24.9.25

ESLOVAQUIA

 ESLOVAQUIA


Llego a Bratislava, al filo de los montes Cárpatos, desde Brno en un tren abarrotado en el que no es nada fácil encontrarle un hueco a Doña Resilia, que cada vez pesa más y pone a prueba la resiliencia de cualquiera que intente ayudarme a cargarla en el compartimento superior del maletero. El último que se prestó se quedó resoplando muy colorado, y supongo que maldiciéndome en su fuero interno. No será porque no les aviso con antelación de que mi maleta es very heavy, thank you, para que tengan la opción de arrepentirse de su arranque de caballerosidad cuando aún están a tiempo.


En Bratislava me alojo en un mini apartamento con un jardincillo diminuto, en los bajos de una casa con buhardillas que hace un siglo fue la barbería del barrio, según nuestra una foto de 1920, donde los barberos posan en la puerta con unas batas blancas dignas de todo un cirujano cardiovascular. Mi casero me recibe en persona, y eso que mi tren acumula bastante retraso y debe esperarme pacientemente un domingo al mediodía. Es un un hombre altísimo que viste de metalero madurito, oh yeah. Me explica con pelos y señales, en un inglés rudimentario, cada detalle de la casa y también de la ciudad, y cuando menciona que tengo la casa entera para mí sola porque empieza la temporada baja, me cuenta que él tampoco vive allí... y a continuación cierra la puerta… entro en modo de alerta, y acaricio el silbato que siempre llevo en el bolso como sistema de alerta y para desconcertar a un posible agresor. 


Pero no, resulta que este hombre amabilísimo lo único que pretende es explayarse en sus explicaciones, porque supongo que no tiene otra cosa que hacer por las tardes. Gracias a él conozco cada ruta de cada autobús, y cada tranvía de los que recorren los puntos de interés turístico, y también cada supermercado y cada restaurante buenos, bonitos y baratos de los alrededores. Me indica un par de comedores nostálgicos del “socializmus”, pero donde se come bien. Me señala un barrio en el plano: Aquí se concentran los albaneses y los turcos. Es una zona peligrosa por la noche? No, no, Bratislava es una ciudad segura… sólo lo señalo por si te gustan los kebabs para cenar. Me avergüenza comprobar que estoy llena de prejuicios pequeño burgueses.


Lo cierto es que es muy fácil orientarse en esta ciudad no muy extensa, donde además el casco antiguo está muy concentrado. El ambiente en las calles históricas es el de una pequeña capital de provincias, con la excepción de un lujoso barrio de nueva planta al borde del Danubio, al que según mi casero llaman “el Manhattan de Bratislava”. Para llegar al centro desde mi apartamento, tomo la avenida Stefanikova, bordeada de elegantes palacetes decimonónicos que están siendo restaurados a su antiguo esplendor. Allí está el Palacio Presidencial, llamado de Grassalkovich porque se construyó en el s. XIX para un conde de ese nombre, cuando Bratislava se llamaba Pressburg porque aún formaba parte del Imperio Austrohúngaro. 


Hablando de nombres, veo el de Stéphanie repetido por todas partes y le consulto a Miss Google, quien me informa de que esta princesa belga fue la infortunada esposa del hijo de Sissí, el príncipe heredero Rodolfo, quien le dio muy mala vida de casada, con contagio de enfermedad venérea de por medio. En 1889 este hombre atormentado apareció suicidado (por su mano o por mano ajena, nunca se ha aclarado) en el tristemente famoso palacio de invierno de Mayerling. La tragedia fue doble, porque quienquiera que empuñó el arma se llevó por delante a su amante también, Marie Vetsera, de sólo 17 años. Ante tamaño escándalo, la princesa viuda Stéphanie se apartó de sus suegros en la familia imperial austriaca, abandonó Viena y se vino a vivir a las afueras de Bratislava, entonces Pressburg, con un nuevo marido. Al menos este no se le suicidó, pero la vida de esta mujer continuó siendo bastante agitada, y ahí lo dejo. 


Hay un barrio residencial que también se llama Stefanka, en la falda del montículo Slavín. Me voy encaramando por sus empinadas cuestas, y admiro las preciosas villas ajardinadas de la Belle Époque que me voy encontrando. En muchos tramos las aceras y la calzada están en un estado de abandono lamentable que convierte cada paso en un reto de deporte aventura. Es todo un contraste con la importancia de algunos de estos chalés, sedes de legaciones diplomáticas de países como Croacia o Brasil. Cuando por fin llego a la cumbre de este montículo, admiro las vistas de toda la ciudad desde el mirador del cementerio soviético de Slavín, donde están enterrados más de 6000 soldados rusos del ejército rojo que liberaron Bratislava de la ocupación nazi. Tantos hombres jóvenes y sanos muertos antes de tiempo. Hay un impresionante obelisco de 42 metros rematado por la estatua de un soldado blandiendo una bandera y pisando una esvástica con su bota. Pero los mástiles están desnudos, sin bandera alguna, y los accesos a las instalaciones están faltos de mantenimiento. Claramente Eslovaquia quiere dejar atrás su inmediato pasado, y tras 30 años en la UE miran hacia el futuro con nuevos horizontes, como atestiguan su skyline, porque desde aquí se divisan todos los rascacielos de su “Manhattan”. 


Dos anécdotas: En el ascenso, mientras subo los tortuosos, torcidos y desgastados escalones de acceso al Slavín, veo un niño de unos diez años que trepa escalinata arriba, para bajarla inmediatamente a continuación. Es lunes a media mañana y el curso hace semanas que ha comenzado, por qué no está en clase? Pienso que se ha escapado del colegio, cuando al ir ascendiendo veo que está acompañado de un adulto, supongo que su padre. El niño llega hasta arriba jadeante, y descansa un momento inclinándose hacia adelante, con la cabeza baja y las manos en las rodillas. Pero el padre le dice algo, y en seguida el chiquillo vuelve a bajar. Paso de largo, porque no sé muy bien cómo podría meterme en el berenjenal de preguntarle a este hombre por qué este menor está ejercitándose en solitario fuera del colegio, en horario escolar. Como extranjera que está de paso, poco puedo hacer al respecto. Pero me voy con la sensación de que acabo de presenciar un castigo malsano y morboso, aunque nadie ha levantado la voz ni alzado la mano. 


La segunda anécdota es la constatación de que el universo te hace pagar los karmas pendientes: mis remordimientos por no haber intentado ayudar al niño de los escalones son castigados en el descenso del Slavín hacia el centro. Algunos conductores de Bratislava parece que se han sacado el carné en una autoescuela de Nápoles, con la diferencia de que los napolitanos te avisan ruidosamente de que van a pasar por donde les da la gana, y estos eslovacos en cambio guardan silencio y ni siquiera tocan el claxon. El asunto es que, cuando voy andando tranquilamente por la acera, estoy a punto de ser atropellada dos veces, una por un autobús turístico y otra por un camión de basura, porque aquí, en vez de hacerse a un lado o detenerse cuando la vía es estrecha y se cruza otro vehículo, simplemente se suben a la acera para esquivarlo, por cierto a toda pastilla. Si hay un peatón andando de espaldas que no les ha visto ni oído, o sea yo, pues se siente… que salte o se eche contra el muro para salvar su vida, qué narices. Siento una especie de corriente de aire repentina en mi hombro izquierdo y…. vivo de milagro para contarlo. Y a los pocos minutos, vuelvo a nacer de nuevo. Mecagoen… todo es cuestión de mirar el lado positivo, puedo continuar mi viaje sin muletas! 


Bratislava es, de todas las grandes capitales que bordean el Danubio, la que menos fama tiene. A simple vista parece la hermana menos agraciada de Viena y Budapest, que están a muy poca distancia. De hecho, la mayoría de turistas pernoctan en cualquiera de estas dos y convierten Bratislava en su excursión de ida y vuelta en el día. A mí me da una mala primera impresión, cuando me bajo en la estación (casi pueblerina, anticuada, destartalada y sucia) y comienzo a caminar por el barrio que la rodea, que es el mío. Pero según voy explorando su casco histórico y el moderno barrio a orillas del Danubio, Bratislava me va ganando poco a poco hasta conquistarme, porque tiene un carácter meridional que se asemeja a la Italia de tradición barroca. También debo decir que mi estancia coincide con una ola de calor que roza los 30°C, salvo los dos últimos días en que bajan bruscamente las temperaturas, y por tanto todo el mundo está en la calle disfrutando de este veranillo otoñal. La gente llena a todas horas las calles céntricas, las terrazas y la ribera del río, se oyen risas y conversaciones muy animadas, además hay muchos estudiantes con ganas de marcha que aportan todavía más alegría al ambiente. Se une a esto que la arquitectura de los edificios antiguos es, o bien barroca, o bien neobarroca, con fachadas encaladas en suaves tonos pastel. El resultado es que esta capital resulta muy simpática y acogedora y, en sus barrios más adinerados, bastante elegante. 


Bratislava me ha sorprendido para bien en sus barrios más turísticos. Y un poco al contrario cuando me he alejado de ellos, o he tomado un tren para explorar otras poblaciones. Ahí me he encontrado con la otra cara del espejo. Lejos de las zonas más frecuentadas, que están en general mejor mantenidas, la realidad se impone. A este país aún le falta un tanto para remozar las casas donde vive la gente corriente, reparar su mobiliario urbano, renovar sus infraestructuras, transformar su mentalidad, abrirse al mundo. Han sido muchos años tras el telón de acero, y una transición nunca es fácil, en España tampoco nos modernizamos de un día para otro a partir de 1975. Al tiempo.


La Bratislava histórica es barroca italianizante, lo que le aporta cierto aire sureño. Aunque entre los puntos de interés por su monumentalidad destaca el Castillo de Bratislava o Hrad, que domina la población desde lo alto, no lo visito porque me entero de que es una reconstrucción no muy inspirada de los 1960s. Me gusta mucho más la Plaza Mayor o Hlavné Námestie, con muy bonitos edificios como el ayuntamiento, donde hay un acogedor patio interior. Allí te puedes sentar a disfrutar del frescor y el rumor de una fuente con un San Jorge. En el exterior hay otra fuente histórica con un personaje en todo lo alto que resulta ser Maximilian II, un rey húngaro de quien en mi ignorancia jamás oí hablar. Encantada de conocerle, caballero. 

Bratislava no sólo tiene estatuas en piedra como estas, sino que cuenta con muchas esculturas en bronce más recientes, muchas de ellas haciendo gala de un gran sentido del humor. La mas famosa se titula "Hombre trabajando", y es un personaje uniformado que enseña sólo medio cuerpo porque parece salir de la tapa de una alcantarilla, con un casco protector en la cabeza. Es todo un comentario irónico a las interminables obras públicas que nos estorban el paso a los viandantes y que, debo decir, en estos países casi nunca prevén un mínimo senderito por el que podamos andar los peatones sino que, como en este caso, debemos escoger entre pasar por encima de la obra y sus obreros, cambiar de acera, o arriesgarnos a andar por la calzada, entre el tráfico. 

A la antigua judería y alrededores, donde están las calles empedradas más antiguas, se accede por la Puerta de S Miguel, antigua portada de un lienzo de muralla. Allí están la Catedral de S Martín y otros rincones muy característicos. Por momentos me parece que estoy en una población siciliana, tal es el colorido y, por qué no decirlo, el descuido de lo que me rodea. Hay edificios antiguos literalmente en ruinas, y los adoquines están tan descolocados y el pavimento tan abombado que, a pesar de llevar zapatos de suela muy gruesa para andar por el campo, debo abandonar el paseo porque me resulta demasiado complicado avanzar y temo lastimarme un tobillo. Ese consistorio, qué espera para renovar el firme por esta zona y para rehabilitar estas casas! Están colocando un acerado nuevo en las zonas comerciales, pero esta la tienen abandonada. Parezco un jubilado de los que escriben cartas al director en la prensa local quejándose de todo… Estoy mayor. 


Y precisamente como estoy mayor, a media mañana me da un bajón de azúcar y necesito un café. Quiere la casualidad que escoja para sentarme una agradable terraza, la que me queda más a mano, en el Café Messerschmidt, en la plaza Naméstie SNP. Resulta ser un lugar histórico, porque es la plaza emblematica donde se producen todas las concentraciones ciudadanas más reivindicativas, y está señalada con un monumento que homenajea a los soldados que liberaron la ciudad en la guerra. Nada de todo esto se refleja en el modo en que la gente se sienta en los bancos a disfrutar de la pausa de media mañana a la sombra de los árboles. El ambiente de conversaciones pausadas no puede ser más relajado. 


Una vez reavivada con el kava (café), más un zumo de pomelo y un croissant bien calentito, observo que este café rinde homenaje al escultor austriaco Franz Xavier Messerschmidt, porque este artista vivió en esta plaza en el s. XVIII. Parece ser que había sido apartado de la corte de Viena y se vino a Pressburg, entonces parte del Imperio Austrohúngaro, a reposar sus problemas de salud mental. Las esculturas que realizó aquí resultan originalísimas porque son toda una galería de cabezas que representan muecas extravagantes: expresiones de burla, de desprecio, de asombro, de enfado, de miedo etc. Parecen obras provocativas y vanguardistas al estilo del arte actual, pero se esculpieron hace más de doscientos años. Genial Messerschmidt. Encuentro muchas copias de sus cabezas cuando me adentro en el interior del local buscando el WC. Pero también me topo con un autómata, reproducción del original que en el s. XVIII asombró a la corte de Viena: es un busto de un turco, con turbante y todo, que mueve las piezas en un tablero de ajedrez, y que en su día jugaba y ganaba la partida a quien se atreviera a jugar con él. Los movimientos de este ingenio eran manipulados por un mecanismo oculto dentro del cajón de donde sale el busto, pero en la época no se conocía este truco y el autómata causó gran impresión al público. Lamentablemente en el s.XXI, en en el que nada nos sorprende ya y estamos de vuelta de todo, tienen colocado a este turco, que tanta admiración causó en su día, en el pasillo que da acceso al WC del restaurante. No somos nadie. 


Me doy un bonito paseo por el barrio de Dunajská, que abundan en edificios modernistas, al estilo de la Sezession austriaca. El más famoso es el de la llamada Iglesia Azul, que desde luego hace honor a su nombre, por dentro y por fuera. Admiro otras muchas construcciones de muy buen gusto y gran originalidad, hasta que empiezo a cruzarme con los estudiantes de la cercana Facultad de Filosofía, que salen de sus clases para disfrutar del almuerzo a orillas del cercano Danubio. Divino tesoro, me digo, seguro que saben donde sentarse a charlar y yo estoy cansada, así que les sigo, y doy con el moderno paseo fluvial y la gran plaza dedicada al heroico aviador Milan Ratislav Stefanik. Caigo en que estoy en la parte ribereña del moderno “Manhattan” de Bratislava, y todo lo que veo me encanta. Qué agradable y elegante resulta este paseo, con sus lujosos edificios de arquitectura actual y sus terrazas de gran categoría. Observo que los que están sentados en ellas son la beautiful people local, mientras que los que se sientan en los escalones de los jardines en la orilla son la gente corriente y moliente. Pero unos y otros disfrutan por igual de la tarde soleada. El Danubio luce muy verde, el aire está muy cálido y el ambiente invita a siestear con los ojos abiertos, por lo que yo también me siento y contemplo el agua largo rato. Hago pipí en un centro comercial que no tiene nada que envidiar a los más lujosos que yo he visto, pero que además incluye preciosas esculturas de personajes circenses haciendo equilibrios sobre un cable, por encima de nuestras cabezas. Ahora comprendo que el consistorio se ha gastado los presupuestos en construir todo esto para deslumbrar a propios y extraños, y por desgracia otras zonas de Bratislava han quedado al margen. Supongo que con el tiempo todo se andará, de hecho hay muchas obras públicas en varios puntos de la ciudad. 


Me despido del Danubio echándole una ojeada al puente antiguo y comparándolo con el moderno Puente Most SNP, sostenido por cables desde un extremo. Este último tiene en lo alto un restaurante-mirador al que no subo. No puedo estar subiendo continuamente a todos los miradores para ver las casas desde lo alto, no soy un pájaro. Vuelvo a casa por el boulevard donde está la ópera, con muy buen ambiente vespertino, donde la gente busca refrescarse de los calores junto a las fuentes que lo bordean bajo los árboles. Bratislava, tus calles están llenas de vida. 

Como contraste, se me ha olvidado reseñar aquí un par de pequeños detalles que a mí parecer son reminiscencias de tiempos anteriores, ya he dicho que algunas cosas están aún por pulir en Eslovaquia. Los trenes de cercanías son vetustos, están bastante desgastados y resultan muy incómodos. En el andén de la estación de Trencín tengo que ayudar a dos viejas que intentan trepar por la empinada escalerilla de su vagón, cargando con una maleta. Las pobres no están ágiles ni son rápidas de reflejos, pero a esto se une que la subida es ya complicada de por sí. Estas señoras tardan demasiado, y la puerta automática se cierra implacable sobre ellas, atrapando el brazo de la que arrastra la maleta. Aquí es donde intervengo yo, tirando de la puerta para desbloquearla y que vuelva a abrirse, y procurando que la señora en cuestión no resbale por la empinada escalerilla. Al final, tras una dura lucha que dura unos segundos interminables por parte de las tres, conseguimos vencer a la ley de la gravedad y la cosa no pasa a mayores. Cuando bajo del tren veo a tres empleados ferroviarios de uniforme que nos estaban contemplando en el andén, a pocos pasos. A ninguno se le ha ocurrido intervenir. La misma pasividad observo en los empleados municipales de Trencín cuando paso por una calle cuya acera está en obras, y a la que han aplicado una capa de alquitrán. No está señalizada, por lo que asumo que el cubrimiento ya está seco, pero no es así. Al cabo de unos pasos, las suelas de mis zapatos están negras, y noto cómo me hundo ligeramente a casa paso. Retrocedo y salgo de allí maldiciendo. Y nuevamente observo cómo los operarios me observan con total pasividad, y a ninguno de ellos se le ha ocurrido advertirme. A lo mejor estoy equivocada, pero esa falta de iniciativa y esa indiferencia yo las asocio a la educación recibida durante el régimen anterior, que aún persiste en los modos y maneras de estas ex-repúblicas de la URSS. Un último y reciente ejemplo: en la estación de Bratislava hago una pregunta porque con mi despiste habitual, malinterpreto el número de la plataforma del tren a Budapest (long story). Pregunto en el mostrador de la oficina de información, y a una funcionaria uniformada... No pueden ser más desagradables, antipáticos y agresivos conmigo. Yo he sufrido antes en mis carnes los malos humores de los funcionarios de mi propio país, y de otros muchos países.... pero con este nivel de negatividad no recuerdo que me respondieran, o me gritaran "no lo sé" mientras me dan la espalda como aquí.


En los dos días siguientes el tiempo cambia bruscamente y regresamos a los rigores del otoño, con frío, viento y lluvias ocasionales. Visito Trnava y el mencionado Trencín, ambas con cascos antiguos muy bellos pero con unas aceras en ocasiones impracticables. En Trencín, el que más me gusta hay, aparte de dos plazas encantadoras, un gran castillo del s. XV en lo alto de una roca. Desde allí arriba hay unas vistas espectaculares, pero sudo mucho al subir y las fuertes rachas de viento frío me resfrían un poco, por lo que prefiero ser prudente y quedarme en casa al día siguiente, para curarme del todo. Mañana emprendo viaje a Budapest, y quiero estar en plena forma para poder disfrutar de la capital húngara, a la que tanta ilusión me hace llegar por fin. Eso significa que renuncio a hacer una excursión guiada hasta la famosa localidad de Cicmany, con sus casitas en madera decoradas al modo folklórico tradicional, y un recorrido por algunos castillos célebres, como el de Orava. Pero hoy hace peor tiempo que ayer y escojo reponer fuerzas, porque.... estar mayor es lo que tiene. 






REPÚBLICA CHECA

REPÚBLICA CHECA


No la llamo Chequia porque no me suena bien del todo, no sé por qué. Manías que tiene una, o más bien uno de los síntomas de un apego al pasado típico de las personas de edad. La geografía que me enseñaron en el cole ha sido ampliamente superada 50 años después, y hay tantos países que ya no existen y tantas ciudades que ya se llaman de otra manera, que he perdido la cuenta… 


Retrocediendo en el tiempo, yo ya había estado en Praga anteriormente, cuando la República Checa había iniciado su andadura en solitario. Hacía pocos años que la antigua Checoslovaquia, creada tras la Primera Guerra Mundial, se había escindido en dos países, en 1993. Antes de eso, tras la desintegración de la URSS, Vaclav Havel y Alexander Dubcek habían conseguido una transición democrática sin violencia, la llamada “revolución de terciopelo”, en 1989. Según leo, ahora que se cumplen 32 años de la escisión, las relaciones entre las repúblicas checa y eslovaca siguen siendo aterciopeladas en general, salvo disputas ocasionales. El checo y el eslovaco son idiomas tan similares que son mutuamente inteligibles, y lo mismo ocurre con las tradiciones culturales y hasta con el carácter nacional. Los dos países son socios prioritarios y sus relaciones de amistad trascienden la política para adentrarse en el ámbito familiar. 


A pesar de tener tantas cosas en común hay también diferencias, y según Miss Google son de peso: Eslovaquia tiene un carácter más esclavo, parece ser más rural y tradicional, con un catolicismo muy arraigado, y sus montañas le proporcionan un paisaje más variado. La República Checa es llana, está más industrializada y desarrollada, es más progresista y más laica, y está más influida por su herencia germánica. No sé hasta qué punto estas generalizaciones son válidas, ni me da tiempo a tratar de averiguarlo en una estancia de unos pocos días en cada país. 


En la República Checa, atravieso en tren Bohemia, con sus pastos verdes y sus suaves colinas, y luego Moravia, con sus parques naturales de impresionantes panorámicas. Mi estancia coincide con un veranillo otoñal de jornadas muy calurosas y soleadas, y por tanto la hierba brilla esplendorosamente. Creo que nunca he visto una hierba tan verde. El campo checo es como una pintura en movimiento. 


PILSEN

Llego algo despistada a Pilsen (como la llaman los alemanes) o Plzen (como se dice en checo). Esta coqueta ciudad es famosa por ser la cuna del método cervecero que lleva su nombre, pero en realidad tiene mucho más que ofrecer al visitante ocasional que una simple jarra de cerveza rubia. Antes de que pueda averiguarlo, me hago un lío tremendo en el autobús que me lleva a las afueras, donde está mi hotelito barato, y me bajo antes de tiempo en la zona equivocada, aunque tardo un rato en darme cuenta. Hay transeúntes y ciclistas, pero no veo ni bus ni taxi, así que no me queda otra que seguir adelante.


Como consecuencia, me toca rodar a la pobre Doña Resilia por caminos inescrutables. Nos vemos a las puertas de una fábrica de cerveza de la marca local Gambrinus, fundada en 1869. Luego pasamos cerca del reclamo publicitario del zoológico local, en forma de jirafa de tamaño natural. Más adelante nos toca pasar bajo las vías del tren atravesando un túnel reconvertido en galería del arte grafitero. Luego bordeamos un polígono industrial. Y por fin llegamos a un barrio normal y corriente, donde estoy a punto de pedir santuario y amparo en un colegio infantil… si no fuera porque las madres ya se han llevado a todos los niños, y están cerrando. 


Finalmente, llegamos al hotelito de las afueras, que es bueno, bonito y barato, precisamente porque está en las afueras. Se trata más bien de un bed & breakfast muy limpio aunque anticuado, y el dueño es un hombre encantador. El mobiliario es una mezcla de piezas de anticuario y decorados de una sitcom de los años 1960s, y me trae recuerdos de las películas del landismo. De las paredes del salón-comedor cuelga una colección de relojes de pared con pinta de haber cumplido al menos un siglo, y mi anfitrión me dice que reunirlos era el hobby de su madre. También me cuenta que su hija es maestra en el colegio que he visto al pasar, y que entre otras cosas da clases de español, y que a él le ha enseñado a decir “buenas días”. No voy a contradecir ni a corregir las enseñanzas de su hija con la boca llena, de modo que le sonrío y él queda encantado. Me da un trato familiar que contrasta con el hermetismo de los otros huéspedes, que creo que son transportistas, aunque quizá me equivoque. 


Una vez que aprendo la ruta del autobús, averiguo que el centro está a tan sólo quince minutos, y utilizo el transporte público a menudo porque Pilsen, como tantos lugares en los países de la antigua URSS, es una ciudad más bien hostil al peatón, es decir, que no se puede callejear por ella sin consecuencias: una decisión equivocada al cruzar, y te toca recorrer la travesía del desierto hasta que te rindes a la evidencia y desandas lo andado. 


Pero el esfuerzo merece la pena, porque en el centro de Pilsen cualquier paseo es recompensado con bonitos edificios y un cierto ambiente callejero hasta la puesta del sol. Algunas casas son de color pastel, y otras lucen esgrafiados estilo Sezession, porque está ciudad aún conserva su impronta austriaca. Hay un canal ajardinado con una “torre del agua”. Y varios museos que no visito. Entre ellos el de la cerveza, el de la Bohemia Occidental y el de las marionetas. También se pueden visitar la famosísima fábrica de cerveza Pilsner Urquell, de 1842, y una red de túneles subterráneos que supongo que se cavaron para esconderse y huir, pero no termino de enterarme bien. 

Yo prefiero caminar sin rumbo por el centro neurálgico que es la Plaza de la República, con un precioso ayuntamiento renacentista y una catedral, la de San Bartolomé, del s. XVI. Hay un enorme teatro de la ópera y una sinagoga del s. XIX con unas cúpulas orientalizantes, que es de las más grandes del mundo entero, pero a la que en la actualidad se le da uso más bien para actos culturales, porque los judíos de Pilsen fueron deportados en su gran mayoría en los años oscuros de la ocupación nazi. Un poco más allá hay unos jardines con dos estatuas de dos personajes apellidados Smetana, donde hay varios edificios impresionantes que evocan el poderío del Imperio Austrohúngaro. Uno de estos Smetana, de nombre Bedrich, es el compositor de "El Moldava", ese pasaje de su obra "Mi patria", que he escuchado tantas veces junto a mi padre y que es una de las composiciones más bellas de la música clásica de estilo nacionalista, tan en boga en el cambio del s. XIX al XX. Ésta música sublime sigue el curso del río Moldava desde su nacimiento hasta su llegada a Praga, y aunque no tengas ni una gota de sangre checa en tus venas, se te saltan las lágrimas al oírla. 


PRAGA

Desde Pilsen hago una excursión a la cercana Praga, que ya tuve la suerte de visitar durante varios días hace muchos años, cuando también hicimos, una amiga y yo, una escapada a la elegantísima ciudad balneario de Karlovy Vary. Coincidimos con tiempo invernal y ambas ciudades estaban nevadas, lo que las embellecía aún más si cabe, y fue un viaje inolvidable. Ahora me conformo con rememorar lo más céntrico de Praga en un viaje de un sólo día, ya que los precios del alojamiento en la capital checa son prohibitivos. 


Es imposible enumerar aquí todas las bellezas de Praga, que son de sobra conocidas. Sólo diré que, junto con Florencia, me parece una de las ciudades más delicadas de Europa, cuyo encanto consiste en perderse sin rumbo por sus calles y dejarse sorprender por sus rincones secretos… pero ambas han perdido parte de su magia porque desgraciadamente han sucumbido a su éxito, y se ven invadidas por hordas de turistas que impiden tener un momento de tranquilidad, al menos en el casco histórico. 


Una multitud camina por el emblemático Puente de Carlos sobre el río Moldava, que une la ciudad vieja (o Stare Mesto) con el barrio pequeño en la orilla de enfrente (o Mala Strana). Lo del extensísimo Castillo con la catedral y todas sus dependencias se asemeja a una manifestación. Pero aún así, me las apaño para aprovechar bien el día.


Al llegar, admiro la preciosa estación central, de un elegantísimo estilo Art Nouveau. Me adentro en la ciudad nueva (o Nove Mesto), donde veo la Torre de Petrin, la plaza de Wenceslao, la Casa Danzante (edificio vanguardista que también se llama“Ginger y Fred”), y una vez más lamento no tener tiempo de entrar en el Museo Mucha. Yo tenía un póster del anuncio de cigarrillos JOB colgado en mi cuarto en Sevilla, y creo que, de todos los ilustradores modernistas, Alphonse Mucha era el más fino. Sus posters de la divina Sarah Bernhardt son lo más. 


En el contiguo Stare Mesto veo a cientos de personas congregadas frente al sensacional Reloj Astronómico, por cuyo carrillón desfilan unas figuras móviles cuando da las horas en punto. Me abro paso como puedo. Veo de refilón al esqueleto de la muerte dando aldabonazos, y a la figura de la lujuria diciendo que no con la cabeza. Me pierdo parte del desfile de los apóstoles, pero como son doce alcanzo a ver a los dos últimos. De todos modos, el auténtico espectáculo son las caras de arrobo que ponemos todos, y los ooohs y las aaahs que soltamos por nuestras bocas abiertas. Yo la primera. Este reloj es la atracción principal de la Plaza de la Ciudad Vieja, pero lo rodean otras muchas maravillas como, el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, la Torre del Puente de la Ciudad Vieja. En el Josefov (o antiguo barrio judío) hay una cola larguísima para entrar en el Antiguo Cementerio Judío, y en la Sinagoga Antigua, pero la Sinagoga Española (o Sefardita) está mucho más despejada, porque está cerrada. 


En Mala Strana, reposo un poco a la sombra sentada en los escalones de San Nicolás, antes de subir la cuesta de Hradcany, y luego la escalinata hasta el Castillo, admirando tantos edificios barrocos como salen al paso por el camino. Estas calles han servido de localización para rodar muchas películas de época, entre ellas Amadeus, en la que se recreó la Viena del s. XVIII gracias a estas bellas fachadas checas, tan bien preservadas. Una vez más, compruebo que las tiendas y restaurantes de esta zona están llenas de españoles, tal y como recordaba de mi viaje anterior. La única novedad es que ahora, a los souvenirs y al cristal de Bohemia, se unen los productos derivados del cannabis, porque en estas aceras hay tantos comercios especializados que lo venden abiertamente, que pienso que a este paso, Praga le va a hacer la competencia al mismísimo Amsterdam. 


Arriba en el extenso complejo que forman el Castillo, la Catedral y todas las demás dependencias, me detengo en el Callejón del Oro y me recreo en entrar en todas y cada una de las casitas, en una de las cuales vivió Franz Kafka, porque era propiedad de su hermana, y el genial escritor se la alquiló para poder escribir retirado del bullicio del centro de la ciudad. Yo no recordaba que se podía curiosear el interior de estos diminutos habitáculos que parecen casas de muñecas, y que están adosados a la muralla del Castillo. Se construyeron para la guardia real, y más tarde las ocuparon los orfebres, algunos de los cuales cuentan la leyenda que estaban encargados de buscar la piedra filosofal, es decir que eran alquimistas tratando de convertir los metales preciosos en oro. Posteriormente estás casitas quedaron vacías, al mudarse la corte de emplazamiento, y se llenaron de delincuentes, los okupas de la época. Hasta que, a finales del s. XIX, se desalojaron y empezó a vivir allí gente corriente. Las casitas están amuebladas y decoradas en su interior con mucho realismo, y cada una de ellas tiene una cartela en la puerta que relata la historia de su último inquilino. 


Me apena especialmente la historia de la quiromante Madame de Thèbe, una señora que estaba un poco enajenada tras perder un hijo en la Primera Guerra Mundial, y se ganaba la vida como podía adivinando el futuro en las líneas de la mano. Parece ser que su negocio iba viento en popa, aunque no sé cómo se las apañaba para atender a su abundante clientela en un espacio tan minúsculo. El problema es que esta pobre mujer se creía un oráculo infalible, y empezó a pronosticar la caída del Tercer Reich en plena ocupación nazi de Praga. Cuando sus profecías llegaron a oídos de la Gestapo, la detuvieron, torturaron y asesinaron con la mayor crueldad. Les sirvió de poco, porque el hecho incuestionable es que Madame de Thèbe acertó de pleno. 


Tras saborear unos últimos paseos sin rumbo antes de la hora de salida de mintren, me resigno a volver a Pilsen, completamente agotada. Ha sido un día muy caluroso y el sol abrasador de este veranillo me mata. Estoy mayor.    


BRNO

Desde que cumplí taitantos años, cada minuto empieza a ser muy valioso y no estoy para perder el tiempo en chuchurris, como llamaba mi madre a las zalamerías. Nunca me recetaron estrógenos para paliar los síntomas de la menopausia, de modo que uno de los efectos colaterales de mi nuevo yo ultra-hormonal, es que me ha dado por ser sincera. Qué liberador resulta decir lo que verdaderamente opinas, después de toda una vida evitando herir los sentimientos ajenos y preocupándome por lo que pensará la gente de mí. Me parece que, si se dicen las cosas con respeto y educación, la famosa píldora amarga… sabe igual de mal, pero tú te quedas muy descansada, y la conciencia solo te remuerde cuando un día muy lluvioso te obliga a encerrarte en casa y te da por pensar. El problema es que esto de sincerarme se ha convertido en un vicio muy adictivo que no sé cómo abandonar, y tiene el gran inconveniente de que tus interlocutores contraatacan con sus propios ataques de sinceridad, de modo que te arriesgas a oír verdades como puños, y faltaría más.

 

Toda esta farragosa introducción sirve para anotar aquí que Brno me ha decepcionado porque, y esta es solamente una opinión personalísima, me ha parecido muy sucia, muy incómoda y, en definitiva, desagradable. Lo digo desde el cariño, que es ese lugar terrible del que salen las opiniones más brutales. En este largo viaje he estado en otros lugares que también eran sucios e incómodos, pero no me resultaron tan desagradables porque, en mi personalísima opinión, tenían algo que les redimía, ya sea en su ambiente, su historia, o lo que fuese. Lamento no haber sido capaz de encontrar ese algo que mágicamente otorga valor a cualquier sitio, por poco atractivo que resulte a mis ojos. Repito que es sólo mi opinión, y que no pretendo estar en lo cierto. 


Es una lástima, pero Brno no me ha cautivado precisamente, y quizá si lo hubiera visitado en otro momento no habría sido tan radical en mis apreciaciones. Pero me temo que ha contribuido un cóctel explosivo de factores: una excesiva y repentina ola de calor con un sol abrasador y noches tropicales durante toda mi estancia, una cierta irritabilidad causada por mis cambios de humor menopáusicos, y cero simpatía por parte de las personas con las que he interactuado. Sólo diré que, tras conocer las encantadoras Pilsen, Praga y Karlovy Vary, me parece increíble que Brno sea la segunda ciudad en importancia de la República Checa, porque cuando llegas y la recorres simplemente no resiste la comparación. Todo está roto, sucio y descuidado, y salvo en el pequeño centro histórico, la mayor parte de los edificios cultivan un feísmo reconcentrado. La gente no parece precisamente muy refinada,el transporte público es deficiente, y las pequeñas tiendas de barrio lamentablemente son muy precarias, de modo que el nivel de vida de la población debe de estar muy por debajo de las otras ciudades del país. 


Leo que esta es una sede universitaria muy popular entre los estudiantes y la gente joven en general por sus bajos precios, y me lo creo. También leo que en esta zona de Europa no tienen apego a las típicas fórmulas vacías de cortesía, o de chuchurri, que son habituales en las películas y que se han trasladado a la vida real, como ese empalagoso “que tengas un buen día” etc. Estos eslavos de la Europa del Este consideran toda esa palabrería una debilidad hipócrita y una gran pérdida de tiempo, y les doy toda la razón. Pero, así como yo abuso de mi sinceridad, ellos también lo hacen, y el resultado es que no resultan precisamente acogedores. Y cuando te sales del circuito turístico, donde están habituados a tratar a los visitantes extranjeros y nos siguen la corriente con ñoñerías…. te das de bruces con la vida real de los ciudadanos corrientes. Y se echa de menos alguna sonrisa que otra, alguna respuesta a tu saludo, algo de interacción humana que no resulte hostil y, a veces, hasta agresiva. Pero en el fondo me está bien empleado, y me viene muy bien, porque me administran mi propia medicina. Sólo que en dosis de caballo, mire usted.   


Brno tiene sus monumentos, y son muy bellos, aunque no muy numerosos. Su catedral está en lo alto de una roca y sus altas torres se ven desde todo el centro. En su plaza principal hay un teatro donde tocó mi adorado Mozart de niño. También veo allí dos fuentes barrocas. Su centro luce en sus calles principales con los habituales edificios monumentales heredados de la época del Imperio Austrohúngaro. Entre ellos, una estación que en su día fue sin duda muy bella, pero que está echada a perder. Está en obras de rehabilitación, y justo a su espalda veo que el nuevo Brno se está construyendo poco a poco con edificios muy modernos. Sin duda tendré que volver en unos años para ver cómo el lavado de cara ha variado la faz de esta ciudad que, siempre según mi opinión, a día de hoy carece de encanto. 


Mi alojamiento no contribuye a hacerme variar de parecer, porque aunque se trata de un apartamento moderno y limpio en un edificio monísimo de nueva planta, está situado en uno de los barrios con peor reputación de Brno, el de Cjel, en la calle Bratislava. Tengo una antigua y ruinosa cárcel justo delante, y las tiendas del barrio venden sólo productos etiquetados en cirílico, porque mis vecinos son, en su mayoría, tsygany, o romaníes de origen ruso. Estos gitanos del este difieren mucho de los que son, literalmente, mis vecinos en Madrid, en su mayoría anticuarios. Tampoco se parecen a los gitanos andaluces que recuerdo de mis años en Sevilla. Los gitanos españoles tienen siempre a flor de piel un sentido del humor de gran agudeza, del que hacen gala en todo momento. Yo he presenciado fuertes discusiones callejeras en las que estaban involucrados en las que, otras consideraciones aparte, era inevitable terminar riéndote en algún momento dado, incluso muy a tu pesar porque la gravedad de la situación requería otro talante. En cambio aquí en Cjel, los tsygany parecen desprovistos de humor, y las mujeres romaníes en concreto clavan en mí unas miradas que no disimulan su desconfianza y su abierta hostilidad. Investigo un poco en internet, y Miss Google me sopla que este barrio de Brno está sufirendo un proceso de gentífricación (de ahí las nuevas construcciones como el edificio donde me alojo) y el Ayuntamiento pretende desalojar a estos gitanos, romaníes, tsygany o como quiera que se denominen. Lástima, de verdad, pero yo no tengo la culpa, aunque ellos parece que me la atribuyen un poco… 


Por último, hago aquí una confesión que me deja en muy mal lugar. Como he dicho, estos días soy presa de la irritabilidad hormonal propia de mi verdadero carácter, y también de mi edad. Mis paseos por Brno, se ven dificultados con frecuencia por el estado lamentable de aceras y calzadas, con adoquines sueltos, con raíles de los tranvías que no sabes cómo cruzar porque casi nunca hay un paso de peatones señalizado, por caminos de tierra de obras que me voy encontrando y que no han previsto un paso para los peatones… Pues cada vez que esos obstáculos me dificultan la marcha y a veces hasta me obligan a desandar lo andado, sube a mis labios un grito de guerra: Catetos!!!. Creo que he en 48 horas he gastado ya la palabra, y lo confieso avergonzada, porque lo único que demuestra es que, si hay alguna cateta aquí, esa soy yo. Estoy llena de prejuicios, y encima me he vuelto una comodona. Qué desilusión conmigo misma. Y con Brno también. 




17.9.25

NÜREMBERG

 NÜREMBERG


La segunda ciudad de Baviera está doblemente marcada, por los unos y por los otros. El partido nazi la convirtió en su sede preferida para celebrar sus grandes concentraciones, porque era aquí donde los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico celebraban sus Dietas Imperiales, y al führer le dio por recrear toda esa parafernalia medieval. Y más tarde, en la posguerra, los aliados la eligieron para sus juicios a toda la alta jerarquía derrotada y cautiva del Tercer Reich, porque a) las instalaciones de su palacio de justicia habían quedado intactas y eran enormes. b) debían humillar simbólicamente al bando vencido en el lugar más icónico posible, y Nüremberg era el sitio ideal. 


Pero nada de esto se percibe hoy día en sus calles. Una persona que no tenga ni idea de historia (cualquier veinteañero millenial, sin ir más lejos) y que llegue aquí por primera vez, se va a encontrar con una ciudad encantadora, con un casco histórico medieval precioso. Totalmente reconstruido, porque en bombardeos de hasta cuatro horas los aliados destruyeron el 90%, y en 1945, con más de 6.000 muertes locales, a esta zona la llamaban “la estepa”. 


Es difícil no sustraerse a estos datos cuando se pasea en 2025 por esta ciudad tranquila, con cierto aire provinciano, donde sus habitantes llenan sus calles al atardecer caminando sin prisas entre los puestos de comida y las terrazas. Hay unos pocos turistas, mucha juventud universitaria internacional, y también veo muchos musulmanes, algunos subsaharianos y latinos, y hasta oigo a unas cuantas personas hablar en dialecto italiano. Los hijos de la emigración no pierden sus raíces, como debe de ser. Me pregunto qué pensaría el führer si se diera una vueltecita y viera “su” Nüremberg poblado por gentes de razas y religiones diversas conviviendo en la calle sin aparente dificultad. Le daría un soponcio, y lástima no poder ver su cara al comprobar cómo su “misión de renacimiento nacional” no ha servido para nada 80 años después. Que no haya segunda parte de esa “misión” se antoja complicado hoy día, es cierto, pero no imposible. Las cicatrices de los errores del pasado creo que están demasiado recientes en lugares como este como para obviarlas. El proceso de sanación debe seguir adelante. Qué pesada y que pedante me pongo a veces. 


En Nüremberg estoy alojada en un hotel de categoría mediana, porque tras experimentar en Colonia con los límites de la falta de higiene, mi piel ansiaba darse una ducha en un cuarto de baño limpio. Este hotel está a dos minutos de la estación y frente a la Frauentorturm, una de las grandes torres cilíndricas de la muralla medieval. Quedan lienzos muy extensos de esta muralla, que se pueden recorrer en altura por unos pasadizos de madera techados. Leo que en su día había cientos de torres porque este, junto con la fortaleza, era un sistema defensivo de los más sofisticados de la época. En pie quedan muchas torres aún, aunque yo sólo localizo cuatro, la verdad. Parece que muchas de ellas albergan instituciones y sedes de empresas, lo que las hace menos identificables. Lo que sí localizo, para mí horror, son dos enormes ratas que se persiguen entre los matorrales junto a uno de los codos de la muralla, por lo que mi intención de recorrerla la olvido en el acto para ponerme a salvo lejos de allí. Ya he mencionado mi poco apego al reino animal, y más si encima transmite la peste bubónica, que sería lo apropiado en este contexto medievalizado. 


But I digress, me enrollo. Desde mi hotel entro en el casco antiguo a través de la torre de Frauentorturm, y allí me encuentro con un recinto que contiene unas casitas con fachadas de entramado de madera y unas callejuelas adoquinadas. Hay tabernas tradicionales y tiendas de artesanía, y no puede ser más bonito. De noche, una de las casas funciona como club con música y copas, y los estudiantes se congregan en la puerta bajo las luces de colores. Me encanta que los monumentos tengan una utilidad práctica que les incorpore a nuestro tiempo. No todo edificio antiguo tiene por qué convertirse en museo. 


Las iglesias de Nüremberg son numerosas y a cual más bonita, pero yo dirijo mi atención a otros puntos porque a estas alturas del viaje tengo empacho de iglesias. Pero cuando paso por delante de San Lorenzo al atardecer, y veo su fachada iluminada por la luz amarillenta de la larga puesta de sol otoñal, con nubes negras de tormenta a su espalda, me quedo mirando largo rato. Tan bonita resulta la visión de esta joya del gótico alemán, que muchos lugareños también se paran a hacerle fotos. Y por si fuera poco, empieza el campaneo que marca las siete de la tarde. Precioso espectáculo. 


El atardecer también lo contemplo desde los dos puentes sobre el río Pegnitz, el Museumsbrücke (del Museo) y el Heilig Geist Spital (del Espíritu Santo). En la llamada Plaza del Mercado hay otra iglesia preciosa, la de Nuestra Señora, cuya fachada me recuerda a un órgano. Tiene un carrillón muy bonito que no tengo la suerte de ver funcionando. Enfrente hay una fuente muy llamativa, la de Schönner Brünnen, una columna gótica con figuras policromadas, supongo que de santos y héroes. Aunque a mí la fuente que más me gusta de todo Nüremberg es la originalísima alegoría que se colocó en los 1980s frente a la Torre Blanca, en otra plaza más comercial. Ésta fuente de llama de Ehekarrussel (el Carrusel del Matrimonio), y es un prodigio de imaginación. Todas las etapas de la vida matrimonial, desde el arrobo inicial a la sexualidad, las disputas acaloradas y la muerte que los separa, están representadas aquí con enorme despliegue de imaginación y de medios. En otra plaza hay otra fuente más pequeña, titulada NärrenSchiff (El barco de los locos), y es del mismo autor, Jürgen Weber. La originalidad del arte contemporáneo germánico que he podido ver por las calles en este viaje me deja siempre impactada. Aquí no pecan de falta de ideas precisamente. 


El castillo de Nüremberg no sólo es muy bonito, sino que es uno de esos monumentos que se presta a llevarte lejos del momento actual, en un viaje atrás en el túnel del tiempo. Parece que era la fortaleza más inexpugnable de su tiempo. Su Torre Sinwell es la que más llama la atención del conjunto. No muy lejos de allí y junto a la muralla se encuentra la casa de Alberto Duero, que vivió en ella unos veinte años. No puedo entrar porque llego fuera de horario, pero por fuera es toda una belleza, con su entramado de madera y su tejado irregular. La obra de este artista enigmático es de lo mejor que ha dado el Renacimiento alemán, y me parece recordar que nadie ha podido descifrar por completo su grabado titulado “Melancolía”. Me gustan mucho las cosas que escapan a nuestra comprensión y a las que no se les puede aplicar estrictamente la lógica, porque crean una expectativa y un misterio muy estimulantes. No les doy ninguna transcendencia para aplicarles algún tipo de explicación sobrenatural, porque no se me da el pensamiento mágico-divino. Simplemente me parecen un reto mental muy atractivo, precisamente porque son una ecuación sin solución. Duero, cultivó el simbolismo avant la lettre, como El Bosco, Bruegel, como William Blake, Lawrence Sterne, Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud, Alfred Jarry, y tantos otros creadores que le dieron al surrealismo antes de que este se inventara. Me he puesto pedante de nuevo, qué manía. 



BAYREUTH

Me escapo a Bayreuth, a sólo una hora en tren desde Nüremberg. Allí me doy una vuelta por todos los lugares emblemáticos relacionados con Wagner, que pasó allí los últimos años de su vida en una gran casa llamada Villa Wahnfried (“paz/un respiro de la locura”, o algo así). En su jardín está enterrado este grandísimo compositor, genio creador del espectáculo total en la ópera … y ser humano bastante despreciable, narcisista, egoísta, racista, aprovechado y profundamente antipático. Estaba endiosado hasta límites difícilmente soportables, y la convivencia con él destrozó anímicamente a su primera esposa. La segunda en cambio, la famosa Cósima, hija de Franz Liszt, le seguía la cuerda y se convirtió, ella y sus descendientes, en la guardiana de todo un legado ideológico claramente precursor del nazismo. No en vano el hijo Sigfrid y su mujer eran íntimos del führer. Teniendo todo esto en cuenta, y aún siendo admiradora de su música, me acerco a la lápida sin nombre de su tumba (un alarde de falsa modestia muy propio del personaje) y aprovechando que los turistas que se hacían fotos ya se han marchado, acerco mi cara al mármol y le digo, en voz muy alta: Imbécil. Es un desahogo cobarde, porque sé que no puede responderme. Pero también sé que le hubiera enfadado verse insultado con un término muy por debajo de su gran capacidad intelectual, por eso lo he escogido. Se merece insultos más fuertes, pero no me da la gana de darle una importancia que no se merece. Dicho esto, de adolescente me he llegado a emocionar hasta las lágrimas  escuchando la escena de la muerte en Tristán e Isolda, aún se me pone la carne de gallina con la obertura de Tannhäuser, y me sigue pareciendo que toda su obra alcanza unas cotas de fantasía nunca superadas. Lástima que este señor se hiciera un autosabotaje de lo más rastrero al adscribirse a una ideología tan furibunda como asesina. Un fanático impresentable, eso era este grandísimo compositor, y no lo puede negar nadie. De hecho, en el jardín de su teatro hay una exposición con unas cartelas bilingües que denuncian el antisemitismo del personaje y de su familia. 


Llego tarde al horario de visitas de este teatro tan costoso, que tan amorosamente le regaló el rey loco Luis II de Baviera, al que Wagner se arrimó para que le pagara las deudas y le financiara sus óperas y su lujoso modo de vida. Luis II se llegó a gastar una verdadera fortuna en su ídolo, por cierto a costa de las arcas del estado, hasta que sus propios ministros tuvieron que poner coto al asunto. Este teatro de Bayreuth es un buen ejemplo del dispendio, pero también de hasta qué punto las ideas geniales de Wagner fueron innovadoras y crearon los espectáculos tal como los concebimos ahora: por primera vez, la sala permanecía a oscuras para que la gente no estuviera pendiente de dejarse ver y ser vistos, sino de la ópera que se desarrollaba en el escenario. Además, escondió la orquesta de la vista, para que no hubiera un foso donde las evoluciones de los músicos pudieran distraer la atención. Genial. Pero casi me alegro de haberme perdido la oportunidad de ver el interior, porque hoy tengo el día hormonal y estoy, yo también, muy subidita de tono. Lo mismo se me escapaba otro “imbécil”, y a ver cómo le explico yo al guía que no iba dirigido a él. 


Bayreuth, tiene mucho que ofrecer al margen de Wagner, aunque acumula muchas figuras del compositor en sus calles, de todos los tamaños y colores (hasta el disco en verde del semáforo representa a un director de orquesta batuta en mano). Me paseo por sus calles y sus plazas, que tienen un regusto barroco en buena parte del casco histórico. En la preciosa plaza Ehrenhof hay una fuente barroca y una estatua de Maximilian II, el padre del rey loco. El Palacio Viejo o Hermitage es muy impresionante, junto a unos jardines con fuentes en piedra y estanques sobre los que flotan las hojas secas que el fuerte viento va arrancando en cada ráfaga. Para mi gusto, pocas cosas superan a un jardín histórico en otoño cuando huele a hierba húmeda y te acompaña el rumor del viento en las ramas de los árboles y el crujido de las hojas secas caídas al pisarlas. Tras ponerme pedante, ahora lo supero poniéndome cursi. Una es así. 


El teatro barroco tipo italiano llamado de Margrave tampoco está abierto, pero por las fotos publicitarias se ve que por dentro es muy rococó y muy lujoso. Las iglesias del casco histórico son también muy bonitas, y abundan los edificios en piedra. Hay un mercadillo en una de las plazas, y algo de gentío por las calles más comerciales, a pesar del viento helador que sopla hoy, y que me obliga a comprarme una rebeca complementaria, a pesar de haber venido bien abrigada. Como me dice la dependienta de la tienda, una muniquesa que se mudó a Bayreuth, es cuestión de ponerse y quitarse las capas de cebolla según sople. En ello me entretengo durante todos mis paseos de hoy, haciendo contorsiones en los semáforos para vestirme y desvestirme, y guardando el equilibrio para no tirar al suelo mis dos bolsos. Algún día le dedicaré un merecido homenaje a mi segundo bolso en alguna entrada, pero no es el momento.  


Anoto por último una pequeña anécdota que me sucede en Bayreuth. Delante de mí tropieza y se cae sobre la acera una señora de bastante edad. Corro a ayudarla a levantarse, y le lavo las manos con una toallita refrescante que siempre llevo encima. El canto de su mano derecha, con el que instintivamente ha parado el impacto al caer, está bastante dañado y le recomiendo que vaya a un médico. La pobre no entiende una palabra porque sólo habla alemán, pero por gestos me confirma que no se ha roto nada y que está bien como para continuar la marcha. Pues bien, todo esto lo contempla un grupo de escolares de unos catorce o quince años, en la hora del recreo y del bocadillo. Muchos de estos mozalbetes están sentados en los bancos del paseo. Ni uno solo de ellos hace ademán de levantarse o acercarse. Divino, divino tesoro. 


Y con esto me despido de Alemania por el momento hasta que, de regreso ya a Francia, atraviese de nuevo Baviera para pasar unos días en Munich y alrededores. De Alemania me han sorprendido muchas cosas, casi todas ellas positivas: la amabilidad y cortesía de la mayoría de la gente que he encontrado, la belleza de sus paisajes y sus poblaciones, su increíble oferta cultural y el gran ambiente que se respira en sus calles. El paisaje de las regiones más norteñas por donde he pasado es en general bastante llano, pero en Baviera ofrece mayor variedad, al ser más montañoso. En todos lados admiro la gran cantidad de ríos de gran caudal que voy cruzando, y sobre todo los árboles tan frondosos que adornan las poblaciones y los bosques tan espesos que admiro desde el tren. Qué paisajes tan verdes, y cuántas flores donde quiera que mires. 


Hay algo que no comprendo, tras visitar varias regiones de este país. Cómo es posible que, teniendo un paisaje tan hermoso y unas poblaciones tan pintorescas, la televisión pública alemana lleve muchos años rodando telefilmes basados en las obras completas de Rosamunde Pilcher, que son novelitas rosas situadas en Inglaterra, concretamente en Cornualles. Son películas de sobremesa sin más pretensiones que entretener, donde los actores germánicos hacen ver que son británicos de pura cepa, pero francamente no se lo cree nadie porque no les sale del todo. Por qué motivo esos mismos telefilmes no están rodados en Alemania, con historias escritas por guionistas alemanes y situadas en su propia tierra, es algo que escapa por completo a mi comprensión. Qué oportunidad perdida de dar a conocer al mundo las maravillas de este país en clave lúdica, para que no siempre lo relacionemos con el Tercer Reich o la RDA de los tiempos de la URSS. 


Entre lo que me ha apenado está la gran cantidad de desgraciados marginales que se ven, y se oyen, porque muchos de ellos van gritando incoherencias mientras caminan, o están tirados en la acera rodeados de su propia inmundicia, a veces semi desnudos. Son muy numerosos y no parecen recibir demasiada atención, aunque he visto a algunos voluntarios repartirles sopa caliente por la noche. Se congregan en torno a las estaciones, porque allí los camellos les venden drogas bajo las narices de la policía, pero también allí hay pequeñas misiones o centros sociales que les atienden por unas horas, aunque claramente son insuficientes. Alemania no puede esconder a sus pobres de la vista de los turistas, como sí intenta hacer, por ejemplo, Francia. De todos modos, los pobres franceses que he visto no están vestidos con harapos ni van tan sucios. Los pobres alemanes mueven a compasión, y muchos de ellos son jóvenes adictos ya irrecuperables, a juzgar por su aspecto terminal. Una tragedia que se desarrolla ante nuestros ojos sin conseguir hacernos pestañear siquiera. 

De los ferrocarriles alemanes me queda un recuerdo mixto: por un lado cubren muy bien el territorio y se puede llegar en tren a cualquier parte, por apartada que esté. Algunas rutas escénicas son espectaculares, y he tenido la suerte de disfrutar de una de ellas en las orillas del Rhin. Pero los trenes sufren frecuentes retrasos, cambios de horario y cancelaciones, y tienen una irritante tendencia a dividirse hacia destinos distintos. Es decir, que te subes a un tren regional, donde no hace falta reservar asiento y te sientas donde hay un hueco libre, y como te hayas equivocado de vagón, por desgracia puedes haberte situado en la parte del convoy que se desgaja a partir de una determinada estación, para emprender una ruta con un destino muy distinto al que tú pretendías llegar. Dicho esto, el personal tanto de las estaciones como a bordo de los trenes siempre se muestra amable y ayuda en lo que puede. Hasta nos perdonaron una multa a mi amiga y a mí, que por despiste nos subimos a un intercity con billete de regional. No hace falta decir más.  







16.9.25

COLONIA

 COLONIA


Colonia me parece una ciudad engullida por su catedral, ese monstruo terrible y magnífico que se baña los pies en el Rhin y mete las narices en la estación, que le queda justo debajo. A lo largo de este viaje he estado esperando el tren en estaciones con mucho encanto y unas vistas maravillosas. Recuerdo andenes estrechitos horadados en la roca en Cinque Terre, con vistas maravillosas de los acantilados sobre el mar… pero no sé si se pueden comparar a tener toda una catedral gótica de 160 metros de altura velando por la llegada y partida de cada tren en los 12 andenes de la estación central de ferrocarril de Colonia. Un techo de cristal sobre las vías se ocupa de que no olvides esas torres, que te caen literalmente encima cuando miras al cielo. Adónde si no. 


Cuando no está vigilando pasajeros y viandantes, la catedral está ocupada en lucirse ante cualquiera que pase por su lado, y se asegura de que todos alcemos la vista y nos quedemos con la boca abierta, en muda contemplación del monumento más visitado de Alemania y uno de los grandes templos de la cristiandad. Su perfil se vislumbra desde bien lejos, y su campaneo repiquetea también a distancia, a veces durante largo rato. Siento por esta gigantesca masa negruzca una mezcla de admiración y desasosiego a partes iguales. Me provoca verdadero espanto su altura, de hecho sus dimensiones al completo me dan vértigo ya desde fuera, y no digamos una vez en su interior. Paso muchas veces a su lado. Con sol, bajo la lluvia, al atardecer, de noche. En medio de la oscuridad, una iluminación muy tenue y sabiamente distribuida por la fachada disimula la pátina de hollín que, lejos de afearla, le proporciona una capa extra de respetabilidad a un edificio que está por encima del bien y del mal. La frase “temor de Dios” me viene a la mente frente a este templo hiperbólico. A mí me inspira lo primero, sin relación con lo segundo. (siempre he sido muy aprensiva con los tamaños descomunales). Supongo que en la Edad Medía esta catedral debía provocar ese efecto en los fieles que acudían a sus cultos: Temor. De Dios, por descontado. Y a lo mejor también algo de vértigo. 


Ni me planteo subir a la torre norte porque mi desafío al vértigo tiene sus límites: más de 500 escalones a 97 metros de altura me dan demasiado respeto, y prefiero preservar mi salud física y mental. El domingo por la mañana coincido con una misa cantada por los celebrantes, con coral y órgano incluidos: en la penumbra, la sonoridad es tan rotunda y brutal que aumenta mis temores, siento que de un momento a otro se nos resquebraja la bóveda. Para mí Dios es una locución lingüística, un personaje mitológico y también un señor con barba muy retratado en la historia del arte. En cambio para los fieles que siguen la misa en los bancos y escuchan la coral es mucho más, para algunos incluso lo es todo. Salgo a la plaza, donde me reencuentro con la luz exterior, la música machacona de un acordeón callejero y la gente que pasea, dispuesta a disfrutar de este veranillo otoñal en un día festivo. 


El otro monstruo sagrado de esta ciudad es el poderoso Rhin, que la atraviesa y la abraza como a tantas otras ciudades de su cuenca. Los habitantes de Colonia apuran estos días todavía templados de mediados de septiembre para gozar de su río. Yo también, porque para llegar a mi alojamiento, un apartamento bastante mugriento justo frente a la noria del Museo del Chocolate, debo recorrer el paseo ribereño, esquivando ciclistas que van a toda velocidad en una senda compartida. Tiene tanto riesgo como como caminar por Madrid Río, sólo que aquí el río es de verdad. Los cruceros fluviales Viking, largos y chatos, son junto con los puentes metálicos semicirculares lo que más me llama la atención. Pero lo que da más vida al río está en tierra firme, y son sus paseantes. Al verles relajarse día tras día, sentados en la hierba o en las terrazas, o caminando lentamente enfrascados en sus charlas, llego a la conclusión de que en Colonia la gente es disfrutona. En esta ciudad se convive en las calles peatonales, en las plazas y en los parques, al menos mientras se prolonga el buen tiempo. El tren que me trae de regreso de mis excursiones por los alrededores a veces se retrasa mucho por problemas técnicos (el sistema ferroviario alemán está atravesando un mal momento) y debo cruzar Colonia algo tarde, pero no camino sola porque al parecer aquí hay un gran ambiente nocturno en el centro, incluso entre semana. A pesar de contar con numerosos monumentos y bastantes estatuas ecuestres, son pocas las calles que conservan casas tradicionales y algo del sabor de antaño. Es motivo es el de siempre: los bombardeos destruyeron el caco antiguo, del que se reconstruyó una parte. Pero esta ausencia queda compensada por la catedral, que abulta lo suyo. 


En su carácter agradable de ciudad animada, Colonia me recuerda a La Spezia, no sé por qué. Estuve aquí de adolescente, pero no recordaba casi nada, de modo que me ha encantado tener la oportunidad de conocerla mejor. Lástima que esta vez me haya tocado en suerte un cuarto de baño adornado con telarañas, pero esa es otra historia. 


He aprovechado, como de costumbre, para visitar otras ciudades de los alrededores. Hago un breve listado de los que más me ha llamado la atención de cada una de ellas, que no es necesariamente lo que las ha hecho célebres. O sí, que yo tampoco soy muy original. 


STUTTGART

Se me acumulan las entradas atrasadas del blog, y me cuesta poner en orden mis ideas. Para refrescar mi memoria, consulto a Miss Google imágenes de las ciudades que he visitado desde que estoy en Colonia. Por orden cronológico, miro la primera de ellas: Stuttgart. Llovía tanto ese día, me cayeron encima tantas tormentas una tras otra, que tuve que volverme antes de lo previsto, porque un manto blanco me oculta a las vistas, el fuerte viento me hacía imposible caminar, y pasaba más tiempo refugiada en las tiendas y bajo los puentes que en la calle. Pero aún así... no me suenan de nada las fotos que veo. Es posible que tras andar durante horas por el centro, me saltara todos y cada uno de los monumentos? Tan distraída soy? La respuesta es: no y sí. Porque nunca he estado en Stuttgart, y en cambio la ciudad adonde fui en esa fecha se llama Dūsseldorf. Qué lástima de niebla (cognitiva, y de la otra). Rectifico pues:


DÜSSELDORF

Ya me he desahogado sobre las condiciones adversas, pero a pesar de tener que luchar contra los elementos disfruté de la ciudad, en los raros momentos en que el sol se abría paso entre la negrura. Me gustó especialmente la avenida Königsallee, a la que cariñosamente llaman Kö. Es toda elegancia y esplendor al estilo del viejo mundo, ese que tanto me gusta y que ya sólo existe fosilizado en algunos rincones de esta Europa nuestra tan decadente. Este bulevar cuenta con elegantes edificios de los mejores estilos del s. XIX y el XX a ambos lados de un canal central, el Stadtgraben, bordeado de árboles muy frondosos y presidido por una espectacular fuente de un poderoso Tritón. Si la miras de perfil, parece que a) está cabreado y b) está orinando. Poderosamente. 


Stuttgart, digo Düsseldorf, tiene otros muchos lugares de interés. Lo que ha quedado del casco antiguo cuenta con algunas iglesias y edificios tradicionales más o menos reconstruidos. Hay un monumento poblado de figuras angustiosas que conmemora la elevación de la villa a condición de ciudad en el s. XIII, tras una terrible batalla. Las plazas más antiguas son las habituales en Alemania: Burgsplatz y Marktplatz . Desde el paseo ribereño del Rhin, el manto de lluvia me medio oculta los famosos edificios de Frank Gehry. La lluvia me impide acercarme a los barrios del Pequeño Tokio y de Kaiserswerth, y visitar la casa de Goethe (esto último tampoco entraba en mis planes). Miss Google y yo tenemos un contencioso a la hora de volver a la estación, y a duras penas esquivo la siguiente tormenta. Y eso es todo. 


FRANKFURT

Había estado aquí de adolescente en un viaje escolar, pero no recordaba casi nada. Al salir de la estación, sigo la Kaiserstrasse y observo el contraste entre las víctimas de las adicciones que pueblan sus aceras y las elegantes fachadas de sus edificios decimonónicos. Pienso que en Hamburgo el espectáculo es mucho más triste, y encima sin estas fachadas. 


Desde el puente de hierro o Eisener Steg, contemplo el río Main y la bella torre defensiva de Eschenheimen. La plaza Römerberg y sus alrededores me entusiasman. Frente al bello ayuntamiento renacentista, veo a los invitados de varias bodas civiles que, una vez celebradas, se toman un refrigerio junto a la fuente. Como la plaza es tan amplia, hay espacio suficiente para que convivan varios enlaces al mismo tiempo. Están de pie en improvisadas mesas de camping bien decoradas, que han traído ellos mismos. Los novios están rodeados de pancartas con globos y también de amor. El ambiente es familiar, los trajes son baratos y el catering es casero, pero se les ve a todos muy felices y me da la impresión de que con esta sencillez tienen la oportunidad de disfrutar mucho más de su enlace que en la típica boda de postín. 


De todas las iglesias históricas, la única que no está reconstruida es la de San Nicolás, que fue respetada por las bombas de la última guerra. Eso sí que es todo un milagro. Los edificios modernos de Frankfort también tienen algo de prodigioso, no en vano es esta una plaza importante entre las bolsas europeas y una sede de tantas instituciones financieras. La Main Tower tiene fama, pero no me subo porque no me considero obligada de contemplar las vistas desde lo alto en todas y cada una de las ciudades. De vez en cuando me doy un pequeño descanso de obligaciones turísticas, ya he explicado que no es esa mi intención al emprender este largo viaje. 


Me encanta la placita dedicada a Friedrich Stoltze, un periodista fundador de un periódico partidario de la unificación alemana, cuyas citas son recordadas con cariño en la ciudad. Me las traduce Miss Google y efectivamente tienen mucha enjundia, pero carecen de sentido del humor. En Centroeuropa, a menudo echo de menos la retranca española, la ironía francesa, la jovialidad italiana o el sarcasmo inglés. La capacidad de sacarle punta a situaciones cotidianas y encontrarles de improviso el lado cómico brilla por su ausencia en estas tierras. Por lo que voy observando por la calles, los alemanes me parecen personas respetuosas, educadas y amabilísimas, también risueñas y divertidas si la ocasión se presta. Pero en su admirable patrimonio cultural pesa como una losa la herencia de tantos brillantes filósofos, ideólogos y literatos que, al parecer, se tomaron las cosas demasiado a pecho. 


También aquí en Frankfort hay una casa donde vivió Goethe, y tampoco la visito. Este señor, precursor del romanticismo, no hacía más que viajar y me encuentro rastros de su paso y recuerdos de su presencia por toda Europa. Siempre me digo: la próxima vez me animo y me meto en su casa-museo, pero nunca lo cumplo. Tampoco conseguí acabar su Werther. Muchos jóvenes que sufrían de amores imposibles se suicidaron cuando se publicó, siguiendo el ejemplo del protagonista. No sé, quizá le pille el punto cuando ya esté recluida en una residencia de mayores, sin amores imposibles pero también sin nada mejor que hacer. 


En Frankfort me ocurre un pequeño incidente desagradable. Me meto en un WC público que cuesta 50 céntimos. En la entrada, las barras de la canceladora están bajadas, y no hay personal a la vista a quien consultar. Introduzco la moneda de todos modos, esperando que salga un ticket, pero es una máquina muy primitiva y no recibo ningún justificante. Desde el interior de mi cabina oigo hablar en dialecto italiano a los empleados, que regresan a su puesto. Al salir, uno de ellos se empeña en afearme la conducta, porque no hay quien le convenza de que sí que he pagado religiosamente. Me coge del brazo para desalojarme. Por un momento, me veo teletransportada a ese otro mundo del que provengo, donde los hombres le dan lecciones de la vida a las mujeres porque a) piensan que somos tontas y hay que enseñarnos, o bien b) piensan que andamos por la mala senda y hay que enderezarnos. Pues bien, yo escojo la opción c) y la próxima vez me cuelo de verdad, para darle mayor autenticidad al rapapolvo y ahorrarme un dinerillo. 


COBLENZA

Apunto en mi itinerario esta ciudad de oídas, sin mucha idea de lo que me voy a encontrar. Una vez allí, me maravillo de la gran espectacularidad del entorno y de la belleza de la ciudad en sí. Yo no sabía que aquí es donde se unen los ríos Rhin y Mosela, y que justo en ese punto hay un gran monumento ecuestre (reconstruido) al Kaiser Guillermo I, en cuyo reinado se unificó Alemania. El lugar donde está emplazado se llama Deutsches Eck, literalmente la esquina alemana. Está lleno de banderas y lógicamente guarda un gran valor simbólico para este país. Aunque no seas alemán, es imposible no emocionarse al contemplar la hermosura del entorno y lo que significa. Veo que hay un funicular que cruza el Rhin hasta lo alto de la fortaleza de Ehrenbreitstein, y allá que me subo, para poder deleitarme en la contemplación de esta maravilla desde las alturas. Me bajo algo arrepentida del arranque irreflexivo, pero los temblores creo que han merecido la pena, porque al sol de media tarde el panorama es espléndido. 


Del resto de Coblenza me gustan su agradable ambiente de pequeña ciudad tradicional, su paseo ribereño y sus plazas, que muestran la atmósfera típica del paseo vespertino antes de que cierren las tiendas. No recuerdo el nombre de la plaza junto a la famosa fuente Schängel, pero me pareció un remanso de paz. Esta fuente representa a un niño llamado Jean (Schäng en pronunciación alemana), y leo que si te descuidas la criatura te pone perdida, porque de su boquita abierta sale un chorro de vez en cuando. Yo escapé bien seca. 


Confieso que la basílica de San Cástor y el Palacio de los Príncipes Electores no me impresionaron como debieran. No tenía yo el día cultureta, por lo visto. En ocasiones experimento un ligero empacho de templos, palacios y museos, y prefiero perderme por las calles y los parques, y observar a la gente con la que me cruzo. Y también prefiero mirar el paisaje. 


En este último aspecto, la verdadera sorpresa ha sido el viaje en tren desde Frankfurt a Coblenza. Resulta ser una ruta panorámica, equivalente a un crucero por el Rhin pero desde las vías. Pasamos por viñas tan empinadas como las de la Ribeira Sacra, y por pueblecitos ribereños encantadores con verdadero sabor local, siempre coronados por un castillo más o menos reconstruido y más o menos medieval (algunas veces se trata de una recreación de la época del Romanticismo o posterior). Todo es tan bonito que hay que pellizcarse. Tomo nota de los nombres de algunas localidades que he visto al pasar y que me han parecido especialmente hermosas en la línea ferroviaria a orillas del Rhin desde Frankfurt a Coblenza:


RÜDESHEIM, PALATINADO

ASSMANHAUSSEN

KAUB

ST GOARSHAUSEN

FILSEN

BRAUBACH

REMAGEN

BINGEN

BACHARACH

OBERVESSEL

BOPPARD


En el viaje de vuelta a Colonia, el tren pasa por Bonn. Pero estoy agotada y no me veo capaz de recorrerla, una ya va teniendo una edad. Si alguna vez tengo la oportunidad, visitaré las tumbas de Robert y Clara Schumann. Su amor fue inmortal y su música también, pero no será por ese motivo … sino por ofrecerle a Robert mis más sinceras disculpas por haber aporreado sin piedad sus “Escenas infantiles” durante años, sin haber mejorado en lo más mínimo mi interpretación. Robert, hijo: es que mis padres me compraron un piano y se empeñaron en que aprendiera a tocarlo, aunque claramente (pun unintended) no era lo mío. Menos mal que no podías oírme, que bastante tenías ya con lo tuyo en el sanatorio mental. De todos modos, te pido perdón tantas veces como mis deditos se equivocaron de tecla….  


HEIDELBERG

Qué ciudad tan bonita, y tan barroca. Leo que los bombardeos aliados la respetaron por orden expresa de Churchill (a saber) por su importancia histórica como sede de una de las universidades mas antiguas de Europa. 


El castillo- fortaleza del s. XV me conformo con mirarlo desde abajo porque prefiero dedicar las pocas horas que tengo a recorrer la ciudad. Es imposible enumerar las calles, plazas y edificios que me gustan, porque en el casco antiguo son prácticamente todos. Disfruto mucho contemplando las dos orillas del Neckar desde el Puente Viejo, con su monumental portada. Hay allí una estatua en piedra del Príncipe Elector, Karl Theodor, que se me antoja que guarda algún parecido a nuestro Emérito porque su pose es de gran orgullo y satisfacción. También es famosa la estatua de un mono que está ligada a una leyenda medieval, pero francamente me da un poco de pereza relatarla aquí. Además el reino animal, real o ficticio, lamento decir que no goza de mis simpatías en este momento. Estoy peleada con todas las abejas y gaviotas que me sabotean sistemáticamente la hora del picnic y me obligan a huir, sandwich en mano, de dondequiera que me había sentado un momento a comer. 


Quizá la antigua universidad, tan celebrada, me decepciona un poco porque esperaba algo como lo que tenemos en Alcalá, Salamanca o similar, pero en vena germana. El gran edificio histórico que alberga la sede es un poco irrelevante comparado con otros que he visto en la propia Alemania y que no eran tan antiguos. Pero quizá no debería opinar a la ligera, porque no he podido visitar el interior.  


En Heidelberg hay un gran ambiente. Todo el mundo está en la calle, propios y extraños (lo que incluye a los turistas y, sobre todo, a los estudiantes). Tres cosas que me llaman la atención: 

Me encanta oír el bullicio y las risas de los estudiantes que almuerzan en un comedor universitario al aire libre, rodeados de edificios medievales en piedra. Con qué alegría y cariño se saludan tras reencontrarse, ahora que recomienzan las clases tras las vacaciones. 

Presencio las celebraciones tras una boda civil a las puertas del ayuntamiento. Se casa un bombero, y sus compañeros uniformados le han preparado un túnel hecho con mangueras a la salida del precioso edificio renacentista. Los novios lo atraviesan, y a continuación se suben a la escala desplegable de un coche de bomberos. Suben y suben hasta colocarse muy por encima de los edificios del casco antiguo, que como mucho tienen cuatro alturas. Desde abajo observo que la novia no parece tener vértigo, y que curiosamente es el novio quien se agarra con ambas manos a la cesta de la autoescala. Por precaución, los bomberos cortan el paso a los peatones unos momentos. Durante un rato, todos los turistas que estamos abajo jaleando la operación pensamos que la novia va a arrojar el ramo a sus amigas desde lo alto, y especulamos sobre las consecuencias en varios idiomas. Pero no, y menos mal, porque sin duda las habría asesinado con el impacto, según las leyes de la física. La mayoría respiramos aliviados, pero alguno queda decepcionado. 

En la plaza contigua a la de la Universidad, un grupo reducido prepara un stand desmontable y lo adorna con multitud de banderas a franjas horizontales verdes, blancas y rojas, con un león dorado sobre un sol. Consulto a Miss Google, y me confirma que se trata de la bandera de Irán, pero no la oficial del régimen de los ayatolás y su República Islámica, sino la de la oposición. Un vagón policial les vigila/protege discretamente desde una esquina. En mis paseos, oigo sus proclamas desde lejos. Pero cuando me asomo al cabo de mucho rato, reconozco a las mismas personas que montaron el stand y a nadie más. Hay más banderas que personas. La plaza está semi vacía, y unos metros más allá, la gente llena las arterias comerciales, ajena por completo a cualquier reivindicación. Es domingo y hace sol. La vida es bella. 


MANNHEIM

Manheim se considera la segunda ciudad más fea de Alemania (la primera es Ludwigshaffen y está justo enfrente, en la otra orilla del Rhin). Yo desconocía este dato hasta que empecé a caminar por la cuadrícula de sus calles, llenas de edificios que no tienen nada de particular. Tiene una imponente iglesia jesuítica (los jesuitas nunca fueron partidarios de la sencillez en ninguna de sus formas), una Wasswerturm o torre para canalizar el agua, un monumento barroco en forma piramidal y un enorme palacio que data de cuando los Príncipes Electores del Palatinado mantenían aquí su corte, admirada en toda Europa.


En este palacio tocó Mozart, y visito su capilla, de la que aspiraba a ser Kapellmeister aunque nunca consiguió el puesto. Mi interés en visitar esta ciudad es puramente mozartiano. En la fase más cultureta de la adolescencia me enamoré de la música de Mozart y de la idea de que él fue uno de esos artistas que pretendían vivir de su arte al margen de la corte, sin el mecenazgo de un aristócrata que le trataba como a un simple sirviente (el Príncipe Arzobispo Colloredo, en su Salzburgo natal). Consiguió éxito como artista independiente durante una breve temporada en la que vivió lujosamente, pero cuando el público se cansó de la novedad de los conciertos por suscripción, Mozart se pasó el resto de su vida mendigando un puesto en varias cortes europeas y sableando a sus amigos, en medio de enormes penurias económicas. Aún así, nadie le quita la gloria de haber sido uno de los primeros, en la era moderna, en considerarse liberado del poder para dar rienda suelta a su creatividad sin ataduras. Aunque le durara poco. 


Mozart, músico itinerante y gran viajero, estuvo en Manheim varias veces. Pero la principal fue en 1777, cuando de camino a París desde Salzburgo hizo un parón de varios meses en esta ciudad para buscar trabajo en la corte del Príncipe Elector, porque la orquesta que este mantenía en su palacio tenía fama de innovadora. De hecho fue la primera que utilizaba efectos sonoros de gran expresividad, como el “crescendo”, y se considera la precursora de la orquesta moderna, donde el viento tiene tanta importancia como la cuerda. El joven Mozart aprendió aquí mucho, y su música se sofisticó. De paso, se enamoró locamente de una soprano llamada Aloysisa Weber. Pero nunca consiguió ni el empleo en la corte palatina ni comprometerse con su amada, que lo rechazó. Terminó buscándose la vida y conformándose con la segunda mejor opción en el campo laboral y en el amoroso: un humilde puesto de maestro de capilla en la corte de Viena, y un matrimonio con la hermana menor de Aloysisa, Constanza. Afortunadamente para la música, nunca fue conformista en el campo de la composición. 


La obra teatral “Amadeus” de Peter Schaffer, luego llevada al cine, es un estudio psicológico muy interesante sobre algunos aspectos de su personalidad, que ha sido malinterpretado y que ha dañado su reputación de cara al imaginario colectivo. Sigue la idea de una obra anterior del poeta ruso Ruskin y la desarrolla en clave contemporánea. Pero tras la popularidad de la película de Milos Forman, la gente está convencida de que Mozart era un genio tirando a gilipollas con una risita ridícula. Lejos de ello, era un genio-genio marcado por una infancia muy complicada, como explica el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera en su libro “Locos egregios”. El Mozart adulto arrastraba rasgos de infantilismo, como una tendencia al humorismo caca-culo-pedo-pis, y cierta ingenuidad en el trato con las personas. Pero era sincero, y su música también lo es. Yo le admiro muchísimo, y de joven he disfrutado de los lugares mozartianos en Viena y Salzburgo como un niño en una confitería. En casa tengo toda una colección de CDs y unos cuantos libros biográficos, uno de ellos es tan gordo que puede impedir un portazo los días ventosos. Entre eso y las horas de felicidad que me ha proporcionado, le estoy muy agradecida a mi amigo Wolfgang Amadeus. 


AACHEN

Casi en la frontera con Los Países Bajos, Aquisgrán, o Aix-la-Chapelle, según preferencias por una época o la siguiente, es una maravilla medieval que visito, una vez más, guiada por su fama pero sin saber muy bien qué me voy a encontrar allí. Me sorprende lo precioso que es el casco antiguo, y también lo agradable que es su ambiente. 


En este punto anoto aquí que me esfuerzo en buscar en un diccionario de sinónimos un sustitutivo para los términos “ambiente” y “atmósfera”, de los que por repetidos ya los tengo gastados. Pero ninguna alternativa me convence ni expresa lo que intento transmitir. Le doy más importancia al ambiente y la atmósfera que me encuentro en un lugar, que al lugar en sí. No me importa que sea una afamada ciudad boutique con monumentos célebres, o una ciudad pasada de moda donde la estética y el buen gusto brillan por su ausencia, pero si la primera me resulta meliflua y la segunda rebosa de dinamismo en sus calles y tiene una buena oferta cultural, está última se gana mis simpatías y mis preferencias. Hay ciudades carentes de vida y ciudades muy vividas. 


Aquisgrán es de esos lugares afortunados que aúnan todo: la belleza, la importancia histórica y el gran ambiente. Tiene un aire provinciano y a la vez ese dinamismo propio de las ciudades universitarias. En sus calles se oyen muchos idiomas, y lo mismo te cruzas con estudiantes que con turistas o incluso con peregrinos, porque forma parte de una de las rutas jacobeas. 


Al ser domingo, algunos monumentos están cerrados por la tarde. Pero consigo husmear en el precioso ayuntamiento renacentista, y sobre todo en la catedral. El busto de Carlomagno (conteniendo su cráneo) no puedo verlo porque según me informan sólo se muestra en visita guiada, y hoy el guía que se encarga está enfermo. Matizo la desilusión pensando que a mí los restos mortales en plan reliquia me dan bastante asquete, por históricos que sean, aunque ya estén más secos que la mojama y encerrados en un molde de oro con la supuesta cara del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Los horarios guiados restantes están completos, y la incidencia me priva también de ver el tesoro y el sarcófago de Proserpina, pero no así el sarcófago dorado-doradísimo que se exhibe detrás del altar. Ambos albergaron parte de los restos del emperador. Yo a estas alturas ya me he hecho tremendo lío, y me pregunto si donde está la parte de su momia que es la más grande en tamaño se puede considerar su tumba, o si habría que hacer un pack con las tres. Cuando me entero de que además hay un molde de una mano que también contiene un hueso de su brazo ya lo dejo correr definitivamente… Qué necesidad había de ser tan encarnizadamente antihigiénicos. Ay, de verdad.


Carlomagno se trajo muchos souvenirs de Roma, con el visto bueno del Papa León III, y qué menos, porque ambos se ayudaron mutuamente a entrar en la gloria y de paso en la historia también. Lo que hoy día se llama una win-win relationship. 


Giro en torno a la Capilla Palatina, que me debería gustar mucho porque no sólo alberga tesoros relacionados con Carlomagno, sino porque parece que es la cumbre del arte carolingio en la catedral más antigua del norte de Europa. Pero lamento decir que, así como el exterior me atrae, el interior me provoca rechazo. En mi personalísima opinión, las columnas romanas de mármol que el Papa León III le regaló a Carlomagno casan mal con todas las teselas doradas que adornan los mosaicos de la bóveda. Pero a Carlomagno no hay quien le tosa, y con razón porque es el padre de la idea de la unidad de Europa como concepto, y como consecuencia Aquisgrán es el corazón del europeísmo, como atestiguan los premios que aquí se otorgan. Así que me meto mi opinión en el bolsillo y sigo andando por esta bellísima ciudad. 


Busco los restos de la muralla de Bar arroja, y encuentro un par de portadas de entrada a cual más bonita, la Marschiertor y la Ponttor. Me acerco al manantial téemico tradicional que da nombre a esta ciudad “de las aguas”. El manantial de Elisa está albergado en un elegante y sobrio edificio neoclásico semicircular con columnata. Allí hay unas fuentes con grifos donde la gente “tomaba las aguas”, es decir, llenaban sus vasos. Vaya trago (pun intended) porque este agua mineral sale bien calentita y huele a huevos podridos. Todo sea por la salud. Salud! Clink! 


En torno al manantial de Elisa hay un mercadillo callejero de antigüedades y artesanía. Me gusta cada tacita de té que veo, y es una suerte que no me quepan en la maleta. A lo que no puedo resistirme es a probar el dulce típico de Aquisgrán, el Printen, que compro en una pastelería tradicional llamada Van den Daele. Desgraciadamente para mi dieta, este bizcocho duro de jengibre está buenísimo y no lo venden por unidades, sino en bolsitas. La mía está vacía a la media hora. Jugueteo un poco con la fuente de las marionetas, un ingenio muy ídem que te permiten cambiar la postura de sus personajes de guiñol, porque son articulados aunque estén esculpidos en bronce. Luego contemplo la fuente de dinero, donde se muestran, a través de unos personajes en tamaño real, todas las formas de transacción económica posibles. La más impactante es la usura. 


Será por fuentes. Será por puentes. Por catedrales, por plazas, por estatuas, por museos. Por ríos, por bosques, por verdes praderas. Alemania es una gran belleza rejuvenecida tras una vejez prematura, que sigue en permanente reconstrucción. Cuando la acaben, quedará muy bonita. A ver si esta vez dura. 


Hasta ahora he picoteado en las regiones de Schleswig-Holstein, Baja Sajonia, Rhin-Westfalia, Brandeburgo, Sajonia y Renania-Palatinado. Ahora me marcho de Colonia, camino a Nüremberg y Bayreuth. Desde allí, el viaje en tren hasta Pilsen (Plzen) en la República Checa es mucho más corto. El mapa ferroviario manda, y hago ahora esta pequeña incursión en Baviera casi pasando de largo, pero volveré a esta región cuando regrese por estas tierras, girando por el mapa en el sentido de las agujas del reloj, desde Austria. No me puedo saltar Múnich bajo ningún concepto.  

 

HAMBURGO (yet again)

HAMBURGO. BREMEN. STADE. LÜBECK. CELLE. HANNOVER. TIMMENDORFER STRAND. LÜNEBURG. 


Ha sido un tiempo de amistad, de risas compartidas, de complicidad… (con algunos momentos de desorientación, también compartidos). Dos de mis queridas amigas se han desplazado desde Madrid para unirse a mi aventura durante diez días. Me hubiera gustado que vinieran todas, pero es difícil cuadrar las agendas… Espero que las que no han podido venir ahora lo hagan más adelante, porque la verdad es que todas ellas son mi7 familia de elección, y las echo mucho de menos. 


Intentaré hacer un resumen de nuestros recorridos por lo alrededores de la ciudad-estado de Hamburgo (estados de Niedersachsen y Schleswig-Holstein), en los que hemos disfrutado de tiempo en general soleado, exceptuando un inoportuno chaparrón cuando nos habíamos sentado a comer en una terraza del puerto. Las incidencias del transporte ferroviario en cambio nos han dado algún quebradero de cabeza, pero siempre hemos conseguido llegar a donde nos proponíamos y regresar sin excesivos retrasos. Qué sería de un viaje sin sus pequeñas dosis de intriga y emoción: no habría anécdotas que relatar en los tiempos muertos de las cenas entre amigos. 


Puesto que ya escribí mis impresiones sobre Hamburgo en una entrada anterior de este blog, y mi opinión no ha variado gran cosa en esta segunda visita, pasaré directamente a comentar las ciudades cercanas a donde nos hemos desplazado, siempre en tren. Todas me han parecido muy bonitas, cada una en su estilo. El norte de Alemania tiene muchas cosas que ofrecer a quien tenga la fortuna de andar por aquí con algo de tiempo libre para explorar estos contornos. 


BREMEN. 

Los hermanos Grimm la hicieron famosa, situando uno de sus cuentos en esta ciudad, el titulado “Los músicos de Bremen”. Yo nunca lo he leído, así que tengo una vaga idea del argumento en el que al parecer un burro, un perro, un gato y un gallo se suben unos a otros para ayudarse, durante su camino a Bremen, a espantar a los ladrones que les acechan, fingiendo así que son una criatura mucho más grande del tamaño real de cada uno por separado. O algo por el estilo. Para enterarme del motivo por el que desean convertirse en músicos en Bremen, tendría que leerme el cuento, y francamente me da mucha pereza. El caso es que la ciudad homenajea a estos músicos del reino animal con varios monumentos y con una curiosa tapa metálica en el suelo de su plaza principal o del mercado, que parece la de una alcantarilla pero que en cambio para deleite de los niños pequeños, si le echas una moneda emite ladridos, maullidos etc


Pero Bremen ofrece mucho más: para empezar, en un parque junto al río Wesser hay un precioso viejo molino muy bien conservado, con un restaurante en su interior. Cuando se llega a la Markplatz, es inevitable maravillarse ante los magníficos edificios renacentistas que alberga: dos iglesias, una de ellas la Catedral de San Pedro, la Cámara de Comercio y el Ayuntamiento. A cual más bello. La estatua en piedra de Roldán, el Cid centroeuropeo, en cambio no puedo decir que me guste, a pesar de ser patrimonio de la UNESCO y un símbolo del Sacro Imperio Romano Germánico. Es del s. XV, y Napoleón estuvo a punto de llevársela a París, pero cuenta la leyenda que, para evitarlo, le engañaron diciéndole que tenía poco valor artístico. Yo personalmente opino que no le engañaron. Pero no entiendo nada de arte, sino de gustos personales. Y para gustos, los colores. 


Llegamos tarde a la visita guiada del ayuntamiento, pero en cambio tenemos la suerte de coincidir con el carrillón del Glockenspiel en la famosa calle Böttchestrasse. Se trata de un estrecho corredor entre edificios de ladrillo rojo que están del renacimiento, pero que a principios del s. XX fueron redecorados en parte, por lo que exhiben bellos detalles Art Déco. Me gusta sobre todo el gran relieve dorado a la entrada. 


El paseo ajardinado en la ribera del Wesser es muy agradable, con antiguos veleros atracados y bonitas casas burguesas del s. XIX de regusto victoriano. Pero el barrio que más nos gusta de todo Bremen es el de los pescadores, llamado Schnoor. Sus casas tradicionales de colores y sus estrechas callejuelas adoquinadas tienen ese encanto pintoresco que los turistas nos llevamos en la retina para recordarlo mucho tiempo después. 


STADE. 

Entre los puertos hanseáticos que rodean Hamburgo, el de Stade es de los más bonitos sin duda. Hay una antigua grúa de madera que servía para descargar las mercancías en el Fischmarkt o puerto de los pescadores. El Hansenhafen o puerto viejo está situado a lo largo del canal principal de la Altstadt o Ciudad Vieja, y está bordeado de preciosas casas de mercaderes del s. XVII y de terrazas del s. XXI. Como nota curiosa, allí nos encontramos con una gran bandera española izada en un alto mástil, digna de toda una embajada pero que simplemente anuncia un restaurante típico. Viva España, oyes. 


Almorzamos en una agradable plaza contigua, pero antes hemos recorrido durante largo rato las calles del centro, admirando en especial el edificio renacentista del ayuntamiento y la iglesia de San Cosme y San Damián. También hacemos algunas compras, y yo me llevo un peto acolchado para afrontar el otoño en ciernes. Lo he estrenado 15 días después, cuando finaliza este veranillo norteño. 


Callejeamos a placer, porque el principal atractivo de esta población reside en su atmósfera reposada y en las filas de casas de ladrillo del s. XVI que nos vamos encontrando de vez en cuando. 



LÜBECK.

En esta preciosa ciudad nos encontramos, en la taquilla de su catedral de Santa María, con un hombre amabilísimo que resulta ser un madrileño transplantado. Nos hace muchas recomendaciones y nos marca un itinerario que seguimos religiosamente (pun intended). Nos remarca que no nos perdamos los patios interiores que se sitúan en las bocacalles del casco antiguo, y gracias a ese consejo penetramos discretamente en varios de esos mundos interiores. Están adornados con bancos, sillas y mesas, rodeadas de macetas florecidas y otras decoraciones caseras muy imaginativas, y son pequeños paraísos que nos encantan por su aire de intimidad compartida. 


Esta catedral tiene un reloj atronómico y una decoración floral en todas sus nervaduras interiores. Se trata de una reconstrucción, porque resultó casi completamente destruida en los bombardeos de la última guerra, pero también gracias a que la onda expansiva descascarilló las paredes, salieron a la luz unos valiosos frescos, ya olvidados bajo el encalado que llevaba siglos cubriéndolos. Otras maravillas de Lübeck son, por este orden, la monumental portada de entrada con dos torres circulares llamada Holstentor, y que está torcida como tantos edificios antiguos de la ciudad. Pasada esta antigua entrada de la muralla, vemos el canal ajardinado llamado Alte Salzstrasse. Por esta vía de agua se transportaba la sal, que era una mercancía valiosísima en la Edad Media y que hora consideramos puro veneno para las arterias. En la plaza del Antiguo Hospital del Espíritu Santo nos acomodamos en un imaginativo jardín construido con cajones de madera y que invita, por medio de carteles que dan la bienvenida, a sentarse en sus tumbonas para disfrutar de sus flores y su tranquilidad. No lejos de allí hay otra portada que daba entrada a la ciudad por este flanzo, junto a un monasterio que alberga el Museo Hanseático. La plaza más famosa de Lübeck es la del ayuntamiento o Rathaus, que ostenta edificios de muy distintas épocas, incluida la actual. A mí no puedo decir que me guste demasiado la mezcla, pero sí me entusiasman en cambio las calles Mengestrasse y Glöckencuersestrasse, con sus maravillosos edificios y su agradable ambiente de arteria comercial muy paseada y muy vivida. En la esquina de una confitería que vende los famosos mazapanes típicos hay un hombre que toca un órgano de agua para poner la imprescindible nota cuqui que faltaba. Qué más se puede pedir. 


Lübeck es una ciudad muy cultureta, y como soy una pedante insoportable no me resisto a anotar aquí algunos datos. Es el lugar donde se fundó en el s. XII la Liga Hanseática, la federación germánica de comerciantes marítimos y fluviales que se creó para expandir sus intereses a lo largo de varios países en torno al mar Báltico. Dio autonomía a varias ciudades-estado y fue un poder fáctico precursor del posterior Mercado Común. Los dineros unen mucho más que el amor verdadero, y en este caso la Hansa (“agrupación”) no sucumbió al desamor, sino a la pérdida de importancia de su monopolio con las nuevas rutas del comercio con América. 


Lübeck ciertamente conserva la impronta de su importancia histórica como principal sede hanseática, pero también como lugar aglutinador de talentos: nada menos que tres Premios Nobel como Thomas Mann, Willy Brandt y Günter Grass vivieron allí en diferentes épocas, y tienen sus museos respectivos. En Lübeck debe de haber algo disuelto en el agua que sale del grifo que te predispone, a poco que seas listo y aplicado, a obtener un Nobel. 


La casa de Willy Brandt en particular impresiona por tratarse de una mansión barroca. Hay allí una exposición sobre su vida en la que no nos detenemos, pero de camino al jardín interior podemos leer algunas de las cartelas. Nos llama la atención una en particular, donde hay una foto suya de joven que le muestra bastante guapete, y que relata su presencia en nuestra Guerra Civil española como representante de un partido socialista alemán, el SAPD. Miss Google me cuenta más tarde que Brandt llegó a Barcelona justo cuando el bando republicano se escindió y empezó la persecución estalinista a varias de sus facciones, en especial al POUM y la FAI. O sea, que el amigo Brandt se encontró metido en el mismo berenjenal que el amigo Orwell, y que tantos otros brigadistas internacionales en la Cataluña de 1937. Los horrores de la guerra y el cinismo de la política son una combinación letal. Más tarde Brandt pasaría a la historia como el negociador de la paz definitiva entre la RDA y Polonia, titánica empresa que supuso la remodelación de las fronteras. Me cansa sólo pensarlo. 


La casa de Günter Grass es mucho más humilde, y leo que mantuvo allí su oficina hasta su muerte. Aunque nació en Gdansk, ahora parte de Polonia, en su tiempo era territorio alemán. “El tambor de hojalata” es uno de los libros de la extensa biblioteca de mi padre que no me he animado a leer, así que este icono de la izquierda europea es uno de esos personajes sobre los que no puedo opinar, por puro desconocimiento. Es que sus temáticas macabras no me llaman, qué le vamos a hacer. Sí que recuerdo la que se armó cuando confesó, en “Las capas de la cebolla”, que de joven había participado en un cuerpo de élite de las SS y lo mucho que este hecho pesaba en su conciencia. Prefirió no llevarse el secreto a la tumba, consciente de que tarde o temprano se iba a saber… y de paso consiguió una enorme promoción para su libro. Pero qué costalazo al caerse del pedestal: como es lógico se le acusó de haber sido un mentiroso, un hipócrita y un cínico durante 60 años. Tremendo. 


El otro premiado es Thomas Mann, el más célebre de los tres, nacido en Lübeck, donde se le homenajea con multitud de alusiones, pero la más llamativa es la casa-museo donde situó su novela “Los Buddenbrook”, y que en realidad es su elegante casa familiar. Tampoco puedo presumir de haber leído este libro, pero sí recuerdo haber visto una adaptacióm paraTV cuando era demasiado joven para apreciarla, aunque se me quedó grabado el personaje del tío tarambana, la oveja negra que hay en toda familia bien (y mal, ya puestos). Parece ser que el retrato de esta saga de la burguesía ligada al comercio fluvial es un roman à clef de la familia y conocidos de Mann, quienes se lo reprocharon al reconocerse en los personajes, aunque con nombres cambiados. Ah, se siente, les dijo él, pero se lo dijo en alemán lógicamente. Luego escribió La montaña mágica y Muerte en Venecia. La película de Visconti sobre esta última era una de las preferidas de mi madre, y le tengo un cariño especial. Oooh, ese joven Tadszio señalando el ocaso en la playa mojada por la lluvia, con música de Mahler… y ese Dirk Bogarde que nunca salió públicamente del armario pero que bordó a Aschenbach, el protagonista, desde el conocimiento de causa… 


CELLE. 

Una de mis amigas ha regresado ya a Madrid, y la echamos mucho de menos en todas nuestras excursiones restantes. Celle se me antoja la típica ciudad de cuento, con sus más de 400 casas tradicionales de fachada de entramado de madera, y algunas darán del s. XVI. Tanto las vigas como la parte encalada de las fachadas están decoradas con frescos que representan flores, frutas y motivos geométricos, y que son diferentes para cada vivienda, ignoro si porque cada familia tenía un dibujo distintivo de su clan, o simplemente por darle mayor variedad a las calles. El caso es que estás alegres casas coloridas son el mayor atractivo de Celle, pero no el más valioso, ya que allí pasaba la dinastía Hannover los veranos, en un bellísimo castillo renacentista situado junto a un estanque en un gran parque. 


Los Hannover han dado mucho de sí como proveedores de cotilleos históricos. Entroncados con las dinastías reinantes tanto en la Alemania pre y post unificación, como en Gran Bretaña, en ambos países algunas de sus testas coronadas han dado un resultado sólo regulero, porque por desgracia en esta familia hay una vena de locura, o siendo más amable unas adicciones, excentricidades y rarezas de carácter poco compatibles con las responsabilidades de un jefe de estado. En el ilustre árbol genealógico colgado en la escalinata, buscamos a Ernesto de Hannover, cuyo comportamiento errático es bien conocido. Y allí está, sucedido por su primogénito, con el que no se habla y a quien ha desheredado. Nada más que añadir, señoría. 


Este hermoso palacio ducal entre renacentista y barroco nos decepciona un poco, porque su interior ha sido modernizado salvo en algunas pocas estancias, y además no hay casi cartelas bilingües. Lo que sí recuerdo es que en la exposición de la planta baja se incide mucho en el escándalo que ocurrió con Carolina Matilde de Hesse, hermana del rey inglés Jorge III, pertenecientes ambos a la rama inglesa de los Hannover. Era aún adolescente cuando la casaron por poderes con el rey danés Christian VII, primo suyo y también aquejado de locura. Pasados los años esta reina se enamoró del médico de la corte, el plebeyo Johan Struensee, quien tenía ideas progresistas ligadas a la Ilustración. Estos amores adulterinos tuvieron un castigo ejemplar cuando dieron como fruto una hija en común. El médico fue ejecutado, y la reina fue desterrada desde la corte de Copenhague a este palacio de Celle, donde murió sin volver a ver a su familia nunca más. Hay dos películas sobre esta desgraciada historia, y en la más reciente, “Un asunto real”, el papel de Struensee lo interpreta el excelente y guapérrimo actor danés Mads Mikkelsen.


Nos impresionan la plaza principal o del mercadol, la iglesia de Sta María, el ayuntamiento renacentista y la Hoppener Haus, con sus coloridos relieves. Damos muchos paseos antes de resignarnos a marcharnos de Celle, que tanto nos ha gustado. 


HANNOVER. 

La capital de Baja Sajonia cuenta con un gran invento para hacer más fácil el recorrido por su casco antiguo: una larga línea pintada en el suelo, llamada el Hilo Rojo, que tiene 4 kms de longitud y que va enlazando los principales puntos más turísticos de la ciudad. Al principio seguimos este hilo, no como Dorothy en El Mago de Oz sino más bien como Emilio Aragón en el sketch televisivo que le hizo famoso de joven. Pero pronto tomamos iniciativas propias, porque la verdad es que en el centro de Hannover te salen al paso muchos lugares de interés que bien merecen recorrerlos a placer, un poco sin orden ni concierto. Así, subimos a la cúpula de su imponente ayuntamiento, un enorme edificio construido en la Belle Époque y que es una recreación fantasiosa de un castillo renacentista. En su interior hay varias maquetas que muestran las diferentes fases de la ciudad, desde la Edad Media hasta la última guerra y la reconstrucción posterior. Desde arriba se puede contemplar no sólo la totalidad de esta ciudad industrial tan próspera, sino el extenso parque Masch con su lago, y los suaves montículos que la rodean. El ascensor que lleva hasta el mirador tiene la particularidad de ser curvo, y al tener el techo de cristal puedes observar cómo se adapta a la forma curva de la cúpula en su trayectoria. Mis cervicales sufren un poco, pero la experiencia desde luego merece la pena. 


Una vez en tierra firme, recorremos el casco antiguo y almorzamos en una terraza en la plaza contigua a la del mercado. El antiguo ayuntamiento es un edificio renacentista de ladrillo, y las altas casas que se alinean en las calles contiguas, en el Holzmarkt y la calle Burg, son de entramado de madera. En una de ellas vivió el filósofo Gottfried Leibniz, que fue bibliotecario en Hannover en el s. XVII. Pero el edificio que más me llama la atención es el que tiene una larga balconada en madera en la plaza Ballhof. Según explica una cartela, sirvió como salón de eventos desde el s. XVII, hasta que fue usurpado en el XX por las juventudes hitlerianas. El partido nazi, antes de aposentarse allí, ya se había ocupado previamente de desalojar a los judíos que vivían desde hacía generaciones en esta zona histórica de Hannover. Nada de esto se percibe en la actualidad en esta encantadora plaza, con sus fachadas cubiertas de hiedra y sus terrazas, donde la gente se relaja tumbada en unas hamacas que invitan a hacer una pausa, pero seguimos adelante porque la hora de vuelta del tren manda en nuestra agenda. También encontramos, un poco más allá, una zona de terrazas muy animada junto a un lienzo de la muralla, donde se congrega mucha gente para disfrutar del sol de la tarde y ver las evoluciones de los surferos que navegan en la llamada “ola del Leine”, un lugar de este río canalizado donde los jóvenes aprovechan una ola artificial para practicar sus habilidades haciendo equilibrios con la tabla. El ambiente es tan familiar que cuesta creer que estemos en una gran ciudad. 


Regresamos a la estación a lo largo del río, admirando el palacio barroco que fue la antigua residencia de los Hannover y que hoy alberga el parlamento regional. Pasamos por delante de la elegante ópera neoclásica, pero el edificio que más nos llama la atención está en la zona moderna y es un ingenioso ensamblaje de planos contrapeados. Más tarde me entero de que hay en Hannover un edificio obra de Frank Ghery que es famoso por el retorcimiento de su fachada, pero no llegamos a verlo. La estación está muy concurrida porque en su explanada se celebra una exhibición de baloncesto a la que han acudido jugadores de ambos sexos desde otros lugares. Hannover nos despide con un gran ambiente. 


TIMMENDORFER STRAND. 

Nos acercamos hasta esta localidad costera porque nos apetece ver el Báltico y disfrutar de las arenas blancas típicas de las playas norteñas. Tenemos la suerte de escoger un día soleado, y la verdad es que la playa luce esplendorosamente y el mar no puede ser más azul. Una vez sobre la playa, un señor mayor que está almorzando dentro de una cabina de madera, nos cobra la entrada al filo mismo de la arena, y tenemos que ir enseñando el ticket si decidimos seguir paseando por la orilla y volver al pueblo desde otra playa contigua. Un poco como los salvoconductos de las películas sobre fugitivos de un país a otro, pero sin que te persigan los gendarmes, solamente las gaviotas, que por cierto en esta playa no son muy numerosas.  


Teníamos ganas de ver de cerca esos curiosos asientos de mimbre con cajones y toldo que se llaman Strandkorb, y que se utilizan para pasar un día playero al resguardo del fuerte viento norte. No quedamos decepcionadas porque hay muchos sobre la arena, a la que aportan un encanto de otras épocas con sus alegres toldos y cojines de listas de colores, y todo el aparataje que contienen: los reposabrazos y reposapiés, la mesita plegable y el anclaje, todo ello en madera. La gente los va girando según avanza la trayectoria del sol, y cuando se marchan los dejan cerrados como si de un armario se tratara, solo que además les añaden una valla de tablones de madera para impedir que nadie se siente. Si yo tuviera un jardín, lo adornaría con uno de estos enormes muebles, solamente por el placer de verlo, porque dudo que sean demasiado cómodos. Donde se ponga una tumbona… 


Nos adentramos en una pasarela en forma de enorme lazo sobre el agua, con bancos de madera donde la gente se tumba a tomar el sol. Disfrutamos de la relajación que sólo proporcionan el sonido, el olor y la brisa del mar. Una señora que ha venido sentada junto a nosotras en el tren nos reconoce, y nos pregunta si somos portuguesas. Nos dice que nuestra charla le había sonado a portugués, o a español, así que somos su segunda opción. Ella casi no habla inglés, de modo que la barrera del idioma nos impide avanzar en la conversación. Como muchas de las personas mayores que se pasean por este lugar, va elegantemente vestida y ha venido en solitario para aprovechar el buen tiempo junto al mar. 


Almorzamos un plato de pescado rebozado en una simpática terraza del elegante paseo principal del pueblo. Es una cervecería con freiduría, y en esta última un puñado de hombres trabajan con disciplina militar. Si esto fuera un chiringuito familiar de la costa española se oirían gritos desde la cocina pregonando que ya están listas las comandas: “puntillitas”, “pijotas”, “chanquetes”, “cazón en adobo”, “choco con papas” y cosas por el estilo. Pero como esta localidad alemana es bastante pijotera, lo que se oye es el pitido de los dispositivos electrónicos que, desde tu mesa, te indican que ya puedes recoger en el mostrador tu plato combinado, al que se empeñan en añadirle esas salsas que, en mi opinión personal, anulan el sabor a mar del pescado. La salsa Spreewald, una especie de bechamel, es la más típica. Pero en la práctica triunfan la mayonesa y las salsas tipo americano. A mí me gustan las salsas, pero a mí colon no, y luego me reprocha amargamente haber cedido a la tentación, por eso me quejo. Las mesas de madera de esta terraza son compartidas, según la costumbre centroeuropea, y se nos sienta delante una señora muy agradable con ganas de comunicarse con nosotras. Es de la generación que habla muy poquito inglés, pero franqueamos la barrera del idioma gracias a Miss Google y su programa de traducción por voz. Nos cuenta que ha venido conduciendo desde su pueblo, que está a 17 kms y que también tiene playa, pero mucho más pequeña. 


Timmendorf es una localidad de veraneo de buen nivel adquisitivo, con cuidados parques con surtidores, elegantes villas y todo tipo de boutiques que se ocupan de aliviar el aburrimiento de los residentes en los días en que el mal tiempo les impide ir a la playa. Hay unos pocos grandes hoteles junto a la orilla, pero ni mucho menos tapan los bosquecillos que hay junto a la arena. Algunas grandes villas con solera bajo los pinos añaden un discreto encanto al lugar, pero en general, la vista de esta larguísima franja playera se presenta ala vista como un todo ininterrumpido por las construcciones, y es de agradecer que aún queden playas donde se respeta el entorno. 


En el viaje de vuelta conocemos en la estación a una ucraniana muy simpática con el pelo aún mojado que nos cuenta que se ha dado uno de los últimos baños del año, aunque el agua estaba más bien fría. De hecho, una vez dentro del tren empieza a estornudar. La conversación poco a poco se va reconduciendo hacia el tema de la invasión de su país, y nos cuenta que llama a su familia todos los días para asegurarse de que siguen vivos ella y su hijo llevan muchos años en Alemania, donde ella trabaja como enseñante de alemán (?), y le preguntamos si no ha intentado traerse al resto para ponerles a salvo. Los más jóvenes no quieren moverse, nos responde. Soy sincera cuando le digo que nunca he conocido a gente tan patriota como los ucranianos. La impresión que nos da esta chica tan extrovertida, a pesar de toda su simpatía contagiosa, es de una gran soledad. A petición de ella intercambiamos los teléfonos, aunque dudo que nos pongamos en contacto alguna vez. 


LÜNEBURG.

Nuestra última excursión por la zona la hacemos a la ciudad hanseática de Lüneburg, lugar desde donde se extraía la sal que luego se transportaba por vía fluvial a Lübeck. El pintoresquismo de esta apacible localidad es similar al de otras que ya hemos visitado, por lo que no nos sorprende encontrarnos edificaciones renacentistas en una plaza del mercado, que aquí se llama Am Saande, un ayuntamiento monumental, bellas iglesias protestantes con torres de tejados  puntiagudos, y un puerto antiguo o sobre los canales. Pero hay un rasgo original que sólo hemos encontrado en esta ciudad, y que la diferencia de todas las demás. La particularidad que hace a Lüneburg verdaderamente especial es que, puesto que su casco histórico está situado justo encima de un yacimiento de sal, el terreno subterráneo es freático, y ha cedido a lo largo de los siglos, lo que provoca que algunos de sus edificios más antiguos estén muy inclinados. A simple vista se advierte cómo algunas fachadas parecen a punto de caerse y se apoyan unas en otras como si estuvieran algo borrachas. Me recuerdan a las “dancing ladies” o casas inclinadas de Amsterdam. 

La casa que resulta más original es una de color negro en la plaza Am Saande y que es la Cámara de Comercio local, pero hay otras muchas más pequeñas, de ladrillo rojo, en la calle Ohlingerstrasse y alrededores, que parecen salidas de un cuento. Precioso barrio donde abundan las flores y los detalles decorativos en las ventanas.


También hay en Lüneburg muchos edificios de ladrillo que tienen una planta baja abombada. Busco online el intrigante motivo por el que las fachadas de estas casas parecen hinchadas a la altura de la calle, pero retroceden en disminución en los pisos superiores. Y Miss Google me da la solución: se debe a que cuando se construyeron, en la Edad Media, se utilizaron materiales que se hinchaban en contacto la humedad, como la anhidrita, que no sé lo que es. Tampoco comprendo cómo, en un lugar rodeado de canales, se les ocurrió utilizar una materia prima que daba tan malos resultados, en vez del mortero de toda la vida, que resiste mucho mejor al agua. Resultaría más barato? Ay, los constructores nos engañan vilmente, y hablo desde la experiencia. Aunque en este caso tampoco lo hicieron tan mal, porque el hecho es que estas casas siguen en pie desde el s. XII, y la mía presenta un aspecto deteriorado tan sólo 30 años después de construida.


Otra particularidad de Lüneburg es su Torre del Agua, a la que no subimos por desconocimiento, pero que más tarde me entero de que tiene un mirador. La zona que da a los canales, llamada Wassweviertel, es muy bonita y tiene muchas terrazas directamente sobre el agua. Las calles de La plaza principal presenta un ambiente tan agradable que nos sentamos allí en un banco a almorzar. Las arterias comerciales que la rodean están plagadas de tiendas de un gusto exquisito, entre las que destaca una antigua farmacia con una fachada policromada muy llamativa. Nos metemos en una boutique de ropa y complementos muy cuqui que además sirve desayunos, y a mí se me antoja tomarme un café en su encantador patio interior, un estrecho remanso de paz rodeado de macetas florecidas y muebles de forja desparejos. Desde allí escuchamos el rumor de las campanas. Estos pequeños momentos de placeres sencillos disfrutados en buena compañía son los que hacen que la vida merezca la pena. Sin poder aportar una razón concreta, Lüneburg se convierte en mi ciudad preferida de todas las que hemos visitado estos días. 


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