17.11.24

Anoche me quedé dormida con el móvil en la mano y completamente vestida. La vida como paseante sin fronteras no da respiro, y de vez en cuando todas las caminatas del día te exigen sumariamente reposo absoluto, sin derecho a réplica. Pero mi memoria cercana deja mucho que desear, y si no tomo notas en la misma jornada, lo que he visto y oído y lo acontecido pasa a un piadoso olvido... quizá sea mejor así, no vaya a ser que me crea yo cronista de algo siendo más bien tecleadora de nada. Voy escribiendo de aquí y de allá para distraer ratos sueltos, sin pretensiones aunque con algo de pedantería. Tengo ese feo vicio que no consigo superar.

Ayer pude recrearme en contemplar lo que más me gusta del mundo, que es el espectáculo de la gente por la calle. Aix-en-Provence tiene una vibrante vitalidad callejera con la que hasta ahora no me había topado en otros lugares del Midi. No sé cuántos habitantes tiene esta ciudad, pero sí sé que ayer estaban casi todos en la calle cuando salí a primera hora de la mañana, allí seguían al mediodía y por la tarde, y buena parte se ellos se negaba a retirarse por la noche. La joie de vivre, sin duda. 

Entre todo ese gentío abunda por aquí un tipo de persona exquisitamente vestida, con un cierto aire de deferencia y también de connoisseur de las buenas viandas y de los artículos de lujo que ofrecen la mayor parte de escaparates en el caco histórico de Aix. Buena planta, gafas de diseño, zapatos caros y bolsas exhibiendo las consabidas marcas. Desprendiendo una fragancia que seguramente ha costado cientos de euros. Caminando erguidos, sin prisa, cogidos del brazo, en grupos familiares en los que los hijos son tan o más guapos que sus padres. Marcando su territorio a cada paso con la seguridad y la confianza que proporcionan unas cuentas corrientes saneadas desde alguna generación atrás. En "El gran Gatsby", la voz de Daisy suena a dinero. La de estas personas tan elegantes y sofisticadas también. Escucho retazos de sus conversaciones y a veces tocan temas culturales o van arreglando el mundo, pero la mayoría está decidiendo dónde ir a comer, no importa si es ya la hora o si es demasiado pronto o si el momento ya pasó. Son esbeltos, así que les envidio más que nada su metabolismo. Les observo con la misma curiosidad y placer que a un cuadro muy decorativo pero vacío de contenido. Los cuadros de verdad son otra cosa. Cuenta la leyenda que Giacometti, aún estando en la indigencia, se negó a venderle sus cuadros a una señora, puede que antepasada de estos, porque le oyó decir que hacía juego con sus cortinas. Estoy llena de prejuicios, lo sé. 

Como es lógico, entre la mezcolanza de gente que llena estás calles hay de todo: estudiantes de la universidad, que es de las más antiguas de Francia (las estudiantes norteamericanas siempre van en parejas o en grupitos, el resto de juventud forma una alegre y bien avenida mixtura multinacional), muchas parejas de novios y bastantes japoneses pero en pequeños grupos. (Al ser temporada baja, hasta ahora no me he encontrado con grandes rebaños de turistas, salvo en la ciudad vieja de Carcassone). Y niños. Muchísimos niños. Vengo de un país donde escasean, por eso me llaman la atención, no porque yo disfrute especialmente de la infancia y sus peripecias. Soy un poco como el célebre Mr Belvedere, qué le vamos a hacer. Aunque tengo que decir que esas criaturas en general no son molestas porque están bien educadas y se comportan, correteando o en bicicleta, porque al haber tan poco tráfico, tienen la suerte de poder jugar en las calles. 

Las terrazas, a rebosar. Los coloridos mercadillos de flores, artesanía y alimentación, llenos de curiosos que pasan a la acción porque han ido allí a hacer sus compras. Las flores son un artículo, si no de primera necesidad, sí de cuarta o quinta, porque en mis paseos nocturnos veo muchos ramos en las estancias iluminadas. 

Pero lo que aquí se reverencia es la comida. En tan alta estima la tienen, que en el cogollo céntrico de calles pijas donde me alojo me ha costado encontrar un supermercado corriente y moliente (todo son tiendas gourmet). Allí me dirijo ahora para procurarme un desayuno de bajo coste. Ayer hacía frío y yo necesitaba un café caliente bien resguardada. Pero hoy quiero dar el último paseo antes de la hora de salida de mi tren a Marsella. Ya he dicho antes que mis comidas son más bien del tipo peripatético,y me disculpo por el palabro. Luego más.

Esperando en la estación:

Notas:

- He tenido la fortuna de poder contemplar las fachadas y el ambiente de Aix con sol, con nubes, iluminada por noche, lloviznando y hasta con una ligera niebla matutina. Los colores pastel y la piedra de tonos ocres, bajo toda esa luz cambiante, retienen la belleza de una vieja dama ajada pero aún muy atractiva.

- Aix es famosa entre otras cosas por sus iglesias románicas, góticas y barrocas. sus majestuosos palacios y sus amplias plazas con fuentes inspiradas en las vaticanas. Las mansiones barrocas de los aristócratas y de los comerciantes enriquecidos son muy impresionantes, y muchas tienen a pie de calle dos atlantes sosteniendo a ambos lados la balconada del piso principal sobre el portal de entrada. Son los atlantes más voluminosos que he visto nunca. Yo creo que la historia del arte debería incluir un movimiento intemporal denominado "Antes muerta que sencilla". Resiste a las modas y siempre se está renovando con savia nueva, porque el afán de los ricos por mostrar su poderío siempre será una constante. Los palacios del barrio de Mazarino, algunos convertidos en hoteles, son especialmente bellos.

- Dejándome vagar sin rumbo por el barrio de Fabourg me he encontrado con una de estas mansiones, el Pavillon Vendôme. Una preciosa bombonera rodeada de un jardín barroco, con plantas de boj podadas en espiral, y con algunos jirones de niebla enredados entre árboles. Me he sentido como una intrusa, porque además en ese momento estaba cometiendo la plebeyez de comerme un sandwich de salchichón del súper... en un lugar donde cada brizna de hierba es equidistante de la de al lado y donde reiterados carteles me advierten de que no se me ocurra pisar "la pelouse", que viene a ser el césped de toda la vida, pero con más pedigrí. Suspendida también en protocolo cortesano.

- Las gaviotas me recuerdan que el mar está ahí mismo, tras el decorado de la Provenza de postal. En Marsella me espera un saludable baño de realidad. No veo el momento, porque seguro que el protocolo de allí lo domino al dedillo. No debe de distar mucho del de Barcelona, donde me crié.

- En Provenza hay una tradición belenista muy bonita, la de los santons, que son figurillas de arcilla muy detalladas que reproducen tipos folklóricos y tradicionales de la región. Los detalles están cuidados con mimo y no poca nostalgia de tiempos pasados. Mi santón preferido es el del poeta Édouard Mistral, sujetándose el sombrero de paja de ala ancha y capeando literalmente el temporal, es decir, con la capa arrebatada por el viento predominante en esta zona que, precisamente, se llama Mistral. 

Anecdotario:

- El paseo nocturno con mi compañera de hostal inglesa resulta muy agradable. Me cuenta que ha pasado unas semanas en una aldea del interior, realizando labores en el jardín de unos propietarios con los que ha contactado por internet, a cambio de la estancia y la comida. En sus horas libres ha explorado los alrededores en bicicleta y este fin de semana ellos, que a estas alturas ya se han convertido en sus amigos, la han acercado a Aix con el coche para que conozca también alguna ciudad más grande. Está haciendo acopio de pequeños objetos en los brocanteurs de la zona, lo que pueda transportar en sus maletas. En primavera volverá a pasar otro mes pero traerá su coche para llenar el maletero con antigüedades de mayor tamaño. Le aconsejo que pase por Arles, porque a mí los escaparates de los anticuarios de allí me han parecido más interesantes que muchos museos. Supongo que luego, ya en Oxfordshire, se dedicará a revender estas piezas en tantos y tantos anticuarios como hay repartidos por la Inglaterra rural. 

- He mantenido hasta ahora varias charlas muy interesantes con diferentes personas muy distintas, siempre que se me ha presentado la ocasión. En Perpignan, una chica me informó sobre la cantidad de casas vacías que hay por aquel casco histórico, y cómo el municipio les otorga licencia de construcción para restaurarlas, pero pocos están interesados en ello. Como resultado, esos edificios tradicionales se van deteriorando peligrosamente. Le pregunté si se llenan de okupas, y se extrañó bastante. Está prohibido, dijo, como si eso fuera una razón de peso para el mundillo anarquista y antisistema. Bendita fe en la humanidad.

- Otra conversación interesante surgió ayer sin pretenderlo yo, a la hora del desayuno. Amanecimos con 2 grados y me metí en un Monoprix, que es lo más asequible del Course Mirabeau, donde hay en estas fechas una feria navideña con atracciones para los pequeños,puestos de artesanía y, como no, de comida, bandas de jazz en vivo y muchas terrazas para sentarse a observar y ser observado, previo pago de su elevado importe. 

En el Monop, al sentarme con mi bandeja en una mesa común, la anciana que me quedaba enfrente, como excusa para entablar conversación, me ha preguntado cuál es el precio de mi croque monsieur. Se trata de una mujer enjuta y segura de sí misma. Inmediatamente me ha contado parte de su vida, como suelen hacer los mayores que sufren de soledad. Francesa de nacimiento,  ha vivido en diversos países por ser militar su padre, y más adelante por estar casada con un ciudadano chino. Ya sin marido, y fallecido su hijo en circunstancias trágicas, decidió volver a su país y se instaló en la Provenza, de lo que al parecer se arrepiente. Le bastan dos minutos para echar un cubo de agua fría sobre mi historia de amor con el Midi. Para ella, sus compatriotas son antipáticos, estirados y clasistas. Le replico que todo el mundo está siendo muy amable desde que llegué, pero su razonamiento es implacable: son amables a regañadientes, solamente porque el turismo es su modo de vida. Yo me resisto aún a renunciar a mi dulce paraíso provenzal, y le señalo como ejemplo a la dependienta que me ha servido, una chica encantadora, que dice conocer bien porque desayuna allí a menudo. Se fija en ella un momento con sus taladrantes ojos azul celeste. Tampoco ella, me asegura. Se porta así porque la obligan en su empresa. Pienso en esta doble personalidad oculta de los franceses y me empieza a entrar un poco de aprensión. Pero a continuación, la señora me pregunta si en España hay muchos "extranjeros malos". Cómo? Sí, extranjeros malos, ya sabe, de esos que abundan aquí en Francia. Le digo que extranjeros los hay de todo tipo y que muchos de los que emigran lo hacen a la desesperada, pero ella sigue por derroteros que no voy a reproducir aquí. Como intuyo que le va a hacer ilusión un comentario negativo, le digo que creo que la gente deja algunos lavabos públicos en un estado lamentable. Reconoce que llevo razón, aunque señala que eso hiere sus sentimientos. Una mujer de mundo, que fue extranjera ella misma cuando vivía expatriada, pero que se ve indefensa y se siente rechazada ante una sociedad que no guarda ya ningún parecido con la que ella dejó atrás cuando se marchó de joven. Me cuenta que pasará las Navidades sola, a pesar de tener dos nietos mayores de edad que nunca la visitan. Nos despedimos amigablemente, y nos reencontramos brevemente en la calle esa misma tarde. 

- Otra charla surgió al comprar mi comida del almuerzo en un puesto africano del mercadillo. He visto que vendían samosas, que me sonaban de tantas películas inglesas ambientadas en la India, y me ha entrado curiosidad por probarlas. La cocinera, una mujer muy afable de Gabón, me ha explicado que la receta es diversa para cada país africano o asiático, pero que la esencia es la misma, un hojaldre frito relleno de carne picada. Son las especias y el condimento lo que varía. Tras haber pagado, amablemente me trocea una de ellas para que pueda degustarla. Está verdaderamente deliciosa. Pero en seguida noto cómo se me saltan las lágrimas, y también un poco los mocos. A duras penas le doy las gracias y me alejo para sacar el pañuelo y enjuagarme. No estoy habituada a tanta fogosidad. 

Anecdotario:

- La plaza que más me gusta de Aix es la dieciochesca Place d'Albertas. Es un rincón al estilo de las places royales de París, con una fuente en forma de gran copa metálica en el centro. A primera hora de la mañana, allí hay mucha quietud y se escucha el correr el agua. Me detengo encantada de tener este espacio mágico entero para mí sola, hasta que unos grititos rompen el hechizo. Wow, oh wow. Oh my God. Wow. Me giro, y veo que una chica americana deja atrás su maleta un momento para arrimarse al borde de la fuente a hacerse selfies, y también lo que supongo que es un directo en sus redes sociales, porque la oigo decir, tras atusarse el pelo, Just look at this! Roto el hechizo, no me queda sino marcharme de allí. 

- Paseando por la zona universitaria, voy andando por la calzada ya que las aceras están impracticables. Un coche se pone a mi altura y la conductora baja la ventanilla. Se puede aparcar por aquí o hay restricciones también hoy? Muchos locales me confunden con una de ellos, y yo siempre les respondo que no soy de aquí. En cuanto abro la boca ya se dan cuenta. Esta me mira sin entender, y le aclaro que soy una turista. Entonces suelta el volante y me hace un feo gesto, el equivalente manual del "tourist go home". Quiero responderle que el dinero del turismo les viene muy bien en Aix, pero mientras intento componer la frase en mi francés de colegio de monjas, ella ya ha acelerado. La vuelvo a encontrar al girar la esquina, y me pregunto si me estará esperando para un segundo round, pero no. Me pide a gritos que la avise si se acerca demasiado al coche de atrás al maniobrar para aparcar. Al principio le digo que no la entiendo bien, pero luego decido ayudarla, solamente para darme el gusto de conseguir arrancar de sus labios el obligado merci a esta turista que tanto le estorbaba. Cosa que ocurre en modo y forma. Quizá la anciana del desayuno esté en lo  cierto sobre elbdoble rasero de algunas personas. 


15.11.24

Acabo de llegar a Aix y debo hacer tiempo hasta que mi hostal barato de turno (en un edificio muy antiguo) abra sus puertas, porque al parecer en la pausa del almuerzo el recepcionista se marcha a su casa tranquilamente. C'est normal ici?. De modo que me acerco a una escalinata con todo mi equipaje para esperarle porque falta sólo una hora, pero al menos estaré sentada (soy incapaz de meterme en un café tras haber abusado del desayuno bufet esta mañana), y un chico muy mono con un bigotito, inmediatamente se ofrece a subirme la maleta escalones arriba. Esta gente pega la hebra contigo, si les das pie. Así que le pido que me cuente algo de la zona, y me dice que se puede pasear sin problemas tras la puesta de sol. Es un distrito universitario, y los estudiantes que salen de clase ya están celebrando el fin de semana bajo sol del Midi, pero me asegura que sin pasarse. Veremos.

He venido hasta Aix en autocar, porque había problemas con el tren de Marsella y nos han puesto un transporte alternativo. Por carretera he podido observar que, una vez que hemos dejado atrás la mole desordenada del urbanismo que rodea Marsella, han aparecido muchas villas, algunas con aires de masía, semi ocultas entre pinos, cipreses y demás árboles mediterráneos que mi ignorancia me impide identificar.

Como el autocar ha adelantado mi hora de llegada, me he recorrido buena parte del centro de Aix (que significa "agua") para llegar hasta el hostal. Donde Arles tiene aires de pueblo, Aix desde luego es toda una ciudad, y por lo que he visto, muy señorial.

Notas:

- No tenía ni idea de que Cézanne y Zola fueron juntos al colegio aquí, y su amistad duró toda la vida, según una placa que he visto en un palacio precioso que es un instituto o Lycée. En Francia abundan las cartelas de todo tipo y las lápidas conmemorativas y los monumentos a personajes ilustres, así que un simple paseo te informa sobre la historia y la cultura de cada barrio. Abundan en Provenza las estatuas al poeta Fréderic Mistral (que escribía en provenzal) y las referencias a Alphonse Daudet, nacido y criado en Nîmes. De muchos otros no me acuerdo en este momento, pero me da bastante envidia lo mucho que cuidan en este país la memoria de los que han contribuido a engrandecerlo. Les tienen presentes y saben agradecerles su esfuerzo y su legado. Me parece muy bonito. 

- Me he tenido que saltar algunos lugares que sé que son muy bellos en mi ruta, pero con suerte y salud pretendo cubrir un territorio enorme de varios países durante varios meses, y no puedo visitar todos y cada uno de los puntos de interés o no avanzaría nunca. De modo que he dejado atrás Collioure, La Camargue y Tarascon. Este último me habría hecho ilusión, porque en el colegio pude leer varios fragmentos del "Tartarin de Tarascon" y recuerdo haberme muerto de risa con las ocurrencias del personaje de Daudet. En fin.

- Creo que no he descrito los olores que salen al paso en la Provenza: aparte de los omnipresentes lavanda y jabón de Marsella, están los diferentes aromas de las especialidades de las pastelerías y de los guisos que se escapan por las rendijas de las casas, en algunos reconozco las especias, y eso que no tengo buen olfato ni conocimientos de cocina. También huele a pino y a los diferentes arbustos mediterráneos. Todo está florecido porque las temperaturas son suaves (aunque en las horas sin sol llega a hacer bastante frío). Ha cesado el viento del norte de los últimos días y brilla un sol espléndido en un cielo limpio. En Marsella había algo de calima.

- Algunos hombres y mujeres que veo por la calle me parecen muy guapos y guapas, con un toque mestizo muy atrayente.

-En una semana escasa no se pueden sacar conclusiones, pero creo observar cuáles son los estratos del mercado laboral por esta parte del mundo: los trabajos manuales he visto que los realizan los subsaharianos. Los puestos en el sector servicios muchas veces son para los magrebíes, también para una segunda generación de jóvenes latinos. Veo muchas mujeres latinas de mayor edad acompañar a ancianos y recoger a niños del colegio. Ignoro en qué se ocupan los hombres. En los trenes, los revisores a veces son jovencísimos (y blancos). También son muy jóvenes en los equipamientos culturales y en los puestos de recepción en general. El resto lo echo a la imaginación, pero creo que debe se ser como en España.

- Me cruzo con algunas señoras muy elegantes y sofisticadas. En Marsella mañana se me acabará el universo cuqui de rincones con encanto, gente bien ataviada y tiendas caras del que tanto disfrutamos los turistas. Por lo que he visto en los alrededores de la estación esta mañana, sospecho que allí voy a volver a la realidad de la vida cotidiana más pedestre. Siempre me han interesado las ciudades portuarias de alma canalla, supongo que porque me crié en una de ellas. De modo que voy a estar a mis anchas allí.

Pero hoy me toca callejear por Aix, en cuanto se termine el postre el recepcionista y pueda depositar la maleta en el hostal. Espero que no se entretenga con un café y un pastis (la bebida típica de esta costa a base de anís, hierbas, especias y no sé qué más... desgraciadamente me quedaré sin probarla por razones de seguridad). 

Lo sospechaba. Le llamo cumplida la hora, y me dice que se va a retrasar aún "une demie heure". La digestión del pastis quizá? Me acuerdo mucho de su familia. Al menos me da el digicode y puedo entrar con mi maleta. Bienvenida al mundo de bajo coste. Ay, de verdad. Si no fuera porque debo estirar el presupuesto durante muchos meses y por muchos territorios... 

Guess what. Una hora después el tipo no ha aparecido aún. Cómo me acuerdo de toda su familia. Yo y una inglesa nos hemos hecho amigas aquí en la recepción, porque una espera desesperante y un enemigo común unen mucho. Ella me cuenta que ha dejado a su marido al cargo de los animales de su granja de Oxfordshire y se ha venido aquí a desestresarse durante un mes. Claramente a estas alturas ya se ha integrado en el savoir faire local, y no la noto nada impacientada. Yo llevo aquí solamente una semana, y aún traigo puestas las prisas desde Madrid. Mi prisa consiste básicamente en que el sol comienza a ponerse hacia las cinco, y yo pretendía disfrutar del colorido de esta ciudad con la luz del día.

Al final, he quedado con mi nueva conocida inglesa en dar una vuelta las dos juntas por la noche. Ella va a cenar con unos amigos que luego se marchan de Aix. Yo por mi parte he decidido quedarme un segundo día aquí, porque está ciudad me ha atrapado. Pero me he buscado otro alojamiento (un estudio) para la noche de mañana, porque del encargado del hostal no me fío un pelo, y él se ha dado cuenta. Aparte de que su establecimiento está fatal. Es temporada baja y por lo visto algunos aprovechan para bajar la guardia. (Me ha enredado con una habitación en malas condiciones que me ha costado mucho que me cambiara, aparte de irregularidades en el pago escudándose en un cambio de TPV. Bonimenteur, ce mec là)

Para llegar hasta Aix-en-Provence desde Arles por ferrocarril (línea regional Paca), resulta que tengo que hacer transbordo en Marseille St Charles y luego debo retroceder un pequeño tramo. Dos horas y algo en total. No me importa, para mí ver desplegarse el paisaje desde la ventana de un vagón de tren es el mejor programa de televisión posible. 

Me permito el pequeño lujo de un desayuno tipo buffet en mi budget hotel. Ya que está al borde de una carretera y voy a tener que  esperar en la parada al autobús de la estación expuesta a los cuatro vientos ... al menos lo haré bien surtida de calorías. Estos días he desayunado andando por la calle, estilo manhattanita. Me merezco una silla y una mesa y unos cubiertos de vez en cuando...

En el comedor, los otros comensales provienen del palacio de congresos cercano. Dos tipos de conversaciones: las de negocios, y otras más animadas de los equipos de chicos y chicas que, por el uniforme, deben formar parte del personal de los expositores. Me sirvo en abundancia, y aprovecho para llenar mi "despensa": me llevo varias piezas de fruta. Sucumbo de nuevo a la tentación de los quesos locales, y también a otras delicias que se alejan muy mucho de mi espartano desayuno habitual. Pero ningún antojo como el de los huevos que, me asegura un cartel, son de gallina crecida en libertad por el ancho suelo. Mi oportunidad de emular las escenas de las películas, cuando con una cucharilla le dan un golpecito certero al oeuf à la coque, y mágicamente se quiebra la cáscara para que, con una cucharilla, pueda saborearse a placer la yema semi líquida. Magnifique. Pues bien, a mí me han fallado los efectos especiales en esa escena: he hervido el puñetero huevo de la gallina pija en un utensilio al efecto durante tres minutos, y luego en mi mesa he intentado maniobrar para cascarlo. Sin éxito, porque el condenado oponía una resistencia de aldea gala (la de Astérix) ante los romanos, se negaba a abrirme su tesoro y entregarme sus encantos.  Le he dado más y más fuerte hasta que me ha dado apuro formar tanto ruido en público... y me lo he llevado dentro del bolso para retirarme a mis aposentos y liarme a porrazos con él en la intimidad. Creo que suspendo en parvulitos de cocina y también en primero de buenas maneras en la mesa. Pero le he vencido al huevo y he salvado así la honrilla y el aporte de proteínas en mi dieta diaria.

Notas:

- Yo creía haber cubierto todas las posibilidades de antemano, pero no podía sospechar que en la muy civilizada república francesa iba a tener que luchar a diario contra las escaleras de la muerte y las aceras asesinas. Mi masa muscular crece (bíceps sobre todo) pero mi espalda ha tardado en conformarse. Zut alors!

14.11.24

Nota rápida tras mi visita "papal": me resulta imposible intentar describir o darle un calificativo al palacio gótico de Avignon. La única palabra que me viene a la mente es francesa: époustouflant, algo así como alucinante, increíble, impresionante etc todo en uno. En la taquilla te proporcionan una tablet que, aparte de guiarte y de ilustrarte en la visita, tiene una escena de realidad aumentada para cada estancia del recorrido. Al apuntar con la tablet, en la pantalla se reproducen las colgaduras, la decoración y el mobiliario originales. De modo que puedes ver, por ejemplo, un gran banquete con el que el Papa tal obsequió a sus invitados en tal fecha, tanto en la sala donde se celebró como en la gigantesca chimenea de la cocina donde se preparó. También puedes asistir a un cónclave y a la entronización del nuevo Papa tal y cual... se llama "Un viaje en el tiempo", y la experiencia desde luego hace honor a su nombre.

Pero ante tanta maravilla, a mí lo que más me ha llamado la atención es que Sus Santidades escondían los dineros (le llamaremos el tesoro, que suena más pontificio) debajo de un baldosín, como todos los viejos avaros que en el mundo han sido. Poco nivel me parece para tanta curia y tanto recoveco fiscal y tanto cisma. A lo mejor pecaban de falta de imaginación (pecado venial?). Vaya con los Papas y su "Babilonia de Occidente" (Petrarca dixit, parece que tampoco él era simpatizante).

De camino a Arles, desde el tren creo ver los  Alpes, pero es la más modesta cordillera de Alpilles. Mi percepción de los tamaños deja mucho que desear. En las verdes llanuras de Provenza, las viñas dejan paso a unos cultivos que, en mi ignorancia de urbanita, desconozco lo que son. Huele a col... o se trata de eso, o algun pasajero... en fin, mejor no darle más vueltas.

Arles tiene justa fama de localidad pintoresca, y también por sus restos romanos, que rivalizan con los de Nîmes. Yo tenía una idea preconcebida de este lugar y me esperaba un cuadro de Van Gogh (poco original, lo sé). Pero tras recorrerlo a conciencia a la luz del sol y a la de la luna llena, con puesta de sol sobre el Ródano incluida, opino que a Arles no le hace ninguna falta Van Gogh. En absoluto. Tiene un bagaje y una categoría más que suficientes por sí misma como para necesitar que a todos los foráneos nos suene de algo este bellísimo lugar asociándolo a la inspiración y al drama vital de un único artista.

En Arles me ha ocurrido una cosa bien curiosa. Paseando sin rumbo, como me gusta  hacer, me he encontrado con una exposición de unos artistas que, echándole creatividad, han cogido las fotos de carnet de conciudadanos de otras épocas y, basándose en la expresión de sus caras, han imaginado sus vidas y las han puesto por escrito en forma de epitafios ("Epitafios de vidas imaginadas" es el título). También han dibujado sobre los rostros algún detalle un poco surrealista. Pues bien, en la primera foto que he visto, la de una señorita como de hace 80 años o así, que miraba un punto inalcanzable con algo de aprensión, estos artistas han escrito (traduzco): "Tú soñabas con poder viajar a ciudades extrañas pobladas por el vacío para así borrar para siempre tu timidez". Me ha dado un vuelco el corazón de ver así resumido todo mi viaje, y mi vida entera, por unos desconocidos. 

Anecdotario:

Hoy he cometido un pecado. Bueno, dos. En realidad, tres.

▪︎ Los dos primeros, de ira y de soberbia. Yo, pecadora, he sido muy mala persona. Durante la visita al palacio esta mañana, una señora japonesa me ha pedido que le hiciera una foto. Me ocurre con frecuencia y nunca me importa, pero esta vez he echado pestes. 

La señora me ha hecho retroceder un buen tramo porque quería captar un determinado detalle de un claustro. Luego me ha mostrado largo rato en la pantalla del móvil el encuadre justo que, ya a esas alturas, me estaba poco menos que exigiendo. Yo la veía venir, y mientras en inglés le decía "una y me voy, que tengo que seguir", confieso que en español le decía también "pero qué pelma te estás poniendo". Total, que le hago tres fotos y le devuelvo el móvil, pero con poca convicción porque, tal como me temía, esta mujer recalcitrante me sale con que le he sacado una columna que no entraba en sus planes. La mando un poquito a la mierda en la lengua de Cervantes y le tiro la foto de mala gana y de cualquier manera mientras ella hace unas poses de influencer... pero me llevo un chasco, porque queda muy satisfecha con el resultado. Me despido diciéndole algo desagradable que he olvidado y que ella escucha muy sonriente. Banzai!

Ah, pero la venganza a veces te la sirve otro,  y no en frío, sino en caliente... Unas estancias más allá, veo que la misma señora le está haciendo la misma faena a una vigilante de sala, a la que ha enredado con las mismas  artes que a mí. Aquí la gente es extremadamente amable, pero noto que la han calado. A partir de ese momento empiezan a reñirle porque se empeña en hacer fotos en las salas con frescos, que podrían dañarse, y ya en adelante se convierte en un bulto sospechoso hasta la salida. Confieso, para nada arrepentida pero sí un pelín avergonzada, que yo, cada vez que la reñían, decía en alto "muy bien, sí señor!". Con la menopausia me he vuelto malhumorada y tengo un nuevo hobby que consiste en reñirle a la gente que según mi criterio hace algo mal. Como si a ellos les importara algo... 

▪︎ El tercer pecado, de gula, es más de andar por casa. Hasta ahora he resistido heroicamente los efluvios de las boulangeries y las épiceries, pero esta tarde en Arles ya he sucumbido ante una fromagerie, y me he comprado una porción de quesito de elaboración provenzal... Mañana buscaré una botella pequeña, pequeñita, individual, de vino local, para un pequeño festín en pijama. De esto sí que me arrepiento, y mucho. En esta hora de tribulación y angustia vienen a confortarme no los ángeles, sino todos los lugares comunes: la carne es débil, solo se vive una vez, que me quiten lo bailao etc etc etc. 



Debo cumplir con mis obligaciones palaciegas en Avignon, para no decepcionar a Sus (múltiples) Santidades, que me esperan en su palacio para invitarme a chocolate con picatostes (no era eso lo que tomaban los curas en las novelas?) y enseñarme su precioso jardín. 

Desayuno en la habitación de mi hotelito barato del centro de Avignon, escuchando la radio. (Cada tarde, antes de retirarme, hago la compra en un supermercado para irme procurando una "despensa"). Mis ventanas dan al Cours Jean Jaurès, una de las principales arterias del centro, alineada con unos enormes castaños de indias que han estando bailando y cantándole al viento toda la noche. Veo amanecer a jirones entre nubes, y a los estudiantes y oficinistas que se dirigen, sin prisa alguna, a sus quehaceres. Enfrente tengo varios edificios históricos. Mi hotel es uno de ellos, del siglo XVIII.  Una pena de instalaciones (por eso era barato), pero al menos está limpio. 

Esta tarde salgo para Arles. Las fuertes rachas de viento han cesado y ahora es más llevadero, y menos mal porque eran de lo más molesto, con la única ventaja de que la atmósfera estaba muy limpia y ayer pude ver una luna casi llena muy brillante, que me iba persiguiendo por las esquinas. 

En Arles también hay un Anfiteatro romano (entre otras muchas reliquias imperiales). Y también sirve de coso para las corridas de toros, protegidas por ley en Francia como bien de interés cultural. Pues bien, hoy se vota en la Asamblea Nacional un decreto ley para limitar la edad en la que los menores asisten a su primera corrida, por tratarse de un espectáculo sangriento. Los ciudadanos de Arles están en contra, y en France Inter he podido oír una entrevista a un niño diciendo que, aunque su familia es vegetariana y le horrorizan los mataderos, a él le gustan mucho los toros, porque es una tradición local de la que sus padres y abuelos están muy orgullosos. Ahí queda eso. 

13.11.24

Cada parada en mi camino me deja más impactada que la anterior. En Avignon, con la iglesia hemos topado. Tantos papas y tantos vaivenes de la historia han dejado aquí un patrimonio increíble.

Por momentos me he acordado del síndrome de Stendhal de mi compañera de piso en Florencia. Era de Maryland, pero vivía en Manhattan y llevaba en la ciudad toscana muchos meses, haciendo un curso de orfebrería. Cuando llegué, para una estancia corta de una semana, me aconsejó que no quisiera abarcarlo todo porque me iba a terminar agobiando. Como le pasó a ella al principio, porque eso de saber que, mires donde mires, estás contemplando algo que ha sido trascendental en la historia del arte, de la literatura y del pensamiento humanos... termina resultando agotador. Sobre todo si vienes de otro mundo (el nuevo mundo, se entiende).  

Algo así me ha pasado a mí hoy cuando, al acercarme los Palacios Papales, el horario de visitas del día había terminado ya. He sentido alivio, para qué voy a mentir... Hoy ha hecho un día ventoso, pero muy soleado en Avignon. Y era una lástima meterse en un recinto cerrado cuando anochece ya a las cinco y media. La vida bullía fuera de aquellos muros.

De modo que he bajado hasta el Ródano y me he asomado al famoso puente. Para mí era una cuestión sentimental, porque mi abuelo materno, que hablaba algo de francés, me enseñó la canción siendo muy niña: "Sur le pont/d' Avignon/On y danse/On y danse/Sur le pont/d'Avignon/On y danse/Tout en rond". De modo que hoy he tenido un recuerdo para él, que nunca pudo venir a ver esta maravilla. La vista de los palacios desde el río con el sol ya bajando es bellísima, y aún gana más con la iluminación nocturna. La impresionante muralla abraza todo el aparato del poder cismático hecho piedra anclada sobre la roca. Pero ay, nada es inamovible y al final estos santos varones se tuvieron que volver a Roma.

Mañana volveré por allí para ver el Jardín de Doms sobre la roca, y haré una segunda intentona palaciega. Intentaré ignorar esa virgen de oro que alguien ha colocado en toda la punta de la torre del campanario de la iglesia de los Papas. Sólo se me ocurre una cosa: qué necesidad había?

Me encantan los viejos palacios renacentistas y barrocos diseminados por los alrededores del de los Papas. Muchos tienen un jardín posterior protegido por altos muros, y casi es mejor imaginar desde fuera, juzgando por la frondosidad de los árboles y lo tupido de las enredaderas, lo señorial que debe de ser por dentro. A veces no hay que dejar que la realidad te arruine una buena ensoñación. 

Notas:

- En cada esquina del viejo Avignon he visto una hornacina con una virgen de piedra encerrada tras una reja. Me pregunto si será la misma o si aquí pasará como en Sevilla, donde cada barrio tiene la suya y algunos devotos demasiado "capillitas" las convierten en "rivales". 

- Muchas iglesias desacralizadas son ahora teatros, y durante el prestigioso festival de las artes escénicas se convierten en sedes. Qué pensarían los Papas de esto? 

- Hay muy poco tráfico rodado en el centro de todas estas ciudades qué voy visitando. Las zonas de bajas emisiones impiden que quien no tenga una pegatina Crit'Air (Certificat Qualité de l'Air) pueda circular. Y como yo me muevo por cascos históricos, me beneficio de zonas peatonales o de áreas donde sólo entran las urgencias, las mercancías y los residentes. Seguro que le complica la vida a muchos ciudadanos (estás medidas siempre provocan división de opiniones) pero para mí, paseante sin fronteras, es una delicia deambular despreocupadamente por la calle. Y tiene el encanto añadido de que en ocasiones me cruzo con una bella imagen del pasado, porque el transporte de mercancías de pequeño tamaño se hace algunas veces en triciclo o en carretilla... 

- Entre tantas iglesias góticas a cual más bella, encuentro una sinagoga también preciosa en la antigua judería. Si no estuviera el patio tan revuelto intentaría preguntar si puedo visitar el interior, pero tras la noche de los cristales rotos que hemos tenido en Ámsterdam hace poco, me da cosa... lástima. 

- Aquí toda la cartelería es trilingüe. El segundo idioma es el italiano (la frontera está ya cercana), y el tercero es el provenzal, una variedad distinta a la de Occitania. Los trenes regionales también han cambiado de denominación, se llaman "Paca" (acrónimo de Provenza-Alpes-Costa Azul). Yo les agradezco el detalle de todo corazón, porque así se reducen las posibilidades de que me monte en el tren equivocado como ayer... Buscaré a Paquita por los andenes!

Anecdotario:

- Para prevenir posibles hurtos, tomo la precaución de llevar el dinero y el pasaporte etc debajo de la ropa, en un bolsillo colgante, de esos que te venden en una tienda de maletas. Pero es una medida de seguridad muy embarazosa. En sentido literal, porque el monedero abulta y, por dentro del pantalón, me hace panza. Y en sentido figurado... cada vez que he pagado algo y tengo que recolocar todo el armatoste en su escondite, por muy bien que quiera posicionarlo, me encuentro con dificultades para andar a los pocos pasos, porque la ley de la gravedad es muy cruel conmigo y el condenado invento se ha movido. De modo que, ya en la calle, me toca meter la mano por dentro del pantalón y me temo que debe parecer que me estoy rascando el honor de la familia. (La frase no es mía, mi madre decía que en su época las chicas llevaban el honor de la familia entre las  piernas). 

- Al escribir, el corrector automático se empeña en cambiar "Papas" por "Papás". Y acierta. También lo eran.

- Hoy en la calle he visto a un viejo que en plena ventolera desaforada se entretenía en agrupar, con la punta de su bastón, las hojas secas caídas para arrinconarlas contra la fachada. Su afán no obtenía más que un resultado momentáneo, pero él debía de estar aburrido y no cejaba. Creo que yo estoy haciendo lo mismo que él con estos apuntes. 




12.11.24

En Nîmes me recibe en el casco histórico, en un pequeñísimo hotelito monoestrella de un edificio vetusto, un encargado de lo más amable, con esa hospitalidad meriodional que creemos que pertenece sólo a la ficción de las novelas. Me sienta, me ofrece un café de acogida y una revista nada más llegar, y, milagro, no me cobra los 5 euros de rigor por guardar mis maletas a causa de mi llegada anticipada (2 horas antes del check-in), sino que me sube él la maleta por una escalera de caracol vertiginosa y le da los últimos toques a la habitación para que esté perfecta. El hotel es muy sencillo, pero la atención es superbe. 

El contraste con el albergue juvenil tipo hub donde me he alojado en Montpellier es abismal. La decoración era muy divertida y había muchas actividades encaminadas a que la gente joven participe para interaccionar entre ellos... Pero durante mi estancia, yo sólo ví a muchos jóvenes enfrascados en la pantalla del portátil o la tablet, cada uno a lo suyo, en un ambiente muy impersonal. Bien es verdad que me acosté pronto, probablemente me perdí la mejor parte.

Esta ciudad tiene mucha enjundia, y no sólo por los restos romanos contemporáneos de Cristo, sino porque el urbanismo que vino después emuló esas magníficas construcciones, y el conjunto resultante recrea una Roma, a la francesa, muy convincentemente. Todo es de gran elegancia y de muy buen gusto, desde las tiendas (muchas de ellas con interiores de varios siglos atrás) a los palacios, avenidas y rondas que sustituyen a la muralla. Me ha gustado especialmente el Jardín la Fuente, que se extiende monte abajo desde la Torre Magna romana. Bajo la luz amarillenta y la llovizna propias de un día de otoño, me ha resultado de lo mas evocador. 

El Anfiteatro, la Casa Cuadrada (impresionante templo dedicado al culto de Augusto y su familia), los arcos, el Templo de Diana, el acueducto etc están milagrosamente bien conservados, y no será por lo mucho que los han cuidado durante estos 2000 años... porque por ejemplo, la Torre Magna casi la destrozan buscando un supuesto tesoro que Nostradamus había profetizado que estaba enterrado allí. La vaciaron por completo hasta dañarle los cimientos... Sin encontrar nada, por supuesto (Pero por qué llevamos siglos haciéndole caso a ese hombre? Eso sí que es todo un fenómeno.) 

Notas: 

- Sendas estatuas, toro y torero, celebran la Fiesta (con mayúscula)  junto al Anfiteatro, donde se celebra, como no, un festival de flamenco. El cartel gigantesco que lo anuncia nos muestra una bailaora del flamenco más heterodoxo, mirando al frente desafiante, con las manos alzadas en la consabida posición y cubriéndose lo que se supone que es su pubis desnudo con un abanico, prendido de salva sea la parte con una pinza de la ropa. Ole y ole. 

- Frente al templo llamado la Casa Cuadrada (Maison Carrée), Norman Foster ha construido un nosequé... que también resulta de lo más cuadrado. La geometría es lo que tiene. (El moderno museo sobre la Nîmes romana, frente al Anfiteatro, me gusta bastante más).

- Callejear por el casco histórico de Nîmes es una delicia que hay que saborear sin prisas para sacarle todo el retrogusto. Nîmes me ha impresionado por su señorío y elegancia, es una ciudad alegre y luminosa donde los que se cruzan contigo por la mañana te "bonjourizan" con una sonrisa de propina. Para mí, que vengo de una gran urbe siempre apresurada y dinámica, es toda una novedad ver a los que se dirigen a su trabajo caminar sin prisas, e incluso pararse a echar una parrafada con un conocido. Pero supongo que es una impresión equivocada: yo callejeo por el centro histórico, donde están los palacios (impresionantes por cierto) de las dependencias municipales y las exquisitas tiendas de diseño y decoración, los artesanos del pan de las boulangeries de buen tono, los artesanos de artículos de lujo etc. Imagino que no será igual en donde viven los ciudadanos corrientes... aunque ayer presencié la entrada de varios colegios en hora punta, y más tarde tuve que hacer cola en el súper de turno antes del cierre, y no me pareció que nadie andara con prisas. Estos meridionales creo que saben entender la vida. 

- Este país hace especial hincapié en celebrar los logros de sus notables (los propios y los que se apropian), honrar a sus héroes de tantas guerras y conmemorar su larga lista de revueltas populares. Hay muchos monumentos erigidos en recuerdo de las batallas y las revoluciones, siempre con gran abundancia de banderas tricolores. Me pregunto por qué no les bastará con una sola bandera bien grande, en lugar de arracimar un buen puñado de ellas cada pocos metros. Debe de ser que mi idea del patriotismo, decorativamente hablando, es más bien ramplona ("Sencillez y economía en la casa de María").

- En multitud de esquinas hay letreros que te avisan de que las vídeocámaras te están grabando, por tu seguridad. Me parece que Orwell afinó mucho mejor que Nostradamus sus predicciones, y la del Gran Hermano la acertó de lleno.

- El Anfiteatro romano. Suspiro de admiración. Nada más que añadir. 


Anecdotario:

- Por todas partes hay referencias a la tauromaquia... en la Taberna La Terna, te puedes vestir de torero con tus amigos con trajes de luces auténticos, degustar un guiso de rabo de toro y participar en el festival de sevillanas. Muchas tiendas exhiben pinturas, libros, hasta cabezas de toro disecadas, abundando en el tema. Supongo que es una fuente de ingresos muy valiosa para los locales.

- Estación de Nîmes, esperando el tren a Avignon: un joven viajero deja en el suelo su mochila y espontáneamente se pone a tocar el piano del vestíbulo, que por lo visto es de libre acceso. Nos obsequia con una versión algo titubeante pero entusiasta de "Viva la vida" de Coldplay. Luego se arranca por "Divenire" de Ludovico Einaudi, que se le da mejor. Bless him. (Más tarde me doy cuenta de que no es tan espontáneo: un grupo de jóvenes espera su turno. Deben de ser estudiantes de música que vienen aquí a practicar y ensayar, una chica en concreto toca con gran nivel, improvisando variaciones sobre "La la Land").

- La ventaja de ser insomne es que puedo madrugar y bajar a callejear justo cuando ya clarea y la ciudad se despereza. Ese momento, junto con el de la primera hora de la tarde, en la pausa del almuerzo, cuando parece que el mundo se toma un respiro, son mis momentos mágicos del día. 

- Ya he visto en multitud de sitios carteles con instrucciones de qué hacer en caso de atentado. Los pelos de punta. 

- He estado a punto de meterme en el tren equivocado en dirección contraria a Avignon....  ay ay ay, la niebla cognitiva (es que el destino empezaba también por "A"). 

RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...