16.5.25

Me reencuentro con Francia como con una vieja amiga a la que ves sólo de década en década, pero que cada vez que coincides con ella es como si la hubieras dejado con la palabra en la boca ayer mismo, y hoy ya por fin puedes reanudar la conversación justo donde lo habíais dejado. Así que le doy la oportunidad de hablarme a este bello país al que desde la cara sur de los Pirineos le tenemos rabia-rabiña, por razones justificadas o no tanto, pero que siempre termina influyéndonos. Porque queramos reconocerlo o no, es nuestra salida natural, mapa mediante, a otra amplitud de miras y de territorios, Europa arriba. 

Mi intención primera era dirigirme directamente al País Vasco francés, en los Pirineos Atlánticos. Pero desde Madrid las rutas del ferrocarril no me eran propicias, porque convertían el viaje en una odisea de transbordos con hasta ocho horas de espera. De modo que he optado por la misma ruta que ya realicé hace seis meses (tanto? como pasa el tiempo!) y entro en Francia desde Figueras a Perpiñán pero en vez de continuar hacia Marsella, hago un solo transbordo en Narbona y allí cojo un tren en el sentido contrario, hasta Toulouse, para enlazar desde ahí la línea que lleva a la costa Atlántica. Por cierto que, debido a mi eterno despiste cósmico-existencial, estoy convencida de haber visitado Narbona hace seis meses... pero en el andén de la estación caigo en la cuenta de que la estoy confundiendo con Nimes. Hélas, con veinte minutos de intervalo entre trenes y un alojamiento ya pagado en Toulouse no puedo cambiar el plan sobre la marcha, de modo que... au revoir, Narbonne! Otra vez será. [Es aún peor: días después reviso mis reservas de hace 6 meses, y resulta que uno de los primeros sitios donde me alojé fue en... Narbona. De modo que no me puedo ya fiar ni de mis recuerdos ni tampoco de mis no-recuerdos... ].

Toulouse me recibe con un chaparrón primaveral, por lo que tras siete horas de viaje decido no salir, después de todo son las 21:30 y estoy muy a gusto en mi apartamento, que es diminuto pero está muy limpio. Además la decoración es de Maisons du Monde, mi tienda preferida, de modo que me embarga algo parecido a la felicidad doméstica mientras me asomo a la ventana  con vistas al Canal del Midi (literalmente en la esquina del boulevard Paul Riquet, el artífice de esta maravilla de la ingeniería del s XVII). Estoy en una casa tradicional de la calle Colombette, y a mi puerta se accede por una escalera interior de un patio muy antiguo, pero remodelado con gusto. Esta es una ciudad de patios serenos y acogedores, como ella misma. 

El día siguiente me lo paso entero andando hasta el agotamiento, recorriendo cada rincón del casco histórico de la Ville Rose, sobrenombre que se debe a que aquí la mayor parte de las construcciones son de ladrillo cocido, por lo que al atardecer en la paleta de colores predomina un tono rosáceo. Algunas fachadas de ladrillo han recibido un tinte amarronado adicional para no defraudar, pero obviamos esa pequeña astucia (que es un término más amable que trampa). Toulouse o Tolosa, como la llamaron los romanos, es una de esas ciudades de mediano tamaño donde la vida transcurre sin prisas y la gente se sienta a conversar o, maravilla, a leer. Es recoleta, en el sentido de tranquila. Veo muchas bicicletas y bastantes guitarras, partidas de cartas sobre mantas de picnic en los parques, y terrazas a rebosar de conversaciones y risas durante el apéro o aperitivo, que aquí se toma al caer la tarde. En el centro predomina la "joie de vivre", porque lo que me cruzo son franceses que por su aspecto se la pueden permitir holgadamente, y extranjeros encantados de turistear emulando un modo de vida que por típico y tópico no es menos apetecible.

Imagino que en los barrios alejados de este idílico parque temático la vida será muy diferente, sin tanta "joie" sino más bien un desafío para "vivre" con algo de dignidad en condiciones adversas. No lo he visto, sólo lo supongo dados los problemas que las banlieus plantean en cada ciudad de este país, un reto que los sucesivos gobiernos no han sabido afrontar. Una de las últimas películas que más me han impresionado es Les Misérables (2019) de Ladj Ly. Está rodada en el barrio donde Víctor Hugo escribió su obra homónima, ahora convertida en extrarradio marginal de París, y nos muestra que muy pocas cosas han cambiado en un siglo y medio.

Pero volvamos al apacible casco histórico en forma de corazón, abrazado en un principio por el río Garona y más allá también circundada por el Canal del Midi, que la Ciudad moderna por supuesto se ha saltado para seguir expandiéndose. 

En este punto me marcho a turistear. Seguiré cuando vuelva a casa. 




13.5.25

Vuelta a las andadas

En Madrid, con el equipaje preparado (mis fieles Doña Resilia y Resilita me esperan junto a la puerta) porque al fin puedo reemprender la marcha tras la convalecencia. Han pasado dos meses desde que escribí la última entrada de este blog desde Bucarest.  Al principio pensé que era un simple resfriado. Luego, que era una gripe. Acabé haciéndome la prueba del COVID y la gripe A, que dieron negativas. Tuve fiebre, pero bajó con lo que me vendieron en la farmacia. Me pasaba el día y la noche tosiendo, dormía sentada. Al toser expulsaba flemas, pero no me alarmé porque soy asmática y eso no me resulta ninguna novedad. 

Quizá tuve mala suerte, pero mi primer alojamiento en Bucarest, un apartamento contiguo a la plaza Michail Kogalniceanu y junto al elegante Boulevar Regina Elisabeta, resultó ser un edificio tipo soviético, con un ascensor que parecía la celda de castigo de un gulag, y donde las tuberías apestaban a podredumbre y soltaban cucharachas. Para colmo, por las noches oía con alarma gritos y sirenas desde la cama, porque había fuertes enfrentamientos de manifestantes con la policía frente al cercano parlamento, (una monstruosidad de edificio perpetrada por Ceaucescu, uno más de entre sus incontables crímenes). 

Para huir de mi insalubre apartamento y alejarme de los disturbios, me mudé a un barrio residencial con solera, al otro lado del río Dambovita, más abajo del barrio de Uranus y junto al Parque Carol I, en una colonia de preciosas villas modernistas y art decó. Mi hotelito estaba en una de esas villas, en la calle Cornelia. Hasta allí me persiguieron las tuberías podridas y las cucarachas. El interior del hotel había sido reformado en los noventa, seguramente confiando en que tras la ejecución de Ceaucescu vendrían tiempos mejores, y con ellos los turistas. 

Claramente aquel optimismo había desaparecido, junto con el lustre y la higiene. La decoración estaba dedicada a diosas del cine de los sesenta. De hecho sobre mi cama había un fotograma ampliado de una escena de Le Mépris, aquella película de Godard sobre una novela de Moravia, en la que las relaciones humanas se deterioran debido a la indiferencia por un lado y la agresividad por el otro. En la foto, Michel Picoli contemplaba con total desidia a una Brigitte Bardot recostada en un diván. 

La escena, bajo la que pasé tantas horas de enfermedad, podría ser un compendio de mi estancia en esta bella ciudad, que lamento no haber podido explorar más a fondo porque sin duda tiene una personalidad poliédrica muy reveladora de las diferentes etapas por las que ha pasado. En mi primera semana allí, pese a no encontrarme bien, pude pasear bastante, y cuando me fallaron las fuerzas me dediqué a coger autobuses. Creo haber visto lo esencial, tanto en el casco histórico como lejos de él, pero no descarto volver a completar mis impresiones bajo una luz menos teñida por el malestar. También debo decir que tuve algún encontronazo que otro en tiendas, bares y autobuses con ciudadanos, digamos, poco acogedores. Quizá yo no estaba muy predispuesta a socializar y ellos ya me dejaron bien patente que tampoco. No encontré malas formas en el centro más turístico, sino en los barrios. 

Creo que las condiciones de vida para la mayoría de ciudadanos de Bucarest no deben ser nada fáciles, lo que puede explicar una cierta actitud sombría y hasta beligerante que está latente en algunos de ellos, no en todos, por supuesto, porque a mí me han tratado con educación en su mayor parte. Pero no es sencillo ser simpático cuando te va mal en la vida, y las condiciones de vida me parece que son duras por allí. 

En relación con esto, recuerdo haberme preocupado cuando vi detenerse un tranvía y bajarse sin prisas a su conductora, una mujer de corta estatuta, portando una barra de hierro. A continuación empezó a golpear el suelo con toda su alma. Los pasajeros no parecían inmutarse, por lo que deduzco que este peculiar procedimiento era habitual. Tras un buen rato y unos cuantos porrazos metálicos bien sonoros, pareció satisfecha con el resultado y volvió a subirse al tranvía, que lentamente reemprendió la marcha. Muerta de curiosidad, me acerqué y pude ver que la chica había tenido que recolocar los raíles, que por falta de mantenimiento estaban encastrados en un hueco demasiado holgado en el pavimento. De modo que los usuarios de esa ruta en concreto ya saben que tienen que escoger entre esperar un tiempo extra, o descarrilar. 

El caso es que, tras tres días en el hotel, una mañana me desperté y me faltaba el aire. Me planteé ir al médico, pero aunque Bucarest se moderniza por momentos, no me convencían del todo las malas condiciones de mantenimiento que había observado no sólo en mis alojamientos, sino en multitud de edificios y calles por todo el centro. Repito que quizá he tenido mala suerte, y mi malestar creciente ha podido oscurecer mi criterio, pero el caso es que no me sentía nada cómoda. 

Cuando empecé a encontrarme realmente mal, recordé una charla de Javier Reverte a la que asistí hace muchos años, en la que él y un amigo suyo diplomático rememoraban sus vivencias en Roma, a la que Reverte había dedicado un libro, "Otoño en Roma". Y su amigo, medio en broma medio en serio, dijo que la Ciudad Eterna era maravillosa, pero que los españoles que vivían allí sabían que "la mejor ambulancia de Roma es un avión [de vuelta] de Iberia". De modo que yo cogí mi propio avión de vuelta.  Un vuelo de Air Europa, aunque operado por Tarom, las líneas aéreas rumanas, con las que ya había volado desde Sofía a Bucarest. En estos añosos aparatos no se puede controlar bien la ventilación en cabina, y aunque cierres el ventilador sobre tu asiento, hay una fuerte corriente de aire permanente. Pasé las cuatro horas y media de vuelo con la mascarilla y el anorak puestos, pero para cuando llegué a Madrid había empeorado bastante. Al día siguiente me diagnosticaron una neumonía, que afortunadamente cedió a los cinco días gracias a un antibiótico de amplio espectro. Me ha costado unas cuantas semanas recuperar las fuerzas, pero ya estoy dispuesta a patearme el resto del itineario imaginario que me permita mi ya menguado presupuesto inicial.

Y este es el motivo por el que tengo ya billete de tren para llegar mañana a Toulouse, desde donde pretendo acercarme a Arcachon y luego a Burdeos. Mi intención es ir subiendo por Francia hasta, en el Mar del Norte, desviarme camino de los países escandinavos, y desde allí retomar mi itinerario original, pero bajando por el mapa en el sentido de las agujas del reloj, es decir, pasar por las repúblicas bálticas, luego por Polonia y Hungría, y desde allí girar hacia Alemania para volver a atravesar Francia, desde Alsacia a Bretaña y Normadía, para luego intentar dar el salto a Gran Bretaña, donde me gustaría, si aún me queda algo de dinero, recorrer Escocia, bajar a Yorkshire y los Lagos, Gales, Cornualles, desde donde me gustaría pasar al norte de Portugal y .... a esas alturas ya me temo que me denegarán la tarjeta de crédito en todas partes y tendré que decidir entre mendigar, vender mi cuerpo (a la ciencia como único postor) o decidirme a volver de una vez a la puñetera rutina de todos los días.

Veremos hasta donde llego.

11.3.25

Llevo cuatro días en Bucarest y de momento lo único que he visto de esta hermosa y extensa ciudad ha sido un supermercado, dos farmacias y tres tiendas de decoración. El motivo es que el resfriado que ha viajado conmigo desde Sofía ha decidido empeorar aquí en Bucarest, y los Paracetamoles me tienen baldada, con lo que no he tenido más remedio que resignarme a quedar encerrada en el pequeño estudio que he alquilado. Sólo se trata de un fuerte constipado, pero he tenido un poco de fiebre y eso siempre me tumba (literalmente).

Llegué un viernes noche desde Sofía. Mi enfriamiento se ha complicado, tras un vuelo de cincuenta minutos en un avión rumano donde la ventilación no se podía controlar del todo desde cada asiento. El sábado bajé un momento al supermercado y a buscar una farmacia, y compré lo esencial para sudar el constipado en la intimidad. El domingo, al no haber mejorado gran cosa, decidí continuar con el confinamiento y aprovechar que el estudio incluye una lavadora para lavar a conciencia mi ropa más impresentable (los gemidos lastimeros de esta venerable máquina me dieron tanto miedo a que se me rompiera en las manos, que el lavado se quedó sin finalizar del todo... pero eso es otra historia).

Tuve que agradecerle a mi malestar pasajero que me librara de un susto. Resulta que mi alojamiento es muy céntrico, y el gigantesco palacio presidencial de Ceausescu, actual parlamento, está sólo a quince minutos. Unos minutos más allá queda la Junta Electoral Central. 

El domingo por la tarde, desde la cama, empecé a oír sirenas policiales y gritos que sonaban a proclamas. Luego me enteré de que provenían de esa zona. Consulté las noticias online por si se trataba de un choque entre aficionados futboleros, pero pronto ví que la cosa era más grave. 

La junta electoral ha desestimado la candidatura electoral de un tal C. Georgescu, anulando sus posibilidades de presentarse a las próximas elecciones, que tendrán lugar en mayo. Estos son los hechos. Los motivos de tal decisión parecen radicar en que este Georgescu es un extremista de la derecha populista más radical, y según algunas fuentes se trata de un agente de Putin, porque fue favorecido por la inteligencia del Kremlin para quedar primero en la ronda electoral anterior. El argumento de la junta para apartarle de la carrera electoral es que él no respeta las reglas del juego democrático. Esto yo ya no lo puedo corroborar ni desmentir, sólo anoto lo que he leído en los noticiarios (en mi ingenuidad, aún soy de las que consideran la BBC como una fuente de información más o menos solvente en cuestiones de política exterior). El caso es que los partidarios de Georgescu organizaron una protesta, que en un momento dado derivó en enfrentamientos muy violentos con la policía. Varios agitadores fueron detenidos y varios manifestantes y policías resultaron heridos. Todo esto a poca distancia de mi casa, y mientras tanto yo reposando en la camita, dulcemente arropada por mi edredón. Bendito resfriado. 

Esta mañana parece que me encuentro algo mejor, y me aventuro a bajar a la calle. Pero por mala suerte, cuando abro la puerta del estudio para salir, la corriente que se forma con la ventana abierta tira al suelo un marco y un adorno. El marco contiene una foto de Kate Moss, pasando un mal momento (el marco, no ella.... aunque bien pensado, ella también). El adorno me ha dado más rabia, porque era muy bonito: unas letras labradas en madera formando la palabra "dreams", que como decoración en un dormitorio es tanto una muestra de coherencia como de buenos deseos. Pero los sueños en esta ocasión se han hecho añicos. 

He intentado localizar a mi casero, pero con al menos dos plataformas intermediarias de por medio ha sido imposible, y tampoco me cogían el teléfono, de modo que he decidido por mi cuenta y riesgo reponer lo dañado con artículos similares, enviar fotos de la sustitución, y así evitar que me reclamen un sobreprecio por daños en una decoración ya ajada, que no deja de ser del estilo de la archiconocida república independiente de tu casa, o sea, que cuesta cuatro duros y está fusilada en cualquier tienda de los chinos. No estoy en condiciones de disfrutar de una visita turística hasta que me encuentre mejor (mañana por fin, espero)... pero sí me veo con ánimos de hacer un recado. 

Me pongo la gabardina (hace demasiado calor para el plumas) e inicio una investigación de mercado por los alrededores, en la que me siento un detective de serie cutre de los 1980s buscando a un desaparecido, porque poca gente capta el concepto "wooden decorative letters", y tengo que ir enseñando la foto de los sueños truncados a los dependientes. Mi alojamiento está muy céntrico, pero yo estoy aún convaleciente y me noto débil para andar mucho rato seguido, de modo que cojo varios autobuses. Encuentro un marco idéntico al que se ha roto. Las letras de madera, no. No me importa demasiado el trasiego, porque paso de un autobús a otro y resulta ser una forma estupenda de ver la ciudad sin tener que cansarme recorriéndola a pie.

Al volver a casa, me devuelven la llamada los intermediarios y me dicen que no me preocupe por los sueños truncados, que ya he hecho bastante. Pero me da pena quedarme encerrada de nuevo, es sólo media tarde. Para cuando he querido dejar los autobuses y aventurarme a dar un pequeño paseo yo sola, me he encontrado con que aún es pronto para proponerse retos, porque he llegado a la monumental plaza de la Universidad, que está a 17 minutos de donde yo me alojo, jadeando y con las piernas temblonas. Decido que en estas condiciones no voy a disfrutar de Bucarest como merece, y que debo esperar al menos un día más a recuperar mis fuerzas.

Al volver a casa desde la universidad, estoy tentada de acercarme al palacio presidencial de Ceausescu. Lo he visto desde el taxi que me trajo del aeropuerto, y es de un mal gusto espectacular que me resulta fascinante. Yo sabía de la existencia de este edificio porque tengo edad de recordar con detalle la ejecución de Ceausescu y su mujer en 1989, poco después de haber intentado calmar desde sus balcones la furia de los rumanos, que le abucheaban congregados en la plaza. Me intriga muchísimo esta mole, el palacio civil más grande de Europa (el mayor palacio de uso monárquico es nuestro Palacio Real) porque se trata de la expresión más pura de hasta donde puede llegar la megalomanía desmelenada cuando el culto a la personalidad de un tirano se sale completamente de madre, y nadie parece capaz de frenarle. Actualmente, esta cosa tremenda alberga el parlamento, como se encargó de explicarme mi joven taxista el viernes cuando pasamos por delante. A continuación, pasó a ilustrarme en tono didáctico sobre lo que es un parlamento y para qué sirve. Ay, divino tesoro. 

En el último momento decido dejar la contemplación del parlamento para otro día, porque necesito descansar. Y es así como, por segunda vez, mi resfriado me libra de mezclarme con la algarabía de las protestas callejeras, porque nada más subir oigo de nuevo sirenas y proclamas desde mi ventana... Enciendo la tele rumana, y veo en directo como los seguidores de Georgescu se manifiestan frente al parlamento. Son sólo unos cientos y están bien custodiados por la policía, pero claramente se les ve con ganas de armarla de nuevo, a juzgar por las declaraciones sobreactuadas que ofrecen a los reporteros. 

Conclusión:

Dado que no he podido ver casi nada de Bucarest en todo este tiempo, voy a prolongar mi estancia una semana más. Pero en otro alojamiento, un hotelito cuqui que está de oferta. Y, más importante aún, está lejos del parlamento. Parece que los cabecillas de la guerrilla urbana fueron detenidos ayer lunes, pero con los agitadores nunca se sabe. 

7.3.25

En el aeropuerto de Sofía, haciendo tiempo para embarcar rumbo a Bucarest. He pasado una semana estupenda en Bulgaria, disfrutando además de una primavera adelantada, con cielos despejados y temperaturas de hasta 20°C por las tardes (salvo el primer día, en que me empapó la lluvia). Los búlgaros están encantados y algunos hasta se han puesto en manga corta. Me comentan que debería estar nevando todavía, de hecho hay mucha nieve acumulada en las montañas, incluida Vitosha, la más cercana a Sofía. Yo me he enfriado un poco, como resultado de la variación térmica. Nada de importancia, aunque la medicación me provoca un sueño y una desgana invencibles.

Antes de llegar, no sabía que el origen de Bulgaria se remontaba a los antiguos tracios, ni que había sido muy poderosa en la Baja Edad Media. También ignoraba que estuvo bajo dominio otomano quinientos largos años, hasta que fue liberada tras la guerra ruso-turca en el último tercio del XIX. 

Sofía, ciudad de la que lo desconocía absolutamente todo, me ha sorprendido por su vitalidad y su gran variedad de estilos. Tomada en su conjunto, no es un lugar pintoresco precisamente, sino más bien utilitario, sobre todo en sus barriadas de la época soviética. Pero en su zona monumental hay reliquias de la antigua villa tracia de Serdica, y sobre todo preciosos edificios señoriales del estilo que aquí llaman el renacimiento nacional búlgaro (s. XIX). Las principales arterias comerciales y plazas están muy animadas por las tardes, y a mí me ha resultado muy agradable pasear por ellas escuchando a los músicos callejeros, curioseando en los mercadillos y cruzándome con gente que no lleva demasiada prisa. 

Entre los lugares históricos que he visitado, aparte de la capital, se encuentran Veliko Tarnovo, Rila, Plovdiv, Starosel y Koprivshtitsa. Me he dejado otras zonas montañosas y la costa del Mar Negro para mejor ocasión, por los motivos acostumbrados: debo racionar el presupuesto entre las diferentes etapas del viaje si quiero seguir viajando por otros países. Estos paisajes y estás gentes son merecedores de que las descubra en mayor profundidad, así que si no suben mucho los precios me planteo volver en algún momento a rellenar los huecos del itinerario. 

Notas de algunas cosas que me han llamado la atención:

- En Sofía hay una impresionante catedral ortodoxa dedicada a San Alexander Nevsky. No tenía ni idea de que era santo, porque de lo único que me sonaba este señor era de la película de Eisenstein. (Hay una estupenda escena de la batalla en la nieve en la que el ejército de Nevsky se enfrenta a los caballeros teutones, y en la que la inspirada música de Prokofiev es un proyectil lanzado contra el espectador. Quién necesita efectos digitales cuando una orquesta y un coro se aplican en ponerte los pelos de punta). 

Pero a mí me gusta más la iglesia rusa de San Nicolás el Milagroso, que no tiene esas enormes cúpulas doradas, sino que son de un tamaño más abarcable, y además está decorada con azulejos Art Nouveau. Hasta aquí vino un miembro de la familia del zar ruso para inaugurarla, y ha sido el templo de la comunidad rusa en Sofía desde entonces, incluso durante la época soviética. 

- También hay una mezquita principal, la de Banyia Bashi, y una sinagoga sefardí muy bonita (de nuevo Art Nouveau). En esta última se permite la entrada a visitantes, y vuelvo a pasar por exhaustivos controles de seguridad, como en la de Estambul. Dentro, entre otras cosas como una maravillosa lámpara colgante, hay mucha información sobre todas las sinagogas sefardíes, muchas ya desaparecidas, en Bulgaria. Me asombra que tengan nombres hispánicos a veces alejados de la religión, como por ejemplo "el cortijo grande". 

- Descubro que hay un gran mercado al aire libre llamado el Mercado de las Mujeres o Zhenski Pazar. Venden artesanía, lácteos de todo tipo, carne, frutas y verduras. Está situado en el triángulo que llaman de la tolerancia, equidistante entre tres templos de las tres religiones monoteístas. 

Los tipos de los vendedores son en general un poco toscos, abundan los rostros de labriegos curtidos por las inclemencias. Muchas de las mujeres me parecen poco femeninas. Hay muchas cartelas con fotos antiguas del mismo mercado en épocas anteriores, donde se pueden ver los campesinos que vendían allí sus mercancías, vestidos a la manera tradicional, con una mezcolanza de prendas eslavas y turcas. Por su apariencia me doy cuenta de que las tradiciones búlgaras son un híbrido. Más tarde, un guía me explica que son el resultado de las influencias de muchas culturas, y que ese es el motivo de que los pueblos eslavos que han estado en contacto con los otomanos conserven muchos recuerdos orientalizantes. 

- En mis paseos, descubro muchas casas preciosas de principios del s. XX, la mayoría muy bien cuidadas. Pero al alejarme me encuentro con barrios más descuidados. Uno de ellos parece un reducto de gente joven alternativa, la eterna vie bohème en su penúltima reencarnación. En las excursiones tengo la ocasión de ver la cara B de esta ciudad desde la ventanilla del autobús. Hay barrios semi chabolistas de gitanos marginales, donde las calles embarradas no tienen acerado y hay muchos solares con una pila de escombros, restos de lo que fue una casa. Pero en el centro hay muchos edificios señoriales magníficos, algunos de estilo parisino o vienés, otros de la época soviética. Esta es una ciudad de contrastes. 

- Lo que no me gusta de Sofía es que hay vallas que recorren el perímetro de avenidas enteras, y muchas veces impiden el poder cruzar a la acera de enfrente, lo que obliga a retroceder un largo camino, desandando lo andado. Para cruzar estas avenidas valladas se utilizan largos pasos subterráneos que a veces tienen locales comerciales abiertos, y otras veces no son más que un lóbrego pasadizo deshabitado. Yo he intentado evitar tener que recurrir a estos pasadizos, pero a veces no he tenido más remedio. Salvo en las estaciones de metro, donde siempre hay mucho gentío, la verdad es que me ha dado miedo tener que ir sola por el subterráneo y he tenido que esperar a que apareciera alguien para seguirle por el túnel. 

- Mi hotelito monoestrella está cerca de la estación de autobuses, y a corta distancia del puente de los leones que conduce al centro histórico. No es caro y está limpio. Pero la ducha es italiana, es decir, que consta de todo lo necesario salvo del plato de ducha. La alcachofa apunta directamente al suelo del cuarto de baño, que está rebajado en desnivel de forma que el desagüe situado en el centro no forme charcos. Pero al ducharte es inevitable que salpiques los sanitarios y, si no tienes cuidado, el toallero y las repisas con todo su contenido. Yo ya tengo experiencia en esta modalidad de ducha desde que pasé una semana en Florencia, donde yo y mi compañera de piso, tras ducharnos, tirábamos una toalla y bailábamos la conga sobre ella, para acá y para allá, hasta secar al menos el suelo. 

- El estado de las carreteras búlgaras es lamentable. Me cuentan los taxistas y el guía que se hicieron obras en algunos tramos con fondos europeos para cubrir el expediente, pero que la corrupción de las autoridades ha impedido una reforma efectiva de la red viaria. Cualquier recorrido es una tortura para los pasajeros, y también para la suspensión de los vehículos. 

- Voy por mi cuenta en autobús de línea hasta Veliko Tarnovo, la antigua capital histórica en tiempos de los zares búlgaros medievales. Es un lugar bellísimo que me deja maravillada. No tengo tiempo de visitar la enorme fortaleza porque debo ajustarme a los horarios del transporte público (son tres horas de carretera, más los atascos). Pero no me importa, porque prefiero caminar por la ciudad alta y luego bajar hasta la pedanía que se asienta al nivel del río Yantra, y cruzar su puente de piedra. Me enamoro de la pintoresca calle Gurko, que se ha conservado tal cual se la encontró este general ruso, de quien lleva el nombre, cuando la liberó de los otomanos en el s. XIX. Qué preciosidad de ciudad. 

- Dado que las distancias hasta los lugares de interés se alargan más de la cuenta por el mal estado de las carreteras, decido contratar un circuito de dos días con guía y noche de hotel intermedia. Pero cuando llega la hora de recogerme en mi hotel, me encuentro con la sorpresa de que voy a viajar en el coche del guía porque soy la única viajera. Todavía es temporada baja, y la mayoría de turistas llegan con el paquete contratado desde su país de origen. 

Ya he estado en un circuito privado en Capadocia y este chico se ve muy formal, así que me embarco en el viaje como quien se prueba un traje hecho a medida. Y resulta ser una experiencia muy agradable. El guía es un aficionado a la historia y me beneficio de sus conocimientos. Me enseña muchos rincones de las ciudades, los yacimientos y las aldeas que visitamos, y me explica el origen de las tradiciones, me relata como se dio lugar al renacimiento búlgaro, me habla de los tiempos de la dominación otomana, de la soviética y de como los búlgaros han adoptado una nueva mentalidad y otra forma de vida desde la caída del muro para acá. 

- Este guía me lleva al monasterio de Rila, a la ciudad de Plovdiv, donde hacemos noche, al templo de los antiguos tracios en Starosel, y a la villa de Koprivshtitsa. Según avanza el recorrido, cada lugar que visitamos me gusta más que el anterior. 

Del monasterio de Rila lo que más me impresiona son los frescos de su templo, y la torre donde vivía el destacamento militar que protegía el valioso patrimonio allí atesorado de los ladrones comunes. 

De los templos tracios me gustan las montañas donde se erigieron, pero a estas alturas de mi viaje he visto tantos yacimientos de todo tipo y condición que sufro un empacho de ruinas ilustres, y si soy sincera los pueblos remotos no consiguen atrapar mi interés tanto como las épocas más recientes, con las que puedo empatizar mejor. Sé que es una barbaridad por mi parte, pero es así.

En cambio, la ciudad de Plovdiv me entusiasma. No sólo es la capital cultural de Bulgaria (ha sido elegida capital europea de la cultura en dos ocasiones), sino que goza de una vida en sus calles que da gusto verla. Es una ciudad universitaria (cuatro universidades) y los estudiantes le aportan mucha alegría, pero además tiene unas ruinas romanas integradas en el casco urbano (un teatro, un estadio) más mezquitas recuerdo de los otomanos, más muchos edificios bellísimos del renacimiento búlgaro (s. XIX). 

En Plovdiv, me alojo en un hotel que regenta un amigo del guía, en la zona más antigua, donde las calles están adoquinadas y las casas salvan los desniveles de las empinadas cuestas. En esta zona, las casas lucen llamativos colores, y están decoradas en la fachada y el interior con primorosos frescos de motivos florales tradicionales. Mi hotel es un buen ejemplo, y aunque se trata de una casa restaurada hace pocos años, han tenido el buen gusto de recrear el estilo típico, y según me informa el dueño, los artesanos que pintaron las flores y las molduras en las paredes y el techo de las habitaciones son los últimos en activo que se dedican a este arte. Cada vez que subo o bajo por la escalera de madera, me creo en una película de época. Qué placer comprobar que hay gente que aún cuida las tradiciones con mimo, intentando preservarlas contra viento y marea. 

Más adelante, el guía me cuenta que su amigo es todo un personaje en el mundillo cultural de Plovdiv, que emigró a América y allí ahorró durante años para poder volver y montar este hotel. 

Plovdiv tiene un distrito céntrico llamado Kapana, que significa "la trampa". La razón de este nombre tan intrigante es que está repleto de bares y restaurantes con terrazas a la calle, donde acuden propios y extraños no sólo el fin de semana, sino también los días de diario. Y como se trata de un dédalo de calles un poco intrincado y a los búlgaros les gusta beber, me cuentan que llega un momento de la noche en que cuesta trabajo orientarse para salir del laberinto. A mí no me hace falta beber para experimentar problemas de orientación, la verdad. Acudo a cenar allí y me encuentro con un ambiente que me recuerda mucho al del centro de Madrid, donde si no has reservado de antemano a veces no encuentras fácilmente una mesa libre. 

La villa histórica de Koprivshtitsa me deja impresionada con su belleza, y también me impresiona la ídem de Todor Kableshkov, el héroe nacional búlgaro que allí organizó una revuelta contra los otomanos, prendió la mecha de la revolución contra la opresión, y murió por la causa, suicidándose antes de tener que delatar a los correligionarios que habían conspirado junto con él. Es que el hombre era bastante guapo, y no hay nada como un héroe romántico bien parecido para encender la imaginación. Visitamos su casa, que es de madera con base de piedra, y allí hay muchos objetos y muebles que dan una idea de cómo vivían las familias búlgaras de clase acomodada a finales del XIX. Las vestimentas que allí se muestran tiene un aire turco, en varias estancias hay largos sofás pegados a lo largo de las paredes, y en el comedor hay una mesa baja con cojines alrededor para sentarse en el suelo. Me dice el guía que estas costumbres traídas por los otomanos ya se van perdiendo, pero que en su familia, por Nochebuena, hacen una cena muy tradicional, y conmemoran esa ocasión especial sentándose sobre cojines para comer. Son reminiscencias de un pasado no tan lejano en realidad. 

- Pruebo algunos platos búlgaros que me gustan mucho, pero no me resulta fácil retener sus nombres. En Rila comemos a base de banitsas, que son como unas tortitas de masa frita que se untan con queso fresco y mermelada de fresas. Aceitoso, pero gustoso. En un restaurante típico encantador de Koprivshtitsa tomo también pogacha, como una torta de pan caliente que me resulta demasiado contundente, pero que está muy buena. También nos sirven kavarmá, que es un estofado de carne con verduras servido en una cazuela de barro con diseños tradicionales. Muy bueno. El sírene o queso frito también me gusta. Me entusiasma mucho menos una bebida típica de color marrón a base de cereales y cuyo nombre he olvidado. Me resulta empalagosa hasta lo imposible. Las famosas ensaladas búlgaras la verdad es que no llego a probarlas. 

Anecdotario:

- En la recepción de mi hotel en Sofía me dan la bienvenida colocándome una martenitsa, o pulsera hecha con un cordel de hilos blancos y rojos entrelazados, del que penden unos colgantes con esos dos colores. Es el primero de marzo, y me entero de que a partir de esta fecha es tradición que se lleve este adorno en la muñeca durante unos días, para darle así la bienvenida a la cercana primavera. Parece que martenitsa se puede traducir como "abuela marzo". La señora detrás del mostrador de recepción desde luego hace juego con la festividad, porque parece una abuela de cuento, con su larga melena canosa espaventada y una cotorra enjaulada que se hace eco de cada palabra que dice. Casi espero encontrarme con Hansel y Grettel por los pasillos, pero a pesar de tener colgado el cartel de completo, durante mi estancia no me cruzo con nadie. 

- Me cuenta el guía que su hija de trece años está estudiando español como primer idioma extranjero, y que si da la nota requerida, para la nueva etapa de sus estudios intentará entrar en la escuela privada Reina Sofía de España, que según dice es muy exigente. Me alegra que haya una institución de enseñanza en español aparte del consabido Instituto Cervantes. La verdad es que en Sofía me he cruzado con muchísimos turistas españoles, y según he oído también muchos trabajadores cualificados vienen desde España a cubrir algunos puestos, ya que la población búlgara es escasa y no puede por sí misma cubrir todas las necesidades de una economía que está despegando. En la televisión del hotel se sintonizan canales españoles, y algunos comercios tienen carteles en nuestra lengua. Ignoro qué tipo de relaciones comerciales tenemos con Bulgaria, pero deben de estar en un buen momento a juzgar por el interés que muestran aquí por agradarnos. 

- El taxista que me lleva al aeropuerto es muy charlatán, y aprovechando que evitamos un tremendo atasco cortando camino por una barriada gitana, se entretiene un buen rato echando pestes de la etnia caló. Cuando se entera de que vuelo con destino a Rumanía, me advierte que me vaya preparando. Al cabo de un rato el tópico ya está agotado, y entonces la emprende con los ciudadanos de Sofía, que en su opinión son antipáticos y maleducados. Él es de un pueblo cercano a Plovdiv, y eso es otra cosa... Está aquí cubriendo la baja de un compañero, pero no ve el momento de regresar a su terruño. Al despedirnos, le deseo que sus sufrimientos acaben lo antes posible, pero no pilla la ironía. 

- Mi último día en Bulgaria lo paso en buena parte en el aeropuerto, porque con el resfriado tengo unas décimas, y temo congestionarme bajo el sol de castigo con que me despide Sofía. En el aeropuerto, la calefacción no está acorde con los 22°C del exterior, de modo que me congestiono igual.

Y para colmo, el avión hasta Bucarest resulta ser una nave más bien pequeña de dos hélices, algo añosa ya, que tiene un sistema de refrigeración de esos que no puedes controlar desde tu asiento. Me abrigo bien, pero el daño ya está hecho. La febrícula me pone de muy mal humor, y menos mal que el viaje dura sólo una hora, porque la señora mayor con muleta que se sienta a mi lado es de lo más desagradable. Los auxiliares de vuelo no están por la labor de ayudarla, y yo me presto a ello, pero aparentemente lo único que consigo es molestarla con mi mera presencia. Me entra un impulso perverso de fastidiarla, y a las azafatas, y al taxista que me recoge, y al dependiente que me cobra en la caja del supermercado en mi primer día en Bucarest y que me persigue por la tienda como un comisario político. Sin duda mi malestar pasajero me ha agriado el carácter más de la cuenta, pero la primera impresión que me llevo de los pocos rumanos con quienes entro en contacto no es muy estimulante. Visito una farmacia, me venden Paracetamol, y tras un día de descanso y sintiéndome ya curada, me dispongo a cambiar de opinión y patearme esta extensa y hermosa ciudad que es Bucarest.  



1.3.25

Antes de despedirme de Turquía, paso tres días en Capadocia, en Göreme concretamente, adonde llego en un vuelo de 50 minutos desde Estambul. En este paisaje irreal, polvoriento, semi desértico, rodeada de gigantescos pedruscos fálicos, me siento como si hubiera alunizado en vez de aterrizado. 

Leo que este terreno tan particular es producto de la erupción de un volcán, cuya lava, al solidificarse primero y erosionarse después, terminó moldeada con estas formas fantásticas. La piedra es relativamente blanda, lo que permitió a los habitantes de la zona que se pudiera excavar, y los huecos resultantes fueron habitados.  

Mi hotel es uno de tantos en la zona que están excavados en la roca, y por tanto mi habitación es una cueva, un habitáculo de techo y paredes horadadas, situado bajo un enorme peñasco. Cuando me acuesto, no puedo evitar alguna ideación neurótica pensando en todas las toneladas que penden sobre mi cabeza, pero lo original de la experiencia me compensa la aprensión, y hasta consigo conciliar el sueño.

Göreme es una población muy pequeña, y son contadas las calles donde viven los vecinos. En las tres arterias principales se concentran, puerta con puerta, todas las atracciones que esta gente ha inventado para diversión y regocijo de los turistas, o sea, para su propio sustento. Como resultado, cada vez que salgo es como si caminara por un parque temático, un híbrido entre decorado de western y documental de la ruta de la seda. Pero comprendo que los habitantes de Göreme tienen que ganarse el bollo, como diría mi madre. 

El encanto de toda esta región es obra del paisaje, y los añadidos son en realidad superfluos (globos, parapentes, rutas en camello y a caballo, paseos en coches modelo retro 1950s, talleres de alfarería y de tejido de alfombras, derviches, baños turcos, noches folklóricas ...). Las poblaciones no están muy alejadas unas de otras, pero lo desértico del paisaje hace que parezcan aisladas en el tiempo y en el espacio. Los secarrales áridos se alternan con las montañas y con formaciones rocosas de formas fantásticas. Se distinguen perfectamente las capas de distintos minerales por el colorido de las franjas: amarillento, verdoso, rosado. Todo está cubierto por una generosa capa de polvo terroso, que se respira y hasta se mastica cuando sopla el viento. Los maniáticos de la limpieza no podrían vivir aquí. Ni los asmáticos, entre los que me cuento. 

Las enormes formaciones rocosas, producto de la erosión, a mí se me antojan pedruscos fálicos que salpican estos campos yermos. En realidad llevan el casto nombre de chimeneas de las hadas (pero no es en ellas precisamente en quien pienso al verlos). Están horadados a varias alturas, y contienen todo tipo de habitáculos. En algunas zonas, estos espacios dentro de la roca se dedicaron al culto cristiano clandestino desde los tiempos de la persecución de los romanos.

Mire donde mire, me parece que estoy en el Planeta de los Simios, pero con caballos y camellos en vez de monos. O a lo mejor somos los turistas los que hacemos monerías?

Notas:

- Contrato un paso a caballo al atardecer. Mi vértigo no me permite subirme a un globo, pero sí que puedo montar a caballo. Rectifico: no puedo, me cuesta un triunfo encaramarme en la silla de montar, y tras varios intentos tienen que ayudarme primero y empujarme después. Qué útil sería una grúa para estos casos! Paso mucho miedo cuando subimos y bajamos las cuestas, sobre todo porque aunque es un día soleado,la nieve no se ha derretido y temo que mi montura se resbale por el tobogán. Pero no ocurre nada de eso, y disfruto de la belleza del paseo al atardecer. El animal no disfruta, sino que simplemente nos tolera, a mí y a mi miedo, con resignación equina. Hacemos un alto en el camino para tomar un té en una especie de campamento con chiringuitos decorados con alfombras persas. (Los persas han pasado por Capadocia, antes que los griegos, romanos, bizantinos, turcos... y turistas). Me da pena del chaval que nos guía, porque aprovecha para montar el caballo blanco, el más bello, y se nota que ha nacido para ser jinete. Tiene la misma edad que los chicos del grupo de turistas holandeses con el que he coincidido, y sin embargo se le niegan todas las oportunidades que ellos dan por sentadas.

- La temperatura en las cuevas es constante, pero en el exterior hace un frío espectacular por las noches. Escojo cenar en un restaurante familiar de Göreme donde veo que hay una estufa con forma de cocina de hierro, de esas donde te puedes calentar tú y tu desayuno. Pido testi kebab de cordero, guisado sobre unas brasas de carbón en una vasija de barro cerrada con papel de aluminio. Es el plato más tradicional de Capadocia. 

A la hora de servirlo, llega el paterfamilias en persona con un largo cuchillo, y de un golpe certero rompe el cuello de la vasija. La carne se ha hecho en su jugo y está deliciosa, al igual que las verduras. Le pregunto si tienen algún modo de reutilizar las vasijas quebradas, y me dice que sí, porque las hacen añicos hasta convertirlas en un polvillo con el que abonan las vides, para darle al vino un sabor ligado al terreno. Me confiesa que en pleno verano es un sacrificio prepararlo, pero es el plato más demandado. El resto de comensales son jóvenes asiáticos, y todos graban en vídeo la hazaña culinaria. El hombre pasa de una mesa a otra con su cuchillo, como un cirujano en un hospital de campaña tras una batalla cuerpo a cuerpo de las de antes. El local tiene un ambiente muy agradable, y las hijas del dueño son muy bellas. Una de ellas en concreto tiene un perfil de bajorrelieve babilónico. 

A través del cristal veo como los gatos callejeros rondan la puerta, como hacen por todo Göreme, esperando recoger algo de calorcito, y algunas sobras. Teniendo en cuenta que en los restaurantes se aprovechan las sobras, y que somos los comensales los que las consumimos, entonces estos animalitos sólo reciben las sobras sobrantes de las sobras primigenias. No me extraña que maúllen tan lastimeramente. Hasta a mí, que no me intereso demasiado por el mundo animal, me mueven a compasión. Nunca había visto tantos perros y gatos callejeros sueltos por las calles. Los turistas les dan mimos y algo de comer, pero claramente no es suficiente. 

- Intento combinar todas las cosas que quiero ver por lo alrededores en un sólo recorrido, pero las agencias son tan inteligentes que han dividido los principales  focos de interés en cuatro recorridos distintos, y en cada uno de ellos hay cosas que no me interesan. La opción de los autobuses públicos no es demasiado ágil, y no puedo alquilar un coche porque no conduzco. Contrato pues un tour individual en mini van que me lleva por los alrededores durante un día entero, y visito:

• Las iglesias-cueva del museo a cielo abierto de Göreme. En realidad están a sólo media hora de camino, pero ya he respirando demasiado polvo en el paseo a caballo del día anterior, y mis pulmones asmáticos lo van notando, de modo que voy hasta allí en coche. En este recinto al aire libre hay cientos de iglesias excavadas en la roca, con frescos muy bien preservados, donde en los primeros siglos del cristianismo los creyentes podían ejercer su fe a escondidas, huyendo así de las persecuciones. Más tarde, en la Edad Medía, cumplieron la misma función como refugio durante las oleadas de invasiones que sufrió la zona. Esas iglesias son un prodigio de tesón y de lo que ahora llamamos resiliencia. Y de fe, claro. 

• El castillo de Ushisar es en realidad una formación rocosa gigantesca, la más alta de Capadocia. Se utilizó como fortaleza, y en su parte superior fue un baluarte de vigilancia y defensa. Las vistas desde lo alto son más que impresionantes, y tengo que desafiar a mi vértigo un vez más, porque la ascensión por los casi trescientos escalones merece la pena. Mi llegada a la cumbre coincide con la oración del muecín de la mezquita que hay justo al pie, y atesoro otro momentazo memorable en mi memoria. Arriba me toca hacerles fotos a una pareja de novios turcos, a un grupo de amigos chinos y a un chico que me parece japonés. My pleasure. Me dicen que si quiero una foto mía, y declino. I don't care for pictures, thank you. 

Hay otro castillo en Ostahisar, y a este no subo, pero en cambio me tomo un café (turco, por supuesto) en un mirador con unas vistas espectaculares de toda la ciudad. Estoy encantada con el panorama, pero pienso en como será vivir en este lugar tan especial alternando las cuatro estaciones una y otra vez, respirando polvo y viendo pasar los rebaños de cabras y de turistas. Yo creo que no aguantaría ni quince días seguidos, pero durante milenios estas rocas han estado habitadas por gentes con un amor por el terruño del que yo sin duda carezco.

• El Valle de las Palomas deriva su nombre de los palomares que construyeron los habitantes de la zona, excavando las paredes rocosas, para que anidaran estas aves, que no sólo utilizaban como mensajeras, sino también como cagonas, porque sus excrementos eran muy apreciados como abono para el campo.

Confieso que a mí estos animales me dan asco-miedo, de modo que me fijo más en los agujeros que se aprecian en las paredes del valle que en las palomas mismas, que revolotean en bandadas cuando acuden a picotear las semillas que les lanzan los turistas. A mí también me persiguen, pero yo a todos los animales que se me arriman les digo lo mismo: No tengo comidita para ti, así que adiós. Y lo captan a la primera, no porque entiendan español, sino porque creo que descifran el mensaje plasmado en mi cara de pocos amigos. 

• Una ciudad subterránea. Han pasado varios días y he olvidado el nombre de este lugar, porque hay varias ciudades bajo tierra en esta región. Está cerca de Avanos. En estas cavidades bajo tierra no faltaba de nada: establos, despensas, bodegas, cocinas, dormitorios, cisternas y orificios de ventilación. Eran lugares diseñados para hacer vida mientras hubiera que esconderse de los invasores de turno. Parece ser que ahí abajo llegaron a vivir miles de personas. Me da lástima sólo de pensarlo, pero por otra parte creo que al menos tenían esa opción para escapar a la masacre. 

• La ciudad de Avanos. No la visito como quisiera, porque ya ha pasado la hora de comer y estoy desfallecida. El conductor de la mini van me pregunta qué tipo de comida prefiero, y le digo que quiero probar los platos locales. Me lleva a una especie de casa de comidas donde me sirven una plato de carne de caza sobre una salsa base de yogurt. Y para que la flora bacteriana se entere de lo que vale un peine, pido una bebida típica a base de... yogurt aguado y salado. Se llama ayran, y hace muchos años la probé por primera vez en un restaurante iraní de Madrid. Me encanta.   

Anecdotario:

- Lo malo es que hago la digestión en un taller de alfarería tradicional. Este tipo de visitas (a comercios, a talleres, a bodegas etc) son parte obligada de cualquier circuito turístico, y esta en concreto no he podido evitarla porque la agencia me lo ha impuesto. 

Sé de antemano lo que va a ocurrir adentrándome allí en solitario, sin poder camuflarme entre un grupo de turistas. Los acontecimientos me dan la razón. Entro allí con las manos vacías, y salgo de allí con las manos pringadas de arcilla, con el bolsillo menos abultado y con tres platos de cerámica típica que por lo visto necesitaba, de hecho no me explico cómo he podido vivir todos estos años sin ellos. Los artesanos me dicen que son varias generaciones de alfareros. Yo me digo que parece haber recaído sobre mis hombros el sustento de todo el clan familiar. Doña Resilia no me dice nada porque es un objeto inanimado, pero si pudiera hablar me mandaría a la playa, porque todo el peso de la tradición alfarera recae sobre sus cuatro rueditas. 

- El salón del desayuno de mi hotel-cueva es un pabellón acristalado en la azotea, y tiene unas vistas magníficas sobre prácticamente toda la ciudad de Göreme. Madrugo mucho, como buena insomne que soy, y entro allí a las 8,30 en punto todas las mañanas. A esa hora las limpiadoras y los chicos de mantenimiento, todos campesinos, están terminando de desayunar. Responden a mi saludo con la garganta más que con los labios. Las chicas en concreto están enfrascadas en el móvil de una de ellas. En mi primer desayuno, creo que están hablando con alguna conocida por vídeo llamada. Pero al rato me doy cuenta de que no puede ser, porque del móvil salen lloros y suspiros desesperados, y ellas en cambio sonríen mirando la pantalla con arrobo. Me doy cuenta de que están viendo un culebrón, de esos que han dado a Turquía fama televisiva. De modo que todos mis desayunos capadocios están amenizados por lo que en las novelas rosas de la época de nuestras abuelas se llaman protestas de amor. 

- El último día, entra a desayunar un grupo de chicos y chicas, nuevos huéspedes. Les doy el Good morning y contestan con murmullos. No les entiendo. Afino el oído, pero no puedo adivinar qué idioma hablan. La filóloga que aún habita en mí empieza a elucubrar. A ver, no me suena ni a idioma eslavo, ni a nórdico. Será griego? O uno de esos dialectos isleños italianos? Al rato, entra un chico que por lo visto se ha quedado rezagado, y saluda a sus amigos con un Buenos días con acento sureño peninsular... Quiero meterme debajo de la mesa. O la juventud española ya no vocaliza, o yo ya empiezo a ser dura de oído. Va a ser lo segundo, me temo. 

- También desayuna, en la mesa de detrás de la mía, un hombre oriental que encuentro bastante atractivo. Charlamos, y me cuenta que es fotógrafo. Me enseña las fotos que ha tomado al amanecer de los globos aerostáticos que han soltado para los turistas. También está viajando solo, y me muestra los reportajes gráficos de su reciente viaje por España. Los rincones de Barcelona, Madrid, Valencia y Granada que ha escogido denotan buen criterio, y buen gusto también. Me relata su peripecia durante la reciente DANA para poder ser evacuado de Valencia en autobús, junto con otros turistas. Se queja de que no puede viajar por Europa más de tres meses seguidos, y de que para poder renovar el visado de turista debe esperar otros noventa días. Meto la pata hasta las orejas, porque le pregunto irreflexivamente si es japonés, y resulta que es chino, aunque vive en Los Ángeles. Tenía que haberme fijado en su deje californiano, pero se me ha escapado el detalle. (Confirmado: ya no oigo bien...) Su siguiente destino es Ankara, y luego Sofía. Quizá nos crucemos en Bulgaria, quién sabe. 

23.2.25

La reina de las ciudades fue y sigue siendo Bizancio-Constantinopla-Estambul. No hay otra que la iguale ni que se le parezca, es la ciudad por excelencia. He tenido la fortuna de conocer y hasta de residir en lugares renombrados por su belleza, su peso histórico y su espectacularidad, pero no pueden rivalizar con todo lo que ofrecen las orillas del Bósforo. Esa mezcolanza de sensaciones y evocaciones tan propia de Estambul es inigualable, y me sumerjo en ella todo lo que puedo. Aunque debo luchar contra una climatología adversa, porque nieva sin tregua los cuatro primeros días de mi estancia, lo que añade una capa (pun intended) de hermosura al entorno pero que me dificulta el arte de callejear, que es a lo que he venido. Tuve la ocasión muchos años atrás de visitar con detalle los lugares imprescindibles del circuito turístico, y ahora lo que más me apetece es perderme por los barrios (hasta cierto punto) y empaparme del ambiente (y de nieve). 

Intento aprovechar cada minuto en esta maravilla de lugar y termino agotada, porque es una ciudad extensísima que resulta inabarcable. Por las noches caigo como un soldado que ha marchado todo el día para conquistar una nueva colina. En Estambul la vida te sale al encuentro. Y yo quiero encontrarme con ella, metro a metro y cuerpo a cuerpo.  

- Me considero dispensada de visitar los lugares imprescindibles de Estambul. Resulta muy liberador pasar por, pongamos por caso, la Basílica Cisterna y no tener que unirse a la larga cola. En esta ocasión me dedico en cuerpo y alma a observar los contrastes al pasar de un barrio a otro, y de un continente a otro. 

Las zonas que ya conocía de antes, las paso y repaso con placer: 

• Sultanahmet en el lado antiguo (donde está casi todo: Topkapi, Aya Sofía, las principales mezquitas, bazares y enterramientos de sultanes, la cisterna, el hipódromo con sus obeliscos... ). El embarcadero de Eminonu es mi punto preferido para observar a la gente que va y viene. Es todo un compendio de la humanidad. 

• Beyoglu (donde más se disfruta de las vistas al Cuerno de Oro, y donde están los elegantes edificios y hoteles de Pera, incluido el mítico hotel donde Agatha Christie se alojaba). Todo esto en el lado Europeo. También ahí:

• Karakoy (con sus bares) y Galata, con su torre y todo su entorno que culmina en el famoso puente, donde puedes ver cómo tu cena es pescada con caña en el nivel superior y cocinada para ti en los restaurantes del inferior. No recomiendo fijarte mucho en la limpieza de las aguas del puerto porque entonces no cenas pescado.

• Besiktas (donde el palacio de Dolmabahce, al que no le falta de nada y en mi opinión le sobran bastantes cosillas) .

- Cerca de Dolmabahce hay una calle que se llama Akaretler. Es uno de esos sitios dedicados al goce y disfrute de las clases pudientes, que pasean su ocio por los lugares de moda. Preciosos edificios donde leo que habitó la madre de Atatürk. Su hijo, Kemal Atatürk, cuando alcanzó el poder, acabó mudándose al apabullante palacio de Dolmabahce, un poco más abajo. 

- Por cierto que frente al palacio de Dolmabahce hay una buena cantidad de fotos que conmemoran la figura de Atatürk, al que los turcos consideran un santo varón. Fue el creador y primer presidente de la república, quien les libró de los sultanes y les llevó a la modernidad, secularizando el estado, declarando la educación primaria obligatoria, también el sufragio universal (incluido el voto femenino) y transformando su alfabeto árabe en escritura latina. Observo las fotos. No era feo el hombre, y menos mal porque su rostro está omnipresente mires donde mires. Estas imágenes sugieren un culto a la personalidad, pero me guardo mucho de expresar ninguna emoción frente a su imagen, porque faltarle el respeto es constitutivo de delito en este país, donde en cambio el proceso de secularización que él consolidó se está revirtiendo por parte de los islamistas suníes. The irony! Otra ironía: Atatürk acabó con el sultanato, pero no dudó en instalarse en el mejor y mayor palacio construido a orillas del Bósforo por los sultanes. Que una cosa son las nobles ideas republicanas y otra la tentación de emular a los nobles.

- También me acerco hasta barrios en los que no había reparado antes por estar más alejados, y ante la enormidad de la ciudad tengo que recurrir al transporte público por tierra y mar (aire no, que aún no han llegado los taxis voladores):

Adentrándome en el lado antiguo y dejando a mi espalda Sultanameht:

• Yenikapi, la zona que menos me ha gustado pese a estar llena de hoteles. Si te alejas de ellos, por las calles secundarias te encuentras todo un submundo sobre el que en la web del Ministerio del Interior hacen alguna advertencia eufemística (cuidado con las personas que tratan de ofrecer relaciones cordiales... algo así lo llaman). Pero los escaparates de las tiendas de moda infantil y las de trajes de fiesta son una nota de color en este mundo gris. Desde el punto de vista de la etnografía son interesantísimos. Para cualquier modisto deben de ser puro delirio. A mí desde luego me alegraron el día.

• Fatih, me encantó el ambiente de compras de su calle principal, especializada en vestidos de novia con miriñaques tamaño Escarlata O'Hara. Los estambuleños, o como se diga, paseaban desinhibidos bajo los copos de nieve, y era un puro gozo verlos interactuar. Me admira la gente que vive la vida intensamente sin proponérselo. 

• Fener, que tiene todo un barrio de casas de madera otomanas pintadas de colores. Las calles son empinadísimas y ese día había nieve y placas de hielo, pero conseguí callejear agarrándome a todo lo que pillaba. Hay una serie de fachadas en disminución en la colina de las escaleras, pero las casas más famosas, objeto de reportajes en las revistas de arquitectura estilosa, son las de la calle Kiremit. Me quedo mucho rato contemplándolas porque han sido restauradas con gusto y son una preciosidad, y hago muchas fotos a desconocidos de varios países que me lo piden. Por una vez, entiendo que quieran llevarse un recuerdo gráfico. Yo también hago fotos, no es para menos. 

Un poco más arriba hay una escuela con una bella capilla ortodoxa para los hijos de los griegos ricos que viven en la zona. El vecindario es pudiente, pero si doblas un par de esquinas ya no lo es. Contrastes de la vida. 

• Balat es un barrio pegado al anterior. Era una de las antiguas juderías. La zona que yo exploro está bajando la colina, a la orilla del Bósforo. Son calles pintorescas, plagadas de pequeños cafés con encanto, tiendecitas de artesanía y, en las calles menos turísticas, anticuarios y chamarileros. En un escaparate polvoriento alucino, porque me encuentro cara a cara con dos figuras bastante conseguidas de de toro + torero, uno haciendo una verónica y otro lo que creo que se llama una revolera, rodilla en tierra. Soy antitaurina, pero mis padres eran aficionados y terminé aprendiendo alguna cosilla de oídas. 

- En el lado asiático. Tras intentar llegar el día anterior en ferry pero no conseguirlo porque había un barco cada dos horas, consigo llegar en mi segunda intentona, pero cogiendo tres autobuses (el tercero se debe a un malentendido entre Miss Google y yo, y es un microbús que al principio confundo con un transporte que lleva ancianos a un centro de día... qué despiste). Cruzo el gigantesco puente del 15 de Mayo y a cada momento a mí vértigo le parece que el autobús va a caer al agua. Visito: 

• Uskudar, desde donde hay unas vistas estupendas al Estambul más reconocible que queda al otro lado del Bósforo, o sea el extenso skyline de esta increíble ciudad. Se divisan los minaretes y las torres con toda claridad, porque por fin el día es radiante y todo brilla al sol, aunque hace mucho frío y aún restan neveros y placas de hielo por derretir. Hay una mezquita con una fuente enfrente preciosa, y a sobre un montículo veo  una mezquita gigantesca (la más grande del país, con seis minaretes) y la torre de telecomunicaciones de diseño ultramoderno que por la noche se ilumina con colores. Pero lo mejor con diferencia es la bellísima Torre de la Doncella, ubicada en un islote que tengo enfrente del paseo a orillas del Bósforo. Me dicen que es el símbolo de la ciudad. Muchas quisieran. 

En el mirador hay muchos que pescan con caña, y unas gitanas que venden flores, y todo u universo de gentes que van y vienen, como en el 

• Kadikoy, que en el mapa es el barrio de al lado, resulta que queda tan lejos que tengo que coger un autobús. Llego y en seguida me engancha el ambiente fenomenal que hay por sus calles. En la zona más concurrida hay algunas calles y algunos patios y jardincillos que albergan centros culturales medio alternativos, con un aspecto entre neoyorquino y berlinés. 

Debe de ser la zona modernilla, variante hipster, por excelencia. Lo deduzco porque hasta ahora he visto que las parejas homosexuales masculinas y femeninas disimulan en público, pero aquí no. Dentro de la compostura, que este es un lugar donde los comportamientos en lugares públicos están reglados, la autoridad manda mucho y es bien obedecida, según he observado.

• Moda. Dando un paseo que me enamcanta por el barrio, bajo de nuevo a la orilla para ver el embarcadero de Moda. Es, como muchos embarcaderos donde paran los ferries, una construcción art déco con aires orientales. Ahora tiene una función distinta de la primitiva, y es una librería-café con vistas al mar y un ambiente estupendo de gente joven con inquietudes. Desde allí se ve el barrio del mismo nombre, con altos edificios de no menos alto nivel. Me acerco a un par de clubes ribereños de la zona, y las terrazas están ocupadas por lo que en España llamamos pijos. Qué suerte la suya, vivir en una de estas terrazas con vistas al mar de Mármara y tener el yate atracado a pie de casa. 

- Adentrándome en el estuario en ferry: 

• Paso más de una hora en el barco y como veo que el área metropolitana de Estambul no parece acabar nunca, me bajo en Istinye y doy un paseo hasta la llegada del ferry de vuelta, una hora más tarde. Istinye es también un barrio de bonitas casas antiguas de madera de colores, y cuenta con un canal donde hay atracadas embarcaciones de pequeño tamaño, junto con algunas traíñas.  Hay ambiente de terraceo, y leo que es uno de los sitios preferidos por los estambuleños para tomar una copa vespertina lejos del centro. Me parece que está lejísimos, pero comprendo el motivo cuando llega la puesta de sol, que vista desde allí es espectacular.  En el trayecto hasta Istinye se pueden ver desde el ferry muchos yalis (residencias de madera al filo de la orilla) que no son palaciegos, pero que también deben de pertenecer a familias acomodadas a juzgar por lo grandes y elaborados que son. 

Anecdotario:

- Entro en Estambul cual elefante en cacharrería. En el modernísimo aeropuerto, la cola para pasar el trámite de la aduana es más larga que un día sin pan, y la zona horaria de GMT +3 hace que termine recogiendo a Doña Resilia casi a las once de la noche. 

Tengo un taxi reservado, pero me toca esperarlo, ya en el exterior del aeropuerto y a temperaturas bajo cero, porque han aterrizado varios aviones de turistas de países árabes y hay un gentío impresionante con un turno anterior al mío. Cuando finalmente me suben a un euro taxi (para mí sola), nos quedamos atascados largo rato en la carretera, porque cae una intensa nevada y ha habido algún alcance.  Me vienen a la memoria inquietantes recuerdos filoménicos. El taxista, que no habla inglés, también parece pensar que podemos pasar la noche en blanco (excuse the pun) y empieza a cenar. Me ofrece un bote de agua y una naranja, y yo, que he cenado en el avión, saco de mi bolso de Mary Poppins mis barritas de proteínas y una manzana para completar el menú. Parece una excursión escolar, pero en vez del "Carrascal, qué bonita serenata" en la radio suena la retransmisión de un partido. En turco, claro. 

Al cabo de largo rato reanudamos la marcha. Ningún coche lleva cadenas, con lo cual vamos pisando huevos para no derrapar. Pero alcanzamos el centro de la ciudad, y como mi pensión está céntrica, en la plaza Taksim que reconozco en seguida, ya me veo descansando por fin entre sábanas, cuando noto que mi taxista se ha perdido. Estamos dando vueltas en un radio muy pequeño, por calles estrechas, esquivando a muchos jóvenes que han salido a divertirse por los locales de la zona. Nieva copiosamente y no es cuestión de aventurarme fuera del taxi como haría si fuera de día, así que me pongo en manos del conductor y le dejo hacer. 

No puedo conectar mi móvil al GPS porque el roaming me ha cobrado una barbaridad por los dos mensajes de confirmación que le he enviado a su agencia nada más aterrizar. El taxista, que me parece un campesino, no es ni nativo ni practicante digital, y se decanta por el método tradicional, o sea, preguntar a quien quede cerca. Hay mucho gentío por la calle, y todos le dirigen a un hotel con un nombre similar al mío pero que no es (menuda falta de imaginación: muchos alojamientos baratos de la zona se llaman Taksim Park... + algo). Le paso el número de mi pensión, llama y desde allí oigo que le dan instrucciones, pero sospecho que no se aclara. Le veo entrar en un bar. Nada. Le veo preguntar a la juventud que ha salido de marcha bajo las luces del pre-Ramadán. Nada. Le veo deambular de hostal en hostal, progresivamente cubierto de blanco hasta parecer un muñeco de nieve andante. Nada. De vez en cuando se acerca, abre la puerta corredera y musita la única palabra que conoce en inglés, "sorry". Ya te he "sorriado", le respondo a través del traductor turco/inglés de su móvil. Pero le insto a ser prácticos y dejarnos de lamentaciones porque hace un frío helador y es tardísimo. El hombre se azora todavía más y a partir de ahí entramos en un bucle espacio temporal del que decido que hay que salir aunque me cueste una fortuna en roaming. Llamo al hotel con mi móvil, pido que venga alguien a rescatarme y le paso la llamada. Acuerdan algo, y en un rato llega un joven que tampoco habla inglés pero que recoge a Doña Resilia y a Resilita y que me guía hasta lo que resulta ser una pensión puerta con puerta con otras muchas que se llaman prácticamente igual. 

En total he invertido en la operación aterrizaje y llegada casi tres horas. Claro que más siglos duró el Imperio Bizantino, hasta caer bajo Mehmed, el sultán otomano que conquistó Constantinopla. No es ningún consuelo. 

- Los turcos son un pueblo emprendedor (cualidad que admiro por carecer de ella), y en Estambul la gente se busca la vida como puede. Los turistas representamos una oportunidad de complementar ingresos bajo cuerda, y especulan con nosotros, jugando al equívoco con la depreciación de su moneda frente a las nuestras. Cualquier cosa cuesta cientos o miles de liras turcas, los precios fluctúan que da gusto con o sin regateo, y en plena era digital en muchos sitios te exigen pago al contado. Son muy amables, y muy enredadores. La frase "especialmente para ti" no se les cae de la boca. Yo soy desconfiada por naturaleza pero también muy pardilla, y caigo como una incauta en todas sus trampas para cazar elefantes.

Ejemplos: hay diferentes modalidades de tarjetas de transporte, una web al efecto y máquinas expendedoras que en teoría aceptan pago con tarjeta, todo ello traducido al inglés. A la hora de la verdad, nada de eso funciona del todo, para desesperación de propios y extraños. Y alrededor de esas máquinas pululan personajes equívocos que se ponen a ayudar a los extranjeros, y les estafan con los billetes. Soy testigo de la escena en varias ocasiones, pero no puedo intervenir porque la aritmética se me da fatal y no puedo hacer bien mis cuentas, cuanto menos las de los demás.

Otro ejemplo: en contra de todos mis principios, entro en un Burguer King para usar el WC y calentarme un buen rato, porque fuera nieva mucho. Decido comer algo, y a mí lado hay un señor que se queja de la comanda que le acaban de servir. No entiendo una palabra, pero el tono y los gestos no ofrecen dudas. Total, que el dependiente me sirve cosas que yo no había pedido diciendo que es una oferta "especialmente para mí". Traducción: me han endilgado la comanda rechazada por el cliente anterior, y el ticket que me han mostrado tiene un supuesto descuento en rojo que no es más que su devolución en caja. De todo esto me doy cuenta cuando ya le he hincado el diente, porque como digo soy una pardilla, y entre el frío intenso y la niebla cognitiva no pienso con claridad. 

Ejemplo tercero y último por ahora (no terminaría nunca): en el Bazar Egipcio me meto en una tienda que veo que ofrece té calentito (estoy completamente congelada, a bajo cero y nevando sin tregua). Allí degusto una cata de delicias turcas artesanales, y decido comprar. Me enseñan una caja que tiene seis muestras, la sopeso y pido una idéntica. Me enredan con otro vaso de té mientras me sirven, está delicioso. Pago en la caja y al rato compruebo que la caja pesa muchísimo. Solución al misterio: como las venden al peso, han embutido bien apretaditos en el envase ocho pedazos mucho más grandes que los de la muestra.

- En la pensión (hotel lo llaman, con delirios de grandeza) el recepcionista es un chico muy agradable que se pasa el día maquinando cómo desplumarme. Me ofrece de todo: lavandería, excursiones, circuitos, cenas, taxis, entradas, y hay que pagarlo todo al contado porque el TPV "no funciona". Siempre a través de un amiguete que tiene él en la recepción del lugar en cuestión, mira por donde. Voy bajando la escalera, y desde el último escalón al lobby ya puedo oír como el mecanismo de las ruedecitas de su cerebro se pone en marcha, "especialmente para mí". Insiste en tenerme ocupada con actividades, previo pago, todos los días de mi estancia. Yo me escurro como puedo, pero la resistencia pasiva resulta un método demasiado sutil que no parece captar. 

Al final le explico que yo sólo he venido a patearme las calles de Estambul porque eso es lo que me divierte, y que no tengo más aspiraciones. Como Orhan Pamuk, que pasea por las noches por esta ciudad y luego lo pone en sus libros, le digo para que pille la idea. Pero al oír el nombre tuerce un poco el morro: Pamuk no es de su cuerda. Tenía que haberlo imaginado, porque el Premio Nobel ha denunciado el genocidio armenio y por tanto se le considera un opositor al régimen, el enemigo en casa. Y este chico hace un rato me ha contado que él estuvo en el ejército en Capadocia, y que para él las fuerzas de seguridad son lo más grande. 

De modo que he dado un faux pas, pero nos reconciliamos en seguida, porque me propone una cena folklórica en un barco por el Bósforo y a eso sí me apunto para celebrar mi cumpleaños, aun sabiendo que es el equivalente a un tablao flamenco de los de metirijillas. Así, con la lavandería (de nuevo un amiguete) y con otras cosas que le acepto, ya considera que ha ordeñado la vaca, y me deja tranquila. Hay folletos de todo, pero curiosamente hay que pagarlo todo al contado. Qué sorpresa.

- Como he dicho, me apunto a una cena en uno de esos barcos que navegan por el Bósforo por la noche, para lucimiento de tantos bellos edificios iluminados y también de un cuerpo de baile ídem (bello e iluminado, pero bajo focos de colorines). En las largas mesas abundan los grupos familiares de países árabes, las cabezas de ellas cubiertas con diferentes modalidades de velo. También hay bastantes parejas de novios: las demostraciones de amor carnal en la pista de baile se limitan a algún piquito que otro y a echarse los brazos por la cintura y por los hombros. Una pareja brasileña y otra británica sí que se exaltan más, porque ni se plantean que haya que reprimirse.

A mí me sientan frente a dos caballeros que también cenan solos, un albanés que vive en Londres y un turco-kurdo. Digamos que los modales en la mesa de este último son mejorables, y que además se comporta como si todo el cotarro fuera de su propiedad, dando órdenes a los camareros con grandes voces y mucha gestualidad. Luego me entero de que es un agente de una tour-operadora (pobres turistas). El albanés, que tomo por un camionero pero que dice ser un businessman, ha venido a ver la danza del vientre y a hacer fotos a todo y a todos. Me cuenta que en Londres hace menos frío que aquí, y le creo porque estamos batiendo récords de temperaturas y hasta han tenido que cerrar los colegios por unos días porque las placas de hielo no se derriten. El camarero, que parece un nieto de Yul Brynner, me trae una cena "especialmente para mí" pero que es idéntica a todas las demás porque es un menú cerrado. 

Los bailes folklóricos incluyen lo consabido, más un número en el que se emula el baile de los derviches giróvagos, pero en vez de acompañarse de música sufí lo que suena es más bien tipo el Buda Bar de los años 1990s. Hay otros números con navajas, que pasan de estar sujetas entre los dientes a terminar clavadas en el suelo, y me alegro de que mi mesa esté en segunda línea porque me gusta cortar el pescado con mi propio cuchillo. Bailan alzando las piernas como los cosacos, o cogiéndose de las manos como los griegos. Ellos sudan mientras nosotros masticamos. El fin de fiesta corre a cargo de una chica preciosa que baila la danza del vientre pero que en un más difícil todavía tiene el vientre plano, la puñetera. Le toca hacer arrumacos a todo el que le coloque billetes en la cinturilla y el escote, y pienso en que seguramente un día llegó a Estambul creyendo que iba a triunfar como actriz en los culebrones turcos, y quizá todavía albergue esperanzas. Ojalá alcance sus sueños.

En el autocar de vuelta a mi hotel, confraternizo con las mujeres de una gran familia árabe. No han pedido vino (yo sí) y no han bailado (yo tampoco). Se han maquillado hasta la exageración, y es una lástima porque son guapísimas. Vienen de Oriente Medio y van a pasar por otras capitales europeas, entre ellas Madrid. Me piden sugerencias. Les (en plena regresión había escrito "las", un laísmo madrileño)... LES aconsejo como mejor puedo, y cuando estamos en el momento exaltación de la amistad tengo que bajarme. Nunca he tenido un cumpleaños semejante. 

- El único museo de Estambul que he visitado en esta ocasión ha sido el de los judíos turcos. Hace muchos años que tenía ganas de ver una sinagoga por dentro, y aquí por fin lo he logrado, además de poder informarme en el museo adjunto de cómo los judíos sefardíes  reconstruyeron sus vidas lejos de Sefarad, tras la expulsión de los Reyes Católicos (no fueron los únicos, pero sí de los más sonados). Los sefardíes me admiran, porque conservan el idioma, aparte de muchas costumbres, canciones, romances y recetas de cocina. El ladino o judeoespañol que hablan es una mezcla de castellano del siglo XV, con influencias del hebreo, claro, pero también de otras lenguas romances y de los sitios por donde han pasado durante su diáspora: del griego, del árabe, del turco etc. Lo normal es que un pueblo que cambia de país y de cultura conserve su lengua materna durante unas cuatro generaciones como mucho, pero los sefardíes han conservado el ladino 500 años! Es toda una proeza lingüística, única que yo sepa, un fenómeno cultural que habla entre otras cosas de un amor no correspondido por una patria perdida en el recuerdo de los siglos...

En la puerta del museo hay un dispositivo policial muy riguroso. Para acceder, debo pasar un control de seguridad como el de un aeropuerto por lo menos, con puertas acorazadas inífugas, un arco detector y presentando el pasaporte. Lástima que las circunstancias del momento sean tan extremas. 

Lo que más me gusta del museo es que hay objetos no sólo religiosos, sino también de la vida civil cotidiana. Mucha prensa de los judíos turcos en ladino, en francés y en hebreo. Al entrar, he tenido una larga conversación con la señora de la recepción, y a la salida me llama para regalarme un ejemplar de "El Amaneser". Es el único diario en ladino que se publica actualmente, y que bajo la cabecera lleva como subtítulo este lema: "Kuando muncho eskurese es para amaneser". Aclaro que no se trata de una errata del corrector de textos, sino que el ladino se escribe así. Curioso.

- Para finalizar la entrada sobre Estambul, anoto aquí modos y maneras que observo y que me han llamado la atención (y que puedo haber malinterpretado, por supuesto):

- La economía sumergida es la norma, y no sólo para los particulares de la venta ambulante, sino también en muchos negocios, que casi siempre te piden que pagues al contado. En mucho los sitios veo que tienen un TPV que cría telarañas. Con esos ingresos fuera de control van tapando algunos agujeros y quizá abriendo otros.

- Hay toda una red de amiguetes de circunstancias que se hacen los imprescindibles, y que te ofrecen tanto lo que necesitas como lo que no, según ellos a un precio más favorable. Se reparten entre todos las ganancias, y son tantos los intermediarios que, haciendo una resta aproximada, si les elimináramos, el precio real de lo que adquirimos sería en realidad ridículo comparado con el que nos hacen pagar.  Como en todas partes, pero multiplicado. Aún así, es cierto que recurrir a los intermediarios sale más barato que los precios que constan en los folletos impresos... que tampoco son fiables, porque cuando entras en tratos con la oficina o el mostrador de turno, lo que pone allí sufre variaciones tanto al alza como a la baja. 

A mí, que no se me da bien el cálculo mental, estas situaciones me resultan de lo más desconcertante y me crean mucha inseguridad. Tratar de evitar que me timen aquí es como pretender que mañana no amaneciera, así que me resigno. Pero la parte que me resulta más cansina es que no puedo bajar la guardia. A mí me gusta que me dejen tranquila para tomar mis propias decisiones, y en Turquía hay que luchar contra la presión ambiental para lograrlo. 

- La presencia policial en Estambul es desproporcionada y resulta abrumadora. Los agentes están en todas partes, muchos de ellos con el rifle en ristre, y el dispositivo de seguridad es especialmente nutrido rodeando los templos de todas las denominaciones, las legaciones diplomáticas, los sitios oficiales del gobierno, y las zonas donde hay aglomeraciones. En Aya Sofía he visto tanques del ejército. Mi estancia ha coincidido con un derby futbolero (Galatasaray-Fenerbahce, que acabó en empate), y el despliegue ese día era espectacular. No quiero consultar las redes sobre este tema porque las considero un hervidero de bulos descontrolados, pero sí que recuerdo las noticias de los últimos tiempos, y ha habido en el centro de Estambul tanto protestas ciudadanas duramente reprimidas, como atentados terribles del Estado Islamico y del PKK (del último se cumple un año y medio nada más). 

Abundando en el tema, aunque he viajado a Göreme, en Capadocia, no voy a alejarme mucho de los alrededores para explorar Anatolia por cuestiones de seguridad. Más allá, la zona fronteriza con Siria y con Irán hay que evitarla a toda costa. Y ya puestos, confieso que renuncio a la Riviera turca, y a las ciudades con restos arqueológicos de la antigüedad, por cuestiones de presupuesto. 

- En Estambul se respeta mucho la autoridad en general, y la de los mayores en particular, al menos externamente. En un autobús, veo que una vieja le dice algo a una joven que tiene sentada enfrente, y la chica, que lleva una falda larga, inmediatamente rectifica su postura para juntar (aún más) las rodillas.

En un ferry, veo a un joven guardia de seguridad que también ejerce de guardián de las buenas costumbres o algo así, porque tras atracar en cada nuevo embarcadero, se da una vuelta supervisando a los pasajeros que han subido. Los novios no se hacen carantoñas en su presencia. A un chico que tiene la capucha subida le llama la atención para que la baje y deje su rostro al descubierto. También hay un clérigo tocado con un turbante blanco que mira en derredor de vez en cuando. A mí nadie me puede reprochar nada, porque tengo tanto frío que voy envuelta en todo lo que pillo en la maleta...

- En mi anterior visita a Estambul, hace unos veinte años mal contados, no recuerdo haber visto tantos hijabs cubriendo la cabeza de las mujeres. Muchas van vestidas a la occidental y tocadas con pañuelos de colores apagados, o con velos de tonos neutros. Pero otras van de negro riguroso, llevan túnicas hasta los pies que no sé como se llaman, y de su rostro sólo son visibles los ojos, porque llevan un velo que parece el paso anterior al burka puro y duro. Curiosamente, he visto más cabezas cubiertas por el centro, pero al desplazarme a barrios algo más alejados, muchas más mujeres con las que me he cruzado iban descubiertas. No sé a qué obedece la diferencia, si se trataba de estudiantes extranjeras o si es que casualmente yo he escogido zonas más liberales para pasear... Me es imposible sacar ninguna conclusión, que por mi parte sería fruto de la ignorancia. 

- He visto a muchos hombres realizar las abluciones rituales en las fuentes de las mezquitas. Con temperaturas a bajo cero y rodeados de nieve, sólo mirarles ya daba frío. 

También he visto un curioso monumento patriótico al filo de un estanque que hay frente al parlamento. Una urna de cristal contiene varias figuras de fibra de vidrio, vestidas con ropas reales. Son un grupo de hombres que están arrodillados al filo del agua, realizando las abluciones. La escena reproduce fielmente una foto, tomada durante la intentona de golpe de estado del 2016. Por lo visto un grupo de ciudadanos acudieron a luchar contra parte de los militares golpistas, que al verse fracasados se habían hecho fuertes en el edificio. Pero antes de batirse, los civiles se arrodillaron un momento a lavarse en el estanque, para quedar purificados en caso de perder la vida. Las cartelas lógicamente les ensalzan como a héroes. Yo no tengo creencias religiosas y para mí estos fenómenos son de difícil comprensión, pero lo cierto es que los rituales de este estilo acompañan a la humanidad desde siempre, y no parece que vayan a desaparecer, porque supongo que son necesarios contra el temor a lo que escapa a nuestro control. Unos lo llaman fe, yo lo llamo inseguridad, creo que los psicólogos lo llaman pensamiento mágico. 

- Hay WC públicos por todo Estambul y no hay que buscar mucho porque te salen al paso (están muy anunciados). Lamento retomar el tema tan a menudo, pero es que ya voy teniendo una edad en la que esta es una de mis prioridades...  La particularidad de Estambul en concreto es que todas las mezquitas, grandes o pequeñas, céntricas o periféricas, tienen un baño público. A menudo no se puede escoger entre un inodoro o una taza turca (un inodoro incrustado en el suelo con dos plataformas para los pies, donde hay que abrir las piernas para orinar de pie). 

Quién me iba a decir a mí que iba a ir de peregrinaje por las mezquitas, pero por motivos puramente fisiológicos. En los diez últimos días he ido cogiendo práctica, y ya ni me salpico los zapatos ni nada. Me pregunto qué opinaría Simone de Beauvoir de esto. Quizá copió la idea durante un viaje a Turquía cuando escribía El Segundo Sexo, donde si no he entendido mal aconsejaba a las mujeres que orinaran de pie para contrarrestar la supremacía fálica. Cuantas chicas se han puesto perdidas siguiendo estas instrucciones, tal como parodia la iraní Marjane Satrapi en su cómic Persépolis. 

Tengo la oportunidad de asistir desde la calle a un culto en una mezquita céntrica que deja abiertas sus puertas durante los rezos. La verdad es que los fieles están muy coordinados y concentrados en lo que están haciendo, todos a una. Son ceremoniales que tienen una honda significación para los que los practican, y eso siempre me provoca respeto aunque no lo comparta. 

- En mi última tarde en Estambul, me doy el capricho de merendar en el café años 1920s de la vetusta estación de Sirkeci, desde donde partía el afamado Orient Express. Esta estación ha visto días mejores, pero están reformándola (como todas, al parecer). La atmósfera de hace cien años está muy lograda en el café, aunque se trata de una recreación, y disfruto mucho del té y el kunefe, un dulce a base de queso y cubierto de fideos finos. Es mi preferido de todos los platos que he probado en Estambul (como la inevitable carne a la parrilla o donner kebab, el pescado, las delicias turcas, el tzatziki, la baklava... no soy muy original). Los muebles son de la época, los camareros llevan librea y te tratan con un exagerado respeto, a la antigua usanza. Al rato, entra un grupo de ingleses con la misma reverencia con que lo harían en un templo. Y otro grupo de japoneses, mirándolo todo y a todos como si buscaran al inspector Poirot por los rincones. 

Hay ficciones que están tan arraigadas en el imaginario colectivo que se sienten más reales que la misma realidad. Que, como todo el mundo sabe, imita al arte. Grande Oscar Wilde, un fabulador en las antípodas de Agatha Christie, de quien me interesa mucho más su vida que su obra. Particularmente, su misteriosa fuga amnésica tras descubrir una infidelidad de su marido. Desapareció, la buscaron, encontraron su coche estrellado contra un árbol con restos de sangre, el marido fue declarado sospechoso de secuestro y hasta de asesinato (para heredar) y tras un enorme revuelo mediático y policial, resultó que Agatha se había marchado a Escocia, donde se había registrado en una pensión bajo el nombre de la amante de su marido, que era el único nombre que podía recordar, ya que estaba traumatizada y sufría un episodio amnésico. Cuando la encontraron, se negó a dar explicaciones. Y luego pidió el divorcio, naturalmente. Parece un argumento digno de Daphne du Maurier, pero ocurrió realmente, y creo que como venganza más o menos inconsciente es una obra maestra. 

A la realidad del Estambul del siglo XXI vuelvo al salir de la estación. Me doy un largo paseo por mis rincones preferidos de Sultanahmet, y me detengo largo rato en mitad del puente de Galata para recrearme en la puesta de sol y la posterior iluminación de las mezquitas y la torre. Hay lugares donde sientes que tienes que volver en cuanto puedas. Para mí, Dublín es uno de ellos. Y Estambul, otro. Hasta la próxima, pues. 

18.2.25

En el Peloponeso ya es primavera (supongo que también en El Corte Inglés). Todo está renovado, reverdecido y florecido. El paisaje es muy verde, totalmente apabullante, y en algunas zonas me parece sobrecogedor. La carga histórica y cultural que contiene es abrumadora. Hoy estoy en Delfos, el ombligo del mundo antiguo, a punto de comenzar la visita al oráculo. No se me ocurre qué le podría preguntar a la sacerdotisa Pitia, y me parece que es porque en el fondo prefiero no saber. 

De todos los lugares que hemos visto y que he reseñado en la entrada anterior, me han emocionado especialmente el canal de Corinto, el teatro de Epidauro, Olimpia y Lepanto (Naupacto para los griegos). Aquí se palpa la trascendencia que tiene cada paso que das, pero también se agradece un poco de frivolidad para compensar la balanza, y esa nos la proporciona la agencia con las consabidas visitas concertadas a comercios bajo la excusa de culturizarnos en los modos y costumbres del lugar. Así que hemos hecho una cata de aceites de oliva, una demostración en un taller de cerámica,  una degustación de dulces locales, otro paseo por una tienda de alfombras y otras cosas por el estilo. Contra mi costumbre, he terminado comprando algo yo también, por el efecto contagio y porque hay que contribuir a la causa de levantar la economía helena. 

Notas:

- Llevo tres meses comiendo de supermercado y pernoctando, en sitios baratos. Normalmente, salvo excepciones, en edificios antiguos muy pintorescos pero muy incómodos, donde siempre hay algo que está a punto de romperse y el destino me escoge a mí para rematarlo. En mi última habitación de hostal no cabíamos Doña Resilia, Resilita y yo, y tuve que meterlas dentro del armario. Buscar los calcetines limpios en la maleta, por ejemplo, era lo más parecido a una mudanza. 

En cambio, el viaje organizado al que me he apuntado nos lleva, como es habitual en estos circuitos, a hoteles decentes donde hay ascensores que funcionan, habitaciones espaciosas con baños completos, buffet libre bien surtido y personal atento a tus necesidades. La contrapartida es que a cambio de esas comodidades tenemos que ir agrupados como colegiales, nos llevan y nos traen con horarios apretados y escaso tiempo libre, los sitios que visitamos pasan rápido ante nuestros ojos, el autocar es nuestro segundo hogar y las explicaciones son, siendo amable, muy someras. 

Pero lo doy por bien empleado porque el recorrido me permite visitar lugares a los que de otra forma hubiera sido complicado acceder por mi cuenta en transporte público, lo que me habría obligado a más pernoctaciones de las deseadas. Con el añadido de que, por unos pocos días, otros me relevan de la responsabilidad de decidir continuamente, que es una prerrogativa de la libertad individual pero que también cansa, mire usted. Ser una mandada te esteriliza la imaginación, pero resulta tan cómodo encontrártelo todo resuelto... Infantilizar a la gente siempre es un eficaz mecanismo de sometimiento. 

Dicho esto, quiero volver a la edad adulta lo antes posible, y mañana vuelvo a Atenas para volar al día siguiente a Estambul. Desgraciadamente, por cuestiones de presupuesto tengo que renunciar a las islas griegas, y por cuestiones de tiempo también renuncio a Tesalónica, a donde podría llegar tras un largo en tren, pero desde donde me resulta complicado salir de Grecia hacia otros destinos. He gastado demasiado dinero en este país maravilloso, y prefiero repartir los ahorros entre otros países, así que continúo el recorrido cruzando una nueva frontera. 

Anecdotario:

- Nuestra guía es una mujer encantadora de trato muy agradable que debería dedicarse a otra cosa, pero no sé si le da tiempo ya. Con veinte años menos yo me hubiera irritado muchísimo, pero ahora me provoca ternura. En esta era digital, la información que no nos proporciona la puedo obtener fácilmente por otras fuentes más fiables, y en cambio no se me ocurre dónde podría obtener un mejor entretenimiento que el que me supone ver cómo nos va conduciendo hacia una total confusión ante cada nuevo monumento, yacimiento, estatua, paisaje o leyenda mitológica que nos relata. Su inglés es titubeante, pero suple sus carencias en la lengua de Shakespeare con grandes dosis de creatividad y de entusiasmo. Yo creo que hasta podría llegar a fundar su propio dialecto imaginario. Su francés es bastante bueno, y gracias a eso, personas que no conocen la lengua de Molière hasta consiguen reconstruir las piezas del puzzle que les faltaban de la explicación anterior. A los despistados con déficit de atención, como es mi caso, nos proporciona generosamente nuevas oportunidades de reengancharnos en cada errática repetición de la misma historia. Pero las lagunas que deja por el camino no hay quien las rellene, ni con toda el agua de la mismísima laguna Estigia. El Peloponeso no tiene precio, pero narrado por ella es impagable. La adoro. 

- El grupo se compone igualmente de personas muy diferentes, pero todas ellas muy agradables y muy educadas, lo que agradezco infinito porque siempre haces un acto de fe cuando te decides a convivir varios días con treinta desconocidos. Ninguno de ellos se ha quejado públicamente sobre la guía, y eso les honra. De todos modos, noto que se esta gestando una rebelión en las bases, y lamento perdérmela, porque yo me voy pero el grueso del grupo continúa mañana hacia Meteora, que es donde calculo que la disidencia hará estallar la revolución. Es como ver una película y quedarte con la intriga porque has salido del cine sin ver el final. 

Las nacionalidades son variopintas y por tanto las conversaciones también. Hay todo tipo de combinaciones familiares y personas sueltas, como yo. Entre los norteamericanos se comentan los cambios que la nueva administración está provocando en sus vidas personales, y el sentimiento general es de bajas expectativas y de temor ante un futuro incierto. Entre los europeos, se comentan temas menos pegados a la actualidad, porque uno de los placeres de las vacaciones es meterse en una burbuja que te aísle de los problemas del día a día. 

Tenemos un profesor jubilado australiano que desde que falleció su madre ha empezado a viajar por el mundo, y así lleva veinte años (me pregunto si yo llegaré a igualar su marca). Tenemos una chica ucraniana que trabaja en la hostelería griega y que en sus periodos de vacaciones mira las cosas a través del espejo, porque se convierte en huésped de los hoteles. Está leyendo un libro sobre la historia de la filosofía en estos lugares sagrados. Tenemos algunos hispanos que son norteamericanos de hecho y de derecho porque sus familias emigraron, y han construido su identidad entre dos culturas. Tenemos una familia francesa muy unida y muy inclusiva. Una madre e hija colombianas encantadoras que son de Londres. Y tres españoles contándome a mí. Un guiso con tan buenos ingredientes sólo puede salir rico, rico. 

RENNES

 RENNES Mientras espero en la estación de Caen la salida de mi tren regional para Rennes, veo a un señor mayor muy voluminoso, vestido de ne...