19.8.25

 LETONIA


Dos trenes de Estonia a Lituania, más de seis  horas y media de viaje, dos largas conversaciones con gente interesante. Llevo bastantes días sin conseguir enlazar una conversación, siquiera superficial, salvo en las tiendas, pero incluso ahí casi nunca pasan del “Al contado o con tarjeta?”. Estoy segura de que estas gentes pueden mostrarse amables, y que les gusta charlar como a cualquiera, pero lo disimulan muy bien ante los extraños. 


Yo soy bastante solitaria y puedo pasar sin hablar con nadie, pero mi intención al hacer este viaje no es únicamente contemplar los paisajes, caminar por las calles y tachar monumentos de mi lista de deseos. Yo quiero respirar los distintos ambientes de los diversos lugares, y pulsar algunas opiniones de la gente que los habita, aunque sea breve y superficialmente porque estoy de paso. Yo pretendo llevarme una impresión algo fundada, por minúscula que sea, de la parte de Europa que alcanzo a abarcar. La que busca adaptarse a los tiempos que vienen, la que rebusca en su pasado, la que anda por este momento de la historia con el pie cambiado. Son pretensiones grandilocuentes y poco realistas, pero son las mías aunque me vengan grandes. No era lo que hacían los viajeros del pasado, intentar relacionarse un poco? Vamos perdiendo el arte de la conversación en esta maldita era digital, y celebro que por edad no viviré para ver las consecuencias, que ya apuntan en el horizonte. 


Por eso me agrada dar por fin con jóvenes que se interesan por intercambiar puntos de vista. Yo no sé qué tendrán mis venerables canas que les inspiran confianza, pero el caso es que terminan haciéndome confidencias, que naturalmente no voy a traicionar aquí. De la parte que sí puedo revelar, diré que en el primer tren, de la compañía estonia ELRON, me siento al lado de un libanés nacionalizado británico con ojos de gato, del color del ámbar. A las dos paradas se nos sientan delante, de cara a nosotros, dos jóvenes estonios que son hermanos. El mayor guarda silencio todo el tiempo, pero el más joven, que lleva una gorra de marinero con visera, quiere saber qué nos ha traído hasta aquí, porque no cree que su país tenga mayor interés. Él mismo ha emigrado a Alemania, donde trabaja en la electricidad vial. El libanés está haciendo el mismo viaje que yo, pero en sentido inverso. Intercambiamos recomendaciones. Hablamos de las condiciones de vida en los distintos países, pasamos de puntillas por encima de la política global y sobre los dos frentes abiertos, uno de ellos cercano. El libanés cuenta que pensaba ir a Narva, a orillas del río del mismo nombre, para ver de lejos el pueblo ruso de Ivangorod, en la orilla de enfrente. Mucha gente está haciendo esa excursión como premio de consolación, ya que los gobiernos occidentales recomiendan no entrar en Rusia, ante la imposibilidad de garantizar nuestra seguridad en su territorio. Pero este chico dice haber desechado ese plan, por miedo a que una vez allí la tentación de tener Rusia tan cercana fuera más fuerte que el sentido común, y terminara intentado llegar a San Petersburgo. Le quedan pocos días para volverse a Londres, donde hay estos días una ola de calor digna del Mediterráneo. Quiere hacer una cura Detox antes de reincorporarse a su trabajo como docente. Nos despedimos deseándonos poder ir a Rusia alguna vez, cuando las cosas se calmen un poco.

 

Para completar el trayecto desde Tallinn a Riga, debo hacer transbordo en Valga, cerca de la frontera entre Estonia y Letonia, donde los pasajeros nos subimos a un tren de la compañía letona VIVI. Mi flor cular, a la que ya he aludido varias veces y es una vieja conocida de este blog, florece dos veces en esta jornada, y uno de sus efectos es que, aún siendo mi billete de segunda clase, me trasladan a primera. El motivo es de peso: mis Resilias y yo abultamos demasiado en el único asiento libre que he encontrado, un extensible que está en el pasillo, justo delante de la puerta del WC. Ya estoy resignada a aspirar los aromas y a apartar los pies para dejar paso, cuando viene a rescatarme una controladora cuyos modales son los de una carcelera, pero que luego resulta ser bastante amable. 


Lo que tiene gracia es que, aunque a los pasajeros movilizados nos dicen que nos sentemos en primera clase, una vez allí nos advierten de que tal cosa no existe en los trenes estonios y letones, sino que simplemente se trata del vagón delantero, sin más. Recuerdo la posibilidad de reservar asiento, contemplo la tapicería imitación piel, los apliques alrededor de mi asiento, el espacio para las maletas y todas las comodidades de nivel superior a la clase turista, y hago un esfuerzo para imaginar que, aunque las veo y las toco, en realidad no existen. Más tarde nos reparten unas hojas con el menú, que nos sirven en la mesa, y me entra la rechifla. Ya he vivido una situación idéntica, en un avión de Air France alquilado por Cuba en los años 1990s. Durante el vuelo, el sobrecargo y la aeromoza cubanos repetían sin cesar que no había clases y que todos éramos compañeros, pero en primera se dormía recostado con mantita, y en turista sentado dando cabezadas. 


En este segundo tren se me sienta al lado un joven lituano de madre ucraniana, que acaba de terminar sus vacaciones en su pueblo de origen, donde ha estado pescando en el río y echando una mano en un negocio familiar. Enlaza con un vuelo de regreso a Copenhague, adonde emigró y donde vive con su novia americana. Me dice que echa de menos los días en que dio sus primeros pasos fuera de su patria trabajando en un hotel de Salou. También me cuenta que sabe que, por bien que le vaya como expatriado, su destino es volver de mayor a su lugar de origen. Le pregunto por su familia en Ucrania, por lo visto viven lejos de los frentes de combate y, aunque sufren las restricciones, están bien. Me comenta que el carácter ucraniano es más cálido que el letón, y que él mismo es poco sociable. Pero has sido tú el que ha iniciado la charla, le replico. Sólo porque eres extranjera, me dice. Aquí tenemos mucha curiosidad por los que vienen de fuera, porque hasta hace poco no había turistas. 


Tan entretenida he estado con él, que bajo del tren despistada. Me cargo a Resilita a la espalda y echo a andar por la estación, intentando conectar mi móvil a alguna red letona. Tardo un buen rato en conseguirlo, y pido a Miss Google que me muestre la ruta al apartamento que he alquilado. Cuando voy a iniciar la caminata, hago ademán de coger el asa de Doña Resilia…. y toco el aire. Me la he dejado olvidada en el tren! Corro como una enajenada escaleras arriba, porque han pasado 15 minutos y ese tren regresa a Estonia. Pero la flor que tengo en el culo impide que haya partido, todavía está estacionado en el andén un par de minutos más… que aprovecho para entrar en tromba, empujando a todo el mundo, y rescatar a mi compañera fiel de todos estos meses rodando literalmente por Europa. Shit happens, estas cosas pasan, me dice el controlador que da la señal de salida. Pero yo me temo que Doña Resilia se ha sentido ninguneada y se ha ofendido muchísimo. No me lo demuestra porque es muy orgullosa y porque no quiere rebajarse ante Resilita, de la que tiene unos celos propios de princesa destronada. Le he pedido humildemente perdón y le he limpiado amorosamente los bajos de restos de hojas secas, a ver si puedo impedir que se vengue de mí rompiéndose una rueda o una cremallera. Doña Resilia pesa un quintal porque es la depositaria de todas mis pertenencias materiales en este viaje. Salvo los zapatos, que los cargo a hombros dentro de Resilita como quien carga con sus culpas sin redención posible, porque según sude al sol, o llueva y se embarre todo, debo tener recambios para calzarme.  


Nada más dar mis primeros paseos por Riga, me doy cuenta de que el nivel de vida es bajísimo comparado con Tallinn, y también en términos absolutos. El recorrido desde el centro histórico hasta mi apartamento, también céntrico pero en un barrio más cotidiano, es penoso. Conforme voy avanzando veo fachadas negruzcas y desconchadas, solares abandonados, locales comerciales cada vez más miserables y decaimiento de las instalaciones en general. Esta ciudad está pasando un mal momento, pienso. Más tarde le pregunto a Miss Google, y me confirma que, de las tres repúblicas bálticas independizadas hace 35 años, Letonia es la única que no ha conseguido remontar económicamente, cuando las otras dos han encontrado medios para prosperar y sacar partido de su incorporación a la UE y al euro, aprovechando sus recursos naturales y diversificando la inversión extranjera. Letonia, en cambio, según artículos que consulto aquí y allá, parece que sufre una mayoría inestabilidad política, lo que siempre espanta a los inversores, y además está lastrada por un alto nivel de desempleo, una educación superior deficiente y la cultura de la economía sumergida. Parece que no ha encontrado de momento un equilibrio entre el modo de vida anterior y los nuevos tiempos. Leo que su PIB y su renta per cápita llevan décadas de retraso respecto a la media europea. La verdad es que las escenas cotidianas en las calles de su capital me recuerdan a las de mi más tierna infancia, en la España aún franquista de los 1970s: los mercados, la estación, las tiendas de barrio, la ropa que lleva la gente, todo es bastante anticuado. Se respira precariedad.

 

Justo por eso he decidido no poner una queja sobre mi alojamiento, porque veo que todas las casas de los alrededores son iguales o bastante peores. Sabía por las fotos de la plataforma que el apartamento era muy básico, pero no me esperaba tener que pernoctar en una quasi-chabola de bricolaje improvisado, con muebles que me superan en edad y que para empezar tampoco eran muy buenos cuando los fabricaron. Muy pulcra, eso sí, no en vano mi anfitriona es una limpiadora. Debe haber heredado este bajo en una casa de madera que se cae a pedazos, y supongo que intenta complementar lo que imagino será un sueldo mísero alquilándolo a incautos como yo. Yo tengo un estómago muy fuerte y le echo paciencia cuando no me queda otra… lo que me hace perder los nervios, porque vengo agitada después de casi perder a Doña Resilia, es que en este bajo, por mucho que maniobre, no puedo entrar porque soy incapaz de abrir la puerta, que está en tan malas condiciones como todo lo que me rodea. Tiene que venir la hija de la dueña a explicarme cómo se abre, con el picaporte hacia arriba y echándole optimismo. Y aún peor: una vez instalada quiero salir, pero desde dentro tampoco puedo abrir la puerta para pisar la bendita calle. Tengo que utilizar una toalla porque me hago daño en las manos manipulando el pestillo. Es la gota que colma el vaso. Más vale maña que fuerza y todo eso, pero a estas alturas ya estoy gritándole a la vida co…rcholis con la pu…ñetera puerta, y otras frases castizas de esas que rebajan el nivel de cortisoles mucho mejor que el yoga y la meditación. 


Mi costumbre es hacer la compra en un supermercado, llenar el frigorífico, y salir a explorar la ciudad. Tengo un súper en la esquina, pero tiene tan mal aspecto que me convenzo de que es un negocio que ha quebrado (días después llego a casa cuando ya ha oscurecido, y me sorprende ver su interior iluminado y los clientes entrando a comprar). Localizo un poco más arriba una tienda de alimentación en un precioso edificio de madera amorosamente restaurado, con detalles cuquis como geranios rojos en las ventanas. Pero cuando entro, se me cae el alma a los pies: la tienda parece más un almacén castrista de hace 30 años que un local que vende alimentos en la Unión Europea actual. Las neveras están desenchufadas y hay muy poco género a la venta, buena parte del cual es de elaboración casera. En mis paseos por los barrios, veo muchos comercios en estas condiciones. El centro es otra cosa, por supuesto. Según me aproximo a la zona comercial y al casco histórico, todo mejora y se sofistica, especialmente en los lugares más turísticos. 


Mi alojamiento está en Marisa Iela, en la esquina de Koka Riga, o Riga de madera. En mi barrio, Latgale, hay muchas casas de madera entre solares donde campan los gatos y crecen las malas hierbas. Cuando están restauradas, las casas de madera son preciosas, y ostentan un letrero triunfal del ayuntamiento prometiendo una vuelta al antiguo esplendor. Pero el hecho es que los edificios del fin de siglo XIX aquí están todos descascarillados, y en el centro muchos de ellos también. Los pavimentos de las zonas históricas muchas veces son de adoquín de canto rodado puro y duro, sin mortero que rellene los espacios vacíos y forme una superficie uniforme. Me cuesta tanto andar sobre ellos como si fueran una calzada romana del s. II a.C. 


En Latgale están la Iglesia de S Pablo y el Parque Grizinkalna, construido sobre una duna de arena de 40 metros de alto. Lleva el nombre de la antigua mansión que se construyó sobre ella. Hay un monumento a la revolución de 1905 que procuró la breve independencia de Letonia, hasta la ocupación por las tropas soviéticas al final de la Segunda Guerra Mundial. En el parque el viento va peinando las ramas, que se desnudan poco a poco sobre un lecho de hojas secas. Por estas latitudes ya empieza a asomar tímidamente el otoño que vendrá. 


El viejo Riga se llama Vecriga. No voy a hacer aquí un listado de monumentos, que se pueden consultar fácilmente en cualquier parte, donde estarán mucho mejor descritos. Yo visito algunos y otros no según mis apetencias del momento, pero sobre todo me dedico a recorrer Riga sin rumbo fijo en todas direcciones, y con lo que voy observando hago la siguiente lista de curiosidades: 


- Kooka Riga, el distrito de casas de madera, no es más que unos pocos edificios restaurados, y un letrero del ayuntamiento prometiendo más. 


- Una curiosidad ferroviaria: me entero de que el ancho de vía ruso es mayor que el estándar europeo (el antiguo ancho de vía ibérico de España y Portugal por lo visto era más ancho todavía). Esta mayor amplitud de espacio entre la vías sigue vigente tanto en Rusia como en algunos países de la antigua órbita soviética, como Finlandia y las repúblicas bálticas. 


- En Riga, si te alejas de las calles más turísticas, los semáforos de peatones no tienen el acostumbrado disco con el muñequito dibujado, sino que el disco para los peatones es igual que el del tráfico rodado, lo que da lugar a mucha confusión entre los extranjeros. 


- Letonia tiene solo 35 años de edad en su reencarnación post-soviética actual. La mayoría de la gente que te cruzas ha crecido bajo aquel régimen, y ha debido adaptarse rápidamente a un cambio radical. Es normal que aún estén descolocados. Los mayores no ocultan su desconfianza ante los extranjeros, recibo miradas que llenarían párrafos enteros. En los barrios me miran raro, no están acostumbrados a que los turistas se salgan del redil y campen a sus anchas. 


- Me cruzo con muy pocos ciclistas, comparado con el resto de países de la zona. No sé cuál será el motivo, aunque Miss Google y su primita carnal, la Inteligencia Artificial, me cuentan que el clima letón es demasiado duro y por eso aquí no hay costumbre de pedalear para desplazarse. Mire usted, el clima de los países vecinos es duro también, y hay muchos más ciclistas. En fin, las infraestructuras no son adecuadas. Por otro lado, se ven muchos coches contaminantes de tiempos lejanos que aún circulan por las calles. La normativa ambiental debe de ser muy laxa por aquí. 


- Leo que, dentro de las festividades veraniegas, en el canal llamado Pilsetas va a actuar “El músico Cohete” (el nombre artístico promete, pero sospecho que es una mala traducción de Miss Google Lens) de 21h a 1h. Siempre me entra curiosidad por ver cómo se divierte la gente en las fiestas callejeras, creo que es una de las cosas que dan la medida del carácter nacional de un pueblo. Pero cuando llega la hora estoy exhausta de andar todo el día y decido volver a casa. No sin antes visitar el Pilsetas Kanala al atardecer. Mi interés se ve recompensado con un espectáculo acuático. Hay una fila de surtidores a lo largo de la orilla como si de una fuente se tratara, sincronizados con luces de colores mientras suena el Vals de las Olas, a cuyos sones pasa un solemne desfile de piraguas y lanchas. Me siento un rato para admirar el espectáculo. La música, que sale de unos enormes bafles instalados sobre la hierba del parque, es lo más parecida al canal clásico del hilo musical que recuerdo haber escuchado en mis visitas de adolescente al dentista. Reminiscencias del Luis Cobos más marchoso a un compás de 2/4. Todo el conjunto tiene una pizca de kitchst, algo de naif y mucho de refrescante. Vivan Riga y su concejal de festejos.   


- Veo bastantes chicas que se hacen fotos en la calle sosteniendo bouquets de flores, pero no van vestidas de novia y los ramos son pequeños. Supongo que se trata de las damas de honor, que están ensayando su outfit, como estúpidamente se dice ahora. Abundan las tiendas de vestidos de novia, como en Estambul y Palermo. Por lo visto hay sitios donde se casa mucho la gente.


- Riga tiene muchos murales callejeros que decoran las medianeras de las fachadas en los numerosos solares.


- Riga también cuenta con 800 edificios Art Nouveau, algunos de gran belleza. Pero otros muchos requieren una restauración que recupere su antiguo esplendor. No oculto que me han gustado más los de capitales que he visitado anteriormente.


- Veo muchas personas que rozan la ancianidad y aún están trabajando, lo que significa que no debe de haber ayudas sociales ni la garantía de una pensión para mantenerse dignamente.


- Compro en un súper “lomos de cucaracha seca, de espaldas”. La traducción es cortesía de Miss Google Lens, a quien no se le da bien el estonio. No le hago ningún caso y me los llevo para cenar. Resultan ser lomos de arenque desecado. 


- El idioma de los nombres de las calles fue cambiando a lo largo de los siglos, según el régimen del conquistador del momento. Del letón al alemán y al ruso, con todas las combinaciones posibles de los tres, y todo para volver al letón. Todo un viaje lingüístico, avanzando en círculos para quedarse en el mismo lugar de partida.


- El paso subterráneo al mercado más famoso de Riga es descorazonador. Parece un viaje en el tiempo a la madrecita URSS. En este mercado se vende carne ahumada, una predilección local que es todo un gusto adquirido para mí. Vamos, que no he adquirido el gusto porque me resulta un ahumado tan sumamente exagerado que no puedo con él. Tambien son muy populares aquí las elaboraciones eslavas. Y las turcas, samsas y pavlavas. Venden tiras de frutos secos cubiertos de gelatina espesa en forma de churro que para mí gusto tienen un aspecto muy poco apetitoso. Otros platos que veo son Karinazte, cebureki, piradzini, belasi. Pruebo uno de ellos, no recuerdo el nombre, y resulta ser una masa que contiene carne picada. En un puesto del mercado, el vino y la cerveza se venden a granel, la gente guarda cola con sus botellas para que se las rellenen.


- Muchas personas que me cruzo hablan ruso, reconozco las pocas palabritas que me sé de ver películas de espías en la guerra fría. Según Miss Google, la lengua materna de un 36% de letones es el ruso. 


- En Riga conviven los venerables tranvías antiguos con los modernos. Me gustan los tranvías, tan comunes fuera de España. Lo que me incomoda es tener que atravesar los railes al cruzar las calles. 


- Me siento en un parque, junto a la catedral ortodoxa de S Kristus Piedzinsamas, porque veo una fila de bancos en la sombra, y aparte de descansar quiero recuperarme de la solanera que me está cayendo en mi caminata hacia el centro histórico de Riga. Mientras estoy sentada, con otras mujeres de varias edades a mi lado, ocurre un curioso incidente. Oigo Go, go, go! No he estado pendiente, pero por lo visto a dos bancos de distancia hay un hombre sentado al lado de una chica y muestra hacia ella una actitud amenazante. El que ha gritado la alerta ha sido un chico joven que pasaba en bicicleta. Una pareja joven con un bebé se para, y el papá se acerca a la chica a la que están molestando para preguntarle si todo va bien. No entiendo el letón, pero es fácil deducirlo porque ella sonríe y dice No, no. Pero la situación habla por sí misma, y el ciclista y el papá se quedan un poco alejados comentando y supervisando la escena, que efectivamente tiene todos los visos de una amenaza más que real, conforme al lenguaje corporal del acosador. En un momento dado, este hombre se mete la mano en el bolsillo, y me falta tiempo para olvidarme del cansancio, levantarme y alejarme. Al final, el acosador, consciente de que los otros dos le están vigilando de lejos, se marcha, no sin antes pegar mucho su cara a la de ella, decirle algo bajito y adentrarse en el parque. Espero por el bien de ella que no sea su pareja y no convivan juntos. 


- Yo a este viaje me he traído un silbato, que llevo en el bolso. Oí en la radio que tres toques de silbato repetidos a intervalos son una señal de alarma para que acudan a auxiliarte. Y que si nadie llega, o la gente no entiende la llamada, como mínimo el ruido desconcierta al agresor y así ganas tiempo para huir, o el que con suerte se marcha es él. 

- Subo a la Torre de S Pedro, sin gran mérito por mi parte porque hay un ascensor. Ofrece unas vistas panorámicas de todo Riga. Es una hermosa y magnífica ciudad, que deseo que alcance un buen nivel de vida lo antes posible. En esta iglesia hay unas cartelas que explican al detalle las migraciones protestantes que llegaron a esta tierra desde Rusia, donde los devotos de esta fe sufrían persecución. Hay un mapa con toda la evolución de las creencias religiosas en esta zona del mundo, con familias y pueblos enteros movilizándose de frontera en frontera. Yo sólo tengo una ambición en la vida, y es que no me la compliquen, por eso me cuesta comprender este tipo de fenómenos. Soy muy bruta, lo sé.  


- Veo un Pedal Pub en el centro de Riga. Creo que no he mencionado hasta ahora estas bicicletas colectivas con bar incorporado, que he visto circular en varias ciudades europeas. Son una especie de tándem comunitario, donde al menos diez personas pedalean bajo una mesa con ruedas por debajo y un toldo por encima. A bordo de este complicado ingenio llevan música y un gran barril de cerveza, del que les sirve un barman como si estuvieran en la barra (móvil) de un pub. Esta especie de comuna ciclista va pedaleando, con algo de dificultad mecánica y etílica, que suplen con un entusiasmo burbujeante. Normalmente van muertos de risa, y algunos a punto de caerse de espaldas. Este Pedal Pub de Riga está aparcado, y aprovecho para tomar una foto. El barman me pregunta si le estoy filmando, y le explico que como no se me dan bien las descripciones, recurro a una imagen para mostrarla cuando vuelva a casa. Me cuenta que la iniciativa del bar cervecero con ruedas va viento en popa, y le enumero todas las ciudades donde ya lo he visto. Él añade Barcelona a la lista, y me invita a subir, pero le respondo que mi vértigo me lo impide aunque me gusta la cerveza. No miento: siempre que veo pasar un Pedal Pub, me da vértigo ver cómo los felices parroquianos de este bar rodante pedalean sin ningún arnés que les evite caerse de espaldas.


- Localizo, entre la lista de museos de Riga, el Museo de las barricadas. No lo visito, pero me resulta curiosa la iniciativa. Por lo visto, en Riga se produjeron enfrentamientos con las fuerzas del orden en los días previos a la independencia, y la población improvisó unas barricadas en las aceras.


- A orillas del río Daugava, encuentro una vitrina que resguarda una tosca figura policromada, referente a la Leyenda de la fundación de Riga. La figura es la del gigante Lielais Kristaps, que según un allendes medieval, debido a su altura ayudaba a la gente a cruzar el río y vivía en la otra orilla. Luego construyeron un puente, menos mal. Carezco de la paciencia necesaria para contar aquí la leyenda, pero no me voy a privar de expresar mi opinión: la figura, una talla en madera copia de un original del s. XVII, es bastante fea, y afea el agradable paseo de este bonito parque fluvial. There, I said it. 


- Seguramente debería haber visitado el castillo y la torre del arsenal de Riga, pero me los salto. En cambio, paso por el Parque Vermanes, donde se ofrece un concierto muy animado en un acogedor auditorio al aire libre. Entre piezas de jazz y de rumba que pasan sin pena ni gloria, interpretan una canción melódica muy sentimental que funde los glaciales corazones letones que me rodean. Puede que la letra sea patriótica? Nunca lo sabré.


- Hago un recorrido por el llamado Moscú de Riga, el barrio que conserva más edificaciones de los tiempos del telón de acero.  

Este barrio lo domina como un gigante la feísima Academia de Ciencias de Riga es un edificio soviético… pero menos. De cerca, es igual de feo, pero el ladrillo le da un toque un poco más cálido que el original de Moscú al que copia. 

Se asemeja a la famosa Universidad Estatal de Moscú, el rascacielos más alto de las llamadas “siete hermanas”, que son las torres monumentales que se expandieron a lo alto y a lo ancho por todo Moscú durante la época estalinista. Desgraciadamente, se construyó una copia de estas monstruosidades en cada estado de la órbita soviética, y como resultado las tenemos “repes” hasta la saciedad. Como los templos del Imperio Romano, pero en mal gusto. 

El resto del barrio es muy gris y bastante desagradable, aunque he leído que muchos artistas se han instalado aquí y que tiene mucho dinamismo y un gran ambiente bohemio. Al sol de la mañana ambas cosas brillan por su ausencia, porque estas tribus urbanas son noctámbulas por naturaleza. Termino marchándome, porque literalmente me cuesta andar por estas aceras faltas de mantenimiento. 

También por allí visito la preciosa iglesia ortodoxa rusa (de la Anunciación? Miss Google no me lo traduce), que por fuera es de madera y por dentro es barroca. Data de 1760 y la fundaron los Antiguos Creyentes,  una congregación ortodoxa que sufría persecución por sus creencias en Rusia, por eso buscaron refugio aquí. La llevan unas monjas, lo que significa que debes cubrirte la cabeza para entrar con unos pañuelos que te prestan. Yo prefiero usar la capucha de mi chaqueta deportiva. Lo siento, pero me parece muy antihigiénico tener que cubrir mi cabello con esos trapos que por su aspecto no se han lavado hace mucho. Mi caspa es mía y no me planteo compartirla con nadie, ni viceversa. 

Por último, en este distrito se encuentra el Memorial del Holocausto, que contiene las ruinas de una Sinagoga atrasada durante la ocupación nazi.


- Tomo un tren a la cercana localidad costera de Jurmala y sus playas: la de Majori es la versión báltica de Arcachon. Hay muchas villas elegantes de veraneo en madera de la Belle Époque. Hay muchos pinares, y una duna. Y está rodeada de agua, entre el Mar Báltico y el río Lielupe, y un poco más al interior está el lago de Babites. El día está muy ventoso, y el mar muy picado, por lo que renuncio a mojarme los pies siquiera. Algunos valientes se empeñan en bañarse, pero el resto llevamos manga larga. Paso una tarde estupenda paseando entre preciosas mansiones, la mayoría en madera, bajo altísimos pinos. La calle Jomas es la más antigua de Majori, y es toda una hermosura. En suma, un lugar espectacular. 

En Majori me cruzo con un grupo de ingleses jubilados admirando los jardines y las flores, no en vano son expertos en ambas cosas. Veo varios menores de edad, que tocan (muy bien por cierto) en la calle. Eso es explotación infantil, y la policía hace la vista gorda. Hay muchos rusoparlantes entre los paseantes. 

Siguiendo la calle y pasado su mercadillo, se llega hasta Dzintari, la playa vecina dentro del término de Jurmala. En algunos tramos la calle Jomas me ha parecido un poco Disneland París, especialmente cuando llego a una iglesia ortodoxa que parece un muestrario de colorines (siento ser tan brutal, pero tengo demasiado respeto por las iglesias para no pensar que cuando las pintan así es un ultraje). De todos modos, según voy dejando atrás las tiendas me adentro en una zona residencial moderna de mucha categoría. 

Para cuando llego a la playa de Dzintari, la ventolera se ha calmado y ha salido el sol. Estoy hambrienta, y compro unas rosquillas fritas en un puesto callejero. Por lo visto estos dulces se llaman vitalis (Vitali es un nombre ruso, por lo visto están bautizados, como nuestros miguelitos). Estos miguelitos letones llevan azúcar glass y me ponen perdida, pero están ricos. 

 Hago la digestión en el Parque forestal de Dzintari, donde admiro la espesura de los árboles desde una pasarela entre los pinos. En este parque hay un circuito de tirolinas y puentes colgantes para los niños, y una torre de 38 metros (unos 12 pisos de altura) desde cuya plataforma se ven las copas de los pinos y toda la línea de la costa. La torre se llama Observatorio Jurmala Tarzán. Con ese nombre, cómo resistirme? Sigo un impulso irreflexivo, y empiezo a subir ignorando mi vértigo. Los suelos y los escalones son de rejilla, así que la sensación de estar colgada en el vacío se va acrecentando conforme asciendo. Hay que bajar los vitalis, me digo para darme ánimos. Ya arriba del todo, mis temblores y mis sudores son recompensados con una vista circular verdaderamente espectacular. La espesura de la pineda es apabullante, si no estuviera en el Báltico me creería en la mismísima Costa Rica. Hago fotos, pero no me quedo mucho rato porque la plataforma vibra con los pasos de los que suben y bajan. El esfuerzo me pasa factura y tengo las piernas temblones el resto del día, pero para mí ha sido toda una proeza el haberme atrevido a subir. 

Me entero de que hay cerca una estatua ecuestre del zar ruso Pedro I que se anuncia como atracción turística. La busco, porque me asombra que se le rinda tributo a este emperador que cañoneó Riga personalmente en el s. XVII. Sé que hay muchos descendientes de rusos que tienen segundas residencias en Jurmala, a las afueras de Riga, pero en fin, no me cuadra. Espero encontrarme la estatua en una glorieta o una escalinata o algo así…. pero resulta que está en un jardín particular perteneciente a un tal Jevgenius Gombergs. La historia de esta estatua es casi casi tan apasionante como la del propio Pedro I en persona. Se esculpió en la Belle Époque, cuando Letonia formaba parte de un ducado del Imperio Ruso. A su inauguración en Riga en 1909 acudieron los Romanov en persona, con el zar Nicolás II a la cabeza, ya que veraneaban allí. Para preservarla durante la Primera Guerra Mundial fue evacuada por mar, pero el barco se hundió en un ataque alemán. Se recuperaron los restos en los años 1930s, pero estaban bastante dañados y quedaron almacenados. Durante la época soviética llegaron a Riga expertos que los restauraron poco a poco a lo largo de las décadas, pero la estatua no se volvió a exhibir públicamente. Hasta los años 1990s, tras lograr la independencia, en que Letonia ofreció la estatua Moscú, pero parece que no había interés por parte rusa.  No sabiendo que hacer con ella, la erigieron en un parque de Riga, pero a los tres días el clamor popular forzó a qué la retiraran. El mal recuerdo que había dejado Pedro I aún persistía. El emperador y su caballo pasaron otras dos décadas encerrados de nuevo en un almacén, hasta que un particular la compró, junto con otras estatuas por el estilo, y colocó estos caros adornos en su jardín, cuya verja es lo bastante baja como para permitir su contemplación sin mayores obstáculos. Me imagino lo que debe ser tener un desfile continuo de curiosos fotografiando su casa, como he hecho yo misma, y me pregunto si realmente le compensa tener plantado un emperador en su jardín. Debe de ser que sí. Hay gente p’a tó.

A las casas muy deterioradas de este bello paseo las cubren por completo con una funda, para que sigan siendo decorativas y no desentonen.

- En el viaje de vuelta a Riga, veo muchos hombres y mujeres maduras y hasta bastante mayores borrachos como cubas, literalmente haciendo eses. Han celebrado un día playero de esta manera. Me da mucha lástima. Pero es mi último día en Riga, y lo he disfrutado enormemente. Renuncio a visitar la ciudad medieval de Cese por falta material de tiempo. Y por el mismo motivo no me adentro más en territorio estonio. De nuevo llega la hora de hacer una mini-mudanza al país vecino, en este caso Lituania. 




Al día siguiente continúo viaje por tren hasta Lituania. En el trayecto se manifiesta el caos organizativo de los ferrocarriles letones, y yo no debería criticar porque en España en los últimos años nos estamos luciendo en este aspecto. El caso es que la app de Interrail reserva el billete, pero no los asientos cuando se trata de este tipo de países donde las plataformas online no son fiables. Como es mi costumbre, intento reservar asiento días antes en la estación, que es lo recomendable. Allí son muy cortantes, no se paran a escucharme y me despachan con cajas destempladas. Que si voy a Lituania, compre online. Pero su plataforma no da la opción, y ellos lo saben. No soy la única damnificada, ya a bordo del tren hay personas de pie, porque encima los que sí tienen la posibilidad de reservar asiento, en primera, tienen también motivo de queja: un fallo del sistema ha duplicado los registros y algunos asientos tienen dos dueños. Es el juicio de Salomón, pero sin final feliz. Los controladores van de un lado para otro, imponiendo orden a las bravas, dando falsas esperanzas a los más insistentes y, en el caso de un hombre calvo y orondo, empatizando con los perjudicados. Se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, da unos suspiros que parten el alma. Viene a cobrarme los cinco euros de la reserva de asiento rezumando culpabilidad. Tanto le veo sufrir al pobre que le doy ánimos y le digo que en realidad este tren no debería tener tres vagones, sino el doble, que para eso estamos en temporada alta. Me mira con los mismos ojos que ponía el dibujo anime de Marco buscando a su mamá en los Andes. Mis dos Resilias han tenido más suerte que yo, porque están instaladas en la rejilla correspondiente, juntitas para hacerse compañía. Yo voy itinerante de un asiento a otro, de los que me van echando los legítimos propietarios antes de que sus duplicados les intenten echar a ellos, y así. Un señor particularmente desagradable me mira fatal. Yo ya tengo tablas y le devuelvo una mueca sardónica que sé que me sale muy bien. Al final, tras un breve calvario en el asiento desplegable, sí ese mismo, el que está justo donde se abre la puerta del WC… se manifiesta otra floración cular. Llega una señorita muy fina con la cabeza más fría y me pregunta qué hago en situación tan desairada. Enseguida me busca un asiento decente, y al final lo encuentra conminando a un joven a que saque su equipaje del asiento de al lado al que ocupa. Lo había colocado allí en medio de toda la crisis. Divino tesoro. 






14.8.25

 ESTONIA

En mi última noche en Tallinn intento hacer un resumen de los cuatro días que he pasado aquí, pero no consigo ordenar mis ideas, de modo que echaré mano de las ya acostumbradas notas desordenadas. Sólo puedo decir que si algún lugar verdaderamente se merece que se le aplique el calificativo de “cuento hadas”, desde luego es a esta bellísima ciudad portuaria, capital de Estonia y uno de los sitios más bonitos que yo he visitado. 


Notas:

- Viajo en ferry desde Helsinki a Tallinn en una travesía que sólo dura dos horas y media, pero ya he comprobado anteriormente que me mareo a pesar de la biodramina, de modo que reservo una cabina para poder ir tumbada. Como además me he tomado una aspirina porque me he resfriado un poco, a pesar del café estoy dopada, y me quedo profundamente dormida. Me despierta la megafonía y corro a la planta de desembarque, junto con cientos de personas entre los que destacan por su colorido un equipo ucraniano de vela uniformado de azul y amarillo, que una vez en tierra suben a un autocar que imagino les llevará de vuelta a casa…. y les devolverá a la guerra. Se lo toman con mucho estoicismo, aunque supongo que la procesión va por dentro. Tampoco es que la gente de estos países sea muy expresiva, todo lo contrario. 

- Una vez llego a la dirección de mi hotelito en Tallinn, me llevo la agradable sorpresa de que se trata de un edificio del s. XIV con todas las vigas expuestas en la mampostería interior (la fachada exterior es del s. XIX). Está situado a pocos pasos de la puerta sur de la antigua muralla medieval, de la que se conserva un extensísimo lienzo con la mitad de las cuarenta y tantas torres originales, algunas de las cuales tienen sonoros nombres. Esta puerta se llama la Puerta de la Costa , justo donde está la torre llamada de Margarita la Gorda (no es broma) porque es una torre circular muy ancha, ya que fue almacén de artillería. 

- Pues bien, un poco más allá de Margarita la Gorda, a las puertas del viejo Tallinn medieval según se entra desde el puerto, he tenido la fortuna de alojarme yo. Cuando reservé, vi que era una casa antigua muy céntrica. Pero no me imaginaba que iba a vivir una aventura en una casa burguesa construida entre la Edad Media y el Renacimiento … Los muebles me recuerdan a los de los Paradores de mis años de niñez: ese inconfundible estilo castellano-quijotesco que, en un sainete español de los años 1940s (una cosa tremenda que se titula Canelita en Rama, con Juanita Reina), la genial Pastora Imperio llama “estilo remordimiento español”. Mi aventura no sale del ámbito doméstico, pero como éste es de época, digamos que la ambientación le da un cierto barniz de “remordimiento” a lo acaecido.

Voy con los hechos:

• Se abre el telón. Entro en mi habitación y me asomo a la ventana (da a la trasera de la muralla), reviso el cuarto de baño, los cajones, y el frigorífico… donde para mi espanto hallo una ensalada envasada a medio comer, con cucharilla chupada incluida. La llevo al lobby, donde encuentro a la recepcionista pintándose el otro ojo (el primero ya lo estaba ultimando justo cuando llegamos mis Resilias y yo). Musita Oh my God, sin soltar el pincel ni el espejo. Le coloco la ensalada, que luce más bien negruzca al sol de la tarde, delante de las narices y le digo que habría que tirarla. Le cuesta tomar la iniciativa, pero al fin reacciona. Sorry! Sorriada, hija mía. Pienso que todo castillo tiene un fantasma, y el que habita en estos lúgubres pasillos por lo visto está a dieta a base de ensaladas.

• Segundo acto. Vuelvo a la habitación, donde la llamada de la naturaleza me sienta urgentemente en el WC por la vía de la aritmética. La ecuación es la siguiente: barritas de cereales del desayuno + nervios del viaje por mar = apretón de los gordos. El tema es que suelto allí lo más grande, y a la hora de tirar de la cisterna… no ocurre nada. Insisto. Nada. Vuelvo a insistir. Mismo resultado. Reviso el grifo del latiguillo, los demás grifos. Todo correcto. Le grito a la vida unos cuantos palabros que me da vergüenza repetir aquí. Más calmada, mi parte práctica busca soluciones. También me da vergüenza relatar qué soluciones encuentro, todas ineficaces en tan grave aprieto. Qué situación de desamparo, madre mía. Y lo que más vergüenza me da es volver a recepción, donde supongo que la chica se está pintando ya la boca a estas alturas, para explicar el sucedido. Cuántas veces me he reído de los chistes escatológicos que relatan esta misma situación, sin saber que la iba a protagonizar alguna vez. Se me ocurre alargar la ducha de teléfono hasta la taza, y en cuanto tiro del cable, se oye un regurgiteo… y por fin entra agua en la cisterna… menos maaal… Este fantasma es, como en la obra de Nöel Coward, Un Espíritu Burlón. Pero se cansa de hacer travesuras y me deja en paz el resto de mi estancia. Lo que no me pase a mí! 

- Enciendo la TV de mi habitación, y veo titulares en caracteres cirílicos. Creo que son las noticias locales, hasta que veo la bandera ucraniana en la esquina superior de la pantalla. Miss Google se entera de que se trata del canal 5 ucraniano (que antes pertenecía al magnate Poroshenko, anterior presidente de Ucrania). En los días siguientes voy a ver banderas ucranianas por todas partes, sin exagerar. Estonia no tiene frontera con Ucrania, pero sí muchos refugiados que se han instalado aquí. A una distancia prudencial, pero sin alejarse demasiado, imagino que pensando en volver en cuanto sea posible. 

- Mi hotel está en la calle Pikk (calle larga) de la ciudad baja medieval, llamada Vanalinn. En la acera de enfrente tengo tres edificios del s. XIV que reciben el nombre cariñoso de “las tres hermanas”. La misma calle, la principal de esta parte de Tallinn, abunda en construcciones de época, pero estas son las más antiguas. Para estar a tono, sólo me falta la saya y el tocado con bonete y velo de Doña Jimena.

- En mis paseos, descubro toda la belleza y encanto de Tallinn, y decido darme el lujo de saborearla con calma los cuatro días de mi estancia, en lugar de utilizarla como base de operaciones para ir corriendo de una esquina de Estonia a la otra. Estoy algo cansada y me doy este respiro. En mi viaje en tren hasta Riga, Letonia, tendré ocasión de atravesar este pequeño país. 

- De toda la ciudad baja medieval, lo que encuentro más auténticos es el callejón Sta Catalina verdaderamente evocador.

- Entre lo mejor de los souvenirs que pueblan los escaparates, abundan los géneros de punto y la artesanía en cristal. De lo más original que yo he visto, y eso incluye Praga. Entre lo peor, los efectos militares soviéticos y los huevos Fabergé de plástico-fantástico. Mon Dieu. Pero cuando se me salen los ojos es al ver que se vende un tablero de ajedrez (gran afición aquí) de la guerra fría. Los peones son, por un lado, los gobernantes soviéticos desde la guerra fría a la perestroika, y por otro, los presidentes de los EE UU contemporáneos de aquellos. Me pone los pelos de punta pensar que Putin y Trump podían jugar una partidita hoy mismo, de hecho la llevan jugando mucho tiempo ya. 

- He tenido la suerte de no coincidir con demasiados rebaños de turistas en mi viaje, pero estamos en temporada alta y es inevitable. Hay muchos alemanes, italianos, franceses…. y sobre todo españoles. Oigo a los diferentes guías al pasar, recitando sus salmodias ante sus rebaños multiculturales. La mayoría van desgranando la larga lista de agravios, desgracias y reivindicaciones de los mártires de su patria Estonia. Pero también añaden algunos chascarrillos y detalles curiosos, para aligerar un guiso que, si no, resultaría demasiado espeso. Entre las curiosidades que oigo al pasar:

• Hay un enorme agujero de forma rectangular en un lienzo de la muralla. No se debe a ningún bombardeo, sino a una necesidad: en la ciudad alta había un restaurante que era el preferido de los gobernantes del partido comunista, pero debían dar un rodeo muy grande para acceder porque los coches oficiales no cambian bien en aquel hueco. El agujero da testimonio de que solucionaron el  problema por las bravas. Ellos ya no están, y este sería el hueco que dejó su no presencia, que aún se hace notar. Esto último me lo imagino yo, porque si no, a qué viene dejarlo sin tapar y no restaurar el monumento? 

• Según una guía que alcancé a oír, el ámbar que se vende en las tiendas de Tallinn… en realidad viene de Polonia.

- La presencia de los ucranianos se hace notar en muchos rincones de Tallinn. Mi hotel está cercano a la embajada rusa, custodiada por la policía y rodeada de vallas (supongo que para protegerla). La entrada principal está bloqueada y sólo queda una puerta secundaria para acceder. Las vallas están cuajadas de carteles de protesta y denuncia, pañales “ensangrentados” con tinta roja, fotografías dantescas de masacre y destrucción, y todo tipo de mementos del martirio del pueblo ucraniano. Los turistas nos paramos a leer los carteles. El guardia de seguridad nos contempla con cara de póker desde el interior.

Hay también muchos negocios ucranianos con mensajes reivindicativos en el escaparate, y la bandera de Ucrania está omnipresente. En los edificios oficiales estonios. En los comercios de todo tipo. En casi todas las embajadas de la UE, incluida la española (Excepción: la italiana. Ay, Meloni…). 

- Y es que esta es la ciudad de las banderas, yo nunca he visto tantas concentradas en un espacio tan reducido. No sólo las oficiales, o las reivindicativas, sino que aquí izan una bandera por cualquier cosa, es como un tic que no pueden evitar. Los bares, las tiendas y todo tipo de locales tiene su mástil(es) con su(s) bandera(s). Si la fachada no es muy ancha, sólo hay una o dos. Si la fachada da para ello, hay una ristra de mástiles que parece la de las Naciones Unidas, porque como mínimo suman a la de su país la de Ucrania, la de Estonia y la de la UE. Hay veces que quieren quedar bien con todo el mundo, y añaden la bandera de la región y la de la ciudad. Es el paroxismo abanderado, que me cansa la vista… La gota que colma el vaso es cuando me desplazo a una pedanía del extrarradio llamada Nomme. Y en su centro cultural municipal veo… una bandera verdiblanca. “Manque pierda”? pienso, porque a lo mejor hay una peña bética por aquí, nunca se sabe… Pero no, nada que ver con el Betis Balompié… es la insignia municipal. Qué manía con los trapos de colores, oiga. 

Pero es comprensible que la nación Estonia esté bastante obsesionada con los símbolos patrios, porque este país, en su reencarnación actual , sólo tiene 35 años de edad, y ha sufrido un largo y penoso camino por la historia para llegar hasta este punto. Consiguieron independizarse de Rusia cuando ésta acababa de finiquitar la Unión Soviética tras la caída del muro. Al final de la perestroika, Boris Yeltsin permitió la escisión de Estonia, y posteriormente se unieron a la UE, adoptando el euro. Ese es el final supuestamente feliz de una sucesión de invasiones a manos de los suecos, los alemanes y los rusos en los siglos pasados. 

Según leo en el suelo de un pasaje en calle Lai (calle ancha, la paralela a la calle Pikk), en la ciudad medieval baja, el sentimiento nacionalista empezó a florecer con fuerza a partir del s. XIX, con el romanticismo y la revolución industrial. Yo ya he dicho antes que, copiando a Santiago Rusiñol, opino que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Pero hay veces que también es un arma para la mera supervivencia, y en entornos tan castigados como este me parece que más que enfermedad aguda, es una dolencia crónica sin curación posible. En fin. 

- No sólo hay en Tallinn una comunidad ucraniana exiliada, sino también una bielorrusa, y no he podido comprobar si también georgiana. Son muchos los damnificados del Kremlin que paran aquí. También muchos rusos, desde generaciones atrás, se han establecido en Tallinn y se han quedado tras la independencia. La catedral ortodoxa de San Alexander Nevsky, en la antigua ciudad alta o Toompea, mueve toda una comunidad de rusos expatriados. Y no sólo en el plano religioso, según leo en los carteles en el nártex (el atrio del templo) que me traduce Miss Google Lens, sino en el ámbito de una comunidad con una cultura y unos intereses comunes.  

Por cierto que cuando entro en este gran templo ortodoxo los sacerdotes están en medio de unos rezos y cánticos totalmente exóticos para mis oídos, y decido quedarme en un rincón para contemplar la escena, que me parece tan medieval como la ciudad misma. Los cánticos provienen de esa parte del templo donde estaría el altar, pero que está oculta a los fieles tras una especie de biombo dorado que se llama iconoclasto, con puertas decoradas con cuadros y con iconos de santos. La ceremonia que estoy viendo ocurre en una esquina de la nave central e incluye dos sacerdotes con casullas doradas. Uno de ellos lleva melena y barba largas, mueve un incensario delante de un icono, y recita unas salmodias que son contestadas de vez en cuando por los fieles, la mayoría señoras tocadas con un velo o un pañuelo, a las que el sacerdote da la espalda en todo momento. Se encienden velas, se besan iconos, se recitan cantos, y a cada responsorio los fieles se santiguan al revés. Entre tanto, un sacerdote le pasa a otro los papelitos con las peticiones que algunas de estas señoras han escrito previamente en un mostrador. Esto me lo imagino yo, porque me parece evidente que son peticiones por la forma de escribirlas y por la urgencia con la que una de las señoras busca al sacerdote para entregarle en mano su nota. Por cierto que este hombre lee y relee la petición varias veces, o se trata de algo tremendo, o sencillamente es un cotilla. Espero largo rato, porque tengo curiosidad por ver si el celebrante eleva la petición de esta mujer tan apurada a los cielos, pero la cosa me va resultando interminable y al final me marcho. Si hubiera habido algún banco para sentarme quizá habría aprovechado para descansar, que es mi motivación principal para entrar en una iglesia cuando fuera hace frío o calor. Pero casi no hay bancos en los templos ortodoxos. En Grecia me dijeron que, en el rito ortodoxo, los fieles deben permanecer de pie todo el tiempo por larga que sea la celebración, y las únicas excepciones son los ancianos enfermos y las mujeres embarazadas. 

- El ceremonial ortodoxo reúne todo lo que me provoca rechazo de las creencias religiosas, con sus costumbres populares rayando en la superstición y su estricta rigidez en la observancia de unas normas totalmente sobrepasadas por el progreso. Se ve que no tuvieron un Papa Juan XXIII ni un Concilio Vaticano II y no han variado casi nada desde el Cisma de Occidente. Opinión personalísima que quizá San Pedro me reproche cuando lea la larga lista de mis pecados antes de expulsarme del paraíso. Chi lo sa.

- La Ciudad medieval alta, Toompea, era donde vivían los nobles y creció en torno a un castillo fortaleza que actualmente es la sede del parlamento estonio. Leo que desde lo alto de su torre, llamada Pikk Hermann, hay unas vistas maravillosas de la ciudad amurallada. Desoyendo a mi vértigo, decido subir. Pero le doy dos vueltas al edificio y no hallo ningún cartel, ni la menor indicación. Esto es muy propio de estas tierras, donde si quieres visitar algo sin contratar un guía turístico te tienes que buscar la vida, como un detective privado en su tarea de desentrañar un gran secreto. Miss Google no puede ayudarme, porque en su eterno optimismo californiano me insiste en que la torre es visitable. Al final se impone la lógica: veo obras en el patio interior del castillo, y el parlamento está en receso por las vacaciones de agosto, ni siquiera hay militares en la puerta haciendo guardia ni ningún funcionario a quien preguntar. Ergo, las instalaciones están cerradas al público.  

- Pero no me quedo con las ganas de contemplar la ciudad baja o Vanalinn desde la alta o Toompea… porque hay dos miradores, en sentido opuesto además, que ofrecen maravillosas vistas panorámicas que llegan al mar. Qué lugar tan hermoso. Por las tardes hay que guardar cola para abrirse paso hasta el borde, pero por las mañanas está semi vacío y puedes gozar de él a tus anchas.

- En muchos rincones hay monumentos patrióticos, o que homenajean a grandes figuras políticas, a intelectuales o artistas. Destaco, por lo curioso que resulta, el monumento a Juhan Smull, pasada la plaza del mercado de la ciudad baja. Este señor fue un escritor e intelectual importantísimo, miembro del partido comunista sovietico y gloria nacional. Pero ay ay ay, en 2003, cuando llevaba tiempo fallecido y estaba en plena gloria póstuma, se confirmó que había colaborado con las autoridades soviéticas para delatar a muchos estonios disidentes, y luego deportarlos a cárceles en territorio de la URSS. Gran desilusión, y consiguiente debate: Qué hacemos con este pedazo de bajorrelieve, que ha costado una fortuna y además es obra de un escultor célebre, lo arrancamos y lo escondemos, o lo dejamos donde está? Se decidieron por la segunda opción, pero añadiendo debajo una placa bilingüe que denuncia su culpa y su complicidad. Supongo que era la opción más barata también. Hay que ser prácticos en la vida. 

- Frente a este bajorrelieve, y para compensar la balanza, hay una estatua dedicada a Jaan Kroos, otro escritor célebre más reciente, que recibió varios premios internacionales y parece ser que es muy conocido en el extranjero. Ni qué decir tiene que denunció los abusos de poder del régimen soviético y fue un defensor de los derechos humanos cuando Estonia estaba aún tras el telón. Su estatua le muestra con una expresión meditabunda pero amable. 

Junto al enorme edificio de la ópera, está el también enorme busto de Konstantin Pats, presidente de la república estonia justo antes de la Segunda Guerra Mundial, tras la cual el país perdió su independencia para ser un estado satélite de Moscú durante 50 largos años. También hay un relieve en reconocimiento a Boris Yeltsin, que se prestó a que Estonia consiguiera de nuevo su independencia en los 1990s

- En tiempos más lejanos, Estonia fue colonizada por los caballeros teutones germanos, y luego fue conquistada por los cruzados suecos. Fue una colonia sueca en el s. XVII, pero el alemán aún era el idioma de las clases altas. Más tarde, como resultado de las guerras territoriales entre Suecia y Rusia, más el embrollo que supusieron las campañas napoleónicas, Estonia pasó a formar parte de un ducado del Imperio Ruso. Hasta que, en 1909, consiguió su primera independencia. La primera república estonia duro poco, porque a lo largo que los movimientos de tropas de la Segunda Guerra Mundial fueron variando las líneas del frente, Estonia cayó bajo la influencia del ejército rojo. Y acabada la contienda, con la excusa de que se habían producido altercados en las calles contra el invasor, el Kremlin se apropió de Estonia como estado satélite de la URSS. Hasta que, desmantelada la Unión Soviética, nació la segunda república estonia, que constituye el país actual. Esto es lo que he podido sacar en claro de una historia complicadísima y muy sangrienta. Supongo que en las otras dos repúblicas bálticas que me dispongo a visitar, me voy a encontrar con relatos muy similares. 

- En mi experiencia, las maneras aquí son tirando a bruscas. La gente es tirando a descortés, no es demasiado refinada. Las formas son cortantes, el talante no llega a ser agresivo pero me da la impresión de que se queda con las ganas. Los profesionales de la hostelería son meramente correctos, la mayor parte de las veces no despegan los labios y se muestran indiferentes, con algunas excepciones en que se resultan bastante más acogedores y hasta simpáticos, dependiendo de la categoría del local. Pero fuera del ámbito turístico, algunas personas te miran fijo con hostilidad mal disimulada. Y en los barrios, te hacen el vacío en las tiendas, pero te curiosean descaradamente por la calle. No sé si es una herencia de la era soviética o es que sus antepasados ya eran así de nacimiento, y lo llevan en los genes. Yo acepto y a veces hasta comparto las formas de confrontación que reconocen al contrario contra el que se expresan. Pero esta antipatía solapada y medio autista de estos países donde nieva tanto, reconozco que hay veces que me sulfura. Si me consideras un adversario, dímelo mirándome a la cara, al menos. 

- Hay junto a la estación de Balti Jaam un mercado gourmet o food hall, llamado Balti Jaama Turg. Entro porque empieza a llover y además necesito un WC. Resulta ser toda una experiencia, con viaje atrás en el tiempo al otro lado del telón de acero incluido. 

 Dentro se vende un poco de todo, pero en la sección “deli” para hipsters encuentro sándwiches veganos, envasados de tal manera que a la vista parecen un terrario que contiene todo un ecosistema vegetal. Llego a la conclusión de que en estos recintos se come con los ojos, es decir, que la decoración es casi más importante que las delicatessen que allí se sirven. Pruebo los cheese biscuits (no recuerdo el nombre estonio), son una especie de torreznos pero de queso. No están mal. Compro una especie de bollo de masa frita que contiene carne picada, cuyo nombre impronunciable y he olvidado. En el piso de arriba hay un extenso anticuario, que exhibe todo tipo de cachivaches, muchos de ellos son un recuerdo de los tiempos soviéticos. Los maniquís que llevan ropas típicas del folclore local, o uniformes militares soviéticos, tiene un cartel colgando del cuello que pone: Si vas a hacer una foto, cómpralo primero. No se dan cuenta estas gentes de que en el mundo capitalista las cosas suelen funcionar en el orden inverso. Es la foto y su difusión en redes la que provoca el deseo de comprarlo…

- En general veo a Tallinn más ligada a la Europa del Este que a la UE. Hay muchos detalles que me demuestran, o al menos así lo creo, que hasta aquí no llegan todavía las influencias de los modos y costumbres que damos por sentadas en la parte occidental del continente. 

- Un ejemplo tonto, en lo que a mos medios de comunicación se refiere: En la ciudad vieja, que rebosa de turistas, casi no veo prensa extranjera, sólo local. No encuentro las habituales revistas de cotilleos estilo nórdico, donde se desmenuzan semana a semana las andanzas del hijo delincuente de Mette-Maritt en la familia real Noruega, o las supuestas desavenencias entre los suegros, los yernos y la nuera en la familia real sueca. Las revistas que cubren la programación televisiva no tienen en portada a las estrellas internacionales. Los medios de comunicación informan sobre un microcosmos mayormente regional.  

- Me he quedado todo el tiempo en la encantadora Tallinn, pero me apetece explorar un poco las afueras. Voy en tren de cercanías hasta Nömme, antiguo poblado y hoy extrarradio. Un rico excéntrico de construyó allí en el s. XIX una mansión tamaño chalet estilo castillo suizo, con sus falsas ruinas medievales, y sus almenas y todo. Este señor era al parecer bastante excéntrico, y cedió los terrenos de su inmensa finca a la población, que la urbanizó construyendo preciosas casas particulares con jardín. Las que han llegado hasta nuestros días son de los años 1930s-40s. Disfruto mucho de este paseo. Desgraciadamente tengo que renunciar por falta de tiempo a desplazarme a ciudades más lejanas como Narva, Tarvu y el parque natural de Laheema. He decidido concederme unos días sin prisas, y no me arrepiento. 

- Voy a la estación de Tallinn el día antes de salir de Tallinn para Riga, porque Interrail me indica que, aunque tengo el viaje comprado, en este trayecto es obligatorio que reserve plaza. Normal, son seis horas y media de trayecto. El caso es que la estación tiene un edificio que está totalmente invadido por locales comerciales, y doy un par de vueltas hasta dar con las instalaciones propias de una línea ferroviaria. 

Digamos que en la estación de Tallinn la billetería (un mostrador nada más) y sala de espera (cuatro filas escuetas de asientos) están muy bien escondidas entre multitud de tiendas y restaurantes. La joven empleada del mostrador está ensimismada en sus meditaciones, y yo, que soy la única persona a la que debe atender, he tenido la osadía de interrumpirla para informarme sobre una reserva de asiento. No tiene otra cosa que hacer, pero simple y llanamente no está muy comunicativa, aunque habla bien inglés. No sabe, aunque sí contesta, pero lo que contesta se resume en que no sabe. Su consejo es que mañana, una vez ya dentro del tren, pregunte de nuevo. Cuando me doy por vencida porque es inútil insistir, le doy las gracias por nada y me voy, sumida en la perplejidad y en mis propias meditaciones. 

- La impresión general que me llevo de Tallinn es que esta gente vive todavía instalada en buena medida en la era soviética. Cero estrés (para ellos, claro) y muy poca iniciativa. Pero los tiempos en los que papá-estado decidía todo por ellos ya pasaron… hace 30 años largos. Y por lo que he observado estos días, las personas jóvenes, que por edad ni siquiera habían nacido en 1990, mantienen una actitud bastante pasiva en general. Quizá hagan falta más generaciones para incorporarse a la ferocidad del mundo ultraliberal que apunta el siglo XXI, no lo sé. Lo que sí sé es que mi estancia aquí ha coincidido con unos días un poco hormonales por mi parte, y esta gente me ha terminado poniendo de los nervios nerviosos… creo que la culpa la podemos repartir al 50% entre las partes. 

Al día siguiente hay una persona distinta en el mostrador, que me aclara que en Estonia los billetes de segunda clase no requieren reserva. No me podía haber dicho lo mismo la joven de ayer? Divino tesoro … En cuanto a las reservas en Letonia, me advierten que en la estación de Riga no me va a atender nadie, y que les escriba un correo electrónico, a ver si me contestan a tiempo.

- Por un lado hay justas quejas por haber sido invadidos y conquistados tantas veces por potencias extranjeras, y por otro una cierta nostalgia de aquellos tiempos trágicos y siniestros. Lo atestiguan los siguientes museos: Museo de Tortura medieval (?) Museo de las condecoraciones napoleónicas (??). Museo del arsenal de los tiempos de guerra (???). Museo de los tiempos soviéticos (????). 

- Leo que una forma tradicional Estonia de resolver los conflictos desde el siglo XIII era la lucha de dedos, que es exactamente como suena. Dos hombres se cogen de los dedos índice y corazón y tiran del contrario, cada uno hacia sí. Gana quien no se rompe ningún hueso, supongo. 

- Hay en la zona más moderna de Tallinn unos antiguos almacenes portuarios, construcciones de ladrillo ahora reconvertidas en centro comercial al fresco, con mobiliario urbano de diseño muy original. El complejo tiene el nombre de Rottermani Kvartal. Muy acogedor y elegante. 

- El Tallinn moderno está en plena fiebre constructora y aún se está ultimando, pero lo ya construido les está quedando muy chulo. Las construcciones más modernas se están levantando justo frente a unos edificios negruzcos y descascarillados de épocas anteriores menos gratas, en el barrio de Kompass. 

- Hasta ahora he visto el viejo Tallinn medieval, el Tallinn de más reciente construcción, pero… entre uno y otro la gente vivía en los barrios, donde están estos barrios cotidianos? Me propongo buscarlos, y al fin los encuentro. Hay enormes edificios grisáceos a la soviética, casas de vecinos con grandes patios interiores, y algún que otro edificio antiguo de madera entremedias.

- La época soviética debió ser el paraíso de las personas sin ambición ni imaginación: el estado te proveía de todo lo necesario para que te pusieras a su servicio y fueras productivo, es decir, para que trabajaras y engendradas hijos. Lo demás ya te lo daban ellos pensado y decidido. Mi guía de Bulgaria me contó muchos detalles de la vida de sus padres y abuelos: según tus resultados académicos, te destinaban a un determinado empleo, en el que no ibas subiendo de nivel por meritocracia sino por necesidades de la producción, por lo que esforzarse y tener iniciativa resultaba bastante inútil. En cambio, sí que se premiaba la fidelidad al régimen, si le demostrabas lealtad activa y cumplías determinadas tareas, como hacer de espía y delator o de propagandista y propagador de la palabra, haciendo proselitismo. De joven te daban un apartamento pequeño, y según el número de hijos, con el tiempo te cambiaban a uno más grande. Cuando por edad te retirabas de la actividad laboral, no podías aspirar a unos cuidados y comodidades extra porque a todos les correspondía lo mismo, a menos que formaran parte del aparato del partido o fueran familiares de los oligarcas. La corrupción era salvaje, pero estaba prohibido mentarla siquiera. El clima era de intrigas, denuncias y purgas. Los que se atrevían a disentir eran silenciados y apartados. Los demás vivían en la inopia, o lo fingían. Debe haber gente nostálgica de aquellos tiempos, en los que la vida cotidiana equivalía a una rememoración continua de los actos heroicos de la revolución y la guerra, como si ambas cosas estuvieran aún presentes por haber ocurrido ayer mismo. Si eras obediente no tenías sobresaltos, pero estabas condenado a vivir una existencia gris. Tan gris como estos edificios que estoy pasando.  

- Finalizo este batiburrillo mal hilado sobre Tallinn con este detalle. La ciudad vieja es medieval, y sus adoquines también lo son. Me queda grabado, no en la memoria, sino en la planta de los pies, que son adoquines a lo bestia. En mis paseos he purgado aquí todas mis culpas anteriores y también las futuras. Creo que estoy más que perdonada. 


11.8.25

 Helsinki


He pasado aquí cuatro gozosos días con sus noches, y mañana me marcho en ferry a Tallin, para comenzar en Estonia mi recorrido por las Repúblicas Bálticas. Pero antes voy a intentar enumerar, sin orden ni concierto, las razones por las que esta ciudad me ha enamorado. Helsinki ha sido para mí una gratísima sorpresa, una de las mayores que me he llevado en este ya largo y variado viaje sin ton ni son por Europa. 


Antes que nada diré que no comprendo por qué Helsinki está relegada en el ranking mental que solemos hacernos, a priori y de oídas, de las capitales nórdicas. En esta pequeña familia nórdica, diversa pero bien avenida, la fama de guapetonas se la llevan Copenhague (que también me ha enamorado, tengo “el corasón partío”) y Estocolmo. Luego viene Oslo como la hermana menos agraciada, pero simpaticona y resultona… y a Helsinki la colocamos más abajo en la lista, en un injusto penúltimo puesto, como a la niña sándwich entre las mayores y la peque. (La mayoría no podemos opinar sobre Reikiavik porque está demasiado lejos, es demasiado caro y nunca hemos estado allí). 


Tenía unas expectativas bajas antes de llegar, hasta que empecé a recorrer con calma esta encantadora, vibrante, maravillosa ciudad. Creo que los que se han llevado una impresión no muy alentadora de ella es porque no han tenido la fortuna y el privilegio de recorrerla con calma para poder apreciarla mejor en lo que vale. Suele ser una mera etapa de transición de un sólo día en recorridos más amplios que en seguida parten hacia paisajes panorámicos espectaculares, como Laponia. Pero de verdad que merece más atención. En el imaginario colectivo, hay lugares que se benefician de una gran campaña publicitaria (Hamburgo, sin ir más lejos) y otros que necesitarían una, para dejar de ser el secreto mejor guardado entre sus vecinos y darse a conocer al mundo. Claro que entonces acudirían las masas y acabarían con el hechizo en muy poco tiempo…


Mis paseos por Helsinki han sido de lo más cómodo y placentero, es una ciudad de tamaño muy asequible, en general el terreno es llano y sus atractivos son lo suficientemente variados como para mantener un interés creciente por continuar adelante con la caminata. Quizá carece de grandes monumentos emblemáticos, pero en cambio ofrece al visitante un ambiente dinámico y alegre en sus calles (en verano, supongo que el invierno debe de ser muy duro), una gran oferta gastronómica, cultural y de ocio, todos los deportes naúticos, un puerto integrado en el centro urbano y abierto al peatón, un hermoso sendero circular a lo largo de la costa con preciosas vistas, un extenso archipiélago, algunas de cuyas islas están muy cercanas y son utilizadas como un parque más, una playa urbana, edificios bellísimos, entre ellos una de las mayores concentraciones de edificios Art Nouveau que existen…. y música en vivo en cada rincón. Esto último lo he experimentado desde que llegué, y aún no me acostumbro a doblar una esquina y encontrarme con un nuevo concierto, de los estilos musicales más variados. Es todo un placer escuchar y también ver cómo estos finlandeses, tan poco demostrativos ellos, disfrutan de la música, la palmean, la vibran y hasta la bailan. Maravilla de las maravillas. 


También tengo que hacer en este punto una rectificación obligada: en la entrada anterior he manifestado mi asombro por la falta de empatía aparente de las personas finlandesas con las que me he cruzado hasta ahora. Esa ha sido la impresión que me he llevado en pequeñas ciudades y pueblos, pero aquí en la capital la gente parece ser bastante más abierta. Asombrosamente algunas personas con las que te cruzas por la calle buscan tu mirada y te sonríen, al estilo danés o noruego. Y he visto cómo estos finlandeses capitalinos disfrutaban del sol, y más tarde de la luna, sobre el césped de los parques y en los chiringuitos de la costa, y en las numerosas terrazas. Muy relajados, bastante charlatanes y en ocasiones muy risueños.


Lo que me lleva a pensar que, una vez más, el talante de los habitantes de la capital de un país difiere por completo, para bien y para mal, del resto de sus compatriotas. Ni París se parece a la hospitalaria Francia de provincias, ni Roma resume toda la diversidad del “bel paese”, ni Londres encarna los valores ancestrales de la “sceptered island”, la “isla coronada” que a los ingleses tanto les gusta citar. Quizá Madrid se aproxime más a una amalgama de España (“el rompeolas de todas las Españas”, le llamaba Antonio Machado) pero tampoco del todo en realidad. Los vecindarios familiares de antaño, prolongación del pueblo de cada cual, van perdiendo su identidad y se van fundiendo con otras identidades llegadas de lejos… Es lo que me apasiona de las grandes ciudades. Son un universo paralelo, que a su vez contienen varios universos, y cada uno de ellos está en perpetuo movimiento expansivo, aproximándose hacia nuevos universos, y así sucesivamente. Aaaah but I digress, again! 


Vamos con Helsinki. Algunas notas desordenadas:

- Helsinki es una ciudad bilingüe, todo está en finés y en sueco. En algunas contadas ocasiones he visto un tercer rótulo en ruso en algunos monumentos. Es un detalle que refleja las complejidades de su pasado: comenzó como un asentamiento vikingo, luego fue colonizada por los suecos, y más tarde incorporada al imperio ruso.

Su actividad económica se basaba en el comercio marítimo en el Mar Báltico y en la ganadería (esos renos que están representados por todas partes). La fundó Gustav VI de Suecia en el s. XVI con el nombre de Helsingfors, para tener un puerto con el que comerciar frente a Tallin (Estonia), que era una importante ciudad hanseática y que está literalmente en la orilla de enfrente del Golfo de Finlandia. 

Tras padecer una epidemia de peste y sufrir muchos incendios, hubo que reconstruir Helsinki justo por los tiempos en que Rusia se anexionó Finlandia tras guerrear con los suecos y arrebatarles este territorio en el famoso tratado de Turku. En 1812 el zar Alejandro I movió la capital de Turku a Helsinki, para aminorar la influencia sueca y que la capital estuviera más cerca de San Petersburgo. Por tanto, aprovechando que estaba recién incendiada (ay, esas casas medievales de madera) la edificó entera en estilo neoclásico, que era la moda del momento. 

En 1917 Finlandia consiguió independizarse, aprovechando el momento de debilidad del imperio ruso donde coincidieron la Primera Guerra Mundial con una guerra civil y la Revolución Bolchevique. Los años anteriores y posteriores a esa fecha fueron de gran crecimiento para la economía y por tanto Helsinki se expandió. La ciudad se sumió en una fiebre constructora, y para la posteridad ha quedado más de 600 edificios estilo Art Nouveau. La mayor parte son la interpretación finlandesa del Jugendstil o modernismo alemán, al que según leo los arquitectos locales le incorporaron lo que dieron en llamar estilo nacionalista romático. Qué tiempos tan exaltados eran aquellos, pero qué gran imaginación y que buen gusto hemos heredado de ellos. He pasado horas muy felices recorriendo y fotografiando estas construcciones tan originales y tan elegantes. Qué gran suerte vivir en una de esas casas, y ver desde tu ventana una hilera de casas similares (aunque no hay dos iguales) que cubre toda la manzana, y así la calle entera, por larga que sea. 

De los 1970s para acá, Helsinki se modernizó dando cabida a empresas tecnológicas y de servicios muy punteras y exitosas (como Nokia, ahora en plena decadencia). Helsinki figura año tras año en los ránkings de mejor lugar para vivir o donde existe un mejor nivel de vida. La verdad es que recorriendo sus calles no se aprecia la pulcritud y la pujanza que he visto, por ejemplo, en las ciudades holandesas. Pero los datos económicos no engañan. 


Notas:


- Todo el casco histórico, a causa del incendio de 1808, es de un estilo neoclásico sin mucha imaginación... Pero cuando llegó la hora del Art Nouveau, y mas tarde el Art Déco, sí que se la echaron. Qué fachadas más originales. Me quedo embobada. 

- El puerto es todo un disfrute en cuanto a ambiente de refiere. Se puede ir en barco a la isla de Suimenlinna, donde hay una fortaleza construida por los suecos en el s. XVIII que luego pasó a manos rusas, como el país entero. Es uno de los lugares preferidos por la gente de Helsinki para montar un picnic al sol. 

- Pruebo en una carpa del puerto la carne de reno en forma de hamburguesa. Está bien, pero me cuesta apreciar su sabor, porque la han embadurnado de tal manera en tres salsas distintas, que miro con en día los platos de fritura de pescado que veo en la mesa de al lado. Hasta que me doy cuenta de que también se sirve empapado en salsas de colorines. Qué manía.

- Los tranvías retro de Helsinki me encantan. Cuando pasan por las calles del casco antiguo, pienso que es la localización perfecta para una película de época. 

- Ucrania se tiene muy presente aquí en Finlandia, hay banderas ucranianas en muchos edificios oficiales, en sedes de empresas y en domicilios particulares. En la TV finlandesa (que he visto a la hora de cenar en apartamentos alquilados y hoteles) hay programas diarios sobre el frente de batalla, y sobre la vida cotidiana bajo los misiles y a la sombra de las decisiones rusas y americanas. No es de extrañar teniendo en cuenta lo cercana que queda toda esa pesadilla de este lugar privilegiado donde aparentemente no hay mayores problemas.

- En Helsinki abundan las tiendas de diseño, los anticuarios y las librerías. En el escaparate de una de ellas veo un libro cuya portada clama en letras de gran tamaño: Bilbao!, y bajo ellas una pareja ligerita de ropa se abraza amorosamente. Pese a la ilustración, no me parece una novela del género rosa ni del de viajes… me pica la curiosidad, y consulto con Miss Google. Así averiguo que se trata de un poemario de Ville Hytonen, un joven autor y editor multipremiado. La traducción del poema que da título al libro, según Miss Google, sería así: “Bilbao./ Bilbao es pájaros que caen del cielo./ Bilbao es enamorarse./ Bilbao es la peor ola de calor de Europa./ Bilbao es cansancio, cuerpos sudorosos bajo el calor./ Bilbao es bebidas frías y olvidarse del mundo que te rodea”. Está claro que al amigo Ville le pasaron algunas cosillas en el Bocho… 

- Veo en Helsinki a todo tipo de personas, pero me reencuentro con un cierto tipo de mujeres elegantes que no veía por la calle desde los Países Bajos, y en menor medida en Dinamarca. Ni Noruega ni Suecia me han parecido sitios donde se vista especialmente bien, la verdad. 

- Compro una bolsita de bolitas de regaliz recubiertas de chocolate. No debería, pero… no hay nada como los placeres culpables para alimentar la joie de vivre.

- Mis barrios preferidos de Helsinki son: Katahanokka, Ullanlina, Kruununhaka, Ullanllinna, Punavouri, Eira, Kaisaniemi, Leppasuo Alkar. Lapinlahti, Toolo. Disfruto muy especialmente de Eira, situado frente al mar, donde una amplia pradera arbolada separa las hileras de preciosas villas Art Nouveau del puerto deportivo de Pelastuslaitos, junto al Parque Kaivopuisto y frente a las islas de Pohjoinen y Etelainen. Qué lugar tan bonito, por favor. 

Tengo la suerte de pasear por allí al atardecer de un sábado, y según avanzo observo las familias que juegan al minigolf entre los pinos, y más adelante a la gente guapa que se va congregando en los clubs que sirven Möet Chandon a la orilla del mar, con gogós bailando en el tejado y camas balinesas. Un intento de recrear una cala de Ibiza, pero con manga larga. 

- Suelo evitar entrar en las iglesias, no porque sea agnóstica, que también, sino porque me parecen lo mismo mil veces repetido, y una pérdida de tiempo cuando estoy de paso y sólo cuento con tres o cuatro horas para patearme una ciudad entera. A menos que sean un monumento imprescindible de la historia del arte, o que ofrezcan algo que se salga de la norma y me llame la atención. En a Helsinki, es el caso de la iglesia llamada Temppeliaukio, que idearon dos arquitectos en 1969. Está excavada en la roca, y recibe la luz de una ingeniosa claraboya cenital. Es la pura sencillez, porque no ostenta prácticamente ningún adorno, la decoración corre a cargo de las hendiduras, las texturas y las decoloraciones de la piedra. Posee una acústica fenomenal, que se aprovecha con la celebración de numerosos conciertos. Durante mi estancia allí, lo que suena es una grabación de música ambient, no religiosa por cierto. Allí dentro se está fenomenal. Es junto con las grandes catedrales góticas francesas y la catedral luterana de Oulu, el templo que más me ha gustado de todo el viaje. Lo siento por las mezquitas, las sinagogas y las demás iglesias, son muy valiosas, pero no entran en mi lista de preferencias. 

- Me acerco al muy original monumento a Sibelius, y dando un paseo desde allí llego entre pinos hasta Hietsun Paviljonk, la playa urbana de Helsinki. Las negrísimas nubes que llevan amenazando desde hace un rato y que ya tenemos encima barruntan una gran tormenta, pero yo me empeño en mojarme los pies en el Golfo de Finlandia, que supongo que es también el Mar Báltico (o no?). El agua está sorprendentemente templada. Justo cuando los pocos bañistas que quedaban salen del agua despavoridos, yo camino solitaria por la orilla cual señora cincuentona salida de un telefilme alemán de sobremesa. El problema es que me pongo perdida, y esta arena es de las que no se despegan. Me doy a los demonios todo el camino de vuelta, pero con el pensamiento, porque si abro la boca se me llena de mosquitos. 

- Junto a mi hotel está la plaza más agradable de todo Helsinki para tomarse un café, en torno a un monumento enorme a un señor con pelucona que sin duda se merece el reconocimiento a sus méritos, pero que tiene un nombre impronunciable que a estas altas horas ya no soy capaz de deletrear correctamente. Elías Lon...algo. El caso es que está frente a un parque céntrico muy agradable que rodea la iglesia de Vahna, una de las más antiguas, y en este parque en torno al templo la gente se tumba en la hierba a retozar y también a hacer picnics. Sólo que están rodeados de lápidas, porque este era el antiguo cementerio en torno al templo, y se ha respetado el emplazamiento original de las tumbas. No me parece mal esta convivencia entre vivos y muertos, la verdad. Polvo somos, etc. 

- Aunque el parque más célebre de Helsinki, el no muy extenso pero hermoso Esplanade, qué pasó de ser el lugar de recreo de la aristocracia a ser cedido al pueblo llano. En este parque hay un precioso kiosko con un invernadero o estufa al estilo romántico, y un pequeño escenario donde tengo el placer de escuchar un concierto de folk brasileiro, variante música de raíz africana. El trío que actúa es todo un ejemplo de ensemble multi-culti: la cantante es blanca, el percusionista indio mulato, y el flautista y teclista negro. Pero los tres hablan finés, aunque el negro debe de ser un recién llegado por qué lo hace con algo de dificultad. Lo que tocan me encanta, la música brasileira es de lejos la más interesante y elegante de Latinoamérica. La chica es toda una show woman, y sabe manejar al público de tal manera que la audiencia pasa de la gelidez al entusiasmo en cuestión de dos temas. En la despedida, todos los niños presentes, y algunos papás y mamás, se abrazan con estos músicos que les ha hecho cantar y bailar. Qué curiosos son estos finlandeses, tan retraídos por un lado y tan sentimentales por otro.  

- Esta es una ciudad musical, y las actuaciones en vivo te atrapan en cualquier parte: en cuatro días escasos tengo la oportunidad de escuchar todo tipo de estilos por los rincones más inesperados, incluida la música clásica. Incluso los músicos callejeros tocan bien… menos los señores del acordeón. Sería mucho pedir. 

-Los arreglos florales de los parque están muy cuidados en general en los países nórdicos, pero los de Helsinki son muy de mi gusto. 

- Un día que ando más floja de fuerzas, en vez de almorzar caminando monto un picnic algo más formal. Me siento en un banco estratégico de la plaza del Senado, con vistas a la catedral y junto al paso de los preciosos tranvías retro de Helsinki, a tomarme la manzana y el rollito wrap del súper, y a mucha honra. La escena que se desarrolla ante mis ojos es la típica de cualquier lugar emblemático al que van llegando grupos de turistas. A cada nuevo grupo, se repiten las mismas exclamaciones de desilusión y enojo. La blanquísima catedral, una enorme construcción neoclásica en lo alto de una tremenda escalinata... está cubierta de andamios, tapados por unas lonas. Sobre ellas, unos dibujos perfilan toscamente cómo es la fachada que ocultan, pero ... no es lo mismo. Estos turistas no está habituados, como yo, a que las obras municipales les priven del disfrute de los sitios más bonitos ... Si pasan algo más de tiempo viajando, ya se acostumbrarán, como yo. 

- El hotel donde me alojo está lleno de gente joven venida de partes diversas. Destacan sobre los demás los chavales devotos del nordic black metal, de luto riguroso y en cueros. Los de sus chupas. También hay muchos españoles.

- Mi visita a los países nórdicos tiene una consecuencia inesperada: estoy aprendiendo a amar la arquitectura moderna.

- Entro a orinar en las elegantísimas Galerías Kamp. Salgo de allí aliviada a la par que ilustrada sobre las últimas tendencias en moda y decoración. Un pipí de luxe. 


- En mi último día en Helsinki me acerco a la localidad de Porvoo, a 45 minutos de distancia. Es un lugar muy bonito, pero bastante turístico. Su mayor interés de concentra en el extenso barrio de casitas de madera. En mi opinión se les ha ido un poco la mano y parece un decorado de Hansel y Gretel. Es demasiado encantador, demasiado cuqui, demasiado todo. 

Me alejo un poco de las tiendas y los restaurantes turísticos. Ascendiendo por las cuestas, las plantas de mis pies comprueban la diferencia entre los adoquines de mentira para turistas y los adoquines de verdad para lugareños. Qué dolor. Mi color preferido para pintar los listones de madera de las casas es el tono rosa empolvado, el amarillo vainilla y el azul-gris Monet. Qué bellezas. 

Cometo la imprudencia de comprar Chocolate de la fábrica local Brumberg, que parece que es famoso. Compruebo que la fama es merecida. Hago acto de contricción durante la digestión, demasiado tarde ya para purgar mi pecado. 


- En el autobús interurbano desde Porvoo a Helsinki, el conductor sigue admitiendo viajeros aunque ya no quedan asientos libres, por lo que algunos rezagados vamos de pie, entre ellos yo (¿pero qué tipo de normativa permite eso en carretera?) Un joven soldado me cede galantemente su puesto. Compruebo una vez más que esto de no teñirme las canas tiene enormes ventajas según se me va arrugando la cara. Cuando llevamos un buen rato de trayecto, una muchacha árabe con la cabeza cubierta se levanta a consultar algo con su hermana, también cubierta, unos asientos por delante. Luego vuelve y con timidez le hace un gesto al soldado, que es prácticamente un niño, para que se siente en su puesto. No entiendo una palabra de lo que hablan entre ellos. Luego se vuelve a acercar a su hermana, que le hace un hueco como puede en su asiento, y las dos pasan el resto del viaje estrechamente abrazadas. Bonito gesto, que supongo que refleja el respeto que tiene la población finlandesa por las fuerzas armadas, ante lo que inevitablemente se avecina. 


Cosas que me han llamado la atención y que no están solamente en Helsinki, sino en todos los países nórdicos, pero hasta ahora se me había olvidado mencionarlas: 


- A muchos finlandeses y nórdicos en general les gusta practicar el esquí incluso en verano, y para ello utilizan unos ingeniosos esquís sobre ruedas y unos palos. De imaginación también se vive. 


- También hay mucha afición por aquí a la camas elásticas. En muchos jardines particulares veo una. Y en los parque públicos de muchas ciudades nórdicas.


- Parturi. Está palabra la he visto repetida mil veces en el letrero anunciador de comercios ya cerrados, por lo que no he podido enterarme de qué es lo que venden en los “parturis” (cierran tan pronto…) Pues bien, Miss Google como siempre ha venido en mi ayuda y me ha dicho que son peluquerías. Me ha desilusionado un poco, no sé por qué esperaba algo más original. 


- Otra palabra que he visto repetida: risiilla. En el supermercado, ante el paquete de kebab risiilla ya no me resisto, y recurro a Miss Google Lens para averiguar cuál es esa hierba tan simpática y graciosilla que le han espolvoreado al kebab para que te carcajees en la digestión… pues bien, otra desilusión. Risiilla significa, simple y llanamente, arroz. Esperaba algo con más misterio.  


- En Finlandia, en plena era digital, aún se resuelven muchas cosas llamando a un número de teléfono. Los problemas con los billetes de tren. Las dudas sobre el transporte público municipal. Hasta aquí, normal. Lo que me ha dejado asombrada es que, para entrar en los WC públicos de muchas estaciones (no todas) hay que llamar tambien. Es de ir, si eres finlandés marcas un código en el teclado del móvil, como en los teletones navideños para donar dinero… pero si eres extranjero y no tienes instalada la app de mobipay, entonces tienes que llamar a un número fijo (con prefijo) donde te van a pedir la tarjeta de crédito para cobrarte el euro que cuesta hacer pipí. Y encima llamas y tu operadora te dice que el número no existe. Te entran ganas, aparte de las de orinar, de irte a las vías y practicar allí mismo el método mingitorio recomendado por Simone de Beauvoir. Y para limpiar el charquito resultante, que llamen al número telefónico del personal de limpieza.


- En la preciosa estación Arte Déco de Helsinki me sorprenden dos cosas:  

• Una, hay un trasiego continuo de pobres mendicantes en muy mal estado, algunos semi desnudos, que necesitarían ayuda urgente. Un triste espectáculo que desgraciadamente es habitual en cualquier país, pero que en estas latitudes yo hasta ahora no había visto de forma tan descarnada. Estas naciones nórdicas tan afluentes no suelen tener a sus pobres a la vista de los turistas, digamos que esconden sus vergüenzas. 

• Otro detalle que me sorprende es que junto a los WC públicos del sótano, hay una lavandería bastante grande. Y que en cada cabina, al menos en el baño de señoras, hay una ducha árabe (un grifo tipo manguera para lavarse los genitales). La verdad es que es un sistema mucho más limpio que el papel higiénico, yo lo he instalado en casa, pero con una toalla cerca, claro. Nunca osaría utilizarlo en un servicio público, me imagino que ese grifo contiene todo un zoológico de gérmenes…. Además el problema es que aquí en la estación no hay toalla, con qué se seca la gente? Decido actuar como los cirujanos en los quirófanos. Llevo pañuelos de celulosa en el bolso. Abro la puerta de la cabina maniobrando con el codo. Hay misterios insondables y preguntas inquietantes cuya respuesta es mejor ignorar. 


- En los trenes, el personal de limpieza recoge la basura de los vagones con los pasajeros ya sentados a la llegada a cada estación que sea un nudo ferroviario, donde enlazan muchas líneas y se va a subir mucha gente. Si la estación es portuaria, la policía de fronteras pasa rápidamente por los vagones con un perro, supongo que buscando droga. 


- Siguiendo con los trenes, en Finlandia los vagones tienen una cabina con una mesa y una silla para hablar por el móvil. Siempre la encuentro vacía. Hay otras cabinas para personas insociables (como yo, oiga!) que no quieren tener a nadie cerca. Las puertas son transparentes, y se puede ver que la mayoría de estos misántropos lo primero que hacen es recostarse y quitarse los zapatos. A ver si va a ser que les jumean los pinreles y por eso prefieren estar solos… 


- Y para terminar con los trenes, nunca he visto los mercancías cargados de troncos como aquí. Son tantos los vagones que se pierden en la lejanía. No sé cómo los bosques Finlandeses no están calvos. 


- Ya he dicho más arriba que el paisaje de este país es maravilloso. Una sucesión constante de árboles, un bosque tras otro, sólo interrumpidos por lagos y ríos. Hay muy pocas casas y la mayor parte de poblaciones rurales son muy pequeñas y dispersas. Pero durante mucho rato, el tren pasa y no hay ninguna edificación, por pequeña que sea. Es como un desierto cuajado de vegetación. 


- Aquí hay gran afición por el punto y por hacer calceta en los trenes, con muchas tiendas que venden ovillos de colores y todos los accesorios que, en mi grandísima ignorancia, no conozco. Me quedan ya muy lejanos los tiempos de punto de cadeneta en clase de labor con las monjas.


- Hay bastantes coches retro de los años 60 en adelante circulando por las calles, amorosamente mantenidos y exhibidos por sus dueños. Debe de ser que no hay una normativa demasiado severa respecto a la circulación de vehículos altamente contaminantes, de lo contrario no me lo explico. 


- Veo mucha gente que va comiendo una ensalada envasada mientras camina por la calle. A menos que esté cansada, yo suelo almorzar mientras paseo, para no perder tiempo. Un bocadillo o algún alimento que se extraiga poco a poco de un envase, como los frutos secos, resulta fácil y cómodo. Pero a mí se me caería. Al suelo las hojas de una lechuga pinchadas en un tenedor mientras ando por la acera, o espero que abra un semáforo. Me parece toda una proeza, y un reto del que no sé si estaré a la altura sin mancharme la pechera. 


- Por último, hay algo que ni siquiera la sabionda de Miss Google me puede aclarar: qué hacen tres cepillos de cerdas gordas anclados al suelo en los porches y vestíbulos de los edificios finlandeses. Me imagino que se utilizan en invierno para limpiar la nieve y el barro de las botas antes de entrar, pero me hubiera gustado confirmarlo… este tipo de detalles me resultan muy exóticos, a mí que me crié en un lugar donde jamás nevaba y que no he subido nunca a una estación de esquí.


He dejado un detalle para el final. Durante veinte años he veraneado en Fuengirola, donde vive la colonia de finlandeses más grande que existe fuera de Finlandia. Ignoro cómo llegaron a concentrarse tantos expatriados de la misma nacionalidad en esa localidad de la Costa del Sol, pero el asunto es que allí están asentados desde hace muchas décadas. Tienen su propia emisora de TV, su prensa escrita, sus propios negocios de todo tipo, sus locales comerciales y de ocio. Son iniciativas empresariales por y para ellos, aunque no en exclusiva: los finlandeses de Fuengirola que yo sepa nunca muestran esa especie de desapego imperial con ramalazos de apartheid que caracteriza a los expats británicos. Tampoco es que se mezclen demasiado con la población local, pero están abiertos al contacto y a la colaboración en todo momento. En la localidad son muy apreciados, y considerados buenos pagadores y gente formal y educada con costumbres higiénicas, que es mucho más de lo que se puede decir de la mayoría de inquilinos que llegan por allí. Los que son propietarios suelen estar jubilados, y en verano se vuelven a Finlandia para ceder su apartamento playero para disfrute de hijos y nietos. Ahora que he comprobado cómo es el clima finlandés en el mes de agosto, no me extraña. Aquí se está muy fresquito, lo que resulta un alivio pensando en las olas de calor mediterráneas, pero el agua del mar está helada, llueve todos los días y el viento es casi constante. En el imaginario colectivo, el verano equivale a sol y calor. Fuengirola se beneficia, y Finlandia también. A win-win situation. 

9.8.25

A continuación he cruzado en ferry desde Estocolmo a Turku, Finlandia, para hacerme un lío todavía mayor con esto de las ocho diferencias entre los países de la Europa del norte. Finlandia es el otro país nórdico (que no escandinavo) que no tiene tradición cultural de herencia vikinga, y cuya lengua tampoco tiene nada que ver con las de Dinamarca, Noruega y Suecia, tan similares que sus hablantes se entienden mutuamente. El finés en cambio está emparentado con las lenguas de los Urales, como el estonio y el húngaro. Pero, para aumentar la confusión, en Finlandia se habla también el sueco (los carteles son bilingües) y hay una cierta influencia sueca, ya que fue parte de Suecia antes de pasar a manos rusas en época de Alejandro I, el zar contemporáneo de Napoleón (el que sale en Guerra y Paz, para entendernos). Finlandia consiguió su independencia en los tiempos revueltos de la Revolución Bolchevique, por lo que es un país joven que rebasa el siglo por muy poco, y que ha luchado por asentar su identidad frente a los vecinos que se han disputado su territorio en el pasado, y no es descartable que pudieran volver a intentarlo. La sombra del Kremlin se extiende hasta muy lejos … 



- Turku me sorprende positivamente. Es la ciudad más antigua de Finlandia (s. XIII) y de los tiempos medievales conserva un castillo-fortaleza junto al puerto, que está a dos pasos de mi alojamiento. Mucho después, en el s. XIX, fue precisamente en Turku donde se encontraron el zar del momento, Alejandro I, y el príncipe regente de Suecia, Bernadotte. Los dos acordaron aliarse contra Napoleón, que andaba rapiñando territorios por el norte de Europa. La consecuencia de esta conferencia fue que Finlandia dejó de ser sueca para pasar a ser rusa, y se creó el Gran Ducado de Finlandia, a dos pasos de San Petersburgo. 


En Turku me alojo en el propio puerto, en un edificio que antes formaba parte del tinglado del mismo pero que ahora está dedicado a acoger a los pasajeros que salen de la terminal de ferries, literalmente en la puerta de al lado. Tiene algo de misterio dormir aquí, porque el decadente caserón está semi vacío, y casi espero encontrarme por los pasillos con el fantasma de algún estibador, o un lobo de mar, o incluso una sirena.


Sigo el camino que marca la orilla del río Aura desde el puerto hasta el centro de Turku, y descubro que hay un precioso museo flotante, el Suomen Joutsen, un buque de los últimos tiempos de la navegación a vela, que se construyó cuando Finlandia estrenaba su independencia y que ha tenido usos variados, entre ellos el servir de buque escuela. Forma parte del estupendo Forum Marinum, un recinto portuario dedicado a la navegación en general y a la marina finlandesa en particular. Se percibe con qué cariño y con cuánta dedicación se ha reunido todo lo que allí se exhibe. Este es un pueblo marinero. Y los marinos están enamorados de la mar, que es su verdadera novia, a la (única?) que son fieles toda la vida. 


El centro de la ciudad tiene rincones muy agradables y verdadero ambiente dominguero, aunque tranquilo y reposado. Me encanta pasear por sus calles más antiguas, entre las numerosas edificaciones en madera, algunas de las cuales datan del s. XIX. 

Su catedral es muy bella, y frente a ella, en la orilla opuesta del Aura, hay un monumento que representa al zar Alejandro I y el príncipe regente de Suecia, el general francés Bernadotte, en plenas negociaciones. Se escenifica así la conferencia que ambos manuvieron en Turku, en la que Finlandia pasó de manos suecas a manos rusas, con una firma en un papel. Algo así como la versión de los libros de historia de esa copla que dice "gitana, que tú serás/como la farsa monea/que de mano en mano va/pero nadie se la quea". Si al final va a resultar que la Piquer, aparte de lo suyo, era historiadora y también filósofa. 


- Me acerco a Tampere en tren, y descubro allí muchos edificios que se me antoja que se dan un aire al estilo Jugendstil o modernismo alemán, a lo mejor estoy equivocada. Pero el edificio que más me gusta y que me verdaderamente sorprende es su catedral luterana. Leo que es de estilo nacionalista románrico y data de 1902. Su interior es una prueba de que menos es más: sobre la sencillez de los muros en estuco blanco, resaltan unas frescos del pintor simbolista finlandés Hugo Simberg. Yo a este señor no le conocía de nada, pero allí mismo me declaro fan de su obra. Qué ideas tan sugestivas y al mismo tiempo tan intrigantes. Me gusta mucho este recinto, que se sale de la norma de lo que a priori se espera de un templo. 


Tampere tiene un mercado estupendo, el Tampeere Kauppahalli. No puede ser más acogedor, pese a que los puestos de carne de caza (el plato estrella nacional es la carne de ciervo), exhiben las enormes cabezas disecadas de los animales que justo abajo, en el mostrador, se venden hechos rodajitas. Yo no soy vegana, pero la verdad es que cuando tomo conciencia del sufrimiento animal me remuerde la conciencia… hasta que me llega el olorcillo de algún asado, o el aroma del jamón serrano/ibérico. Qué rico, por favor. 


- Viajo luego hasta Oulu, que me sirve de campamento base para adentrarme un poco en el norte de Finlandia. Desgraciadamente me llueve de lo lindo, pero también debo decir que por estas latitudes llueve de una forma muy suave y cortés, como excusándose por molestar, y las tormentas duran lo menos posible, para no estorbar. Al menos es así a principios de agosto, no sé cómo será según avance el otoño.


Bajo el paraguas descubro que en Oulu la plaza más antigua es en realidad bastante reciente, del s. XIX , y ostenta un monumento al poeta Franzén, gloria nacional y totalmente desconocido para mí.


Me interesa mucho más una escultura en una plaza aledaña, titulada “El paso del tiempo”. Es Una ingeniosa forma de narrar la historia de la ciudad a través de sus habitantes anónimos, que guardan una larga fila, vestidos con los atributos de cada época, hasta llegar a la actualidad, representada por un niño, el único que aparece sentado como esperando los acontecimientos futuros. También pasó por muchos recintos llenos a revisar de público y que acogen la inauguración de una exposición pictórica, un ciclo de cómic y otro de cine. El Oulu más cultureta se cruza en mi camino. 


Estoy helada y empapada, y entro en un kiosko aún abierto a por algo caliente. Allí hay un mostrador con los periódicos del día, y veo muchos primeros planos de Putin. Qué habrá hecho ahora este hombre, que parece empeñado en sabotear mi viaje, buscando su Lebensraum a la soviética justo por donde yo pretendo pasar… Traduzco los titulares con la ayuda de Miss Google Lens: “Putin y su hija secreta, enfrentados una vez más. Las declaraciones de ella desde su refugio en París”. Parafraseando: ella opina que él nunca cambiará, pero sí que pretende cambiar la historia. Ni me creo que esa chica sea su hija secreta (llevaría ya mucho tiempo asesinada si lo fuera), ni mucho menos que esos pensamientos sean de su caletre. Como diría mi madre: ese garbanzo no se ha cocido en su olla. 


- Visito Rovaniemi, capital de Laponia. Soy consciente de que allí vive Papá Noel, porque en las inmediaciones está el parque temático dedicado a glosar su figura: La casita de Papá Noel. La granja de renos de Papá Noel. La oficina de correos donde se reciben las cartas para Papá Noel. El taller donde Papá Noel envuelve los regalos. 


Me sale urticaria sólo de pensarlo. Mi película preferida con Papá Noel dentro es “Le Père Noël est une ordure”, que me parece que nunca se estrenó en España. La cosa sería algo así como “Papá Noel es escoria”. Es la versión en cine de la obra de café-teatro que lanzó a toda una generación de excelentes actores cómicos franceses, allá por los primeros 1980s. Yo la veo (pirateada) todas las Navidades. En las oficinas del Teléfono de la Esperanza la noche de Nochebuena nadie tiene tiempo de aburrirse… pero en este embrollo no se llora sino de risa. Las comedias negras me ayudan a sobrellevar el infierno navideño, y me las autoreceto en esas fechas tan entrañables (beurk!) como otras personas el Alka-Seltzer. Comparto este dato porque así no tengo que dar más explicaciones sobre por qué motivo he esquivado la casita de este santo varón, que era un santo más del santoral… hasta que los ingleses primero, los americanos después y los hongkoneses por último le metieron mano. 


Pero yo me tomo la molestia de subir hasta Rovaniemi para ver otras cosas que me interesan mucho más.. Está rozando el Círculo Polar Ártico, y me desplazo hasta allí porque quiero ver los bosques y los lagos de esa zona. Y también el museo Articum, del que Miss Google me ha hablado muy bien. No me da tiempo a apuntarme a una excursión para ver la fauna, y no es época de trineos. Tampoco voy a visitar a un viejo canoso con barba, anteojos y un pijama rojo que siempre repite “ho” tres veces. Por mí, al Papá Noel que le den una galleta… mojada en leche.  


Hablando en serio. Rovaniemi, rozando el Círculo Polar Ártico y capital de Laponia, me parece un lugar curiosísimo. En el estupendo museo Articum se explican muy bien la historia y caracterísitcas de esta peculiar ciudad, y así me entero por ejemplo de que es la urbe más amplia en superficie de toda Europa, porque el término municipal alcanza 30 pedanías en un radio de 8.000 kms cuadrados, casi el tamaño de la isla de Córcega. Sólo que la densidad de población es mínima, tan solo 9 habitantes por km cuadrado. (En general, Finlandia es un país con baja densidad de población). Rovaniemi está situada entre la confluencia de dos ríos (el Kemi el Ousnajoki), uno de los cuales toma forma de lago en el centro urbano. Está rodeada de esos espesos bosques tan increíblemente maravillosos que hay por toda Finlandia (me sopla Miss Google que se componen de pinos, abetos y abedules, lo que recibe el nombre de taiga). 


Las edificaciones de Rovaniemi son todas modernas (algunas, diseñadas por el célebre Alvar Aalto, gloria nacional) porque desgraciadamente el 99% de su casco urbano fue arrasado en la Segunda Guerra Mundial. Esta ciudad sufrió muchísimo a manos del ejército rojo ruso primero, luego del ejército alemán del Tercer Reich. Y por último de ambos ejércitos que se iban simultaneando, según se iban creando, rompiendo y recomponiendo las alianzas entre los bandos a medida que avanzaba la contienda. La situación de Finlandia, fronteriza con Rusia, la hace especialmente vulnerable a los conflictos territoriales, y en este museo Articum se cuenta cómo, en los posteriores tratados de paz con la Unión Soviética, perdieron dos territorios a manos de Stalin: Salla y Petsamo. Petsamo les duele especialmente, porque había minas allí y es donde el mar de Barents auna los océanos Ártico y Atlántico. Un lugar que atraía el turismo internacional de lujo hasta justo antes de la guerra. La población finlandesa de esas enormes extensiones tuvo que evacuar previamente a la invasión rusa con pocas horas de antelación, y por tanto lo dejaron todo atrás en su huida, para empezar de cero en otros lugares más al sur. Es un trauma que aún perdura. 


También se muestran en este museo las formas de vida tradicionales de este lugar, tan exóticas a mis ojos. La población aquí ha vivido de la cría de renos, la minería, las madereras y la pesca hasta que esta última ha quedado reducida al consumo interior, y en la actualidad es el hobby preferido de los lugareños. También los deportes de invierno y el senderismo y los safaris de fauna ártica en verano nutren la economía de la zona. Y yo no debería burlarme tanto de Papá Noel, porque gracias a la cosa navideña en Rovinami tienen asegurado un flujo de visitantes que les viene muy bien. 


Lo que más me ha interesado del museo Articum, es comprobar como trabajaban y vivían los gancheros (roikka) que se encargaban de agrupar y conducir los troncos talados flotando río abajo. Me ha recordado a la novela de José Luis Sampedro El río que nos lleva, situada en el Tajo a su paso por mi querido Aranjuez. Qué dura profesión, pero qué bellas imágenes evoca. También me ha resultado muy curioso todo lo referente al pueblo Sami, los indígenas de Laponia, que tienen su propia lengua y cultura aparte como etnia diferenciada, y una lengua propia que ha sido ignorada y hasta anulada durante décadas y que ahora se pretende recuperar y fomentar. Los Samis viven en un territorio sin fronteras, porque cubre territorios árticos de varios países: Finlandia, Suecia, Noruega, Rusia. Su vida es durísima, pero tradicionalmente han superado las condiciones más duras y adversidades sin cuento. Son unos supervivientes natos. 


Pero la exhibición estrella del museo Articum, aparte de los ejemplares de osos y renos disecados, es todo lo referente a las condiciones climáticas y geográficas de Laponia en general. Se explica todo lo referente a la tundra, el permafrost, el albedo (que me entero de que es la refracción solar sobre la superficie helada de la nieve) y, por supuesto, la aurora boreal. Disfruto como una niña pequeña con la proyección de estas luces del norte en el techo, y ya que no he podido disfrutarla porque este fenómeno no es visible al ojo humano en verano, al menos me llevo en la retina esta recreación que, con un poquito de imaginación, es un sucedáneo de la realidad sin pasar una noche al raso.


En el viaje de vuelta desde este filito del Ártico en Rovaniemi a tierras más sureñas en Oulu, el clima me premia con un arcoiris completo, y con la visión desde la ventanilla del tren de mi paisaje preferido: la yerba y los árboles empapados brillando al sol con todos los tonos de verde posibles, sobreimpresos en un cielo con nubes grises y negras de tormenta. No hay contraste de coloridos que me pueda gustar más, debe de ser cosa de mis raíces montañesas. 


Cada vez que pienso que, desde Rovaniemi, he estado prácticamente al lado de San Petersburgo, me doy a los demonios. No puedo cruzar la frontera rusa porque el Ministerio de Exteriores lo desaconseja vivamente. El argumento principal es que en Rusia actualmente hay detenciones arbitrarias de las que tampoco se libran los extranjeros, y que si te ocurre algún percance ni la legación diplomática española, ni la de ningún otro país de la UE, pueden garantizar ni el prestarte asistencia ni tu seguridad, porque en las condiciones actuales no se les permite actuar con normalidad. Maldita política. Maldita sea por siempre. 



Y en estas, cojo un tren y tras casi seis horas de trayecto llego a Helsinki. Pero esa es otra historia, que se merece otra entrada. 


- Notas y anecdotario:


- En el ferry de Estocolmo a Turku tengo reservado un camarote y sólo me aventuro fuera para desayunar, porque paso casi todas las horas de travesía tumbada. A pesar de las biodraminas, siento mareo, aunque no de estómago, sino de cabeza. Las maniobras del barco me descolocan, y apenas puedo a asomarme a la escotilla. Una lástima, porque la vista es maravillosa … cientos de islas en la costa sueca, un ratito de mar abierto, y en seguida cientos de islas al bordear la costa finlandesa. Salgo a cubierta para ver la entrada en el puerto, cuando ya el barco va frenando la marcha. Por casualidad, me coloco en el punto de desembarco en la borda, lo que me permite ver toda la maniobra de atraque. En tierra firme sigo bamboleándome por pura inercia. Con esto confirmo que los viajes largos en barco no son lo mío. 


- En Oulu veo salir de un centro comercial un robot. Más bien un robotito, porque debe de ser un dispositivo de entrega a domicilio que abulta lo que una nevera portatil playera, pero con cuatro ruedas y una antena. Se desliza por la acera rápidamente con total precisión. Rodea los hoyos y los baches, gira la esquina, se para para dejar paso a los peatones y las bicicletas que se le cruzan. Y lo más curioso: se para en el semáforo y, cuando ya el disco ha cambiado a verde, un coche se lo salta… pero el puñetero robotito se da cuenta y espera a que pase, como haría una persona. No me gusta el s. XXI, pero confieso que ver a este bicho mecánico comportarse como un ciudadano ejemplar me ha hecho reír. 


- Finlandia, Capítulo puertas. Respecto a las puertas y sus picaportes, sólo sé que no sé nada. Es decir, que en este país en muchas ocasiones no sé ni abrirlos ni cerrarlos. En mi descargo diré que soy un pelín disléxica (lateralidad cruzada) y también algo manazas. Pero en esas mismas condiciones, en otros países siempre he podido abrir y cerrar las puertas, que yo recuerde. Y aquí no. Es decir, lo consigo, pero tras una dura lucha en la que estoy a punto de perder la paciencia, los nervios y casi casi la esperanza. El por qué los picaportes son tan complicados en las construcciones modernas escapa a mi comprensión. Y según parece también a mis habilidades.


- Finlandia. Capítulo calores. Una derivada del punto anterior es que, por no poder abrir los picaportes de las puertas ni las ventanas, paso un calor en interiores que no es ni medio normal. Estos edificios no están preparados para temperaturas cálidas, sino todo lo contrario, y en Laponia por ejemplo hemos rozado los 28°C con alta humedad. Dentro de una habitación donde el aire está estancado y no es posible ventilar, he sudado casi tanto como en mis veranos españoles. Nunca lo hubiera creído, la verdad. 


- Finlandia, Capítulo aceras. Las aceras nórdicas son de lejos las que están más pulidas de todas las que he encontrado en mis viajes por Europa. Doña Resilia rueda feliz por ellas…. Hasta que nos topamos con algún camión de reparto plantado encima, o las vallas de una obra. Nunca hay previsto un paso alternativo para los peatones, y la calzada es un suicidio, de modo que toca dar grandes rodeos o echarle imaginación y arrestos para continuar camino. En esto, Finlandia me recuerda a Sicilia. Es curioso cómo a veces el mapa se pliega y, como diría Jardiel Poncela, “Los extremeños de tocan”. 


- Finlandia. Capítulo saludos (o ausencia de los mismos). No he conseguido, en los días en que he pernoctado en distintos alojamientos, que mi presencia fuera considerada como tal por los otros residentes (el personal encargado del establecimiento claro que me responde al saludo y me siguen la conversación… pero no cuentan, porque son profesionales dedicados al turismo y cumplen bien con su trabajo). El caso es que en la vida moderna se va arrinconando el contacto humano, y yo tengo algunos vecinos en Madrid que hace veinte años que no me responden a los buenos días. Pero sé, por su forma de evitarme, que al menos han reconocido mi presencia, lo noto en la forma huidiza en que se conducen cuando nos cruzamos. Aquí en algunos de los países nórdicos, lo que noto es que la gente, cuando te ve, no te ve siquiera. Es decir, que es como si ellos estuvieran, pero tú no. Y eso te hace sentir como si el espejo no reflejara tu imagen. Debo añadir también que por la calle observo comportamientos afables y relaciones cariñosas, pero siempre entre conocidos. Basándome únicamente en la gente con la que sólo me he cruzado y otros con los que he intentado interaccionar, mi opinión personal es que casi prefiero la brusquedad de maneras sueca a la indiferencia finlandesa. Creo que puedo permitirme ser políticamente incorrecta por una vez, aunque reconociendo que esta es solamente mi experiencia personal, y como es lógico no pretendo etiquetar a los millones de habitantes de un país basándome en un puñado de personas que se han cruzado en mi camino. Pero tampoco puedo pretender que las cosas han ocurrido de otra manera. Ahí queda eso. There, I said it.


- Finlandia. Capítulo obras. En este punto seguramente voy a ser un poco injusta, porque tanto en Madrid, donde vivo, como en todas las ciudades europeas por donde he pasado estos últimos meses, me he encontrado con grandes obras. Y creo haberlo anotado aquí varias veces ya. Pero lo que hace a las obras finlandesas distintas de las demás es que no sólo me salen al paso según avanzo, sino que se anticipan a mis deseos. Es decir, que los alcaldes saben por dónde voy a pasar incluso antes que yo misma, y me colocan rápidamente una obra de por medio, hecha a mi medida. Saben que voy a darme un paseo por la orilla del lago con la intención de sentarme en un banco a comerme el bocadillo, y acto seguido tratan de impedírmelo haciendo obras de mejora, precisamente para instalar allí los bancos que yo necesitaba. Pero no puedo acceder a ellos porque están vallados, rodeados de escombros y con un cartel que prohibe el paso. Y así todo el tiempo, en todo lugar. Empiezo a pensar que llevo un chip instalado en el cerebro y que en los ayuntamientos me van haciendo un seguimiento personalizado. En los días en que estoy más indecisa,

RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...