salzburgo no había un teatro de la ópera, ni nadie que pudiera enseñarle a expandir sus conocimientos. Y aparte de su cometido como músico de corte, sólo recibía pequeños encargos ocasionales de los burgueses. Intentó encontrar empleo en otras cortes y, al no conseguirlo, se estableció como artista libre en Viena, capital de la música. Cierto es que allí luchó por el puesto de kapellmeister en la corte, pero su alto nivel de vida (y su ludopatía, más los continuos gastos de su esposa en el balenario) los sustentó con eventos musicales de todo tipo que organizaba él mismo. Fue de los primeros en intentar independizarse del poder, en una época todavía dominada por los mecenas. La jugada solo le salió regular, pero ole sus huevos, perdón sus Kugeln… sus Mozartkugeln, esos bombones en forma de bola de chocolate rellenos de mazapán que están envueltos en papel platilla con una versión cursilona de su carita (otra mentira, porque guapo precisamente no era, mire usted). 


Para cerrar el capítulo Mozart en Salzburgo, estos días he tenido el placer de revisitar su casa natal (donde la exposición ha mejorado muchísimo con los tiempos) y su otra residencia, además de la Residenz, uno de los palacios de los Príncipes Arzobispos donde tanto Wolfgang como du padre Leopold eran músicos de corte. En este palacio tengo el gusto de asistir a un concierto de cámara en uno de sus salones, donde él mismo tocó su música tantas veces. El cuartero que interpreta algunas de sus composiciones para cuerda y flauta es, como todo en esta ciudad musical, de gran virtuosismo. Son cuatro maestras que tocan divinamente bien. Se me saltan las lágrimas en el adagio del cuarteto KV285. Lo compuso por encargo en Mannheim, adonde había llegado huyendo de Salzburgo, y donde se volvió loco de amor por la soprano Aloysia Weber, un amor imposible por no correspondido. Mozart vivió en la época del clasicismo, pero el romanticismo está ya asomando la patita en esa melodía dominante que evoca pura magia. 


Pero Salzburgo es mucho más que Mozart. Aquí van las acostumbradas notas: 


- Los circuitos especialmente diseñados para los fans de “Sonrisas y lágrimas” me resultan inquietantes. Tienen sus propios autocares, fácilmente reconocibles porque la carrocería  está decorada con fotogramas de la película, que como todo el que encienda el televisor en Navidades sabe, se rodó aquí. Los guías son a la vez cantantes, y van vestidos como en la película. Algunos pasajeros (muchos americanos y asiáticos) también van disfraz…, perdón, vestidos como en la película. Todos se saben las canciones de la película. Les llevan a las localizaciones donde se rodó la película. La tal película es una cursilada interminable que yo personalmente encuentro difícil de soportar hasta el final. Cada Navidad veo los quince primeros minutos, que es donde salen los Alpes y Salzburgo, y lo dejo tras el montaje en que esa aglomeración de criaturas saltarinas salen de paseo con su monja, o lo que sea, quien ha tenido la caridad bendita de darles cariño y a la vez la crueldad mental de vestirlos con la tela de una cortina que es la más fea de toda la casa. Señora, si es usted capaz de hacerles pasar por ese trago a unos menores indefensos, y además introducir en las canciones barbaridades como “Res, selvático animal”, me temo que es usted capaz de cosas mucho peores…. Como al parecer así fue en la vida real, por otra parte. La madrastra de la autentica familia von Trapp no era ningún angelito, maquinó para casarse con el capitán viudo y ella misma reconoció en su autobiografía que sometía a los niños a una disciplina más exagerada y cruel que su propio padre. Pero no dejemos que la realidad nos estropee una bonita historia sentimental, ni el fabuloso negocio que esta representa. 


- Los periódicos locales aquí están pegados y metidos en bolsas de plástico que cuelgan de los muros. Será para preservarlos de la humedad de los elementos.


- Una placa en la Residenzplatz, junto a la Michaeleskirche, conmemora la quema de libros que los nazis escenificaron en esta bella plaza, bajo la mirada de la estatua de Mozart. Salzburgo, como tantas otras localidades por aquí, está marcada por el Anschluss y sus consecuencias. Aquí se brindó una calurosa bienvenida al Tercer Reich y, tiempo después de la derrota alemana, los mismos perros pero con distintos collares siguieron siendo las fuerzas vivas de la ciudad. El ejemplo más célebre es el del genial director Herbert Von Karajan, afiliado al partido nazi en 1933 y predilecto del régimen, que nunca abjuró formalmente de su pasado y que sin embargo dirigió el Festival de Salzburgo durante una década entera en la posguerra, manteniéndose vinculado al mismo de por vida. Como si nada, oyes. 


- En mi visita anterior estuve alojada con mis amigas en el hotel Amadeus, sito en in edificio donde en el s. XVI hubo una casa de baños. Está contiguo al cementerio de San Sebastián, donde están enterrados varios miembros de la familia Mozart. En concreto Leopold, su padre, y Constanza, su viuda. En vida Leopold y Constanza se odiaron profundamente, y en cambio pasan junto toda la eternidad en este camposanto. Ironías de la vida, digo de la muerte. Recuerdo que las ventanas traseras del hotel daban directamente sobre las tumbas y yo, mozartiana de pro, me alegré mucho de la casualidad, pero en cambio mis amigas estaban completamente horrorizadas. Las estuve embromando sobre el fuego fatuo un buen rato y nos echamos unas buenas risas al respecto. Qué tiempos.


- Leopold Mozart, por cierto, compuso la melodía del carrillón que suena todas las horas del día en el centro de Salzburgo. Las atribuciones de un músico de corte cubrían hasta los cometidos más mínimos. 


- Me subo en el funicular que lleva hasta el Castillo, y contemplo está bellísima ciudad desde lo alto. Impresionantes vistas. Conozco pocos lugares tan privilegiados en todos los sentidos posibles.


- Me doy el capricho de desayunar en el Café Tomaselli, fundado en 1703 y por tanto uno de los más antiguos de Europa. El desayuno completo me cuesta casi lo mismo que un almuerzo en mi barrio de Madrid, pero solamente por aspirar la atmósfera trasnochada del local ya merece la pena. Se sirve el café, con su vasito de agua, en bandejas de plata grabadas y muy gastadas ya por el tiempo. Los camareros van de librea y las camareras llevan un delantal. Hay periódicos colgados en una percha de madera, estilo antiguo. Los cuadros y relojes, las lámparas de araña y los ventanales, los veladores y los sofás remiten a siglos atrás. Hay personas enfrascadas en la lectura, grupos de amigos que mantienen tertulias mañaneras, una mezcla de parroquianos habituales, personas muy elegantes y turistas de trapillo como yo.  Averiguo que la especialidad local desde siempre ha sido el Mandelmilch (leche con almendra), y en la carta se sugiere que por tanto el mismo Mozart lo consumía también. Cómo me voy a privar de probarlo, venga una taza! La camarera me enseña a tomarlo correctamente: se pincha un pequeño dulce a base de almendras con la punta de la cucharilla, y se introduce en la taza de café con leche bien caliente, de modo que al removerlo la masa se derrite, y el resultado es que el café no sólo adquiere un gusto almendrado, sino que te vas encontrando los tropezones de almendra laminada al bebértelo. Una delicia.  



Otros lugares que visito:


ZELL AM SEE


- Me acerco a esta localidad simplemente porque tiene fama de ser un destino fácilmente accesible en tren, pero sin  saber muy bien lo que voy a encontrar allí. Los austriacos que viajan en mi mismo vagón están de muy buen humor y hacen bromas continuas. La niebla lame los picos con verdadero apetito, pero en los raros momentos en que sale el sol parece que se ha prendido el incendio más hermoso que se pueda imaginar. El colorido del otoño en estas arboledas es excepcional. Este poderoso paisaje alpino es muy distinto de las amables colinas que he dejado atrás en Viena. Pero a menudo pasamos por una factoría que suelta unas fumarolas que afean el panorama. Estas chimeneas están encajadas donde buenamente caben en este estrecho valle poblado de aldeítas, donde el río Salzach serpentea entre gargantas. Reconozco un entorno muy similar al que atravesé en Brixen-Bressanone y en Bolzano, que están un poco más al sur, donde los Dolomitas italianos son más altos que sus hermanos los Alpes Centrales austriacos. Estas tierras han quedado separadas por una frontera, pero en realidad son las mismas. 


- Llego a Zell, a orillas del lago Zee, y mi flor en el culo florece una vez más, porque durante el rato que estoy allí cede la niebla, sale el sol y el paisaje luce maravilloso. Averiguo, gracias a las cartelas, que hay un paseo ribereño llamado “Promenade Sissi”, en el que se pasa por donde estuvo el Hotel Emperatriz, construido para la Exposición Mundial de Viena de 1873. Una vez derruido, ahora hay un casino y muchas villas de veraneo en una localidad de gran belleza que debe de estar muy animada en la temporada cálida, pero que ahora con estas temperaturas tan bajas sólo está poblada por los lugareños y algunas parejas de novios turcos. Desde luego el lugar no puede ser más romántico, y no me extraña que Sissi lo incluyera en su larga lista de excusas para ausentarse de la corte de Viena. 


- Doy un paseo de unas dos horas por la orilla del lago (hay senderos de trekking más sofisticados y me cruzo con muchos senderistas, pero yo no soy nada deportista). Disfruto muchísimo del paisaje en perfecto silencio, que es lo que nos gusta a los solitarios. Paso por un complejo de veraneo que se llama Seevilla, pero tras unos segundos de desconcierto caigo en que no se trata de ninguna errata, porque significa literalmente “Villa del lago”. 


- En este lago Zee se practican muchos deportes de invierno, y hasta fue sede en las Olimpiadas de 1937. El lago desprende un fuerte aroma salado, que se debe a que el río Salzach contiene sedimentos de minas de sal, de ahí su nombre. La niebla se rasga también en las alturas y puedo ver los picos nevados de los Alpes. Creo que experimento una especie de orgasmo visual y olfativo, porque la naturaleza esta vez no me da por el… saco como acostumbra con barro, piedras, cuestas y una plaga de abejas, sino que me regala una epifanía todo confort, ya que el paseo está asfaltado.  Me subo al tren de vuelta sonriendo como una imbécil, sólo me falta el cigarrito posterior (si es que fumara, que no es el caso).  



WERFEN: 

- No tenía previsto bajarme aquí. Pero durante el viaje hasta Zell he tomado nota del nombre de este pueblo, porque al pasar he visto en Werfen un castillo enorme en lo alto de un cerro que domina una aldea a orillas del río. Llamarle a todo eso paisaje de cuento es no empezar a hacerle justicia, porque además los picos de los Alpes lo enmarcan todo y está rodeado de bosques y viñas. Decido bajarme pues en Werfen a la vuelta, y al sol de la tarde todo refulge a mi alrededor. Cruzo el río y doy un paseo por un sendero rural cubierto de hojas doradas que bordea la orilla. Una vez en la aldea, me doy cuenta de que el cerro es demasiado alto y empinado para mis capacidades, y se me va a echar la noche encima, porque aquí oscurece muy pronto. Tampoco puedo visitar en Werfen la Cueva de Hielo más grande del mundo, llamada Eisriesenwelt (traducción: mundo de los gigantes de hielo). No sabía nada de su existencia, y leo que para entrar hay que llevar ropa de abrigo, calzado de montaña y que sólo se enseña con visita guiada porque hay riesgo de resbalar. Siento verdadero alivio cuando pregunto y me dicen que las visitas ya están completas por hoy, porque en el fondo hoy no me apetece nada meterme a espeleóloga por un rato. Prefiero el aire libre y la visión de la paleta de colores de los bosques bajo el sol del atardecer. 


- En el tren de vuelta a Salzburgo, un hombre que esperaba conmigo en el andén me ayuda a abrir la puerta del compartimento, cuyo mecanismo se me resiste. Eso da pie una larga conversación, la primera que tengo por estas tierras, donde la gente es tan discreta y tan poco propensa a abrirse a los extraños. Charlamos sobre Austria y me informa de que, aunque los turistas no lo notemos, este país está atravesando un empeoramiento de la economía y las condiciones de vida. Me cuenta que, como mucha gente de esta zona, parte de su familia proviene del otro lado de la frontera, en su caso de Bolzano. Le pregunto si es bilingüe y me responde que no, pero a continuación se embarca en una parrafada en perfecto italiano. Se muestra interesado por mi viaje porque él fue mochilero en su juventud, y quiere saber cuáles son los países que he visitado en mi recorrido por Europa. Intento hacerle un listado, pero me encuentro incapaz porque no puedo recordar la mitad de ellos. Él se baja del tren antes que yo, y durante el rato en que me quedo sola en el compartimento reflexiono sobre mi pérdida de memoria, y me alegro una vez más de estar escribiendo estas torpes notas de viaje improvisadas en las salas de espera de las estaciones y en las horas de insomnio pasadas en habitaciones alquiladas. Mi intención inicial era tener informadas a mis amistades de por dónde voy pasando para que, de creerlo posible, pudieran hacer planes por anticipado para unirse a mí en algunos tramos de la ruta. Pero, a medida que he ido avanzando en mi recorrido y comprobando cómo a los pocos días mi memoria no registra los lugares por los que acabo de pasar, y lo que me resta en la cabeza es un barullo de nombres, fechas y algunas imágenes dispersas… he terminado escribiendo para mí misma, en un intento por desenredar el embrollo mental que me impide recordar con mayor claridad, y para fijar de alguna manera mis impresiones y sensaciones (por pedantes que sean, son mías), sabedora de que inevitablemente pasarán al olvido. Ese olvido que ya soy. 


(“El olvido que seremos” es el precioso título de una conmovedora novela del colombiano Héctor Abad Faciolince sobre la heroica vida de su padre, médico en Medellín. Un remedo de ese título podría aplicarse a mi ni por asomo heroica, pero sí muy olvidadiza persona.)



INNSBRUCK

- Ayer subí al castillo de Salzburgo y había neblina, por lo que desde allí no se podían apreciar bien los contornos de los Alpes. Pero mi flor cular florece de nuevo, y los he visto hoy más de cerca desde Innsbruck, porque he subido en funicular hasta el mirador de Nordtekke, a más de dos mil metros de altitud. Me informa Miss Google que este Nord Tekke es la cadena montañosa al sur de la cordillera de Karwendel, que es el nombre que recibe la sección de los Alpes situada en la frontera entre Austria y Alemania. (Esto de que los Alpes reciban un nombre distinto cada dos por tres y vayas donde vayas, me tiene desorientada por completo… me temo que he desarrollado un síndrome de abstinencia, y a partir de ahora veré cualquier montañita y me cabrá la duda razonable de que también sea alpina, aunque se llame Monte Tibidabo y esté en Barcelona ciudad…. )


Pero me adelanto a los acontecimientos. En el tren que me lleva de Salzburgo a Innsbruck, una pasajera va vestida de drag queen rosada. Un listado somero de todo lo que lleva encima empezaría por su sombrero fedora, su melenuda peluca, sus gafas de sol de cristales ahumados, su dos piezas Chanel, sus medias de rejilla, sus botas mosqueteras, su bolsito y su maleta a juego… todo ello del mismo tono rosa-ilusión. Aquí la gente es muy educada y las normas de cortesía se llevan a rajatabla, pero en este caso todo el mundo comenta a su paso. Ella avanza grácilmente pasillo adelante, inclinándose un poco porque es muy alta, y hace como que nos ignora. Cuando llego a Innsbruck la veo entrar en un local llamado Kiss-no-sé-qué junto a la estación. Algunas tienen un dress code muy elaborado en su lugar de trabajo…. 


Notas:


- La ciudad está enmarcada por una cordillera alpina, atravesada por el río Inn, y bordeada de verdes praderas y bosques multicolor. Hace frío y la atmósfera está muy limpia, el cielo luce con ese azul intenso propio de la alta montaña y el sol realza todo el conjunto. Ante tanta maravilla, me paso el día diciendo Joderrr, Jo-der, Jodeeer, Jooodeeer y JODER!!!. A veces lo cambio por Madre Mía para variar un poco.



- Me doy un largo paseo por la Arthur Heidl Promenade a orillas del río. Hemos amanecido con 6°C, pero una vez que se despeja la niebla tengo la suerte de que salga un sol espléndido que se mantiene casi hasta mi vuelta. Mi flor de nuevo. 


- Esta ciudad es la más grande y señorial de esta zona del Tirol. Callejeo por el centro y viajo en el tiempo varios siglos atrás. Miss Google me informa de que Innsbruck fue bombardeada 22 veces y por tanto un 60% de lo que veo es una reconstrucción. Leo que, pese a que el Tirol en principio se consideraba en la retaguardia del frente, el gobierno nazi de Berlín sabía de antemano que, una vez iniciada la guerra aérea, la población civil no sería respetada ni por el enemigo ni por el llamado fuego amigo. Como así fue al parecer. Hoy día no se notan las consecuencias de todo aquello, aunque al parecer quedan unos cuantos refugios antiaéreos.  


- Hay en este parque ribereño un monumento que conmemora la quema de brujas de esta ciudad por orden del papa Inocencio VIII, con una placa que reza “somos las hijas de las brujas que no pudieron quemar”. 


- También hay en este paseo ribereño, un poco más allá, una curiosa instalación. Durero recibió el encargo de dibujar un perfil de la ciudad en 1495. Basándose en el grabado que realizó, dos arquitectos de nuestros días han trazado los contornos de la ciudad de entonces, en una estrecha cinta metálica suspendida sobre nuestras cabezas, para que al asomarnos podamos superponer sobre la orilla opuesta el antiguo perfil de Innsbruck sobre el Skyline de hoy día. 


- Veo, en la impresionante plaza ajardinada del Palacio Imperial o Hofburg de Innsbruck, una cabina que contiene sillas plegadas de diferentes colores. Se trata de un mobiliario urbano de quita y pon. Leo que el ayuntamiento permite disponer de estas sillas, a condición de que se reserven a través de una aplicación online, y bajo la responsabilidad de devolverlas a su sitio una vez utilizadas. Este sobreentendido dice mucho del nivel de respeto y cortesía que encuentro en este país: los jóvenes son muy respetuosos conmigo y mis canas, pero en general observo que las normas cívicas se cumplen, incluso los mendigos que te abordan por la calle suelen pedir disculpas de antemano. 


- De todos los edificios maravillosos de Innsbruck, el qué más me llama la atención es el Gasthof Goldener Adler, posada que luce en su fachada la respetable fecha de 1228, y donde hay además un bajorrelieve de Andreas Hifer, compositor del himno del Tirol. 


- Muchos jóvenes, y no tan jóvenes, que han terminado sus clases o salen del trabajo, pasean camino del funicular con sus esquís y tablas de snowboard. Yo no creo que haya mucha nieve, pero también es cierto que mi ignorancia al respecto es total y absoluta. Quizá haya cañones de nieve artificial en los alrededores, o es que se confirman con deslizarse por los pocos neveros que veo en las maderas, pero que desde abajo me parecen demasiado empinados para ser practicables? Ni idea. Esta ciudad ha sido en dos ocasiones sede de los Juegos Olímpicos de Invierno, y los tradicionales saltos que se retransmiten cada fin de año por televisión tienen lugar muy cerca, en Bergisel. Pero a mí los deportes de nieve me son ajenos por completo, y lamento decir que es una laguna en mi educación que no me apetece nada rellenar. 


- Contra todo pronóstico, el funicular hasta el llamado Top Innsbruck o Nord Tekke no me da tanto vértigo como pensaba. Se coge en el mismo centro urbano, y sube en varias etapas hasta la cumbre del Hafelekar, a 2269 metros de altitud sobre el nivel del mar. El monte Peñalara, en la Sierra de Guadarrama, le gana por poco… pero yo nunca he subido hasta allí. Sí que subí de joven, en un viaje a Suiza, al tren cremallera que te lleva hasta una estación intermedia (no hasta la cumbre) del monte Jungfrau. Esta estación está a algo más de 3400 metros de altitud. Desde allí se ve un glaciar, pero por desgracia aquel día había niebla cerrada y no vimos nada, así que esa experiencia no puntúa en mi lista de cimas adonde me he encaramado. Por cierto, que he subido siempre por medios mecánicos, porque en el campo si no me llevan en la sillita de la reina desde luego me niego a hacer el esfuerzo mental de afrontar mi vértigo.


 - Una vez arriba del todo, el increíble panorama del semicírculo de cumbres nevadas me fascina por completo. La ciudad a nuestros pies no es más que un hormiguero al fondo del valle del río Inn (Eno en castellano). Algunos cuervos revolotean sobre el mirador de piedra, y me pregunto si realmente vuelan tan alto,o más bien han ascendido cómodamente posados en el techo de las cabinas del teleférico (ya se sabe que “cree el ladrón que todos son de su misma condición”).  


- La bajada se hace pesadísima. En teoría, el trayecto debería durar unos veinte minutos. Pero las colas son interminables y el espacio de cada cabina es limitado por razones de seguridad, por lo que me toca esperar… y para cuando llego al centro de Innsbruck he invertido en total casi tres horas, de modo que pierdo el tren de vuelta a Salzburgo  y debo reservar plaza en el siguiente, que llega ya a la anochecida. No me importa, porque la experiencia ha merecido la pena con creces. 


Lo único que la ha empañado un poco ha sido que, entre la multitud de turistas que se agolpaban en cada estación del funicular, había varios grupos de personas adultas gritonas, escandalosas, maleducadas y molestas. Nacionalidad de estas personas: española. Me temo que en este largo viaje he desarrollado una especie de complejo de superioridad que me va a costar mucho quitarme, y que a mi vuelta necesitaré muchas curas de humildad para adaptarme de nuevo a los decibelios y la gestualidad de las conversaciones patrias. Porque yo también soy gritona, escandalosa, maleducada y molesta cuando llega el caso. Si no puedes con ellos, únete al griterío. 



HALLSTATT

- Pensaba ir hasta allí, pero al final cambio de opinión, para poder dedicar mi último día a las visitas culturales y el concierto que tengo programados en Salzburgo. 


Hasta siempre, Austria. Mi siguiente etapa es Munich. Nunca he estado en Baviera, y espero poder hacer algún recorrido por esta región alemana que tenemos mitificada gracias a los tópicos y a las películas. 


RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...